Publicado: junio 24, 2026, 10:00 pm
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Todo el mundo se pregunta qué ha hecho Keir Starmer para acabar hundido en la miseria. Es decir, para acabar dimitiendo como primer ministro del Reino Unido, cargo que ocupa desde julio de 2024. Su paradoja más significativa le define como a un líder político que no se sentía líder y al que no le gustaba la política sino la gestión. Y quizá esa vitola, aparentemente razonable, fuera su principal talón de Aquiles. Con él serán ya seis los primeros ministros que habrán desfilado con más pena que gloria por el número 10 de Downing Street desde la ruptura de las relaciones con la UE. La onda desestabilizadora de 2016 todavía sigue encendida.
Hagamos un breve paréntesis para no olvidar que en el fondo de esta enésima crisis late de manera especial esa década nada prodigiosa que ayer martes cumplía sus primeros 10 años: el referéndum del Brexit. Un Brexit que inauguró una falsa revolución que prometía, más que un futuro mejor, un pasado esplendoroso que otorgaba la recuperación de la identidad perdida y una remota gloria imperial. Los hijos de la Gran Bretaña siempre han sido muy suyos a la hora de defender su pasado, aunque ello les cueste, como es el caso, la decepción del presente.
La política británica tiene una extraña habilidad para fabricar primeros ministros como quien produce yogures con fecha de caducidad impresa. Keir Starmer llegó al poder con una mayoría aplastante, la promesa de devolver la seriedad a Westminster y la imagen de ser un abogado meticuloso que venía a poner orden después de años de caos conservador. Dos años después, sin embargo, ha terminado descubriendo una de las leyes más crueles de la política democrática: ganar unas elecciones no garantiza conservar el entusiasmo de quienes te llevaron hasta ellas.
Starmer cometió un pecado especialmente grave para un líder laborista: parecer competente pero no inspirador. Gobernó con prudencia en una época que exigía más épica y menos modales. Mientras la economía seguía mostrando debilidades y el malestar social persistía, muchos votantes dejaron de preguntarse si era un buen primer ministro para empezar a preguntarse si seguía siendo visible. Desde la opinión pública, la invisibilidad suele ser más letal que el escándalo.
También en la política, como en el amor, hay seductores natos (Toni Blair, Boris Johnson…) que acaban decepcionando, y luego está el insulso Starmer, en el sitio justo y en el momento oportuno tras catorce años de mandato conservador, pero no aprovecha la ocasión y despierta más odios que simpatías. Como bien se encargó de reflejar la prensa británica, el grito de “Starmer es gilipollas” se convirtió en habitual en los estadios de fútbol, siendo incluso capaz de unir a las dos aficiones rivales.
Y entonces apareció Andy Burnham. Bueno, en realidad ya estaba allí. Durante años ejerció como alcalde de Mánchester, acumulando algo muy escaso en la política contemporánea: popularidad. Mientras Westminster se consumía en intrigas y guerras culturales, Burnham cultivó la imagen de dirigente cercano, pragmático y capaz de hablar el idioma de la gente común sin parecer que estaba leyendo un informe de consultoría. El resultado es que, cuando los laboristas comenzaron a preguntarse quién podría sustituir a Starmer, el nombre de Burnham surgió con la naturalidad con la que aparece el heredero en una monarquía cuando el rey empieza a toser demasiado.
Su ventaja no consiste únicamente en ser más simpático. Burnham representa algo que el laborismo llevaba tiempo buscando: una conexión emocional con las regiones del norte de Inglaterra que se sienten olvidadas por Londres. En una época de creciente fuerza del populismo de derechas y del avance de Nigel Farage, los diputados laboristas han llegado a la conclusión de que necesitan un líder capaz de recuperar votantes desencantados sin asustar al electorado moderado. Y Burnham parece reunir ambas condiciones.
En todo este lío político, existe una ironía casi deliciosa. Starmer ganó porque prometía estabilidad después de los excesos emocionales de la política británica. Burnham puede ganar porque promete precisamente un poco más de emoción después de tanta estabilidad. Es el eterno péndulo democrático: cuando los votantes se cansan del espectáculo piden gestores; cuando se cansan de los gestores piden líderes con relato. Los partidos suelen descubrir demasiado tarde que ambas cosas son difíciles de encontrar en la misma persona.
Si finalmente Andy Burnham llega al número 10 de Downing Street, heredará una situación incómoda: un país cansado, una economía exigente y una opinión pública cada vez menos paciente. Pero también llegará con un activo que hoy parece decisivo: la sensación de novedad. Y en política, como en la literatura o el amor, pocas fuerzas son tan poderosas como la esperanza de que el próximo capítulo sea mejor que el anterior. La cuestión es si Burnham será realmente el autor de ese nuevo capítulo o simplemente el siguiente personaje de una telenovela británica que nunca deja de cambiar de protagonista… y con este ya van siete.
