La memoria del coraje
Me pregunto cómo apreciarán los venezolanos del futuro el cúmulo de infortunios, adversidades y desafueros que nos ha tocado vivir durante los últimos años. ¿Cómo se enseñará en las escuelas del mañana la sucesión de duelos y batallas perdidas a las que hemos estado sometidos … desde comienzos del siglo?
La naturaleza es implacable, pero amoral. El choque repentino de placas tectónicas resulta un gran misterio y un desafío para la inteligencia; pero la gestión de los recursos para hacer frente a este tipo de contingencias entra dentro del territorio de los asuntos humanos.
Durante décadas, gobernantes fanáticos, viles e incompetentes anularon la posibilidad de respuesta frente a eventuales catástrofes, porque la corrupción organizada desvalijó los hospitales y abandonó a su suerte a los organismos de protección civil, despojándolos de recursos, herramientas e insumos. En medio del desastre, hombres y mujeres anónimos –sin equipamiento, sin instrucción en labores de rescate ni respaldo institucional– se sumergen entre los escombros para tratar de escuchar las voces que piden auxilio. La ciudadanía desesperada es la única que ha dicho «presente» en medio de la vorágine; la esperanza brota en cada murmullo distante y en cada rostro malherido, cubierto de cal.
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Ludmila Vinogradoff
La comunidad internacional ha sido más generosa y eficiente que el Estado fallido, acostumbrado a reprimir, pero incapaz de ofrecer soluciones a problemas reales y mucho menos frente a una hecatombe. Y no conforme con su inoperancia, la burocracia gubernamental se dedica a poner trabas al sentido común: pretende fiscalizar el altruismo e inventa trámites inútiles para contener a los grupos de voluntarios que solo pretenden ayudar.
La verdad objetiva es que los gritos de los supervivientes han sido ignorados por la revolución. La respuesta asertiva la han ofrecido los vecinos, los familiares angustiados, los caminantes, los topos extranjeros, los bomberos mal dotados y los funcionarios policiales de vocación que, ajenos a la militancia de sus cuerpos envilecidos, dignifican su profesión abocándose a las labores de salvamento. La ciudadanía activa ha sido la fuerza más eficaz para remover las placas enormes de concreto, porque los ingenieros del Ejército están agazapados a la espera, quizás, de una instrucción que los invite a reprimir a los rescatistas, acusándolos de traición a la patria.
Cuando nuestros nietos nos pregunten qué ocurrió en Venezuela en las primeras décadas del siglo XXI, o cuando los tesistas de las escuelas de Historia elaboren interpretaciones sociológicas sobre la (re)construcción de la nación durante los agitados años 2020, puede que la respuesta pase por hacer una justa y necesaria reivindicación de las voluntades individuales: del aporte genuino de los hombres y las mujeres que lo sacrificaron todo por un bien común y un sentimiento genuino del país, en detrimento de una revolución mediocre e indolente.
Y puede que, cuando el polvo se asiente, cuando los ancianos evoquen los trágicos sucesos que comenzaron la tarde del 24 de junio de 2026, a pesar del dolor por las pérdidas irreparables, lo que más sobresalga sea la memoria del coraje, la dignidad y la entereza de aquellos que removieron la tierra con sus manos, en una incesante defensa de la vida.
Eduardo Sánchez Rugeles
Escritor y guionista
Eduardo Sánchez Rugeles (1977, Caracas) es un escritor venezolano de tremendo arraigo entre la diáspora más joven. Es autor de Blue Label / Etiqueta Azul y Liubliana, novelas que abordan los procesos migratorios y la realidad sociopolítica del país caribeño.

