La agonía de la Europa liberal - Colombia
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La agonía de la Europa liberal

«Los primeros pasos hacia el Disturbio parecen bastante sencillos: la ira por la caída de los salarios reales, contra la agresión capitalista, por la falta de voluntad del Parlamento; la ira fomentada por agitadores… la razón lucha contra el instinto. Pocos de los que … asaltaron ciudades francesas esta semana reconocerían esas palabras. Pero muchos estarían de acuerdo con George Dangerfield, el periodista británico-estadounidense que las escribió. Los manifestantes estaban consumidos por la rabia. Rabia por el fracaso del Estado y contra los políticos centristas que gobiernan en decadencia. Rabia por los altos precios y la disfunción económica. Y, para algunos, rabia contra la mera idea de la política centrista.
Dangerfield escribió sobre «la extraña muerte de la Inglaterra liberal» en los años previos a la Primera Guerra Mundial. Algunos predicen un destino igualmente sombrío para la Europa liberal de hoy. Los incendios, la violencia de las masas, los saqueos y las protestas multitudinarias muestran hasta qué punto los ciudadanos han perdido la confianza en sus líderes. Francia tiene una larga tradición de manifs, pero la violencia desatada por alborotadores encapuchados y enmascarados en todo el país durante el pasado fin de semana fue inusualmente grave. También estallaron protestas en Bélgica, Italia y Portugal. En las próximas elecciones, primero en España el mes que viene y luego en Francia y Polonia el año próximo, los votantes se disponen a castigar a los partidos moderados, y en Italia la extrema derecha está superando a la populista Giorgia Meloni, que ha gobernado desde el centro. Entre bastidores esperan figuras más carismáticas de los extremos, como Marine Le Pen en Francia y Alice Weidel en Alemania.

Muchos en Estados Unidos y Europa dicen que el centro solo puede culparse a sí mismo. Donald Trump se jacta de que Europa está en llamas porque sus líderes despreciaron sus consejos, dejaron las fronteras abiertas y permitieron que millones de inmigrantes procedentes de Afganistán, Argelia y Siria entraran cada año. Los de la derecha MAGA, como Elon Musk, afirman que el crecimiento de la población musulmana supone la mayor amenaza. Algunos hablan, de forma apocalíptica y absurda, de «borrado de la civilización» o de guerra civil. Incluso en Alemania, el canciller Friedrich Merz afirmó esta semana que las altas tasas de inmigración y la falta de integración de los nacidos en el extranjero están en parte detrás de la repentina y violenta agitación. También lo ha afirmado el relativamente nuevo primer ministro húngaro, Peter Magyar. Su análisis es o bien cobarde o bien egoísta. Sin duda, muchos votantes europeos también desean frenar la inmigración y el asilo. Pero, cuando se trata de las protestas violentas, el diagnóstico es claramente erróneo. En cambio, los problemas a los que se enfrentan los centristas europeos son más complejos y menos fáciles de solucionar.

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Aunque algunos jóvenes manifestantes en Francia lleven camisetas de fútbol argelinas o coreen consignas propalestinas, la agitación en Europa hoy no tiene que ver con la raza ni con la religión. Más de 500.000 personas marcharon en Francia el sábado y, en su mayoría, no llevaban la cara cubierta y eran blancas. Estaban indignadas, como en otros países, por el coste de la vida y los malos servicios públicos. Quieren más subvenciones al combustible, más gasto en escuelas y más ayudas. Quizá el grupo más numeroso esté alineado con el populista de izquierdas Jean-Luc Mélenchon, un envejecido agitador y antiguo trotskista, más parecido a Bernie Sanders que a un emir del ISIS.
La violencia también fue real. Pero hay que atribuirla a otros factores, ninguno relacionado con la raza. Turbas atacaron edificios públicos, vehículos policiales y otros objetivos. También saquearon tiendas de lujo, como Louis Vuitton, y pequeños comercios regentados por inmigrantes. La policía no logró mantener el orden, después de haber sido acusada previamente de brutalidad contra estudiantes manifestantes. Y gran parte de la violencia fue incitada y orquestada por anarquistas con una agenda política revolucionaria. Un ejemplo típico es un hombre detenido tras el incendio del ayuntamiento del siglo XIX de Limoges: un ciudadano francés blanco de treinta y tantos años.
Aunque los críticos se equivocan, los centristas europeos sí se enfrentan a problemas reales, y Francia demuestra lo graves que son. El primero es el aprieto fiscal, que dificulta enormemente la acción política efectiva. Cuando Emmanuel Macron, el presidente, se enfrentó a las enormes protestas de los chalecos amarillos en 2018 y 2019, pudo destinar miles de millones de euros a apaciguarlas. Hoy eso ya no es posible. Francia gasta demasiado y crece demasiado lentamente, algo más del 1% anual bajo el mandato de Macron.
Este otoño, los legisladores tendrán dificultades para aprobar un presupuesto que reduzca el déficit en apenas 0,4 puntos porcentuales, hasta situarlo en un insostenible 5% del PIB. Y aun así el gobierno podría caer. Francia está tan sobreendeudada y los mercados tienen tan poca confianza en sus políticos que los diferenciales de los bonos del gobierno francés respecto a los alemanes han subido hasta niveles no vistos desde la crisis del euro.

No es de extrañar que los centristas se enfrenten una contundente derrota electoral

En lugar de afrontar este desafío, los centristas parecen haberse quedado sin ideas. The Economist elogió en su momento a Macron como un nuevo y audaz abanderado del centrismo radical. Hoy, mientras los centristas se agrupan para protegerse, toda la energía está en los extremos. Las encuestas indican que más del 80% de los franceses son pesimistas sobre su futuro, especialmente sobre la economía. Merz es profundamente impopular y podría verse obligado a abandonar el cargo. Sus críticas a la inmigración reflejan su incapacidad para encontrar las palabras y las ideas necesarias para derrotar a Weidel y a su partido, Alternativa para Alemania.
No es de extrañar que los centristas se enfrenten una contundente derrota electoral. Las encuestas muestran que Pedro Sánchez, el presidente del gobierno de centroizquierda en España, probablemente será sustituido pronto por una coalición de centroderecha y derecha populista. En Francia, los disturbios —y el mito de que los inmigrantes fueron los culpables—podrían impulsar a Marine Le Pen, del partido populista de derechas Agrupación Nacional, a la presidencia en mayo. Según las encuestas, la violencia impulsó su apoyo esta semana. Mientras Macron se marchaba en avión hacia el Golfo, Le Pen pronunciaba un discurso de tono presidencial en el que pedía orden público.

Crónica de una muerte anunciada

La violencia en Francia debería sacudir a los centristas que prefieren ignorar la realidad y obligarlos a que afronten las consecuencias de su fracaso. Si sus países caen en conflictos, perderán el poder. Si pierden el poder, la Unión Europea se ahogará mientras el resto del mundo avanza a toda velocidad. Si los mercados de bonos se paralizan, el contagio financiero podría extenderse. Si los países de la UE ceden ante Vladimir Putin, este solo se volverá más agresivo. Dangerfield escribía sobre una época en la que la mayoría de la gente ignoraba la catástrofe que se avecinaba. Los liberales de hoy no tienen esa excusa.

Publicado: noviembre 4, 2026, 11:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/agonia-europa-liberal-20261105011926-nt.html

«Los primeros pasos hacia el Disturbio parecen bastante sencillos: la ira por la caída de los salarios reales, contra la agresión capitalista, por la falta de voluntad del Parlamento; la ira fomentada por agitadores… la razón lucha contra el instinto. Pocos de los que … asaltaron ciudades francesas esta semana reconocerían esas palabras. Pero muchos estarían de acuerdo con George Dangerfield, el periodista británico-estadounidense que las escribió. Los manifestantes estaban consumidos por la rabia. Rabia por el fracaso del Estado y contra los políticos centristas que gobiernan en decadencia. Rabia por los altos precios y la disfunción económica. Y, para algunos, rabia contra la mera idea de la política centrista.

Dangerfield escribió sobre «la extraña muerte de la Inglaterra liberal» en los años previos a la Primera Guerra Mundial. Algunos predicen un destino igualmente sombrío para la Europa liberal de hoy. Los incendios, la violencia de las masas, los saqueos y las protestas multitudinarias muestran hasta qué punto los ciudadanos han perdido la confianza en sus líderes. Francia tiene una larga tradición de manifs, pero la violencia desatada por alborotadores encapuchados y enmascarados en todo el país durante el pasado fin de semana fue inusualmente grave. También estallaron protestas en Bélgica, Italia y Portugal. En las próximas elecciones, primero en España el mes que viene y luego en Francia y Polonia el año próximo, los votantes se disponen a castigar a los partidos moderados, y en Italia la extrema derecha está superando a la populista Giorgia Meloni, que ha gobernado desde el centro. Entre bastidores esperan figuras más carismáticas de los extremos, como Marine Le Pen en Francia y Alice Weidel en Alemania.

Muchos en Estados Unidos y Europa dicen que el centro solo puede culparse a sí mismo. Donald Trump se jacta de que Europa está en llamas porque sus líderes despreciaron sus consejos, dejaron las fronteras abiertas y permitieron que millones de inmigrantes procedentes de Afganistán, Argelia y Siria entraran cada año. Los de la derecha MAGA, como Elon Musk, afirman que el crecimiento de la población musulmana supone la mayor amenaza. Algunos hablan, de forma apocalíptica y absurda, de «borrado de la civilización» o de guerra civil. Incluso en Alemania, el canciller Friedrich Merz afirmó esta semana que las altas tasas de inmigración y la falta de integración de los nacidos en el extranjero están en parte detrás de la repentina y violenta agitación. También lo ha afirmado el relativamente nuevo primer ministro húngaro, Peter Magyar. Su análisis es o bien cobarde o bien egoísta. Sin duda, muchos votantes europeos también desean frenar la inmigración y el asilo. Pero, cuando se trata de las protestas violentas, el diagnóstico es claramente erróneo. En cambio, los problemas a los que se enfrentan los centristas europeos son más complejos y menos fáciles de solucionar.

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Aunque algunos jóvenes manifestantes en Francia lleven camisetas de fútbol argelinas o coreen consignas propalestinas, la agitación en Europa hoy no tiene que ver con la raza ni con la religión. Más de 500.000 personas marcharon en Francia el sábado y, en su mayoría, no llevaban la cara cubierta y eran blancas. Estaban indignadas, como en otros países, por el coste de la vida y los malos servicios públicos. Quieren más subvenciones al combustible, más gasto en escuelas y más ayudas. Quizá el grupo más numeroso esté alineado con el populista de izquierdas Jean-Luc Mélenchon, un envejecido agitador y antiguo trotskista, más parecido a Bernie Sanders que a un emir del ISIS.

La violencia también fue real. Pero hay que atribuirla a otros factores, ninguno relacionado con la raza. Turbas atacaron edificios públicos, vehículos policiales y otros objetivos. También saquearon tiendas de lujo, como Louis Vuitton, y pequeños comercios regentados por inmigrantes. La policía no logró mantener el orden, después de haber sido acusada previamente de brutalidad contra estudiantes manifestantes. Y gran parte de la violencia fue incitada y orquestada por anarquistas con una agenda política revolucionaria. Un ejemplo típico es un hombre detenido tras el incendio del ayuntamiento del siglo XIX de Limoges: un ciudadano francés blanco de treinta y tantos años.

Aunque los críticos se equivocan, los centristas europeos sí se enfrentan a problemas reales, y Francia demuestra lo graves que son. El primero es el aprieto fiscal, que dificulta enormemente la acción política efectiva. Cuando Emmanuel Macron, el presidente, se enfrentó a las enormes protestas de los chalecos amarillos en 2018 y 2019, pudo destinar miles de millones de euros a apaciguarlas. Hoy eso ya no es posible. Francia gasta demasiado y crece demasiado lentamente, algo más del 1% anual bajo el mandato de Macron.

Este otoño, los legisladores tendrán dificultades para aprobar un presupuesto que reduzca el déficit en apenas 0,4 puntos porcentuales, hasta situarlo en un insostenible 5% del PIB. Y aun así el gobierno podría caer. Francia está tan sobreendeudada y los mercados tienen tan poca confianza en sus políticos que los diferenciales de los bonos del gobierno francés respecto a los alemanes han subido hasta niveles no vistos desde la crisis del euro.

No es de extrañar que los centristas se enfrenten una contundente derrota electoral

En lugar de afrontar este desafío, los centristas parecen haberse quedado sin ideas. The Economist elogió en su momento a Macron como un nuevo y audaz abanderado del centrismo radical. Hoy, mientras los centristas se agrupan para protegerse, toda la energía está en los extremos. Las encuestas indican que más del 80% de los franceses son pesimistas sobre su futuro, especialmente sobre la economía. Merz es profundamente impopular y podría verse obligado a abandonar el cargo. Sus críticas a la inmigración reflejan su incapacidad para encontrar las palabras y las ideas necesarias para derrotar a Weidel y a su partido, Alternativa para Alemania.

No es de extrañar que los centristas se enfrenten una contundente derrota electoral. Las encuestas muestran que Pedro Sánchez, el presidente del gobierno de centroizquierda en España, probablemente será sustituido pronto por una coalición de centroderecha y derecha populista. En Francia, los disturbios —y el mito de que los inmigrantes fueron los culpables—podrían impulsar a Marine Le Pen, del partido populista de derechas Agrupación Nacional, a la presidencia en mayo. Según las encuestas, la violencia impulsó su apoyo esta semana. Mientras Macron se marchaba en avión hacia el Golfo, Le Pen pronunciaba un discurso de tono presidencial en el que pedía orden público.

Crónica de una muerte anunciada

La violencia en Francia debería sacudir a los centristas que prefieren ignorar la realidad y obligarlos a que afronten las consecuencias de su fracaso. Si sus países caen en conflictos, perderán el poder. Si pierden el poder, la Unión Europea se ahogará mientras el resto del mundo avanza a toda velocidad. Si los mercados de bonos se paralizan, el contagio financiero podría extenderse. Si los países de la UE ceden ante Vladimir Putin, este solo se volverá más agresivo. Dangerfield escribía sobre una época en la que la mayoría de la gente ignoraba la catástrofe que se avecinaba. Los liberales de hoy no tienen esa excusa.

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