Trump se ocupa del petróleo y Delcy de Diosdado
Venezuela avanza en la era post-Maduro en dos frentes, en el económico, cuya urgencia se centra en la recuperación a corto plazo del sector petrolero, y en el político, en el que de inmediato deben corregirse los abusos más extremos de la arbitrariedad … chavista.
El cometido directo de Donald Trump es atraer inversión que en año y medio permita elevar la producción petrolera hasta medio millón de barriles diarios adicionales. Los ingresos derivados deberían comenzar a rescatar del colapso los servicios públicos y la economía, de forma que una ligera mejora de las condiciones de vida contribuya a consolidar la transición.
La misión más apremiante de la presidenta encargada del país, Delcy Rodríguez, es hacer creíble esa transición; para ello debe apartar del poder a todos aquellos que se opongan a desmantelar los aspectos más tiránicos del régimen. Y ahí está siendo evidente el pulso con Diosdado Cabello, ministro de Interior en los últimos años y siempre considerado el número dos del chavismo. Dado su perfil e historial, es difícil que Cabello acate los pormenores del nuevo orden; si persiste en controlar cárceles y calle, probablemente tendrá un final nada satisfactorio.
Viabilidad petrolera
La reticencia mostrada la semana pasada por algunas grandes petroleras estadounidenses (como ExxonMobil o ConocoPhillips) a involucrarse en Venezuela, si no se dan especiales garantías políticas y jurídicas de estabilidad y juego limpio a medio y largo plazo, no hunde el plan de Trump, ligado a los tres años que le quedan en la presidencia. El planteamiento de la Casa Blanca es suficientemente pragmático y puede salir adelante.
Por un lado, Trump va a disponer de 50 millones de barriles de petróleo que Venezuela tiene almacenados, ya comprometidos por Delcy Rodríguez y cuya venta podría suponer en breve unos ingresos de 2.500 millones de dólares. Ese dinero, ingresado en una cuenta de fideicomiso, será utilizado como un primer pago para encargar a empresas estadounidenses el suministro de productos y servicios esenciales en Venezuela.
Por otro, basta con que las petroleras que ya están (Chevron) o tienen infraestructura en los campos venezolanos por haber tenido actividad hasta hace poco (Repsol y Eni, entre otras) aumenten su inversión, lo que en el corto plazo ya les va a dar un beneficio. Compañías de servicios o de distribución y comercialización del crudo también pueden esperar rentabilidad en el horizonte próximo que maneja la Administración Trump.
En estos momentos Venezuela produce cerca de 900.000 barriles diarios de petróleo. Aunque el secretario de Energía estadounidense, Chris Wright, habla de añadir a esa producción hasta 700.000 barriles diarios para dentro de un año o año y medio, probablemente haya que hacer una estimación más moderada: Javier Blas, de ‘Bloomberg’, piensa en una producción extra de entre 300.000 y 500.000 barriles diarios para mediados de 2027; Antonio de la Cruz, de Inter-American Trends, coincide con estas cifras, si bien alarga un poco el plazo, apuntando a una producción total cercana a 1,5 millones barriles diarios en tres años.
Es verdad que el sector petrolero venezolano requiere inversiones importantes para recuperar los niveles de producción que tuvo (alcanzó los 3,7 millones de barriles diarios en la década de 1970; era de 3,2 millones cuando Chávez llegó al poder en 1998 y bajó a poco más de 500.000 en el peor momento de Maduro), pero la reparación y modernización de refinerías y la mejora tecnológica de la estatal Pdvsa pueden ser progresivas, en la medida en que ciertamente la realidad del país cambie. Y a lo largo de esta transición, si es satisfactoria, incluso cabe una modificación de la ley que obliga a sociedades mixtas en las que Pdvsa tiene al menos el 51%, lo que mejoraría el atractivo inversor.
Guerra interna
Si ese revulsivo económico queda en manos principalmente de Trump, la apertura política del régimen es tarea de Delcy Rodríguez y de su hermano Jorge, presidente de la Asamblea Nacional. El miedo entre la cúpula gobernante y entre el Ejército a represalias armadas por parte de Estados Unidos ha llevado a entender que deben converger, al menos de momento, en la dirección que marca Washington. El ministro de Defensa, Vladimir Padrino, y la mayor parte de los máximos dirigentes entienden que su única salvación personal (y quizás la de sus fortunas escondidas) está en avanzar hacia un desmantelamiento del aparato represivo y una cierta aceptación del pluralismo político.
El único jerarca que se está moviendo en contra es Diosdado Cabello. Es posible que, según qué decisiones se tomen y los intereses personales que se pisen, haya en los próximos meses otros disidentes que compliquen la situación, pero hoy la gran batalla está entre Cabello y los Rodríguez. Estos han demostrado gran astucia a lo largo de los años para deshacerse de serios contrincantes, como fue Tareck el Aissami, el gran aliado de Maduro en sus primeros años de presidente, y pueden echar a un lado a Cabello a pesar de su gran control interno.
Como ministro del Interior, Cabello controla las fuerzas del orden y los grupos paramilitares y tiene poder sobre las filas de Ejército más chavistas. Se le atribuye la lentitud con que se está produciendo las excarcelaciones de presos políticos. Delcy Rodríguez se lo está jugando todo en esta apuesta de poder y no permitirá que Cabello le tuerza las cosas, así que cabe esperar que a este se le vayan cerrando las opciones.
Solo si la transición se ralentiza y el interés de Estados Unidos decae, porque Trump se olvida de aspiraciones democráticas o porque en 2028 es elegido alguien muy distinto para la Casa Blanca, Cabello podría volver a sacar la cabeza, pero a la vista del ritmo de los acontecimientos ese horizonte le queda muy lejos.

