Dmitri Peskov, el payaso listo del circo del Kremlin
No envidio a los responsables de diseñar la comunicación estratégica —STRATCOM, en la jerga habitual de la Alianza Atlántica— del equipo de Putin en el Kremlin. Dicen que su guerra es defensiva, pero se les ofrece un alto el fuego sobre líneas muy ventajosas —han ocupado el 20% de Ucrania— y lo desechan. Dicen que su guerra no es de conquista, pero exigen la entrega del Donbás… y no para poner fin a la contienda, sino para establecer un alto el fuego temporal que, después del presumible fracaso de las negociaciones posteriores, les permitiría reanudarla desde mejores posiciones.Para defender una línea política tan contradictoria, Putin —que lleva tanto tiempo en el poder que debe de creer que todos somos tan simples como, para complacerle, aparentan ser los que le rodean— lleva años recurriendo a la sobrevalorada táctica del poli bueno y el poli malo. Dmitri Peskov, el portavoz del Kremlin, desempeña con su habitual pulcritud el primer papel mientras su tocayo, el expresidente Dmitri Medvedev, sobreactúa en el segundo. Así, mientras el portavoz asegura que no hay ninguna prueba de que los drones que ocasionalmente interfieren en los aeropuertos de Centroeuropa sean rusos, el expresidente le promete a los afectados que, después de esos, todavía vendrán más… para que las ovejas europeas se vayan acostumbrando a la idea de que están en guerra.No termina Putin de darse cuenta de que el esquema, concebido para engañar a un delincuente sin demasiadas luces, encerrado sin abogado en una sala de interrogatorios aislada del exterior, es demasiado burdo para funcionar en el mundo real. Los rusoplanistas, es verdad, son capaces de creer que los drones en cuestión, en una paradoja similar a la del gato de Schrödinger, pueden ser y no ser rusos a la vez. Sin embargo, los demás no somos tan crédulos. En lugar del poli bueno y el poli malo, la mayoría de los observadores neutrales vemos a Peskov y Medvedev como el payaso listo y el payaso tonto del circo del Kremlin.Hacía ya algún tiempo que, más atentos a lo que ocurre alrededor del estrecho de Ormuz, no prestábamos atención a las repetitivas funciones de los bufones rusos. Sin embargo, en estos días de apuro para Putin en los que las cañas ucranianas se le han vuelto lanzas, el dictador necesita recuperar la iniciativa en la guerra de la información. ¿Qué mejor manera que acusar a Kiev de terrorismo por hacer solo la mitad de lo que él hace en Ucrania? Es verdad que, ahora que tiene los medios para hacerlo, Zelenski ataca refinerías y almacenes de venta por correo en Rusia; pero Putin arrasa centrales eléctricas e hipermercados abiertos al público, con un costo directo para los no combatientes —protegidos por los Convenios de Ginebra— mucho más alto.Dentro de esa campaña desinformadora, Peskov vuelve a salir a la pista con el tipo de declaraciones que se espera del payaso listo: palabras engoladas, que suenan bien pero que, cuidadosamente analizadas, tienen todavía menos sentido que las del payaso tonto. Cito textualmente del diario Izvestia: «El régimen de Kiev hizo estallar un buque iraní en el mar Caspio; esto es un ataque contra Irán. Por lo tanto, el alcance geográfico de la actividad terrorista del régimen de Kiev se está expandiendo, lo que subraya una vez más la necesidad de llevar a cabo con éxito la operación militar especial».Rusia, por cierto, acaba de hundir en el mar Negro al mercante Golden Leo, de bandera de Guinea-Bissau, cargado de maíz para la exportación. Pero esa fértil aplicación de la ley del embudo es casi lo de menos. Lo que ofende a la inteligencia es que Peskov —como hace a menudo Donald Trump, que, en su desmedido afán de protagonismo, aúna en sí mismo los papeles de los dos payasos del circo de Washington, el listo y el tonto— quiera invertir el orden lógico que necesariamente va de la causa al efecto, y no al revés. Solo así, dando marcha atrás al reloj del tiempo, puede justificarse la invasión de Ucrania con el argumento de que, cuatro años y medio después, Kiev ha hundido un barco iraní.Lo malo de todo esto es que, como en el circo, habrá quien aplauda a los payasos del Kremlin. Ni Medvedev ni Peskov —y lo mismo cabe decir de quienes, en otros países y con otras ideologías, utilizan cada día sus despreciables tácticas— harían lo que hacen si no tuvieran su público en Occidente. Y sí, es verdad que tiene que haber de todo; pero de esos, en nuestra Europa, cuántos menos mejor.

