Diario de una mujer afgana, cinco años viviendo en la «cárcel» talibán: «No pienso sólo en lo que he perdido, sino en lo que todavía podría ser»
Cinco años han pasado desde que regresaran los talibanes al poder en Afganistán. Cinco años en los que la vida de los afganos cambió completamente, pero sobre toda la de las mujeres afganas, que han visto cómo sus derechos y libertades han ido desapareciendo en … un país, cuyo Gobierno, en opinión de las Naciones Unidas, está llevando a cabo un «apartheid de género» con un «sistema institucionalizado de discriminación, segregación y exclusión de las mujeres y las niñas».
Para entender un poco lo que es la vida de una mujer en el Afganistán talibán, ABC pidió a una de ellas -que ha preferido mantener el anonimato por miedo a las represalias- relatar cómo es un día en Kabul, la ciudad donde vive, y que califica como «la cárcel» de Afganistán.
Levantarse, vestirse, salir de casa, trabajar y dormir se han convertido en actos cotidianos marcados por el miedo y la necesidad constante de calcular los riesgos. «Después de tantos años de restricciones, elegir libremente ya sería un sueño», afirma esta joven de 21 años, que detalla cómo es vida a través de un diario compartido con este periódico.
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Carlota Pérez
06.45. Me despierto temprano. Pero antes de levantarme de la cama me quedo pensando si lo que estoy viviendo es un sueño o es la realidad. El insomnio y la hipervigilancia formar parte de mis mañanas desde hace cinco años. Lo primero que pienso es si lo que acabo de vivir ha sido una pesadilla o la realidad. A veces me despierto intentando entender dónde estoy. ¿Estoy a salvo?
Sarah (nombre ficticio) comienza el día intentando separar el presente de los recuerdos que todavía tiene de lo que era su vida antes del regreso de los talibanes al poder. Recuerda que estudiaba sus últimos cursos en el instituto y su idea era ingresar en la carrera de Medicina y especializarse en neurociencia. «Siempre me ha interesado el cerebro, por eso creo que ahora pienso tanto y le doy tantas vueltas a los que me pasa por la cabeza», explica a ABC.
07.00. Me levanto y durante un par de horas hago ejercicio en casa. El deporte es una de las pocas rutinas que me mantiene con cierta normalidad y hace que mi mente se despeje. Después me ducho y preparo el desayuno. Casi siempre son unos huevos revueltos con ‘naan’ (pan típico afgano).
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Esta rutina lleva a Sarah varias horas y lo hace siempre acompañada de música, pero siempre con auriculares y cantando muy bajito, susurrando, no vaya a ser que alguien le escuche. En Afganistán, hasta la música se ha convertido en un acto de desobediencia. Desde el regreso de los talibanes, las canciones han desaparecido de buena parte de las radios y televisiones y las autoridades han detenido a personas por reproducir música. Para las mujeres, las restricciones son todavía mayores: la normativa talibán prohíbe que canten en público o que sus voces puedan escucharse fuera de casa.
09:00. Llega la hora de preparase para salir. Cuando pienso en qué ponerme, no lo hago pensando en qué color puede combinar mejor, sino pensando en qué ropa sería más cómoda si tengo que correr o defenderme. Siempre es un hiyab negro y ropa que cubra completamente mi cuerpo. Lo que sí que llevo siempre son unas deportivas negras.
Desde el regreso de los talibanes, las autoridades exigen a las mujeres vestir de acuerdo con el hiyab impuesto por el régimen. La ropa debe cubrir el cuerpo y no revelar la figura y el rostro debe permanecer cubierto en los términos establecidos por las autoridades.
10.00. Salgo a la calle, pero sólo si es necesario. A comprar algo, hacer un recado o resolver una gestión. Camino deprisa. Evito las zonas donde sé que existe una fuerte presencia talibán. Hablo lo mínimo posible y estoy continuamente alerta de lo que pasa a mi alrededor. Lo más difícil es tener la sensación constante de que alguien te observa.
La presencia de un hombre de su familia modifica el trato que recibe. Cuando está sola, cada desplazamiento exige calcular itinerarios, tiempos y posibles controles. En Afganistán, un trayecto cotidiano puede convertirse en una operación que requiere planificación. Y todo cambia si te acompaña un varón. En el Afganistán de los talibanes, una mujer puede necesitar la compañía de un hombre de su familia para desplazarse. El régimen impone la figura del ‘mahram’, un acompañante masculino autorizado —como el marido, el padre, un hermano o un hijo adulto—, y las restricciones se extienden al transporte público y privado.
El día a día de las mujeres afganas: tapadas, con miedo y sin casi vida social .
(Afp/Ep)
12.00 horas. Comienzo a trabajar. Esta es una de las pocas formas que tengo para mantener una conexión con la vida que imaginé antes de agosto de 2021. Entonces tenía otros planes.
«En esa época recuerdo los uniformes escolares, los partidos de críquet entre compañeras, las competiciones deportivas y las conversaciones sobre los exámenes», relata a este diario. «Antes del regreso de los talibanes, pensábamos más en el próximo examen que en cualquier otra cosa».
Sarah quería ser neurocirujana. También comenzó a trabajar muy joven en una emisora de radio local y ahí descubrió que el periodismo podría convertirse en su otra vocación. La llamaron de Reino Unido, Francia, Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda, Malasia y Tailandia para que participara en programas internacionales y en becas de investigación. Nunca pudo viajar.
15.00 horas. La tarde transcurre entre obligaciones y trabajo. Como tengo responsabilidades familiares , dedico gran parte del tiempo a ello. Pero también estoy involucrada en proyectos de voluntariado, escribo e intento trabajar en proyectos creativos.
18.00 horas. Regreso a casa. La calle comienza a quedar atrás, pero el control no desaparece. Dentro del hogar también han cambiado las cosas. Algunos hombres de mi familia empezaron a ejercer un mayor control sobre las mujeres después de la llegada de los talibanes, convencidos de que el nuevo contexto legitimaba comportamientos que antes encontraban más límites.
La política terminó entrando en casa. Y la casa dejó de ser necesariamente un refugio.
Violencia familiar
En marzo de 2026, ONU Mujeres denunció que un nuevo decreto talibán permite que los maridos ejerzan violencia física contra sus esposas en el hogar como forma de castigo. Un código penal publicado este año establece que un marido que «golpee gravemente» a su esposa se enfrenta a una pena de 15 días de cárcel. En comparación, una persona declarada culpable de causar lesiones a otra persona en general podría ser condenada a seis meses.
21.00 horas. Llega el momento más complicado del día. La noche. Preparo la cena y trato de descansar. Pero la noche no significa necesariamente tranquilidad. Cuando las calles quedan en silencio, los pensamientos se hacen más fuertes. El sueño que debería ser un descanso, se ha convertido muchas veces en una fuente de ansiedad. A veces no solo soy incapaz de dormir. Tengo miedo de dormir. Hay noches en las que trabajo hasta que el cuerpo deja de responder y otras, simplemente permanezco despierta. Otras sigo estudiando en algún curso online.
Algunas chicas, decididas a seguir adelante con su educación, han encontrado maneras improvisadas de lograrlo. Han surgido escuelas clandestinas para chicas en todo el país, a menudo con apenas unas pocas docenas de alumnas y un tutor, escondidas en casas particulares. Otras han recurrido a las clases en línea, incluso con las interrupciones constantes de internet.
En este lustro han surgido escuelas clandestinas para chicas en todo el país, a menudo con apenas unas pocas docenas de alumnas y un tutor, escondidas en casas particulares
00.00 horas. Antes de cerrar los ojos, imagina la vida que podría haber tenido. Cómo habría sido asistir a aquella universidad. Trabajar sin tener que calcular cada desplazamiento. Elegir qué vestir sin preguntarme si podré correr. No pienso sólo en lo que he perdido, sino en lo que todavía podría ser.
Muchas son las restricciones que tienen las mujeres afganas .No se les permite la educación superior al sexto grado. Tampoco trabajar la mayoría de los lugares de trabajo ni el acceso a espacios públicos como parques, gimnasios y salones de belleza. No se les permite viajar largas distancias si no se va acompañado de un familiar varón ni salir de casa si no se va cubierto de pies a cabeza. Sin embargo, no quieren que su historia quede reducida a la de una víctima.
«No quiero que mi identidad está definida solo por las cosas que he sobrevivido. Quiero que me vean por todo lo que todavía soy capaz de hacer».
Porque, cinco años después, las mujeres afganas no solo cuentan lo que los talibanes les han quitado. También siguen esperando que algún día puedan decidir qué hacer con lo que todavía les queda.

