La visita de María Corina Machado a la Casa Blanca, confirmada para este jueves por fuentes en la Casa Blanca, no es solo un gesto político ni una fotografía simbólica. Es un movimiento claro de apoyo de Donald Trump que ha terminado por acelerar una … maniobra paralela, discreta y arriesgada de Delcy Rodríguez para no quedar fuera del tablero en el momento más delicado de la transición venezolana. Mientras Washington confirma el encuentro entre Trump y la líder opositora, el entorno de la presidenta encargada ha tratado de abrirse paso por vías informales, al margen de los cauces oficiales y, según fuentes estadounidenses, al límite de la legalidad.
La confirmación llegó el lunes desde la Casa Blanca: Trump recibirá a Machado en un momento en el que la Administración estadounidense redibuja su estrategia hacia Venezuela, con el control del petróleo como eje central y la transición política como horizonte inmediato. Para Delcy, esa imagen suponía un riesgo evidente: quedar relegada a un segundo plano justo cuando intenta presentarse ante Washington como la gestora imprescindible del proceso, capaz y eficiente entre otros jerarcas chavistas.
La respuesta en Caracas fue acelerar. En los días previos, una delegación vinculada al poder interino venezolano viajó a Washington con visados de turista, pese a que su agenda incluía contactos de carácter político y diplomático. Fuentes conocedoras de esos movimientos explican que la comitiva pretendía sondear la posición de EE.UU. sobre un eventual acuerdo energético y, al mismo tiempo, preparar el terreno para una visita formal de Rodríguez. El problema no fue solo político, sino jurídico: la legislación migratoria estadounidense prohíbe expresamente ese tipo de actividades bajo visados de turista, y más aún cuando se trata de representantes de un poder aún sometido a sanciones.
Diplomacia en la sombra
El movimiento no fue improvisado. Delcy Rodríguez lleva años cultivando una diplomacia en la sombra, fuera de los canales tradicionales, con contactos indirectos en escenarios como México o Doha y con la implicación constante de su hermano Jorge Rodríguez. Tras la caída de Nicolás Maduro, esa red se activó con un objetivo claro: mantenerse en el centro de la interlocución internacional y desplazar a otros pesos pesados del chavismo, como Diosdado Cabello, en una pugna interna que ahora se proyecta en Washington.
La urgencia de estas gestiones se explica por el calendario: en cuanto Rodríguez tuvo constancia de que Trump planeaba recibir a Machado, activó todos los resortes para no quedar fuera de la conversación
Según informaciones publicadas en medios estadounidenses, la delegación estuvo encabezada por Félix Plasencia, exministro de Exteriores de Maduro y uno de los hombres de mayor confianza de Delcy. Su perfil no pasa desapercibido ni en Washington ni en Madrid. Plasencia fue una figura clave del llamado ‘Delcygate’ en enero de 2020, cuando acompañó a Rodríguez en su polémico viaje a Barajas y estuvo presente en el encuentro nocturno con José Luis Ábalos. Desde entonces, su nombre se asocia a gestiones opacas y a la proyección internacional del círculo más cercano a la presidenta encargada.
Fuentes estadounidenses señalan que la misión de Plasencia iba más allá de escuchar una propuesta energética. También trabajó en la preparación de una eventual visita de Delcy Rodríguez y en movimientos para ganar control efectivo sobre la representación diplomática venezolana en EE.UU., un paso de enorme carga simbólica en plena redefinición del poder. La urgencia de estas gestiones se explica por el calendario: en cuanto Rodríguez tuvo constancia de que Trump planeaba recibir a Machado, activó todos los resortes para no quedar fuera de la conversación.
Delicado equilibrio
La Casa Blanca ha mantenido un delicado equilibrio. Trump ha confirmado en dos ocasiones recientes que su Administración prepara una reunión «muy pronta» con representantes del poder venezolano, sin precisar fechas ni nombres, al tiempo que valida públicamente el encuentro con la oposición democrática. En Washington se interpreta esa ambigüedad como una estrategia deliberada: mantener abiertas todas las vías mientras EE.UU. consolida el control del petróleo venezolano y utiliza ese activo como palanca política.
Trump ha asegurado que Estados Unidos ha comenzado a apropiarse de cargamentos de crudo venezolano y que los ingresos se canalizan bajo supervisión estadounidense, al margen de Caracas. La energía, la presión económica y la negociación política avanzan en paralelo, y es en ese contexto donde la figura de Delcy intenta consolidarse como interlocutora imprescindible.
En Caracas, la reacción fue defensiva. El régimen negó públicamente cualquier viaje o negociación, una pauta que, según fuentes en Washington, no busca desmentir los hechos sino contener el impacto interno de unas gestiones realizadas a espaldas de otros centros de poder chavista. Esa negación contrasta con las informaciones publicadas y con las propias palabras de Trump, que ha reconocido contactos en curso.
La visita de Machado altera ese equilibrio. Su recepción en la Casa Blanca refuerza la legitimidad internacional de la oposición en un momento crítico, tras haberse visto con el Papa León XIV, y envía una señal clara a todos los actores: Washington no ha cerrado la puerta a una transición liderada fuera del aparato chavista. Para Delcy, la imagen de Machado en el Despacho Oval es una amenaza directa a su estrategia de supervivencia política.