Publicado: octubre 21, 2026, 6:45 pm
La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/guillaume-erner-tragedia-francia-20261021013242-nt.html
No sé si conocen Francia. Es el más apacible de los países. Todo en él es mesurado: el relieve, la vegetación, hasta el vino, de una suavidad aterciopelada. Y, sin embargo, desde hace algunos años todo es violento, cada vez más violento. Desde 2015 … me levanto en mitad de la noche para despertar a mis contemporáneos con malas noticias. Noticias cada vez más difíciles de soportar. He perdido la cuenta de los amigos que prefieren escuchar música antes que someterse a semejante martirio.
Todo empezó con la oleada de atentados islamistas de 2015, que dejó al país atónito. Después llegaron los chalecos amarillos, una movilización social sin precedentes, ajena a cualquier medida conocida. Luego, la letanía de las desgracias adquirió una dimensión global: la Covid, las consecuencias de la guerra de Ucrania y del conflicto en Oriente Próximo. El periodo que se ha abierto hace apenas unos días señala el regreso de las viejas patologías francesas: la indignación, justificada, de los estudiantes de secundaria, a la que el Gobierno no sabe responder de otro modo que mediante la Policía; y la oleada de destrozos y saqueos del 17 de octubre, ante la que el Gobierno, esta vez, no ha ofrecido respuesta policial alguna.
Nunca me había parecido tan sombría la situación francesa, tan plomiza como los tejados de París en octubre. Nos enfrentamos a una crisis social que la política parece incapaz de resolver, con las elecciones a seis meses vista. Todo ello en medio de una crisis económica: la deuda gravita con todo su peso sobre las decisiones presupuestarias, y el estado de ruina de nuestros institutos es, evidentemente, consecuencia de un Estado sin recursos. En este caso, todo está conectado. La deuda social sirve, ante todo, para financiar las pensiones y las prestaciones por enfermedades de larga duración. Las inversiones de futuro quedan relegadas al olvido. La primera de ellas, la educación.
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José Ignacio de la Torre
Los profesores franceses están terriblemente mal pagados. Una amiga maestra que cría sola a su hijo está exenta del impuesto sobre la renta. Dicho de otro modo: en un país donde todo el mundo paga impuestos, y muchos, ella no paga ninguno. Es pobre. Los salarios de los docentes constituyen, en realidad, el indicador más preciso de la escasa consideración que Francia les dispensa. No hay nada más barato en este país que un intelectual. Sale más a cuenta trabajar de vigilante de seguridad que enseñar Filosofía. Y, desde el 17 de octubre, esa distancia no hará sino agrandarse.
Lo más grave es que los franceses no parecen ser plenamente conscientes de lo que está ocurriendo. Siguen soñando con el dinero mágico cuando lo que se perfila en el horizonte es, por el contrario, una política de austeridad. Sin sacrificios considerables, como los que conocieron los italianos, los griegos o ustedes mismos en España, los tipos de interés acabarán subiendo hasta asfixiar una economía que ya atraviesa dificultades. Estos mecanismos son tan abstractos que la deuda se nos antoja una ficción, una magnitud virtual de la que nadie se siente responsable.
«No hay nada más barato en este país que un intelectual. Sale más a cuenta trabajar de vigilante de seguridad que enseñar Filosofía»
Los partidos de derecha aspiran a ganar las elecciones y, por ello, se abstienen cuidadosamente de proponer medidas audaces para reducir el déficit. Los partidos de izquierda, por su parte, cargan contra los ricos, o contra los superricos, como si estos pudieran resolver por sí solos el problema. Un hipotético impuesto Zucman permitiría recaudar unos 20.000 millones de euros, frente a un déficit de las cuentas públicas que alcanza los 150.000 millones.
Pocos confían ya en una salida política. Los tres escenarios posibles inquietan a quienes prestan dinero a Francia. Ni la derecha radical ni la izquierda radical parecen ofrecer garantías convincentes en materia de finanzas públicas. En cuanto al centro radical, es precisamente el que ha conducido al país a esta situación. Y, aunque consiguiera llevar a uno de los suyos hasta la presidencia de la República, nada garantiza que pudiera reunir una mayoría en la Asamblea Nacional.
Tras el macronismo
La experiencia del macronismo ha sido particularmente funesta para la credibilidad de la política. Al proclamar que no era ni de derechas ni de izquierdas, quiso persuadirnos de que un Gobierno de consenso era posible. En realidad, el macronismo no ha sido ‘ni de izquierdas ni de izquierdas’, según la cruel fórmula que François Mitterrand empleó en su día para referirse a los centristas. Pero su consecuencia más duradera ha sido otra: el desencanto de numerosos franceses con la política, hasta el extremo de que casi un tercio de ellos ha llegado a ver en el partido de Le Pen —fundado hace ya ochenta años— la promesa de una renovación.
El hundimiento de la política constituye una auténtica tragedia. El filósofo Peter Sloterdijk decía que los partidos populistas son bancos de la ira: entidades que se nutren de los depósitos de indignación de una población que ha perdido la esperanza o necesita hacer oír su cólera. Pero esos bancos funcionan cada vez peor. Se limitan a ir a la zaga de las iras populares, fingiendo haberlas desencadenado ellos mismos. Mientras tanto, las redes sociales, en Francia como en cualquier otro lugar, contribuyen al desmoronamiento del debate colectivo.
«Ni la derecha radical ni la izquierda radical parecen ofrecer garantías convincentes en materia de finanzas públicas»
Los saqueadores son a los revolucionarios de 1789 lo que TikTok a los Estados Generales. A veces temo que Francia termine convertida en un inmenso museo, a imagen del Louvre: un monumento a su propia grandeza, un lugar magnífico que visitar, mientras unos cuantos vigilantes tratan, con más voluntad que medios, de proteger unas obras maestras amenazadas.
Guillaume Erner
Sociólogo, periodista francés que presenta el programa matinal de la radio France Culture.
