La guerra 'low cost' de Putin que aterroriza a los ucranianos
Desde el comienzo de la invasión rusa, Enno Lenze ha viajado una y otra vez a Ucrania desde Berlín. Su experiencia en conflictos armados le permitió saber, en un primer momento, que se encontraba ante una guerra diferente, mucho más rápida y mucho más barata. « … En Kurdistán, se tardaba horas en detectar y responder a un movimiento enemigo. En Ucrania, esto sucede en minutos: un dron de reconocimiento ruso UAV detecta el objetivo y envía en tiempo real las coordenadas a una unidad de drones FPV, que lanza inmediatamente el ataque. Los ucranianos lo llaman Tinder de artillería y eso es un ‘match’», asegura.
Se obsesionó con quiénes, con qué dinero y con qué componentes fabricaban esos drones, así que preguntó al Ministerio de Defensa de Ucrania si podía llevarse los restos de alguno de ellos para estudiarlo. «Quien lo encuentre puede quedárselo, con la condición de que los desmilitaricemos y le quitemos los explosivos», fue la respuesta que recibió. Tuvo que adentrarse en «zona roja», en la primera línea del frente, pero logró reunir y estudiar una colección de varios cientos de piezas. Estos restos de drones rusos hoy los atesora el Museo de la Historia de Berlín (Berlin Story Museum), del que es director, atestiguando un nuevo tipo de guerra que ha llegado para quedarse y para el que carecemos de defensa efectiva.
Su trabajo durante estos cuatro años ha permitido comprobar que, además de los temidos modelos de Shahed, Geran, Gerbera, Orlan o Garpia, en una calidad muy por debajo incluso de los Lancet, Orlan y Orión, Rusia se sirve de miles de drones baratos de fabricación prácticamente casera. Con ellos, optimiza sus resultados en el campo de batalla y, sobre todo, consigue aterrorizar a la población civil ucraniana y hacer de su día a día un verdadero calvario.
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Rosalía Sánchez
«En Crimea, a sólo un kilómetro de las tropas rusas, tuvimos un dron sobre nuestras cabezas y me pareció un milagro que no terminase con nosotros», relata el autor del libro ‘Conoce a tu enemigo’. Más tarde, tras hacer analizar uno de aquellos drones por expertos alemanes, supo que su supervivencia no tuvo nada de milagroso. «Utilizan cámaras muy baratas y de muy poca definición. La imagen que ve el piloto es sorprendentemente mala, temblorosa, granulada. No ve nada en las zonas oscuras. Con el cielo nublado los edificios parecen sombras, de manera que sólo te detectan si te mueves», explica, mientras proyecta en una pantalla las imágenes de una de las cámaras supervivientes.
Es muy poco probable que estos drones, fabricados con piezas que se pueden comprar en cualquier ferretería y que incluso se reciclan de objetos, como rieles de cortinas a modo de patas o pinzas de la ropa para componer un interruptor, alcancen objetivos con demasiada exactitud. «Su objetivo no es la precisión, sino el terror, y lo consiguen con una relación inmejorable entre su precio y su eficacia», lamenta Lenze.
«Este, por ejemplo, lo puedes construir por unos cien euros si compras los componentes», dice, señalando una estructura de barras de aluminio atadas entre sí con bridas de plástico y que soporta una caja de panel de marquetería que albergaba los explosivos. Es el dron que lanzaron contra un autobús en la ciudad ucraniana de Marhanets, que transportaba trabajadores en la región de Dnipropetrovsk, en un ataque en el que murieron diez civiles. «En términos de financiar una guerra, logran diez muertos con una inversión de cien euros, por lo que cada muerto les sale a los rusos por diez euros. Representa la máxima rentabilidad mortal en el campo de los drones», señala el coleccionista.
«Su objetivo no es la precisión, sino el terror, y lo consiguen con una relación inmejorable entre su precio y su eficacia»
Enno Lenze
Director del Museo de la Historia de Berlín
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Y el dinero, en una guerra, importa. «Tenemos modelos más caros, como este Gerbera, que a pesar de estar fabricado con poliestireno expandido requiere una inversión de unos 20.000 euros, porque necesita más batería para poder cargar unos 5 kilos de explosivos en esta caja de chapa fina de madera. No es mucho en comparación con el Shahed, que puede llevar hasta cien kilos. Pero pensemos que este es uno como el que fue derribado en Polonia por cazas holandeses y que su vuelo, junto al misil que lo derribó, costaron entre 2 y 3 millones de euros. Todos nos alegramos de que fuese derribado pero, si miramos la cifra de drones que están atacando, nos preguntamos si hay tantos misiles y tantos millones como para responder. Y la respuesta es que no», calcula.
El análisis cronológico de estos restos muestra su evolución en lo que se ha convertido en una carrera de desarrollo entre drones rusos y ucranianos, que se retroalimenta desde el principio de la guerra. En los primeros modelos baratos se improvisaron piezas que, meses más tarde, aparecieron impresas en 3D. Los sistemas de vuelo se van perfeccionando para burlar la creciente industria ucraniana de detectores de drones y, con el tiempo, ha empezado a aparecer muchas piezas de fabricación china.
Componentes occidentales, americanos y chinos
«Encontramos componentes occidentales que no deberían estar ahí por las sanciones, pero son muy pocos. También hemos encontrado chips de Nvidia y Texas Instruments, de Estados Unidos, que se pueden comprar en Aliexpress por 15 céntimos la unidad. Pero mucho, mucho más relevante es la cantidad de componentes que encontramos fabricados en China. Algunos de ellos no son de alta tecnología, sino piezas relativamente sencillas, como motores, propulsores, baterías o cámaras de vídeo. Otros son más complejos, como los sistemas de dirección y computación de vuelo. El 95% de ellos son de China, que vende en grandes cantidades tanto a Rusia como a Ucrania», explica Lenze.
«Los ucranianos saben que llega un dron ruso por el zumbido de las hélices, así que desarrollan e instalan detectores de sonido sensibles a este zumbido. Por ello, los rusos desarrollan hélices más silenciosas… así funciona la evolución», describe. A menudo, han sido él y su socio Wieland Giebel quienes han recogido los restos de drones personalmente, en líneas del frente o en zonas recientemente recuperadas por el ejército ucraniano, durante viajes en coche desde Berlín.
Restos de drones ‘low cost’ rusos.
(Rosalía Sánche)
En ocasiones han recibido ayuda espontánea de soldados ucranianos, como Volodymir Polevyi, del 7º Cuerpo del Ejército. Además, han entablando una relación estable con Yuriy Bilovus, del Museo Militar-Histórico de Ucrania. En 2023, un soldado se les acercó preguntando si eran ellos los «locos alemanes que coleccionaban drones» y los llevó hasta una pila de restos de más de un metro de altura. Allí había desde componentes de misiles de crucero KH-101, misiles Tochka y drones Shahed, hasta multitud de drones ‘low cost’, cuya proporción llamaba la atención. Su traslado se ha llevado a cabo, desde el punto de vista burocrático, como una importación de productos desmilitarizados.
«Los drones más básicos no tienen la capacidad de ser guiados desde largas distancias, así que suponemos que, en ocasiones, no funcionan en modo ‘módem’ con Rusia, sino que se sincronizan con estaciones en Kiev; saboteadores que, desde allí, les proporcionan señal de internet. Quizá lo hacen a cambio de, no sé, 300 euros a través de ‘Dark Net’ (red oscura)», especula Lenze, que tiene presente en todo momento que detrás de cada dron hay un piloto que, no por obvio, deja de ser importante.
«Los ucranianos saben que llega un dron ruso por el zumbido, así que instalan detectores sensibles al sonido. Los rusos desarrollan hélices más silenciosas… así funciona la evolución»
Enno Lenze
Director del Museo de la Historia de Berlín
Un prisionero de guerra ruso, Andrei, les ha permitido reconstruir la trastienda de pilotaje de esta guerra barata de drones. Nació en Moscú, el 10 de julio de 2007, y fue enviado al frente con 18 años. Se casó, por cierto, inmediatamente antes de ser enviado a Ucrania, para que su novia recibiese una buena renta si moría. No murió, pero fue hecho prisionero y, como tardaba años en regresar y no había renta, la mujer se divorció en remoto, una posibilidad que ofrece la legislación rusa.
Jóvenes como Andrei son los encargados de hacer despegar drones, docenas todos los días, en el frente, a una distancia de entre dos y cinco kilómetros del objetivo, por lo que corren un gran riesgo. Éstos vuelan a ciegas hasta que reciben señal de internet. Si no llega y se acaba la batería, se estrellan aleatoriamente. Dado su precio, no importa mucho. En caso de que sí se conecten, un conductor experto en modo remoto, teletrabajando, lo pilota en busca de un «objetivo de calidad».

