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Venezuela, cómo me dueles

Han pasado casi diez años desde que salí del país que me vio nacer, que me vio crecer, que me enseñó el significado de humanidad. Me fui con el alma rota, sin querer irme pero obligada a hacerlo. Hemos pasado por tanto, hemos sido noticia … muchas veces en los últimos 27 años y, lamentablemente, casi siempre son por las diversas crisis que hemos atravesado. No sé ya cuántas lágrimas he derramado, a veces no sé ni cómo seguir adelante. Hubo un momento en que me dio una crisis tan fuerte que, sin quererlo, tuve que desconectarme de las noticias de mi Venezuela, aún siendo periodista. ¿Qué contradictorio? Llevo nueve años respondiendo que estoy bien cuando me saludan y eso es algo que aprendí en mi terruño. A sacar pecho, a sonreír en la adversidad.
Hoy… Hoy no sé cómo responder. Y mira qué he pasado cosas fuertes dentro y fuera, como cuando los Guardias Nacionales asesinaron a mi amigo Alejandro Márquez en febrero de 2014 solo por grabar una manifestación. Le dieron una paliza tan fuerte que fracturaron cada hueso de su cuerpo hasta lograr su muerte cerebral. O el día en que se llevaron preso a mi amigo Douglas Morillo por protestar en contra de Maduro, que estuvo poco más de un año en el Helicoide, donde fue torturado.

Cuando mis padres estaban solos en su casa con Covid. Mi papá se había encerrado enfermo en su habitación y con el teléfono apagado. Todo esto mientras yo estaba desesperada porque sabía que se había deprimido, que se había resignado, mientras lloraba en mi coche de camino al trabajo. Mi tío ‘Segu’, mi favorito, me decía: «Tranquila, mija. Yo cuido de tus viejos». Y así fue. Pero nadie lo cuidó a él y se me fue. No lo pude despedir, llevaba cuatro años sin abrazarlo, pero sí leía y escuchaba sus frases de aliento cuando me decía que yo era una guerrera.

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Jorge Benezra

Y no sé donde, porque ahora solo sé llorar. Tampoco pude despedir a mi abuela, mi canaria, que murió a los dos años de yo llegar a su tierra. La Gran Canaria que me ayudó a reparar un poco los pedazos del alma que se me han roto, la que me dio cobijo y me ayudó a resistir el dolor que se siente cuando estás lejos de los tuyos. 
Yo pensaba que mi tierrita ya había tocado fondo, pero parece que la vida está empeñada en enseñarnos que siempre, siempre, se puede estar peor. Hoy, más que nunca me duele mi país, me duele estar lejos, me duele cada niño que perdió la vida, que se quedó sin su familia, cada hermano que partió al cielo y el que hoy sufre porque lo perdió todo. Y escribo hermano porque así nos criaron, aunque parece que eso a los funcionarios, a los chavistas y a los maduristas se les ha olvidado.

Yo pensaba que mi tierrita ya había tocado fondo, pero parece que la vida está empeñada en enseñarnos que siempre, siempre, se puede estar peor

Mi cuerpo sigue en España, pero mi mente no. No les voy a explicar lo que se siente seguir la rutina como si nada hubiese pasado mientras el mundo se te viene abajo porque esto solo se entiende cuando se vive. Yo misma escribo estas líneas desde el dolor, con lágrimas, desconsolada, impotente y queriendo estar allá ayudando. Mientras, tengo que seguir conectada a las noticias aunque me aplasten. De eso se trata mi trabajo.

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En la universidad nos decían que cuando ejerciéramos dejaríamos de ser de izquierda o de derechas, de un equipo de béisbol o de otro. Pero nadie me enseñó a olvidarme de que soy venezolana mientras vigilo lo que sucede en mi patria. ¡Qué difícil es ser comunicador en estos momentos! Quisiera poder tener palabras de aliento, pero hoy solo tengo desconsuelo.
Solo les pido que no olviden que mi gente está allá siendo rescatada por extranjeros y civiles (a los que no tendremos cómo agradecerles), pero que cuando todo esto pase habrá niños desamparados, personas sin hogar, venezolanos que seguirán sufriendo a raíz de este desastre y del desgobierno. Es probable que nos sequemos de tanto llorar, así que, si tienen a uno de mis paisanos a su lado, denle un abrazo que quizá esté solo, sufriendo en silencio. No olviden que Venezuela no nos dejará nunca de doler.

Publicado: junio 29, 2026, 2:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/mary-s-jaspe-venezuela-dueles-20260629201950-nt.html

Han pasado casi diez años desde que salí del país que me vio nacer, que me vio crecer, que me enseñó el significado de humanidad. Me fui con el alma rota, sin querer irme pero obligada a hacerlo. Hemos pasado por tanto, hemos sido noticia muchas veces en los últimos 27 años y, lamentablemente, casi siempre son por las diversas crisis que hemos atravesado. No sé ya cuántas lágrimas he derramado, a veces no sé ni cómo seguir adelante. Hubo un momento en que me dio una crisis tan fuerte que, sin quererlo, tuve que desconectarme de las noticias de mi Venezuela, aún siendo periodista. ¿Qué contradictorio? Llevo nueve años respondiendo que estoy bien cuando me saludan y eso es algo que aprendí en mi terruño. A sacar pecho, a sonreír en la adversidad.

Hoy… Hoy no sé cómo responder. Y mira qué he pasado cosas fuertes dentro y fuera, como cuando los Guardias Nacionales asesinaron a mi amigo Alejandro Márquez en febrero de 2014 solo por grabar una manifestación. Le dieron una paliza tan fuerte que fracturaron cada hueso de su cuerpo hasta lograr su muerte cerebral. O el día en que se llevaron preso a mi amigo Douglas Morillo por protestar en contra de Maduro, que estuvo poco más de un año en el Helicoide, donde fue torturado.

Cuando mis padres estaban solos en su casa con Covid. Mi papá se había encerrado enfermo en su habitación y con el teléfono apagado. Todo esto mientras yo estaba desesperada porque sabía que se había deprimido, que se había resignado, mientras lloraba en mi coche de camino al trabajo. Mi tío ‘Segu’, mi favorito, me decía: «Tranquila, mija. Yo cuido de tus viejos». Y así fue. Pero nadie lo cuidó a él y se me fue. No lo pude despedir, llevaba cuatro años sin abrazarlo, pero sí leía y escuchaba sus frases de aliento cuando me decía que yo era una guerrera.

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  • Jorge Benezra

Y no sé donde, porque ahora solo sé llorar. Tampoco pude despedir a mi abuela, mi canaria, que murió a los dos años de yo llegar a su tierra. La Gran Canaria que me ayudó a reparar un poco los pedazos del alma que se me han roto, la que me dio cobijo y me ayudó a resistir el dolor que se siente cuando estás lejos de los tuyos. 

Yo pensaba que mi tierrita ya había tocado fondo, pero parece que la vida está empeñada en enseñarnos que siempre, siempre, se puede estar peor. Hoy, más que nunca me duele mi país, me duele estar lejos, me duele cada niño que perdió la vida, que se quedó sin su familia, cada hermano que partió al cielo y el que hoy sufre porque lo perdió todo. Y escribo hermano porque así nos criaron, aunque parece que eso a los funcionarios, a los chavistas y a los maduristas se les ha olvidado.

Yo pensaba que mi tierrita ya había tocado fondo, pero parece que la vida está empeñada en enseñarnos que siempre, siempre, se puede estar peor

Mi cuerpo sigue en España, pero mi mente no. No les voy a explicar lo que se siente seguir la rutina como si nada hubiese pasado mientras el mundo se te viene abajo porque esto solo se entiende cuando se vive. Yo misma escribo estas líneas desde el dolor, con lágrimas, desconsolada, impotente y queriendo estar allá ayudando. Mientras, tengo que seguir conectada a las noticias aunque me aplasten. De eso se trata mi trabajo.

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Solo les pido que no olviden que mi gente está allá siendo rescatada por extranjeros y civiles (a los que no tendremos cómo agradecerles), pero que cuando todo esto pase habrá niños desamparados, personas sin hogar, venezolanos que seguirán sufriendo a raíz de este desastre y del desgobierno. Es probable que nos sequemos de tanto llorar, así que, si tienen a uno de mis paisanos a su lado, denle un abrazo que quizá esté solo, sufriendo en silencio. No olviden que Venezuela no nos dejará nunca de doler.

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