En Houston cuesta recorrer un tramo de calle sin tropezarse con una campaña que lo ocupa hoy casi todo: la radio del coche, las pantallas y los anuncios en esas enormes autopistas en las que se pasan horas y horas al volante. Lo que está … en juego en esta batalla es uno de los dos escaños de Texas en el Senado de Estados Unidos, pero la guerra es mucho mayor. Para los republicanos supone defender una fortaleza que durante toda una generación pareció blindada. Para los demócratas, demostrar que su eterno avance en este estado puede desembocar por fin en algo que no consiguen desde 1994: ganar una elección estatal.
Treinta y dos años después, Texas conserva intacta buena parte de su estampa: las autopistas interminables, las iglesias gigantescas, las camionetas, las banderas. Lo que ha cambiado no está tanto en el paisaje como en el ánimo político. Por primera vez en mucho tiempo, los republicanos hacen campaña como si la derrota fuera una posibilidad real. Y eso, aquí, es toda una novedad.
Durante más de tres décadas, los demócratas han contemplado Texas como una puerta que siempre parece a punto de abrírseles y nunca termina de hacerlo. Cada elección trae una nueva teoría demográfica, un candidato prometedor, alguna encuesta inesperada, pero casi todas terminan igual: con los republicanos brindando con champán la noche electoral y Texas desmintiendo, una vez más, su anunciado giro a la izquierda.
Noticia relacionada
LA TERCERA
Eric-Clifford Graf
Esta vez, sin embargo, el viejo anhelo demócrata se apoya en algo más que expectativas. No porque Texas se haya vuelto ya demócrata, que aun no lo ha hecho, sino por la batalla por el escaño en el Senado que enfrenta al republicano Ken Paxton y al demócrata James Talarico, en una carrera empatada. Varias encuestas sitúan incluso a Talarico por delante, algo casi inaudito en un estado donde estas contiendas se daban por resueltas antes de empezar. Los principales sondeos electorales consideran ya «muy disputado» un escaño que hasta hace unos meses habría llevado automáticamente la etiqueta republicana. La señal quizá más reveladora es que Donald Trump se ha visto obligado a hacer campaña en Texas esta misma semana. En condiciones normales, ni siquiera habría hecho falta.
El nerviosismo se nota especialmente en Houston y sus enormes suburbios, una región de casi ocho millones de habitantes. Hace apenas unos días, Paxton reunió a varios cientos de simpatizantes en la Iglesia del Camino Bendito, en Cypress, al noroeste de la ciudad. Allí, acompañado por el senador Ted Cruz, reconoció ante los suyos algo que durante años habría parecido inconcebible. «Todas las encuestas están en el filo de la navaja. Esto lo decidirá quién salga a votar y nadie en esta sala puede quedarse en casa». Cruz fue aún más lejos: «Texas se ha convertido en un campo de batalla».
Y la batalla es cara, muy cara. Va camino de convertirse en la elección al Senado más costosa de la historia. A mediados de septiembre, campañas y grupos externos habían gastado ya 153 millones de dólares sólo en publicidad, y la consultora AdImpact calcula que la cifra puede alcanzar los 440 millones antes del 3 de noviembre, más del doble del anterior récord en Texas. «Es algo sin precedentes. Por momentos parece una campaña presidencial», resume Jason Tinel, profesor de la Universidad de Houston, ante la avalancha de anuncios.
Newsletter
El duelo enfrenta además a dos candidatos cargados de munición para el contrario. Talarico, de 37 años, antiguo profesor, legislador estatal y estudiante para ministro presbiteriano, arrastra un historial muy izquierdista en cuestiones culturales que ahora trata de matizar. En 2021 habló de «seis sexos biológicos» y defendió el género como un espectro. Este mismo mes rectificó: «No lo dije correctamente. No hay seis sexos, hay dos». También ha revisado su posición sobre los deportistas transgenero en categorías femeninas. Para los republicanos es oro electoral: Paxton lo llama «Jimmy el de los seis géneros» y lo presenta como un exponente de la izquierda woke que ahora se disfraza de moderado para ganar Texas.
Hasta la religión se ha convertido en campo de batalla. Talarico habla constantemente de Dios, del prójimo y de una fe cristiana que interpreta de manera muy distinta a los evangélicos que dominan buena parte del conservadurismo tejano. Pero en su haber está haber proclamado que «Dios no es binario» y que Jesús fue un «feminista radical». La campaña republicana ha convertido esas declaraciones en anuncios y llegó a utilizar inteligencia artificial para construir una versión digital de Talarico que recita esas mismas frases como si leyera una Biblia. El demócrata denuncia una manipulación destinada a poner palabras en su boca.
El republicano Ken Paxton, con Donald Trump.
El problema para los republicanos es que frente a ese historial de ocurrencias tienen a Paxton, que es un escándalo andante. A sus 63 años sigue siendo fiscal general de Texas y uno de los aliados más fieles de Trump, después de sobrevivir durante una década a episodios que habrían acabado con otras carreras políticas. En 2015 fue acusado de fraude de valores por supuestamente captar inversores para una empresa tecnológica sin revelar que recibiría una compensación. El caso se cerró en 2024 sin juicio, después de que aceptara pagar 271.000 dólares en penalización, realizar servicios comunitarios y recibir formación ética, sin admitir culpabilidad.
Más extraordinario fue lo ocurrido en 2023. La Cámara de Representantes de Texas, dominada por su propio partido, aprobó su «impeachment» o juicio político por acusaciones que incluían abuso de poder, soborno y utilización de su cargo para favorecer a un donante y amigo. Paxton quedó suspendido temporalmente como fiscal general, pero el Senado estatal lo absolvió y regresó al puesto. Durante aquel proceso apareció además una relación extramatrimonial que sus antiguos colaboradores dijeron que Paxton había reconocido ante ellos. Su esposa, Angela Paxton, también senadora estatal y presente durante el juicio político aunque sin derecho a votar, solicitó finalmente el divorcio en 2025 alegando adulterio. En Texas todo es grande, también los escándalos.
Los demócratas apenas necesitan adornarlo. Uno de sus anuncios más vistos recupera una grabación de Paxton llevándose una pluma Montblanc que otra persona había dejado junto a un detector de metales en un control de seguridad. El propietario, que no presentó cargos, aparece ahora apoyando a Talarico. El anuncio es casi demasiado fácil: «Vote por James Talarico, no le robará la pluma». La campaña demócrata intenta convertir así la elección en un referendo no sólo sobre las ideas de Paxton, sino también, sobre toso, sobre su carácter.
Trump, que es un animal político muy sagaz, conoce perfectamente el problema. Su apoyo fue decisivo para Paxton en las primarias, pero incluso el presidente ha reconocido públicamente que el candidato provoca rechazo entre algunos republicanos. Aun así, ha cerrado filas con él. La lógica es la misma que recorre ahora todo el partido en Texas: puede no gustarles Paxton, pero el precio de permitir que un demócrata ocupe ese escaño sería mucho mayor.
En realidad, esta elección nunca debería haber llegado a estar tan reñida. Los republicanos tenían un senador mucho más convencional en John Cornyn, veterano de Washington, antiguo número dos del partido en el Senado, formidable recaudador y durante años una figura electoralmente segura en Texas. Pero las primarias republicanas se convirtieron en una purga interna. Paxton, apoyado por Trump y por toda el ala trumpista, derrotó a Cornyn por 28 puntos. El partido eligió al candidato que mejor representaba a su base frente al que ofrecía menos riesgos en noviembre.
Ahora paga el precio de aquella decisión. Cornyn se ha distanciado de Paxton después de las primarias y Washington ha tenido que movilizar decenas de millones para defender un escaño que, con otro candidato republicano, probablemente no consumiría tantos recursos. Texas, que tradicionalmente sirve para recaudar dinero republicano destinado a batallas en otros lugares, se ha convertido esta vez en uno de los sitios donde hay que gastarlo, y eso es fuente de gran preocupación.
La estrategia de Talarico pasa por Houston y, sobre todo, por movilizar aquí el voto negro. No basta con ganarlo ampliamente: necesita llevar a las urnas a un electorado que tradicionalmente participa menos. De ahí sus visitas a iglesias, negocios y restaurantes de barrios afroamericanos. En Mikki’s Soul Food Cafe, un clásico de comida sureña, todavía recuerdan al candidato haciendo cola para pedir pollo con salsa, dos acompañamientos y postre antes de sentarse a escuchar a los clientes entre el trajín del comedor. Parece una escena de manual de campaña, pero responde a una necesidad matemática: sin una gran movilización negra en Houston y otras ciudades, los números simplemente no le salen.
La tarea se complicó después de las primarias. Talarico derrotó a Jasmine Crockett, una congresista negra de izquierda abiertamente radical con una base muy movilizada, y tuvo que recomponer después parte de aquella alianza. Algunos dirigentes negros le reprocharon que escuchaba mucho pero hacía poco. La profesora Juli McShay se lo dijo directamente durante un encuentro en Houston: «Dices una cosa, pero estamos esperando la acción». Talarico respondió pidiendo dos cosas aparentemente contradictorias: «Paciencia y urgencia».
Movilizar al electorado fiel
Desde entonces ha puesto dinero a trabajar por esa estrategia. Su campaña anunció una inversión de 25 millones de dólares para llegar al electorado negro, contrató estrategas y empresas afroamericanas y multiplicó las visitas a iglesias, negocios y actos comunitarios. En una elección que puede decidirse por unas décimas, movilizar a quienes ya están convencidos puede ser tan importante como persuadir a los indecisos.
La gran incógnita son los hispanos. Durante años, los demócratas confiaron en una aritmética que parecía inevitable: cuanto más hispano fuera Texas, más demócrata sería. Hoy representan ya alrededor del 41% de la población. Pero Trump desmontó aquella teoría en 2024, sobre todo en el sur y en los condados fronterizos, avanzando con fuerza entre hispanos de clase trabajadora atraídos por su discurso sobre inmigración, economía y valores culturales. La paradoja es que el cambio demográfico que debía teñir Texas de color demócrata acabó, en algunos lugares, reforzando a los republicanos en general y a Trump en especial.
Talarico necesita recuperar parte de ese terreno sin perder al votante blanco moderado cansado de Paxton. Su compleja coalición exige varias cosas a la vez, un verdadero equilibrismo político: una participación negra muy alta, buenos márgenes entre los hispanos, las grandes ciudades volcadas y suficientes independientes y republicanos moderados dispuestos a cruzar la línea que separa a los dos partidos. Paxton tiene una tarea aparentemente más sencilla: conseguir que quienes llevan décadas votando republicano vuelvan a hacerlo una vez más tapándose la nariz si hace falta.
Hay otro problema para los republicanos algo más abajo en la papeleta, en una elección en apariencia menor para la Comisión Ferroviaria, que pese al nombre regula el poderoso sector del petróleo y el gas. El candidato del partido, Bo French, publicó una fotografía de estudiantes, muchos de origen asiático, celebrando una victoria deportiva de un equipo de la Universidad de Texas y afirmó que mostraba cuántos estadounidenses habían sido «desplazados por extranjeros». Dos de los jóvenes eran ciudadanos estadounidenses.
Tampoco era un desliz aislado. French acumula publicaciones abiertamente hostiles a musulmanes, judíos, homosexuales y asiáticos, y llegó a pedir «reunir a todos los chinos y mandarlos de vuelta». Algunos dirigentes republicanos ya lo habían combatido durante las primarias, pero una vez ganó cerraron filas alrededor de su candidatura.
Esta vez, sin embargo, algunos republicanos han dibujado una línea. John Cornyn, el senador saliente derrotado por Paxton en las primarias, ha dicho que no votará por French. Más significativo aún, Karl Rove, arquitecto de las victorias de George W. Bush y de la transformación de Texas en fortaleza republicana, un mito republicano en este estado, ha anunciado que votará por el demócrata Jon Rosenthal. Será la primera vez en tres décadas que niegue su voto al candidato republicano en una contienda de este tipo.
Todos son vientos a favor, pero lo cierto es que los demócratas ya han creído antes que Texas estaba a punto de cambiar. Beto O’Rourke llenó auditorios, recaudó fortunas y convirtió el estado durante unos meses en el centro de la política estadounidense en 2018. Perdió contra el hoy senador Ted Cruz por apenas 2,6 puntos. Texas ha enterrado demasiadas veces esas expectativas como para dar nada por hecho.