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Guerra en Irán, en directo | Irán ataca un petrolero de Kuwait en el puerto de Dubái

Irán ha atacado esta madrugada un petrolero con bandera de Kuwait en el puerto de Dubái. El ataque ha provocado un aparatoso incendio y daños en la embarcación, mientras las autoridades tratan de evitar una fuga de crudo al mar. Desde el 28 de febrero se han reportado 24 incidentes en barcos alrededor del estrecho de Ormuz, el estratégico canal bloqueado por Teherán por el que normalmente circula una quinta parte del comercio global de petróleo. En ese sentido, Irán avanza legislativamente en un proyecto para establecer el pago de peajes en el estrecho. Por otra parte, Irán ha amanecido este martes con explosiones en Teherán, que han provocado varios cortes de luz debido a daños en infraestructuras energéticas.

«Zapatero es, en el caso de Venezuela, una persona sin sentido moral»

Elliott Abrams (Nueva York, 1948) ha ocupado cargos de gran peso en la política exterior de Estados Unidos durante décadas. Fue una de las voces más influyentes en América Latina y Oriente Próximo bajo presidentes republicanos y, durante el primer mandato de Donald Trump, ejerció … como enviado especial para Venezuela y también para Irán. Conoce de primera mano cómo se comenzó a fraguar la campaña de máxima presión contra Nicolás Maduro y observa ahora, desde Washington, un giro que considera evidente. La prioridad ya no parece ser la democratización de Venezuela, sino una combinación imprecisa de interés energético, cálculo geopolítico y presión personal de Trump. En conversación con ABC, Abrams sostiene que el régimen chavista quiere alargar la situación todo lo posible, duda de la solidez de los argumentos que hoy se dan en Washington para justificar la nueva política y propone como solución una negociación real entre el chavismo y la oposición que desemboque en elecciones.
—¿Cómo ve la situación actual de la Administración Trump con Venezuela y este acercamiento con Delcy Rodríguez? ¿Cuánto tiempo puede durar?

—Creo que puede durar mucho tiempo. Mi impresión es que el régimen quiere que esto se alargue, primero hasta noviembre, porque piensa que entonces Trump puede perder la Cámara de Representantes y quizá también el Senado, y por tanto quedar más debilitado. Y creo que, en el fondo, lo que querrían es estirarlo durante tres años, hasta el final del mandato. Quieren arrastrarlo todo, demorarlo todo, posponerlo todo. Ahora bien, no sé si van a poder hacerlo, porque no estoy seguro de que esa sea la visión de Marco Rubio [el secretario de Estado]. A mí me parece que Rubio sí cree que debe haber elecciones, quizá no este año, pero desde luego el año próximo, y que tiene que haber avances reales hacia la democracia. El problema es que hay muchas cosas que podrían haberse hecho ya y no se ha hecho ninguna. Ni siquiera han liberado a todos los presos políticos: han soltado a aproximadamente la mitad, nada más. Así que creo que el régimen va a intentar aferrarse al poder y hacer el menor número posible de reformas y concesiones.

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Jorge Benezra

—¿Ve una diferencia de estrategia entre lo que pretendía la primera Administración Trump, cuando usted estaba en el Departamento de Estado, y lo que se busca ahora? ¿Ha cambiado el objetivo final?
—Sí, en un sentido sí. En el primer mandato estaba muy claro para todos nosotros que queríamos deshacernos del régimen y sustituirlo por una democracia. Ese era el objetivo. No había demasiada ambigüedad sobre eso. En este segundo mandato, en cambio, Trump parece personalmente mucho más interesado en el petróleo que en el cambio político. Esa es la diferencia principal que yo veo. Antes el fin era político y estructural: queríamos una transición democrática. Ahora no tengo tan claro que ese siga siendo el fin.
—En aquel primer mandato usted me explicó que, en la práctica, la Administración republicana había aplicado algo muy parecido a un embargo total sobre el petróleo venezolano. ¿Qué ha cambiado? ¿Ha cambiado Trump?
—La verdad es que no sé responder directamente a esa pregunta. Pero quizá hay que plantearla de otra forma: ¿por qué hizo Trump esto? ¿Por qué capturó a Maduro y lo metió en prisión? ¿Cuál era el objetivo? Hay gente que diría que la respuesta es drogas, migración y petróleo. A mí me parecen respuestas muy extrañas. Trump habla mucho del fentanilo, pero el fentanilo no viene de Venezuela. Habla de la migración, pero ya no hay migración desde Venezuela hacia Estados Unidos. La frontera sur está cerrada. Ese era un problema de Biden, no de ahora. Y luego está el petróleo. Primero, cuando se hizo esto en enero, todavía no existía la guerra con Irán. Así que la pregunta es: ¿quién necesitaba entonces el petróleo venezolano? ¿Y por qué cree Trump que hay tanto petróleo disponible allí? Eso también me sorprende.

«Trump ha cambiado: antes quería democracia, ahora mira al petróleo»

—¿No es tan rica Venezuela en petróleo como se dice?
—Venezuela había caído a unos 900.000 barriles diarios, quizá un poco menos o un poco más, pero por ahí. Y les llevaría dos años, es decir, hasta 2028, aumentar esa producción un 50% como mucho. La compañía en mejor posición para aumentar producción es Chevron. Chevron produce unos 250.000 barriles diarios y dice que en dos años podría incrementarlos un 50%. Eso significa pasar de 250.000 a 375.000. Francamente, eso no es nada en el mercado mundial del petróleo. Incluso si en dos años Venezuela pasara de un millón de barriles diarios a un millón y medio, ¿y qué? Sería bueno tener ese volumen ahora, en medio de la guerra con Irán, pero no lo tenemos y no lo vamos a tener. Así que esas tres explicaciones —migración, drogas, petróleo— me parecen muy débiles.
—Entonces, ¿cuál cree que es la verdadera explicación?
—Quizá la explicación está en la estrategia de seguridad nacional y en la estrategia de defensa. Tal vez la idea de Trump sea: este es nuestro continente, pertenece a Estados Unidos, y no se van a tolerar gobiernos hostiles. Eso podría ser una explicación. Lo curioso es que, en el primer mandato, esa lógica llevaba a intentar acabar con el régimen. En el segundo parece llevar a otra cosa: quitar a Maduro y poner a alguien más amistoso, alguien que haga lo que Trump le diga. Yo no creo que eso pueda funcionar realmente, porque hay demasiada gente que quiere un cambio más profundo. Una de esas personas es Rubio, creo yo, pero más importante aún son los propios venezolanos.
—Los venezolano-estadounidenses también cuentan mucho políticamente y son muchos. Si dentro de esta Administración hay personas que sí quieren un cambio democrático, ¿cuál sería para usted una hoja de ruta razonable desde ahora hasta unas elecciones?
—Creo que lo primero es que la Administración debería estar exigiendo ya una serie de cosas. La primera, la liberación de todos los presos políticos. Me parece increíble que Trump no haya insistido en eso. Han pasado tres meses. La segunda, que Estados Unidos intente propiciar una negociación entre el régimen y la oposición democrática. Evidentemente, del lado del régimen sería Jorge Rodríguez. Del lado de la oposición, no sé exactamente quién, pero tendría que ser alguien con capacidad y legitimidad. Y tendrían que empezar a negociar cuestiones concretas: el Consejo Nacional Electoral, la justicia transicional, la devolución de los partidos políticos a sus verdaderas direcciones, la fecha de unas elecciones. No digo que las elecciones tengan que celebrarse necesariamente este año, pero la fecha sí debería fijarse este año en esa negociación. Si uno piensa en Brasil, Argentina, Uruguay, Chile o Perú, había situaciones distintas, porque muchas veces se trataba de dictaduras militares, pero siempre hubo negociaciones sobre este tipo de asuntos. Siempre hubo una conversación política seria sobre cómo se transitaba. Y eso es exactamente lo que, en mi opinión, debería estar organizando la Administración Trump.
—La oposición venezolana aquí en Washington, y también María Corina Machado, a quien muchos consideran la verdadera ganadora moral y política del último proceso electoral, está pasando por un momento difícil. ¿Qué consejo les daría?
—Creo que deben seguir hablando con la Administración. María Corina habla con el presidente y con Rubio, y otras personas hablan en otros niveles de la Administración. Eso hay que mantenerlo. Pero también creo que tienen una situación difícil, porque no quieren enfrentarse a la Administración. Y, sin embargo, necesitan aclarar cuál es la situación. Yo diría que deberían ser un poco más públicos en ciertos asuntos, por ejemplo el de los presos políticos, porque es el más sencillo de explicar y defender. Y también deberían explicar a la Administración todas las complicaciones que se derivan del pleno reconocimiento del régimen. No me refiero sólo a problemas para la oposición, sino a cuestiones legales y prácticas relacionadas con Citgo, PDVSA o la ley de hidrocarburos.
—¿No hay confianza en el sector petrolero?
—Es que ninguna gran petrolera va a invertir miles de millones de dólares basándose en una ley de hidrocarburos ilegítima, aprobada por este régimen y que puede ser modificada en cuanto vuelva la democracia. Lo que sería realmente útil, si de verdad se quiere reactivar la economía, es que el régimen hablara con la oposición y todos pudieran acordar una ley de hidrocarburos. Así habría seguridad de que esa ley es estable y no cambiará con un futuro gobierno democrático. Lo mismo ocurre con la llamada ley de amnistía, que en realidad es una amnistía para el régimen. Necesitan una ley real, que siga vigente después del cambio.
—Mi última pregunta. Delcy Rodríguez intenta lograr reconocimiento internacional invitando a José Luis Rodríguez Zapatero, y él está reivindicando públicamente que gracias a su intervención han salido muchos presos. ¿Cuál es su lectura? ¿Qué está haciendo allí y por qué dice eso?
—Zapatero es, en este caso, una persona sin sentido moral. Fue un defensor de Maduro. Fue un defensor de las peores cosas que hizo el régimen. No representa la democracia ni la libertad. Nada de lo que está haciendo supone una contribución positiva. Debería mantenerse al margen. Si España, o cualquiera en España, quiere ayudar de verdad a la democratización de Venezuela, tendrá que hacerlo a través de verdaderos demócratas, no de personas comprometidas por su implicación con el régimen.

El hombre más rico de África tiene ambiciosos planes para el continente

«La situación actual es una locura», afirma Aliko Dangote, el hombre más rico de África, en una entrevista concedida a The Economist el 12 de marzo en su despacho de Lagos, la capital comercial de Nigeria. Ha regresado tras unas horas de ausencia … y se ha encontrado con que los precios del crudo se han disparado un 10 % debido a las últimas noticias procedentes del Golfo. «Y creo que seguirá así durante un tiempo», añade.
Los empresarios africanos suelen ser actores secundarios en momentos de crisis global. Sin embargo, Dangote, de 68 años, no es un empresario cualquiera. En 2023, casi una década después de que se propusiera por primera vez, inauguró el mayor complejo de refinerías de África a las afueras de Lagos, una zona de casi la mitad del tamaño de Manhattan. Dado que puede procesar 650.000 barriles de petróleo al día, el teléfono de Dangote no deja de sonar con ofertas de posibles compradores. «La gente está dispuesta a pagar lo que sea en este momento», afirma, con solo cierta exageración.

La refinería es el emblema de la creciente riqueza y poder de Dangote. Es, con diferencia, el proyecto más grande propiedad del Grupo Dangote, el conglomerado que está detrás de su fortuna, estimada en 28.500 millones de dólares; se trata de una cantidad que lo convierte en el único africano que se encuentra entre las 100 personas más ricas del mundo, según Forbes. Sin embargo, Dangote sugiere que la refinería simboliza algo más: la necesidad de que el continente sea más autosuficiente. «Si los africanos no lideramos la industrialización de África, África nunca se industrializará», argumenta. Y aunque nadie debería confundir al magnate con un altruista, puede que tenga razón.

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Agustín Pery

Dangote no empezó fabricando productos. Al igual que muchos de sus parientes —su bisabuelo era un acaudalado comerciante de frutos secos, entre otros productos—, era comerciante. A partir de la década de 1970, importó productos básicos como la sal y el azúcar, para luego venderlos en Nigeria. Un cable filtrado del gobierno estadounidense redactado en 2005 afirmaba que su riqueza se «basaba en sus conexiones familiares y amistades políticas» y que, en algún momento, había ostentado derechos exclusivos de importación de cemento, azúcar y arroz.
A principios de siglo, animado por el presidente de entonces, Dangote pasó de importar cemento a fabricarlo. Dangote Cement se convirtió en los cimientos —de hormigón— de su fortuna. Es una de las tres filiales de Dangote que cotizan en la bolsa de valores de Nigeria (NGX) y tiene una capitalización bursátil de 13,6 billones de nairas (10.000 millones de dólares). Sus márgenes de beneficio de explotación pueden ser más del doble que los de otras multinacionales del cemento, superando incluso a los competidores en mercados frontera, donde los márgenes suelen ser más elevados.
Dangote sugiere que esto es una prueba de eficiencia. Los críticos sostienen que demuestra que se ha beneficiado de las exenciones fiscales del gobierno y de las prohibiciones de importación del cemento que antes traía al país, así como de una estrategia deliberada para aumentar la capacidad con el fin de ahuyentar a posibles competidores.

Para construir su xanadú industrial, Dangote tuvo que dragar un vasto pantano y construir un puerto para traer la gigantesca maquinaria

El ámbito de la refinería, sin embargo, es de una escala completamente diferente, tanto para él como para África. Para construir su xanadú industrial, Dangote tuvo que dragar un vasto pantano y construir un puerto para traer la gigantesca maquinaria. En una visita previa a la entrevista, The Economist recorrió un laberinto de tuberías y conductos, que cuenta con la torre de destilación más grande, más alta que la torre del reloj del Big Ben. Los casi 200 tanques de combustible del emplazamiento están diseñados para almacenar más de 4000 millones de litros de combustible, un volumen mayor que el que produce Francia en vino cada año. «De hecho, estamos construyendo una pista de aterrizaje allí», dice Dangote más tarde. Nadie cree que algo así exista en África. Podemos traer gente en avión para que venga a echar un vistazo», añade.

Un conglomerado indispensable

La refinería es una hazaña tanto macroeconómica como industrial. El año pasado, el FMI estimó que, si funcionara a pleno rendimiento, aumentaría el PIB no petrolero de Nigeria en un 1,5 % entre 2025 y 2026, al tiempo que incrementaría las reservas oficiales de dólares en 5500 millones de dólares anuales. Durante décadas, Nigeria, el mayor productor de crudo del África subsahariana, ha importado la mayor parte de su gasolina, que los gobiernos subvencionaban. La refinería de Dangote, que puede cubrir con creces el consumo interno de gasolina de Nigeria cuando funciona a pleno rendimiento, ayuda a reducir la demanda de dólares y respalda el valor de la naira. «Nigeria estaría ahora estancada sin la refinería», afirma Dangote.
Él niega que esté aplicando su estrategia habitual con la refinería, aprovechándose de las exenciones fiscales y las prohibiciones de importación. Los reguladores afirman que no están concediendo nuevas licencias de importación de gasolina —una medida que se asemejaría a lo ocurrido con el cemento—, si bien el Grupo Dangote sostiene que, en la práctica, esto no es así. Existen intereses creados en el statu quo, formados por lo que él denomina la «mafia del petróleo», creada en torno a las importaciones.
El uso de la refinería va más allá de la energía. Produce polipropileno para plásticos y pronto añadirá un producto químico clave para detergentes. En un almacén tan grande como un hangar de aeropuerto, las cintas transportadoras descargan montones de fertilizante sobre camiones propulsados por gas de la refinería, con destino al puerto, construido expresamente por Dangote. Estas son algunas de las tres millones de toneladas de fertilizante que puede producir al año, más que cualquier otra planta de África. El cierre de facto por los ataques iraníes del estrecho de Ormuz, el canal del Golfo por el que pasa una tercera del comercio marítimo mundial de fertilizantes, no hace sino confirmar la importancia de Dangote.
¿Cuál será la nueva iniciativa de Dangote? Quiere que una parte de la refinería cotice en la NGX —y quizá también en Londres, si bien nunca llegó a materializarse un plan para hacer lo mismo con el negocio del cemento— y, en los próximos tres años, ampliar la capacidad hasta casi la mitad de la de todas las instalaciones de Arabia Saudí juntas. También quiere utilizar el gas producido en el complejo para suministrar energía a los fabricantes que podrían instalarse en las cercanías.

Existen intereses creados en el statu quo, formados por lo que él denomina la «mafia del petróleo», creada en torno a las importaciones

El Grupo Dangote tiene planes más allá de Nigeria; ya opera en otros 16 países africanos. El año pasado anunció una empresa conjunta de 2500 millones de dólares con Etiopía para construir una planta de fertilizantes de un tamaño similar a la de Nigeria. Dangote afirma que invertirá otros 1000 millones de dólares en proyectos de cemento y energía en Zimbabue. Enumera otras ideas: la extracción de potasa y fosfato, el procesamiento de cobre en Zambia, el procesamiento de cacao en Ghana y Costa de Marfil, y un oleoducto desde Namibia hasta África Central.
«Sabemos que, si no invertimos, nadie vendrá a invertir en nuestro continente», argumenta Dangote. «¿Quién lideró la inversión en Asia Oriental?», pregunta retóricamente. «No fueron los europeos. La lideraron ellos mismos, los asiáticos». ¿Y los industriales que invierten en la India? «Todos son indios». De hecho, la refinería de Dangote y sus ambiciones continentales han suscitado comparaciones con Mukesh Ambani, el hombre más rico de la India, cuyo conglomerado, Reliance, gestiona la mayor refinería de ese país. «Estén atentos. Aliko Dangote está a punto de convertirse en el Ambani de África», sostiene Amit Jain, de la Universidad Tecnológica de Nanyang en Singapur.
Porque, aunque Dangote habla de la necesidad de que los empresarios africanos inviertan en África, da a entender que la mayoría no puede o no quiere hacerlo. «No veo a ningún país africano construyendo hoy una refinería, y si lo intentaran, les deseo mucha suerte», afirma, reflexionando sobre el enorme esfuerzo que le supuso a él. «Es posible que los africanos en general no dispongan de este tipo de capital. Incluso cuando lo tienen, no quieren invertir. Les da miedo invertir. A nosotros no».

Ningún otro magnate cuenta con el respaldo necesario para estos proyectos

Dangote tiene 650.000 razones al día por las que está en la mejor posición para ser el industrial de África. Ningún otro magnate cuenta con el balance, respaldado por el negocio del cemento, necesario para financiar proyectos de este tipo. Ninguno tiene su trayectoria. Sin embargo, puede que a Dangote le guste que sea así. Y no está tan claro si es mejor para el continente tener un único Ambani o Rockefeller, en lugar de una pléyade de magnates que compiten entre sí.
Sus empresas también siguen dependiendo en gran medida de subcontratistas extranjeros para gran parte de sus procesos técnicos y altamente especializados, desde la construcción hasta el mantenimiento. La mayoría de los directivos de la refinería son indios. El negocio del cemento mantiene una relación de larga data con Sinoma, una gran empresa china. Dangote hace caso omiso de estas críticas. «Somos muy, muy innovadores», argumenta, mencionando la refinería y la producción de cemento, altamente automatizadas.
Cuando se levanta para marcharse, una multitud de empleados surge de la nada. Hay otra reunión a la que acudir: más acuerdos que cerrar. «Cuando vuelva dentro de tres años», dice Dangote a modo de despedida, «lo que ha visto hoy será tres veces mayor».
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La deuda de Europa con los españoles que liberaron París

En un día soleado de invierno en Madrid, en el Campo del Moro del Palacio Real, la violinista española Rocío Cabello tocó las notas de la canción patriótica más famosa de Francia después de La Marsellesa, Le Chant des Partisans. «Amigo, ¿oyes el vuelo negro de los cuervos sobre la llanura?», empieza la letra de la canción, escrita durante la Segunda Guerra Mundial en un hotel de Surrey, en el sur de Inglaterra, por los miembros de la Resistencia Francesa Maurice Druon y Joseph Kessel, que utilizaron la melodía de otra compañera, la exiliada rusa Anna Marly.Algunos de los maquis de la Resistencia Francesa la cantaban mientras se dirigían a su ejecución en las prisiones nazis. Llegó a ser la sintonía del programa Honneur et Patrie, que emitía la BBC para llegar a los exiliados de la Francia Libre.»[Los líderes de la Francia Libre] sabían que nada une más a los hombres en combate que una canción, sobre todo cuando los soldados actúan en secreto, cuando forman un ejército de sombras», explicó Druon a la BBC en 2004 cuando tenía 85 años.Estudié un poco la historia de la Resistencia en mis clases de francés en Inglaterra, pero nunca supe que unos 180 españoles formaban parte de «ese ejército de sombras» apoyado por Winston Churchill. Conocidos como La Nueve, la novena compañía de la Segunda División del General Philippe Leclerc de la Francia Libre, fueron incluso los primeros soldados en liberar París el 24 de agosto 1944.Las notas del violín de Cabello inauguraron hace unos días la exposición 1945. Libération. Tras las huellas de La Nueve sobre esa compañía de mayoría española, que incorporó a socialistas, comunistas y anarquistas, que perdieron contra Franco en la Guerra Civil española y continuaron su lucha contra el fascismo con las fuerzas de la Francia Libre.Delante del Chalet de la Reina en el Campo del Moro, hay otro símbolo potente de la Resistencia, con toques claramente españoles: un blindado como los que conducían La Nueve, pintado con un mapa de España y el nombre «Guadalajara». Se trata de una réplica de las tanquetas que entraron en París aquel día de agosto y que estaban pintadas con los nombres de batallas o bombardeos de la Guerra Civil como Brunete y Guernica.La exposición en Madrid recorre la historia de La Nueve –que llegó a estar integrada por 350 voluntarios de 13 nacionalidades– desde sus inicios en Argelia, destacando su participación en operaciones claves del avance de los Aliados. «Es… una nueva mirada a la participación española en la resistencia en Francia», dijo el comisario de la exposición, el historiador Diego Gaspar Celaya. Es un homenaje necesario a unos héroes que durante décadas fueron olvidados.En su famoso discurso después de la Liberación de París, De Gaulle aplaudió a los parisinos y al Ejército francés por haber liberado a Francia de la ocupación nazi. Algunos miembros de La Nueve fueron decorados con honores franceses como La Légion d’Honneur o la Cruz de Guerra, «pero muchos no recibieron el reconocimiento que merecía su compromiso», reconoció Alice Rufo, la Ministra delegada de las Fuerzas Armadas Francesas y de los Antiguos Combatientes.En el lado español de los Pirineos, durante la dictadura no interesaba reconocer el papel de esos liberadores de París, tachados por Franco como la «anti-España». Rufo visitó la exposición acompañada por la embajadora francesa Kareen Rispal, el ministro de Política Territorial y Memoria Democrática, Ángel Victor Torres, y un grupo de estudiantes.Torres contó el caso de Miguel Campos, que peleó con La Nueve pero cuya mujer murió sin saber su heroísmo. «Este canario era panadero de un pueblo de Tenerife… que estaba en el centro de la lucha, como tantas y tantos, contra el fascismo», dijo Torres.»Tenemos una deuda con nuestra propia historia», me dijo Rufo.  «[Es] un deber reconocer el papel que desempeñó La Nueve en la liberación de Francia y el papel de los combatientes extranjeros por la libertad de nuestro país». «Es importante que sea un ejercicio con los jóvenes, que deben recordar quién luchó por la libertad de Europa».No me cabe ninguna duda de que una profundización en la historia de La Nueve resonará en estos tiempos de incertidumbre en todo nuestro continente donde antes sonaba Le Chant des Partisans, el Canto de la Liberación.

Los magnates de la guerra en Europa

Una gélida mañana de principios de 2024 tuvo lugar en Berlín una reunión de urgencia solicitada por los servicios de inteligencia estadounidenses. Sin tiempo siquiera para un café, dos altos funcionarios del Ministerio de Interior fueron informados sobre un plan de atentado cuya ejecución habían … puesto ya en marcha agentes rusos contra el ciudadano alemán Armin Papperberg, que inmediatamente fue puesto bajo protección y que, a fecha de hoy, sigue llevando guardaespaldas allá donde va.
El CEO de la empresa alemana del sector armamentístico Rheinmetall, según confirmaría posteriormente la ministra alemana de Exteriores Annalena Baerbock, estaba en el punto de mira de la inteligencia exterior rusa como objetivo de guerra híbrida y considerado un nodo nuclear de la defensa europea. Y no iban muy desencaminados.

Desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania, Rheinmetall comenzó a concentrar sus esfuerzos de lobby en un intenso proceso de rearme europeo que logró pleno apoyo institucional en mayo de 2025. Con el Plan rearmar Europa, la Comisión Europea está movilizando un total de 800.000 millones de euros para proyectos de defensa, a través del instrumento financiero denominado Acción de Seguridad para Europa y que consiste en dar préstamos baratos a los gobiernos europeos para la compra de armas.

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Rosalía Sánchez | Corresponsal en Berlín

Esa riada millonaria está alimentando a todo un sector olvidado durante décadas y que ahora se hace con grandes partidas presupuestarias, en el que destacan varios gigantescos fabricantes de armamento convertidos en los nuevos señores de la guerra en Europa. A través de sus estrategias de producción, son los ‘arquitectos’ de la nueva seguridad europea.

Rheinmetall se hace hueco en la agenda

Rheinmetall es, sin duda, el caso más destacado. Apenas había empezado la guerra en Ucrania cuando Papperberg se presentó en el Ministerio de Berlín con una lista de material militar, incluidos tanques y camiones, que la compañía estaba en condiciones de suministrar sin dilación al país atacado. No le fue fácil conseguir aquella cita, porque los fabricantes de armamento estaban todavía muy mal vistos en la escena política europea y la entonces ministra alemana, la socialdemócrata Christine Lambrecht, alegó una agenda muy tupida hasta que intermediaron terceros.

Los iraníes en EE.UU., entre la esperanza y la angustia: «Quiero un país libre, pero ¿quién se alegra de las bombas?»

Mitra tiene que gritar para cubrir la voz del megáfono que chilla «Basta a la República Islámica!», «Irán libre!». Un coro de varios cientos de personas responde levantando los puños al cielo. Banderas iraníes, estadounidenses, con la estrella de Israel. «Tengo 50 años y vivo … en Estados Unidos desde hace 31. Desde que puse un pie aquí, como refugiada política, no he vuelto nunca más», dice la mujer. Grandes gafas negras y una bandera roja, blanca y verde atada al cuello, llevada como un chal o una capa de superhéroe, Mitra cuenta que huyó de Teherán en plena noche, después de que su padre fuera asesinado por el régimen: «No veo la hora de volver a su tumba. Y decirle que lo que siempre soñó ha sucedido. Que lo hemos logrado después de todos estos años», confía con la barbilla temblorosa y una lágrima que le recorre el rostro.
Estamos en el corazón de Westwood, un acomodado barrio universitario, de profesores, abogados y médicos en el oeste de Los Ángeles. Los bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre el Irán de los ayatolás arrasan a más de 12.000 kilómetros de distancia y a 11 horas y media de huso horario, pero su estruendo se siente con fuerza en la metrópolis californiana, que alberga la mayor comunidad de la diáspora iraní del mundo: entre las más de 500.000 personas de origen persa residentes en Estados Unidos, más de un tercio vive aquí.

En este barrio, encajado entre Beverly Hills y Santa Mónica, entre casitas, jardines cuidados y jacarandas en flor, los iraníes estadounidenses han construido una patria lejos de su país. La llaman amistosamente ‘Persian Square’, ‘Little Persia’ o ‘Tehrangeles’: una sucesión de restaurantes, bazares, tiendas de alimentación con carteles en caracteres persas. El farsi es la lengua de las mesas colocadas al sol.

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Desde aquí, los iraníes fuera de Irán han recibido la noticia de que el gobierno del que huyeron estaba siendo atacado por su país de adopción –y que el líder de larga data de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, había sido asesinado. Muchos de ellos pertenecen a minorías oprimidas en Irán –judíos, asirios, bahaíes, cristianos. Algunos huyeron tras la caída en 1979 del último sah de Irán, Mohamed Reza Pahlevi. Otros nacieron en el exilio y conocen el país de sus padres como se conocen los lugares en los cuentos. Una tierra prometida, un miraje.

Sam Beykzadeh, en su librería Pars Books, lamenta la guerra entre países.

(Lucía Magi)

Desde finales de febrero, cada sábado, cientos de personas se reúnen en un cruce, bajo el único rascacielos de la zona, que alberga oficinas federales, poniendo música iraní a todo volumen y vitoreando. Banderas ondean entre la multitud y a lo largo de las aceras cercanas. Los coches pitan como muestra de solidaridad. La gente baila, se abraza, sonríe. Parece una fiesta callejera. «Soy Adrian. Tengo 26 años. Nací en Alemania y luego me mudé aquí», dice un chico con barba y pelo color azabache. Conoce Irán por los relatos de su bisabuelo, que era cirujano del sah y tuvo que huir con toda la familia cuando estalló la revolución.
«Amo mi país –dice el joven refiriéndose al más lejano– Alemania y Estados Unidos son mi casa, pero mi tierra es Irán. Durante los últimos 47 años, mi familia, mis abuelos, toda mi generación hemos estado esperando esto. Estamos muy jubilosos y felices de deshacernos del islam terrorista, solo quiero volver allí, a un Irán completamente libre», dice sacudiendo carteles con las fotos de dos marines muertos en los primeros ataques y con la inscripción «Gracias, Trump»: «Es un buscador de libertad. Me gusta».

«Amo mi país, Alemania y EE.UU. son mi casa, pero mi tierra es Irán. Toda mi familia hemos estado esperando esto»

Adrian
26 años, nacido en Alemania, residente en Los Ángeles

«Esto no es una guerra. Esto es una misión de rescate», dice Masih, cabello rubio movido por el viento, gafas Ray-Ban de aviador y camiseta con el rostro del rey Reza Pahlevi: «Nuestro verdadero líder». «Aprecio la ayuda que el presidente Trump envió a Irán junto con Israel. Quiero decir, ¿quién querría que su país fuera golpeado así? Pero no hay otra manera. La violencia era mucho mayor antes. La gente que moría ya era mucha más», reflexiona, explicando que tiene «mucha familia allí bajo las bombas»: «Tienen miedo, pero también celebran cada vez que cae una porque la tortura y la presión eran insoportables. Yo viví allí y sé, como mujer, lo que significa no tener los derechos humanos más básicos».

Iraníes se reúnen en el centro de Los Ángeles, que alberga la mayor concentración de iraníes fuera de su país.

(Brian Cahn/ZUMA Press)

Una chica salta sin parar al ritmo de ‘YMCA’, el clásico de los Village People. Una gran bandera de Israel entre las manos abiertas como alas. Entre los cerca de 50.000 judíos iraníes que viven en la zona, muchos residen en Beverly Hills, como la alcaldesa del enclave, Sharona Nazarian, que huyó de Irán con su familia en 1979, cuando tenía 4 años, para escapar de la persecución religiosa. Una pancarta con las fotos tipo carné de cientos de jóvenes muertos en las protestas contra el régimen reposa a lo largo de la acera; cerca, otra con las de los 6 marines estadounidenses. Flores blancas, besos lanzados al aire y caricias para todos.
Dos mujeres están comprando una gorra de béisbol verde con la inscripción MIGA –’Make Iran Great Again’– y explican al unísono: «Amamos a nuestro presidente Trump –dice Noaz, melena de cabellos rizados color avellana y ojos almendrados–. Nací en Teherán y mi familia se refugió aquí cuando tenía 9 años. No vivo allí desde hace más de treinta, pero no veo la hora de volver», recita de un tirón. Añade que «la angustia de no poder hablar con tíos y primos debido al bloqueo de internet es dura». «Pero estamos aquí para rezar juntos y agradecer a Trump», concluye la amiga.

Las grietas

Sin embargo, la numerosa comunidad iraní, aunque está en el exilio y coincide en el desprecio hacia los ayatolás, muestra grietas a la hora de encontrar una solución para salir adelante.
«Hay una profunda división. La mayoría ruidosa es la que ves aquí», ensancha los brazos Niloofar Mansoori, que está preparando una conexión con Iran International, el canal de televisión con sede en Washington para el que es corresponsal. «Con las noticias de la represión de las protestas de los últimos meses, hasta las bombas parecen una liberación. Pero hay otros –baja la voz hasta un susurro– que no ven el ataque militar como una solución deseable. Además, fíjate: muchos han nacido aquí; incluso los padres ya son ciudadanos estadounidenses», explica, comparando la escalada militar con una pelea entre mamá y papá, que se observa impotente y lleno de ansiedad.

Mohamed Ghafari, en su tienda de alimentación en Los Ángeles.

(Lucía Magi)

Mansoori sugiere adentrarse en el barrio, a lo largo de la calle Westwood, donde los escaparates, los carteles de las tiendas y de los restaurantes están escritos más en farsi que en inglés.
Un neón arcoíris anuncia que la tienda de alimentación Shater Abbass Bakery & Market está abierta. Mohamed Ghafari está sentado en la caja. A su alrededor, estanterías llenas de té, especias, higos secos, sacos de arroz y harina. «Estoy mal. Muy mal», empieza. Baja el volumen de la televisión en la que sigue las noticias «las 24 horas del día».

En Westwood, entre Beverly Hills y Santa Mónica, los iraníes estadounidenses han construido su patria.

(Lucía Magi)

«La revolución me sorprendió cuando tenía 20 años y estaba en Alemania estudiando informática. Nunca volví, pero mi corazón está allí, donde mis tres hermanos y dos hermanas ni siquiera pueden ser avisados de los bombardeos porque las vías de comunicación están interrumpidas», se emociona.
Explica que sus hijos nacieron en EE.UU., estudiaron, se graduaron, ahora uno enseña en la universidad y el otro es abogado. Al principio fue difícil apreciar su cultura y sus raíces. «Les daba vergüenza porque yo tuve que empezar desde cero aquí. Ahora están orgullosos, han entendido que nosotros, los iraníes, somos mucho mejores que el régimen islámico que nos oprime. Es mi mayor logro. Pero precisamente porque amamos nuestro país ahora estoy destruido. ¿Cómo puedo alegrarme por las bombas?», pregunta agachando la cabeza. Una clienta entra a por pistachos y le salva de las lágrimas.

«Me opongo a la República Islámica. Me ha perseguido y forzado al exilio. Pero esto no significa que quiera ver a mi país bajo las bombas»

Sam Beykzadeh
Nacido en Rasht (Irán) y refugiado en EE.UU. tras la llegada al poder de los ayatolás

«Obviamente, me opongo a la República Islámica. Me ha perseguido y obligado al exilio. Esto no significa que quiera ver mi país bajo las bombas», reflexiona Sam Beykzadeh, nacido en 1948 en Rasht y llegado aquí justo después de la revolución de 1979, que llevó al poder a los ayatolás. «Soy un refugiado político. Estados Unidos me acogió, pero siempre seré iraní: sigo soñando en farsi», dice, reflexionando sobre el hecho de que el gobierno que lo acogió —del que ahora es ciudadano, junto con su esposa, sus tres hijos y sus nietos— esté atacando al que lo obligó a huir.
«Estamos en manos de criminales estúpidos, de ambos lados. ¿La guerra acabará con el régimen? Quizá. Pero antes morirá mucha gente inocente», musita en su librería Pars Books, repleta de libros en persa y fotos de escritores «disidentes, encarcelados o exiliados».