Internacional - Colombia
Registro  /  Login

Portal de Negocios en Colombia

Macron, Sánchez y Albanese reclaman regular la IA para proteger a los menores y evitar los errores de las redes sociales

Mandatarios de tres continentes aunaron este martes sus voces en la sede de Naciones Unidas para exigir límites urgentes e internacionales al impacto de la inteligencia artificial (IA) sobre los menores, advirtiendo de que la comunidad global no puede permitirse repetir los errores de las redes sociales ni tardar una década en legislar.El foro de alto nivel ‘Protegiendo a los niños en la era de la IA’, celebrado en los márgenes de la Asamblea General de la ONU, congregó a líderes como Emmanuel Macron (Francia), Pedro Sánchez (España), Anthony Albanese (Australia) y William Ruto (Kenia), junto a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.Durante su intervención, Macron trazó un paralelismo directo con la eclosión de las redes sociales e insistió en que los gobiernos no pueden «tardar diez años» en actuar.»Durante diez años dejamos a nuestros niños y adolescentes evolucionar en un sistema que apenas dominábamos (…) y vimos aparecer una epidemia de trastornos psíquicos, problemas de salud mental y obesidad vinculados con absoluta claridad a estas prácticas», denunció el presidente galo.Macron alertó de que la tecnología ya está enraizada en la cotidianidad infantil: «Todos vuestros hijos y adolescentes que usan servicios de mensajería (como WhatsApp u otros) interactúan con chatbots de IA que imitan ser un amigo, les dan consejos, responden a sus ansiedades y, por tanto, tienen un impacto directo en su desarrollo».Ante este escenario, exigió que «ningún modelo de IA, por defecto, se ponga en manos de los niños antes de haber sido probado, evaluado y autorizado». Para avanzar en esta agenda, propuso fijar una cita de seguimiento durante el Foro de París sobre la Paz (10 y 11 de noviembre) que permita coordinar una metodología común, procesos y financiación.La cita contó también con la visión del sector y el director de asuntos globales de OpenAI, Chris Lehane, situó la IA a la altura histórica de invenciones como «la rueda, la imprenta, la electricidad y el transistor», remarcando que va más allá de las redes sociales.»Por esa misma razón, es fundamental que acertemos en esto, en particular cuando se trata de la infancia», afirmó Lehane, quien defendió la necesidad de instaurar controles estrictos de edad, límites de uso y herramientas adaptadas como su iniciativa ‘Chat for Teens’.Por su parte, Sánchez abrió su discurso evocando la película de ciencia ficción ‘2001: A Space Odyssey’, concretamente cuando la supercomputadora HAL 9000 se niega a abrir las compuertas de la cápsula y le dice al astronauta Dave Bowman: «Lo siento, Dave. Me temo que no puedo hacerlo».»Ahora nos toca a nosotros decir: ‘Lo siento, IA; me temo que no podemos permitirte eso'», sentenció el jefe del Ejecutivo español, subrayando que las máquinas deben servir a la humanidad y no al revés.Sánchez abogó por fijar una edad mínima obligatoria para el acceso a chatbots y alertó sobre la proliferación de material íntimo y pornográfico falso generado con IA, cuyas víctimas son mayoritariamente menores de edad.En una línea similar, el primer ministro australiano, Anthony Albanese, defendió verificaciones de edad contundentes y sacó a colación sus recientes contactos con gigantes tecnológicos, entre ellos Tim Cook, exconsejero delegado de Apple, para exigir rendición de cuentas a las plataformas.En tanto, Von der Leyen situó la protección de los menores en el entorno digital como una «responsabilidad ineludible» y una prioridad de soberanía regulatoria democrática.El consenso de estos líderes contrastó frontalmente con el discurso pronunciado ante la Asamblea General por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien rechazó tajantemente cualquier «esquema globalista» que pretenda intervenir o regular la tecnología, y anunció que la documentación oficial estadounidense sustituirá el término inteligencia artificial por el de «superinteligencia» (SI).El pulso internacional en torno a la IA se trasladará este miércoles al Consejo de Seguridad de la ONU. Bajo la presidencia del ministro francés de Exteriores, Jean-Noël Barrot, el órgano celebrará un debate formal sobre IA y seguridad internacional en el que se espera la participación del científico Yoshua Bengio y de los directores ejecutivos Sam Altman (OpenAI), Dario Amodei (Anthropic) y Clément Delangue (Hugging Face)

La paradoja de Trump en Venezuela: se llevó a Maduro pero mantuvo al régimen

Donald Trump acababa de sacar a Nicolás Maduro del poder cuando hizo algo incluso menos previsible que semejante operación: descartar de entrada a María Corina Machado. Apenas unas horas después de la captura, el 3 de enero, compareció en su mansión de Mar-a- … Lago y a efectos prácticos la apartó de la transición: «Creo que sería muy difícil que ella fuera la líder. No tiene el apoyo ni el respeto dentro del país. Es una mujer muy agradable, pero no tiene ese respeto».
La frase confundió sobre todo a una oposición venezolana que entonces estaba en estado de euforia por la captura del dictador. Machado había sido durante años su figura más reconocible, contaba con importantes aliados en Washington y su partido, con ella inhabilitada de forma arbitraria, había ganado con contundencia las últimas elecciones. Pero Trump acababa de dejar claro que derrocar a Maduro no significaba entregar inmediatamente el poder a quien había encabezado la lucha contra él. Era la primera señal de que la transición que preparaba Washington iba a ser muy distinta de la que muchos habían esperado.

Todo aquello resultaba especialmente extraño en una Administración cuya diplomacia estaba en manos de Marco Rubio, durante años uno de los principales defensores de Machado en Washington y que, siendo senador, había llegado incluso a promover su candidatura al Nobel de la Paz. Rubio se había consolidado ya como uno de los hombres fuertes del Gobierno: disciplinado y leal a Trump, capaz de acumular responsabilidades y, al mismo tiempo, con unas credenciales republicanas difíciles de cuestionar. Durante sus años en el Senado había hecho de la oposición a las dictaduras de América Latina una de sus principales señas de identidad.

Noticia relacionada

David Alandete

Y probablemente ningún dirigente de la oposición democrática venezolana había defendido con tanta vehemencia como Machado la necesidad de una política de máxima presión como la que Trump y Rubio acababan de llevar hasta sus últimas consecuencias. Durante años había reclamado sanciones contra el régimen y sus fuentes de financiación y sostenido que Maduro, protegido por un formidable aparato represivo y amparado por Cuba, Rusia e Irán, no abandonaría jamás voluntariamente el poder. En 2019 lo formuló sin demasiados rodeos: «Es evidente que no va a ceder el poder sino ante la amenaza real de una fuerza superior a la que ellos aplican».
Y, sin embargo, apenas consumada aquella operación, la prioridad de Washington pasó a ser otra. Desde entonces, en la Casa Blanca se vio a Trump oscilar entre un evidente afecto personal hacia Machado y la defensa de una transición que descansaba, al menos inicialmente, sobre Delcy Rodríguez y buena parte de las estructuras que habían sobrevivido a Maduro. En público podía elogiar a Machado; su Gobierno, mientras tanto, administraba con enorme cautela cualquier movimiento que pudiera alterar el entendimiento alcanzado en Caracas.

Entre el afecto y el distanciamiento calculado

La contradicción quedó especialmente visible en marzo. El día 6, Trump recibió por segunda vez a Machado en la Casa Blanca, en un encuentro reservado de unas dos horas al que asistieron también Rubio y Susie Wiles, la jefa de Gabinete. Machado insistió en algo que para ella resultaba evidente: debía regresar a su país. La respuesta que recibió fue que convenía esperar. La situación seguía siendo extremadamente delicada y Washington consideraba prioritario consolidar primero el nuevo equilibrio venezolano.

Newsletter

Apenas unos días después volvió a aparecer el otro Trump. Durante una cena en Doral, epicentro del exilio venezolano en Florida, llamó por teléfono a Machado y puso la conversación en altavoz ante varios de los presentes. La saludó con afecto: «Todo el mundo te ama aquí». Era una escena muy propia del presidente, especialmente receptivo al reconocimiento de figuras que, a su vez, gozan de prestigio entre sectores que considera próximos.

Existía una curiosa división de funciones. Trump podía seguir llamando en altavoz a Machado cuando le convenía y Rubio evitar con cara de circunstancias una ruptura pública con quien había sido durante años su aliada

Mientras tanto, desde otros niveles de la Administración comenzaban a llegar mensajes bastante menos amables. En julio, Axios recogió comentarios anónimos de altos cargos que describían los intentos de Machado de regresar después de los terremotos como «oportunismo político» y algo «grotesco». Uno sostenía que quería «una foto repartiendo nuestra ayuda»; otro la acusaba de intentar que la emergencia venezolana girara «en torno a ella». Eran valoraciones anónimas, no la posición pública expresada por Trump o Rubio, pero revelaban hasta qué punto existían reservas dentro del Gobierno sobre su regreso.
La división de funciones podía resultar desconcertante. Trump seguía expresando afecto por Machado y Rubio evitaba una ruptura pública con quien durante años había sido una de sus principales aliadas venezolanas, mientras otros funcionarios transmitían una posición mucho más severa. Uno resumió aquella incomodidad con una pregunta: «¿Pero ahora qué hacemos, instalarla nosotros?».
Machado nunca había pedido que Estados Unidos la instalara en ningún sitio. Tampoco reclamaba soldados ni protección norteamericana para regresar. Quería volver a su país y hacer lo que había hecho durante años, incluso en la clandestinidad y bajo persecución: recorrer Venezuela y ejercer allí su liderazgo político. La dificultad era otra. Su mera presencia podía alterar el delicado arreglo construido alrededor de Delcy Rodríguez precisamente cuando Washington comenzaba a obtener de aquel Gobierno resultados concretos en petróleo, seguridad, deportaciones e inteligencia.
En este juego de equívocos entraba y salía un viejo conocido de la oposición venezolana: Richard Grenell, amigo personal de Trump y uno de esos hombres a los que el presidente ha recurrido para misiones de todo tipo. Fue embajador en Alemania, director interino de Inteligencia y enviado para asuntos especialmente delicados, entre ellos Venezuela. Ya durante el primer mandato había abierto un canal propio con el chavismo: en septiembre de 2020 se reunió discretamente en México con Jorge Rodríguez, hermano de Delcy y uno de los principales jerarcas del régimen, en un contacto que cultivaría con el paso de los años.

El enviado especial de Trump, Richard Grenell, junto a Nicolás Maduro, en Caracas en enero de 2025. Al fondo, Jorge Rodríguez, hermano de Delcy.

(EFE)

La reentrada de Grenell en la crisis venezolana fue especialmente polémica en enero de 2025. Trump lo envió a Caracas días después de tomar posesión por segunda vez y entró en Miraflores para reunirse en persona con Maduro y Jorge Rodríguez. Salió de allí con seis estadounidenses liberados y un acuerdo para que el régimen aceptara vuelos de deportados desde Estados Unidos. La fotografía con Maduro causó malestar entre quienes esperaban que el regreso de Trump significara recuperar sin matices la política de máxima presión, embargos y sanciones.

Grenell había pedido a Machado una lista de diez presos políticos cuya liberación pudiera negociar con el régimen. Ella se negó a escoger solo diez

Grenell representaba otra sensibilidad y otras prioridades: hablar con quien tuviera el poder efectivo, aunque Washington no reconociera su legitimidad. Había hablado con Machado en varias ocasiones y, según fuentes consultadas entonces por ABC, ella estaba dispuesta a asumir incluso el riesgo de encontrarse con él en Caracas, a sabiendas de que el régimen podía detenerla. El encuentro nunca se produjo. Grenell no comunicó a Machado que finalmente no la vería hasta encontrarse ya en el aeropuerto, a punto de abandonar Venezuela. Ella quedó esperando y expuesta además al aparato de vigilancia del régimen que llevaba meses tratando de localizarla.
Las diferencias venían de antes. Grenell había pedido a Machado una lista de diez presos políticos cuya liberación pudiera negociar con el chavismo. Ella se negó a escoger sólo diez: reclamaba la liberación de todos. Para Machado, después del fraude electoral, las inhabilitaciones y la represión, no tenía sentido administrar pequeños gestos del régimen como si fueran avances reales hacia una transición. Para quienes defendían un enfoque más transaccional, aquello reforzaba la impresión de que su posición dejaba poco margen para una negociación que necesariamente tendría que hacerse, al menos durante algún tiempo, con partes del viejo poder.

El efecto bumerán contra Machado

La paradoja era considerable. La misma firmeza que durante años había convertido a Machado en la venezolana más próxima a la doctrina de máxima presión comenzaba ahora a convertirse en un problema para una estrategia estadounidense basada en negociar con algunos supervivientes del régimen. Grenell llevaba desde 2020 hablando con los hermanos Rodríguez; Machado llevaba esos mismos años y más sosteniendo que negociar indefinidamente con ellos sólo servía para prolongar la vida del sistema.
Como suele ocurrir en la segunda Administración Trump, hubo poco espacio para que esas diferencias internas se manifestaran abiertamente. Había figuras de las que cabía esperar una defensa más firme de Machado, empezando por Rubio, que durante años había sido uno de sus principales aliados en Washington. Pero la política oficial estaba ya fijada alrededor de una transición gradual y hubo muchas más filtraciones críticas contra Machado que voces dispuestas a discutir públicamente aquella estrategia, incluso después de que ella hiciera un gesto tan extraordinario como dedicarle el Nobel a Trump y acabar entregándole la propia medalla del premio.

Machado le entregó a Trump la medalla del Nobel de la Paz en su visita a la Casa Blanca en enero de 2026.

A ello se añadía la visión del aparato de inteligencia norteamericano. Después de la captura de Maduro, la pregunta inmediata no era solamente quién había ganado las elecciones, sino quién podía controlar de un día para otro las Fuerzas Armadas, los servicios de inteligencia, la policía, los ministerios, PDVSA y las demás estructuras del Estado. Machado poseía una legitimidad electoral considerable; Delcy Rodríguez y otros supervivientes del régimen conservaban buena parte de las palancas inmediatas del poder.
La mejor muestra de aquella prioridad llegó apenas dos semanas después de la caída de Maduro. El director de la CIA, John Ratcliffe, viajó a Caracas y mantuvo una reunión de unas dos horas con Rodríguez centrada en cooperación de inteligencia, estabilidad económica y seguridad. Era una señal inequívoca de con quién estaba construyendo Washington su relación inmediata dentro de Venezuela.

John Ratcliffe, director de la CIA, junto a Delcy Rodríguez en enero de este año.

En el fondo, habían cambiado las prioridades. Durante años, Washington había hablado de devolver Venezuela a la democracia. Tras la caída de Maduro, la urgencia era evitar un vacío de poder, mantener el Estado funcionando, asegurar el petróleo y conservar cierto control sobre los militares y los servicios de seguridad. Todo ello pesó, al menos inicialmente, tanto como la reclamación de entregar el poder a quienes Estados Unidos había reconocido como vencedores de las elecciones. Diosdado Cabello seguía dentro. Los hermanos Rodríguez también. Y alrededor del nuevo entramado económico comenzaban a reaparecer viejas figuras como Alejandro Betancourt.
Este empresario representaba bastante bien el tipo de intermediario capaz de sobrevivir a escenarios políticos muy distintos. Betancourt había construido una enorme fortuna durante los años del chavismo y, cuando necesitó abrir puertas en Estados Unidos, contrató a Rudy Giuliani, entonces abogado personal de Trump, que llegó a intervenir ante el Departamento de Justicia en relación con una investigación que le afectaba. También recurrió a Ballard Partners, una de las firmas de lobby mejor conectadas con el universo trumpista.

El empresario venezolano Alejandro Betancourt.

Cuando Washington rediseñó el negocio petrolero venezolano, Betancourt volvió a aparecer en el centro de la escena a través de NABEP. El contraste con Machado era evidente: mientras ella defendía una ruptura política con quienes habían administrado el chavismo, la nueva arquitectura económica estadounidense necesitaba interlocutores capaces de operar dentro de unas estructuras que habían sobrevivido a Maduro.
Fue en ese contexto cuando el regreso de Machado empezó a convertirse en una historia propia. Después de los terremotos de junio decidió que no podía continuar indefinidamente en el extranjero mientras Venezuela atravesaba una catástrofe y comenzó una sucesión de operaciones para volver. Fueron siete intentos. Unos llegaron más lejos que otros, algunos quedaron frustrados durante su preparación y otros se detuvieron cuando prácticamente estaban en marcha. La acumulación de obstáculos terminó componiendo su propia odisea.

Siete vías para regresar a Venezuela

El primero de aquellos intentos fue Curaçao. El 26 de junio Machado despegó de Virginia en un avión privado rumbo a la isla, desde donde pretendía continuar hacia Venezuela. Las autoridades neerlandesas habían autorizado inicialmente el aterrizaje creyendo que la operación contaba con el respaldo de Washington. Después de que desde Estados Unidos se aclarara que aquel regreso no formaba parte de la política de la Administración, el permiso quedó revocado. El aparato ya estaba en el aire y tuvo que regresar.
Dos días después lo intentó desde Panamá por una vía mucho más sencilla. Pretendía embarcar en un vuelo de Copa hacia Caracas. Tampoco pudo hacerlo. Después llegaron otros tres intentos, con distintas combinaciones por tierra, aire y mar, diseñadas para aproximarla a Venezuela sin depender de una entrada convencional por Maiquetía. Unas rutas se cerraron antes de comenzar; otras llegaron más lejos. Ninguna consiguió llevarla hasta su país.
La posición pública de Washington fue evolucionando mientras se acumulaban esos fracasos. Rubio y otros altos cargos sostuvieron después que Machado era libre de regresar. El 8 de julio fue el propio Trump quien negó que le estuviera impidiendo hacerlo. «Yo no le dije que no regresara. Creo que es una buena persona», dijo a periodistas a bordo del Air Force One. Aquella era desde entonces la posición pública de la Casa Blanca. Pero los obstáculos no desaparecieron.

La mujer a la que Washington había pedido durante años que resistiera a Maduro encontraba ahora, después de la caída del dictador, enormes dificultades para regresar a su propio país

Para septiembre habían fracasado ya cinco intentos. La operación Ítaca nació para intentar romper aquel laberinto. Panamá se convirtió en su base y el plan estaba mucho más avanzado que los anteriores. Una pequeña embarcación de recreo cruzó el Canal el 21 de septiembre y debía salir en la madrugada siguiente desde la vertiente caribeña. El viaje se presentaría como una travesía de varios días. Los trámites migratorios estaban completados y prácticamente todo dispuesto cuando la empresa que había facilitado el barco comunicó una inesperada avería.
La explicación oficial fue exactamente esa: un problema mecánico. El equipo que participaba en la operación habló con propietarios, responsables y autoridades, pero obtuvo siempre la misma respuesta. Entre algunos de quienes conocían los preparativos surgieron inevitablemente sospechas por el momento en que se produjo la avería, aunque no existía prueba alguna de que hubiera detrás algo distinto a lo que se les había comunicado. Lo único cierto era que la vía marítima desde Panamá acababa de venirse abajo apenas unas horas antes de zarpar.
Machado decidió no esperar. Si el barco no podía salir, había que acercarse de otra manera hasta la costa venezolana. En cuestión de horas se diseñaron dos alternativas sucesivas utilizando las islas neerlandesas situadas frente al país. La primera pasaba por Aruba. El plan era volar hasta la isla y completar desde allí por mar el último tramo hasta Venezuela. Tampoco pudo ejecutarse. El antecedente de junio y la sensibilidad de las autoridades neerlandesas ante cualquier operación relacionada con Machado pesaban sobre cualquier movimiento de ese tipo.
Cerrada Aruba, quedó todavía una última posibilidad: volver a Curaçao, precisamente la isla que había protagonizado el primer fracaso tres meses antes. Era el séptimo intento y, de algún modo, cerraba el círculo. Se estudió de nuevo una llegada por aire y una salida posterior por mar hacia Venezuela. Tampoco fue posible. Las puertas que se habían cerrado en junio seguían siendo difíciles de abrir en septiembre y la operación terminó descartándose.
Así, los dos últimos intentos, sexto y séptimo, acabaron respectivamente en Aruba y Curaçao. La operación Ítaca, concebida precisamente para reducir al mínimo las dependencias externas y recorrer en sentido inverso la ruta por la que Machado había escapado nueve meses antes, terminó sin que pudiera comenzar su última travesía.
Siete intentos, siete caminos y siempre el mismo resultado. No hay pruebas de una decisión coordinada para impedir que Machado vuelva ni de que los distintos obstáculos respondan a una causa común. Los episodios tuvieron naturalezas diferentes: permisos que no llegaron, rutas descartadas, decisiones de distintos gobiernos, problemas logísticos y finalmente una avería cuando una embarcación estaba preparada para salir. Pero para quienes han participado directamente en algunos de esos preparativos, la acumulación de adversidades resulta cada vez más difícil de contemplar como una simple sucesión de casualidades.
Hay además una imagen difícil de obviar. La mujer a la que Washington había pedido durante años que resistiera a Maduro consiguió salir clandestinamente de Venezuela cuando el dictador seguía en Miraflores y todo su aparato de seguridad la buscaba. Nueve meses después, con Maduro preso en Nueva York, ha intentado siete veces recorrer el camino inverso y no lo ha conseguido.
Todo esto tuvo además un efecto político sobre Machado. Hasta entonces había medido cada palabra para evitar una confrontación con Trump, el presidente que había llevado hasta el extremo la presión contra Maduro. Pero cada fracaso hacía más visible la distancia entre la transición que ella imaginaba y la que estaba construyendo Washington. Ya no se trataba solamente de cuándo regresaría, sino de qué tipo de Venezuela encontraría cuando finalmente pudiera hacerlo.
Para Trump, el problema empezaba a adquirir además una dimensión doméstica. Su apoyo entre algunos sectores hispanos se había deteriorado mientras las redadas migratorias del ICE alcanzaban lugares como Doral, epicentro del exilio venezolano y un importante vivero republicano. Entre algunos dirigentes de Florida aparecía la preocupación por el coste político de una situación difícil de explicar a una comunidad que había celebrado la captura de Maduro esperando que aquello desembocara rápidamente en un cambio completo de régimen.
El contraste se hacía todavía mayor mientras Delcy Rodríguez profundizaba su relación con Washington. La dirigente que había heredado el Gobierno de Maduro podía viajar a Nueva York y avanzar en un entendimiento construido alrededor del petróleo, la seguridad, las deportaciones y otros intereses compartidos. Machado, mientras tanto, seguía fuera después de siete intentos de regresar.
Eso deja a Trump ante una paradoja que se ha ido haciendo más visible con el paso de los meses. Capturó a Maduro, pero Delcy sigue gobernando. Diosdado Cabello conserva poder. Washington negocia petróleo y seguridad con estructuras y figuras procedentes del antiguo sistema. Y Machado, la dirigente que durante años había identificado su causa con la política de máxima presión estadounidense, continúa sin poder regresar a Venezuela.

Las prioridades de Donald Trump

Trump, en realidad, nunca ocultó del todo sus prioridades. Habló de liberar Venezuela y acabar con Maduro, pero desde el 3 de enero dejó claro que había mucho más en juego. En Mar-a-Lago anunció que las grandes petroleras estadounidenses entrarían en el país para reconstruir la industria. También habló abiertamente de la riqueza que Estados Unidos esperaba obtener del subsuelo venezolano y, pocos días después, anunció la entrega de decenas de millones de barriles para su venta bajo supervisión estadounidense.
La democracia estaba en el discurso, pero nunca fue la única prioridad. También estaban el petróleo, la reducción de la presencia rusa, china e iraní, la inmigración, el narcotráfico y la seguridad. Y había una idea de fondo: después de emplear un poder militar extraordinario para sacar a Maduro, Estados Unidos pretendía evitar que el día siguiente escapara de su control.
Ahí reside la paradoja de Trump en Venezuela. Durante años, Machado vio en la máxima presión el instrumento necesario para quebrar al régimen y abrir una transición democrática. Trump la concibió también como una herramienta para recuperar influencia, reforzar la seguridad estadounidense y rediseñar la relación económica con Venezuela. Ambos coincidían en sacar a Maduro. Nunca estuvo tan claro que compartieran la misma idea sobre lo que debía suceder después.
Nueve meses más tarde, Maduro está en Nueva York, Delcy Rodríguez gobierna en Caracas y María Corina Machado sigue fuera de Venezuela. Ha intentado regresar siete veces. Las dos últimas puertas fueron Aruba y Curaçao, dos pequeñas islas frente a la costa venezolana desde las que su país parece casi al alcance de la mano.
La última operación llevaba un nombre tomado de la vieja historia del regreso a casa: Ítaca. Por ahora, Ítaca sigue al otro lado del Caribe.

Odisea truncada de María Corina Machado: siete intentos para volver a Venezuela

María Corina Machado consiguió escapar de Nicolás Maduro, pero nueve meses después, con Maduro preso en Nueva York y buena parte del mundo que conoció entonces transformado, no ha conseguido regresar a Venezuela. Y según ha podido saber ABC y ha visto en primera persona … esta semana, lo ha intentado siete veces, por tierra, aire y mar, desde Estados Unidos, Panamá, islas del Caribe y otros lugares, mediante vuelos comerciales, aviones privados y embarcaciones preparadas para recorrer en sentido inverso la ruta por la que salió clandestinamente de su país. Todos los intentos han terminado de la misma manera.
El último fracaso se produjo este martes, cuando se cerró también la posibilidad de alcanzar Venezuela a través de dos de las islas neerlandesas del Caribe frente a Venezuela, Aruba y Curaçao. Era la alternativa improvisada después de que una supuesta avería frustrara, apenas unas horas antes, la salida por mar desde Panamá. Machado volvió así a quedarse a las puertas de su país. Su equipo había bautizado el plan como operación Ítaca, una referencia al regreso a casa después de una larga odisea. Pero Ítaca tendrá que esperar. La sucesión de averías, permisos retirados, rutas cerradas y obstáculos de última hora ha sido tal que, para varios testigos directos de este periplo, empieza a resultar difícil atribuirlo todo a una simple acumulación de coincidencias.

La paradoja resume buena parte de lo sucedido en Venezuela desde enero. Cuando Maduro seguía en Miraflores y todo su aparato de seguridad buscaba a Machado, ella consiguió abandonar clandestinamente el país, internarse de noche en el Caribe y alcanzar Curaçao. Ahora Maduro está encarcelado en Estados Unidos, pero la dirigente que encabezó la oposición y cuyo candidato ganó las elecciones de 2024 sigue sin encontrar una ruta que le permita volver. El hombre del que tuvo que escapar ya no está allí. Buena parte del sistema que construyó, sí.

Noticia relacionada

Javier Ansorena

Machado salió de Venezuela en la noche del 8 de diciembre de 2025, disfrazada, sin pasaporte y a bordo de una pequeña embarcación. Desde entonces ha recorrido medio mundo: Oslo, Roma, Washington, Santiago de Chile, Madrid y Panamá. Ha recibido el Nobel de la Paz, ha entrado dos veces en la Casa Blanca, ha visto caer a Maduro y ha asistido desde fuera a la transformación del régimen que combatió durante más de dos décadas. Sólo le ha faltado aquello que desde el principio había prometido hacer: regresar.
El aparato chavista conserva, pese a la caída de Maduro, buena parte del control de las fronteras y de los resortes de seguridad del Estado. A ello se añadió durante los primeros meses una considerable cautela internacional ante cualquier movimiento que pudiera alterar el delicado equilibrio establecido alrededor del Gobierno interino de Delcy Rodríguez. La posición pública de Washington, sin embargo, ha sido clara después. Marco Rubio y otros altos cargos sostuvieron que Machado podía regresar cuando quisiera y, el 8 de julio, el propio Trump negó que estuviera impidiendo su vuelta. «Yo no le dije que no regresara. Creo que es una buena persona», dijo a los periodistas a bordo del Air Force One después de la cumbre de la OTAN en Turquía.
Lo cierto es que las dificultades continuaron. Después de los terremotos del 24 de junio, Machado decidió que no podía seguir esperando indefinidamente fuera. Venezuela atravesaba una catástrofe, la oposición necesitaba reorganizarse y, a su juicio, la transición corría el riesgo de convertirse en una fórmula permanente que mantuviera en el poder a buena parte de quienes habían gobernado con Maduro. Comenzó entonces una sucesión de intentos para volver que ha terminado convirtiéndose en otra odisea.

Newsletter

El 26 de junio despegó de Virginia en un avión privado rumbo a Curaçao. Desde allí pretendía alcanzar Venezuela, previsiblemente por mar, del mismo modo en que había salido. Las autoridades neerlandesas habían autorizado inicialmente el aterrizaje. El permiso, sin embargo, fue retirado cuando el avión de Machado ya estaba en el aire y tuvo que regresar. Aquel episodio dejó además una dificultad añadida: cualquier nuevo intento de utilizar las islas neerlandesas quedaba desde entonces sometido a un escrutinio mucho mayor.
Dos días después volvió a intentarlo desde Panamá. El domingo 28 de junio trató de embarcar en un vuelo de Copa hacia Caracas, pero tampoco pudo subir al avión. Hubo después otros intentos, con distintas rutas y fórmulas, que tampoco llegaron a completarse. Unas alternativas se cerraron durante su preparación; otras no pasaron de sus últimas fases. Cada fracaso reducía las posibilidades disponibles y hacía necesario preparar el siguiente con mayor discreción.
Para cuando Machado regresó a Panamá en septiembre habían fracasado ya cinco fórmulas distintas. El sexto y el séptimo intento debían ser diferentes. No habría un vuelo directo a Venezuela y se intentaría reducir al mínimo el número de autorizaciones necesarias. Durante días, los detalles se mantuvieron compartimentados entre un grupo muy reducido. El punto de partida, la ruta y la hora se fueron comunicando sólo a quienes necesitaban conocerlos. Nueve meses después de escapar por el Caribe, Machado había decidido recorrer el camino inverso.
Panamá se convirtió en la base de la operación Ítaca. Una pequeña embarcación de recreo cruzó el Canal el 21 de septiembre y debía partir en la madrugada siguiente desde el Caribe. El viaje iba a presentarse como una travesía de varios días por aquellas aguas. Los trámites migratorios estaban hechos y prácticamente todo preparado cuando la empresa que había facilitado el barco comunicó una inesperada avería. El equipo habló con los propietarios, con las autoridades y con quienes habían intervenido en los preparativos. La explicación que recibieron fue siempre la misma: un problema mecánico impedía zarpar. Era el sexto intento frustrado.
Machado decidió no esperar. En cuestión de horas comenzó a prepararse una séptima alternativa: aproximarse por aire hasta una de las islas situadas frente a Venezuela y completar desde allí por mar la última etapa. Tampoco funcionó. El antecedente de Curaçao complicaba cualquier nueva operación y finalmente quedó descartada la posibilidad de volar a las islas. Era el séptimo fracaso.
Nadie ha aportado pruebas de que exista una decisión coordinada para impedir el regreso de Machado. Tampoco las hay de que todos estos episodios tengan una causa común. Pero la acumulación resulta llamativa para quienes han participado directamente en los preparativos: permisos que desaparecen, vuelos que no pueden realizarse, rutas que se cierran y, finalmente, una embarcación que queda inutilizada por una avería cuando estaba prácticamente lista para zarpar. Son hechos distintos y con explicaciones distintas. Juntos han producido siempre el mismo resultado.
Entre aquella primera travesía por el Caribe y este regreso frustrado han transcurrido apenas nueve meses, pero Venezuela ha cambiado de una manera que entonces parecía difícil de imaginar. Maduro está preso en Nueva York, Estados Unidos ha intervenido directamente en el país y la vieja retórica antiimperialista del chavismo prácticamente ha desaparecido de un Gobierno que ahora negocia con Washington petróleo, deportaciones, inteligencia y seguridad. Lo que no ha desaparecido es buena parte de la estructura que sostuvo durante años al régimen.
Diosdado Cabello continúa en el poder, parte del aparato represivo permanece intacto y muchos de quienes prosperaron durante el chavismo han encontrado acomodo en el nuevo escenario. Delcy Rodríguez ha demostrado una extraordinaria capacidad para ceder en casi todo aquello que Washington considera prioritario y conservar a cambio una parte esencial del poder. El gran acuerdo petrolero impulsado por Estados Unidos ha devuelto además al centro de la escena a figuras procedentes de la Venezuela chavista, entre ellas Alejandro Betancourt.
Es difícil encontrar nueve meses más intensos en la historia reciente de Venezuela. Y en el centro de toda esta saga sigue estando una dirigente política que pasó de ser inhabilitada y perseguida a recibir el Nobel de la Paz, para después contemplar desde el extranjero la caída del hombre que la obligó a esconderse sin que aquello abriera automáticamente las puertas para su regreso.
Cuando recibió el Nobel, Machado llevaba más de un año viviendo en la clandestinidad, perseguida por un aparato chavista cuyas distintas familias, enfrentadas por viejas rencillas y luchas internas, coincidían al menos en una cosa: su rechazo a quien se había convertido en el principal símbolo de una resistencia irreductible al régimen. Su carrera la había llevado de fundar Súmate y enfrentarse a Hugo Chávez en los años más duros de la revolución bolivariana a ocupar un escaño en la Asamblea Nacional, ser expulsada de ella, sufrir una inhabilitación política y finalmente ganar por una mayoría abrumadora las primarias de la oposición de 2023.
Durante 2024 recorrió Venezuela subida al techo de camionetas y automóviles, megáfono en mano y abriéndose paso entre multitudes. Vestida de blanco, cubierta a menudo con los rosarios que le entregaban sus seguidores, con la bandera venezolana en una mano, repetía de pueblo en pueblo que el cambio era posible, que Venezuela podía volver a ser libre y que había que vencer el miedo. Las caravanas improvisadas, las carreteras abarrotadas y la gente corriendo junto a los vehículos sólo para tocarla terminaron convirtiéndola en la principal amenaza electoral para el chavismo.
Maduro no quiso enfrentarse a ella en las urnas. El régimen la inhabilitó después de haber obtenido importantes concesiones de la Administración de Joe Biden, incluida la liberación de Alex Saab. Machado señaló entonces a la académica Corina Yoris para sustituirla y el chavismo tampoco permitió su inscripción. Al final aceptó a un diplomático discreto y prácticamente desconocido para el gran público, Edmundo González Urrutia.
También perdió contra él. Eso muestran las actas recopiladas y publicadas por la oposición y las conclusiones de observadores independientes como el Centro Carter. Tras las presidenciales del 28 de julio de 2024, el Consejo Nacional Electoral proclamó vencedor a Maduro sin publicar las actas que sustentaban el resultado. La oposición sí consiguió las suyas y mostraban una victoria contundente de González. Estados Unidos acabó reconociéndolo como presidente electo.
Maduro, sin embargo, siguió en Miraflores y la represión aumentó. Dirigentes de Vente Venezuela fueron detenidos, otros huyeron del país y varios de los colaboradores más cercanos de Machado tuvieron que refugiarse en la Embajada de Argentina en Caracas. Allí permanecieron durante 412 días bajo vigilancia constante de los servicios de seguridad. Machado también desapareció. Cambió de escondite, limitó sus movimientos y continuó dirigiendo desde la clandestinidad una organización que el régimen trataba de desmantelar.
Sólo volvió a dejarse ver el 9 de enero de 2025, cuando salió para encabezar una manifestación en Caracas, un día antes de que Maduro se juramentara. Después volvió a desaparecer. En mayo, sus colaboradores consiguieron abandonar la Embajada de Argentina en una misión clandestina bautizada como Operación Guacamaya. El régimen sostuvo que se había tratado de una negociación; Machado y Estados Unidos lo presentaron como una extracción. La respuesta fue otra oleada represiva y, semanas después, la detención de Juan Pablo Guanipa junto con decenas de dirigentes y colaboradores opositores.
Así transcurrió casi todo 2025, con Machado escondida en algún lugar de Venezuela, perseguida por un aparato de seguridad que no conseguía encontrarla y al frente de una estructura política que tampoco había conseguido destruir. Hasta que el 10 de octubre sonó el teléfono. Al otro lado estaba Jørgen Watne Frydnes, presidente del Comité Noruego del Nobel, para comunicarle que acababan de concederle el Premio Nobel de la Paz.
Para entonces había ya un nuevo inquilino en el Despacho Oval. Trump llevaba meses hablando abiertamente de su propia aspiración al Nobel y algunos de sus colaboradores habían hecho campaña públicamente por él. Cuando Oslo anunció a Machado, el director de Comunicaciones de la Casa Blanca, Steven Cheung, acusó al Comité de haber puesto «la política por encima de la paz». La reacción resultaba especialmente llamativa porque Machado había sido hasta entonces uno de los dirigentes venezolanos más próximos a Estados Unidos y había apostado buena parte de su estrategia internacional a la llegada de Trump.
Machado habló con el presidente aquel mismo día. Según relató después el propio Trump, ella le dijo que aceptaba el premio también en su honor. Pero el Nobel no terminó con la persecución ni solucionó el problema más inmediato. La nueva premio Nobel seguía escondida en Venezuela y no podía presentarse tranquilamente en Maiquetía con una maleta y tomar un avión a Oslo.
La operación para sacarla se preparó durante semanas. En diciembre abandonó su escondite disfrazada y llegó hasta la costa. Allí subió a una pequeña embarcación y se internó en el Caribe durante la noche. Navegaron con olas de hasta tres metros, sufrieron problemas mecánicos y dificultades con el sistema de navegación y durante horas existió incluso el riesgo de que las fuerzas estadounidenses desplegadas en la zona confundieran aquella pequeña embarcación con alguna de las lanchas utilizadas por narcotraficantes.
Finalmente consiguieron contactar con una embarcación de Grey Bull Rescue y Machado alcanzó Curaçao. Los contratiempos hicieron imposible llegar a Oslo a tiempo para la ceremonia y su hija tuvo que recibir el premio en su nombre. Machado llegó después. Pasadas las dos de la madrugada del 11 de diciembre apareció en el balcón del Grand Hotel ante los venezolanos que seguían esperándola y dejó allí una promesa: «Vine a recibir el premio en nombre del pueblo venezolano y lo llevaré de vuelta a Venezuela en el momento oportuno».
Apenas unas semanas después Estados Unidos intervino militarmente en Venezuela, capturó a Maduro y lo trasladó a Nueva York. Parecía el desenlace natural de aquella historia. Maduro había caído, la oposición había demostrado con sus actas que había ganado las elecciones y su principal dirigente acababa de recibir el Nobel de la Paz. Muchos asumieron que Machado podía regresar. No fue así.
Washington había derribado a Maduro, pero optó por conservar buena parte de las estructuras del Estado. La Casa Blanca temía que una ruptura inmediata deshiciera las Fuerzas Armadas, los servicios de seguridad, la Administración y la industria petrolera, provocando más violencia, caos y nuevas oleadas migratorias. Para mantener Venezuela funcionando, Trump recurrió a alguien que ya estaba dentro: Delcy Rodríguez.
La vicepresidenta de Maduro pasó a encabezar el Gobierno interino. Era una elección cargada de contradicciones. Durante años Washington la había sancionado como una de las figuras centrales del aparato chavista. Ahora se convertía en la pieza fundamental para conservar en pie buena parte del Estado mientras comenzaba su transformación. No se trataba de desmontar el chavismo de un día para otro, sino de evitar el vacío de poder y conducir una transición controlada.
Para Machado aquello planteaba una paradoja formidable. Estados Unidos había hecho lo que durante años parecía imposible, pero el poder no había pasado a quienes las actas de 2024 señalaban como vencedores de las elecciones. Decidió entonces llevar su batalla a Washington.
Machado entró en la Casa Blanca el 15 de enero. Allí entregó a Trump la medalla de oro que acompaña al Nobel, colocada en un gran marco dorado con una dedicatoria en la que agradecía su «extraordinario liderazgo». Recordó además el precedente histórico de la medalla con la imagen de George Washington que el marqués de Lafayette había entregado a Simón Bolívar. Trump aceptó el regalo, elogió a Machado y calificó el gesto como una muestra de «respeto mutuo». La estrategia estadounidense hacia Venezuela, sin embargo, siguió su curso.
Washington continuó trabajando con Delcy Rodríguez y Machado inició una campaña mucho menos vistosa que aquellas caravanas por Venezuela. Despachos, congresistas, senadores, funcionarios, asesores. Había que explicar una y otra vez que estabilidad y democracia no tenían por qué ser incompatibles y que una transición dirigida indefinidamente por quienes habían formado parte del chavismo podía terminar convirtiendo lo provisional en permanente.
Machado tenía los votos. Delcy tenía el Estado. Trump tenía la última palabra.
Hubo una segunda reunión con Trump el 6 de marzo, más reservada y sin la carga simbólica de la primera. Machado insistió en su intención de regresar. La situación venezolana seguía siendo extremadamente delicada y la prioridad de Washington continuaba siendo preservar la estabilidad de una transición que apenas comenzaba.
Para Machado, sin embargo, cada mes fuera del país tenía un coste. Había pasado años resistiendo dentro de Venezuela y ahora contemplaba desde el extranjero cómo se construía el nuevo orden posterior a Maduro. Empezó a viajar por Santiago de Chile, Washington, Madrid y otras capitales, reuniéndose con políticos, empresarios y diplomáticos. Cuanto más viajaba, más evidente resultaba el problema. Su liderazgo nunca se había construido en despachos de Washington ni en recepciones europeas, sino en las carreteras, pueblos y plazas de Venezuela.
Los terremotos del 24 de junio cambiaron finalmente la ecuación. Miles de muertos, ciudades golpeadas, hospitales desbordados y una respuesta del Estado que Machado consideraba insuficiente. Desde fuera contemplaba la mayor emergencia sufrida por Venezuela en años y decidió que ya no se trataba sólo de cuándo convenía políticamente regresar. Su país atravesaba una catástrofe y ella seguía a miles de kilómetros.
Comenzaron entonces los siete intentos que han terminado esta semana en Panamá. Cada fracaso hizo más difícil el siguiente y fue estrechando las rutas disponibles. No existe una explicación única para lo ocurrido: decisiones de distintos gobiernos, problemas logísticos, permisos que no llegaron, rutas que dejaron de ser viables y finalmente una avería cuando la embarcación estaba prácticamente preparada. La posición pública de Washington era que Machado podía regresar. La realidad es que, siete intentos después, todavía no lo ha conseguido.
El fracaso llega además cuando Delcy Rodríguez prepara un viaje a Nueva York durante la Asamblea General de Naciones Unidas. La dirigente que heredó el Gobierno de Maduro puede viajar a la ciudad en la que este permanece preso mientras profundiza una relación con Washington construida durante meses alrededor del petróleo, la seguridad y otros intereses compartidos. Machado, mientras tanto, no ha podido recorrer el camino contrario.
Nueve meses antes salió clandestinamente de Venezuela buscando fuera el apoyo necesario para cambiar su país. Desde entonces ha recibido el Nobel, ha visto caer a Maduro, ha entregado su medalla a Trump y ha tratado siete veces de regresar. La primera travesía pudo completarla cuando el chavismo la perseguía y Maduro seguía en Miraflores. La segunda, cuando Maduro ya no está allí, ni siquiera ha podido comenzar.
La operación se llamaba Ítaca porque debía terminar donde había empezado toda la historia. Por ahora, después de siete intentos, Ítaca sigue al otro lado del Caribe.

Marruecos vota entre la desafección juvenil y la sombra de Ceuta

Este miércoles, Marruecos vota en unas elecciones en las que la crisis de Ceuta resuena en la campaña electoral y donde, sobre todo, preocupa la baja participación que se espera.En Marruecos no hay encuestas. Esto explica por qué existe tanta … incertidumbre sobre el resultado y por qué buena parte de los comentarios políticos se centran en nombres como Fouzi Lekjaa, líder del Partido de la Autenticidad y la Modernidad (PAM), ministro delegado encargado del Presupuesto y presidente de la Federación Real Marroquí de Fútbol, o en el comportamiento de los grandes partidos, más que en porcentajes de intención de voto.

Los tres partidos que formaron la coalición de gobierno tras las últimas elecciones y que podrían repetir son la Agrupación Nacional de Independientes (RNI), el Partido de la Autenticidad y la Modernidad (PAM) e Istiqlal.

Noticia relacionada

Javier Ansorena

Habrá que ver qué ocurre con el partido islamista PJD (Partido de la Justicia y el Desarrollo), liderado por el exjefe de Gobierno Abdelilah Benkirane, que concurre a las elecciones con el objetivo de recuperar apoyos tras las drásticas pérdidas sufridas en 2021.
Los únicos datos con los que se cuenta son los relativos a la inscripción electoral: solo 15 millones de personas están registradas para votar en un país en el que se estima que más de 28 millones de ciudadanos tienen más de 18 años, la edad legal para ejercer el derecho al voto. Si bien los jóvenes de entre 18 y 24 años representan aproximadamente el 12% de la población, solo constituyen alrededor del 3% de los votantes registrados, según las cifras oficiales.
«Para participar hay que estar inscrito y la mayor parte del censo electoral tiene más de 35 años. Eso muestra la gran desafección de la juventud marroquí y el cuestionamiento que hace del modelo de desarrollo del país», explica el profesor Miguel Hernando de Larramendi.

Newsletter

El desempleo juvenil, la falta de oportunidades y el deseo de emigrar están en el centro del debate. Basta recordar las manifestaciones de hace justo un año, cuando miles de jóvenes se congregaron en las calles de todo el país bajo un mismo lema: «Queremos hospitales y no Mundiales».
Una situación que sacudió Marruecos y que ayuda a entender lo sucedido recientemente en Ceuta. La llegada de más de 72.000 personas, muchas de ellas menores, pero sobre todo jóvenes, puso en evidencia que la juventud marroquí estaba, y sigue estando, profundamente descontenta con la situación económica del país.
«El intento de salto masivo hacia Ceuta fue una nueva forma de protesta social en la que muchos ciudadanos demostraron su desvinculación física de la política marroquí», declaró a Reuters Mohamed Masbah, director del Instituto Marroquí de Análisis Político.

Desempleo juvenil, el gran reto

Marruecos se enfrenta a un grave problema de desempleo juvenil. El FMI estima que la tasa de paro se situó en el 13% en 2025, mientras que el desempleo entre los jóvenes de 15 a 24 años alcanzó el 37,3%. El organismo también estimó que cerca del 25% de los jóvenes ni estudiaba ni trabajaba.
«La mayor parte de los jóvenes piensa que su futuro está fuera de Marruecos, como acaba de evidenciar nuevamente la marcha hacia Ceuta de unas 70.000 personas a finales de julio. Esta convicción de que el futuro está fuera del país se ve reforzada periódicamente cuando surgen movimientos de protesta como el GENZ 212 en 2025», comenta para este periódico el experto en el mundo árabe e investigador del IESA-CSIC Thierry Desrues.
Un desinterés por unas elecciones que solo pueden cambiar parte del personal gubernamental y parlamentario, pero «sin alterar la jerarquía del poder, ya que el rey sigue siendo el único actor que marca las grandes orientaciones políticas del país», añade Desrues.

Consolidar el poder

Y es que, en el sistema marroquí, la monarquía conserva el control de la dirección política general del país. Esto se ha hecho especialmente visible en los últimos años, durante los cuales el Palacio ha consolidado su poder sobre carteras clave. Son los llamados «ministerios de soberanía», cuyos titulares son nombrados directamente por el rey. Es el caso de Exteriores, Interior, Justicia, Asuntos Religiosos y Defensa.
Por ello, las decisiones en materia de política exterior –como las relaciones con España o Israel, o los asuntos relacionados con la soberanía territorial, como el Sahara Occidental– son controladas directamente por el monarca, Mohamed VI.
En estas elecciones legislativas, que a diferencia de las de 2021 no coinciden con las elecciones comunales, se han presentado 27 partidos políticos que compiten por 395 escaños en la Cámara de Representantes.
La política electoral de Marruecos se desarrolla dentro del marco constitucional establecido en 2011. La Constitución define al país como una monarquía constitucional, democrática, parlamentaria y social. Según el artículo 47, el rey designa como jefe de Gobierno al dirigente del partido político que obtenga el mayor número de escaños en las elecciones.

«Si todo sale bien, la monarquía se lleva el mérito. Si las cosas salen mal, el Gobierno carga con la culpa»

«Quien no se presenta a estas elecciones es Aziz Ajanuch. Fue el gran señalado durante las movilizaciones del año pasado y su ausencia puede interpretarse como una muestra de que la gestión de su Gobierno no logró el respaldo esperado», apunta Hernando de Larramendi.
Esta reflexión resume una idea muy extendida en Marruecos: «Si todo sale bien, la monarquía se lleva el mérito. Si las cosas salen mal, el Gobierno carga con la culpa».
La votación de este miércoles es la cuarta desde que las protestas de la Primavera Árabe de 2011 llevaron a la monarquía a compartir más poder con el Parlamento. Sin embargo, con el paso de los años, el monarca ha vuelto a reforzar su posición, consolidando nuevamente el peso central de la Corona en el sistema político marroquí.

Rusia ha convertido sus escuelas en máquinas de adoctrinamiento

«¿Cómo te sentiste cuando cometiste tu primer asesinato?» le pregunta un alumno en el aula a un hombre con uniforme militar. El profesor interviene: «No se trata de asesinatos. Esto es la guerra». El oficial no se inmuta: «Es la destrucción de la fuerza … humana enemiga; disparas y no sabes si está muerto o herido. Solo con un lanzagranadas puedes estar seguro».
El diálogo tuvo lugar en octubre de 2024 en un aula 3.º de ESO en Vladímir, una ciudad a 200 km al este de Moscú. Formaba parte de una «Lección de coraje», un evento habitual en las escuelas de todo el país desde que Rusia invadió Ucrania. Las lecciones forman parte de un enorme programa de adoctrinamiento: Putin considera la batalla por las mentes de los niños un «nuevo frente». La «educación patriótica» se ha incorporado a los planes de estudio de escuelas y universidades. El 1 de septiembre se introdujo en las guarderías.

«Un sistema educativo soberano… es una cuestión absolutamente fundamental», declaró Putin en 2023. Hacer que la educación sea «soberana» ha supuesto recortar la autonomía de la que disfrutaban las escuelas rusas tras el colapso de la Unión Soviética. En 2022, Putin firmó una ley que imponía un «programa federal de formación», para que los ciudadanos «conozcan y respeten las hazañas militares y logros laborales de Rusia». Cada semana, alumnos de todas las edades se reúnen para participar en ‘Conversaciones sobre cosas importantes’. Los guiones los asigna el Ministerio de Educación. La mayoría trata sobre científicos, músicos, la naturaleza y el deporte rusos. Pero alrededor del 10% son de temática militar, entre ellos ‘Rusia: una nación de vencedores’ y ‘La reunificación de Crimea con Rusia’.

Newsletter

Se espera que los profesores de secundaria relacionen la guerra contra Ucrania con la Gran Guerra Patriótica, como los rusos denominan a la Segunda Guerra Mundial: «Una vez más, nuestro país debe defender no solo su integridad territorial y su soberanía, sino también los principios de un mundo multipolar». En el instituto deben culpar a «Occidente en su conjunto» de prolongar los combates al suministrar armas a Ucrania. Los soldados que visitan los centros comparten sus experiencias de combate y enseñan a pilotar drones. Este año, el Gobierno ha restablecido la asignatura de la era soviética denominada «Preparación Militar Inicial». «Pocos se la toman más en serio que la Educación Física», afirma un profesor.

Putin considera la batalla por las mentes de los niños un «nuevo frente»

Adoctrinamiento sin ideología

Los informes de medios de comunicación rusos independientes revelan que la mayoría de los alumnos se aburren con las clases. Los esfuerzos por reintroducir el adoctrinamiento al estilo soviético también están resucitando los hábitos soviéticos de evasión y sabotaje silencioso. Muchos padres permiten que sus hijos se salten las «Conversaciones sobre cosas importantes». Un abogado de los Urales que consiguió que su hijo quedara exento afirma que ningún alumno ha sido sancionado por faltar a ellas. Alumnos y profesores lo ven como una carga, dice María, profesora de química. Ella deja que sus alumnos utilicen el tiempo de clase para hacer los deberes.
Cuando los profesores claramente no creen en lo que dicen, el resultado no es fanatismo, sino una contradicción. «Los alumnos ven que mentir y fingir es una norma socialmente aceptada», afirma un padre de familia de los Urales. Los programas de adoctrinamiento se ven lastrados por la falta de una ideología coherente por parte del régimen, señala un psicólogo educativo de Krasnoyarsk. El «mundo ruso», una expresión que se utiliza a menudo en la propaganda del Kremlin, «no es una ideología, porque no tiene ningún objetivo».

Impulsar la masculinidad

Tomemos como ejemplo el Movimiento de los Primeros, un grupo juvenil patrocinado por el Estado creado en junio de 2022, destinado a imitar la organización de exploradores de la era soviética conocida como los Pioneros. Los Pioneros servían como etapa inicial del adoctrinamiento comunista. El Movimiento, por el contrario, es un simulacro. Sus responsables afirman que a menudo se sienten frustrados cuando los niños les preguntan cuál es el sentido del grupo. A diferencia del antiguo Komsomol (Liga Juvenil Comunista), no ofrece oportunidades de ascenso social, acceso a la universidad ni viajes al extranjero.
El Estado está tratando de compensar su falta de ideología fomentando la masculinidad. Yunarmiya, un grupo juvenil militar que enseña a los niños a marchar en formación a partir de los ocho años afirma tener dos millones de miembros. Dado que la inscripción requiere el consentimiento de los padres, sus reclutadores «tienen un éxito especial en los orfanatos», dice la psicóloga educativa.

Los reclutadores tienen «un éxito especial en los orfanatos»

Otros grupos patrióticos son privados. El centro infantil Sarma de Irkutsk, en el extremo oriental de Rusia, fue fundado por Sergei Terekhov, un veterano de las dos guerras de Chechenia. Enseña disciplina y habilidades militares a niños con problemas de conducta, a los que suelen traer sus padres. «Se lo metemos en la cabeza: aquí no eres Petya, Vasya ni Masha, eres una unidad militar», afirma el señor Terekhov.

Reducen las lenguas extranejeras

El esfuerzo por hacer que la educación sea «soberana» se produce a costa de una bajada del nivel. Los intercambios con el extranjero entre Rusia y Europa se han interrumpido prácticamente por completo (en parte debido a las sanciones europeas). El Bachillerato Internacional, una organización benéfica con sede en Ginebra que gestiona un plan de estudios internacional ampliamente reconocido, ha sido prohibida por considerarse una «organización indeseable». El estudio de lenguas extranjeras se ha reducido.
En su lugar, a partir del 1 de enero se añadirá una nueva asignatura: «Cultura espiritual y moral de Rusia». Su objetivo es transmitir los «valores tradicionales rusos» mediante el estudio de las vidas de rusos famosos, «incluidos los héroes de la operación militar especial» (es decir, la guerra contra Ucrania). El plan de estudios obligatorio de Historia se basará en un libro de texto plagado de errores escrito por Vladimir Medinsky, un colaborador del Sr. Putin, que califica a Ucrania de Estado artificial. Un próximo libro de texto de Ciencias Sociales será editado por Dmitry Medvedev, expresidente y ferviente partidario de la guerra, y se centrará más en la geopolítica y menos en las instituciones políticas. La guerra del Sr. Putin por las mentes de los niños está logrando, sobre todo, dañarlas.

El huracán Polo alcanza la categoría 5 frente a las costas de México con rachas de viento de hasta 325 kilómetros por hora

El huracán Polo, que ha alcanzado la madrugada de este martes la categoría 5, la máxima en la escala Saffir-Simpson, se desplaza lentamente frente a las costas del Pacífico mexicano, y mantiene el pronóstico de lluvias intensas en estados del occidente del país, según ha informado el Servicio Meteorológico Nacional (SMN). A las 09.00 horas (17.00 hora peninsular española), el centro del ciclón se localizaba sobre el océano Pacífico, a unos 335 kilómetros al sur de Zihuatanejo, en el estado de Guerrero, y a 550 kilómetros al sur-sureste de Manzanillo, Colima. Polo presenta vientos máximos sostenidos de 270 kilómetros por hora, rachas de hasta 325 kilómetros por hora y se desplaza hacia el norte a cuatro kilómetros por hora. El fenómeno ha alcanzado la máxima categoría después de intensificarse aceleradamente durante las últimas horas. Al mediodía del lunes era todavía un huracán categoría 1, con vientos sostenidos de 130 kilómetros por hora. El SMN, dependiente de la Comisión Nacional del Agua (Conagua), y el Centro Nacional de Huracanes (NHC, en inglés) de Estados Unidos mantienen una zona de vigilancia por vientos de tormenta tropical desde Tecpan de Galeana, Guerrero, hasta Manzanillo, Colima. Por su parte, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha afirmado este martes que, con la información disponible, no se prevé que Polo impacte directamente en tierra, sino que continúe bordeando las costas del Pacífico, y ha pedido a la población de Jalisco, Colima y Michoacán que se mantenga atenta a los avisos de Protección Civil ante las lluvias intensas. «Hasta el momento no se ve que vaya a entrar directamente a tierra», ha declarado. La amplia circulación de Polo provocará en las próximas horas lluvias intensas, de entre 75 y 150 milímetros, en Colima y zonas de Michoacán, Guerrero y Oaxaca, además de precipitaciones muy fuertes, de 50 a 75 milímetros, en el sur, suroeste y costa de Jalisco. También se esperan rachas de viento de entre 40 y 50 kilómetros por hora en las costas de Michoacán y Guerrero, y de hasta 60 kilómetros por hora en Jalisco y Colima. El huracán generará asimismo oleaje de entre cinco y seis metros en las costas de Michoacán y Guerrero; de dos a tres metros en Colima y Oaxaca, y de hasta 2,5 metros en Jalisco. Las autoridades han advertido que las precipitaciones asociadas al ciclón podrían provocar deslaves, aumento en los niveles de ríos y arroyos, desbordamientos e inundaciones en zonas bajas, por lo que han pedido a la población que siga los avisos del SMN y las recomendaciones de Protección Civil. Ante la intensidad del huracán, los gobiernos de los estados de Guerrero y Michoacán han suspendido sus clases el 22 y 23 de septiembre. Mientras que la Comisión Federal de Electricidad (CFE) ha dispuesto en puntos estratégicos a 1.320 trabajadores electricistas, 331 grúas, 445 vehículos ligeros, 1 vehículo de comunicaciones, 82 plantas de emergencia, 68 torres de iluminación y 1 helicóptero.