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Trump trata de vender una victoria en Irán mientras Teherán mantiene el pulso nuclear

Irán ha aceptado reabrir el estrecho de Ormuz, su programa nuclear ha quedado gravemente dañado, la economía del país atraviesa una situación crítica y Estados Unidos mantiene ahora contactos directos con figuras de máximo nivel dentro del sistema iraní por primera vez en décadas. Ése, … al menos, es el balance que la Administración Trump intenta que cuaje tras anunciar un principio de acuerdo para poner fin a la guerra, pese a que siguen abiertas cuestiones esenciales sobre el futuro del programa nuclear iraní, las concesiones que acabará recibiendo Teherán y la capacidad real de Washington para verificar que la República Islámica no vuelva a recorrer el mismo camino.
Fue ese el mensaje central que dos altos cargos estadounidenses trasladaron este lunes durante una extensa conversación con periodistas. Más que una explicación técnica del memorando de entendimiento firmado entre Washington y Teherán, la llamada pareció un esfuerzo deliberado por fijar el relato de la guerra antes incluso de que exista un acuerdo definitivo. La sensación que dejaron los funcionarios no fue la de unos negociadores explicando un compromiso difícil, sino la de una Administración empeñada en presentar la propia negociación como la prueba de una victoria.

Según la versión que ahora defiende Washington, Irán no llega a la mesa porque haya resistido la presión militar estadounidense e israelí, sino porque esa presión ha sido exitosa. Los responsables norteamericanos que hablaron con la prensa describieron a la República Islámica como un poder debilitado militarmente, castigado económicamente y sacudido por tensiones internas cada vez más visibles. De acuerdo con ese relato, la combinación de bombardeos, bloqueo marítimo y aislamiento financiero ha obligado a Teherán a aceptar conversaciones que hace apenas unas semanas parecían impensables.

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Javier Ansorena

Los hechos confirmados son más limitados. Estados Unidos e Irán han firmado un memorando de entendimiento que servirá de marco para futuras negociaciones; la Casa Blanca prevé una ceremonia formal de firma el próximo viernes; Pakistán y Qatar han desempeñado un papel relevante como intermediarios; ambas partes se han comprometido a avanzar hacia la reapertura completa de Ormuz y el levantamiento del bloqueo marítimo, y continúan las negociaciones técnicas sobre inspecciones, sanciones y mecanismos de verificación. El acuerdo definitivo sobre el programa nuclear sigue pendiente y Washington asegura que, hasta ahora, no se ha liberado ningún fondo iraní congelado.
Lo cierto es que detrás del optimismo de la Casa Blanca siguen existiendo interrogantes existenciales. El régimen iraní no ha caído. La estructura política que gobierna el país continúa intacta. Un acuerdo definitivo ni siquiera existe todavía. Los mecanismos de verificación que deberían impedir una reconstrucción del programa nuclear siguen pendientes de negociarse. Y buena parte de las cuestiones más delicadas, como qué inspecciones se permitirán, qué sanciones se levantarán y cuándo, qué ocurrirá con los fondos congelados iraníes o cómo se supervisará el cumplimiento de los compromisos siguen abiertas.
La propia Administración lo reconoce implícitamente. Aunque los funcionarios que hablaron con la prensa este lunes describieron la situación en términos casi triunfales, también admitieron que las negociaciones técnicas apenas comienzan y que harán falta semanas para comprobar si el entendimiento preliminar puede transformarse en un acuerdo duradero.

El relato triunfal de Trump

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Durante los momentos más intensos del conflicto, el discurso público de Trump y de muchos de sus portavoces y socios apuntaba mucho más alto. Se hablaba de destruir la amenaza iraní, de acabar con su capacidad nuclear, de debilitar decisivamente al régimen e incluso, en algunos casos, de provocar transformaciones profundas dentro del propio sistema político iraní. Pero tras casi cuatro meses de guerra y alza de los precios del petróleo, las metas se antojan ahora diferentes.
Los funcionarios apenas mencionan ya la posibilidad de un cambio de régimen. Ni siquiera hablan de una transformación política interna. La atención se centra en impedir que Irán disponga de un arma nuclear y en garantizar la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz, algo que ya existía en febrero, antes de los primeros ataques.

Los funcionarios apenas mencionan ya la posibilidad de un cambio de régimen. Ni siquiera hablan de una transformación política interna

Un detalle revelador que subraya lo diferente que se conducen Washington y Teherán es quién estampó finalmente la firma en el acuerdo firmado de forma remota. Frente a Trump y el vicepresidente Vance, Teherán optó por delegar la rúbrica en el presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf, una de las figuras más influyentes del sistema político iraní.
Preguntados por la ausencia del ayatolá Ali Jamenei, los funcionarios estadounidenses restaron importancia al asunto. «No es su papel firmar este tipo de acuerdos», señalaron, recordando que tampoco lo hizo en anteriores negociaciones nucleares. Según la versión de Washington, Ghalibaf actuó con la autorización tanto del Líder Supremo como del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, una fórmula que permitiría a Teherán respaldar el proceso sin exponer directamente la figura del ayatolá en una negociación todavía rodeada de incertidumbre.
Los responsables estadounidenses insistieron repetidamente en que la recuperación gradual del tráfico marítimo constituye ya una victoria estratégica. Según su versión, la campaña militar demostró a Irán que ya no podía utilizar el Estrecho como instrumento de presión sobre la economía mundial. En otras palabras, Washington no presenta la reapertura como un simple retorno a la normalidad, sino como una prueba de que Teherán ha perdido una capacidad de coerción que durante años consideró fundamental, y con la que amagaba.

Frente a Trump y el vicepresidente Vance, Teherán optó por delegar la rúbrica en el presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf

Principio de reciprocidad

Aun así, dentro y fuera de EE.UU. existen sectores que observan cualquier negociación con Irán a través del prisma de acuerdos anteriores, como el de Barack Obama en 2015, y que sospechan de cualquier fórmula que implique alivio económico para la República Islámica. Consciente de ello, la Casa Blanca intenta construir una imagen muy distinta: la de un acuerdo basado exclusivamente en el principio de reciprocidad. Pero hay recelos, y grandes, en Israel y entre los republicanos.
A estos les preocupa que se abra una nueva era de concordia con los ayatolás, dado el precedente con el régimen chavista en Venezuela. Durante décadas, las relaciones entre ambos países, Irán y EE.UU., han dependido de intermediarios, mensajes indirectos y negociaciones discretas a través de terceros. Ahora, según la versión de la Administración Trump, existen canales directos con primeras espadas del sistema iraní. Los funcionarios presentaron esos contactos como uno de los grandes logros del proceso y llegaron a sugerir que les han permitido detectar divisiones dentro del propio régimen, que podrían explotar.

Nadie sabe todavía qué inspecciones aceptará Teherán, qué sanciones acabará levantando Washington, qué ocurrirá si alguna de las partes denuncia incumplimientos o si los sectores más duros del régimen terminan bloqueando el proceso

Las dudas siguen siendo numerosas. Nadie sabe todavía qué inspecciones aceptará Teherán, qué sanciones acabará levantando Washington, qué ocurrirá si alguna de las partes denuncia incumplimientos o si los sectores más duros del régimen terminan bloqueando el proceso. Tampoco está claro cuánto del programa nuclear iraní ha sido realmente destruido y cuánto podría reconstruirse en el futuro. El memorando deberá ser publicado por la Casa Blanca en las próximas horas, según las mismas fuentes. Hasta que se publique, dos versiones, la estadounidense y la iraní, venden lo que este incluye de forma notablemente diferente.

Macron asegura que Francia, Italia y Reino Unido «están preparados» para participar en una operación en Ormuz

El presidente francés, Emmanuel Macron, busca rebajar las tensiones entre Europa y Estados Unidos con la cumbre del G7 que empieza este lunes en Évian-les-Bains. Pocas horas antes de recibir a su homólogo estadounidense, Donald Trump, en esa localidad vacacional de los Alpes, … ha hecho un anuncio que podría satisfacer al inquilino de la Casa Blanca. Ha asegurado que Francia, Italia, Reino Unido y Países Bajos «están listos» para participar en una misión militar defensiva que contribuya a la reapertura del estrecho de Ormuz, aspecto neurálgico del acuerdo de paz alcanzado el domingo entre Teherán y Washington. Su firma ante las cámaras está prevista para el viernes en Suiza.
«Enviaremos aviones, fragatas y unidades de desminado. Podemos desplegarlos durante los dos o tres días posteriores a la confirmación» del acuerdo, dijo el dirigente galo durante una entrevista para el telenoticias del mediodía de TF1, la cadena más vista en el país vecino. Fue el principal anuncio que hizo en esa intervención desde la localidad bañada por las aguas del lago Lemán, cercana a la frontera con Suiza. Macron encabeza allí hasta el miércoles la edición de este año de la reunión de los líderes del G7 (Francia, Alemania, Italia, Japón, Canadá, Estados Unidos y Reino Unido).

Reacio ante el peaje de Irán en Ormuz

La cumbre ha quedado marcada por el pacto para el cese de las hostilidades entre Washington y Teherán, cuya ratificación sigue a expensas de las reticencias de Tel Aviv y lo que ocurra en los próximos días. La principal prioridad para las potencias occidentales y su aliado nipón es una rápida reapertura del tráfico marítimo por ese estrecho estratégico. Circulaban por allí en tiempos normales el 20% del petróleo y del gas producidos en el mundo. La operación propuesta por el mandatario galo, destinada a tareas de desminado y a proteger petroleros y buques comerciales, podría agilizar el tránsito marítimo por esa zona.

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Javier Ansorena

El conflicto bélico en Oriente Próximo y, en concreto, la situación en Ormuz son el plato fuerte de este G7. Aunque no forman parte del club, el presidente francés ha invitado al hotel de lujo Évian Resort a los principales mandatarios de Egipto, Catar y Emiratos Árabes. Y el martes participarán en una reunión específica sobre esta cuestión. Tras el frágil acuerdo, y del que no se conocen muchos detalles, uno de los principales interrogantes consiste en la posibilidad de que la República Islámica mantenga su peaje —creado durante la guerra— para los barcos que pasen por Ormuz.
Una fuente oficial iraní ha indicado a la agencia persa Fars que Teherán «logró introducir en la recta final de las negociaciones» un punto en el pacto que le permite cobrar esa tasa, rebautizada con el término eufemístico de «derechos de servicio». «Si eso es cierto, no es algo que deseamos, ya que aumentará los precios para todo el mundo. Y no se trata de una medida acorde al derecho internacional», ha declarado Macron, quien ha pronosticado que los precios en las gasolineras no bajarán de manera inmediata, sino «en las próximas semanas».

Trump amenaza con un arancel al vino y el champán

La prioridad para Macron con la cita en Évian es un objetivo aparentemente de mínimos, pero que no lograron varios de los G7 de los últimos años: conseguir que todos los mandatarios se reúnan durante los tres días. Para evitar un desplante de Trump —ya le hizo un feo con la cumbre de Biarritz en 2019 yéndose sin firmar el comunicado final—, el Elíseo ha hecho una serie de concesiones a la Casa Blanca. Por ejemplo, prescindir de la declaración común, sacar la lucha contra el cambio climático de las conversaciones y organizar el miércoles una cena con Trump en el Palacio de Versalles, con espectáculo de fuegos artificiales incluido, para conmemorar el 250 aniversario de la Independencia de Estados Unidos.

«Estados Unidos no debe decidir sobre el derecho de los europeos ni de los franceses».

Emmanuel Macron
Presidente de Francia

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A pesar de ello, Trump ha puesto un poco de picante al inicio del G7 resucitando su recurrente amenaza de crear un arancel del 100% para los vinos y las bebidas espirituosas francesas. «Si (París) no retira» un impuesto especial para los gigantes tecnológicos, «no tendré otra opción que imponer esa tasa del 100%», advirtió el dirigente republicano en una entrevista para el ‘New York Post’. Su homólogo francés le ha respondido ante las cámaras de TF1 que desea «una discusión respetuosa, pero firme» sobre esa cuestión. Y se ha mostrado reacio ante la posibilidad de renunciar a ese tributo: «Estados Unidos no debe decidir sobre el derecho de los europeos ni de los franceses».

Frustración en el Líbano tras el pre-acuerdo entre EE.UU. e Irán: «¡Esta hipocresía tiene que acabar! Todo es una farsa»

… Una fuente militar autorizada comenta: «En mi opinión, desde hace tiempo, estadounidenses e israelíes no coinciden en sus objetivos estratégicos. Pero esto se hace más evidente hoy. Trump necesita que termine el conflicto en Irán porque su impacto en el consumidor estadounidense es demasiado significativo. Además, no le importa lo que pueda ocurrir en el Líbano. En cuanto a Benjamin Netanyahu, necesita que este conflicto continúe porque sigue viendo a Irán como una amenaza existencial para su país. Algunos piensan a veces que los desacuerdos entre el presidente estadounidense y el primer ministro israelí son una especie de juego del policía bueno y el policía malo. Personalmente, no creo que sea así: cada parte juega su propio juego según sus propios intereses. Hoy, las discrepancias sobre la estrategia a seguir superan los puntos de acuerdo entre estos dos aliados».

Si bien no creen que la guerra en el Líbano haya terminado, algunos desplazados del sur han regresado a sus aldeas, más para comprobar el estado de sus hogares, cuando esos no han quedado completamente destruidos, que para reasentarse. Las autoridades libanesas, sin embargo, han pedido a la población que espere antes de regresar a sus casas. Por su parte, los municipios intentaban evaluar los daños o despejar ciertas carreteras para facilitar la circulación, mientras que el Ejército israelí cerraba algunas vías en función de los combates y de las demoliciones que continuaba a lo largo del día.

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Javier Ansorena

Desde el anuncio de este acuerdo entre EE.UU. e Irán, que se espera pronto, las reacciones en las calles de la capital han sido similares a las que se expresaron tras cada nuevo alto el fuego. Nawal está indignada: «¿En serio? Tres meses de guerra, de destrucciones en todo el sur del país que se queda devastado, miles de muertos y heridos. Y ahora, con toda tranquilidad, anuncian que la guerra ha terminado». Lejos de alegrarse o sentirse aliviada, Nawal continúa: «¡Esta hipocresía tiene que acabar! Todo es una farsa. Todo el mundo sabía que Trump quería que este conflicto terminara para su cumpleaños, para el 250 aniversario de EE.UU. y para el Mundial». Sin ser una experta en geopolítica, la joven analiza: «Él empieza una guerra y luego la detiene, sin que se hayan logrado los objetivos que la motivaron. ¿Tiene sentido eso? ¿Acaso el objetivo inicial no era derrocar al régimen iraní y reducir la amenaza nuclear? Hoy, estos dos temas polémicos ya no importan. ¡La única preocupación es la apertura del estrecho de Ormuz y el precio del petróleo!»
Otra mujer, Marie, añade: «Si el régimen iraní se mantiene en el poder y nada cambia en general, el pulpo que tenemos aquí con Hizbolá y que estrangula al país con sus tentáculos, se encontrará fortalecido. En cualquier caso, el hecho de que el régimen se mantenga en el poder con la Guardia Revolucionaria Islámica significa que han ganado».
Abou Nader, excomandante en jefe de las Fuerzas Libanesas y presidente de una ONG particularmente activa en el apoyo al sur, concluye: «Este no es un buen día para el Líbano, porque Irán lo está utilizando como moneda de cambio o medio de presión en sus negociaciones con EE.UU. El momento es crítico para mi país. Para evitar lo peor, es imperativo que nuestros líderes completen las negociaciones directas con Israel que ya han comenzado y que restablezcan el monopolio estatal de las armas desarmando a Hizbolá»

Colombia: elecciones presidenciales bajo una violencia creciente

Colombia celebra este domingo elecciones presidenciales con 14 candidatos y más de 41 millones de votantes (un millón más de mujeres) mayores de 18 años tanto en el interior como en exterior del país. El ganador tiene que lograr la mayoría absoluta, el 50% + 1 de los votos válidos. Si ningún candidato alcanza la mayoría absoluta en la primera vuelta tal como vaticinan las encuestas, los dos candidatos más votados pasarían a la segunda vuelta que se celebrará el 21 de junio.La elección del presidente de la república se hace junto con la del vicepresidente y la estadía en el cargo será de cuatro años sin posibilidad de reelección. Los candidatos deben ser mayores de treinta años, colombianos de nacimiento y tener la nacionalidad.248.000 miembros de las Fuerzas Armadas, la Policía Nacional y la Fiscalía General del Estado forman parte del denominado ‘Plan Democracia’ y se han desplegado por todo el país para proteger las 118.346 mesas de votación distribuidas en 13.489 colegios electorales, donde se podrá ejercer el voto entre las ocho de la mañana y las cuatro de la tarde.La campaña electoral se ha vivido en un clima de intensa polarización política con algunos atentados realizados por grupos armados, combates entre grupos disidentes de la antigua guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) y bandas criminales.El asesinato del precandidato Miguel Uribe Turbay, a mediados de 2025 durante la celebración de un mitin, recordó la situación vivida a finales de los ochenta y principios de los noventa cuando fueron asesinados varios candidatos presidenciales por los carteles de las drogas.El izquierdista Iván Cepeda, candidato del Pacto Histórico, el bloque político que permitió a Gustavo Petro ganar las elecciones de hace cuatro años, encabeza casi todas las encuestas frente a los derechistas Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia. Otros dos candidatos de centro-izquierda muy alejados de los primeros puestos, pero con posibilidades de influir en el resultado final en la segunda vuelta, son el exgobernador de Antioquia, Sergio Fajardo, y Claudia López, exalcaldesa de Bogotá.Cepeda propone continuar con las reformas sociales del actual presidente, disminuir la desigualdad y conseguir la paz con los grupos armados y las bandas criminales sin renunciar al diálogo. Senador desde hace más de 15 años, se ha centrado en luchar por la memoria de las víctimas, negociar con los grupos armados para poner fin al conflicto que dura más de medio siglo e investigar al paramilitarismo.De la Espriella se presenta como un empresario de éxito e independiente de la élite política, está a favor de la mano dura contra los grupos armados y criminales y defiende la propiedad privada, la libre empresa y una moral basada en la familia tradicional. Promete combatir la inseguridad, el crimen organizado y la delincuencia común y ha centrado su campaña en las redes sociales en busca del voto más joven.Valencia, candidata del partido del expresidente Álvaro Uribe, intenta recoger el voto del descontento de aquellos colombianos que no quieren un presidente continuista de izquierdas ni tampoco un extremista de derechas. A pesar de ser una candidata de un partido muy de derechas y muy influyente en Colombia, ha buscado atraer a votantes de centro durante la campaña.En los últimos días ha recibido el apoyo de los partidos Conservador y Liberal que durante décadas se repartieron las presidencias de Colombia y que hoy siguen teniendo influencia en el Congreso.El Partido Conservador considera que Valencia es la candidata ideal para un país que «necesita más que nunca carácter, orden y decisión» para defender el futuro del país mientras que el presidente del Partido Liberal y expresidente de Colombia, César Gaviria, ha pedido el voto para Valencia porque «el país no aguanta cuatro años más de rodillas ante los criminales».Los tres candidatos principales se plantean enfrentar la violencia con recetas muy distintas e incluso contradictorias. El izquierdista Cepeda considera que la negociación con los más de 20 grupos armados, que han duplicado el número de integrantes desde que llegó Petro al poder en 2022, es el camino esencial para pacificar el país. Aunque la atomización de estos grupos y su relación con economías ilícitas como el narcotráfico, la minería ilegal, la extorsión, el contrabando y el robo de hidrocarburos los han vuelto más poderosos.De la Espriella considera que la negociación es un camino equivocado que, además, ha fortalecido a los grupos armados y ha prometido restaurar la seguridad mediante el fortalecimiento de las Fuerzas Armadas y la expansión del sistema penitenciario, tal como lo ha hecho el presidente de El Salvador, Nayib Bukele.Valencia ha dicho a la agencia Reuters que «la paz total termina conmigo y comienza la seguridad total». Considera que el aumento del gasto militar es imprescindible para dar caza a los grupos armados «como si fueran ratas». Su estrategia recuerda la utilizada por su mentor, Álvaro Uribe, durante los ochos años que fue presidente entre el 2002 y 2010, cuando activó el Plan Colombia con el respaldo de Estados Unidos para combatir a los grupos armados y que provocó un baño de sangre con miles de civiles víctimas de ejecuciones extrajudiciales y presentados como falsos guerrilleros.Estas dos visiones irreconciliables han provocado una gran tensión durante la campaña electoral que se puede agravar durante las tres semanas que habrá que esperar para la disputa de una segunda vuelta definitiva.Las relaciones con Estados Unidos también van a jugar un papel importante en la valoración de los electores. La llegada de un presidente de derechas facilitaría un cambio en las relaciones muy tensas que existen entre los presidentes Petro y Donald Trump y, probablemente, permitiría una vinculación más estrecha entre ambos gobiernos en temas de seguridad y cooperación.

Finlandia, mediador de paz en primera línea de guerra

La Guerra Fría terminó con la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989 y la disolución de la Unión Soviética en diciembre de 1991 gracias a la ‘perestroika’ y la ‘glásnost’ (reforma y transparencia) acometidas por Gorbachov tras llegar al Kremlin en 1985. … Pero el fin del Telón de Acero no habría sido posible sin otro hecho histórico igual de trascendente, aunque menos recordado hoy: la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE), que tuvo lugar en Helsinki del 30 de julio al 1 de agosto de 1975.
Durante aquellos días, en la capital de Finlandia se reunieron por primera vez los dirigentes de 35 países capitalistas y comunistas para firmar un acta que redujera sus choques políticos y militares en consonancia con la nueva ‘distensión’ que habían alcanzado las dos superpotencias de la época: Estados Unidos y la URSS. Con la presencia, y la firma, de sus entonces presidentes, Gerald Ford y Leonid Brézhnev, los Acuerdos de Helsinki fueron criticados en Occidente por legitimar las fronteras del Telón de Acero, como quería poner por escrito la Unión Soviética para blindar sus anexiones territoriales tras la Segunda Guerra Mundial. Pero también incluyeron unos principios que consagraban el respeto a los derechos humanos y las libertades.

Con el tiempo, dichas cláusulas permitirían una relajación del autoritarismo comunista y una mayor participación política de organizaciones sociales, como la ONG Grupo de Helsinki en Moscú y el sindicato Solidaridad en Polonia, que fueron decisivas para que los países del este de Europa alcanzaran la democracia. Tras el desmoronamiento del bloque comunista, la Conferencia se convirtió en la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE), hoy en horas bajas por el conflicto de Ucrania y la Nueva Guerra Fría que sacude al mundo en el siglo XXI. Por ese motivo, y por tener una frontera con Rusia de 1.300 kilómetros que hoy permanece cerrada, Finlandia intenta recuperar su papel histórico como mediador de paz en un planeta cada vez más convulso.

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Rosalía Sánchez

«Los conflictos en el mundo de hoy están al alza. La gran diferencia es que, tras la Guerra Fría, los conflictos solían ser locales. Pero ahora se han vuelto regionales: la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania, Israel-Palestina, Israel-EE.UU.-Irán, Irán y los países del Golfo… Y todos vemos ahora que tienen ramificaciones globales, que pueden ser en el precio de la energía, petróleo, gas, comida, fertilizantes o presiones inflacionarias generales que vienen del cierre del estrecho de Ormuz», explica el presidente finés, Alexander Stubb, a un grupo de medios internacionales invitados a Helsinki, entre ellos ABC.
El encuentro tiene lugar en el palacio presidencial de la capital, en un salón decorado con dos cuadros de batallas y ventanales con vistas al puerto y la bahía. Stubb, con chaqueta pero sin corbata, despliega un discurso sólido y bien argumentado para compaginar el ADN mediador de los finlandeses, que se enseña en los colegios, con su reciente militarización ante la cada vez más peligrosa amenaza rusa.

El presidente finés, Alexander Stubb, atiende a un grupo de medios extranjeros, entre ellos ABC.

(Pablo M. Díez)

«Vivimos junto a un vecino que tiene tendencias imperialistas y eso ha creado una especie de psique nacional. Ahora tenemos un país en el que el 80% de la población está dispuesta a defender nuestra independencia, lo que básicamente son cifras israelíes», explica Stubb. Tras mantener durante décadas su neutralidad, tanto Finlandia como Suecia se adhirieron a la OTAN tras la invasión rusa de Ucrania, por lo que se encuentran junto a los países bálticos y del este de Europa en primera línea ante las constantes incursiones de drones lanzados por el Kremlin.

«Vivimos junto a un vecino que tiene tendencias imperialistas y eso ha creado una especie de psique nacional. Ahora tenemos un país en el que el 80% de la población está dispuesta a defender nuestra independencia»

Alexander Stubb
Presidente de Finlandia

En su opinión, «Ucrania está ahora en una posición mucho mejor que en cualquier otro momento de esta guerra. El primer año fue de supervivencia. Los tres siguientes de resistencia. Y ahora son matemáticas. Desde este punto de vista, Ucrania está en todo lo alto. En los cinco últimos meses, y perdonen que sea macabro, Ucrania ha matado o herido a una media de 35.000 soldados rusos. En marzo, Ucrania lanzó por primera vez más misiles contra Rusia que viceversa. Y en abril fue la primera vez que Ucrania recuperó más territorio del que perdió. Por eso, la mayoría de la población rusa está ahora empezando a oponerse a la guerra».
Amigo personal de Trump gracias a su pasión por Estados Unidos y el golf, Stubb quiere desinflar ese rol y se conforma con hacerle llegar al presidente de EE.UU. una idea de cada diez: «Por supuesto, mi principal foco es sobre Ucrania». Pero eso no excluye que abogue por «el multilateralismo, basado en instituciones internacionales, reglas y cooperación, frente a la multipolaridad, que ahora China y Rusia parecen estar dirigiendo de forma común».
Firme defensor de la reforma del orden internacional para dar peso a las potencias emergentes del denominado Sur Global, «porque el mundo dominado por Occidente posterior a la Segunda Guerra Mundial ya no existe», Stubb saca a relucir su gen finés para la resolución de conflictos.

«El mundo dominado por Occidente posterior a la Segunda Guerra Mundial ya no existe»

Alexander Stubb
Presidente de Finlandia

Gracias al espíritu de los Acuerdos de Helsinki, Finlandia se ha erigido en un mediador internacional desde África hasta Asia pasando por Oriente Próximo, ahora en llamas. «Porque estamos en Helsinki, sería muy útil que, cuando acabe el conflicto, un número de países de esa región se reunieran aquí para emular lo que hicimos en 1975», propone unas negociaciones que también se podrían aplicar a Rusia y Ucrania. Citando al presidente Martti Ahtissari, quien fue premio Nobel de la Paz en 2008 y cuya fundación está participando en 17 procesos de paz, Stubb confía en que eso sea posible algún día porque «todos los conflictos se pueden resolver y lo que empezamos los humanos también lo podemos terminar».

Los Berlusconi promueven un giro liberal en Forza Italia, el partido heredado de su padre

La familia Berlusconi controla el cuarto partido político más votado en Italia, Forza Italia (FI), y lo hace sin necesidad de presentarse a elecciones internas, pues la formación depende financieramente de ella. No es una anomalía nueva en este partido ni en este país. La … novedad es que, tres años después del fallecimiento de Silvio Berlusconi —el próximo 12 de junio se cumple el aniversario—, sus hijos Marina y Pier Silvio están moviendo ficha con una ambición que puede alterar el perfil ideológico del partido y tensar la coalición de gobierno de Giorgia Meloni.
Marina Berlusconi, de 59 años, presidenta de Fininvest, el ‘holding’ de familia, repite a quien le pregunta que no tiene interés en dedicarse a la política. Sin embargo, no lo descarta su hermano Pier Silvio, que se ocupa de MediaForEurope, la antigua Mediaset. A sus 57 años bromea con que su padre no entró en política hasta que cumplió los 58. Por ahora ambos se conforman con controlar la marca del partido y condicionarlo como principales financiadores, pues son los garantes de créditos por valor de 90 millones de euros. Por eso, su sola presencia levanta suspicacias: convocan reuniones, preguntan, señalan. Y en Italia cada gesto suyo genera especulación.

«Creo que es inevitablemente necesario (que Forza Italia) cuente con caras nuevas, ideas nuevas y un programa renovado», dijo alto y claro Pier Silvio en julio, durante la presentación de la parrilla de Mediaset. Meses después, en febrero, en una entrevista concedida al ‘Corriere della Sera’, su hermana Marina también solicitó cambios. «Comienza una nueva etapa, en la que hay que mirar hacia adelante y construir el futuro. (…) El destino de FI está en manos de FI; yo soy empresaria. ¿Y qué tiene de extraño que una empresaria pida menos burocracia, más liberalizaciones y menos impuestos? Como ciudadana, además, puedo esperar un poco más de valentía en materia de derechos civiles».

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Javier Martínez-Brocal

En el partido entienden que están solicitando una agenda política con cesiones en derechos civiles, eutanasia, aborto, o políticas LGTBI. Adaptarán su programa ante las próximas elecciones generales italianas, que se celebrarán en primavera u otoño de 2027, para que FI sea «la llave del gobierno», un partido bisagra de corte liberal que pueda hacer acuerdos tanto a la derecha como a la izquierda del panorama político italiano.

Diferentes de la actual derecha

El sociólogo Massimiliano Panarari, el mayor experto sobre el fenómeno político y mediático berlusconiano, piensa que las decisiones de Marina Berlusconi «responden sobre todo a una idea estratégica: utilizar Forza Italia, el partido de la familia, como un instrumento para proteger intereses económicos y promover una visión política distinta de la actual derecha italiana».
Su nuevo programa supone «una concepción del papel del Estado y de las políticas económicas diferente» de la de Giorgia Meloni y alejada de posiciones de la Liga. Por ejemplo, «defender la libertad de empresa, los intereses financieros y alinear al país con una visión europeísta y conservadora, típica del Partido Popular Europeo». Quiere que FI atraiga los votos de «un sector liberal de centroderecha capaz de dialogar –al menos potencialmente– con el centroizquierda». «En un escenario futuro de equilibrio entre bloques, Forza Italia podría convertirse en el elemento capaz de inclinar la balanza», asegura.

Calculan que con un cambio de enfoque podrían pasar del actual 8,2% a atraer a entre el 10% y el 20% del electorado

Ningún otro partido ocupa ese espacio político, calculan que con un cambio de enfoque podrían atraer a entre el 10% y el 20% del electorado (actualmente atraen al 8,2%), sobre todo de votantes que no se sienten representados por la polarización entre dos bloques. «Marina Berlusconi aspira a que Forza Italia ocupe ese espacio, y sea un partido más centrista, más liberal, más moderado y también reformista», concluye Panarari.
En su contra tiene que controlar las deudas del partido no es suficiente para conseguir cambiarlo. «El partido sigue dividido y está poco arraigado en el territorio, sobre todo si se le compara con Hermanos de Italia (de Giorgia Meloni) y la Liga de Salvini, y eso impide traducir el proyecto en resultados electorales», avisa Gianluca Pastori, profesor de Historia de las Relaciones Políticas en la Universidad Católica de Milán. En su opinión, además, «la lógica centrista parece chocar con un escenario político que tiende a la polarización. Será difícil encontrar espacio para el consenso».

Una familia al mando

La anomalía de Forza Italia consiste en que el programa no lo aprueba un congreso general del partido, sino la familia propietaria. Esta condición dio lugar recientemente a una situación curiosa. Marina Berlusconi convocó el pasado 10 de abril en una de sus empresas en Milán al secretario general del partido y ministro de exteriores, Antonio Tajani. En la reunión participó Gianni Letta, amigo y consejero de Silvio Berlusconi, y Danilo Pellegrino, director general de Fininvest, la sociedad que gestiona los negocios de los Berlusconi. Aunque el único con cargo oficial en Forza Italia era Tajani, fruto de ese encuentro fueron sustituidos los jefes del partido en la Cámara de diputados y en el Senado, y reemplazados por perfiles más cercanos a «la familia». Son solo los primeros pasos de un cambio más profundo.
En una nota del pasado 12 de mayo, Marina Berlusconi justificaba sus intervenciones, pues considera «totalmente natural que yo mire con atención y cariño» a FI. A la vez, aseguraba su «pleno respeto de las funciones y la autonomía de la dirección del partido». Sobre las actuales maniobras, se ha limitado a asegurar que no está haciendo acercamientos a la izquierda con el objetivo de «influir en la elección del futuro presidente de la República», prevista para 2029. Sin ninguna mención a la coalición de gobierno.
Marina y Pier Silvio saben que son necesarios para gobernar el país. Se llevan bien con Giorgia Meloni y aprecian la estabilidad que ha aportado, pero también repiten que Forza Italia necesita un perfil diferente. Si dan el paso y desplazan su formación hacia posiciones demasiado liberales, desestabilizarían la coalición actual y complicarían que la Lega acepte entrar con ellos en un futuro gobierno. Hasta ahora los Berlusconi no lo han hecho, pero podrían hacerlo. Y en política italiana, las posibilidades pesan tanto como las acciones.