Publicado: junio 30, 2026, 8:45 pm
La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/guerra-fortalecido-republica-islamica-paz-dividirla-20260701011239-nt.html
Ha quedado demostrado que ha sido el régimen, no el pueblo, quien ha salido victorioso. Los iraníes en cuyo nombre Benjamín Netanyahu y Donald Trump iniciaron su guerra, reprimidos por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán, apenas parecen importar. Las autoridades siguen … ahorcando a personas de dos en dos —como las serpientes sobre los hombros de Zahak, el tirano de la mitología persa, que exigía dos cerebros humanos al día para saciarlas— y el recuerdo de la sangrienta represión que siguió a las protestas de enero han extinguido todo deseo de rebelión. Por otra parte, se maldice a Trump por haber traído penuria, no liberación.
La guerra ha estabilizado a un régimen tambaleante y la paz traerá consigo nuevas dificultades. Ya no está el líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, que mediaba entre las facciones rivales, y tampoco están, por ahora, los agresores extranjeros que ayudaban a mantener cohesionada a la élite. En su lugar surge la oferta de Trump: un acuerdo que podría proporcionar a la República Islámica el mayor beneficio inesperado en décadas. En un país sumido en la pobreza, esta posibilidad resulta tentadora y enfrenta a pragmáticos y puristas.
El principal pragmático es Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del parlamento, antiguo comandante de la Guardia Revolucionaria y aliado de los oligarcas iraníes; junto con Masoud Pezeshkian, presidente del país, y Abbas Araghchi, ministro de asuntos exteriores, ha defendido el acuerdo como «un gran paso hacia la victoria final». Ghalibaf, junto con J.D. Vance, vicepresidente de Estados Unidos, lo firmó a distancia el 14 de junio, antes de que lo rubricaran Trump y Pezeshkian.
Newsletter
La evolución política de Ghalibaf ha sido asombrosa: como comandante de la Guardia Revolucionaria, presumía de golpear a manifestantes desde su motocicleta en 1999, pero, desde que se presentó por primera vez a las elecciones presidenciales en 2005, ha tratado de ganarse a las clases medias, buscando el respaldo de un público que nunca ha confiado en él. Ahora espera heredar el legado de Hassan Rouhani y Akbar Hashemi Rafsanjani, expresidentes que intentaron abrir Irán a Occidente, según afirma un analista iraní.
Los partidarios de Ghalibaf sostienen que la realidad económica deja pocas alternativas y advierten de que otra guerra podría destruir infraestructuras petroleras esenciales para el país. Las finanzas estatales se han visto paralizadas por el desplome de los ingresos procedentes de las exportaciones de petróleo. El gobierno de Pezeshkian ha superado las expectativas al mantener el suministro de electricidad y agua, pero para este verano se prevén cortes de energía. Numerosos agentes de seguridad trabajan desde sus vehículos por la falta de comisarías operativas. Un mayor deterioro de la autoridad central podría provocar disturbios.
Los partidarios de Ghalibaf también apuntan que tiene ambiciones de mayor alcance. Con la muerte de Jamenei, los generales han asumido el protagonismo, desplazando a los clérigos que durante tanto tiempo dominaron el sistema. Incluso antes de la guerra, la obligación de llevar velo se aplicaba cada vez con menos rigor: en los barrios acomodados de Teherán, es habitual ver pantalones cortos y camisetas sin mangas. Abundan las comparaciones con el príncipe heredero saudí, Muhammad bin Salman, que neutralizó a la policía religiosa y relajó las normas sociales conservadoras.
Trump quiere que Irán reabra el estrecho de Ormuz y reponga las ya agotadas reservas mundiales de petróleo
Hay quien habla con optimismo de una apertura política: los reformistas han propuesto desmantelar las vastas bonyads, las fundaciones clericales exentas de impuestos, en una suerte de disolución moderna de los monasterios, y disidentes veteranos en el exilio afirman haber recibido invitaciones personales para regresar al país. Tras la guerra del pasado mes de junio, el régimen ignoró los llamamientos a aprovechar el espíritu de unidad nacional para impulsar la reconciliación y las reformas. Después llegaron las protestas masivas. Esta vez, insiste uno de los disidentes invitados a regresar, puede que se haya aprendido la lección.
Es posible que se lleven una decepción. Por ahora, al menos, se imponen los sectores del ala dura, eufóricos por lo que consideran una victoria frente a Estados Unidos e Israel. Su ferviente base de seguidores salió a las calles al inicio de la guerra con altavoces, reclutando simpatizantes y vigilando para impedir el regreso de los manifestantes, y desde entonces ha permanecido movilizada.
Para ellos, el acuerdo de Ghalibaf con el hombre al que consideran responsable del asesinato de su rahbar —su líder político y espiritual— constituye una traición. En los mítines, lo denuncian por su nombre y se burlan de él, calificándolo de ingenuo por seguir confiando en Trump, y advierten de que el acuerdo no es más que otra maniobra al estilo del presidente estadounidense. Esta vez, sostiene uno de ellos, Trump quiere que Irán reabra el estrecho de Ormuz y reponga las ya agotadas reservas mundiales de petróleo. Temen que, una vez reabastecidos los mercados, Estados Unidos vuelva a atacar. ¿Por qué llegar a un acuerdo ahora, se preguntan, cuando Estados Unidos está contra las cuerdas?
Un alto el fuego permanente permitiría a los dirigentes salir de la clandestinidad y consolidar su control
Figuras que permanecen en gran medida ocultas serán las que probablemente determinen la facción que terminará imponiéndose. Bajo el velayat-e faqih, el gobierno del jurista sobre el que se fundamenta la República Islámica, el líder supremo fue concebido como representante del Imán Oculto, quien, según la tradición chiita, entró en ocultación en el siglo IX. Mojtaba Jamenei, hijo y sucesor del difunto líder, también permanece oculto. Cien días después de asumir el poder, ni siquiera ha aparecido una fotografía que confirme que sigue vivo. Ahmad Vahidi, jefe de la Guardia Revolucionaria, y varios generales de alto rango continúan igualmente en la clandestinidad.
Por ahora, Ghalibaf y su equipo negociador parecen contar con su respaldo. El mes pasado, logró la reelección como presidente del parlamento con más del 80 % de los votos de los diputados. Según diversas informaciones, Saeed Jalili, referente del ala dura, ha sido apartado del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, el órgano encargado de la toma de decisiones en tiempos de guerra. Un alto el fuego permanente permitiría a los dirigentes salir de la clandestinidad y consolidar su control. «Se puede jugar con nueve hombres durante la prórroga», afirma un analista, «pero no partido tras partido». Si Estados Unidos ofrece un alivio financiero significativo, podría resultar difícil rechazarlo. Tras aceptar el acuerdo que puso fin a la guerra con Irak en la década de 1980, Irán tuvo que apaciguar a una base revolucionaria indignada por lo que consideraba una traición. El mismo cálculo podría volver a imponerse.
