Las diferencias entre EE.UU. y Europa sobre Irán y el gasto militar marcan la cumbre de la OTAN en Turquía
La cumbre de la OTAN que comienza en Ankara este martes es probablemente la más imprevisible de los últimos años. Las presión del lado estadounidense para que los aliados europeos aumenten el gasto en defensa se da por descontada y, probablemente, dará lugar a momentos más o menos bruscos con países como España … , que mantiene una posición abiertamente reticente.
Sin embargo, lo esencial va a ser la actitud del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien viene a la capital turca con ganas de atacar a los países que considera que no se pusieron de su parte en su aventura en Irán y el estrecho de Ormuz. Trump ha dicho antes de partir que, si no fuera porque la invitación venía de parte del dirigente turco Recep Tayyip Erdogan, uno de sus mejores amigos ahora, ni siquiera habría participado.
En el último año, desde la anterior cumbre de La Haya en la que Trump impuso con calzador la cifra del objetivo del 5% del PIB en gasto militar, los europeos han asumido que Washington ya ha puesto en marcha su amenaza de retirar parte de su presencia militar en el continente. Ese es el símbolo más evidente de la creciente distancia entre las dos orillas del Atlántico.
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David Alandete
El secretario general de la OTAN, el holandés Mark Rutte, se ha visto respaldado hasta ahora en todas sus gestiones –a veces humillantes– para mantener a Trump en la órbita de la Alianza y ahora puede empezar a tener problemas con algunos gobiernos europeos que han decidido que ya no aguantan los ataques de la Casa Blanca. Las tensiones con la italiana Giorgia Meloni se han visto a la luz del día, así como las quejas del francés Emmanuel Macron de que la retirada de tropas estadounidenses se hace sin planificación ni consultas. Nunca antes se había acumulado tanta tensión antes de una cumbre de la OTAN.
El embajador de Estados Unidos en la organización, Matt Whitaker, ha declarado esta semana pasada que el encuentro «será realmente una medición del progreso respecto al compromiso acordado en La Haya». Además, subrayó que «el presidente Trump espera plenamente que todos los aliados den un paso al frente de inmediato, se encaminen hacia el 5% del PIB en defensa y lo hagan con urgencia». Y, respecto a la retirada de tropas y armas de Europa, insistía en que «Estados Unidos no se va a ninguna parte, pero tenemos responsabilidades globales» que obligarán a realizar un redespliegue que no estaría relacionado con el malestar de Trump con algunos países europeos. En este escenario, España puede ser el blanco de las críticas más severas por parte de Trump, como ya ha adelantado él mismo en los últimos meses.
«El presidente Trump espera plenamente que todos los aliados den un paso al frente de inmediato, se encaminen hacia el 5% del PIB en defensa y lo hagan con urgencia»
Matt Whitaker
Embajador de EE.UU. ante la OTAN
Los europeos en general no están en contra de aumentar sus gastos de defensa y la actitud de la Casa Blanca les impulsa claramente hacia la reducción de la dependencia de Estados Unidos. Todos coinciden en que en estos momentos, después de lo que se ha visto sobre el terreno en Ucrania, la OTAN debería pasar de una alianza centrada en la disuasión a otra capaz de sostener una economía de guerra si fuera necesario. Para los principales expertos, la capacidad de producción industrial de armamento será casi tan importante como el gasto militar. Pero por ahora, mucha de la tecnología esencial para hacer frente a los nuevos armamentos sigue dependiendo de Estados Unidos.
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Para tratar de hacerle agradable a Trump su participación en la reunión, Rutte ha adelantado que en Ankara se anunciarán contratos de defensa por valor de decenas de miles de millones de dólares, destinados a aumentar la capacidad industrial de los aliados, pero vinculados a la industria norteamericana, que es lo que le gusta escuchar a la Casa Blanca.
Para complacer a Trump, Rutte ha adelantado que en Turquía se anunciarán contratos de defensa multimillonarios vinculados a la industria de EE.UU.
Paradójicamente, la guerra de Ucrania, que es la razón y el destino de todo ese esfuerzo industrial, está cambiando las coordenadas estratégicas de la organización. Por un lado, Ucrania seguirá constituyendo el gran asunto y, aunque la guerra ya no monopoliza toda la agenda internacional, continúa siendo la prioridad militar de la OTAN. Para los europeos, ya no es solo importante garantizar un flujo estable de ayuda militar o mantener el mensaje de que el apoyo occidental continuará mientras sea necesario. Sobre todo, los europeos querrían que Trump abandonara formalmente su política de equidistancia entre el invasor y el invadido, que ha mantenido mientras intentaba construir por su cuenta una salida negociada. Sus intentos no han funcionado, pero tampoco se le ha visto poniendo todo el potencial estadounidense del lado de Kiev, más allá de autorizar que los europeos transfieran –pagando– armamento moderno.
Por el otro, los militares ucranianos han desarrollado unas capacidades extraordinarias en campos como el de los drones. Este era un asunto balbuceante al inicio del conflicto y Kiev mantiene ahora un dominio superior al de cualquier otro país. Para muchos europeos, si Ucrania fuera admitida en la OTAN, sería más un activo que una carga.
El peso cada vez mayor de Erdogan
Sin embargo, a Trump le gusta más el modelo turco. De hecho, la elección de Ankara como sede tiene un fuerte contenido político porque pone fin a un periodo de tensiones con Estados Unidos a causa de la compra de sistemas antiaéreos rusos S-400 para responder a las limitaciones impuestas desde Estados Unidos para venderle determinado material de alta tecnología. En ese ambiente, Turquía también ha logrado desarrollar su propia tecnología y sus drones han tenido un papel esencial en varios conflictos en la zona. Turquía controla el acceso al mar Negro, dispone del segundo ejército más numeroso de la OTAN y se ha convertido en un actor esencial entre Europa, Oriente Próximo y el Cáucaso. Ahora, las relaciones entre Erdogan y Trump atraviesan un momento de especial bonanza y es más que probable que el turco intente que se levanten las restricciones norteamericanas y que se le permita una mayor integración en los proyectos europeos de defensa.
El autócrata turco también espera que no se le mencionen las denuncias sobre el deterioro de las libertades públicas en Turquía. En vísperas de la cumbre se han criticado las restricciones a manifestaciones y la denegación de acreditaciones a algunos medios independientes. Como espera Erdogán, la mayoría de los gobiernos occidentales han optado por mantener estas cuestiones en un segundo plano para no entorpecer el desarrollo de la reunión.
Sin embargo, la cuestión que seguramente va a colarse en las discusiones será la situación en Oriente Próximo. En condiciones normales, los aliados debatirían cuestiones como la seguridad marítima en el golfo Pérsico o la protección de rutas energéticas, pero es muy probable que Trump lo convierta en una sucesión de reproches amargos hacia los europeos y estos –al menos en parte– aceleren las discrepancias.
Para los más optimistas, el choque podría convertirse en una ocasión para alentar a que Estados Unidos reafirme su apoyo a Ucrania. Y, para los más realistas, el objetivo puede ser más pragmático: demostrar que la Alianza es capaz de convertir los compromisos políticos adoptados en los últimos años en capacidades militares, industriales y financieras concretas.

