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Las manos juntas

«Ya no sé si sabemos qué es el dolor» me comenta Paola Romero, profesora de filosofía. Desde esa incertidumbre escribo. ¿Qué sentir? ¿Qué pensar? Entonces el día se alarga, no es fácil estar lejos estando tan cerca. Pensamiento que se disipa al comprender que … el drama absoluto es el de la familia que desapareció de la tierra en segundos, el de la amiga que recoge cascotes en su cocina, el de los conocidos que caminan entre cadáveres, el del compañero de universidad que busca un hermano.

Sería tiempo de hundirse en la tristeza, de llorar por lo que palpita al otro lado del mar. Pero la realidad venezolana es una astilla clavada en la frente. Periodistas, testigos directos confirman lo que sabíamos desde el primer minuto. La crueldad del chavismo desconoce las treguas. Mientras Delcy Rodríguez se hacía fotos y eructaba promesas, a pocos kilómetros fallecía un muchacho que permaneció veinte horas con medio cuerpo bajo los escombros esperando un auxilio de las autoridades que no llegó nunca. En otras zonas del país, los esbirros del chavismo disolvieron los puntos de recolección de ayuda que no controlaban. Grupos de socorristas fueron retenidos durante ocho horas en actos propagandísticos del régimen. Las fuerzas de seguridad que con rapidez acudían en el pasado para perpetrar la represión, la tortura y el asesinato, seguían sin prestar ayuda a casi 48 horas del desastre.

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David Alandete

La tentación es dejarse arrastrar por la ira y la certeza de que Venezuela no soporta más dolor. Ser venezolano se ha convertido en una inmensa fragilidad. La incomprensión de una inteligencia internacional que estuvo hechizada por un rancio experimento utópico. La complicidad criminal de políticos y empresarios del extranjero que participaron del saqueo promovido por el chavismo. La ferocidad de la aporofobia que irrumpió en países donde algunos lugareños consideraron un acto heroico incendiar carpas y coches de bebés venezolanos.
Porque incluso en España, el más bello y el mejor de los lugares posibles, se vivieron recientemente campañas de odio por parte de sectores minoritarios que exigían la expulsión de venezolanos. Inútil pedir a estos exaltados que se sorprendiesen con datos como las crecientes cotizaciones a la seguridad social, el nivel educativo o la altísima tasa de empleo de estos nuevos «indeseables». Para ellos, aquí solo podíamos permanecer en silencio, dóciles como animales de compañía, sin expresar ideas políticas.
Un paisaje que invita al lamento, al victimismo. Solo que ahora mismo contemplo imágenes de venezolanos comunes hurgando entre escombros con sus manos rotas, salvando personas con las uñas, enfrentándose a la crueldad del chavismo y encabezando los rescates, las redes de información. Gente que no sabe rendirse. Gente que ha resistido balas, gases lacrimógenos, detenciones y ahora la ferocidad de un doble sismo.

Vencidos por las armas y la naturaleza, somos seres rotos que, sin embargo, seguimos abrigando espacio para bellas palabras como vida, libertad, democracia

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Eso somos. Vencidos por las armas y la naturaleza. Seres rotos que, sin embargo, seguimos abrigando espacio para bellas palabras como vida, libertad, democracia. Porque en nosotros quizá palpita ese poema de Cadenas en el que se le habla al fracaso:
«Gracias por quitarme espesor a cambio de una letra gruesa…/
Gracias por construir con barro mi morada./ Gracias por apartarme».
Ya llegará el tiempo del dolor y de la reflexión. Ahora mismo los venezolanos pedimos desesperada ayuda y también nos negamos a ser víctimas. Para levantarnos es necesario admitir que desde hace años vivimos entre ruinas humeantes, pero en esa resistencia palpita la necesidad futura de construir, de reconstruir, de recuperar algún día la belleza. Aquí en España, allá en Venezuela, donde quiera que estemos. Construir nuevas casas, levantar nuevas piedras. Las manos juntas: los que están allí, los que estamos fuera.

Juan Carlos Méndez Guédez

Escritor

Publicado: junio 28, 2026, 8:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/manos-juntas-20260628030107-nt.html

«Ya no sé si sabemos qué es el dolor» me comenta Paola Romero, profesora de filosofía. Desde esa incertidumbre escribo. ¿Qué sentir? ¿Qué pensar?

Entonces el día se alarga, no es fácil estar lejos estando tan cerca. Pensamiento que se disipa al comprender que el drama absoluto es el de la familia que desapareció de la tierra en segundos, el de la amiga que recoge cascotes en su cocina, el de los conocidos que caminan entre cadáveres, el del compañero de universidad que busca un hermano.

Sería tiempo de hundirse en la tristeza, de llorar por lo que palpita al otro lado del mar. Pero la realidad venezolana es una astilla clavada en la frente. Periodistas, testigos directos confirman lo que sabíamos desde el primer minuto. La crueldad del chavismo desconoce las treguas. Mientras Delcy Rodríguez se hacía fotos y eructaba promesas, a pocos kilómetros fallecía un muchacho que permaneció veinte horas con medio cuerpo bajo los escombros esperando un auxilio de las autoridades que no llegó nunca. En otras zonas del país, los esbirros del chavismo disolvieron los puntos de recolección de ayuda que no controlaban. Grupos de socorristas fueron retenidos durante ocho horas en actos propagandísticos del régimen. Las fuerzas de seguridad que con rapidez acudían en el pasado para perpetrar la represión, la tortura y el asesinato, seguían sin prestar ayuda a casi 48 horas del desastre.

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  • David Alandete

La tentación es dejarse arrastrar por la ira y la certeza de que Venezuela no soporta más dolor. Ser venezolano se ha convertido en una inmensa fragilidad. La incomprensión de una inteligencia internacional que estuvo hechizada por un rancio experimento utópico. La complicidad criminal de políticos y empresarios del extranjero que participaron del saqueo promovido por el chavismo. La ferocidad de la aporofobia que irrumpió en países donde algunos lugareños consideraron un acto heroico incendiar carpas y coches de bebés venezolanos.

Porque incluso en España, el más bello y el mejor de los lugares posibles, se vivieron recientemente campañas de odio por parte de sectores minoritarios que exigían la expulsión de venezolanos. Inútil pedir a estos exaltados que se sorprendiesen con datos como las crecientes cotizaciones a la seguridad social, el nivel educativo o la altísima tasa de empleo de estos nuevos «indeseables». Para ellos, aquí solo podíamos permanecer en silencio, dóciles como animales de compañía, sin expresar ideas políticas.

Un paisaje que invita al lamento, al victimismo. Solo que ahora mismo contemplo imágenes de venezolanos comunes hurgando entre escombros con sus manos rotas, salvando personas con las uñas, enfrentándose a la crueldad del chavismo y encabezando los rescates, las redes de información. Gente que no sabe rendirse. Gente que ha resistido balas, gases lacrimógenos, detenciones y ahora la ferocidad de un doble sismo.

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Ya llegará el tiempo del dolor y de la reflexión. Ahora mismo los venezolanos pedimos desesperada ayuda y también nos negamos a ser víctimas. Para levantarnos es necesario admitir que desde hace años vivimos entre ruinas humeantes, pero en esa resistencia palpita la necesidad futura de construir, de reconstruir, de recuperar algún día la belleza. Aquí en España, allá en Venezuela, donde quiera que estemos. Construir nuevas casas, levantar nuevas piedras. Las manos juntas: los que están allí, los que estamos fuera.

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