Publicado: junio 7, 2026, 2:45 am
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¿Cómo se baila una guaracha? Cuando la novela más famosa de Luis Rafael Sánchez se publicó en 1976, ya ese género musical comenzaba a quedarse en el pasado. Pero mucho antes del merengue y la salsa, muchísimo antes que el reguetón y el dembow, estuvo la guaracha. Prima hermana del son y la guajira, familia, también del mambo, la guaracha era lo que bailaban los que querían darle sabor a la vida. En Puerto Rico, conjuntos como el Cuarteto Marcano, el Cuarteto Mayarí y los supremos señores Guaracheros de Oriente, impulsaron el género, que comenzó a asociarse con la fiesta y el vacilón. Que Luis Rafael Sánchez haya elegido este, de todos los géneros, como banda sonora, leitmotif e hilo conductor para su novela no pudo haber sido casualidad.
“La guaracha del Macho Camacho” habla de muchas cosas, pero ante todo, es un retrato agridulce de la vida en el Puerto Rico de la época. Luis Rafael Sánchez hizo lo que todos los artistas sueñan hacer: capturar la esencia de algo para siempre. Luis Rafael Sánchez lo hizo tan bien, que escribió lo que sin duda debe considerarse la verdadera primera novela puertorriqueña. Oda sabrosa a la jodedera, crítica franca a la política, comentario exquisito sobre el ser puertorriqueño, La guaracha es eso y muchas cosas más.
Para responder a la pregunta inicial (en el contexto de la publicación de una nueva edición de 50 aniversario por la editorial Seix Barral), estimados lectores, le dejamos ese trabajo a las plumas de escritores de varias generaciones, que interpretarán para nosotros ese sabroso baile. En esta pista de palabras bailables, nos instruirán sobre la importancia de la Guaracha como novela y como legado. De nuestra parte, nos limitaremos a cantar y les pediremos, estimada audiencia, que unan sus voces también para darle vida a ese jacarandoso y pimentoso, laxante y edificante, profiláctico y didáctico, filosófico y pegajosófico coro cincuentón, moraleja y queja de la novela, que dice: “La vida es una cosa fenomenal”.
Magali García Ramis
“A cincuenta años de publicada, ‘La guaracha del Macho Camacho’ sigue siendo la novela de todos nosotros, un texto que corre sobre dos ejes que son parte innegable de nuestra identidad: una canción de fondo que traspasa barreras sociales, y un tapón que sucede cada día en algún lugar de la isla. Es impresionante que, pasado tanto tiempo, sus personajes siguen habitando el lar nativo: el senador corrupto, su hijo mamalón; la madre soltera, su hijo descapacitado y, sobre todo, doña Chon, esa mujer hecha con pedacitos de todos los boricuas que nos damos la mano. Si El Velorio de Oller representa al Puerto Rico que entraba al siglo XX, esta novela que deslumbra por su lenguaje es el más fiel retrato del país nuestro todavía entrando al siglo XXI”.
Ana Lydia Vega
“El cincuentenario de la publicación de ‘La guaracha del Macho Camacho’ es motivo de festejo nacional. Se trata de un verdadero clásico contemporáneo que ha rebasado los límites del tiempo y del espacio de su creación. A Luis Rafael Sánchez le debemos la ruptura definitiva de un mito persistente: que, para acceder a la tan idealizada consagración internacional, una obra puertorriqueña debe estar escrita en español ‘neutro’ y tratar temas ‘universales’. La construcción poliartística de la novela echa mano de técnicas teatrales, cinematográficas, musicales, poéticas, radiales, televisivas y periodísticas para pintar un cuadro alucinante –a la vez farsa y drama– de nuestro sempiterno revolú colonial. Y todo dentro del frenético performance de una voz narrativa que dirige el coro discordante de unos personajes acechados por su destino. Dudo que exista otro libro puertorriqueño más estudiado que La guaracha. Aun así, lo prodigioso es que haya podido sobrevivir a los análisis y guardar su misterio. Recomiendo a los nuevos lectores zambullirse en ese océano de palabras sin referencias previas, listos para dejarse arrastrar por la fuerza de la corriente y por el poder de su propia imaginación”.
Cezanne Cardona
“A los quince años aterricé en ‘La guaracha del Macho Camacho’ contagiado por la risa de mi madre, que la leía todos los veranos, y supe que ya no volveríamos a ser esos jíbaros caricaturescos que nos presentaban en la escuela. A los diecisiete subrayé todo lo soez y sentí que La guaracha nos había dado permiso de gozar y sufrir, de guarachar y resistir al mismo tiempo. A los diecinueve, monografié sobre la parodia en La guaracha, y constaté que lo que mueve al país, estancado en su modernidad colonial, era la procacidad rítmica de la lengua caribeña. A los veintiuno, utilicé La guaracha como arma para defenderme de la impostura posmoderna y declaré, a boca de jarro que, sin chisme, sin seducción, sin exageración, sin ambigüedad y sin fragmentación no había identidad que valiera la pena vivirse. A los veinticinco, casi me botan de un colegio religioso por mostrarles a los estudiantes quién era Iris Chacón y por comparar el senador Vicente Reinosa con esos legisladores del rossellato que caían presos como moscas por corrupción. A los treintaipico, ya con hijos, y en medio de un tapón descomunal, alivié mi desesperación recordando aquella escena de La guaracha en la que la gente se trepa en las capotas para averiguar la razón del tapón. A los cuarenta, la asigné en la universidad y mis estudiantes se convencieron de que La guaracha estaba más viva que nunca. Y, a los cuarentaipico, descubrí que La guaracha no se cansa de decir que la esperanza ha sido el milagro caribeño que mejor hemos contrabandeado, pues sin esa bendita prórroga ni se suda ni se llora, ni se lucha ni se baila, ni se intima ni se ama”.
Ana Teresa Toro
“Me quedo con el goce y el roce. Invoco estas dos palabras para pensar en ‘La guaracha del Macho Camacho’ porque, luego de revisitar la ofrenda que le ha hecho esta obra a la nación puertorriqueña anclándose como el espejo sonoro (qué cosa más extraordinaria ha de ser eso), cultural y social del país, resulta urgente insistir en que es una novela que genera tantas formas del placer. Es un goce para la lengua –que rara vez es convocada a ese íntimo y silencioso acto que es la lectura– e invita a explorar con humor, rabia y pesar todos los roces que constituyen el cuerpo social: raciales, de prejuicios, de clase, de identidad, de elegancias vulgares y vulgares elegancias y de cuerpos que rozan otros cuerpos hasta el placer, el asco o la indiferencia. Releo y me descubro leyendo en voz alta como merece una novela escrita para la lengua, desde la lengua y en honor a la lengua nuestra. Me descubro, a veces, confundida o con la lengua trabada y celebro que eso suceda porque así es el placer, precisa de un poco de dolor para conducir al éxtasis. Este texto también ha sabido ser un gran amante”.
Hermes Ayala
“Virado el reloj de arena, comprendo la influencia en mí de ‘La guaracha del Macho Camacho’, inculcada en escuela superior por mi excepcional maestro de español, Roberto Pérez. Fue amor a primera vista. Quién conoce mi escritura ve un intento de balance entre responsabilidad y placer. Gozo con el juego de palabras, más si su carácter fonético le da la estructura al propósito narrativo. Mediante los procesos sicológicos que todo lápiz humano atraviesa analizando su arte, vi cuán hondo caló en mí La guaracha, sembradía de ritmo y cadencia que cosecho tácitamente. Me es obligatoria la revisión del desarrollo de sus personajes, madurez que anhela mi tinta. Miro mucho a la guaracha, y la pareo con otras piezas que me encantan, como ‘Usmaíl’ (Pedro Juan Soto), ‘Seva’ (Luis López Nieves) y ‘Tercer Mundo’ (Pedro Cabiya). El poco pudor por esas realidades borincanas de hermosura agónica es clave para no regodear ante la feca. Lo pienso si me tocan textos relacionados a la (¿mal?) llamada ‘cultura urbana’ o de periodismo investigativo para audiencia popular. La guaracha te entrena para entretejer el entendimiento con el entretenimiento. En un poema de hace años luz digo: ‘Que el bolígrafo sea tu polígrafo’. Eso ‘Wico’ lo ‘MachoCamachó’ a la perfección: la pluma como arquitecta de verdades nacionales. Así pues, ¡nunca dejemos de guarachar con las letras!”
Manolo Núñez Negrón
“‘La guaracha del Macho Camacho’ es, sobre todo, una experiencia auditiva excepcional. Como todos los grandes textos: fue hecha para ser leída en voz alta. Su lectura produce más de una perplejidad: en el ámbito del lenguaje, encarna la fuerza de la oralidad caribeña, y en el de la tradición literaria, un momento de innovación radical en el estilo y la renovación de la prosa. En Luis Rafael Sánchez el idioma se acerca siempre a la música. Su fraseo es el sonido de Puerto Rico. A 50 años de su publicación, aquello que la hizo memorable sigue ahí, sin envejecer: esa ritualización del julepe, de la alegría nuestra que está acá en las Antillas, pero también la escenificación de la tragedia exuberante de un pueblo que padece su propia y compleja idiosincrasia. ¿A qué suena nuestra isla? Suena a la cadencia inteligente y gozosa inventada por un mulato de caserío que nos hereda, en su novela, un fulgor inmediato para todas las generaciones”.
