Le presentamos a los nuevos artífices de la paz del mundo - Colombia
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Le presentamos a los nuevos artífices de la paz del mundo

Pakistán suele considerarse más una fuente de problemas geopolíticos que una solución para ellos. Sin embargo, en los últimos meses ha sido el actor que más ha trabajado para poner fin a la guerra entre Estados Unidos e Irán. No es el único mediador inesperado … que ha intervenido en conflictos recientes: solo en los últimos cinco años, Turquía ha mediado entre Rusia y Ucrania, Etiopía y Somalia, y Pakistán y Afganistán; China también está intentando reconciliar a Afganistán y Pakistán; y Catar ha hecho las veces de intermediario entre Hamás e Israel y entre Estados Unidos y los talibanes, además de haber desempeñado un papel en el acuerdo entre Estados Unidos e Irán.
En todo el mundo, la mediación para la paz por parte de regímenes autocráticos se está convirtiendo en la norma. En 2025, China, Catar, Arabia Saudí, Turquía y Emiratos Árabes Unidos, tanto de manera individual como conjunta, participaron como mediadores en al menos 20 de los 53 procesos de paz registrados en todo el mundo, según la Escuela de Cultura de Paz de la Universidad Autónoma de Barcelona. Al mismo tiempo, los mediadores tradicionales de la posguerra —las Naciones Unidas y democracias alejadas del campo de batalla, como Noruega, Suecia y Suiza— participan menos o de forma menos destacada (véase el gráfico 1). Este cambio no significa que se estén alcanzando más o menos acuerdos que antes. Al igual que sus homólogos democráticos, los autócratas suelen salir con las manos vacías la mayoría de las veces. Sin embargo, los acuerdos que logran alcanzar son diferentes, tanto en la forma como en el fondo.

En primer lugar, valoremos los incentivos. A los autócratas les atrae la mediación, al menos, por tres razones. El prestigio y la posición en el ámbito nacional son una de ellas. La cúpula militar pakistaní ha aprovechado su participación en las negociaciones entre Estados Unidos e Irán para presentar a Pakistán como un aliado indispensable. El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, ha utilizado el éxito de sus mediaciones en el extranjero para reforzar el apoyo en su país y presentarse como abanderado del sur global.

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Otra de las razones para implicarse es apaciguar a los países vecinos. Este siglo, Turquía ha tenido que hacer frente a crisis de refugiados, interrupciones en el suministro energético, recesiones económicas e incidentes terroristas como consecuencia de múltiples guerras en sus fronteras. «Turquía no puede alcanzar la seguridad ni la prosperidad plenas a menos que se estabilice nuestra región», afirma Timur Soylemez, exjefe de mediación internacional del ministerio de asuntos exteriores turco, y añade: «gestionar estos conflictos y evitar que estallen es una estrategia mucho más rentable».

Vuestros conflictos me interesan

Los objetivos comerciales o geopolíticos constituyen un tercer factor. China ha mediado en la guerra civil de Myanmar principalmente para salvaguardar sus inversiones. Turquía también ha recurrido a la mediación para proteger sus intereses económicos en lugares como Irak o Libia, y para buscar otros nuevos, como en Somalia. La abrumadora dependencia de Pakistán de las importaciones energéticas del Golfo ayuda a explicar su papel destacado en Irán, al igual que su deseo de ganarse el favor de Estados Unidos, cuyos lazos con el archienemigo de Pakistán, la India, se han estrechado en los últimos años.
Los nuevos mediadores cuentan con ciertas ventajas frente a la vieja guardia: según Pinar Tank, investigadora del Instituto de Investigación para la Paz de Oslo, Turquía aprovecha su identidad islámica para posicionarse como un interlocutor más fiable ante los países musulmanes que las potencias occidentales; y Catar está dispuesto a dialogar con Hamás, Irán y los talibanes, grupos con los que muchos gobiernos occidentales no quieren hablar directamente —o con los que los regímenes de sanciones y las consideraciones políticas pueden complicar las negociaciones directas—.
Los acuerdos resultantes también son diferentes. Cuando las potencias democráticas occidentales negociaban pactos en el pasado, solían hacer hincapié sobre todo en cuestiones como los derechos humanos, el reparto del poder y las reformas democráticas, afirma Allard Duursma, investigador de la ETH de Zúrich. Las autocracias han sustituido ese modelo liberal por un enfoque centrado en la estabilidad, las oportunidades empresariales y el comercio.

El papel de la ONU

Uno de los signos más visibles —y quizás uno de los aceleradores— de esta transformación es la menguante influencia de la ONU: la proporción de conflictos en los que ha ejercido labores de mediación se ha mantenido estable durante la última década, pero, su influencia, atendiendo al número de casos en los que ha liderado la mediación, está cayendo rápidamente. La última vez que la ONU desempeñó un papel destacado fue en 2022, cuando participó en la negociación de un acuerdo destinado a permitir las exportaciones de cereales ucranianos a través del mar Negro.
Desde hace tiempo, algunos países —en particular, Estados Unidos, Rusia e Israel— pasan por alto a la ONU y siguen vías de mediación independientes cuando están en juego sus intereses, como ocurre ahora en las guerras de Gaza, Irán, Líbano y Ucrania. Sin embargo, la ONU también ha adquirido la costumbre de marginarse a sí misma. Su secretario general, António Guterres, no nombró a un enviado especial para Irán hasta el 25 de marzo, cuando la guerra ya llevaba casi un mes en pleno apogeo y los diplomáticos de la región llevaban semanas inmersos en una intensa actividad telefónica.
Dado que los dirigentes de la ONU temen gastar su limitado capital político en conflictos que aparentemente no tienen salida, a menudo ni siquiera intentan mediar, reconoce un alto funcionario de la organización. «Estamos pasando por un momento bastante bajo, sobre todo debido a un exceso de cautela durante la última década», se lamenta. «No pasa nada por fracasar, pero intentar lograr una solución es mucho más importante».

Estados Unidos es el único mediador convencional que sigue tan activo como antes

La ONU también dispone de una menor capacidad para preservar la paz: el número de cascos azules desplegados sobre el terreno se ha desplomado, pasando de los 107 000 de 2016 a los 47 000 actuales, mientras que las operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU también han disminuido durante el mismo periodo, de 16 a 11 (véase el gráfico 2). Este tipo de misiones se están convirtiendo en cosa del pasado. La última vez que la ONU creó una, para una guerra civil en la República Centroafricana, fue en 2014. Tampoco ayuda que se haya recortado la financiación destinada a estas operaciones, a instancias de Estados Unidos.
Estados Unidos es el único mediador convencional que sigue tan activo como antes, interviniendo en conflictos que van desde Camboya hasta Siria. Donald Trump suele afirmar, con su hipérbole habitual, que en los primeros ocho meses de su segundo mandato puso fin a ocho guerras. Sin embargo, su estilo transaccional de establecimiento de la paz se asemeja mucho más al de los intermediarios autocráticos que al de sus predecesores, lo que contribuye a desmantelar el antiguo modelo de mediación. A menudo, exige ventajas comerciales para Estados Unidos, como concesiones mineras, pero sin mostrar ningún interés por los derechos humanos, la democracia o el Estado de derecho.
El resultado es una forma diferente de establecer la paz. Para empezar, los recién llegados se han hecho cargo con regularidad de la mediación y han dejado de lado a otros en guerras en las que participan o apoyan firmemente a una de las partes, según observaron Sara Hellmüller y Bilal Salaymeh en un artículo publicado el pasado año: Arabia Saudí ha eludido en gran medida a la ONU en Yemen; Irán, Rusia y Turquía negociaron varios altos el fuego durante la larga guerra civil de Siria, sin ninguna participación externa, para evitar entrometerse en las respectivas zonas de influencia de cada uno; Turquía ha descartado la mediación de la ONU en sus conversaciones de paz con los insurgentes kurdos; y, en Myanmar, China alterna entre apoyar a los rebeldes y coaccionarlos para que acepten altos el fuego, aumentando así su propia influencia.

Tenemos formas de hacer que habléis

Por muy cínico que pueda parecer todo esto, la diplomacia coercitiva no carece de ventajas —tampoco es algo nuevo; en Bosnia, por ejemplo, una campaña de bombardeos de la OTAN allanó el camino para el Acuerdo de Dayton de 1995—. Diversos estudios han demostrado que este tipo de mediación puede ayudar a lograr altos el fuego más rápidamente que la basada en principios. En algunos casos, la única parte verdaderamente interesada en alcanzar la paz es un régimen autocrático con intereses económicos o geopolíticos en juego. China, por ejemplo, ha sido un mediador enérgico en el conflicto entre Afganistán y Pakistán: en marzo, el ministerio de asuntos exteriores chino instó a la moderación tras el bombardeo pakistaní de un hospital en Kabul para después obligar a ambas partes a asistir a unas conversaciones de paz en China en abril. También ha intentado utilizar su influencia económica para forzarlas a hacer concesiones, aunque hasta ahora sin resultados.
La escuela de la diplomacia pragmática y de obligar a las partes a entrar en razón ha logrado algunos éxitos notables. El temor a incomodar a Trump parece haber contribuido a alcanzar altos el fuego en los conflictos entre Armenia y Azerbaiyán, Camboya y Tailandia, y el Congo y Ruanda. Aunque la India se mostró consternada por la intervención de Trump, este también parece haber ayudado a sofocar un recrudecimiento de las hostilidades entre la India y Pakistán el pasado año.
El problema es que toda esa preocupación por la justicia y los derechos humanos, de la que los autócratas y Trump han prescindido en gran medida, puede que, en realidad, haya contribuido a que los altos el fuego sean más largos. Los acuerdos de paz duraderos siempre han sido escasos y cada vez lo son más: según Duursma, entre 1989 y 2013, el porcentaje de negociaciones que concluyeron en acuerdos definitivos —en contraposición a altos el fuego u otras medidas provisionales— se situó en el 3,9 %; entre 2014 y 2023, esa cifra descendió al 2,1 %.
Los acuerdos a medias están sustituyendo al trabajo más largo y tedioso de consolidación de la paz. «La era de estos grandes acuerdos de paz parece haber llegado a su fin», afirma Duursma. En otras palabras, es posible que pronto se vuelvan a necesitar los servicios de Pakistán.

Publicado: julio 1, 2026, 6:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/presentamos-nuevos-artifices-paz-mundo-20260702010715-nt.html

Pakistán suele considerarse más una fuente de problemas geopolíticos que una solución para ellos. Sin embargo, en los últimos meses ha sido el actor que más ha trabajado para poner fin a la guerra entre Estados Unidos e Irán. No es el único mediador inesperado que ha intervenido en conflictos recientes: solo en los últimos cinco años, Turquía ha mediado entre Rusia y Ucrania, Etiopía y Somalia, y Pakistán y Afganistán; China también está intentando reconciliar a Afganistán y Pakistán; y Catar ha hecho las veces de intermediario entre Hamás e Israel y entre Estados Unidos y los talibanes, además de haber desempeñado un papel en el acuerdo entre Estados Unidos e Irán.

En todo el mundo, la mediación para la paz por parte de regímenes autocráticos se está convirtiendo en la norma. En 2025, China, Catar, Arabia Saudí, Turquía y Emiratos Árabes Unidos, tanto de manera individual como conjunta, participaron como mediadores en al menos 20 de los 53 procesos de paz registrados en todo el mundo, según la Escuela de Cultura de Paz de la Universidad Autónoma de Barcelona. Al mismo tiempo, los mediadores tradicionales de la posguerra —las Naciones Unidas y democracias alejadas del campo de batalla, como Noruega, Suecia y Suiza— participan menos o de forma menos destacada (véase el gráfico 1). Este cambio no significa que se estén alcanzando más o menos acuerdos que antes. Al igual que sus homólogos democráticos, los autócratas suelen salir con las manos vacías la mayoría de las veces. Sin embargo, los acuerdos que logran alcanzar son diferentes, tanto en la forma como en el fondo.

En primer lugar, valoremos los incentivos. A los autócratas les atrae la mediación, al menos, por tres razones. El prestigio y la posición en el ámbito nacional son una de ellas. La cúpula militar pakistaní ha aprovechado su participación en las negociaciones entre Estados Unidos e Irán para presentar a Pakistán como un aliado indispensable. El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, ha utilizado el éxito de sus mediaciones en el extranjero para reforzar el apoyo en su país y presentarse como abanderado del sur global.

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Otra de las razones para implicarse es apaciguar a los países vecinos. Este siglo, Turquía ha tenido que hacer frente a crisis de refugiados, interrupciones en el suministro energético, recesiones económicas e incidentes terroristas como consecuencia de múltiples guerras en sus fronteras. «Turquía no puede alcanzar la seguridad ni la prosperidad plenas a menos que se estabilice nuestra región», afirma Timur Soylemez, exjefe de mediación internacional del ministerio de asuntos exteriores turco, y añade: «gestionar estos conflictos y evitar que estallen es una estrategia mucho más rentable».

Vuestros conflictos me interesan

Los objetivos comerciales o geopolíticos constituyen un tercer factor. China ha mediado en la guerra civil de Myanmar principalmente para salvaguardar sus inversiones. Turquía también ha recurrido a la mediación para proteger sus intereses económicos en lugares como Irak o Libia, y para buscar otros nuevos, como en Somalia. La abrumadora dependencia de Pakistán de las importaciones energéticas del Golfo ayuda a explicar su papel destacado en Irán, al igual que su deseo de ganarse el favor de Estados Unidos, cuyos lazos con el archienemigo de Pakistán, la India, se han estrechado en los últimos años.

Los nuevos mediadores cuentan con ciertas ventajas frente a la vieja guardia: según Pinar Tank, investigadora del Instituto de Investigación para la Paz de Oslo, Turquía aprovecha su identidad islámica para posicionarse como un interlocutor más fiable ante los países musulmanes que las potencias occidentales; y Catar está dispuesto a dialogar con Hamás, Irán y los talibanes, grupos con los que muchos gobiernos occidentales no quieren hablar directamente —o con los que los regímenes de sanciones y las consideraciones políticas pueden complicar las negociaciones directas—.

Los acuerdos resultantes también son diferentes. Cuando las potencias democráticas occidentales negociaban pactos en el pasado, solían hacer hincapié sobre todo en cuestiones como los derechos humanos, el reparto del poder y las reformas democráticas, afirma Allard Duursma, investigador de la ETH de Zúrich. Las autocracias han sustituido ese modelo liberal por un enfoque centrado en la estabilidad, las oportunidades empresariales y el comercio.

El papel de la ONU

Uno de los signos más visibles —y quizás uno de los aceleradores— de esta transformación es la menguante influencia de la ONU: la proporción de conflictos en los que ha ejercido labores de mediación se ha mantenido estable durante la última década, pero, su influencia, atendiendo al número de casos en los que ha liderado la mediación, está cayendo rápidamente. La última vez que la ONU desempeñó un papel destacado fue en 2022, cuando participó en la negociación de un acuerdo destinado a permitir las exportaciones de cereales ucranianos a través del mar Negro.

Desde hace tiempo, algunos países —en particular, Estados Unidos, Rusia e Israel— pasan por alto a la ONU y siguen vías de mediación independientes cuando están en juego sus intereses, como ocurre ahora en las guerras de Gaza, Irán, Líbano y Ucrania. Sin embargo, la ONU también ha adquirido la costumbre de marginarse a sí misma. Su secretario general, António Guterres, no nombró a un enviado especial para Irán hasta el 25 de marzo, cuando la guerra ya llevaba casi un mes en pleno apogeo y los diplomáticos de la región llevaban semanas inmersos en una intensa actividad telefónica.

Dado que los dirigentes de la ONU temen gastar su limitado capital político en conflictos que aparentemente no tienen salida, a menudo ni siquiera intentan mediar, reconoce un alto funcionario de la organización. «Estamos pasando por un momento bastante bajo, sobre todo debido a un exceso de cautela durante la última década», se lamenta. «No pasa nada por fracasar, pero intentar lograr una solución es mucho más importante».

Estados Unidos es el único mediador convencional que sigue tan activo como antes

La ONU también dispone de una menor capacidad para preservar la paz: el número de cascos azules desplegados sobre el terreno se ha desplomado, pasando de los 107 000 de 2016 a los 47 000 actuales, mientras que las operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU también han disminuido durante el mismo periodo, de 16 a 11 (véase el gráfico 2). Este tipo de misiones se están convirtiendo en cosa del pasado. La última vez que la ONU creó una, para una guerra civil en la República Centroafricana, fue en 2014. Tampoco ayuda que se haya recortado la financiación destinada a estas operaciones, a instancias de Estados Unidos.

Estados Unidos es el único mediador convencional que sigue tan activo como antes, interviniendo en conflictos que van desde Camboya hasta Siria. Donald Trump suele afirmar, con su hipérbole habitual, que en los primeros ocho meses de su segundo mandato puso fin a ocho guerras. Sin embargo, su estilo transaccional de establecimiento de la paz se asemeja mucho más al de los intermediarios autocráticos que al de sus predecesores, lo que contribuye a desmantelar el antiguo modelo de mediación. A menudo, exige ventajas comerciales para Estados Unidos, como concesiones mineras, pero sin mostrar ningún interés por los derechos humanos, la democracia o el Estado de derecho.

El resultado es una forma diferente de establecer la paz. Para empezar, los recién llegados se han hecho cargo con regularidad de la mediación y han dejado de lado a otros en guerras en las que participan o apoyan firmemente a una de las partes, según observaron Sara Hellmüller y Bilal Salaymeh en un artículo publicado el pasado año: Arabia Saudí ha eludido en gran medida a la ONU en Yemen; Irán, Rusia y Turquía negociaron varios altos el fuego durante la larga guerra civil de Siria, sin ninguna participación externa, para evitar entrometerse en las respectivas zonas de influencia de cada uno; Turquía ha descartado la mediación de la ONU en sus conversaciones de paz con los insurgentes kurdos; y, en Myanmar, China alterna entre apoyar a los rebeldes y coaccionarlos para que acepten altos el fuego, aumentando así su propia influencia.

Tenemos formas de hacer que habléis

Por muy cínico que pueda parecer todo esto, la diplomacia coercitiva no carece de ventajas —tampoco es algo nuevo; en Bosnia, por ejemplo, una campaña de bombardeos de la OTAN allanó el camino para el Acuerdo de Dayton de 1995—. Diversos estudios han demostrado que este tipo de mediación puede ayudar a lograr altos el fuego más rápidamente que la basada en principios. En algunos casos, la única parte verdaderamente interesada en alcanzar la paz es un régimen autocrático con intereses económicos o geopolíticos en juego. China, por ejemplo, ha sido un mediador enérgico en el conflicto entre Afganistán y Pakistán: en marzo, el ministerio de asuntos exteriores chino instó a la moderación tras el bombardeo pakistaní de un hospital en Kabul para después obligar a ambas partes a asistir a unas conversaciones de paz en China en abril. También ha intentado utilizar su influencia económica para forzarlas a hacer concesiones, aunque hasta ahora sin resultados.

La escuela de la diplomacia pragmática y de obligar a las partes a entrar en razón ha logrado algunos éxitos notables. El temor a incomodar a Trump parece haber contribuido a alcanzar altos el fuego en los conflictos entre Armenia y Azerbaiyán, Camboya y Tailandia, y el Congo y Ruanda. Aunque la India se mostró consternada por la intervención de Trump, este también parece haber ayudado a sofocar un recrudecimiento de las hostilidades entre la India y Pakistán el pasado año.

El problema es que toda esa preocupación por la justicia y los derechos humanos, de la que los autócratas y Trump han prescindido en gran medida, puede que, en realidad, haya contribuido a que los altos el fuego sean más largos. Los acuerdos de paz duraderos siempre han sido escasos y cada vez lo son más: según Duursma, entre 1989 y 2013, el porcentaje de negociaciones que concluyeron en acuerdos definitivos —en contraposición a altos el fuego u otras medidas provisionales— se situó en el 3,9 %; entre 2014 y 2023, esa cifra descendió al 2,1 %.

Los acuerdos a medias están sustituyendo al trabajo más largo y tedioso de consolidación de la paz. «La era de estos grandes acuerdos de paz parece haber llegado a su fin», afirma Duursma. En otras palabras, es posible que pronto se vuelvan a necesitar los servicios de Pakistán.

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