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«¿Tú también, América?»

Mientras Donald Trump asistía por primera vez como presidente a la cena de corresponsales de la Casa Blanca, Cole Thomas Allen, un desconocido profesor californiano, colocaba a la primera potencia del planeta al borde de la mayor polarización en décadas al perpetrar el cuarto … intento de asesinato contra Trump en menos de dos años y el primero con disparos siendo ya presidente. El ataque se saldó con su captura sin haber podido causar bajas (a pesar de haber disparado a un agente salvado por su chaleco) y una accidentada evacuación de la Administración estadounidense del Hotel Hilton de Washington, el mismo donde Ronald Reagan sufrió un atentado en 1981.
De haber cumplido su objetivo, Allen habría logrado el magnicidio más mediático de la historia: el asesinato del hombre más poderoso del mundo ante 2.600 invitados, incluyendo a cientos de corresponsales y diplomáticos de todo el mundo, la élite del país y miles de cámaras y móviles grabando desde todos los ángulos. Un crimen tan demoledor y en un momento tan delicado de nuestra historia (con la guerra de Irán desangrando la economía mundial, la transición de Venezuela aún en el aire, la guerra de Ucrania enquistada, una China en pleno ascenso y la amenaza de ruptura de la OTAN) que sus consecuencias se habrían expandido como un terremoto geopolítico por todo el mundo, alterándolo para siempre. Un brutal sacrificio ritual con el que Allen quería enterrar un tiempo y un mundo que odiaba y que de sus cenizas surgiera uno nuevo, acaso más caótico que en el que ya vivimos.

Sobrecogidos por los grandes leviatanes globales, solemos ignorar el papel de los individuos, pero, tal y como explico en mi último libro ‘El eje del mundo que viene: Cómo el Indo-Pacífico está transformando el orden global’ (Ariel), la historia nos demuestra una y otra vez que también se escribe con renglones de carne y hueso. Y es que las acciones individuales pueden romper hasta las predicciones más cuidadosas de los ‘think tanks’, recordándonos que la arquitectura global, con sus voluminosos tratados, sus alianzas militares y sus bloques económicos masivos, depende a menudo de la trayectoria de una sola bala, sumergiéndonos en un permanente océano de incertidumbre.

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Javier Ansorena

Pruebas sobran: el asesinato del archiduque Francisco Fernando en 1914 desató la Primera Guerra Mundial; la muerte de Isaac Rabin en 1995 a manos de un extremista judío enterró la esperanza de una paz entre Israel y Palestina hasta nuestros días; y en el 44 antes de Cristo un carismático populista enfrentado también a su ‘Deep State’ particular, el Senado romano, fue apuñalado en el magnicidio más clásico de todos los tiempos. Era Julio César, y de su sangre no vino la paz y la restauración de la República como, al igual que Allen, esperaban sus conspiradores, sino su fin definitivo, una guerra civil devastadora y el surgimiento de un Imperio romano más autocrático y expansionista todavía.
Hoy, incluso una región tan masiva como el Indo-Pacífico, que abarca dos tercios de la humanidad y engloba a ocho potencias nucleares, se ve sacudida también por individuos que, como Allen, amenazan con hacer saltar su estabilidad por los aires con el simple pulso de sus gatillos. Pero, al igual que en Roma, un acto de violencia salvaje que eliminara a Trump no devolvería al mundo a la «normalidad» de 2015, sino que lo lanzaría a un territorio aún más inexplorado y peligroso que el que vivimos, similar al caos poscesariano. Por eso, bien puede Trump parafrasear a César quien, según Suetonio, al ver a su hijo Bruto entre los conspiradores, lamentó la profunda traición, y expresar «tu quoque, América?» («¿tú también, América?)».

Juan Luis López Aranguren

Profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Zaragoza y autor de ‘El eje del mundo que viene’ (Ariel)

Publicado: abril 28, 2026, 12:45 am

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/juan-luis-lopez-aranguren-quoque-america-20260427035810-nt.html

Mientras Donald Trump asistía por primera vez como presidente a la cena de corresponsales de la Casa Blanca, Cole Thomas Allen, un desconocido profesor californiano, colocaba a la primera potencia del planeta al borde de la mayor polarización en décadas al perpetrar el cuarto intento de asesinato contra Trump en menos de dos años y el primero con disparos siendo ya presidente. El ataque se saldó con su captura sin haber podido causar bajas (a pesar de haber disparado a un agente salvado por su chaleco) y una accidentada evacuación de la Administración estadounidense del Hotel Hilton de Washington, el mismo donde Ronald Reagan sufrió un atentado en 1981.

De haber cumplido su objetivo, Allen habría logrado el magnicidio más mediático de la historia: el asesinato del hombre más poderoso del mundo ante 2.600 invitados, incluyendo a cientos de corresponsales y diplomáticos de todo el mundo, la élite del país y miles de cámaras y móviles grabando desde todos los ángulos. Un crimen tan demoledor y en un momento tan delicado de nuestra historia (con la guerra de Irán desangrando la economía mundial, la transición de Venezuela aún en el aire, la guerra de Ucrania enquistada, una China en pleno ascenso y la amenaza de ruptura de la OTAN) que sus consecuencias se habrían expandido como un terremoto geopolítico por todo el mundo, alterándolo para siempre. Un brutal sacrificio ritual con el que Allen quería enterrar un tiempo y un mundo que odiaba y que de sus cenizas surgiera uno nuevo, acaso más caótico que en el que ya vivimos.

Sobrecogidos por los grandes leviatanes globales, solemos ignorar el papel de los individuos, pero, tal y como explico en mi último libro ‘El eje del mundo que viene: Cómo el Indo-Pacífico está transformando el orden global’ (Ariel), la historia nos demuestra una y otra vez que también se escribe con renglones de carne y hueso. Y es que las acciones individuales pueden romper hasta las predicciones más cuidadosas de los ‘think tanks’, recordándonos que la arquitectura global, con sus voluminosos tratados, sus alianzas militares y sus bloques económicos masivos, depende a menudo de la trayectoria de una sola bala, sumergiéndonos en un permanente océano de incertidumbre.

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  • Javier Ansorena

Pruebas sobran: el asesinato del archiduque Francisco Fernando en 1914 desató la Primera Guerra Mundial; la muerte de Isaac Rabin en 1995 a manos de un extremista judío enterró la esperanza de una paz entre Israel y Palestina hasta nuestros días; y en el 44 antes de Cristo un carismático populista enfrentado también a su ‘Deep State’ particular, el Senado romano, fue apuñalado en el magnicidio más clásico de todos los tiempos. Era Julio César, y de su sangre no vino la paz y la restauración de la República como, al igual que Allen, esperaban sus conspiradores, sino su fin definitivo, una guerra civil devastadora y el surgimiento de un Imperio romano más autocrático y expansionista todavía.

Hoy, incluso una región tan masiva como el Indo-Pacífico, que abarca dos tercios de la humanidad y engloba a ocho potencias nucleares, se ve sacudida también por individuos que, como Allen, amenazan con hacer saltar su estabilidad por los aires con el simple pulso de sus gatillos. Pero, al igual que en Roma, un acto de violencia salvaje que eliminara a Trump no devolvería al mundo a la «normalidad» de 2015, sino que lo lanzaría a un territorio aún más inexplorado y peligroso que el que vivimos, similar al caos poscesariano. Por eso, bien puede Trump parafrasear a César quien, según Suetonio, al ver a su hijo Bruto entre los conspiradores, lamentó la profunda traición, y expresar «tu quoque, América?» («¿tú también, América?)».

Juan Luis López Aranguren

Profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Zaragoza y autor de ‘El eje del mundo que viene’ (Ariel)

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