Tania Head iba a casarse en octubre de 2001. El 11 de septiembre, Nueva York empezaba otro día más de trabajo y ella todavía tenía por delante una boda y toda una vida con su prometido, Dave. Aquella mañana, cada uno estaba en una … de las Torres Gemelas. Él, en la del norte; ella, en la del sur, en las oficinas de Merrill Lynch. Entre los dos, apenas unos metros de cielo y muchas ilusiones.
Cuando el segundo avión se estrelló contra la torre sur, Tania estaba en la planta 78. A su alrededor había un caos de fuego, humo y cuerpos. Personas que unos segundos antes esperaban un ascensor agonizaban ya a su lado. Tenía el brazo destrozado, lo que le dejaría marcas. Ella se arrastró entre los escombros sin saber si conseguiría salir. Un hombre moribundo le entregó su anillo de boda y le pidió que se lo hiciera llegar a su mujer.
Entonces apareció ante ella un joven con un pañuelo rojo. Dijo que se llamaba Welles Crowther, apagó las llamas de su ropa y la ayudó a encontrar una salida. Ella sobrevivió, pero él murió después de ayudar a otros.
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David Alandete
Tania despertó en un hospital varios días más tarde. Dave había muerto en la otra torre. La boda de octubre ya no iba a celebrarse.
Así lo contaba ella, al menos. Pasarían años antes de que alguien comprobara si aquella mujer había estado allí y si semejante historia era real o una patraña.
Su relato circulaba al menos desde 2004 en el mayor grupo de apoyo por internet para supervivientes del 11S, en correos privados y en reuniones en persona con quienes habían escapado de las torres. Aquel año, Gerry Bogacz, que era uno de los fundadores de la red de supervivientes del atentado de las Torres Gemelas, supo que Tania había creado un grupo en internet. Intercambiaron mensajes durante dos meses antes de conocerse en persona. Él le contó lo que había vivido. Ella le confió aquella historia.
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Bogacz había escapado de la torre norte. Conocía el miedo, la pérdida y la dificultad de explicárselos a alguien que no hubiera estado allí. El relato de Tania caló hondo porque reunía una resistencia extraordinaria y la muerte del hombre con quien pensaba casarse. Sus compañeros la escucharon, la acogieron, acabaron confiándole la presidencia de la organización, que aceptó emocionada.
A principios de 2004, Tania también había contactado con el psicólogo Al Siebert a través de su web de apoyo a supervivientes, muy famosa en aquellos años. Cuando se conocieron en agosto, Siebert vio las cicatrices de su brazo derecho. Aquellas marcas parecían confirmar lo que ella contaba, ¿por qué iba a mentir alguien sobre algo semejante?
Voz pública de los supervivientes
El nombre de Tania fue ampliándose desde aquellos círculos de apoyo, ganando notoriedad. Hablaba ante universitarios y daba entrevistas. Acompañaba a la Zona Cero a autoridades de gran renombre. En 2005 guio al alcalde Michael Bloomberg, a su predecesor Rudolph Giuliani y al gobernador George Pataki. La mujer que decía haber sobrevivido al impacto de un avión se había convertido en una de las voces públicas de los supervivientes, su líder, su referente.
Su dedicación ayudó a sostener esa confianza. Trabajaba para la organización, aportaba dinero, recibía a sus compañeros en su apartamento, era incansable. Algunos supervivientes dirían después que los había ayudado a sobrellevar lo ocurrido y a conseguir reconocimiento. Habían encontrado gran consuelo en ella.
A los padres de Welles Crowther, aquel chaval con pañuelo rojo que le salvó la vida, les ofreció algo todavía más íntimo: un último retazo de la vida de su hijo.
Durante una cena les confesó que conservaba la ropa quemada que llevaba aquel día y que quería regalarles un fragmento montado en una placa, porque había sido una de las últimas cosas que él había tocado. Según recordó después su padre, Tania reprodujo incluso el diálogo que aseguraba haber mantenido con el joven. «No me dejes», le había suplicado ella. «No lo haré. No te preocupes. Te bajaré», había respondido él.
Para aquellos padres, escucharla era recibir unas palabras de su hijo que creían perdidas para siempre.
Para aquellos padres, escuchar a Tania era recibir unas palabras de su hijo que creían perdidas para siempre
En 2007, cuando el diario ‘The New York Times’ buscaba una historia para el sexto aniversario de los atentados, los propios supervivientes recomendaron a Tania. La confianza que había despertado la llevó hasta los periodistas que acabarían deshaciendo su relato.
Investigación
Tania canceló tres entrevistas. Los reporteros David W. Dunlap y Serge F. Kovaleski contrastaron su biografía. Se pusieron tras ello. Merrill Lynch no tenía constancia de haberla empleado. Harvard y Stanford no encontraban los estudios que ella se había atribuido antes. La familia del tal Dave no la conocía. Él sí había existido. Había muerto en la torre norte. Pero no era su prometido. Su madre no había encontrado en los correos de su hijo ninguna referencia a aquella relación. La mujer que se había pasado años contando toda una vida en común era una desconocida para ellos.
Tania empezó a cambiar versiones ante sus compañeros. La relación con Dave había sido breve y secreta, matizó; después de haber contado que vivían juntos y que conocía bien a su familia.
Otras piezas tampoco encajaban. No aparecía registrada una fundación que decía haber creado en memoria de Dave. No aportaba los datos necesarios para verificar su hospitalización ni identificaba a la familia a la que aseguraba haber devuelto el anillo de prometida. Durante años había contado los detalles más terribles de aquella mañana. Ahora no conseguía acreditarlos.
Tania Head se llama en realidad Alicia Esteve Head. Nacida en Barcelona, en 1973, procede de una familia bien catalana. El 11 de septiembre de 2001 no estaba en la planta 78 de la torre sur. Ni siquiera estaba en Estados Unidos. Hay constancia de que ocho días después de los atentados, Alicia estaba sentada en un aula de Esade, en Barcelona, comenzando un máster en gestión empresarial. Sus compañeros la recordaban. También recordaban las lesiones de su brazo, anteriores a la tragedia a la que ella acabaría atribuyéndolas, tal y como reveló el diario ‘La Vanguardia’ en una exhaustiva investigación de 2007.
Terminó sus estudios en 2002. Había dicho a sus compañeros que quería trabajar en Nueva York. Su pista se vuelve imprecisa, nebulosa, durante un tiempo, hasta que reaparece entre los supervivientes con otro nombre y una historia que le permitiría formar parte de sus vidas. Los muertos de su historia eran reales, en eso sí se aplicó. Su relación con ellos era una invención.
Tania Head se llama en realidad Alicia Esteve Head, nació en Barcelona y el día del atentado estaba en clase en Esade
¿Por qué lo hizo? No dejó una explicación comprobable. No cobraba por dirigir la red y de hecho había aportado dinero a la organización. El cineasta Angelo Guglielmo, que se había hecho amigo de ella mientras preparaba un documental sobre los supervivientes, fue a su apartamento el día en que apareció la investigación en Nueva York. Quería darle otra oportunidad para explicarse. Ella le dijo que algún día le contaría su historia. No lo hizo nunca.
Para los padres de Welles Crowther, la cena con ella había ofrecido un instante más junto a su hijo: una voz, una respuesta, la promesa de que ayudaría a aquella mujer a bajar, heroísmo en sus últimos minutos. Ahora tenían que perder también esas palabras, en una crueldad máxima y amarga.
Otros fabuladores
Tania/Alicia no fue la única que se inventó una vida en aquel trabajo. El actor y humorista Steve Rannazzisi contó durante años que trabajaba también para Merrill Lynch en la planta 54 de la torre norte cuando se estrelló el primer avión. Había conseguido salir de forma milagrosa, decía, y aquella experiencia le había empujado a cambiar de vida y dedicarse a la comedia, hacer reír a los demás, todo bondades.
En 2009 relató su supuesta huida en un pódcast muy comentado. Después repitió la historia en otras entrevistas. En 2015, puesto contra las cuerdas de nuevo por ‘The New York Times’, que vio contradicciones y lagunas en su epopeya, admitió que era mentira, otra patraña. El día de los atentados trabajaba a unas cuarenta manzanas de las Torres. Hizo acto de contrición, y de su carrera como comediante no se supo nada más.
El comediante Steve Rannazzisi.
(RR.SS.)
Otro fabulista, Jordan Liflander, se apropió de otro papel, el del rescatador. Vestido con el uniforme de los bomberos de Nueva York, habló en 2011 en una ceremonia del décimo aniversario sobre su supuesta participación en las operaciones de la Zona Cero como capitán de la Unidad 133. Un año después quedó expuesto: nunca había pertenecido al cuerpo. Admitió que había empezado por ego, por querer encajar, que la mentira había crecido hasta convertirse en algo con lo que tenía que vivir.
Jordan Liflander se apropió de otro papel, el del rescatador. Vestido con el uniforme de los bomberos de Nueva York, habló en 2011 en una ceremonia del décimo aniversario
Hubo también quienes pusieron precio a muertos inventados. En 2002, apenas un año después, las autoridades de Nueva York contabilizaban 37 detenciones por falsos testimonios para obtener compensaciones públicas. Entre los expedientes había familiares que nunca habían existido, personas que habían muerto años antes y otras que hasta seguían vivas. El caos y la desaparición de tantas víctimas sin dejar restos, más de 2.700, habían abierto un agujero negro en el que resultaba difícil separar una pérdida verdadera de una reclamación falsa.
Mentir para cobrar
Una mujer, Namor Young, dio a su marido imaginario una precisión digna de una novela realista. Se llamaba Michael, tenía 37 años, era zurdo, llevaba perilla, tenía tatuado el nombre de ella sobre el ombligo, fumaba y guardaba un encendedor azul de recuerdo de Atlantic City. El día de los atentados, aseguró, vestía camisa azul clara, americana azul marino, pantalones negros. Según los detectives, había combinado rasgos de dos antiguos novios para construir a un hombre falso. Cobró más de 53.000 dólares (45.000 euros) de organismos de ayuda antes de admitir el fraude y acabar entre rejas.
Otra, Rosalba Wild, aseguró que su padre había acudido a una reunión en la firma Cantor Fitzgerald aquella mañana. Recibió 75.000 dólares (64.000 euros). Los investigadores encontraron después un certificado de defunción expedido en Colombia: su padre llevaba una década muerto en otro país. Ricardo Frutos cobró 47.000 dólares (40.000 euros) por tres familiares inexistentes. Ambos fueron condenados.
Uno de los casos que más indignaba a los investigadores era el de Cassandrea Mongomery, acusada en diciembre de 2002 de inventarse un hermano y recibir más de 63.000 dólares (54.000 euros) en ayudas. Lo había llamado Jeffrey. Aseguraba que llevaba una medalla de san Cristóbal y fumaba Marlboro Light. Su nombre llegó a leerse entre los fallecidos durante la conmemoración del primer aniversario, inmediatamente después del de un bombero real. La invención había entrado en la ceremonia con la que la ciudad recordaba a sus muertos. Nueva York guardó silencio también por él. El duelo de una ciudad había servido para cobrar una mentira entre muchas otras.