«Nosotros venimos a sacar personas vivas»: la carrera contra el tiempo de la UME en La Guaira - Colombia
Registro  /  Login

Portal de Negocios en Colombia


«Nosotros venimos a sacar personas vivas»: la carrera contra el tiempo de la UME en La Guaira

Alberto Vázquez Rodríguez no durmió en el vuelo que cruzó el Atlántico. El brigada de la Unidad Militar de Emergencias (UME), adscrito a la Oficina de Comunicación Pública, pasó las horas previas al despegue en la base aérea de Torrejón rastreando información en fuentes … abiertas. Quería saber a qué se enfrentaban. Sesenta y un efectivos del Segundo Batallón de Intervención de Emergencias, con sede en Morón de la Frontera, viajaban en un A330 del Ejército del Aire y del Espacio hacia un país que acababa de ser partido en dos por un doble terremoto. Llegaron por la mañana a un aeropuerto a tres horas y media de la zona de desastre, pero se demoraron nueve horas en llegar por el colapso del tráfico en las carreteras. Durmieron unas pocas horas y a las cuatro y cuarto de la madrugada siguiente ya estaban sobre los escombros de La Guaira.
«Sin rescatador no hay rescate», dice Vázquez, con el uniforme cubierto de polvo gris. A su alrededor, edificios caídos tipo sándwich, placas de cemento apiladas sin dejar espacio para respirar. La UME trajo unidades caninas, cámaras de rescate, geófonos, sensores de banda ultraancha y drones. Trajeron tecnología punta a un lugar donde los vecinos escarbaban con las manos desnudas. Pero, sobre todo, trajeron un protocolo estricto certificado por la ONU. Dos ingenieros politécnicos del Ejército de Tierra evalúan la estructura y dan luz verde. Solo entonces entran los perros. Luego los sensores. Luego los hombres. La certificación Insarag que ostentan desde 2011 no es un papel colgado en una pared de Sevilla. Es la garantía de que saben moverse en el infierno sin convertirse en víctimas.

El contraste en el terreno es brutal. Mientras el Estado venezolano tardó 48 horas en militarizar la zona, la ayuda internacional asumió la carga operativa. Yakseel Contreras, un joven caraqueño que llegó buscando a familiares de amigos, observa el despliegue español con alivio y con frustración. «Totalmente ineficiente los primeros días el tema del rescate local», comenta. «Muchos bomberos por falta de equipo, de suministros, de instrucciones, no saben identificar un edificio. Llegó el equipo español y el trabajo ha sido impecable. Son militares preparados que saben lo que hacen».

Noticia relacionada

Jorge Benezra

El mayor Eloy Caballero, bombero de Caracas con 35 años de servicio que acudió como voluntario pese a estar jubilado desde 2018, reconoce las limitaciones. «La situación ha sido precaria. Estamos trabajando con los dedos», admite. «Gracias a los organismos que vinieron de otros países hemos salvado más vidas de las que esperábamos en trabajo conjunto». Caballero, que vivió el deslave de 1999 en la misma zona, sabe que esta vez el enemigo no es el agua, sino el peso muerto de los edificios. La falta de cultura preventiva frente a terremotos pasó una factura altísima. La gente bajó a la costa el primer día buscando ayudar, pero terminó colapsando las vías de acceso y dificultando el paso de la maquinaria pesada.

«Gracias a los organismos que vinieron de otros países hemos salvado más vidas de las que esperábamos en trabajo conjunto»

Eloy Caballero
Bombero de Caracas

En la zona residencial Marina Grande, el edificio Mi Club quedó reducido a un acordeón de cemento. Allí vivía José Antonio Villarreal Nieto, de 74 años, junto a su esposa Sonia y su hijo Jesús. Los rescatistas locales que pasaron el primer día fueron tajantes. «Ahí no hay nadie con vida, no hay absolutamente nadie», les dijeron. Yoandys Villarreal, hija de José Antonio, viajó desde Caracas en una odisea sólo para escuchar esa sentencia. «A mí me quitaron ayer todo tipo de esperanza», relata, rodeada por su tía Francis Cueva y su prima Peggy. «Me dijeron: no hay supervivientes, señora, por eso ya no hay maquinaria».
Pero la UME no da nada por perdido hasta que los sensores dictan lo contrario. El equipo español desplegó sus equipos de escucha y detectó lo que nadie más había podido oír. Bajo cuatro pisos de losas de cemento, en un pequeño rincón que alguna vez fue el bar de la casa, José Antonio respiraba. Había sobrevivido gracias a un garrafón de agua de cinco litros. Su esposa y su hijo no corrieron con la misma suerte.

Newsletter

«Cuando llegué esta mañana me dicen que hay un vídeo, que ya sabemos que sí, que está vivo», cuenta Yoandys, con la voz quebrada por la sed y el agotamiento, pidiendo agua fría a quienes pasan cerca. «No sé cómo fue el rescate, no sé cómo abrieron, porque supuestamente no había triángulos de seguridad. Pero mi padre está vivo».
Luis Miguel Ortiz Baeza, suboficial con veinte años en la UME y veterano de Haití, Ecuador y Nepal, lo resume con claridad. «Con salvar una sola vida está cumplido el objetivo. Cuando rescatas una vida, la íntima satisfacción del deber cumplido te inunda. Los desastres ocurren a la gente que menos recursos tiene. El dolor es siempre igual en Haití que en Ecuador».

«Con salvar una sola vida está cumplido el objetivo. Cuando rescatas una vida, la íntima satisfacción del deber cumplido te inunda»

Luis Miguel Ortiz Baeza
Suboficial de la UME

La primera en volver a ver la luz fue Adelaida Terán, una mujer de 70 años atrapada en el complejo Edificio Arnedillo, ubicado en la misma zona. El capitán Javier Cruzado, sanitario del equipo de salud de la UME, fue quien la recibió al ser extraída. Su trabajo comienza donde termina el de los rescatistas: estabilizar, evaluar, mantener vivo. Para él, este es su tercer terremoto internacional tras Turquía en 2023 y México en 2017. «Salvar vidas es el hecho por el que estamos aquí», dice Cruzado. «Más que cualquier medalla, que cualquier curso, que cualquier reconocimiento».

Rescate de menores

Pero Cruzado también conoce el lado oscuro. «Los niños es lo más duro», confiesa. «Se hace con mucho ejercicio, mucha preparación psicológica, pero como padre y como ciudadano, lo más complicado son los niños». «Es importante para las familias tener a su ser querido y cerrar el ciclo de la muerte», añade Vázquez desde el otro extremo de la zona de trabajo.
El reloj biológico es implacable. Pasadas las 72 horas, las posibilidades caen en picado. La cifra oficial supera los 1.400 muertos, y la ONU calcula 50.000 desaparecidos. El olor a descomposición domina La Guaira. Pero Vázquez se niega a aceptar la derrota. «Siempre ocurren esos pequeños y grandes milagros que hacen que confiemos en luchar. La esperanza de encontrar supervivientes siempre se mantiene».
La población local los ha adoptado como propios. «No paran de abrazarnos, de darnos las gracias», relata Vázquez. «El otro día paramos un momento y la gente nos vino con tequeños. Con lo que están pasando, tienen tiempo para desvivirse por nosotros». Cruzado coincide: «Nos sentimos en casa. Los venezolanos son hermanos nuestros en todos los sentidos. Jocosos, alegres, cercanos. Parecen sevillanos y canarios».

«Nos sentimos en casa. Los venezolanos son hermanos nuestros en todos los sentidos. Jocosos, alegres, cercanos. Parecen sevillanos y canarios»

Javier Cruzado
Sanitario de la UME

La noche cae sobre La Guaira y las calles se convierten en campamentos improvisados. Miles de personas duermen al raso, aterrorizadas por las réplicas. En medio de esa oscuridad, los focos de la UME siguen encendidos. Los perros siguen olfateando. Los sensores siguen buscando el latido más leve bajo toneladas de destrucción. Los españoles vinieron a buscar vida en la zona cero más grande del Caribe. Nadie les obligó a cruzar el océano. Y hasta que no levanten la última piedra, seguirán bajando al barro de los vivos.

Publicado: junio 29, 2026, 12:45 am

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/venimos-sacar-personas-vivas-carrera-tiempo-ume-20260628025712-nt.html

Alberto Vázquez Rodríguez no durmió en el vuelo que cruzó el Atlántico. El brigada de la Unidad Militar de Emergencias (UME), adscrito a la Oficina de Comunicación Pública, pasó las horas previas al despegue en la base aérea de Torrejón rastreando información en fuentes abiertas. Quería saber a qué se enfrentaban. Sesenta y un efectivos del Segundo Batallón de Intervención de Emergencias, con sede en Morón de la Frontera, viajaban en un A330 del Ejército del Aire y del Espacio hacia un país que acababa de ser partido en dos por un doble terremoto. Llegaron por la mañana a un aeropuerto a tres horas y media de la zona de desastre, pero se demoraron nueve horas en llegar por el colapso del tráfico en las carreteras. Durmieron unas pocas horas y a las cuatro y cuarto de la madrugada siguiente ya estaban sobre los escombros de La Guaira.

«Sin rescatador no hay rescate», dice Vázquez, con el uniforme cubierto de polvo gris. A su alrededor, edificios caídos tipo sándwich, placas de cemento apiladas sin dejar espacio para respirar. La UME trajo unidades caninas, cámaras de rescate, geófonos, sensores de banda ultraancha y drones. Trajeron tecnología punta a un lugar donde los vecinos escarbaban con las manos desnudas. Pero, sobre todo, trajeron un protocolo estricto certificado por la ONU. Dos ingenieros politécnicos del Ejército de Tierra evalúan la estructura y dan luz verde. Solo entonces entran los perros. Luego los sensores. Luego los hombres. La certificación Insarag que ostentan desde 2011 no es un papel colgado en una pared de Sevilla. Es la garantía de que saben moverse en el infierno sin convertirse en víctimas.

El contraste en el terreno es brutal. Mientras el Estado venezolano tardó 48 horas en militarizar la zona, la ayuda internacional asumió la carga operativa. Yakseel Contreras, un joven caraqueño que llegó buscando a familiares de amigos, observa el despliegue español con alivio y con frustración. «Totalmente ineficiente los primeros días el tema del rescate local», comenta. «Muchos bomberos por falta de equipo, de suministros, de instrucciones, no saben identificar un edificio. Llegó el equipo español y el trabajo ha sido impecable. Son militares preparados que saben lo que hacen».

Noticia relacionada


  • Jorge Benezra

El mayor Eloy Caballero, bombero de Caracas con 35 años de servicio que acudió como voluntario pese a estar jubilado desde 2018, reconoce las limitaciones. «La situación ha sido precaria. Estamos trabajando con los dedos», admite. «Gracias a los organismos que vinieron de otros países hemos salvado más vidas de las que esperábamos en trabajo conjunto». Caballero, que vivió el deslave de 1999 en la misma zona, sabe que esta vez el enemigo no es el agua, sino el peso muerto de los edificios. La falta de cultura preventiva frente a terremotos pasó una factura altísima. La gente bajó a la costa el primer día buscando ayudar, pero terminó colapsando las vías de acceso y dificultando el paso de la maquinaria pesada.

«Gracias a los organismos que vinieron de otros países hemos salvado más vidas de las que esperábamos en trabajo conjunto»

Eloy Caballero

Bombero de Caracas

En la zona residencial Marina Grande, el edificio Mi Club quedó reducido a un acordeón de cemento. Allí vivía José Antonio Villarreal Nieto, de 74 años, junto a su esposa Sonia y su hijo Jesús. Los rescatistas locales que pasaron el primer día fueron tajantes. «Ahí no hay nadie con vida, no hay absolutamente nadie», les dijeron. Yoandys Villarreal, hija de José Antonio, viajó desde Caracas en una odisea sólo para escuchar esa sentencia. «A mí me quitaron ayer todo tipo de esperanza», relata, rodeada por su tía Francis Cueva y su prima Peggy. «Me dijeron: no hay supervivientes, señora, por eso ya no hay maquinaria».

Pero la UME no da nada por perdido hasta que los sensores dictan lo contrario. El equipo español desplegó sus equipos de escucha y detectó lo que nadie más había podido oír. Bajo cuatro pisos de losas de cemento, en un pequeño rincón que alguna vez fue el bar de la casa, José Antonio respiraba. Había sobrevivido gracias a un garrafón de agua de cinco litros. Su esposa y su hijo no corrieron con la misma suerte.

Newsletter

«Cuando llegué esta mañana me dicen que hay un vídeo, que ya sabemos que sí, que está vivo», cuenta Yoandys, con la voz quebrada por la sed y el agotamiento, pidiendo agua fría a quienes pasan cerca. «No sé cómo fue el rescate, no sé cómo abrieron, porque supuestamente no había triángulos de seguridad. Pero mi padre está vivo».

Luis Miguel Ortiz Baeza, suboficial con veinte años en la UME y veterano de Haití, Ecuador y Nepal, lo resume con claridad. «Con salvar una sola vida está cumplido el objetivo. Cuando rescatas una vida, la íntima satisfacción del deber cumplido te inunda. Los desastres ocurren a la gente que menos recursos tiene. El dolor es siempre igual en Haití que en Ecuador».

«Con salvar una sola vida está cumplido el objetivo. Cuando rescatas una vida, la íntima satisfacción del deber cumplido te inunda»

Luis Miguel Ortiz Baeza

Suboficial de la UME

La primera en volver a ver la luz fue Adelaida Terán, una mujer de 70 años atrapada en el complejo Edificio Arnedillo, ubicado en la misma zona. El capitán Javier Cruzado, sanitario del equipo de salud de la UME, fue quien la recibió al ser extraída. Su trabajo comienza donde termina el de los rescatistas: estabilizar, evaluar, mantener vivo. Para él, este es su tercer terremoto internacional tras Turquía en 2023 y México en 2017. «Salvar vidas es el hecho por el que estamos aquí», dice Cruzado. «Más que cualquier medalla, que cualquier curso, que cualquier reconocimiento».

Rescate de menores

Pero Cruzado también conoce el lado oscuro. «Los niños es lo más duro», confiesa. «Se hace con mucho ejercicio, mucha preparación psicológica, pero como padre y como ciudadano, lo más complicado son los niños». «Es importante para las familias tener a su ser querido y cerrar el ciclo de la muerte», añade Vázquez desde el otro extremo de la zona de trabajo.

El reloj biológico es implacable. Pasadas las 72 horas, las posibilidades caen en picado. La cifra oficial supera los 1.400 muertos, y la ONU calcula 50.000 desaparecidos. El olor a descomposición domina La Guaira. Pero Vázquez se niega a aceptar la derrota. «Siempre ocurren esos pequeños y grandes milagros que hacen que confiemos en luchar. La esperanza de encontrar supervivientes siempre se mantiene».

La población local los ha adoptado como propios. «No paran de abrazarnos, de darnos las gracias», relata Vázquez. «El otro día paramos un momento y la gente nos vino con tequeños. Con lo que están pasando, tienen tiempo para desvivirse por nosotros». Cruzado coincide: «Nos sentimos en casa. Los venezolanos son hermanos nuestros en todos los sentidos. Jocosos, alegres, cercanos. Parecen sevillanos y canarios».

«Nos sentimos en casa. Los venezolanos son hermanos nuestros en todos los sentidos. Jocosos, alegres, cercanos. Parecen sevillanos y canarios»

Javier Cruzado

Sanitario de la UME

La noche cae sobre La Guaira y las calles se convierten en campamentos improvisados. Miles de personas duermen al raso, aterrorizadas por las réplicas. En medio de esa oscuridad, los focos de la UME siguen encendidos. Los perros siguen olfateando. Los sensores siguen buscando el latido más leve bajo toneladas de destrucción. Los españoles vinieron a buscar vida en la zona cero más grande del Caribe. Nadie les obligó a cruzar el océano. Y hasta que no levanten la última piedra, seguirán bajando al barro de los vivos.

Artículos Relacionados