Publicado: junio 18, 2026, 12:45 pm
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La Casa Blanca pasó a la ofensiva para intentar contener las críticas al acuerdo con Irán y presentarlo no como una concesión a Teherán, sino como el inicio de una negociación desde una posición de fuerza. El programa nuclear iraní, defendió el vicepresidente J. … D. Vance este jueves desde la sala de prensa de la Casa Blanca, ha quedado destruido; el alivio económico sólo llegará si Irán cumple, y Estados Unidos conserva la capacidad de volver a apretar el cerco si Teherán engaña.
El mensaje del equipo de Trump fue claro: el presidente no había premiado a Irán, sino que le había dado una última oportunidad bajo vigilancia, mientras advertía también a Israel de que no pusiera en peligro un proceso que Washington consideraba decisivo para rehacer el equilibrio de Oriente Próximo. Aun así, las críticas crecían a medida que se conocían más detalles, tanto entre republicanos escépticos ante la posibilidad de darle oxígeno económico a la teocracia como entre aliados como Israel.
Pero era imposible ocultar que la postura y la percepción dentro de la Administración Trump han cambiado. Lo que hacía unas semanas era una exigencia de rendición incondicional de Irán, con la voluntad declarada de destruir la teocracia, se había convertido ahora en una fase negociadora con plazos, verificación y hasta posibles incentivos. Y el aliado estrecho, casi inquebrantable, Israel, recibía críticas de una dureza poco habitual. En la sala de prensa, Vance advirtió al Gobierno de Benjamin Netanyahu de que no le convenía atacar al único gran aliado que le quedaba, y le recordó que buena parte de su defensa dependía de armas fabricadas en Estados Unidos y pagadas por sus contribuyentes.
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David Alandete
«Durante los últimos tres meses, dos tercios de las armas defensivas que han protegido vuestro territorio han sido construidas por manos estadounidenses y pagadas por los contribuyentes estadounidenses. El problema de Israel no es Donald J. Trump», dijo un Vance lapidario, en una advertencia poco habitual a un aliado que hasta ahora la Casa Blanca había tratado como socio prácticamente intocable.
El vicepresidente insistió en que Estados Unidos no ha renunciado al uso de la fuerza ni a la presión económica. Al contrario, trató de presentar el acuerdo como una continuación de la campaña militar y financiera de los últimos meses. «Tenemos todas las cartas», dijo. La idea que quiso transmitir fue que Irán llegaba a esta negociación debilitado, con la economía en crisis, el programa nuclear golpeado y la capacidad militar reducida. Según su versión, el dilema para Teherán es simple, aceptar un cambio verificable de conducta o seguir aislado, sin acceso real a los beneficios prometidos.
La Casa Blanca en ofensiva
En esa ofensiva negociadora, Vance se ha convertido en la cara visible del pacto y en el principal negociador político de la Administración. Trump le ha encargado explicar el acuerdo, defenderlo ante la prensa y conducir la siguiente fase. El vicepresidente tenía previsto viajar este viernes a Suiza para participar en una firma más solemne, pero esa ceremonia quedó descartada después de que el memorando fuera firmado electrónicamente y difundido antes de lo previsto. Según Vance, Washington quería publicar el texto cuanto antes, mientras que los iraníes pidieron retrasar su divulgación hasta el viernes. El motivo, explicó, fue en parte el trabajo de traducción al persa y la necesidad de verificar que esa versión coincidía con el texto inglés.
Su viaje a Ginebra pasa así a tener otro propósito. Ya no será una puesta en escena política, sino el arranque de las conversaciones técnicas sobre el futuro del programa nuclear iraní. Allí debían abordarse los detalles más delicados: cómo destruir el material altamente enriquecido, cómo permitir la entrada de inspectores y cómo impedir que Teherán reconstruya la capacidad nuclear que Estados Unidos asegura haber eliminado. Vance dijo que esperaba que esas conversaciones comenzaran durante el fin de semana, aunque admitió que la fecha exacta dependía aún de la llegada de la delegación iraní.
La Casa Blanca sostiene que la reapertura de Ormuz es ya el primer resultado tangible del acuerdo. Vance dijo que más de una docena de barcos habían podido atravesar el bloqueo naval el jueves y que Washington estaba cumpliendo su parte inicial del pacto. Pero también dejó claro que el uso futuro del Estrecho sería uno de los puntos centrales de la negociación. «Creemos que las vías marítimas internacionales deben estar libres de peajes», afirmó. Si ese principio no quedaba recogido en el pacto definitivo, añadió, «no habrá acuerdo final».
El otro eje de la defensa de la Administración Trump fue la cuestión nuclear. Vance aseguró que Irán había aceptado destruir su material altamente enriquecido, permitir inspecciones y no reconstruir la capacidad que Estados Unidos decía haber destruido. «No confiamos en palabras, confiamos en acciones», resumió. La fórmula que describió fue la de un acuerdo reversible, en el que los beneficios económicos funcionarían como un interruptor. Si Irán cumple, habrá alivio, siempre gradual. Si incumple, las sanciones volverán: «Si aumentan su buen comportamiento, podemos aumentar los beneficios económicos. Si reducen su buen comportamiento, podemos apagarlo».
«Si aumentan su buen comportamiento, podemos aumentar los beneficios económicos»
J. D. Vance
Vicepresidente de EE.UU.
Esa insistencia en la verificación busca responder a los críticos republicanos que veían en el memorando una reedición del acuerdo nuclear de Barack Obama de 2015. Vance rechazó de plano esa comparación. Dijo que entonces Washington negociaba con un Irán que ya tenía un programa nuclear avanzado, mientras que ahora lo hacía después de haberlo destruido. «Nuestra perspectiva ahora es: ya hemos destruido tu programa nuclear», dijo. También subrayó que el nuevo acuerdo no contemplaba dinero estadounidense para Teherán. «Ni un solo centavo», repitió.
La Administración Trump intentaba así convertir una posible concesión diplomática en un relato de victoria. No se trataba, según Vance, de premiar a la república islámica, sino de obligarla a elegir entre la integración regional o la asfixia económica. El vicepresidente habló de «elementos pragmáticos» dentro del sistema iraní que, a su juicio, querían una relación distinta con Oriente Próximo y con el mundo. Washington, dijo, quería que esos sectores ganaran la discusión interna. Pero también reconoció que no había garantías. «Quizá los iraníes nunca cambien su comportamiento», admitió. «Si es así, no reciben ninguno de los beneficios del acuerdo. Pero ¿no merece la pena intentarlo?».
«Quizá los iraníes nunca cambien su comportamiento. Si es así, no reciben ninguno de los beneficios del acuerdo. Pero ¿no merece la pena intentarlo?».
J. D. Vance
Vicepresidente de Estados Unidos
Ahí apareció una de las novedades políticas más relevantes. La presión de Washington ya no se dirigía sólo a Irán, sino también a Israel. Vance dijo que Trump seguía reconociendo el derecho israelí a su propia defensa, pero dejó ver el malestar de la Casa Blanca con ataques en el Líbano que, según Washington, podían poner en riesgo el avance del acuerdo. «De repente hay una gran explosión en un centro de población civil en Beirut, y mucha gente que no tiene nada que ver con Hizbolá pierde la vida. Eso no es aceptable», afirmó.
«La economía de Irán está en caída libre»
El vicepresidente intentó anticiparse también a la crítica de que el acuerdo permitiría a Irán financiar de nuevo a Hizbolá y a otros grupos aliados. Dijo que el pacto permitiría a Estados Unidos ver mejor el movimiento del dinero iraní y detectar si Teherán intentaba sostener a esas organizaciones. También sostuvo que la economía iraní estaba demasiado dañada como para que una reanudación limitada de exportaciones petroleras cambiara por sí sola la situación. «La economía de Irán está en caída libre», afirmó. Según Vance, vender algo de petróleo no basta para recomponer una economía de 94 millones de habitantes sometida a inflación, daños industriales y aislamiento financiero.
