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Guerra en Irán, en directo | EEUU defiende el bloqueo contra Irán en Ormuz en medio de la incertidumbre sobre las negociaciones de paz

El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, defendió este lunes el bloqueo naval que el Comando Central mantiene desde hace más de 15 días contra los puertos de Irán, en medio de incertidumbre sobre el futuro de negociaciones de paz con Teherán. «El bloqueo no es un bloqueo contra el transporte marítimo, es un bloqueo contra el transporte iraní», dijo Rubio en una entrevista exclusiva con la cadena Fox News. «No puede ser que ellos (Irán) sean los únicos beneficiarios de un sistema ilegal, ilícito e injustificado de peaje y control en el estrecho de Ormuz», agregó Rubio, cuando fue preguntado sobre la estrategia de Estados Unidos de mantener bloqueados los puertos de la república Islámica. El embajador iraní ante la ONU, Amir Saeid Iravani, acusó este lunes a Estados Unidos de actuar como «piratas» y «terroristas» con el bloqueo naval ordenado por el presidente estadounidense, Donald Trump.Previamente, Irán había asegurado la posibilidad de entablar negociaciones con Estados Unidos, según afirmó este lunes el ministro iraní de Exteriores, Abás Araqchí, en declaraciones a la televisión rusa. «Es evidente que Irán se enfrenta a la mayor superpotencia mundial y ellos no han logrado ni uno solo de sus objetivos. Es por eso que él (Donald Trump) pide negociaciones y nosotros ahora estamos estudiando esa posibilidad», dijo. Este lunes, según el portal Axios, Irán habría presentado a Estados Unidos una nueva propuesta de negociación para reabrir el estrecho de Ormuz y poner fin a la guerra y, a la vez, posponer las negociaciones sobre el programa nuclear de Teherán para más adelante. El presidente Donald Trump ha dejado de opinar de la guerra en Irán, como lo hace usualmente en apariciones públicas y en redes sociales, desde el sábado por la noche cuando surgió un tiroteo en un hotel de Washington durante una cena de corresponsales de la Casa Blanca.

«¿Tú también, América?»

Mientras Donald Trump asistía por primera vez como presidente a la cena de corresponsales de la Casa Blanca, Cole Thomas Allen, un desconocido profesor californiano, colocaba a la primera potencia del planeta al borde de la mayor polarización en décadas al perpetrar el cuarto … intento de asesinato contra Trump en menos de dos años y el primero con disparos siendo ya presidente. El ataque se saldó con su captura sin haber podido causar bajas (a pesar de haber disparado a un agente salvado por su chaleco) y una accidentada evacuación de la Administración estadounidense del Hotel Hilton de Washington, el mismo donde Ronald Reagan sufrió un atentado en 1981.
De haber cumplido su objetivo, Allen habría logrado el magnicidio más mediático de la historia: el asesinato del hombre más poderoso del mundo ante 2.600 invitados, incluyendo a cientos de corresponsales y diplomáticos de todo el mundo, la élite del país y miles de cámaras y móviles grabando desde todos los ángulos. Un crimen tan demoledor y en un momento tan delicado de nuestra historia (con la guerra de Irán desangrando la economía mundial, la transición de Venezuela aún en el aire, la guerra de Ucrania enquistada, una China en pleno ascenso y la amenaza de ruptura de la OTAN) que sus consecuencias se habrían expandido como un terremoto geopolítico por todo el mundo, alterándolo para siempre. Un brutal sacrificio ritual con el que Allen quería enterrar un tiempo y un mundo que odiaba y que de sus cenizas surgiera uno nuevo, acaso más caótico que en el que ya vivimos.

Sobrecogidos por los grandes leviatanes globales, solemos ignorar el papel de los individuos, pero, tal y como explico en mi último libro ‘El eje del mundo que viene: Cómo el Indo-Pacífico está transformando el orden global’ (Ariel), la historia nos demuestra una y otra vez que también se escribe con renglones de carne y hueso. Y es que las acciones individuales pueden romper hasta las predicciones más cuidadosas de los ‘think tanks’, recordándonos que la arquitectura global, con sus voluminosos tratados, sus alianzas militares y sus bloques económicos masivos, depende a menudo de la trayectoria de una sola bala, sumergiéndonos en un permanente océano de incertidumbre.

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Javier Ansorena

Pruebas sobran: el asesinato del archiduque Francisco Fernando en 1914 desató la Primera Guerra Mundial; la muerte de Isaac Rabin en 1995 a manos de un extremista judío enterró la esperanza de una paz entre Israel y Palestina hasta nuestros días; y en el 44 antes de Cristo un carismático populista enfrentado también a su ‘Deep State’ particular, el Senado romano, fue apuñalado en el magnicidio más clásico de todos los tiempos. Era Julio César, y de su sangre no vino la paz y la restauración de la República como, al igual que Allen, esperaban sus conspiradores, sino su fin definitivo, una guerra civil devastadora y el surgimiento de un Imperio romano más autocrático y expansionista todavía.
Hoy, incluso una región tan masiva como el Indo-Pacífico, que abarca dos tercios de la humanidad y engloba a ocho potencias nucleares, se ve sacudida también por individuos que, como Allen, amenazan con hacer saltar su estabilidad por los aires con el simple pulso de sus gatillos. Pero, al igual que en Roma, un acto de violencia salvaje que eliminara a Trump no devolvería al mundo a la «normalidad» de 2015, sino que lo lanzaría a un territorio aún más inexplorado y peligroso que el que vivimos, similar al caos poscesariano. Por eso, bien puede Trump parafrasear a César quien, según Suetonio, al ver a su hijo Bruto entre los conspiradores, lamentó la profunda traición, y expresar «tu quoque, América?» («¿tú también, América?)».

Juan Luis López Aranguren

Profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Zaragoza y autor de ‘El eje del mundo que viene’ (Ariel)

Venenos sin antídoto por 300 euros: una red mortal se extiende por Europa desde Polonia

«Todo lo relacionado con la química es mi pasión y mis contactos comerciales me dan acceso a productos químicos únicos». Así se presentaba en internet, mostrando su entusiasmo por los venenos y su privilegiado acceso a los insumos, uno de los fabricantes … que han convertido los bebedizos tóxicos en una forma barata y accesible de asesinato en Polonia.
Se trata de una red ante la que las fuerzas del orden se muestran impotentes, porque los venenos que venden son capaces de matar lentamente, sin dejar rastro y sin antídoto. «Mis ofertas están dirigidas a clientes que buscan reactivos químicos inusuales, a menudo difíciles de encontrar, y más», seguía el anuncio que llamó la atención de un equipo de reporteros de investigación de ‘Polsat News’, que ha desvelado la existencia de un mercado negro que se extiende a través de las redes a toda Europa.

«Los traficantes admiten abiertamente que los venenos que venden están destinados a matar», afirma este medio polaco, que asegura que «hemos llegado a personas que valoran la vida humana en unos pocos cientos de zlotys e introducen impunemente sustancias venenosas en el mercado, sabiendo que están comerciando con algo que se supone que mata». El contacto con los vendedores es relativamente sencillo y sin demasiadas condiciones: «Contacto solo por correo electrónico. Las propuestas de reuniones y comportamientos similares son ignorados y bloqueados«, advierte la oferta.

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Álex Bustos

Una vez establecido el contacto, el individuo admite ante los periodistas que gana dinero con un procedimiento cruel. Vende venenos, más concretamente una toxina, cuyo nombre ‘Polsat’ ha decidido no hacer público, y denomina a su actividad «envenenamiento controlado». «Se usa principalmente para envenenamientos a largo plazo, que tiene lugar durante un largo proceso pero que terminan en muerte súbita, tras muchos meses. Al alterar la homeostasis celular y provocar una entrada incontrolada de calcio en las células, acaba gradualmente con el objeto biológico», explica fríamente el comerciante.
Una vez que un organismo se ha contaminado, no existen pruebas rápidas para detectar la toxina, que el vendedor aconseja añadir a cualquier bebida o comida. «La toxina que vendo tiene una concentración del 100%, así que es muy eficaz. No uses dosis superiores a 5 mililitros cada vez, ya que el objeto biológico experimentará síntomas de intoxicación y olerá un regusto metálico. Una jeringuilla viene incluida en el envío para la recogida conveniente del producto«, indica el vendedor para obtener un resultado que no pueda advertirse fácilmente.
«Da miedo que alguien pueda escribir en texto abierto para qué puede usarse esta sustancia», reconoce Marek Waszczewski, portavoz de la autoridad polaca de comercialización de medicamentos SIG. Además, confirma que no son sustancias prohibidas en Polonia porque se utilizan como reactivos químicos o en diversos procesos de la industria farmacéutica.
El vendedor asegura que la eficacia de su producto ha sido probada y garantiza efectos como insuficiencia renal, debilitamiento del sistema inmunitario y daños al sistema nervioso, que causan a su vez trastornos en las funciones cerebrales. La destrucción de los órganos se produce gradualmente y no disminuye ni siquiera hasta un mes después del fin del envenenamiento, debido a las características de la toxina. «El kit puede enviarse mañana por la mañana«, concluye la oferta.
Tras encargar este medio un análisis toxicológico del producto, el experto Jacek Rzepecki ha confirmado que se trata del segundo veneno más potente detectado en la naturaleza. Otros contactos ofrecen cianuro de potasio «importado desde África». «Después de 30 minutos duermes, sin dolor y en paz», promete por 1.200 zlotys (unos 282 euros).
Se sospecha que este mercado está detrás de casos como el de una mujer de 51 años de Lublin, envenenada por cuatro compañeros de trabajo de la Institución de Seguro Social. Se quejaba de dolores de cabeza que disminuían durante las vacaciones y, tras confirmarse el envenenamiento, está pendiente de juicio.

¿Por qué es tan antioccidental el islam chií?

El pulso diplomático y militar de Estados Unidos con Irán –y el paralelo de Israel con el Líbano– acapara desde hace meses la atención regional y mundial, y plantea entre otras cuestiones una de fondo: ¿qué ha ocurrido para que el islam chií, minoritario en … esa corriente religiosa y en su día más cercano a Occidente que el de la mayoría suní, se alce ahora como el gran enemigo del mundo occidental?
Visto en perspectiva, la situación de Irán bajo el régimen de los clérigos ayatolás y el del Líbano, ‘secuestrado’ desde hace muchos años por el movimiento político-militar chií de Hizbolá, es una rareza. El antiguo imperio persa estuvo más cerca de los europeos durante los siglos de dominio turco, y posteriormente bajo el régimen monárquico del sah, que ningún país árabe. Lo mismo ocurrió con el Líbano durante la dependencia de Francia. Irán es el país con más población musulmana chií del mundo, una minoría que a nivel mundial se estima en poco más del 10% del islam frente al 85% suní. En el Líbano ese porcentaje asciende tradicionalmente a un tercio.

Desde una perspectiva sociológica, el chiísmo presenta más similitudes con el cristianismo que el suní. Los chiíes –que se separaron en los albores del islam por una disputa sobre quién debía suceder a Mahoma– viven una religión que, a diferencia del islam suní, no desprecia el poder de la razón para profundizar en el dogma. No son radicalmente iconoclastas y practican la devoción a los santos como intermediarios, dos cuestiones que les convierten en herejes a los ojos de los suníes.
La otra cara de la moneda es el clericalismo, terreno abonado para el arraigo del actual régimen teocrático. El chiísmo cierra filas en torno a sus líderes religiosos, primero los imanes y –tras la muerte del duodécimo– los ayatolás. Esa falta de distinción entre lo que se debe a Dios y al César explica el poder de su casta clerical –los mulás, en el escalón más bajo–, y la permanencia del régimen creado en 1979 por el ayatolá Jomeini dado el dominio que tienen los religiosos chiíes en la sociedad rural.
En esa capa freática germinó el mensaje del ayatolá Jomeini contra la monarquía absoluta del sah de Persia. El enfrentamiento de Irán con Israel primero y luego contra Estados Unidos y Europa solo se entiende desde la figura antioccidental y casi feroz del ayatolá, convertido en Líder Supremo de un sistema teocrático levantado en cierta medida sobre sus traumas personales. Ya en su primera obra, escrita en 1942, Jomeini describía a los judíos como «agentes del dominio mundial», y calificaba a los hebreos como un «cáncer» que había que extirpar, de entrada con la eliminación del Estado de Israel.
Dada la simbiosis que facilita el chiísmo entre política y religión, el líder irani convirtió en oficial desde comienzos de los 80 la doctrina antisionista y anticristiana, pese a la paradoja de que Irán conserva una de las comunidades hebreas más antiguas del mundo. Desde entonces, el enemigo tradicional ya no es el mundo árabe suní –que en el pasado intentó muchas veces destruir ‘manu militari’ el chiísmo– sino el judaísmo internacional y Occidente.
De la costilla del Irán de Jomeini nació en 1982 el movimiento chií libanés Hizbolá. El ‘Partido de Dios’ fue la respuesta a la invasión israelí del sur del Líbano, en persecución de los milicianos palestinos de Arafat, por lo que ya desde su fundación fue un movimiento antiisraelí. Con los años, y la ayuda económica y militar de Irán, Hizbolá se convirtió en un ‘Estado dentro de un Estado’, subvirtiendo el delicado equilibrio de los tres tercios del Líbano: el cristiano, el musulmán suní y el musulmán chií. El movimiento, herido pero no acabado desde los bombardeos sistemáticos de Israel y el asesinato de su jerarqía, mantiene secuestrada a los chiíes del Líbano, y tiene en jaque al resto de su población árabe.

En Estados Unidos se está gestando una revuelta fiscal

A los estadounidenses se les enseña que su país se fundó como una revuelta contra los impuestos injustos, si bien los historiadores suelen argumentar que fue un proceso algo más complicado. Esa idea cobra mayor relevancia alrededor del 15 de abril, fecha límite para presentar … la declaración de la renta. Este año parece especialmente acertada. Si el lema del motín del té de Boston era «no hay tributación sin representación», el estado de ánimo actual en la política estadounidense podría resumirse eliminando la segunda parte de ese eslogan.
Tanto demócratas como republicanos parecen estar llegando a la conclusión de que gran parte de los estadounidenses no debería pagar prácticamente ningún impuesto sobre la renta. Para financiar el estado, muchos en la izquierda exprimirían a los pocos más ricos, mientras que muchos en la derecha gravarían a los extranjeros con aranceles. Es poco probable que ninguna de estas fuentes de ingresos cubra los gastos de Estados Unidos, por lo que el resultado serían déficits presupuestarios aún mayores.

La aversión de los republicanos a los impuestos es más antigua y conocida. La One Big Beautiful Bill del pasado año prorrogó las rebajas fiscales del primer mandato de Donald Trump que expiraban y añadió más concesiones, incluida la disposición de «no gravar las propinas», enormemente popular. Costará varios billones de dólares durante la próxima década. Mientras tanto, Trump ha recortado unos 25 000 empleados del Servicio de Impuestos Internos, lo que facilita a los ricos eludir el pago de tributos.

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Últimamente, los demócratas han comenzado a responder con la misma moneda. Los senadores Cory Booker y Chris Van Hollen dieron a conocer sus planes fiscales el mes pasado. Cada uno de ellos aumentaría drásticamente el número de estadounidenses que no pagan el impuesto federal sobre la renta.
El plan de Booker duplica con creces la deducción estándar libre de impuestos, hasta 37 500 dólares para los contribuyentes solteros y 75 000 dólares para las parejas casadas —una ventaja que se extiende a lo largo de la escala de ingresos hasta los más acomodados—. También propone una serie de desgravaciones fiscales dirigidas a los estadounidenses más pobres, junto con tipos más altos para los que más ganan con el fin de ayudar a financiarlas (véase el gráfico 1). Incluso tras esas compensaciones, los analistas independientes estiman que el coste ascendería a entre cinco y siete billones de dólares durante la próxima década, aproximadamente el doble que la iniciativa de Trump —Booker insiste en que obtendría el resto del dinero cerrando vacíos legales y gravando más a las empresas—.
El plan de Van Hollen tiene una estructura similar, pero un coste menos llamativo. Eliminaría el impuesto sobre la renta para los solteros que ganen menos de 46 000 dólares y las parejas que ganen menos de 92 000 dólares, antes de retirar de forma progresiva esas ventajas para las rentas más altas. Su plan prácticamente no tiene efecto sobre el déficit, pues esos recortes fiscales van acompañados de fuertes recargos para quienes ganen más de un millón de dólares al año.
Ninguna de las propuestas tiene posibilidades realistas de convertirse en ley a corto plazo porque los demócratas no controlan ninguna rama del gobierno federal. Sin embargo, sí indican la dirección que toma el partido. Tanto Booker como Van Hollen son aspirantes a la presidencia que no se andan con rodeos. El plan de Van Hollen en particular, con sus cifras menos fantasiosas, ha atraído a un amplio grupo de copatrocinadores tanto de la izquierda como del centro del partido.
Si los demócratas recuperaran el control tanto del congreso como de la Casa Blanca en 2028, incluso las rebajas fiscales de Van Hollen entrarían en conflicto con otras prioridades del partido. Sus 1,5 billones de dólares en subidas de impuestos progresivas podrían sustentar esas rebajas, pero dejarían poco margen para cualquier otra cosa, como revertir los recortes a la asistencia sanitaria y alimentaria de la ley fiscal de Trump —que costaría una cantidad similar— o reducir los aranceles —que podría costar aún más—. Los demócratas podrían tener que abandonar gran parte de su agenda de gasto o recurrir a opciones más radicales, como un impuesto sobre el patrimonio. Van Hollen respalda esta última opción. Es copatrocinador de un proyecto de ley de Elizabeth Warren, otra senadora demócrata, que impondría un impuesto anual del 2 % a las fortunas superiores a 50 millones de dólares.

No me pisotees

Desde cierto punto de vista, estas propuestas no difieren mucho de las clásicas ofertas demócratas: redistribuyen de los ricos al resto y añaden una pizca de gasto deficitario. Sin embargo, hay una diferencia. Cuando Joe Biden tuvo la oportunidad de gastar a lo grande, destinó el dinero a programas sociales y a la política industrial. En cambio, recortar los impuestos supone un cambio de rumbo. Grover Norquist, activista republicano y principal defensor de las rebajas fiscales en Estados Unidos, muestra cierta complacencia ante este giro, calificando el nuevo entusiasmo de los demócratas por los recortes fiscales como «un signo de debilidad» en su visión del mundo. ¿Qué ha cambiado?
Los demócratas en Washington suelen señalar dos cosas: la «crisis de la asequibilidad» y la inmensa popularidad de la «exención fiscal de las propinas». Los votantes, argumentan, están desesperados por recibir ayuda con el coste de la vida, a pesar de que el crecimiento de los salarios ha seguido el ritmo de los precios. La sencillez del mensaje de «no a los impuestos» ayuda a llegar incluso a los escépticos. Con Trump, que provoca el caos a diario en la Casa Blanca, no es momento de desdeñar ideas grandes, audaces y populares. Aun así, la «exención fiscal de las propinas» es una política relativamente barata, pues estas no generan tantos ingresos. Extender esa lógica a cada dólar ganado tiene un aire de «empollones que imitan a los deportistas», en palabras de un experto fiscal demócrata.
Una explicación más cínica es que, dado que la base del partido demócrata se ha ido enriqueciendo, se ha vuelto más difícil llegar a ella con la mayoría de las medidas de gasto social. El plan de Booker ofrece un aumento apreciable de los ingresos a quienes se encuentran en el quintil superior de la escala de ingresos, e incluso en el decil superior. Los más ricos, por supuesto, siguen viéndose afectados.
En un plano más profundo, el apoyo de los demócratas a las rebajas fiscales refleja el reconocimiento de que la desconfianza en el gobierno está muy extendida. Puede que el DOGE de Elon Musk fuera un proyecto republicano, pero la preocupación por el despilfarro del dinero de los contribuyentes, por que los ricos salgan impunes y por que las personas equivocadas estén al mando también es común en la izquierda.

Una oleada de localidades está impulsando exenciones del impuesto sobre la propiedad inmobiliaria para los jubilados

No es de extrañar que prácticamente cualquier propuesta para bajar los impuestos tenga buena acogida en las encuestas. Una reciente de The Economist/YouGov reveló que dos terceras partes de la población están a favor de los componentes principales del plan de Booker. Más notable aún es el desmoronamiento del consenso social en torno a los impuestos. La proporción de estadounidenses que consideran justos los impuestos sobre la renta que pagan se encuentra cerca del mínimo histórico, según Gallup, que lleva planteando esta pregunta desde 1997 (véase el gráfico 2). El único periodo comparable fue el final de la presidencia de Bill Clinton, cuando Estados Unidos registraba superávit presupuestario y podría decirse que sí tenía margen para bajar los impuestos. El entorno fiscal actual no podría ser más diferente.
Este descontento es notablemente generalizado. Tanto demócratas como republicanos piensan que pagan demasiados impuestos, al igual que ricos y pobres. Las encuestas de YouGov revelan que alrededor del 60 % de los estadounidenses de todos los niveles de renta piensan que pagan demasiados impuestos, a pesar de que se les aplican tipos impositivos muy diferentes.
Las cámaras legislativas estatales también están escuchando estas posturas. Muchas, alegando un fuerte crecimiento económico, han bajado los impuestos en los últimos años (véase el gráfico 3). El entusiasmo por ir más lejos y más rápido está aumentando, lo que hace que algunos observadores se muestren cautelosos. «La mayoría lo ha hecho de forma responsable hasta ahora», afirma Jared Walczak, del think-tank Tax Foundation. «Sin embargo, ahora corren el riesgo de extralimitarse y aplicar reducciones que no pueden permitirse».
Una oleada de localidades está impulsando exenciones del impuesto sobre la propiedad inmobiliaria para los jubilados: Florida está barajando la posibilidad de abolir por completo los impuestos sobre la propiedad no escolares y Ohio contempla una posible iniciativa legislativa para eliminarlos en todas sus formas. Por su parte, Keisha Lance Bottoms, candidata demócrata a gobernadora de Georgia, ha respaldado la eliminación del impuesto sobre la renta para los docentes y California se está planteando un impuesto sobre el patrimonio «puntual» del 5 % para los multimillonarios.
Sin duda, las ideas que tengan más éxito político entrarán en el debate nacional. Los políticos de ambos partidos parecen cada vez más dispuestos a complacer a una opinión pública que se está volviendo reacia a los impuestos. Sin embargo, con un abismal déficit presupuestario y una carga de deuda cada vez más pesada, Estados Unidos no puede permitirse una nueva revuelta fiscal.

Trump se agarra al 'rally around the flag' tras el tiroteo para elevar una popularidad dañada por la guerra, los precios y los roces en MAGA

«Vivimos en un mundo loco». Así reaccionó Donald Trump al tiroteo del pasado fin de semana en la cena anual de corresponsales en Washington, de la que tuvo que ser evacuado junto a su equipo más cercano tras la irrupción en una zona contigua de Cole Allen, detenido como el atacante. «Si echamos la vista atrás 20, 40, 100, 200 o 500 años, siempre ha estado ahí. Se asesina a gente. Hay gente que resulta herida», expuso Trump sobre el tema en una entrevista en la CBS, en la que además señaló al Partido Demócrata como elemento instigador de este tipo de acciones por su, dijo, «peligroso discurso de odio». Trump, que ya sufrió un intento de asesinato durante un mitin en 2024 y aseguró no estar «preocupado» por su integridad. Eso sí, la realidad es que afronta este hecho en un momento delicado de su presidencia.El presidente estadounidense está en sus horas más bajas, en sus momentos más complejos en la Casa Blanca, y lejos de los niveles de respaldo de su primer mandato. La mayoría de los promedios de encuestas sitúan su aprobación entre el 35% y el 40%, con niveles de desaprobación por lo tanto cercanos al 60%; son niveles que no se han visto desde que es presidente. Este descenso se vincula a preocupaciones persistentes sobre la inflación y el coste de la vida, así como al desgaste derivado de tensiones internacionales, sobre todo por la guerra en Irán y disputas políticas internas en el movimiento MAGA de cara a las elecciones de medio mandato del próximo mes de noviembre. En conjunto, estos datos muestran a un presidente con una base de apoyo aún sólida pero limitada, y con dificultades para ampliar su respaldo más allá de su electorado tradicional, y que según los expertos es el más radicalizado.Ahora, ¿pueden eventos como el tiroteo del pasado fin de semana hacerle resurgir y reforzarle en el corto y el medio plazo?Adrián Caballero, politólogo y profesor asociado en la Universidad Autónoma de Barcelona y director de Simple Política, explica a 20minutos que es importante hablar del llamado rally around the flag, que es el fenómeno por el cual el apoyo al líder o al Gobierno «se incrementa cuando se sufre un ataque exterior, es decir, esto puede ser un intento de asesinato sobre tu persona, puede ser un atentado terrorista en el país, puede ser incluso una guerra o incluso una pandemia». De hecho, Caballero pone ejemplos recientes con Boris Johnson en Reino Unido o Giusseppe Conte en Italia, que dispararon su popularidad durante el Covid. A Bush, recuerda, le pasó tras los atentados del 11-S. «Pero este es un efecto muy corto», concluye. En ese contexto, Caballero lo plantea de la siguiente forma: «¿Puede aumentar la popularidad de Trump el hecho de haber recibido un nuevo intento de asesinato o que alguien haya manifestado su intención de matarle? Sí, pero no creo que sea suficiente para contrarrestar el hecho de que la popularidad de Trump o su Administración está en horas bajas a nivel de opinión pública», esgrime el politólogo. «Es posible que haya un repunte [de aprobación] en los próximos días», asume, pero este caerán «en cuanto se vuelva a centrar la agenda mediática por ejemplo en la guerra en Irán».Para concluir, Caballero recuerda que «todos los elementos que hacen que la popularidad de Trump sea tan baja siguen ahí, y van a seguir ahí» por lo que ese efecto de apoyo durará «dos o tres ciclos de noticias, por así decir». El momento de optimismo ‘electoral’ por así decir es coyuntural, porque los efectos y sobre todo la fortaleza de la figura del presidente estadounidense no son los mismos que en 2020 o en 2024.Hay que tener en cuenta que Trump ya no es ese candidato que perdió o le robaron unas elecciones, según su narrativa, en 2020Por su parte, David Gómez, de El Orden Mundial, sostiene que el tiroteo y esa situación no es algo que vaya a beneficiar a Trump en términos de popularidad o de respaldo ciudadano. «No es el primer intento de este tipo por el que pasa» el presidente y «no es tan impactante» como el que sufrió en 2024. Además, el efecto del rally around the flag, que cree que hay que tomar como referencia para analizar el tema, igual que hace Caballero, «es cortoplacista», coincide Gómez.»Hay que tener en cuenta que Donald Trump ya no es ese candidato que perdió o le robaron unas elecciones, según su narrativa, en 2020. Ese candidato que había sido condenado por el Estado profundo y al que querían matar porque iba a devolver la grandeza a EEUU», explica el analista. Ahora la situación es diferente. «Ahora mismo es el presidente que ha metido a Estados Unidos en una guerra que la mayoría de su población no quería. Es el candidato o el presidente, mejor dicho, que está obstruyendo la publicación de los archivos de Epstein. No se percibe de la misma manera». Eso hace que, según Gómez, «ya no pueda capitalizar de la misma forma» este intento de asesinato, pero al mismo tiempo sí reconoce que Trump puede presentarse «como mártir» ante la población tras lo sucedido el fin de semana. «Primero ya ha vendido la idea de que solo intentan matar a aquellos presidentes que han sido verdaderamente importantes. Y en ese discurso estableció una conexión y un paralelismo con Abraham Lincoln, que es una referencia que usa constantemente para apelar a esa idea de que Trump, de que él mismo, es el continuador del legado de Lincoln dentro del Partido Republicano», resume.Pero matiza varios puntos en este sentido. Ni Trump es Lincoln, ni es Reagan, que también sufrió intentos de asesinato. El presidente estadounidense, concluye Gómez, sí va a insistir «en esa idea de postularse como un mártir y de presentarse a sí mismo como una víctima a la que persiguen por la importancia que tiene», pero ahora se encuentra con que «ya poca gente le cree».