La huella del 11s
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11/09/2026 a las 01:27h.
Cierras los ojos y solo se oye el rumor del agua. No llegan las conversaciones de los turistas que se asoman al monumento conmemorativo del 11S en Nueva York. Los sonidos de la ciudad -la sirena de la Policía, las obras que todavía siguen en la reconstrucción del World Trade Center- son un murmullo lejano.
Abres los ojos y ves el vacío. El memorial del 11S son dos hendiduras gigantescas sobre la planta de las Torres Gemelas, el escenario principal de un atentado terrorista que cambió el mundo, que nos golpeó a todos.
Fue un ataque a Occidente, simbolizado por las dos torres refulgentes que dominaban el ‘skyline’ de Nueva York, la capital cultural y económica del mundo. El emblema del capitalismo, de la libertad.
En la mañana del 11 de septiembre de 2001, hace ahora 25 años, un comando de terroristas islamistas secuestraron cuatro aviones comerciales. Dos los estrellaron contra las Torres Gemelas y un tercero contra el Pentágono. El cuarto cayó en una zona rural de Pensilvania, después de que los pasajeros se enfrentaran a los terroristas. Es probable que su destino fuera el Capitolio o la Casa Blanca.
Las huellas de las dos torres son ahora dos fuentes hundidas en las que se precipita el agua. Esa caída es en sí misma el 11S. El derrumbe de los edificios. Los oficinistas que se lanzaron al vacío, desesperados, atrapados por el fuego.
Todo el mundo lo vio en directo. En España era la hora del telediario. El primer avión impactó en la Torre Norte a las 8.46 de la mañana en Nueva York, 14.46 en España, poco antes de que arrancara el informativo de las tres de la tarde. En el inicio de la emisión, todavía se creía que era un accidente. «Se ha estrellado una avioneta», creían algunos en Nueva York. A las 9.03, 15.03 en España, el segundo avión impactó contra la Torre Sur. No, no era un accidente. Nadie durmió la siesta. Poco después, ante la conmoción mundial, las torres cayeron. Primero la Sur, después la Norte. El World Trade Center era de inmediato una gigantesca fosa común.
Aquella mañana amaneció en Nueva York con un cielo sin nubes. «El cielo está azul como en el 11S», dicen todavía los neoyorquinos en los días que está más limpio. Pero los ataques oscurecieron la vida de miles de familias. Murieron 2.977 inocentes, que solo iban al trabajo o estaban de viaje. Entre ellos, cientos de bomberos, policías y personal de emergencia que fallecieron en los rescates. Y todavía más en el otro 11S, el de los efectos secundarios del derrumbe de las Torres Gemelas: la exposición a tóxicos y contaminantes se sigue cobrando vidas cada año. El hueco inmenso de las fuentes-mausoleo, al que ahora miramos, es el vacío que han dejado todos ellos.
Han pasado 25 años, pero la tragedia sigue viva. Está en los cánceres que se siguen detectando entre quienes trabajaron en la Zona Cero, en la falta de rendición de cuentas (todavía no se ha celebrado el juicio contra el autor intelectual), en los controles en los aeropuertos y hasta en los bolardos que se han convertido en parte de nuestro paisaje urbano, un recuerdo de la amenaza terrorista. Y en la memoria de todos los que lo vivieron. Esta es la historia del 11S, contada por la gente común que fueron sus protagonistas.
«Hicimos un buen trabajo con los muertos, pero un mal trabajo con los vivos»
Phil McArdle
bombero en la Zona Cero
Es difícil pasar por una estación de bomberos de Nueva York y que en los muros no haya un homenaje a sus caídos en el 11S. La tragedia se cebó con el personal de emergencias que acudió al rescate. Primero, a apagar los incendios en las Torres Gemelas y rescatar a los atrapados. Después, a encontrar supervivientes y restos entre la escombrera, una tarea que duró meses. En el 11S murieron 343 bomberos y se siguió cobrando todavía más vidas por enfermedades relacionadas con las tareas de rescate y reconstrucción.
«Conocía personalmente a unos 80 de los que murieron en los ataques», cuenta Phil McArdle, un bombero que sobrevivió de milagro aquel día. Llegó al World Trade Center con un compañero, justo cuando se desplomó la primera torre, la Sur. Su coche quedó sepultado en los escombros. Pero consiguieron salir entre una nube de polvo -«no podía ver más allá de mi mano»- y poner a resguardo a un fotógrafo del ‘Daily News’, herido en el derrumbe. «Eso probablemente nos salvó la vida», recuerda ahora a este periódico desde una estación de bomberos en Edgewater Park, en el Bronx, donde él se crio. «Porque íbamos a ir a la Torre Norte».
Equipos de rescate transportan al padre Mychal Judge, capellán del Departamento de Bomberos de Nueva York.
(Reuters)
McArdle y su compañero, Jeff Borkowski, sobrevivieron la caída de la segunda torre agarrados a una columna de un edificio cercano. «Sentimos un gran ruido, una ola de calor, dificultades para respirar por la presión», cuenta este bombero retirado. «Después, un silencio mortal».
Los 19 bomberos de su estación en Maspeth fallecieron aquel día. Incluido el joven compañero que le sustituyó en su turno. Desde entonces, los que se salvaron viven con el luto y con la culpa. Y con estrés postraumático y con los efectos en la salud de su trabajo en la Zona Cero. «Yo he tenido cinco cánceres», dice. «Pero dicen que los irlandeses somos duros, que estamos acostumbrados al sufrimiento».
Más de 400 compañeros de McArdle han muerto «en el otro 11S», por su impacto en la salud, en medio de trabas de las autoridades a compensar esas pérdidas. «En el 11S hicimos un buen trabajo con los muertos, pero un mal trabajo con los vivos».
McArdle nunca va a la Zona Cero en los aniversarios. «Voy a mi estación de bomberos y a mi iglesia», dice. «Que cada uno haga lo que quiera. Pero yo no quiero estar ahí con los políticos diciéndome lo maravillosos que somos y luego nos joden cada vez que pueden».
«La relación entre EE.UU. y Arabia Saudí está basada en mentiras»
Terry Strada
viuda de víctima del 11S
«Sonó el teléfono y contesté. Tom estaba al otro lado de la línea. Me dijo que un avión se había estrellado contra su torre. Que había mucho humo. Yo escuchaba mucho ruido, conmoción, gritos. Él estaba muy agitado. Su voz era áspera. Me dijo que iba a salir por la escalera de incendios. Y colgó». Terry Strada cuenta cómo fue la última conversación con su marido, empleado de Cantor Fitzgerald. Hubo cientos de llamadas telefónicas similares aquella mañana.
Tom Strada trabajaba en el piso 104 de la Torre Norte, la primera en recibir el impacto. Su mujer, como el resto del mundo, vio el edificio desplomarse.
La pareja tenía tres hijos. El más pequeño solo contaba cuatro días de vida. La de los Strada fue una de las miles de familias destrozadas por la tragedia.
Terry y Tom Strada.
(Archivo personal)
Terry preside 9/11 Families United, una de las principales asociaciones de familiares de víctimas. En los últimos 25 años, se ha fajado para exigir a las autoridades transparencia y rendición de cuentas sobre quién estuvo detrás y quién apoyó la matanza en la que falleció su marido.
«Me uní a una demanda en 2002, con la creencia de que el reino de Arabia Saudí estuvo implicado en los ataques del 11 de septiembre», explica. Durante años de trabajo «hemos comprobado su apoyo a la red de terroristas, en lo financiero y en lo logístico». Ese caso tendrá un nuevo capítulo en tribunales el mes que viene, donde se trata una apelación para determinar si los demandantes pueden ir adelante con la exigencia de deposiciones y requerimientos documentales.
Eso ocurre, sin embargo, en un momento de refuerzo de las relaciones entre el actual Gobierno de EE.UU., bajo la Administración de Donald Trump, y Arabia Saudí. «Esa relación está basada en mentiras», acusa Strada.
Su compromiso con destapar la verdad tiene que ver con su necesidad de pasar de página con la muerte de su marido. «Si ganamos el caso, eso cerraría una herida muy dolorosa», afirma sobre su cruzada contra los saudíes. También le ayudaría que por fin se lograra identificar algún resto de su marido. Cerca de mil de los fallecidos no han sido identificados, con sus cuerpos desintegrados en los colapsos de las torres.
«Pero esto nunca acabará», reconoce. «El agujero en el corazón siempre va a estar ahí. Todavía le echo mucho de menos. Me ha sorprendido que se hace más y más difícil al hacerme mayor. Por todo lo que se ha perdido él. Cada graduación, la boda de mi hija, los dos nietos que no ha conocido. Se me saltan las lágrimas».
Marines de EE.UU. desplegados en Afganistán en la guerra contra el terrorismo.
(Reuters)

