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Lorent Saleh: «En 'La tumba' no hay día ni noche, es un limbo donde te desconectan»

Lorent Saleh, activista y defensor de derechos humanos, sobrevivió a cuatro años en las entrañas del sistema represivo venezolano. Su cautiverio coincidió con la etapa en la que el general Miguel Rodríguez Torres comandaba el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin). Fue … encarcelado y sometido a torturas, tiempo durante el cual intentó quitarse la vida. En 2017, aún privado de libertad, el Parlamento Europeo le otorgó el Premio Sájarov. Un año después, en octubre de 2018, fue desterrado a España.
Saleh es incapaz de recrear la rutina de un día cualquiera en ‘La tumba’, situada cinco pisos bajo tierra, en la sede del Sebin, porque allí «no hay día, no hay noche, no hay número», relata. Sin ventanas y bajo la tiranía de una luz artificial blanca encendida las 24 horas, «estás como en un limbo y justamente eso es el aislamiento celular; llevarte a un punto en el que te desconectan. No sabes si dormiste una hora, un minuto o diez horas. No tienes comunicación con nada, simplemente estás en un limbo».
Para él, la única referencia temporal era la llegada de la comida. Sin embargo, esta tampoco ofrecía variaciones que permitieran distinguir un lunes de un domingo: «Siempre es lo mismo, un arroz con pollo». En ese aislamiento se perfecciona la ‘tortura blanca’, un mecanismo diseñado meticulosamente para «herir sin sangre» y no dejar rastros forenses que sirvan de denuncia. Saleh describe la agresión sensorial como «una luz intensa prolongada que no importa si cierras los ojos, está ahí y te presiona». A esto se suma el sonido constante, como el de «un taladro que te aturde», y «el simple hecho de no saber qué van a hacer contigo representa una amenaza constante», que no permite encontrar tranquilidad.

La manipulación de la temperatura en las celdas de tres por dos metros era otra arma habitual. Los custodios alteraban el termostato buscando quebrar la resistencia física. «Con la temperatura juegan contigo», explica. «Si la suben, te empiezas a mover porque no puedes respirar. Si la bajan, terminas acurrucado en una esquina, doblado, tratando de mantener algo de calor mientras el frío te aprieta los huesos».
Su traslado posterior al fatídico Helicoide reveló la otra cara del sistema. Saleh establece una comparación arquitectónica y social entre ambos centros: «’La tumba’ y el Helicoide eran completamente distintos, como un minimalismo absoluto y un barroco caribeño». Si ‘La tumba’ es la tecnología aséptica del silencio, el Helicoide es el caos, la suciedad y el hacinamiento. «En una estás solo, aislado; en la otra encerrado en una celda, pero podías escuchar a centenares que gritaban por los pasillos; ahí lo peor es escuchar la tortura a otras personas».

«En ‘La tumba’ estás aislado; en el Helicoide podías escuchar a centenares que gritaban por los pasillos; ahí lo peor es escuchar la tortura a otras personas»

Lorent Saleh
Activista y ex preso político venezolano

Saleh introduce un matiz fundamental sobre la naturaleza del encierro: los detenidos no son presos, son «rehenes a merced de los custodios». «No hay normas, no hay reglas», asegura. El trato depende de una clasificación perversa basada en la importancia política o la capacidad económica. «Es un sistema completamente corrupto, sin decencia ni ética». Los custodios, a quienes describe como parte de una «tribu» atrapada en esa realidad, tienen licencia para torturar, pero su motivación a menudo es el lucro. «Tienen la necesidad de sacarle dinero y exprimir al detenido y a su familia. Su principal objetivo no es ideológico, sino económico».

Intento de suicidio

Fue en ese contexto de indefensión donde el suicidio apareció como una herramienta política. «Lo único que tienes para arrojar es tu propia vida». Así podía utilizar su existencia para medir la disposición del régimen: «Si no están dispuestos a matarte porque hay presión afuera, ya tienes cómo presionar ahí adentro. Si me mato aquí, tú terminas aquí encerrado», recuerda, pensando en los guardias a los que castigarían si el joven al que debían custodiar dejaba de respirar.
Desde el exilio, Saleh observa con escepticismo y rabia los movimientos geopolíticos actuales. Su crítica a la figura del expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero no da lugar a dudas. «Todos sabemos que es un operador político a favor de los hermanos Rodríguez», afirma, refiriéndose a la cúpula del poder en Venezuela. «Él solo ayuda a los chavistas corruptos, a esos generales millonarios, a la oligarquía. No atiende al venezolano humilde».

«Todos sabemos que [Rodríguez Zapatero] es un operador político a favor de los hermanos Rodríguez»

Lorent Saleh
Activista y ex preso político venezolano

Esta conexión le lleva a hablar de Miguel Rodríguez Torres, el antiguo jefe de Inteligencia que hoy algunos sectores presentan como un factor de cambio. Saleh no olvida quién diseñó el infierno que habitó. «Rodríguez Torres es el creador de todo el aparato represivo, el ingeniero de ello. El creador de ‘La tumba’, del Sebin; le puso rostro, forma y método». Para el activista, la reaparición mediática del exgeneral no es casualidad: «Son ellos mismos tratando de meterse de nuevo en el juego, pagando publireportajes».
La preocupación de Saleh es que la comunidad internacional, impulsada por intereses energéticos, termine validando a los verdugos. Teme que se normalice la relación con el nuevo régimen bajo la excusa de la estabilidad de los mercados. «Si los gringos se hacen amigos de los matones del Sebin, estamos jodidos», advierte sin rodeos. «A ellos lo que les interesa es hacer billete, no los derechos humanos». La ruta de la transición, insiste «empieza por «la liberación de todos los presos políticos y el cierre de los centros de tortura».

Delcy Rodríguez se reunió en Doha con agentes de la CIA y el ministro de Exteriores ruso

11/01/2026

Actualizado a las 04:31h.

Desde el pasado mes de septiembre, la entonces vicepresidenta de Venezuela, hoy presidenta, Delcy Rodríguez mantuvo en el hotel Four Seasons de la capital de Qatar, Doha, varias reuniones con el ministro de Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov; con el empresario y funcionario … también ruso Ígor Sechin, CEO de la compañía de energía Rosneft; y con agentes de la CIA, cuyo nombre es desconocido no sólo en el extranjero sino también en los Estados Unidos. Tanto Lavrov como Rodríguez usan siempre su nombre para reservar su hospedaje. Por el contrario, Sechin usa siempre uno distinto.

Las reuniones oficiales de trabajo se mantuvieron en edificios del Gobierno de Qatar, desde principios de septiembre hasta justo antes de Navidad, y los encuentros en el hotel tenían un carácter más informal y servían para desencallar «personalmente» los asuntos que durante el día habían quedado bloqueados en las negociaciones. Pese a ser Qatar un Estado inequívocamente islámico y que ayuda con recursos económicos infinitos a causas «hermanas» complicadas para el Occidente libre –como las de Hamás e Irán–, en su concepto de ‘soft diplomacy’ es mucho más eficaz de lo que parece, un poco como sucede con la observación de sus costumbres, mucho más estricta en la apariencia que en lo que luego cada uno hace, discretamente, en su vida privada.
Las relaciones con Israel y los Estados Unidos son mucho más fluidas y fructíferas de lo que puede parecer, aunque siempre desde la independencia de ser uno de los Estados más ricos y con la renta per cápita más alta del mundo. A diferencia de Emiratos y Arabia Saudí, Qatar no depende para su prosperidad del negocio con América y tal vez por ello Doha es creíble como territorio realmente neutro y por eso ha podido ser el escenario de negociaciones al más alto nivel entre países sin relaciones oficiales pero que encontraron en este lugar su manera de entenderse.

Las negociaciones

Ni los que presenciaron algunas de estas reuniones, más informales, en el hotel, ni los que tuvieron algún grado de cercanía con las que se mantuvieron en los edificios gubernamentales, son capaces de precisar si Delcy Rodríguez estaba negociando en nombre del Gobierno de Venezuela, y de su presidente depuesto, una salida que incluyera la detención pero que salvara su vida; o estaba pactando con los Estados Unidos –y bajo la supervisión de Rusia y de las personas más cercanas a su presidente, Vladímir Putin– la captura del tirano sin que él lo supiera y una transición, liderada por ella, hasta que se vuelvan a dar las condiciones para que la democracia sea posible en Venezuela.

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La oposición de Nicaragua celebra la liberación de 20 presos políticos tras la presión de Trump

La oposición en Nicaragua celebró este sábado la liberación de al menos 20 presos políticos por el Gobierno que copresiden Daniel Ortega y Rosario Murillo, pero recordaron que el total de arrestados asciende a 62, por lo que reclaman la excarcelación de todos, … al tiempo que agradecieron a Estados Unidos la presión sobre el Ejecutivo nicaragüense, que conmemora hoy 19 años consecutivos en el poder.
«Celebro con alegría y solidaridad, la salida de una parte de los prisioneros políticos de las cárceles de la dictadura en Nicaragua, donde nunca debieron haber estado. Todos los restantes deben ser liberados sin excepción», resumió en X el escritor y premio Cervantes nicaragüense Sergio Ramírez, que se encuentra en el exilio.

El Mecanismo para el Reconocimiento de Personas Presas Políticas de Nicaragua, que confirmó la excarcelación de al menos 20 presos políticos tras verificarlo con sus familias, recordó en un comunicado que «las personas excarceladas formaban parte de la lista oficial de 62».

«Si bien estas excarcelaciones representan un alivio para las familias, el Mecanismo insiste en que todas las personas detenidas arbitrariamente deben ser liberadas. Esto significa todas las 62 personas que integran la lista oficial: líderes indígenas, guardabosques, personas opositoras, trabajadores del Estado», exigió el organismo.

El sueño de libertad que continúa: Venezuela en suspenso político

Ha transcurrido una semana desde que Nicolás Maduro fue extraído de Caracas en una operación militar estadounidense de precisión quirúrgica, y Venezuela se ha despertado a una realidad que desafía toda categoría convencional. No es el caos que se temía, ni el orden que … se prometía. Es algo mucho más inquietante: una suspensión del tiempo político, una pausa que amenaza con prolongarse, mientras la vida, en una mueca de normalidad, sigue su curso. Las calles conservan su trazado, los edificios su verticalidad. Los comercios abren, los autobuses circulan, la gente camina. Pero una nota discordante lo altera todo: el presidente no está. Y nadie, en el fondo, sabe qué significa eso. La vida continúa, y esa es la perturbación más profunda.
Lo ocurrido en Venezuela no es una revolución, ni tampoco una contrarrevolución. Es un patrón que América Latina conoce bien, aunque rara vez ejecutado con tal celeridad: la sustitución de una administración por otra, bajo la atenta supervisión de Estados Unidos. El continente está sembrado de estos episodios: Guatemala en 1954, Chile en 1973, Haití en 1994. La diferencia, en Venezuela, es la velocidad. La ausencia de celebración. Y, sobre todo, la descarnada franqueza con la que Estados Unidos ha expuesto sus intenciones.
Desde Mar-a-Lago, Donald Trump ha sido explícito. Mientras los venezolanos intentan descifrar el nuevo acertijo de su país, Trump habla de petróleo. «Venezuela tiene las reservas de petróleo más grandes del mundo», ha sentenciado. «Nuestras compañías petroleras necesitan acceso a esos recursos». La nacionalización de 1976 parece ahora una reliquia de un pasado remoto. El petróleo es la razón. Todo lo demás es un elaborado teatro.

Sobre la duración de esta «transición», Trump ha sido igualmente directo: «La transición durará lo que tenga que durar». Una frase que en el contexto venezolano resuena menos como una promesa de cambio y más como una advertencia de ocupación indefinida. No hay prisa. No hay cronograma. Solo la certeza de que Estados Unidos permanecerá en Venezuela el tiempo que sea necesario para asegurar sus intereses.
Pero hay otro acto en este teatro que resulta particularmente revelador. María Corina Machado, la líder opositora galardonada con el Premio Nobel de la Paz, ha sido excluida de la transición. «No tiene el apoyo ni el respeto dentro del país», dijo Trump, con la displicencia de quien decreta una verdad incontestable. Machado, símbolo de la resistencia, ha sido descartada por Washington. Su lugar lo ocupa ahora Delcy Rodríguez, la vicepresidenta que ha ascendido a la presidencia encargada.
Rodríguez se presentó ante la Asamblea Nacional para asumir formalmente el cargo. Su hermano, Jorge Rodríguez, preside el parlamento. La ceremonia fue un ejercicio de contención. Sus palabras, un delicado equilibrio. «Vengo con dolor por el sufrimiento que se le ha causado al pueblo venezolano después de una agresión militar ilegítima contra nuestra patria», dijo, sin reconocer que ella misma es una pieza clave en el acuerdo que permitió esa agresión. Es el lenguaje de la resistencia, pero pronunciado por la figura elegida por Washington para gobernar. La contradicción es tan flagrante que casi nadie se atreve a señalarla.

Tras la caída de Maduro
Arriba, la gente carga sus teléfonos tras un apagón en su barrio después de que Estados Unidos atacara Venezuela y capturara a Maduro; debajo a la izquierda, un hombre rescata pertenencias de entre los escombros después del ataque; a la derecha, se puede apreciar cierta normalidad en las calles de Caracas
REUTERS/AFP

Mientras tanto, el chavismo no ha dejado de celebrar. Cada día hay actos, manifestaciones, conmemoraciones. Como si Maduro siguiera en el poder. En los actos públicos, la voz grabada de Maduro resuena en los altavoces: «No war, yes peace». El hombre extraído de su país por una fuerza militar extranjera ahora predica la paz desde una celda federal en Brooklyn. Y la administración que lo ha reemplazado utiliza su voz como un símbolo de continuidad.

Los pilares del nuevo poder

Junto a Rodríguez, dos hombres sostienen el andamiaje del poder. Diosdado Cabello, el número dos del chavismo, ostenta ahora el cargo de ministro del Interior y Justicia. Sobre él pesa una recompensa de 25 millones de dólares ofrecida por Estados Unidos. Cabello se ha convertido en un actor incómodo para Washington. Ha negado cualquier traición a Maduro y ha recorrido Caracas arengando a la población. En una marcha a favor de Maduro, exigió el retorno del «presidente electo». Cabello parece jugar a un juego cuyas reglas solo él conoce.

El chavismo no ha dejado de celebrar. Cada día hay actos, manifestaciones, conmemoraciones. Como si Maduro siguiera en el poder

El otro pilar es Vladimir Padrino López, el ministro de Defensa que controla las Fuerzas Armadas. También sobre él pesa una recompensa, de 15 millones de dólares. Pero Padrino de manera astuta ha respaldado a Rodríguez como presidenta interina, calificando la captura de Maduro como un «cobarde secuestro», pero sin mover un dedo para evitarlo. Padrino ha optado por la continuidad, bajo nuevas reglas.
Pero lo más significativo es lo que no sucede. El alto mando militar brilla por su ausencia. Mientras Padrino López reconoce a Delcy Rodríguez, los generales de las Fuerzas Armadas guardan un silencio elocuente. Durante treinta semanas, las amenazas de una intervención estadounidense fueron una constante. Pero cuando llegó el momento, las Fuerzas Armadas venezolanas no pudieron, o no quisieron, evitarlo. La rapidez de la caída sugiere una resistencia mínima, y eso ha dejado un vacío de credibilidad en las instituciones militares.

Sensación de traición

La sensación de traición impregna el ambiente. No la de una conspiración de opereta, sino algo más sutil: la traición de la incapacidad, de la debilidad institucional, de la corrupción. Los militares, presentados durante décadas como los guardianes de la revolución, resultaron ser incapaces de defender al gobierno. La desmoralización es palpable.
Cientos de venezolanos han salido a celebrar la caída de Maduro, pero no en su país. En Miami, en Madrid, en Nueva York, los exiliados festejan. En Caracas, reina el silencio. Es una calma antinatural, la aceptación colectiva de que el verdadero poder nunca residió completamente en el hombre al que llamaban «Súper Bigote».

Mientras Padrino López reconoce a Delcy Rodríguez, los generales de las Fuerzas Armadas guardan un silencio elocuente

La paradoja que define el momento es perturbadora: mientras la nueva Administración anuncia liberaciones de presos políticos, el cerco policial se cierra más que nunca. Jorge Rodríguez, desde la presidencia del Parlamento, anunció la liberación de «un contingente considerable» de detenidos. Ocho fueron excarcelados. Pero según la ONG Foro Penal, entre 800 y 1.000 personas permanecen encarceladas por razones políticas. Se liberan unos pocos para las cámaras, mientras cientos continúan en El Helicoide, en Rodeo Uno, en las cárceles que son sinónimo de represión en Venezuela.

Caza de brujas

La represión, mientras tanto, ha mutado. El «Estado de Conmoción Exterior» es la herramienta legal para una caza de brujas que no distingue entre un comentario en redes sociales y una colaboración activa. Rodríguez ha decretado un estado de emergencia de noventa días que confiere a las fuerzas de seguridad facultades extraordinarias para la «búsqueda y captura» inmediata de cualquiera acusado de respaldar «el ataque armado de Estados Unidos».
La presencia policial y de los colectivos, esas milicias de hombres enmascarados y armados, se ha intensificado. Su presencia es un mensaje, un recordatorio de que el control del espacio público se ha intensificado. Decenas de retenes militares han proliferado en la ciudad. A los periodistas extranjeros se les niega la entrada; a los locales se les intimida. El Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa ha sido claro: «No es posible una transición a la democracia con censura y prisión arbitraria».

La presencia policial y de los colectivos, esas milicias de hombres enmascarados y armados, se ha intensificado

Este autoritarismo silencioso es más sofisticado que el de hace una semana. Se ha atomizado, se ha infiltrado en los teléfonos, en las conversaciones. El miedo es suficiente. Y el miedo, en Venezuela, es ahora más eficiente que nunca.
Hay voces que leen la realidad con una claridad descarnada. Virgilio, un octogenario, no tiene miedo: «Aquí está muy claro: negociaron la cabeza de Maduro. El chavismo legitima todos los negocios y la cúpula que se quedó se reparte el poder con cara de cambio».
Alejandra, una estudiante de veinticinco años, observa la situación con la ironía de una generación desesperada. «Tengo veinticinco años y no he visto ni conozco otro gobierno. No me importa que nos gobierne Trump. Acá el chavismo se llevó más de sesenta mil millones de dólares en corrupción, así que no me importa como venezolana darle el petróleo como forma de pago a un ente exterior».
Yorbis, un joven comerciante de Catia, prefirió no salir de su casa durante cuatro días. «Vi cómo los colectivos amenazaron y golpearon al día siguiente de la salida de Maduro a los que querían trabajar». Su testimonio ilustra la realidad cotidiana de la represión silenciosa: el miedo se propaga por sí solo.

Extraña normalidad

En apenas una semana, Venezuela se encuentra en una encrucijada que no es nueva en América Latina. Lo que es nuevo es esta extraña normalidad, casi surrealista. Como si el poder simplemente se hubiera retirado de la escena, dejando todo lo demás intacto. Como si todo hubiera sido un sueño. Pero el sueño, de alguna manera, continúa.
Y mientras continúa, el petróleo sigue bajo tierra, esperando a sus nuevos dueños. María Corina Machado espera en la sombra. Las Fuerzas Armadas permanecen en silencio, desmoralizadas. Y los ciudadanos caminan por calles que parecen normales, pero que están sembradas de retenes, de miedo, de incertidumbre. El chavismo celebra cada día como si nada hubiera sucedido. Y la vida continúa, extrañamente normal, en una Venezuela que ha cambiado todo para seguir siendo exactamente la misma.

La dura caída de los tiranos

Fue Napoleón, el emperador que acabo sus días en una desolada isla atlántica, humillado y derrotado, quien afirmó: «Podemos detenernos cuando subimos, pero nunca cuando descendemos». Nicolás Maduro, el conductor de autobuses que gobernó Venezuela durante 13 años, fue llevado con esposas y … un mono de color marrón, calzado con unas sandalias de color naranja, ante un juez de Manhattan. Su traslado al juzgado fue recogido por las cámaras, que reflejaban la caída de un tirano que tendrá que responder de delitos queimplican una condena a 40 años de reclusión o cadena perpetua. «Soy el presidente de Venezuela. He sido capturado en mi casa de Caracas y me considero un prisionero de guerra», alegó. El juez le interrumpió con el argumento de que el tribunal no era el lugar para discursos políticos. Y poco después ordenó su confinamiento en una cárcel de Brooklyn, famosa por sus duras condiciones. El expresidente apenas estuvo media hora en el juzgado.

Resulta muy probable que Maduro, responsable de graves crímenes y violaciones de los derechos humanos,acabe sus días en una prisión en Estados Unidos, aunque de momento se le acusa de narcotráfico y corrupción, cargos que casi con seguridad serán ampliados a lo largo de la investigación judicial.

Noriega, en Panamá
Retornó moribundo de la cárcel de EE.UU.

Manuel Antonio Noriega, el militar que gobernaba Panamá tras un cruento golpe de Estado, tuvo al menos la suerte de morir en su país en 2017, seis años después de su larga reclusión en cárceles de Estados Unidos. Panamá fue invadida por soldados estadounidenses en 1989 con la justificación de que el país era el centro de una red internacional de narcotráfico, vinculada al cartel de Medellín. Noriega fue detenido y trasladado a Estados Unidos, donde lo condenaron a 40 años de cárcel. Permaneció entre rejas más de dos décadas. Volvió a su país, ya enfermo y destruido moralmente, para morir.
Es muy probable que el destino del dictador panameño haya rondado por la cabeza de Maduro durante estos días en los que ha pasado de decidir sobre la vida y la muerte de los opositores al régimen a ser un juguete roto, traicionado por quienes creía su apoyo más firme. Una amarga lección que evidencia la fragilidad del poder, máxime cuando no es democrático y se ejerce sin ningún límite. La historia ilustra sobre la caída de líderes que pasaron de los halagos de sus cortesanos al cadalso en unas pocas horas.

Ceausescu, en Rumanía
Apresado por los insurrectos, fue fusilado

El caso más emblemático es el de Nicolae Ceausescu, el dictador comunista rumano, que gobernó durante 24 años con una brutalidad y un culto a la personalidad sin medida. Convirtió su país en un gigantesco campo de concentración, en el que los servicios secretos podían enviar a prisión a un ciudadano por un simple comentario espontáneo. Su régimen se derrumbó como un castillo de naipes en diciembre de 1989 tras la caída del Muro de Berlín.
Fue detenido y juzgado cuando intentaba huir del enorme mausoleo presidencial que había construido en un acto de megalomanía. Apresado por los insurrectos, fue juzgado y condenado a muerte de forma sumaria. Horas después,fue fusilado junto a su esposa Elena. En sus últimos momentos, sufrió la venganza de los adversarios a los que había perseguido: el juicio fue televisado y su cadáver fue expuesto públicamente. Nadie se apiadó de él, como tampoco de Mussolini, cuando su cuerpo sin vida fue colgado en una gasolinera de Milán tras ser ejecutado en 1945 por unos partisanos.

Trujillo, República Domnicana
Ametrallado en una emboscada de resistentes

Es muy discutible que la historia se repita porque las circunstancias siempre son distintas. Pero lo que sí se repite es el final de los dictadores, que raramente mueren en la cama. Rafael Leónidas Trujillo, caudillo dominicano desde 1930 a 1961, legendario por su crueldad y su arbitrariedad, fue asesinado al ser ametrallado mientras viajaba en su coche en una emboscada de resistentes al régimen. Mario Vargas Llosa relata magistralmente el episodio y los abusos y la paranoia de este singular personaje en ‘La fiesta del chivo’.

Rodríguez Francia, en Paraguay
Exiliado

Pocos han retratado mejor la psicología de los dictadores que el escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, autor de ‘Yo el Supremo’, novela publicada en 1974. El protagonista es el abogado, revolucionario y tirano José Gaspar Rodríguez Francia, que ejerció un poder absoluto en Paraguay desde 1813 a 1840, el año de su fallecimiento. Rodríguez Francia era un hombre lleno de contradicciones, que conjugaba su carácter estoico con una crueldad implacable. Obsesionado por acallar cualquier tipo de crítica, el dictador paraguayo utilizaba su aparato policial para sembrar el terror. No hace falta ser muy perspicaz para hallar paralelismos con Alfredo Stroessner, el general que también gobernó Paraguay con mano de hierro desde 1954 a 1989. Terminó sus días exiliado en Brasil tras haber utilizado el poder para eliminar a sus opositores con el pretexto de combatir el comunismo.

Duvalier, en Haití
Murió en el poder, pero no descansó en su tumba

François Duvalier, tirano de Haití desde 1957 a 1971, tuvo más suerte. Permaneció en el poder hasta su fallecimiento a causa de una enfermedad cardiaca. Ha pasado a la historia como el padrino de los ‘Tontons Macoutes’, una fuerza parapolicial que torturaba y asesinaba indiscriminadamente. El 8 de febrero de 1986, década y media después de su muerte, la multitud atacó el sepulcro de Duvalier, destrozando la cripta donde se hallaba enterrado. El gobernante que se autoproclamó presidente vitalicio es hoy un mal recuerdo en un país devastado por la pobreza y los desastres naturales. Hoy ocupa un lugar destacado en la historia de la infamia.

Honecker, en Alemania
Se le permitió fallecer fuera del país

Duvalier practicó un culto a la personalidad sin límites y no dudó en identificarse con el Estado. Era un hombre vanidoso y vulnerable al halago. Tuvo la suerte de gozar de la complicidad de Estados Unidos, que le apoyó como freno al comunismo durante la Guerra Fría, al igual que a otras dictaduras de Latinoamérica. Erich Honecker, jefe del partido y líder de la RDA comunista desde 1971 a 1989, cayó en cambio por el cambio de ciclo político que propició la demolición del Muro de Berlín. Gorbachov le retiró su apoyo y el régimen que había gobernado Alemania Oriental desde 1945 se derrumbó en unas pocas semanas tras fuertes movilizaciones populares. De nada le sirvió la poderosa, temida y omnipresente Stasi, la policía política, acorralada por una multitud que había perdido el miedo.
Honecker se refugió en la casa de un pastor luterano en los alrededores de Berlín y logró huir a Moscú. Pero fue extraditado a la Alemania reunificada en 1992. Preso durante dos años en Moabit y en medio de una polémica sobre sus responsabilidades, fue liberado a finales de 1993. Estaba acusado de ser el instigador de la muerte de 68 alemanes que intentaron cruzar el Muro, pero las autoridades le permitieron exiliarse a Chile, donde falleció un año después. Pocos querían revivir los horrores de aquel régimen totalitario, al servicio de la Unión Soviética, por lo que el Gobierno de Kohl optó por permitirle morir fuera de Alemania.

Pot, en Camboya
Incinerado en la selva

Honecker era un dirigente ambicioso y sin escrúpulos, cuyo servilismo al comunismo soviético le permitió sobrevivir en el poder. Pero no llegó ni por asomo a la crueldad y el sadismo de Pol Pot, el dirigente de los jemeres rojos, que llevó a cabo el mayor genocidio en la segunda mitad del siglo XX. Está documentado que el tirano camboyano fue el responsable de la muerte de entre 1,5 y dos millones de personas en el periodo de 1975 a 1979. Ni siquiera Hitler o Stalin lograron emular en fanatismo a este sanguinario y paranoico personaje, que convirtió Camboya en un gigantesco campo de concentración. El hecho de ser maestro o poseer un comercio, llevar reloj o tener libros en casa era un motivo suficiente para ser asesinado. Los que se libraban de la ejecución eran enviados a centros de reeducación, donde se les mataba de hambre.
Vietnam invadió Camboya y el régimen de los jemeres rojos se derrumbó. Pol Pot se refugió en la selva, protegido por un grupo de seguidores. Murió en 1998 antes de ser juzgado y su cadáver fue incinerado en la selva. Este campesino amable y seductor, a decir de quienes le conocieron, fue un hombre implacable que no dudó en enviar a la muerte a quienes consideraba que no encajaban en la sociedad que él quería construir a sangre y fuego. Destruyó aldeas, expropió bienes, torturó y asesinó a cientos de miles de compatriotas. Nunca se arrepintió de sus crímenes y tampoco pagó por ellos, entre otras razones, porque el mundo occidental no estaba interesado en parar la masacre en un país que carecía de interés estratégico. Camboya no tenía petróleo, ni gas, ni minerales. Era un rincón perdido en un mundo en el que la Unión Soviética y Estados Unidos dirimían su hegemonía mientras acumulaban armas nucleares.

Gadafi, en Libia
Escondido en una tubería, murió linchado

Muammar Al Gadafi sufrió un destino mucho peor que Pol Pot, con quien compartía megalomanía y voluntad de expandir una ideología criminal. En 2011, la ONU aprobó una resolución de condena de sus abusos que desembocó en un ataque de la OTAN al régimen de Trípoli. Gadafi había ordenado reprimir la insurrección «calle por calle y casa por casa», pero era ya tarde. Había perdido el apoyo del Ejército y de los libios. Tras cuatro décadas en el poder, se ocultó en una tubería, donde fue localizado por los milicianos, fue linchado y su cadáver, exhibido en público. La fotografía de su rostro magullado apareció al día siguiente en todos los periódicos del mundo.

Husein, en Irak
Ahorcado

Un final relativamente similar al de Sadam Husein cuando fue sentenciado a muerte tras ser juzgado por sus crímenes en 2006. Su aspecto desafiante en el momento de ser ahorcado ha pasado a la historia al igual que las 250.000 víctimas de su represión en los 24 años que permaneció en el poder en Irak. Su dictadura acabó cuando Estados Unidos invadió el país en 2003 tras acusar a Sadam de ocultar armas de destrucción masiva que nunca se encontraron. Era un gobernante de extremada crueldad y fanatismo.
No dudo en pegar un tiro en su despacho a un colaborador al que acusó de traición. Su ira era temible. Sadam desató una guerra con Irán, intentó masacrar a los kurdos y eliminó a quienes alzaron la voz en su contra.

Pinochet, en Chile; Videla, en Argentina
En casa o la cárcel, acarrearon su lesa humanidad

Hay otros muchos ejemplos de dictadores que han sembrado el terror en el siglo XX. Sin poder citarles a todos, no es posible dejar de recordar los crímenes delas dictaduras en Chile y en Argentina. La CIA orquestó un golpe de Estado en 1973 para derrocar a Salvador Allende. El cerebro e instigador fue el general Augusto Pinochet, al que él creía leal. Pinochet gobernó el país con una brutal represión y optó por ceder el poder a los civiles en 1990. Fue detenido en Londres en octubre de 1998 a causa de una petición del juez Garzón, que le acusó de crímenes de lesa humanidad.
Pese a que los tribunales aprobaron su extradición a España, el Gobierno británico le permitió abandonar el país por razones humanitarias. Murió en Chile tras sufrir el repudio por sus crímenes de muchos de sus compatriotas. Jorge Videla, el militar que encabezó la Junta que gobernó Argentina desde 1976 a 1981, falleció en la cárcel en 2013 cuando había por cumplido 87 años. Hubo que esperar a 1998 a un juicio que le condenó a él y sus cómplices por 469 crímenes de lesa humanidad tras una investigación exhaustiva del fiscal Strassera.
Videla mantuvo en el proceso una actitud desafiante que no le sirvió de nada. Ni sus horrendos métodos ni el terror que sembró entre los argentinos permanecen en el olvido. Videla bien podría ser el prototipo de general salvapatrias que, bajo el pretexto de proteger a la población, incurre en las mayores iniquidades con la filosofía de que el fin justifica los medios. Algo que sirve de común denominador a los dictadores que han ejercido el poder como una extensión de su personalidad o un atributo de los dioses que podían ejercer sin límites. Maduro resulta un ejemplo de lo dura que es la caída cuando se aterriza en la nada desde lo más alto.