Publicado: octubre 11, 2026, 10:45 pm
La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/vidas-christa-pike-mujer-sobrevivido-dos-inyecciones-20261011014508-nt.html
Christa Pike, la mujer que ha sobrevivido a dos inyecciones letales en Tennessee, no está sola. Acabar con la vida de alguien no es difícil. Ocurre todos los días. Solo en la primera potencia mundial, cada media hora se registra un homicidio.
Pero la … ejecución de una pena de muerte, a la que Pike se enfrentó la semana pasada, es otra historia. En las condiciones en las que se impone de forma convencional en Estados Unidos, con inyecciones intravenosas de pentobarbital, a veces se complica cuando es difícil encontrar una vena por la que introducir el veneno.
El caso de Pike, sin embargo, va más allá. Ella recibió las inyecciones. Pero sobrevivió y desde hace unos días camina y habla. El fallo de su ejecución apuntala una vida de superviviente, marcada por las dificultades de su entorno y el horror indescriptible del crimen por el que recibió la pena de muerte. Pero también la entronca con antecedentes asombrosos de supervivencia.
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Rosalía Sánchez
Esta semana, días después de recibir las inyecciones, Pike volvió a hablar. «¿Dónde estoy?», fueron sus primeras palabras después de asomarse al mundo de los muertos, al que debería pertenecer ya según la Justicia de EE.UU.
Milagro en la mesa de disección
Hace casi cuatrocientos años, algo todavía más extraordinario le ocurrió a una joven llamada Anna Greene en Inglaterra. Era una sirvienta que se quedó embarazada del nieto adolescente de su patrón. Tuvo un parto prematuro, dio a luz a un feto muerto y fue pillada cuando trató de ocultarlo. Fue sentenciada a la horca en el castillo de Oxford el 14 de diciembre de 1650. Tras la ejecución, la colocaron en un féretro y la enviaron a un profesor de anatomía de la universidad para su disección. Pero, cuando abrieron el cajón de madera, Greene respiraba y se agitaba. Recuperó el habla catorce horas después.
En el siglo XVII, una joven llamada Anna Green fue ahorcada y, cuando enviaron su cuerpo en un ataúd a un profesor de anatomía, respiraba
Y hubo quien escapó de la muerte porque la soga falló en su estrangulamiento: hasta tres veces no funcionó en el caso de Joseph Samuel, un criminal enviado a Australia por Inglaterra a principios del siglo XIX.
Tanto en el caso de Samuel como en el de Greene, las autoridades vieron la mano de Dios en la supervivencia de los reos y fueron indultados. En el caso de la joven inglesa, rehízo su vida, se casó, tuvo tres hijos. Y conservó su ataúd como recuerdo. Samuel tuvo que conformarse con una conmuta a cadena perpetua. Se escapó de la cárcel con otros en barco y el océano se los tragó en una tormenta.
Ilustración de la época sobre el ahorcamiento de Anne Greene.
(ABC)
Haya habido o no intervención divina en el caso de Pike, todo apunta a que hubo un fallo en la ejecución. Hubo complicaciones con la colocación de la vía por la que debía entrar el pentobarbital. La primera dosis no provocó su muerte, solo dolores en el brazo. Una segunda dosis, administrada por la falta de eficacia de la primera, tampoco logró su objetivo. Es probable que el veneno no entrara en el sistema sanguíneo de Pike, sino en el tejido de alrededor.
En muerte cerebral
La inyección no mató a Pike, pero la dejó en condición crítica, según sus abogados. Estaba sin conocimiento, respirando con ventilación asistida y con sus dos brazos hinchados y quemados por la acción del veneno. Varios días después de su hospitalización, el equipo médico consideró que estaba en situación de muerte cerebral.
Todo estaba preparado para ‘desconectar’ a la mujer, cuando Pike volvió a hablar el pasado 6 de octubre. Poco después, podía caminar. Había pasado una semana de su ejecución y parecía un milagro. Todavía sufría una neumonía, no podía mover los brazos y sufría un coágulo en uno de sus brazos. Pero unos días después, este pasado fin de semana, la condenada salió del hospital y regresó a la prisión en la que ha pasado sus últimos treinta años. Por ahora, seguirá allí, recibiendo tratamiento médico.
Las ejecuciones con inyecciones letales que acaban sin éxito no son raras en EE.UU. En los últimos años, se han registrado al menos siete casos en los que la ejecución de la pena capital tuvo que suspenderse por problemas en la administración de la droga. En todos los casos, los problemas tuvieron que ver con las dificultades a la hora de encontrar una para inyectar la dosis. Algunos estados han tenido incluso que recurrir al pelotón de fusilamiento.
Las dificultades en la administración de las dosis a Pike podrían tener que ver, entre otros factores, con una enfermedad poco conocida de la que ha sido diagnosticada: la trombocitosis esencial, un tipo de neoplasia mieloproliferativa –un cáncer de sangre–, en el que la médula ósea produce una cantidad desproporcionadamente alta de plaquetas y que puede provocar inflamación vascular o la presencia de venas delgadas y frágiles.
El momento en el que las autoridades penitenciarias sacaron a Pike en estado crítico, pero con vida, de la sala de ejecución de la cárcel de Tennessee fue otro episodio de una vida marcada por la supervivencia y la atrocidad de su crimen.
Una vida difícil
Pike creció en Beckley, un pueblo de Virginia Occidental, uno de los estados más pobres del país, donde la adicción y la falta de oportunidades son endémicas. Su vida fue un cliché de esa América desahuciada: sus padres eran alcohólicos y nació con daño cerebral por el consumo de alcohol de su madre durante el embarazo; creció entre abusos de sus familiares, con cambios constantes de colegio y fue violada por tres personas a lo largo de su infancia, según la web ‘Misericordia con Christa’, que busca su perdón.
A los doce años protagonizó un intento de suicidio con calmantes y fue diagnosticada con depresión y desorden bipolar, pero nunca fue tratada con continuidad.
Tras problemas con la Justicia e internamiento en centros penitenciarios para menores, Pike llegó a mediados de la década de 1990 a un centro de formación profesional para jóvenes. Allí conoció a la que sería su víctima: Colleen Slemmer, una compañera de clase. Pike creía que Slemmer le quería quitar al novio. Con dos cómplices –entre ellos, su novio–, la engañaron para que les acompañaran a un bosque. Allí torturaron y acuchillaron a la víctima. Pike la remató reventándole la cabeza con un trozo de asfalto. La asesina se llevó un trozo del cráneo de Slemmer como recuerdo y lo enseñó al día siguiente a otros estudiantes. Pike tenía 18 años.
Pike, que tuvo una infancia traumática, fue condenada a la pena capital por asesinar a una compañera de clase a la que reventó la cabeza y se llevó un trozo del cráneo
La sentencia de pena de muerte que recibió poco después ha tardado treinta años en ejecutarse, entre peticiones de indulto y exigencias de la familia de la víctima de que se lleve a cabo. Y, ahora que su ajusticiamiento ha fallado, es difícil saber qué futuro tiene por delante. ¿Volverá a ser ejecutada? ¿Se utilizará un método diferente?
La última palabra la tiene el gobernador de Tennessee, el republicano Bill Lee, quien por el momento no ha descartado que Pike se vuelva a encontrar con sus verdugos.
El último antecedente, en 1947
Los expertos legales consideran que el caso de Pike entra en «aguas desconocidas». O, por lo menos, que no se navegan desde hace mucho. La última vez que ocurrió algo similar en EE.UU. fue en 1946. Willie Francis, un joven negro sentenciado a muerte por violación y asesinato, sobrevivió a la silla eléctrica. El operario penitenciario que colocó el aparato estaba borracho y no acabó de electrocutar al reo. El Tribunal Supremo decidió en 1947 entonces que se repetiría la ejecución, y Francis murió en el segundo intento.
La diferencia con Pike está en que sus abogados insistieron una y otra vez en la dificultad y el sufrimiento adicional que la inyección provocaría en la reo por el estado de sus venas. Pero las autoridades las desestimaron y siguieron adelante. De vuelta en el corredor de la muerte, la siguiente vida de Christa Pike sigue siendo una incógnita.
