La guerra con Irán es aún más futurista que la guerra en Ucrania. No solo ambas partes están utilizando drones, sino que muchos de los ataques de precisión estadounidenses e israelíes se dirigen contra objetivos seleccionados por inteligencia artificial. Esto podría pasar a la historia … como la primera guerra de la IA.
Sin embargo, tras las primeras semanas de conflicto, la campaña estadounidense-israelí se ha topado con un problema muy antiguo: el control de una vía navegable estratégica.
A pesar de estar totalmente en desventaja armamentística, a pesar de haber perdido el control de su propio espacio aéreo, la República Islámica conserva suficiente potencia de fuego para atacar a los buques en el estrecho de Ormuz, disuadiéndolos de atravesarlo. La consiguiente contracción del suministro mundial de petróleo y gas ha provocado que los precios de la energía se disparen y amenaza la estabilidad de la economía global, por no hablar del futuro político de la administración de Donald Trump. El pasado 20 de marzo, el Pentágono ordenó a los marines y a los buques de guerra que se dirigieran al Golfo para abrir el estrecho.
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En ningún otro ámbito es más vinculante la ley de las consecuencias no deseadas que cuando los puntos de estrangulamiento comerciales cruciales se convierten en víctimas de la guerra. Aunque hoy en día está de moda centrarse en los puntos de estrangulamiento financieros que pueden explotarse mediante sanciones, los puntos de estrangulamiento más antiguos son accidentes geográficos naturales como el estrecho de Ormuz, los estrechos del mar Negro y el estrecho de Malaca, así como corredores comerciales artificiales como los canales de Suez y Panamá. Estas vías navegables suelen cobrar importancia en tiempos de guerra. Y su historia ayuda a responder a la pregunta a la que se enfrenta ahora la Administración Trump: ¿y ahora qué?
El grano
Antes del petróleo fue el grano. En el mundo preindustrial, las fuentes vitales de energía eran agrícolas. A medida que caían las barreras comerciales en la segunda mitad del siglo XIX, las economías industrializadas —lideradas por el Reino Unido— se volvieron cada vez más dependientes de los alimentos importados. En 1914, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña importaba aproximadamente el 80% de su trigo, el 40% de su carne y el 100% de su azúcar.
Las economías con tierras agrícolas fértiles ampliaron su producción para satisfacer esta demanda, y los estrechos del Mar Negro (entonces conocidos como los Dardanelos) se convirtieron en uno de los puntos de estrangulamiento clave de finales del siglo XIX y principios del XX. El grano exportado desde los puertos del mar Negro representaba un tercio del suministro mundial en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Hasta un 15% de las importaciones anuales de trigo del Reino Unido transitaban por los Dardanelos.
El control de los Dardanelos fue una cuestión clave en el equilibrio de poder del siglo XIX y desempeñó un papel fatal en la Primera Guerra Mundial, como demostró Nicholas Lambert en su brillante libro, ‘The War Lords’.
En caso de guerra con el Imperio alemán, los planificadores militares británicos llevaban mucho tiempo pretendiendo utilizar su superioridad naval y financiera para bloquear a Alemania, restringiendo sus importaciones marítimas. Sin embargo, el gobierno liberal de Herbert Asquith no estaba preparado para la crisis financiera mundial que estalló en el verano de 1914. La crisis llevó al cierre de las principales bolsas de valores para evitar insolvencias masivas. La estrategia original de guerra económica quedó relegada, junto con los principios liberales del ‘laissez-faire’ (‘dejar hacer’).
El 4 de agosto de 1914, temeroso de la escasez de alimentos, los altos precios y el malestar social, el gabinete aprobó importantes subvenciones estatales (alrededor del 80%) para el seguro de riesgo de guerra de la marina mercante británica. Cuatro días después, se prohibieron las exportaciones de alimentos. El Gobierno creó un monopolio estatal del azúcar y subvencionó a los importadores de carne.
Después, el trigo
El trigo fue más complicado. La perturbación causada por la guerra agravó las sequías en Canadá y Australia, una mala cosecha en Argentina, un frío inusual en Estados Unidos y una prohibición de exportación por parte del Gobierno británico de la India.
Imagen de la batalla de Galípoli (en turco: Gelibolu), ciudad situada al noroeste de Turquía.
(Archivo Abc)
Corrieron rumores de una prohibición similar en EE.UU. En diciembre de 1914, el Gobierno británico compró en secreto contratos de futuros por 0,5 millones de toneladas de trigo para influir en los precios. (¿Le suena familiar? El Tesoro de EE.UU. parece haber intentado lo mismo con los futuros del petróleo en las últimas dos semanas). No funcionó. En mayo de 1915, el precio de un cuarto imperial de trigo británico era de casi 62 chelines -un 95% por encima de la media de 1904-1914- y peligrosamente cercano al nivel de 70 chelines, considerado el umbral que desencadenaba huelgas y disturbios por alimentos.
Distraído por los acontecimientos en Francia y Bélgica, el gabinete de Asquith subestimó los riesgos de una guerra con el Imperio Otomano. Winston Churchill, entonces primer lord del Almirantazgo, agravó las tensiones con los otomanos al confiscar dos acorazados de fabricación británica destinados a su armada y reactivar los planes anglo-griegos para un ataque contra la península de Galípoli, en el lado occidental de los Dardanelos. El 27 de septiembre, los otomanos cerraron los Dardanelos. Un mes más tarde, Turquía bombardeó instalaciones navales rusas en el mar Negro. Sin consultar al gabinete, Churchill ordenó a la Royal Navy que «iniciara de inmediato las hostilidades contra Turquía».
Churchill ordenó en 1914 a la Royal Navy que iniciara hostilidades contra Turquía cuando bloqueó el mar Negro.
(Central Press/Hulton Archive/Getty Images)
Churchill no fue consciente de las consecuencias económicas de su orden. La guerra contra los otomanos no solo agravó aún más la tensión en el mercado mundial de cereales, sino que también puso al descubierto la vulnerabilidad financiera de Rusia, aliada de Gran Bretaña en la guerra. Rusia obtenía el 85 % de sus ingresos extranjeros de las exportaciones agrícolas y mineras, principalmente a través del mar Negro. Estas eran esenciales para hacer frente al creciente servicio de la deuda externa del régimen zarista. Con el patrón oro suspendido y el rublo en fuerte caída, Rusia se apresuró a solicitar préstamos en París y Londres, lo que suscitó temores de una crisis fiscal más amplia entre los aliados.
A finales de 1914 y principios de 1915, el Consejo de Guerra británico barajó muchas estrategias. Poco a poco, sin embargo, un asalto a los estrechos del mar Negro para obligar a Turquía a reabrir el cuello de botella se perfiló como la solución a todos los problemas del Gobierno. Desde el punto de vista militar, ofrecía un atajo para sortear el estancamiento en Francia y Bélgica, un respiro para Rusia y, posiblemente, la entrada de Grecia en la guerra del lado británico. Desde el punto de vista económico, prometía aliviar la escasez crónica de trigo, bajar el precio del pan y reducir el riesgo de que Rusia incumpliera el pago de su deuda externa o firmara una paz separada con Alemania y Austria.
Churchill fue siempre el defensor más entusiasta de forzar la apertura de los Dardanelos. Pero entre el 4 de enero y el 9 de febrero de 1915, la mayoría de los miembros del Consejo de Guerra descartaron los argumentos en contra. A medida que crecía el apoyo, también lo hacía la ambición. Asquith y sus colegas comenzaron a creer que el éxito no solo podría reactivar la economía, sino también provocar un cambio de régimen en Constantinopla y adelantarse a una toma de la capital otomana por parte de Rusia, algo que el ministro de Asuntos Exteriores, sir Edward Grey, había prometido a Rusia en caso de victoria.
El mapa de la operación británica en los Dardelos.
Las lecciones del bloqueo
Los acontecimientos de 1914-1915 ilustran seis lecciones sobre este tipo de contingencias, todas ellas aplicables al problema actual del estrecho de Ormuz:
1. A los responsables políticos les cuesta prever las consecuencias de segundo y tercer orden de sus decisiones. Las acciones del enemigo son difíciles de predecir, incluso con buena información de inteligencia, y la complejidad del sistema económico global implica que incluso perturbaciones modestas pueden producir efectos ‘mariposa’ no lineales.
2. La estructura de la toma de decisiones a nivel estratégico y operativo suele generar argumentos contrapuestos sobre qué medidas deben adoptarse, lo que refleja no solo las personalidades de los responsables, sino también las prioridades de sus departamentos.
3. En los gobiernos representativos, los cálculos de política interna suelen prevalecer sobre la experiencia militar.
4. Los responsables de la toma de decisiones tampoco pueden ignorar las diferentes prioridades de los gobiernos aliados ni los intereses de los gobiernos neutrales, por temor a convertirlos en adversarios.
5. En crisis que tienen efectos económicos adversos, los gobiernos casi siempre se ven tentados a intervenir en los mercados. Estas intervenciones tienden a tener consecuencias no deseadas porque ni siquiera los políticos y burócratas con talento comprenden plenamente los mecanismos de, por ejemplo, los mercados de seguros y de futuros.
6. En una crisis, el ritmo de la toma de decisiones se acelera, lo que agrava la dificultad inherente de actuar en condiciones de incertidumbre.
La campaña de los Dardanelos fue uno de los mayores desastres militares de la historia del Imperio Británico
Como sabrán quienes hayan visto la película ‘Gallipoli’, la campaña de los Dardanelos fue uno de los mayores desastres militares de la historia del Imperio Británico. El plazo desde la aprobación del Consejo de Guerra (9 de febrero) hasta la ejecución (19 de febrero) era muy ajustado. El plan inicial consistía en una operación de largo alcance, «de bajo riesgo y exclusivamente naval». A principios de marzo, sin embargo, la operación se enfrentó a dificultades debido a la escasez de propulsante y al desgaste de los cañones.
Los fuertes turcos que custodiaban los Dardanelos resultaron más difíciles de destruir de lo esperado. Churchill ordenó un asalto a menor distancia, a pesar de que esto situaba a la Armada británica al alcance de los cañones turcos y de que los intentos de barrer las minas habían fracasado. El 18 de marzo, el ataque terminó en ignominia cuando los cañones y las minas otomanas hundieron tres de los 16 buques capitales de la flota e inutilizaron otros tres.
La campaña en los Dardanelos. En la primera foto, el buque británico ‘Louis’, hundido por los turcos. En la segunda, la artillería turca en un combate. En la última, marines británicos tras el desembarco.
(ARCHIVO ABC)
Londres cambió rápidamente a un asalto anfibio a gran escala en Galípoli. (El equivalente hoy en día sería que Trump enviara a los marines.) Esto fracasó de forma aún más desastrosa. El ataque lanzado el 25 de abril por tropas británicas, francesas, australianas y neozelandesas tuvo que ser detenido el 9 de mayo. Alrededor de 30.000 hombres resultaron muertos o heridos, incluido más del 60% del contingente francés. Tras el fracaso de una segunda ofensiva en agosto, el Gobierno admitió la derrota. El gabinete acordó la evacuación el 20 de diciembre. Esta se completó el 8 de enero de 1916.
Mientras tanto, irónicamente, la crisis alimentaria se había resuelto por sí sola. En septiembre de 1915, el precio del trigo había caído a solo 43 chelines el cuarto, gracias a una cosecha excepcional en Norteamérica. También quedó claro que, incluso si la expedición hubiera tenido éxito, el sistema ferroviario ruso, que se encontraba interrumpido, habría impedido que su trigo llegara a través del estrecho.
Las consecuencias políticas tampoco fueron las previstas. En mayo de 1915, Asquith se vio obligado a formar un nuevo gobierno de coalición con los conservadores.
Churchill, el chivo expiatorio, fue sustituido en el Ministerio de Marina.
En noviembre de 1916, los precios del trigo habían vuelto a subir, esta vez por encima del umbral de los 70 chelines, donde se mantuvieron hasta agosto de 1921. Y, sin embargo, el malestar social que el Gobierno había temido en 1914-1915 no llegó a producirse. Tampoco la actuación británica logró mantener a Rusia en la guerra, ya que la Revolución Bolchevique de 1917 condujo tanto a una paz separada con Alemania como al impago de las deudas del régimen zarista. En última instancia, Gran Bretaña ganó la guerra en 1918, gracias a los avances británicos en el frente occidental, la entrada de Estados Unidos en la guerra y el deterioro de la moral militar alemana. Pero la victoria -lograda a pesar de las decisiones estratégicas británicas, y no gracias a ellas- tuvo un coste astronómico en vidas y recursos.
Contrastemos esto con las operaciones estadounidenses en el estrecho de Ormuz durante la década de 1980.
El petróleo por el estrecho de Ormuz
A lo largo del siglo XX, el petróleo se convirtió en un insumo económico más importante que el trigo. Estados Unidos fue pionero en la explotación del petróleo crudo como recurso natural. En la década de 1970, sin embargo, el consumo de petróleo de Estados Unidos dependía cada vez más de yacimientos extranjeros en lugar de los estadounidenses. Esto creó un nuevo cuello de botella en Oriente Medio.
Cuando Estados Unidos respaldó a Israel durante la Guerra de Yom Kippur de 1973, Arabia Saudí cumplió sus amenazas de restringir las exportaciones de petróleo a Estados Unidos y a otros países que apoyaban a Israel.
El secretario de Estado Henry Kissinger había subestimado estas amenazas: «Si hubiera comprendido mejor el mecanismo de fijación de precios del petróleo -escribió más tarde- me habría dado cuenta de que los recortes de producción saudíes eran más peligrosos que el embargo, ya que afectaban de manera crítica al suministro mundial y, por lo tanto, sentaban las bases para la empobrecedora subida de precios».
Ajustados a la inflación, los precios del crudo subieron un 52% en tres meses y un 381% en seis. En 1979, la Revolución Iraní provocó una reducción comparable del suministro mundial de petróleo (un 7%), aunque las subidas de precios fueron menos severas (un aumento del 13% en tres meses y del 62% en seis).
En este contexto, es comprensible que la Administración de Ronald Reagan intentara evitar otra gran interrupción del suministro de petróleo durante la Guerra Irán-Irak, que se prolongó de 1980 a 1988. Cuando Irán e Irak comenzaron a atacar petroleros, los flujos diarios a través del estrecho de Ormuz se redujeron en casi dos tercios. Sin embargo, el «exceso de petróleo» de principios de la década de 1980 y la guerra de precios de la OPEP de 1985-86 mantuvieron los precios bajos. Estados Unidos evitó la intervención directa y, en su lugar, ayudó a los aliados regionales a defenderse.
El presidente iraní Mahmud Ahmadineyad, durante un desfile militar que evocó la invasión de Irak en 1980.
(Efe)
Luego, en febrero de 1986, Irán se apoderó de la península de Al-Faw, y los temores de Kuwait a una anexión se dispararon. A finales de 1986 y principios de 1987, Kuwait involucró tanto a EE.UU. como a la URSS en el conflicto al solicitar protección para sus petroleros en el Golfo Pérsico. En marzo de 1987, EE.UU. accedió.
Tres consideraciones internas y estratégicas, que se solapaban, impulsaron esta decisión. En primer lugar, la Administración se esforzaba por recuperar su credibilidad ante los aliados del Golfo y de Europa tras el caso Irán-Contras, que salió a la luz en noviembre de 1986 y provocó que la popularidad de Reagan en el país cayera del 63% al 46% en solo un mes.
En segundo lugar, Irán estaba probando misiles Silkworm de largo alcance fabricados en China que suponían una amenaza significativa para el transporte marítimo y las infraestructuras.
Un buque americano en el estrecho de Taiwán.
(USNavy)
En tercer lugar, y lo más importante, Estados Unidos buscaba contrarrestar la creciente presencia de la URSS en el Golfo y el riesgo de que los soviéticos se afianzaran allí de forma duradera ocho años después de la invasión soviética de Afganistán. Apenas unos días después de saber que Moscú había accedido a cambiar el pabellón de 5 de los 11 petroleros kuwaitíes, la Administración Reagan aprobó la solicitud de Kuwait e insistió en que este país redujera las contribuciones soviéticas. La Operación ‘Earnest Will’ escoltó su primer convoy en julio de 1987. El viaje inaugural fue excesivo: tres buques de guerra estadounidenses escoltaron a dos petroleros, mientras que cruceros cercanos y un portaaviones en el mar Arábigo proporcionaban vigilancia y apoyo aéreo adicional. Sin embargo, en su prisa por marginar a los soviéticos, los funcionarios estadounidenses no siguieron el proceso completo de toma de decisiones interinstitucional. Se pasaron por alto dos cuestiones clave: la falta de acceso a bases militares locales y la defensa contra la guerra de minas submarinas.
La intervención de EE.UU. en la Guerra de los Petroleros fue tan exitosa como desastrosa fue la británica en Galípoli
Esta última resultó ser el descuido más grave. El superpetrolero kuwaití SS Bridgeton, que había cambiado de pabellón, chocó con una mina en el primer convoy y sufrió daños. Irán lo presentó como una victoria propagandística e intensificó sus operaciones de minado. Aunque muy eficaces para hundir barcos, estas operaciones de minado enemistaron a Estados anteriormente neutrales, lo que llevó a un aumento de la presencia naval estadounidense, europea y soviética en el Golfo para acelerar y ampliar las operaciones de desminado y escolta. En abril de 1988, la misión estadounidense se amplió, pasando de escoltar petroleros kuwaitíes con pabellón cambiado a proteger «buques neutrales, inocentes y amigos que enarbolaran un pabellón no beligerante». Al final de la guerra, en julio de 1988, la Armada de los Estados Unidos había escoltado más de 100 convoyes en los que participaban más de 200 buques mercantes.
La intervención estadounidense en la Guerra de los Petroleros fue, por tanto, tan exitosa como desastrosa fue la intervención británica en Galípoli.
El cuello de botella más crítico
El estrecho de Ormuz sigue siendo el cuello de botella físico más crítico del mundo para los mercados energéticos. Antes de la actual guerra con Irán, las exportaciones de energía a través del estrecho representaban aproximadamente el 20% del mercado mundial del petróleo y el 20% del mercado mundial del GNL (o alrededor del 3% del mercado mundial del gas). Las exportaciones del Golfo a través del estrecho también representan cuotas significativas de los mercados del aluminio, la urea y el helio, entre otros productos industriales y agrícolas. Por lo tanto, aunque las economías desarrolladas consumen menos petróleo que hace 50 años, el cierre del estrecho por parte de Irán sigue representando una grave amenaza para la estabilidad económica mundial.
Esta captura de vídeo, el pasado 1 de marzo de 2026, muestra al petrolero Skylight, envuelto en llamas en Omán.
(Ugc/Afp)
Pero hay tres diferencias clave entre la situación actual y la de la década de 1980:
1. Estados Unidos es una de las partes beligerantes, y se considera ampliamente que ha iniciado la guerra en Irán.
2. La tecnología militar ha mejorado, sobre todo en la producción de drones baratos pero eficaces, lo que aumenta la capacidad de Irán para interrumpir el tráfico marítimo. Es posible que Irán disponga ahora también de la tecnología para colocar minas con drones.
3. Las posiciones de las dos superpotencias mundiales han cambiado. En la década de 1980, Estados Unidos era el mayor importador mundial de petróleo, y la URSS era un Estado petrolero muy afectado por la caída del precio del petróleo de 1985-86. Hoy en día, es China la mayor importadora mundial de petróleo, mientras que Estados Unidos se ha convertido en un exportador neto marginal de productos petrolíferos.
En otros aspectos, la situación actual se asemeja a la de Gran Bretaña en 1914:
1. La Administración Trump inició su guerra con confianza, al considerar que Irán estaba debilitado económica y militarmente y con la esperanza de que la decapitación pudiera provocar el colapso de la República Islámica.
2. La administración subestimó los costes económicos de su acción y la resistencia de su adversario.
3. Ahora debe conciliar su deseo de evitar una retirada humillante, el deseo del electorado estadounidense de que la vida cotidiana no resulte aún menos asequible, y el deseo de los aliados de Estados Unidos de que la guerra termine rápido y se restablezca la normalidad en el estrecho.
Bajo estas presiones, los responsables de la toma de decisiones en Washington se han visto divididos entre persistir en su estrategia aérea con la esperanza de un mejor resultado y adoptar la opción aparentemente más arriesgada de desplegar «tropas sobre el terreno» para acelerar la destrucción de las capacidades de Irán en materia de drones y sembrado de minas. Esto explica la decisión de enviar un grupo anfibio de respuesta rápida y una unidad expedicionaria de marines adscrita desde Japón al Golfo.
El peligro es que, al igual que en 1915, los responsables de la toma de decisiones no tengan en cuenta los riesgos negativos de buscar soluciones militares a problemas económicos y diplomáticos.
El mayor riesgo para Estados Unidos hoy en día no es necesariamente el más obvio, que el estrecho de Ormuz quede cerrado. Es que los adversarios mejor armados del país -la República Popular China y la Federación Rusa- encuentren la manera de sacar partido del último enredo estadounidense en Oriente Medio.
Tres frentes de guerra para EE.UU.
La Unión Soviética, al borde de la sobreexpansión imperial y el colapso interno, no lo consiguió en la década de 1980. Pero la Alemania imperial se aprovechó del fracaso británico en Galípoli. El desastre de los Dardanelos distrajo a los responsables británicos del crucial frente occidental y pudo haber contribuido indirectamente al calamitoso fracaso de la ofensiva del Somme de 1916. Al final, el error de cálculo alemán, y no la estrategia británica, resultó decisivo en la Primera Guerra Mundial. Si Berlín hubiera manejado a Estados Unidos con más destreza, la historia podría haber sido diferente.
La magnitud del peligro al que se enfrenta ahora la Administración Trump se entiende mejor a través del marco del problema de los tres cuerpos. Desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se ha visto arrastrado a tres frentes de guerra: el Atlántico Norte, el Golfo Pérsico y el Indo-Pacífico. En la práctica, dado que los recursos son finitos, el ejército estadounidense no puede participar activamente en los tres teatros de operaciones a la vez. En la actualidad, solo puede hacer frente a una guerra a la vez.
El mayor riesgo para EE.UU. hoy día no es el que parece más obvio, que el estrecho de Ormuz quede cerrado, sino que China y Rusia encuentren la manera de sacar partido a la situación
La guerra contra Irán no es, a pesar de lo que afirman Tucker Carlson y otros, una empresa regional en beneficio de Israel. No ayuda a otros aliados y amigos de Estados Unidos, sino que impone fuertes costes a los importadores de energía de Europa, India, Japón, Corea y Taiwán. Tampoco acerca la paz a Ucrania. A Ucrania le resultará aún más difícil conseguir interceptores de misiles ahora que los Estados del Golfo los ansían. Mientras tanto, el aumento de los precios del petróleo y la flexibilización de las sanciones beneficiarán al presupuesto de Rusia, que venía sufriendo por el bajo precio del petróleo de los Urales.
El secretario de Defensa, Pete Hegseth, afirmó la semana pasada que China «no es realmente un factor aquí». Esto es falso. Casi todo el petróleo exportado por Irán se destinó a China el año pasado, lo que supuso alrededor del 15% del crudo transportado por mar a China. Casi dos quintas partes del petróleo que atravesó el estrecho de Ormuz se destinaron a China en el primer trimestre de 2025. Por otra parte, el agresivo programa de fabricación de misiles de Irán fue un proyecto impulsado por China.
Una mujer iraní pasa junto a una valla publicitaria antiestadounidense en Teherán.
(Reuters)
Hay quienes, dentro de la Administración, consideran que el ataque contra Irán -que se produce tan poco después del derrocamiento del régimen chavista en Venezuela- era una maniobra de poder previa a la cumbre entre los presidentes Trump y Xi en Pekín, prevista para finales de este mes. Eso es una ilusión. Aunque China importa petróleo iraní, depende mucho menos del petróleo del Golfo que los aliados asiáticos de Estados Unidos, ya que ha acumulado unas reservas estratégicas de alrededor de 2.000 millones de barriles. La Tercera Guerra del Golfo también supone un grave problema para la disuasión estadounidense en el Indo-Pacífico, ya que agota las existencias de armamento caro y de lenta reposición.
El estrecho de Taiwán
Lo que nos lleva al siguiente gran cuello de botella global: el estrecho de Taiwán.
Más del 90% de los semiconductores más avanzados del mundo, y el 99% de los chips utilizados para el entrenamiento de IA de vanguardia, se fabrican en Taiwán.
Taiwán importa el 97% de su suministro energético en forma de petróleo, GNL y carbón. Esto hace que el cuello de botella de Taiwán sea, en términos relativos, mucho más importante de lo que el estrecho de Ormuz ha sido jamás para los mercados energéticos mundiales.
La estrategia racional para el presidente Xi no es una invasión anfibia ni un bloqueo de Taiwán. Es esperar a las elecciones de Taiwán de enero de 2028 con la esperanza de una victoria del Partido Nacionalista Chino y un giro decisivo hacia el objetivo de Pekín de «un país, dos sistemas», actualmente en práctica en Hong Kong. Sin embargo, existe un riesgo extremo cada vez mayor de que se vea tentado a actuar con mayor audacia, aprovechando otro embrollo estadounidense en Oriente Medio.
En lugar de arriesgarse a una confrontación bélica en Oriente Medio, la mejor opción de Xi es desplegar buques de la Guardia Costera china y hacer valer el derecho de Pekín a recaudar derechos de aduana y regular el flujo de mercancías hacia Taiwán.
Un barco pasa frente a la isla de Dadan, al este de estrecho de Taiwán, a unos 15 km de la península china.
(Efe)
Puede presentar esto como algo coherente con el derecho internacional, satisfaciendo a muchos países y empresas, especialmente a aquellos con importantes intereses comerciales en la República Popular China.
Es cierto que Taiwán está reconocido como un «territorio aduanero separado» por la Organización Mundial del Comercio, definido en el Tratado de Marrakech de 1994 en el sentido de que Taiwán tiene «plena autonomía sobre sus relaciones comerciales exteriores». En 2001, China aceptó que Taiwán y Hong Kong disfrutaran de este estatus. Sin embargo, como ha argumentado el exasesor del Departamento de Estado Philip Zelikow, China podría revocarlo para Taiwán, al igual que el presidente Trump lo revocó para Hong Kong en 2020. China podría entonces aplicar sus controles de exportación a las mercancías que salen de Taiwán, citando de nuevo los precedentes estadounidenses para hacerlo.
Si China diera ese paso hacia una «zona gris», quedaría inmediatamente claro que el mayor cuello de botella del mundo no es el estrecho de Ormuz, sino el estrecho de Taiwán.
La probable reacción de Estados Unidos ante tal escenario queda fuera del alcance de este ensayo. Pero, como sostiene Eyck Freymann en su próximo libro, China ha acumulado capacidades militares que, sobre el papel, la sitúan cerca de la paridad con Estados Unidos en el Indo-Pacífico. Es probable que Estados Unidos tuviera que realizar un esfuerzo a gran escala para mantener el flujo de mercancías hacia y desde Taiwán por una ruta marítima y aérea que no pudiera controlar Pekín.
China ha acumulado capacidades militares que, sobre el papel, la sitúan cerca de la paridad con EE.UU. en el Indo-Pacífico
A diferencia de la invasión rusa de Ucrania hace cuatro años, la guerra aéreade Estados Unidos e Israel contra Irán debería ser breve. Por razones de política interna y económicas, la Administración Trump necesita que así sea. Pero persiste la incertidumbre sobre la resistencia del régimen iraní -la profundidad y el alcance de su fanatismo- y su capacidad para mantener cerrado el estrecho de Ormuz y reducir de otro modo las exportaciones de petróleo del Golfo.
En estas circunstancias, al igual que en 2022 -cuando la invasión rusa de Ucrania provocó el cierre temporal de los estrechos del Mar Negro-, los importadores mundiales de combustibles fósiles y fertilizantes deben luchar por unos recursos cada vez más escasos y caros. Cuanto más dure la guerra, mayor será la presión interna sobre Trump; más elevados serán los costes para los aliados de EE.UU. en Asia y Europa; más dinero obtendrá Rusia; y mayor será la tentación para China.
La Administración está intentando ahora salvar un plan que parece estar, al igual que el de Churchill en 1915, desintegrándose al entrar en contacto con el enemigo. Quizá aún sea salvable. La República Islámica podría aún hacerle un favor a Trump al desaparecer. No lo descarto. Sin embargo, si los asesores de Trump no mantienen la cabeza fría, podrían pasar por alto el hecho de que han creado una enorme oportunidad estratégica para China y Rusia, especialmente si actúan de forma concertada. Washington podría pasar por alto, en medio del ambiente festivo de una cumbre de superpotencias, los preparativos para un golpe de mano que trastocaría la economía internacional y el orden geopolítico mundial.
El estrecho de Ormuz está bloqueado. ¿Por cuánto tiempo? El estrecho de Taiwán está abierto. ¿Por cuánto tiempo?
Sobre el autor: Niall Ferguson
Niall Ferguson es un destacado historiador, escritor y académico británico especializado en historia económica, financiera e imperialismo. Profesor en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford y ha impartido clases en Harvard y Oxford.