Las elecciones de medio mandato abren la carrera para suceder a Trump - Colombia
Registro  /  Login

Portal de Negocios en Colombia


Las elecciones de medio mandato abren la carrera para suceder a Trump

«This is it». Hasta aquí. Se acabó. Donald Trump lo dijo el domingo, en el aeropuerto de Salina, en Kansas, al cerrar el último mitin de esta campaña y probablemente de su vida política. «Esta noche se acaba». Se acababan los viajes, los … discursos, ir pidiendo el voto para candidatos que necesitan de su presencia para movilizar votantes. A sus 80 años, el millonario de cuna convertido en estrella de la telerrealidad, presidente dos veces después de que tantos lo dieran por acabado, se permitía por fin hablar del final. Se refería a su gira frenética de mítines de las elecciones parciales. Pero sus palabras describían también el principio de una despedida que ya no depende solo de su voluntad.
La escena tenía algo poco habitual en él: el reconocimiento del esfuerzo, de las ganas de volver a casa, de que incluso su campaña permanente necesita una pausa, de que está cansado. El hombre que construyó una carrera política sobre la exhibición de fuerza había llegado al último trecho de su gran maratón.

Con las elecciones de este martes ha acabado, además, la última gran campaña de su presidencia antes de que los republicanos elijan a otro candidato, sea quien sea. Y también sean quien sea quien controle el Capitolio, el paso de las hojas del calendario es ya imparable. La Constitución impide que una persona sea elegida al cargo de presidente más de dos veces, también cuando los mandatos no son consecutivos. Trump puede insinuar nuevas candidaturas, hacer bromas, y mantener entretenidos a sus seguidores con esa hipótesis, Trump 2028, pero ni es posible según la Constitución está escrita ahora ni él parece tener apetito de mucho más.

Noticia relacionada

ELECCIONES DE MEDIO MANDATO EN EE.UU.

David Alandete

En Washington hay una expresión para la condición que desde hoy aqueja a Donald Trump: «lame duck», el pato cojo. Designa al gobernante que conserva el cargo, pero cuya salida ya tiene fecha, y que no volverá a someterse a las urnas por decisión propia o por limitaciones. En sentido amplio, Trump está en esa situación desde que comenzó su segundo mandato. Pero lo que cambia ahora es la atención que le presta su partido: después de las legislativas, los aspirantes a sucederlo tendrán cada vez menos motivos para aplazar sus propios planes. Comenzarán, si no han comenzado ya, a visitar los estados decisivos que votan antes que los demás en primarias, crearán grupos de apoyo y se lanzarán a la recaudación de fondos.
En esta ciudad tan cruel que es Washington no se pierde el poder de golpe. El presidente sigue nombrando, vetando, negociando y dando órdenes dentro de sus competencias. Conserva el despacho, el avión y la capacidad de colocar una cuestión en el centro del debate con una sola declaración. Lo que empieza a perder es la exclusividad sobre el futuro. Los donantes buscan nuevos interlocutores. Los candidatos calculan qué les conviene conservar de su legado. Los colaboradores más ambiciosos necesitan demostrar que pueden hacer algo más que obedecer.

El poder no se pierde de golpe. El presidente sigue nombrando, vetando, negociando y dando órdenes. Lo que empieza a perder es la exclusividad sobre el futuro

Trump afronta esa etapa con una particularidad. Durante una década, la principal fuerza de cohesión republicana ha sido él mismo. Ha aunado a conservadores, a aislacionistas, a independientes, rentas altas y bajas, católicos y protestantes. Su ascenso desplazó a dirigentes, alteró prioridades y convirtió la lealtad personal en una prueba para prosperar dentro de su partido. El libre comercio cedió terreno al proteccionismo arancelario. La disciplina presupuestaria dejó de ser una exigencia constante y la deuda ha superado con él los 40 billones de dólares (35,7 billones de euros). A menudo, la posición republicana ha dependido de lo que el presidente decidiera defender esa semana.

El desgaste de la guerra iraní

Eso ha quedado claro en uno de sus grandes problemas en estas elecciones parciales que ya quedan atrás: la guerra de Irán. Trump prometió no comenzar nuevas guerras y en su primer mandato lo cumplió. En el segundo, sin embargo, volvió a enfangar a Estados Unidos en las intervenciones en Oriente Próximo. El precio del petróleo subió, la teocracia resistió y la promesa de una victoria rápida dejó paso al desgaste de un conflicto cuyo desenlace no ha podido controlar, se le ha ido de las manos. Para un presidente acostumbrado a presentar cada negociación como una victoria personal, la guerra expuso los límites de su poder: podía ordenar un ataque, pero no decidir cuándo se daría por vencido el adversario no obligarlo a negociar en sus términos.
Por eso, la gran duda que dejan estas parciales va más allá del reparto de escaños en el Capitolio: qué parte del trumpismo puede funcionar sin Trump. Si hay Partido Republicano tras él, o con él como hacedor de reyes. Su candidatura incorporó votantes de la clase trabajadora, ganó apoyos inéditos entre hispanos, negros y jóvenes que los demócratas siempre habían considerado suyos. Falta saber cuántos se identifican con un proyecto duradero y cuántos acudieron atraídos por un personaje desmedido, provocador, iconoclasta al que conceden licencias que negarían a cualquier otro político.
Los republicanos necesitan comprobar si esos electores mantienen su militancia o compromiso cuando Trump no figure en una papeleta. Una abstención elevada entre ellos en los sondeos a pie de urna que aun están por analizarse obligaría a los nuevos líderes del partido a estudiar cómo recuperarlos. Un buen resultado les permitiría reivindicar esa continuidad. En ambos casos tendrían que transformar una adhesión personal en una candidatura con perfil propio.
Luego están los candidatos. J. D. Vance parte con la visibilidad de la vicepresidencia y con el inconveniente de compartir todo el balance del Gobierno Trump. Marco Rubio, el jefe diplomático, afronta un dilema parecido. Estar cerca de Trump facilita el acceso a sus seguidores, pero dificulta presentarse como una alternativa cuando algo, además en política exterior, ha salido o saldrá mal. Otros nombres, como el gobernador de Florida Ron DeSantis o el senador de Texas Ted Cruz, pueden intentar aprovechar esa distancia. Ninguno tiene asegurado que los votantes acepten una versión más joven, más disciplinada o más convencional del original, porque será al fin y al cabo una copia.

El dilema de los herederos

Trump ha sobrevivido a derrotas y rupturas que habrían terminado con otras carreras. Le quedan dos años de presidencia y una base muy fiel de seguidores capaz de condicionar las primarias republicanas. Puede favorecer a un aspirante, destruir la reputación de otro entre sus seguidores, exigir que la sucesión se organice alrededor de sus preferencias y manías. Sus posibles herederos necesitan prepararse para reemplazarlo mientras siguen dependiendo de él. Deben cortejarle y marcar distancia a la vez, algo imposible, que puede además acabar beneficiando a los demócratas.
Estos tampoco tienen muy resuelto qué viene después. El rechazo a Trump reúne a sectores que discrepan sobre impuestos, inmigración, sanidad y política exterior. Unos quieren recuperar a los casi mitológicos votantes de centro que abandonaron el partido, otros consideran insuficiente regresar al orden anterior y reclaman cambios más profundos en vivienda, salarios y servicios públicos. Tienen dos años para decidir qué ofrecer a un país al que llevan una década explicándole, sobre todo, a quién debe rechazar, quién es un radical, o un fascista.
Trump seguirá interviniendo en esa disputa. Le quedan dos años para gobernar, premiar lealtades y castigar deserciones. Los varios aspirantes a heredero tendrán que pedirle apoyo mientras recaudan dinero, contratan asesores y buscan una voz propia. Y lo cierto es que cada paso hacia la candidatura será también una forma de recordarle que su presidencia tiene fecha de caducidad.
Ahí empieza la parte más difícil para un hombre acostumbrado a ocupar absolutamente todo el escenario. Durante una década, los republicanos han organizado sus campañas alrededor de lo que Trump decía, hacía, exigía, pensaba, deseaba. Ahora tendrán que prepararse para unas elecciones en las que necesitarán sus votantes, pero llevarán otro nombre en la papeleta. Y él tendrá que decidir cuánto oxigeno está dispuesto a dejarles.

Publicado: noviembre 3, 2026, 3:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/elecciones-medio-mandato-marcan-final-era-trump-20261103200141-nt.html

«This is it». Hasta aquí. Se acabó. Donald Trump lo dijo el domingo, en el aeropuerto de Salina, en Kansas, al cerrar el último mitin de esta campaña y probablemente de su vida política. «Esta noche se acaba». Se acababan los viajes, los … discursos, ir pidiendo el voto para candidatos que necesitan de su presencia para movilizar votantes. A sus 80 años, el millonario de cuna convertido en estrella de la telerrealidad, presidente dos veces después de que tantos lo dieran por acabado, se permitía por fin hablar del final. Se refería a su gira frenética de mítines de las elecciones parciales. Pero sus palabras describían también el principio de una despedida que ya no depende solo de su voluntad.

La escena tenía algo poco habitual en él: el reconocimiento del esfuerzo, de las ganas de volver a casa, de que incluso su campaña permanente necesita una pausa, de que está cansado. El hombre que construyó una carrera política sobre la exhibición de fuerza había llegado al último trecho de su gran maratón.

Con las elecciones de este martes ha acabado, además, la última gran campaña de su presidencia antes de que los republicanos elijan a otro candidato, sea quien sea. Y también sean quien sea quien controle el Capitolio, el paso de las hojas del calendario es ya imparable. La Constitución impide que una persona sea elegida al cargo de presidente más de dos veces, también cuando los mandatos no son consecutivos. Trump puede insinuar nuevas candidaturas, hacer bromas, y mantener entretenidos a sus seguidores con esa hipótesis, Trump 2028, pero ni es posible según la Constitución está escrita ahora ni él parece tener apetito de mucho más.

Noticia relacionada

  • ELECCIONES DE MEDIO MANDATO EN EE.UU.


    David Alandete

En Washington hay una expresión para la condición que desde hoy aqueja a Donald Trump: «lame duck», el pato cojo. Designa al gobernante que conserva el cargo, pero cuya salida ya tiene fecha, y que no volverá a someterse a las urnas por decisión propia o por limitaciones. En sentido amplio, Trump está en esa situación desde que comenzó su segundo mandato. Pero lo que cambia ahora es la atención que le presta su partido: después de las legislativas, los aspirantes a sucederlo tendrán cada vez menos motivos para aplazar sus propios planes. Comenzarán, si no han comenzado ya, a visitar los estados decisivos que votan antes que los demás en primarias, crearán grupos de apoyo y se lanzarán a la recaudación de fondos.

En esta ciudad tan cruel que es Washington no se pierde el poder de golpe. El presidente sigue nombrando, vetando, negociando y dando órdenes dentro de sus competencias. Conserva el despacho, el avión y la capacidad de colocar una cuestión en el centro del debate con una sola declaración. Lo que empieza a perder es la exclusividad sobre el futuro. Los donantes buscan nuevos interlocutores. Los candidatos calculan qué les conviene conservar de su legado. Los colaboradores más ambiciosos necesitan demostrar que pueden hacer algo más que obedecer.

El poder no se pierde de golpe. El presidente sigue nombrando, vetando, negociando y dando órdenes. Lo que empieza a perder es la exclusividad sobre el futuro

Trump afronta esa etapa con una particularidad. Durante una década, la principal fuerza de cohesión republicana ha sido él mismo. Ha aunado a conservadores, a aislacionistas, a independientes, rentas altas y bajas, católicos y protestantes. Su ascenso desplazó a dirigentes, alteró prioridades y convirtió la lealtad personal en una prueba para prosperar dentro de su partido. El libre comercio cedió terreno al proteccionismo arancelario. La disciplina presupuestaria dejó de ser una exigencia constante y la deuda ha superado con él los 40 billones de dólares (35,7 billones de euros). A menudo, la posición republicana ha dependido de lo que el presidente decidiera defender esa semana.

El desgaste de la guerra iraní

Eso ha quedado claro en uno de sus grandes problemas en estas elecciones parciales que ya quedan atrás: la guerra de Irán. Trump prometió no comenzar nuevas guerras y en su primer mandato lo cumplió. En el segundo, sin embargo, volvió a enfangar a Estados Unidos en las intervenciones en Oriente Próximo. El precio del petróleo subió, la teocracia resistió y la promesa de una victoria rápida dejó paso al desgaste de un conflicto cuyo desenlace no ha podido controlar, se le ha ido de las manos. Para un presidente acostumbrado a presentar cada negociación como una victoria personal, la guerra expuso los límites de su poder: podía ordenar un ataque, pero no decidir cuándo se daría por vencido el adversario no obligarlo a negociar en sus términos.

Por eso, la gran duda que dejan estas parciales va más allá del reparto de escaños en el Capitolio: qué parte del trumpismo puede funcionar sin Trump. Si hay Partido Republicano tras él, o con él como hacedor de reyes. Su candidatura incorporó votantes de la clase trabajadora, ganó apoyos inéditos entre hispanos, negros y jóvenes que los demócratas siempre habían considerado suyos. Falta saber cuántos se identifican con un proyecto duradero y cuántos acudieron atraídos por un personaje desmedido, provocador, iconoclasta al que conceden licencias que negarían a cualquier otro político.

Los republicanos necesitan comprobar si esos electores mantienen su militancia o compromiso cuando Trump no figure en una papeleta. Una abstención elevada entre ellos en los sondeos a pie de urna que aun están por analizarse obligaría a los nuevos líderes del partido a estudiar cómo recuperarlos. Un buen resultado les permitiría reivindicar esa continuidad. En ambos casos tendrían que transformar una adhesión personal en una candidatura con perfil propio.

Luego están los candidatos. J. D. Vance parte con la visibilidad de la vicepresidencia y con el inconveniente de compartir todo el balance del Gobierno Trump. Marco Rubio, el jefe diplomático, afronta un dilema parecido. Estar cerca de Trump facilita el acceso a sus seguidores, pero dificulta presentarse como una alternativa cuando algo, además en política exterior, ha salido o saldrá mal. Otros nombres, como el gobernador de Florida Ron DeSantis o el senador de Texas Ted Cruz, pueden intentar aprovechar esa distancia. Ninguno tiene asegurado que los votantes acepten una versión más joven, más disciplinada o más convencional del original, porque será al fin y al cabo una copia.

El dilema de los herederos

Trump ha sobrevivido a derrotas y rupturas que habrían terminado con otras carreras. Le quedan dos años de presidencia y una base muy fiel de seguidores capaz de condicionar las primarias republicanas. Puede favorecer a un aspirante, destruir la reputación de otro entre sus seguidores, exigir que la sucesión se organice alrededor de sus preferencias y manías. Sus posibles herederos necesitan prepararse para reemplazarlo mientras siguen dependiendo de él. Deben cortejarle y marcar distancia a la vez, algo imposible, que puede además acabar beneficiando a los demócratas.

Estos tampoco tienen muy resuelto qué viene después. El rechazo a Trump reúne a sectores que discrepan sobre impuestos, inmigración, sanidad y política exterior. Unos quieren recuperar a los casi mitológicos votantes de centro que abandonaron el partido, otros consideran insuficiente regresar al orden anterior y reclaman cambios más profundos en vivienda, salarios y servicios públicos. Tienen dos años para decidir qué ofrecer a un país al que llevan una década explicándole, sobre todo, a quién debe rechazar, quién es un radical, o un fascista.

Trump seguirá interviniendo en esa disputa. Le quedan dos años para gobernar, premiar lealtades y castigar deserciones. Los varios aspirantes a heredero tendrán que pedirle apoyo mientras recaudan dinero, contratan asesores y buscan una voz propia. Y lo cierto es que cada paso hacia la candidatura será también una forma de recordarle que su presidencia tiene fecha de caducidad.

Ahí empieza la parte más difícil para un hombre acostumbrado a ocupar absolutamente todo el escenario. Durante una década, los republicanos han organizado sus campañas alrededor de lo que Trump decía, hacía, exigía, pensaba, deseaba. Ahora tendrán que prepararse para unas elecciones en las que necesitarán sus votantes, pero llevarán otro nombre en la papeleta. Y él tendrá que decidir cuánto oxigeno está dispuesto a dejarles.

Artículos Relacionados