Un año de Trump en la Casa Blanca convierte a Estados Unidos en el aliado más imprevisible de Ucrania
La mayoría de los ucranianos veían con optimismo el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. Era enero de 2025. La Administración Biden parecía agotada de estrategias para mejorar la posición de Ucrania en la guerra. Estaba claro que la diplomacia tomaría más … protagonismo. Las encuestas internas destilaban buenas expectativas para el país bajo el nuevo liderazgo estadounidense.
En su segundo día como presidente, Trump instaba a Putin a cerrar con celeridad un acuerdo de paz. El republicano endurecía el tono amenazando con «impuestos, aranceles y sanciones» a los productos rusos. Pero estas señales alentadoras no duraron mucho. Pronto se desató un torbellino de idas y venidas. Un balanceo sin fin en el que Trump, a veces, se sitúa más cerca de Rusia que del socio ucraniano.
A tan solo tres meses de la toma de posesión de Trump, el 73% de los ucranianos ya consideraban que su presidencia sería negativa para ellos. En ese lapso hubo varios acontecimientos clave que definieron esta percepción. El primero fue la sonada bronca televisada en el Despacho Oval. El país en guerra asistió con estupor al enfrentamiento público entre Zelenski y Trump en febrero.
El enfado del estadounidense fue de tal calado que la respuesta no se hizo esperar. Cuatro días después, Washington suspendía todo el suministro de armamento y el intercambio de inteligencia con Kiev. No sería la última vez.
Este episodio dejó, si cabe, todavía más clara una cuestión capital: Ucrania tiene una dependencia vital de Estados Unidos para su esfuerzo bélico. Y así lo manifestaron los ucranianos en una encuesta de abril del año pasado. Casi un 49% entendía que el socio americano seguía siendo estratégico a pesar de los desencuentros. A fin de cuentas, es también el único aliado con capacidad real de influir en Rusia.
Analistas internacionales, mandatarios europeos y la propia Ucrania coinciden en que es Putin el que no quiere frenar la guerra
Desde ese momento, la cúpula ucraniana del poder mide sus palabras y se conjura para mantener al vacilante aliado en su órbita. Kiev ya no responde públicamente a la retahíla de críticas. Las autoridades del país invadido son conscientes, además, de que la percepción de Trump sobre la realidad del conflicto cambia cuando habla directamente con Putin. El ejemplo más ilustrativo fue la negativa a entregar los misiles Tomahawk a Kiev un día después de conversar con el jefe del Kremlin. Con Trump, Ucrania vive en un ‘déjà vú’ constante.
La balanza se vuelve a inclinar hacia el invasor. Donald Trump dice ahora que es Zelenski el que no está preparado para la paz. Sin embargo, analistas internacionales, mandatarios europeos y la propia Ucrania coinciden en que es Putin quien no quiere frenar la guerra.
Dependencia y presión
La guerra que Trump pretendía parar en 24 horas se encamina hacia su cuarto aniversario. Los combates no cesan en el campo de batalla, así como la carrera ucraniana por frenar la dependencia extranjera. Las autoridades del país afirman que entre un 50 y un 60% de las armas que se utilizan en el frente son de fabricación nacional. Pero hay sistemas, como la defensa aérea, que solo puede proporcionar Estados Unidos. Otro de los motivos para tratar de mantener a Trump cerca.
En septiembre del año pasado se aprobó el primer envío de material bélico estadounidense. Previo pago, eso sí, por parte de los miembros de la OTAN. La noticia se conoció un mes después de la fallida cumbre de Alaska entre los líderes de Rusia y Estados Unidos. Al suministro de armamento siguieron las primeras sanciones contra el sector petrolero ruso. El republicano también pierde la paciencia con los rusos, a veces.
El encontronazo con el Kremlin no se prolongó demasiado. En noviembre, Trump volvía a poner en jaque a su socio. El país invadido se vio presionado para aceptar un plan de paz elaborado por Washington y Moscú. Para frenar la guerra, Ucrania debería entregar toda la región de Donetsk a Rusia. Es decir, cruzar una línea roja. Una capitulación total a ojos de los ucranianos. La propuesta de Washington dejó un sentimiento de decepción en todo el país. La «paz a través de la fuerza» se resumía en ceder a las demandas de Rusia.
La paz se resiste
El Gobierno ucraniano ha secundado todas las iniciativas de Estados Unidos. Desde el apoyo a la tregua de 30 días, propuesta en marzo, hasta la posibilidad de mantener un encuentro con Putin. La falta de resultados rápidos, provocados por las negativas rusas, llevó al mandatario a amenazar con su retirada del proceso diplomático. Sin embargo, abandonar a Ucrania de forma tajante tampoco se presenta como la mejor opción.
Kiev trata de mantener el optimismo y destaca el avance en las negociaciones de paz. Faltan por concretar, sin embargo, los detalles más importantes: las garantías de seguridad una vez cesen las hostilidades. Pero resulta en otra batalla diplomática complicada ante la nueva realidad geopolítica que sacude las viejas alianzas transatlánticas. Mientras tanto, Estados Unidos se vuelca hacia el hemisferio occidental.
El negociador jefe de Kiev quiere definir el papel de su país en el «nuevo mundo»
Si hay alguien en Ucrania con una visión clara de la situación interna del país y de la realidad internacional, ese es Kirilo Budánov. Ascendido por Zelenski a jefe de la Oficina Presidencial, es ya el encargado de entenderse con los americanos. Budánov afirma que el «viejo mundo se ha derrumbado». Y Trump ha ratificado esta tesis en su primer año de mandato. El exdirector de la Inteligencia militar de Kiev avanzó en octubre que su país –y probablemente todo el Viejo Continente– debe definir el papel que va a ocupar en la nueva realidad mundial. Un ajuste que dependerá, en gran medida, de las relaciones de unos Estados Unidos donde el poder se concentra cada vez más en la figura de Donald Trump.
Ucrania experimentó durante este año la misma política que Washington seguirá con los aliados occidentales: presionar al que considera «débil». Aquellas esperanzas de enero de 2025 se desvanecieron por la volatilidad de Trump.

