Publicado: octubre 15, 2026, 2:45 pm
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Era uno de los momentos más esperados de las últimas semanas en la Casa Blanca. El martes, a las 09:43 de la mañana, la nueva secretaria de prensa, Katie Zacharia, entró en la sala de prensa y se situó ante el atril. La … esperaba una sala repleta de periodistas, expectantes ante su primera comparecencia y dispuestos a lanzarle preguntas incómodas. No faltaban asuntos espinosos en la agenda: el escándalo por los presuntos pagos irregulares a la embajadora estadounidense en Grecia, antigua pareja de uno de los hijos del presidente; las encuestas desfavorables para los republicanos de cara a las elecciones de mitad de mandato, o una guerra con Irán que seguía enquistada, sin una salida a la vista.
Zacharia, de 41 años, encajaba plenamente en la estética de la Administración Trump, en la que la imagen ante las cámaras tiene una importancia colosal. Vestía una impecable chaqueta oscura de grandes botones dorados, llevaba el cabello rubio suelto, peinado en largas ondas, y un maquillaje marcado. Sin embargo, desde el primer momento cometió el error de dejar entrever su nerviosismo. Leyó buena parte de su intervención apoyándose en unas notas que consultaba constantemente, inclinando el cuello para seguir el texto.
Su voz, muy fina, resultaba a ratos casi imperceptible. En ocasiones se le entrecortaba y dejaba escapar algún suspiro. Cometió además un par de errores de bulto que, en otras circunstancias, quizá habrían pasado inadvertidos, pero que adquirieron mayor dimensión por la enorme expectación que rodeaba su estreno como portavoz de Donald Trump.
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David Alandete
—Antes que nada, quiero reconocer el enorme apoyo de mi marido. Tenemos cuatro hijos, de 12, 10, 8 y 6 años. Tres son niños, así que tenemos bastante trabajo. Adoro a mi familia. Son mi prioridad. Me encanta estar con mis hijos. La idea de no pasar las tardes con ellos me resulta completamente inaceptable. Así que mi presidente… perdón, mi marido… esa ha sido buena…
A partir de ahí, las cosas no mejoraron. Zacharia aceptó preguntas de apenas tres periodistas, cuyos nombres parecía llevar anotados en una lista, en lugar de elegirlos sobre la marcha entre las decenas de reporteros que levantaban la mano, como acostumbraban a hacer Trump y su predecesora, Karoline Leavitt. La primera pregunta fue para Nick Gilberson, de Breitbart News, un medio afín al presidente, que quiso saber si mantendría la apertura de la sala de prensa a nuevos medios de comunicación. Después, Gilberson le preguntó por los próximos actos electorales de Trump, una cuestión que le permitió hablar de la agenda del presidente sin mayores dificultades.
Después llegó el turno de Peter Doocy, de Fox News, que le preguntó si Estados Unidos había dejado de compartir información de inteligencia con Ucrania. La portavoz no supo responder y prometió consultarlo, sin más. Finalmente, Elina Shirazi, del Daily Mail, le preguntó por la situación de Kimberly Guilfoyle, embajadora en Grecia y antigua pareja del hijo mayor del presidente, implicada en un escándalo por presuntos pagos irregulares. Zacharia confirmó que la Casa Blanca le había pedido la dimisión, pero no aclaró quién la sustituiría. La última pregunta fue sobre cómo pensaba compaginar el cargo con el cuidado de sus cuatro hijos. Fue entonces cuando, al referirse a su marido, lo confundió con el presidente.
Fueron apenas 14 minutos de rueda de prensa. La más corta de la historia de la Casa Blanca.
Primera comparecencia de la nueva jefa de prensa de la Casa Blanca https://t.co/6wMLb13vRG
— David Alandete (@alandete) October 13, 2026
Y ahí pareció terminar aquella pequeña debacle. Pero todavía quedaba lo peor. Los periodistas nos apresuramos a salir hacia el helipuerto de la Casa Blanca, donde el presidente se disponía a abordar el helicóptero para emprender un largo viaje de varios días de campaña. No era habitual que Trump atendiera a la prensa inmediatamente después de una comparecencia de su portavoz. Con Karoline Leavitt había ocurrido pocas veces. La lógica es sencilla: evitar que el presidente contradijera o desautorizara lo que acababa de decir su secretaria de prensa. Pero algo debió de ver Trump en aquel estreno, porque decidió detenerse ante los periodistas y responder a las preguntas durante un buen rato. Y vaya si habló.
Zacharia había llegado a la Casa Blanca procedente de Trump Media, una empresa del presidente, donde había trabajado como asesora de comunicación. Antes había estudiado Derecho en la Universidad Pepperdine, en California, y había trabajado en un despacho de abogados de Pekín. Trump, al anunciar su nombramiento, la había presentado como abogada. Había un problema: nadie encontraba constancia de que hubiera aprobado el examen de acceso a la abogacía, conocido en Estados Unidos como «bar», ni de que estuviera habilitada para ejercer derecho en ninguno de los cincuenta estados.
Cuando se le preguntó al presidente en qué estado había aprobado Zacharia aquel examen, Trump se volvió hacia ella para que respondiera. «Cuando me mudé a China», contestó la portavoz. ¿Qué significaba aquello? ¿Que había obtenido la licencia para ejercer la abogacía en China? La situación resultaba todavía más confusa porque también había figurado como asesora jurídica principal de Fix California, una organización fundada por Richard Grenell, estrecho colaborador de Trump. El propio Grenell aclaró después que había desempeñado funciones de asesoramiento y coordinación con abogados externos.
La polémica creció durante las horas siguientes. The Washington Post, Reuters y otros medios comenzaron a revisar su trayectoria profesional sin encontrar ninguna licencia que acreditara su condición de abogada. The Wall Street Journal informó de que se había presentado al examen de California, pero no lo había aprobado. Finalmente, Zacharia habló con The New York Times para explicar lo sucedido. Según su versión, había entendido mal la pregunta por el ruido de los motores del helicóptero. Creyó que le preguntaban dónde había ido después de terminar sus estudios de Derecho, no dónde había aprobado el examen. También reconoció que había recibido recomendaciones para no presentarse como «letrada», término que en Estados Unidos identifica a quien está habilitado para ejercer la abogacía, pero que podía presentarse como «abogada».
En fin, una sucesión de tropiezos y errores de bulto en el estreno de uno de los puestos más exigentes de Washington, sometido a una presión constante y al escrutinio de la prensa. No tardaron en aparecer las filtraciones anónimas a los medios estadounidenses, algunas procedentes del propio entorno de la Casa Blanca. Zacharia no estaba preparada, el cargo le venía grande, Trump se había precipitado al nombrarla y los zapatos de Karoline Leavitt resultaban demasiado difíciles de llenar. Hasta surgió una broma que remitía a la primera presidencia de Trump. En 2017, Anthony Scaramucci, nombrado director de Comunicaciones de la Casa Blanca, apenas duró once días en el puesto. Una de aquellas voces anónimas se preguntaba ahora cuántos «Scaramuccis» resistiría Zacharia. Tal había sido la impresión que dejó su estreno.
