Publicado: mayo 30, 2026, 2:45 am
La fuente de la noticia es https://www.20minutos.es/internacional/feminicidio-afganistan-violencia-mundo-permite-normalizar_6973709_3.html
El aumento del feminicidio en Afganistán no es un fenómeno aislado ni una serie de tragedias individuales sin conexión. Es la consecuencia directa de un sistema que ha expulsado a las mujeres de la ley, de la justicia y de la vida pública. Bajo el régimen talibán, la muerte de una mujer rara vez se reconoce como un crimen que requiere investigación y castigo. Con demasiada frecuencia se convierte en una cifra silenciosa, rápidamente olvidada. Cuando la violencia deja de conmocionar, no solo fracasa el sistema legal: se desmorona la conciencia moral de toda la sociedad.
Hoy, en Afganistán, casi cada dÃa una mujer es asesinada. Algunas mueren dentro de sus propias casas, a manos de parejas, padres o hermanos. Otras son vÃctimas de matrimonios forzados, de la llamada «defensa del honor» o de haber intentado tomar decisiones sobre su propia vida. Muchas son violentadas y asesinadas en espacios públicos por miembros del régimen talibán o por hombres armados que actúan sin temor a consecuencias. En la mayorÃa de los casos no hay investigaciones formales, no hay juicios y no hay responsables.
Bajo el control talibán, ser mujer significa vivir en un estado permanente de amenaza. Rabia Habibi, periodista y miembro de la Organización de Mujeres por la Libertad de Afganistán, afirma que hoy las mujeres viven constantemente bajo la sombra de la muerte. No solo enfrentan insultos, humillaciones y violencia por su vestimenta, sino que son objetivo de una violencia sistemática que, en muchos casos, termina en asesinato. Habibi advierte que el aspecto más preocupante de esta realidad es la normalización del feminicidio, donde la vida de una mujer pierde valor social y su muerte deja de provocar indignación.
La vida de una mujer pierde valor social y su muerte deja de provocar indignación
Desde el regreso de los talibanes al poder, las mujeres han sido expulsadas de las escuelas, universidades, empleos y espacios públicos. Sin embargo, la exclusión social no es el daño más grave. Lo más destructivo es la eliminación efectiva del Estado de derecho. Sin tribunales independientes ni leyes que protejan a las vÃctimas, la violencia doméstica deja de considerarse un delito y el asesinato de mujeres se reduce a un asunto privado. En ese contexto, la justicia no solo es débil: ha sido sepultada.
Azita Nazimi, periodista y activista por los derechos de las mujeres afganas, afirma que esta situación demuestra la ausencia total de justicia. «Cuando la vida de las mujeres no se protege y sus asesinatos quedan sin respuesta, significa que una parte de la conciencia de la sociedad ha muerto», sostiene. Para Nazimi, la muerte de una mujer no es una noticia más: es una herida profunda que destruye familias enteras y siembra miedo en todas las demás mujeres que intentan sobrevivir.
Cada feminicidio deja consecuencias que se extienden mucho más allá de la vÃctima directa. Hijos crecen sin madre, familias se desintegran y comunidades enteras quedan marcadas por el trauma. Estas heridas no desaparecen con el tiempo. Una sociedad donde las mujeres carecen de seguridad jamás podrá construir estabilidad, paz ni desarrollo. El feminicidio no es un problema cultural ni privado; es una crisis social y polÃtica profunda.
El régimen talibán no solo impone restricciones, sino que ha creado un entorno donde la violencia contra las mujeres se acepta como norma. Los insultos públicos, las amenazas, los castigos fÃsicos y la humillación cotidiana ocurren sin consecuencias legales. El mensaje es claro: la vida de una mujer no importa. Cuando ese mensaje se repite cada dÃa, la sociedad se acostumbra. Y no hay violencia más peligrosa que aquella que se vuelve normal.
Manizha Sediqi, activista y miembro senior de la Organización de Mujeres por la Libertad de Afganistán, lo expresa con crudeza: «Cada dÃa una mujer es asesinada en Afganistán, inocente, en silencio y casi siempre olvidada». Según Sediqi, cuando los autores de estos crÃmenes caminan libres y nadie rinde cuentas, la justicia se entierra y la humanidad comienza a desaparecer. El silencio, tanto nacional como internacional, permite que este ciclo continúe.
Cada dÃa una mujer inocente es asesinada en Afganistán, casi siempre olvidada
La repetición constante de estas muertes ha generado una peligrosa indiferencia. Las noticias sobre mujeres asesinadas ya no provocan indignación sostenida. Aparecen brevemente y desaparecen. Nos entristecemos un momento y continuamos con nuestras vidas. Esta apatÃa progresiva es una de las tragedias más profundas del Afganistán actual. El silencio frente al feminicidio no es neutralidad, es complicidad.
A pesar de todo, las mujeres afganas no han elegido callar. Han protestado sabiendo que podÃan ser detenidas, golpeadas o desaparecer. Han exigido derechos básicos, educación y libertad. El régimen ha respondido con represión, arrestos arbitrarios y amenazas. Sin embargo, la resistencia continúa, muchas veces lejos de los titulares internacionales.
La comunidad internacional y los medios tienen una responsabilidad clara. La indiferencia global envÃa un mensaje peligroso: que es posible asesinar mujeres sin consecuencias polÃticas ni morales. Defender los derechos de las mujeres afganas no es una cuestión cultural ni local. Es una obligación ética. Los derechos humanos no tienen fronteras.
Ya basta. No podemos permitir que la sangre de las mujeres afganas se pierda entre estadÃsticas frÃas. Cada mujer asesinada tenÃa nombre, familia y sueños. Olvidarlas es aceptar su muerte.
Afganistán es hoy una prueba para la conciencia del mundo. Defender la vida de sus mujeres es defender la dignidad humana. De esa responsabilidad nadie puede escapar.
