Venezuela e Israel firman la paz después de diecisiete años de maldiciones: el terremoto logró lo que la diplomacia no pudo
En junio de 2010, Hugo Chávez se plantó frente a las cámaras de la televisión estatal y maldijo a Israel. Literalmente. «¡Maldito seas, Estado de Israel! ¡Maldito seas, terrorista y asesino!», gritó tras el asalto israelí a la Flotilla de la Libertad frente … a Gaza. Un año antes había roto relaciones diplomáticas. La línea se mantuvo intacta durante diecisiete años. Cada canciller que pasó por la Torre del Ministerio de Exteriores repitió la liturgia: Israel genocida, Palestina libre, Netanyahu criminal de guerra. En junio de 2025, Diosdado Cabello fue más lejos: llamó a Israel «perro rabioso» y celebró los ataques iraníes como «una cachetada por la jeta».
Catorce meses después de ese discurso, el Gobierno de Venezuela firmó un comunicado conjunto con el Estado de Israel. Lo publicó la Cancillería este martes 11 de agosto. Tres párrafos. Lenguaje diplomático. Ninguna maldición.
El comunicado establece dos cosas concretas: la continuidad de la cooperación técnica bilateral nacida de la emergencia del terremoto, y un mecanismo de coordinación para la prestación de servicios consulares a ciudadanos de ambos países. En la práctica, Venezuela e Israel vuelven a tener un canal oficial de comunicación por primera vez desde enero de 2009.
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Poly Martínez
Todo empezó entre los escombros. Tras el doble terremoto del 24 de junio, Israel envió una delegación humanitaria que incluyó ingenieros civiles y al menos un alto oficial de las Fuerzas de Defensa, Elad Edri, que asesoró sobre manejo de residuos estructurales. La comunidad judía venezolana facilitó la logística. Delcy Rodríguez, presidenta encargada, agradeció públicamente la asistencia. El gesto rompió un tabú de casi dos décadas.
Lo que el comunicado no dice es tan relevante como lo que dice. No menciona la palabra «embajada». No habla de restablecimiento pleno de relaciones diplomáticas. No nombra a Palestina. Tampoco menciona a Irán. Es un texto quirúrgico, diseñado para avanzar sin provocar. Servicios consulares y cooperación técnica: lo mínimo necesario para abrir una puerta sin tener que admitir que durante diecisiete años estuvo cerrada por razones ideológicas.
Mural en favor de palestina en el barrio 23 de enero colectivo la Piedrita.
(Jorge Benezra)
El acuerdo ocurre con Félix Plasencia ya instalado en la cancillería, el diplomático que sustituyó a Yván Gil hace apenas semanas. Gil sostuvo la línea dura contra Israel en foros multilaterales durante dos años y medio. Plasencia, formado en la discreción de las negociaciones con Washington, produce en sus primeros días un acuerdo que su predecesor habría considerado impensable.
Cambio de rumbo en la política exterior
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La ironía geopolítica no escapa al observador español. Mientras Venezuela, el país que durante diecisiete años lideró la cruzada antiisraelí en América Latina, reabre canales con Tel Aviv, España camina en dirección opuesta. Madrid reconoció el Estado de Palestina en mayo de 2024. Israel retiró a su embajadora. En septiembre de 2025, Pedro Sánchez calificó la ofensiva sobre Gaza de «genocidio» y «exterminio», y anunció sanciones. En marzo de 2026, España destituyó formalmente a su embajadora en Tel Aviv. La relación entre Madrid y Jerusalén está hoy en su punto más bajo en décadas.
Para la comunidad judía venezolana, que ha visto reducirse su población de 22.000 a menos de 6.000 personas en casi tres décadas de hostilidad oficial, el comunicado representa un cambio de clima. Para el Gobierno, es una pieza más en el desmontaje acelerado de la política exterior chavista: negocia con Washington, acepta ayuda israelí, nombra canciller pragmático. Todo lo que era sagrado se vuelve negociable cuando un terremoto desnuda la incapacidad del Estado.
El comunicado lleva fecha de Caracas, 11 de agosto de 2026. Diecisiete años, seis meses y veintiséis días después de que Chávez expulsara al embajador israelí. Entre ambas fechas: dos guerras en Gaza, la muerte de Chávez, el colapso de Venezuela y un terremoto que obligó al pragmatismo. Las maldiciones, al final, tienen fecha de caducidad.

