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La Turquía de Erdogan, actor al alza en la guerra de Irán

Al igual que ocurriera en Gaza, la Turquía de Recep Tayyip Erdogan ha vuelto a aprovechar la baza de la mediación diplomática, en este caso en torno al conflicto abierto en Irán, para reivindicar su papel como actor clave en el presente y futuro de la arquitectura geopolítica de Oriente Medio. Como en el caso de Pakistán —principal mediador en el actual conflicto bélico, ahora en fase de tregua indefinida—, Ankara goza de una posición de equilibrio al mantener tanto estrechas relaciones con EEUU —Turquía es el segundo ejército de la OTAN— como con la República Islámica, también con los vecinos árabes del Golfo.Turquía asume, así, un rol complejo, ambiguo y calculado: el de actor regional que intenta evitar una guerra total mientras, al mismo tiempo, protege sus propios intereses estratégicos y mantiene abiertas todas sus opciones diplomáticas. Erdogan entiende que una derrota completa de Irán o una escalada descontrolada del conflicto podría alterar de forma dramática el equilibrio de poder en Oriente Medio y afectar directamente a su propia seguridad nacional.Lo cierto es que, desde el inicio el pasado 28 de febrero de la ofensiva de EEUU e Israel contra la República Islámica, Ankara ha tratado de jugar sus posibilidades como país mediador. El mandatario turco ofreció su país como “facilitador” en unas posibles negociaciones, mientras su ministro de Exteriores, Hakan Fidan, mantuvo contactos intensos con responsables iraníes y estadounidenses a fin de frenar una escalada militar mayor. A pesar de las cuatro interceptaciones confirmadas por Ankara de proyectiles iraníes que entraron en espacio aéreo turco durante el pasado mes de marzo, Turquía ha evitado siempre responder y verse arrastrada a la guerra.Con todo, la voluntad mediadora no debe interpretarse como neutralidad. Turquía juega una partida de equilibrio muy delicada. Por un lado, es miembro de la OTAN, mantiene relaciones estratégicas con Estados Unidos, y, por otro, necesita evitar el colapso de Irán porque eso significaría una enorme desestabilización en su frontera oriental, una nueva oleada masiva de refugiados, el fortalecimiento de actores kurdos armados —su gran y permanente obsesión— y una mayor penetración israelí y estadounidense en la región.Dicho de otro modo: Ankara no busca salvar a Irán como aliado ideológico —ambos han rivalizado durante décadas no solo geopolítica o económicamente, sino también como representantes del islam suní y chií—, sino impedir que Irán desaparezca como contrapeso geopolítico. En la lógica estratégica turca, un Irán debilitado pero existente es preferible a un Irán destruido y sustituido por un vacío de poder o por la hegemonía israelí-estadounidense.Un Irán fragmentado no le interesa. Sin embargo, Ankara se alegra de ver a un Irán débil y a unos EEUU recibiendo una cura de humildad“Como el Reino Unido, Turquía desea que las líneas de Sykes-Picott no se deshagan. Un Irán fragmentado no le interesa. Sin embargo, Ankara se alegra de ver a un Irán débil y a unos EEUU recibiendo una cura de humildad”, afirma a 20minutos la diputada del Partido por la Igualdad y la Democracia de los Pueblos (DEM) y miembro del comité de Política Exterior del Parlamento turco Ceylan Akça.Además, Turquía teme profundamente las consecuencias internas de la guerra. La frontera turco-iraní ya ha comenzado a recibir miles de desplazados. También existe una dimensión energética y comercial. Turquía depende en parte de la estabilidad del Golfo y de los flujos comerciales que atraviesan la región. Una guerra prolongada que cierre el estrecho de Ormuz o dispare los precios energéticos dañaría seriamente la economía turca, ya afectada por inflación y fragilidad monetaria.Con todo, el cálculo más profundo es geopolítico. Erdogan entiende que si el régimen de los ayatolás cayera, Turquía podría convertirse en el siguiente gran objetivo de presión regional. La desaparición de Teherán como potencia autónoma dejaría a Ankara más expuesta frente a Israel, frente a las presiones estadounidenses y frente a los proyectos de reconfiguración regional impulsados desde fuera.Por otra parte, cabe recordar que la política exterior de Turquía en esta guerra con Irán no se basa solo en el oportunismo de Erdogan, sino en una combinación de varias doctrinas históricas e ideológicas que se superponen. Las más importantes son cuatro: el kemalismo clásico (“paz en casa, paz en el mundo”), la doctrina de la profundidad estratégica de quien fuera ministro de Exteriores turco Ahmet Davutoglu —plasmada en el sintagma “cero problemas con los vecinos”—, el llamado neo-otomanismo, y una lógica más reciente de autonomía estratégica o “siglo de Turquía”.Por tanto, el “doble juego” turco no es simple hipocresía, sino una política de supervivencia en una región extremadamente volátil. Sólo Turquía es capaz de ser miembro clave de la OTAN y seguir adquiriendo misiles rusos S-400, negociar con el presidente ruso Vladimir Putin pero vender drones a Ucrania; ser un duro crítico de las autoridades israelíes y apoyo —al menos verbal— de la causa palestina pero mantener abiertos ciertos canales económicos y condenar tanto los ataques a Irán como los que, a su vez, la República Islámica lleva a cabo contra los países árabes del Golfo.Un país al alza en la nueva arquitectura regionalAsí las cosas, Ankara no ha dejado de tratar de aprovechar la crisis sucesivas en la región para reforzar su prestigio y posición internacional. Erdogan lleva años intentando presentar a Turquía como potencia indispensable, ni plenamente occidental ni plenamente oriental, sino una bisagra capaz de hablar con todos. Ya lo hizo con la guerra de Ucrania, presentándose como mediador entre Rusia y Occidente, y ahora busca repetir esa imagen con Irán. Gracias a su apoyo militar decisivo a los triunfantes insurgentes comandados por Ahmed al Sharaa, Turquía es quizás la potencia internacional más influyente en la Siria post-Assad.La actual guerra está además incrementando el ascendiente turco en un Golfo árabe y suní —después de años de tensión— que ha sido testigo de su fragilidad en las últimas semanas. Arabia Saudí y Emiratos no reemplazarán a EEUU, pero son cada vez más conscientes de la necesidad de diversificar alianzas militares. Gracias a su avanzada industria de defensa, Ankara puede ser un actor clave en la nueva arquitectura de defensa regional en los próximos años y ya se plantea la creación de una estructura para la cooperación en materia de seguridad con Arabia Saudí, Egipto y Pakistán Lo dijo el ministro de Exteriores turco: “O los países de la región se unen y aprenden a resolver sus problemas, o una fuerza externa impondrá soluciones que servirán a sus propios intereses”. Turquía ya está estableciendo varios mecanismos de defensa con países importantes en la regiónEn este sentido, la diputada del DEM y responsable de política exterior de su partido en el Parlamento turco Ceylan Akça explica cómo “Turquía ya está estableciendo varios mecanismos de defensa con países importantes en la región”. “Sin embargo, los pactos de defensa están apoyados por motivaciones políticas primitivas. La región MENA necesita democracias más sanas y menos armas”, abunda. Además, el hecho de que Turquía observe la guerra de Irán con sus anteojos antikurdos es una tendencia repetida que aburre”, confiesa a este medio.Por su parte, el investigador doctoral en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid Pol Mauri recuerda a 20minutos que “aunque su propuesta diplomática ha tenido menos fuerza que la pakistaní, Turquía ha sido ya un ganador del conflicto”. “Dos rutas alternativas para el petróleo muy importantes se han abierto con fuerza. En primer lugar, Ceyhan, conectando Irak con el Mediterráneo y Europa. En segundo lugar, la vía terrestre a través de Siria e Irak, como ya hemos visto en los primeros transportes de gas licuado”, explica el especialista en el movimiento nacionalista kurdo y miembro del Grupo de Estudios sobre Pueblos Iranios de la Universidad Autónoma de Madrid.En este aspecto clave de la política turca, el investigador español recuerda cómo “en relación a los partidos kurdos iraníes Turquía está sumergida en un proceso de paz y los mensajes cruzados entre apoyo y desánimo estadounidense solo han contribuido a difuminar cualquier idea de insurrección kurda en el noroeste. Además, los partidos kurdos han desmentido haber recibido apoyo armamentístico de cualquier tipo”.En el capítulo económico, Turquía ha aprovechado su posición geográfica y relativa estabilidad para atraer capital que tradicionalmente se concentraba en centros financieros como los emiratíes. Ante la amenaza de represalias iraníes contra las infraestructuras de los países del Golfo, Ankara ha lanzado una ofensiva fiscal agresiva para incentivar la reubicación de sedes regionales de multinacionales hacia el Centro Financiero de Estambul (IFC). Al presentarse como un refugio seguro frente al riesgo de ataques a desalinizadoras o instalaciones energéticas en el Golfo, Turquía está captando flujos de inversión de empresas de servicios financieros, tecnología e inteligencia artificial que buscan diversificar su exposición al riesgo regional.  Además, el bloqueo del estrecho de Ormuz y la vulnerabilidad de las rutas marítimas han permitido a Turquía promocionar con éxito el proyecto de la Ruta de Desarrollo de Irak como la alternativa logística principal para conectar el sur de la región con Europa por tierra. Este corredor, que evita los cuellos de botella marítimos bajo fuego, ha despertado un interés renovado de los fondos soberanos del Golfo, quienes, ante la necesidad de proteger sus economías y suministros, están viendo en las infraestructuras turcas un activo estratégico. Una prometedora pero incierta mediación en IránEn las próximas semanas Turquía seguirá siendo un actor clave en la desescalada en Irán. “Como miembro de la OTAN con legitimidad regional, Turquía tendrá un papel a la hora de facilitar un acuerdo potencial entre EEUU e Irán. Un papel que puede entenderse a través del históricamente pragmático y multidimensional compromiso de Turquía con Teherán”, asegura en conversación con este medio la socióloga turca y especialista en política exterior turca Nilüfer Narli.De manera consistente Turquía ha mantenido canales de diálogo con Irán incluso durante períodos de tensión con Occidente“De manera consistente Turquía ha mantenido canales de diálogo con Irán incluso durante períodos de tensión con Occidente: ha habido cooperación funcional entre Turquía e Irán a pesar de la rivalidad geopolítica”, asegura la directora del Departamento de Sociología de la Universidad de Bahçeşehir. Finalmente, Narli afirma que Ankara “ha ofrecido muchos ejemplos de aislamiento de los desacuerdos y de apoyo a los procesos diplomáticos y tiene una larga experiencia en la mediación regional”. Con todo, a pesar de su alianza estratégica con Estados Unidos —uno de sus últimos ejemplos es la presencia en la Junta de Paz de Trump para Gaza— Trump ha favorecido a la mediación pakistaní sobre la turca y no parece acabar de fiarse de Erdogan, e Israel ve a Turquía con enorme desconfianza debido al deterioro de las relaciones bilaterales en los últimos años. La tregua indefinida anunciada esta semana por el presidente estadounidense, sin embargo, evidencia la voluntad de la Administración Trump de alcanzar un acuerdo duradero que permita poner fin definitivo a la guerra y dar una salida honrosa a un régimen muy castigado pero ha salido vivo del envite.En definitiva, con el actual conflicto abierto entre Washington y Teherán, la Turquía de Erdogan quiere evitar tres escenarios: una victoria total de Israel y Estados Unidos que destruya a Irán, una guerra regional incontrolable que arrastre a toda la zona, y una expansión del conflicto que golpee directamente su territorio y su economía. Para ello, se presenta como mediador, pero también como actor defensivo, oportunista y profundamente pragmático.Erdogan no aspira a otra cosa a que cualquier nuevo equilibrio regional pase por Ankara y no se diseñe exclusivamente en Washington, Tel Aviv o Riad. Esa es la verdadera clave de su posición. Sería una simplificación resumir que Turquía se limita a practicar un juego a dos bandas, puesto que lo que trata de asegurarse es seguir siendo una potencia imprescindible. Ese es su verdadero objetivo.

Publicado: abril 26, 2026, 2:45 am

La fuente de la noticia es https://www.20minutos.es/internacional/turquia-erdogan-actor-alza-guerra-iran_6962835_0.html

Al igual que ocurriera en Gaza, la Turquía de Recep Tayyip Erdogan ha vuelto a aprovechar la baza de la mediación diplomática, en este caso en torno al conflicto abierto en Irán, para reivindicar su papel como actor clave en el presente y futuro de la arquitectura geopolítica de Oriente Medio. Como en el caso de Pakistán —principal mediador en el actual conflicto bélico, ahora en fase de tregua indefinida—, Ankara goza de una posición de equilibrio al mantener tanto estrechas relaciones con EEUU —Turquía es el segundo ejército de la OTAN— como con la República Islámica, también con los vecinos árabes del Golfo.

Turquía asume, así, un rol complejo, ambiguo y calculado: el de actor regional que intenta evitar una guerra total mientras, al mismo tiempo, protege sus propios intereses estratégicos y mantiene abiertas todas sus opciones diplomáticas. Erdogan entiende que una derrota completa de Irán o una escalada descontrolada del conflicto podría alterar de forma dramática el equilibrio de poder en Oriente Medio y afectar directamente a su propia seguridad nacional.

Lo cierto es que, desde el inicio el pasado 28 de febrero de la ofensiva de EEUU e Israel contra la República Islámica, Ankara ha tratado de jugar sus posibilidades como país mediador. El mandatario turco ofreció su país como “facilitador” en unas posibles negociaciones, mientras su ministro de Exteriores, Hakan Fidan, mantuvo contactos intensos con responsables iraníes y estadounidenses a fin de frenar una escalada militar mayor. A pesar de las cuatro interceptaciones confirmadas por Ankara de proyectiles iraníes que entraron en espacio aéreo turco durante el pasado mes de marzo, Turquía ha evitado siempre responder y verse arrastrada a la guerra.

Con todo, la voluntad mediadora no debe interpretarse como neutralidad. Turquía juega una partida de equilibrio muy delicada. Por un lado, es miembro de la OTAN, mantiene relaciones estratégicas con Estados Unidos, y, por otro, necesita evitar el colapso de Irán porque eso significaría una enorme desestabilización en su frontera oriental, una nueva oleada masiva de refugiados, el fortalecimiento de actores kurdos armados —su gran y permanente obsesión— y una mayor penetración israelí y estadounidense en la región.

Dicho de otro modo: Ankara no busca salvar a Irán como aliado ideológico —ambos han rivalizado durante décadas no solo geopolítica o económicamente, sino también como representantes del islam suní y chií—, sino impedir que Irán desaparezca como contrapeso geopolítico. En la lógica estratégica turca, un Irán debilitado pero existente es preferible a un Irán destruido y sustituido por un vacío de poder o por la hegemonía israelí-estadounidense.

Un Irán fragmentado no le interesa. Sin embargo, Ankara se alegra de ver a un Irán débil y a unos EEUU recibiendo una cura de humildad

“Como el Reino Unido, Turquía desea que las líneas de Sykes-Picott no se deshagan. Un Irán fragmentado no le interesa. Sin embargo, Ankara se alegra de ver a un Irán débil y a unos EEUU recibiendo una cura de humildad”, afirma a 20minutos la diputada del Partido por la Igualdad y la Democracia de los Pueblos (DEM) y miembro del comité de Política Exterior del Parlamento turco Ceylan Akça.

Además, Turquía teme profundamente las consecuencias internas de la guerra. La frontera turco-iraní ya ha comenzado a recibir miles de desplazados. También existe una dimensión energética y comercial. Turquía depende en parte de la estabilidad del Golfo y de los flujos comerciales que atraviesan la región. Una guerra prolongada que cierre el estrecho de Ormuz o dispare los precios energéticos dañaría seriamente la economía turca, ya afectada por inflación y fragilidad monetaria.

Con todo, el cálculo más profundo es geopolítico. Erdogan entiende que si el régimen de los ayatolás cayera, Turquía podría convertirse en el siguiente gran objetivo de presión regional. La desaparición de Teherán como potencia autónoma dejaría a Ankara más expuesta frente a Israel, frente a las presiones estadounidenses y frente a los proyectos de reconfiguración regional impulsados desde fuera.

Por otra parte, cabe recordar que la política exterior de Turquía en esta guerra con Irán no se basa solo en el oportunismo de Erdogan, sino en una combinación de varias doctrinas históricas e ideológicas que se superponen. Las más importantes son cuatro: el kemalismo clásico (“paz en casa, paz en el mundo”), la doctrina de la profundidad estratégica de quien fuera ministro de Exteriores turco Ahmet Davutoglu —plasmada en el sintagma “cero problemas con los vecinos”—, el llamado neo-otomanismo, y una lógica más reciente de autonomía estratégica o “siglo de Turquía”.

Por tanto, el “doble juego” turco no es simple hipocresía, sino una política de supervivencia en una región extremadamente volátil. Sólo Turquía es capaz de ser miembro clave de la OTAN y seguir adquiriendo misiles rusos S-400, negociar con el presidente ruso Vladimir Putin pero vender drones a Ucrania; ser un duro crítico de las autoridades israelíes y apoyo —al menos verbal— de la causa palestina pero mantener abiertos ciertos canales económicos y condenar tanto los ataques a Irán como los que, a su vez, la República Islámica lleva a cabo contra los países árabes del Golfo.

Un país al alza en la nueva arquitectura regional

Así las cosas, Ankara no ha dejado de tratar de aprovechar la crisis sucesivas en la región para reforzar su prestigio y posición internacional. Erdogan lleva años intentando presentar a Turquía como potencia indispensable, ni plenamente occidental ni plenamente oriental, sino una bisagra capaz de hablar con todos. Ya lo hizo con la guerra de Ucrania, presentándose como mediador entre Rusia y Occidente, y ahora busca repetir esa imagen con Irán. Gracias a su apoyo militar decisivo a los triunfantes insurgentes comandados por Ahmed al Sharaa, Turquía es quizás la potencia internacional más influyente en la Siria post-Assad.

La actual guerra está además incrementando el ascendiente turco en un Golfo árabe y suní —después de años de tensión— que ha sido testigo de su fragilidad en las últimas semanas. Arabia Saudí y Emiratos no reemplazarán a EEUU, pero son cada vez más conscientes de la necesidad de diversificar alianzas militares. Gracias a su avanzada industria de defensa, Ankara puede ser un actor clave en la nueva arquitectura de defensa regional en los próximos años y ya se plantea la creación de una estructura para la cooperación en materia de seguridad con Arabia Saudí, Egipto y Pakistán Lo dijo el ministro de Exteriores turco: “O los países de la región se unen y aprenden a resolver sus problemas, o una fuerza externa impondrá soluciones que servirán a sus propios intereses”.

Turquía ya está estableciendo varios mecanismos de defensa con países importantes en la región

En este sentido, la diputada del DEM y responsable de política exterior de su partido en el Parlamento turco Ceylan Akça explica cómoTurquía ya está estableciendo varios mecanismos de defensa con países importantes en la región”. “Sin embargo, los pactos de defensa están apoyados por motivaciones políticas primitivas. La región MENA necesita democracias más sanas y menos armas”, abunda. Además, el hecho de que Turquía observe la guerra de Irán con sus anteojos antikurdos es una tendencia repetida que aburre”, confiesa a este medio.

Por su parte, el investigador doctoral en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid Pol Mauri recuerda a 20minutos que “aunque su propuesta diplomática ha tenido menos fuerza que la pakistaní, Turquía ha sido ya un ganador del conflicto”.Dos rutas alternativas para el petróleo muy importantes se han abierto con fuerza. En primer lugar, Ceyhan, conectando Irak con el Mediterráneo y Europa. En segundo lugar, la vía terrestre a través de Siria e Irak, como ya hemos visto en los primeros transportes de gas licuado”, explica el especialista en el movimiento nacionalista kurdo y miembro del Grupo de Estudios sobre Pueblos Iranios de la Universidad Autónoma de Madrid.

En este aspecto clave de la política turca, el investigador español recuerda cómo “en relación a los partidos kurdos iraníes Turquía está sumergida en un proceso de paz y los mensajes cruzados entre apoyo y desánimo estadounidense solo han contribuido a difuminar cualquier idea de insurrección kurda en el noroeste. Además, los partidos kurdos han desmentido haber recibido apoyo armamentístico de cualquier tipo”.

En el capítulo económico, Turquía ha aprovechado su posición geográfica y relativa estabilidad para atraer capital que tradicionalmente se concentraba en centros financieros como los emiratíes. Ante la amenaza de represalias iraníes contra las infraestructuras de los países del Golfo, Ankara ha lanzado una ofensiva fiscal agresiva para incentivar la reubicación de sedes regionales de multinacionales hacia el Centro Financiero de Estambul (IFC). Al presentarse como un refugio seguro frente al riesgo de ataques a desalinizadoras o instalaciones energéticas en el Golfo, Turquía está captando flujos de inversión de empresas de servicios financieros, tecnología e inteligencia artificial que buscan diversificar su exposición al riesgo regional. 

Además, el bloqueo del estrecho de Ormuz y la vulnerabilidad de las rutas marítimas han permitido a Turquía promocionar con éxito el proyecto de la Ruta de Desarrollo de Irak como la alternativa logística principal para conectar el sur de la región con Europa por tierra. Este corredor, que evita los cuellos de botella marítimos bajo fuego, ha despertado un interés renovado de los fondos soberanos del Golfo, quienes, ante la necesidad de proteger sus economías y suministros, están viendo en las infraestructuras turcas un activo estratégico.

Una prometedora pero incierta mediación en Irán

En las próximas semanas Turquía seguirá siendo un actor clave en la desescalada en Irán. “Como miembro de la OTAN con legitimidad regional, Turquía tendrá un papel a la hora de facilitar un acuerdo potencial entre EEUU e Irán. Un papel que puede entenderse a través del históricamente pragmático y multidimensional compromiso de Turquía con Teherán”, asegura en conversación con este medio la socióloga turca y especialista en política exterior turca Nilüfer Narli.

De manera consistente Turquía ha mantenido canales de diálogo con Irán incluso durante períodos de tensión con Occidente

“De manera consistente Turquía ha mantenido canales de diálogo con Irán incluso durante períodos de tensión con Occidente: ha habido cooperación funcional entre Turquía e Irán a pesar de la rivalidad geopolítica”, asegura la directora del Departamento de Sociología de la Universidad de Bahçeşehir. Finalmente, Narli afirma que Ankara “ha ofrecido muchos ejemplos de aislamiento de los desacuerdos y de apoyo a los procesos diplomáticos y tiene una larga experiencia en la mediación regional”.

Con todo, a pesar de su alianza estratégica con Estados Unidos —uno de sus últimos ejemplos es la presencia en la Junta de Paz de Trump para Gaza— Trump ha favorecido a la mediación pakistaní sobre la turca y no parece acabar de fiarse de Erdogan, e Israel ve a Turquía con enorme desconfianza debido al deterioro de las relaciones bilaterales en los últimos años. La tregua indefinida anunciada esta semana por el presidente estadounidense, sin embargo, evidencia la voluntad de la Administración Trump de alcanzar un acuerdo duradero que permita poner fin definitivo a la guerra y dar una salida honrosa a un régimen muy castigado pero ha salido vivo del envite.

En definitiva, con el actual conflicto abierto entre Washington y Teherán, la Turquía de Erdogan quiere evitar tres escenarios: una victoria total de Israel y Estados Unidos que destruya a Irán, una guerra regional incontrolable que arrastre a toda la zona, y una expansión del conflicto que golpee directamente su territorio y su economía. Para ello, se presenta como mediador, pero también como actor defensivo, oportunista y profundamente pragmático.

Erdogan no aspira a otra cosa a que cualquier nuevo equilibrio regional pase por Ankara y no se diseñe exclusivamente en Washington, Tel Aviv o Riad. Esa es la verdadera clave de su posición. Sería una simplificación resumir que Turquía se limita a practicar un juego a dos bandas, puesto que lo que trata de asegurarse es seguir siendo una potencia imprescindible. Ese es su verdadero objetivo.

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