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China reconoce tras seis días de censura que el piloto que estrelló una avioneta contra un rascacielos era un suicida

Una avioneta se estrella contra el rascacielos más alto de Pekín, durante la hora punta al término de la jornada laboral en pleno distrito financiero, la zona más densa de la ciudad, y no hay preguntas. Al menos no para las autoridades chinas, … que tratan de recubrir con silencio la colosal brecha de seguridad; un misterio que colisiona contra la normalidad, pretendidamente inamovible, del régimen.
Poco después del impacto, que tuvo lugar el pasado viernes, un cuantioso despliegue policial levantó un perímetro de varias manzanas alrededor de la torre todavía hoy vigente. En esas primeras horas, los agentes, dispuestos cada cinco metros, urgían a los curiosos que miraban hacia arriba a seguir caminando y abordaban a todo aquel que portaba teléfono móvil o cámara de fotos.

La censura digital entró en acción aún más rápido. Todas las imágenes que se habían viralizado en redes sociales desaparecieron esa misma tarde. Como resulta habitual, la propia ocultación suponía la principal evidencia de lo ocultado.

Noticia relacionada

Jaime Santirso

El reconocimiento tácito de los hechos se produjo el sábado, cuando el distrito de Chaoyang –uno de los que conforman el área municipal de Pekín– emitió un comunicado oficial. Su somero texto ni siquiera mencionaba la icónica torre China Zun, haciendo en su lugar referencia genérica a un «alto edificio», para informar que el piloto había fallecido y otras trece personas habían resultado heridas. «Las circunstancias alrededor del accidente todavía están siendo investigadas», zanjaba el documento.
Sus hallazgos han sido comunicados este jueves, por esa misma discreta vía. El piloto, apellidado Liu, era un varón de 66 años residente en Pekín, trabajador autónomo y divorciado, con licencia de aviación desde 2021, que sufría de «insomnio y ansiedad crónica» y cuyos diarios expresaban en reiteradas ocasiones «ideas suicidas». «La exhaustiva investigación ha concluido que se trató de un caso de peligro para la salud pública causado por motivos personales», ha concluido este segundo comunicado.
El caso no ha trascendido a los medios oficiales, y toda la información disponible procede de fuentes abiertas. La nave en cuestión era un Sunward SA 60L Aurora, un avión deportivo biplaza de producción doméstica, con 6,9 metros de longitud, 8,6 de envergadura y un peso máximo de 600 kilos, registrado con el código B-12PP a nombre de Dongshi Shuangyue General Aviation, una escuela de aviación.

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Según los datos de navegación, este habría despegado a las 17.31 del pasado viernes 26 desde Shifosi, un pequeño aeropuerto al este de Pekín especializado en vuelos no comerciales. Tras dar una vuelta por los alrededores, la avioneta se disponía a regresar a pista para aterrizar, maniobra programada para las 17.40, cuando de improviso cambió de rumbo para dirigirse en línea recta hacia el centro de la ciudad. En su camino se cruzó con un vuelo comercial de Hainan Airlines, que tuvo que modificar su trayecto.
Tras cubrir una distancia de unos 50 kilómetros, a las 17.55 impactó contra la fachada este de la torre China Zun, en apariencia sin causar más daños que la rotura de dos ventanas. El cuerpo central de la aeronave cayó, ardiendo, sobre la base del complejo, mientras que grandes fragmentos se precipitaron sobre la acera.

Rumores con apellidos

El rascacielos en cuestión es el décimo edificio más alto del mundo y el quinto de China, con una altura de 528 metros repartidos en 109 plantas. Esta construcción, inaugurada en 2018, representa una de las más icónicas de Pekín, pues supera con creces a los edificios colindantes y es visible desde cualquier parte de la ciudad.
Su denominación popular, China Zun, deriva del recipiente ritual de la Edad de Bronce que inspiró su diseño, aunque su nombre oficial es Torre Citic, pues alberga la sede central del grupo, uno de los principales conglomerados financieros de propiedad estatal.
Ante el hermetismo, la curiosidad se alimentaba a base de rumores. La conversación pública de la diáspora china en plataformas internacionales popularizó en un primer momento la teoría de que la responsable de la colisión habría sido una ejecutiva del propio Citic Group, de nombre Liu Junhua, supuestamente caída en desgracia por una operación fallida.
Un vehículo registrado por la policía en el exterior de la escuela de aviación estaría a su nombre. Sin embargo, una subsidiaria de Citic Group, Citic Wealth, salió al paso de la especulación de manera implícita, mediante la difusión el día posterior al impacto de un vídeo corporativo presentado por la mujer en cuestión.
Lo sucedido, en cualquier caso, evidencia un clamoroso fallo de seguridad para un régimen obsesionado con el control, que ya el pasado mes de mayo prohibió la tenencia de drones en Pekín. Sus presupuestos conceptuales remiten al 11-S, el atentado islamista que derribó las Torres Gemelas de Nueva York. La significatividad de los hechos, no obstante, arroja otro precedente histórico más apropiado.
En mayo de 1987, un joven alemán de 18 años llamado Mathis Rust irrumpió en el espacio aéreo soviético. Las fuerzas armadas le rastrearon pero no llegaron a derribarle y Rust, sin apenas experiencia de vuelo, acabó aterrizando en las inmediaciones de la Plaza Roja de Moscú, donde se puso a firmar autógrafos antes de ser detenido.
Este suceso, presentado por el alemán como un acto pacifista, dañó la reputación del Ejército y facilitó que Mijaíl Gorbachov apartara a aquellas voces que se oponían a su ‘perestroika’ (reforma política y económica) que acabaría desembocando en la disolución de la Unión Soviética. Una demostración de que el misterio reside, siempre, tanto en las causas como en las consecuencias.

Publicado: julio 2, 2026, 12:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/misteriosa-avioneta-resquebraja-seguridad-absoluta-china-20260702183717-nt.html

Una avioneta se estrella contra el rascacielos más alto de Pekín, durante la hora punta al término de la jornada laboral en pleno distrito financiero, la zona más densa de la ciudad, y no hay preguntas. Al menos no para las autoridades chinas, que tratan de recubrir con silencio la colosal brecha de seguridad; un misterio que colisiona contra la normalidad, pretendidamente inamovible, del régimen.

Poco después del impacto, que tuvo lugar el pasado viernes, un cuantioso despliegue policial levantó un perímetro de varias manzanas alrededor de la torre todavía hoy vigente. En esas primeras horas, los agentes, dispuestos cada cinco metros, urgían a los curiosos que miraban hacia arriba a seguir caminando y abordaban a todo aquel que portaba teléfono móvil o cámara de fotos.

La censura digital entró en acción aún más rápido. Todas las imágenes que se habían viralizado en redes sociales desaparecieron esa misma tarde. Como resulta habitual, la propia ocultación suponía la principal evidencia de lo ocultado.

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  • Jaime Santirso

El reconocimiento tácito de los hechos se produjo el sábado, cuando el distrito de Chaoyang –uno de los que conforman el área municipal de Pekín– emitió un comunicado oficial. Su somero texto ni siquiera mencionaba la icónica torre China Zun, haciendo en su lugar referencia genérica a un «alto edificio», para informar que el piloto había fallecido y otras trece personas habían resultado heridas. «Las circunstancias alrededor del accidente todavía están siendo investigadas», zanjaba el documento.

Sus hallazgos han sido comunicados este jueves, por esa misma discreta vía. El piloto, apellidado Liu, era un varón de 66 años residente en Pekín, trabajador autónomo y divorciado, con licencia de aviación desde 2021, que sufría de «insomnio y ansiedad crónica» y cuyos diarios expresaban en reiteradas ocasiones «ideas suicidas». «La exhaustiva investigación ha concluido que se trató de un caso de peligro para la salud pública causado por motivos personales», ha concluido este segundo comunicado.

El caso no ha trascendido a los medios oficiales, y toda la información disponible procede de fuentes abiertas. La nave en cuestión era un Sunward SA 60L Aurora, un avión deportivo biplaza de producción doméstica, con 6,9 metros de longitud, 8,6 de envergadura y un peso máximo de 600 kilos, registrado con el código B-12PP a nombre de Dongshi Shuangyue General Aviation, una escuela de aviación.

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Según los datos de navegación, este habría despegado a las 17.31 del pasado viernes 26 desde Shifosi, un pequeño aeropuerto al este de Pekín especializado en vuelos no comerciales. Tras dar una vuelta por los alrededores, la avioneta se disponía a regresar a pista para aterrizar, maniobra programada para las 17.40, cuando de improviso cambió de rumbo para dirigirse en línea recta hacia el centro de la ciudad. En su camino se cruzó con un vuelo comercial de Hainan Airlines, que tuvo que modificar su trayecto.

Tras cubrir una distancia de unos 50 kilómetros, a las 17.55 impactó contra la fachada este de la torre China Zun, en apariencia sin causar más daños que la rotura de dos ventanas. El cuerpo central de la aeronave cayó, ardiendo, sobre la base del complejo, mientras que grandes fragmentos se precipitaron sobre la acera.

Rumores con apellidos

El rascacielos en cuestión es el décimo edificio más alto del mundo y el quinto de China, con una altura de 528 metros repartidos en 109 plantas. Esta construcción, inaugurada en 2018, representa una de las más icónicas de Pekín, pues supera con creces a los edificios colindantes y es visible desde cualquier parte de la ciudad.

Su denominación popular, China Zun, deriva del recipiente ritual de la Edad de Bronce que inspiró su diseño, aunque su nombre oficial es Torre Citic, pues alberga la sede central del grupo, uno de los principales conglomerados financieros de propiedad estatal.

Ante el hermetismo, la curiosidad se alimentaba a base de rumores. La conversación pública de la diáspora china en plataformas internacionales popularizó en un primer momento la teoría de que la responsable de la colisión habría sido una ejecutiva del propio Citic Group, de nombre Liu Junhua, supuestamente caída en desgracia por una operación fallida.

Un vehículo registrado por la policía en el exterior de la escuela de aviación estaría a su nombre. Sin embargo, una subsidiaria de Citic Group, Citic Wealth, salió al paso de la especulación de manera implícita, mediante la difusión el día posterior al impacto de un vídeo corporativo presentado por la mujer en cuestión.

Lo sucedido, en cualquier caso, evidencia un clamoroso fallo de seguridad para un régimen obsesionado con el control, que ya el pasado mes de mayo prohibió la tenencia de drones en Pekín. Sus presupuestos conceptuales remiten al 11-S, el atentado islamista que derribó las Torres Gemelas de Nueva York. La significatividad de los hechos, no obstante, arroja otro precedente histórico más apropiado.

En mayo de 1987, un joven alemán de 18 años llamado Mathis Rust irrumpió en el espacio aéreo soviético. Las fuerzas armadas le rastrearon pero no llegaron a derribarle y Rust, sin apenas experiencia de vuelo, acabó aterrizando en las inmediaciones de la Plaza Roja de Moscú, donde se puso a firmar autógrafos antes de ser detenido.

Este suceso, presentado por el alemán como un acto pacifista, dañó la reputación del Ejército y facilitó que Mijaíl Gorbachov apartara a aquellas voces que se oponían a su ‘perestroika’ (reforma política y económica) que acabaría desembocando en la disolución de la Unión Soviética. Una demostración de que el misterio reside, siempre, tanto en las causas como en las consecuencias.

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