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Lo que no se vio del intento de atentado a Trump, desde dentro del Hilton: caos y fallos de seguridad

El sonido, como diría después Donald Trump, y pude oír claramente, parecía el de una bandeja cayendo. Tal vez fue porque, tras que el aspirante a homicida entró pistola en mano, algún camarero dejó caer lo que llevaba. Yo supe exactamente que estábamos posiblemente … ante una masacre al ver los cuerpos de mis compañeros de la prensa y sus acompañantes, y no pocos políticos caer al suelo, como pesos muertos, miradas de angustia, manos sobre la cabeza.
Entonces, silencio. Un silencio extraño. Por coincidencias del destino, tenía el asiento al lado del escenario, en una mesa a unas decenas de metros de donde estaba el presidente, sentado con los galardonados de los premios de periodismo, reporteros intrépidos y respetados que habían descubierto cantidades titánicas de fraude en seguros públicos en Minnesota.

David Alandete cuenta desde la Casa Blanca cómo ha sido el intento de atentado.

Al darse cuenta de que estábamos, otra insidiosa vez, ante otro tiroteo —uno más, de los miles que se han producido ya en este país— se dejaron caer. Uno de ellos, con quien crucé la mirada, tenía cara de hastío. «Otra vez, no», dijo mientras levantaba el mantel de la mesa.
Uno no sabe cómo reaccionará en esos lances, y lo que yo hice fue agacharme un segundo, pero levantarme enseguida e ir inmediatamente hacia el escenario. Lo primero que vi: dos agentes del Servicio Secreto con chaleco antibalas encima de la mesa donde estaba Trump, con dos rifles enormes. A la izquierda, el presidente salía, tras tropezar, arropado por agentes, seguido de la presidenta de la Asociación de Corresponsales, Weijia Jiang, vestida con un traje de cóctel de mil piedras brillantes, que avanzaba sola y a gatas.
Me acerqué, cámara en mano, a la mesa principal, que estaba elevada, y por delante de mí pasó la directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard, con cara de haber visto a un espectro, su pelo negro con mechón blanco encrespado, protegida por dos agentes. Vi cómo evacuaban a los miembros del gabinete, una buena mayoría: Economía, Energía, Estado, todos por la vía rápida.

Más de 2.500 asistentes

Los demás, 2.500 almas, nos quedamos allí, en esa sala gigante a la que siempre hemos ido en esa gala, donde nunca imaginamos un intento de asesinato de un presidente, algo que nunca había ocurrido hasta que decidió acudir por primera vez Trump. Él nos dijo después que iba a darnos un buen repaso a los medios, que iba a ser «brutal». Intentó que la cosa se reanudara, pero acabó cancelándose por recomendación del FBI.
Es llamativo que nadie impidiera a los cinco o seis periodistas que no nos tiramos al suelo seguir grabando y movernos por la sala, pero lo cierto es que la prioridad eran el presidente y los miembros del Gobierno. A lo lejos, junto a la entrada, en la parte opuesta del salón, vi más caos, más desorden, periodistas saliendo. Corrí hacia allí, sobre todo porque no tenía cobertura dentro y quería llamar a mis editores.
Entré, sin saberlo, en el lugar por donde Cole Tomas Allen, de 31 años, residente en Torrance, California, había irrumpido corriendo hacia el salón donde estábamos. Iba armado con una escopeta, una pistola y varios cuchillos. El tiroteo ocurrió cerca del control de seguridad interior, poco después de las 20.30, cuando ya se había servido la ensalada.
Allí estaban los arcos de seguridad y decenas de fotógrafos. Agentes del Servicio Secreto me ordenaron avanzar, seguir moviéndome. El aspirante a asesino estaba retenido en una sala contigua. El presidente y su gabinete, en otra, aún sin saber si aquello era coordinado, si había más atacantes fuera.
Lo que sí había eran manifestantes, dos de ellos con pancartas en las que se leía «muerte al rey», gritando e insultando a quienes pasaban por allí, incluso después de lo ocurrido.

Fallos de seguridad

Pasé los detectores recordando que apenas una hora antes había estado literalmente al lado de los secretarios de Estado y Defensa sin haber pasado un segundo control en esa zona del hotel. El evento fue organizado bajo supervisión federal, pero la investigación apunta a fallos claros: una masacre de secretarios y periodistas se evitó porque Allen fue interceptado antes de alcanzar el salón, al que se dirigía corriendo.
Al salir al exterior, cerca de donde en 1981 tirotearon a Ronald Reagan, nos confirmaron que el presidente no regresaría. Un agente nos dijo que aquello era ya una escena del crimen.

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Finalmente, Trump decidió volver a la Casa Blanca y dar una rueda de prensa. Corrí como un poseso hasta la residencia presidencial, tomé asiento, esperé al presidente y pude hacerle una pregunta directa: si no le preocupaba toda esta violencia política, la incitación, los atentados, aquí y en otros lugares. Trump, siendo Trump, respondió que no, que son gajes del oficio. Y confirmó que espera repetir la gala en menos de un mes.

La Turquía de Erdogan, actor al alza en la guerra de Irán

Al igual que ocurriera en Gaza, la Turquía de Recep Tayyip Erdogan ha vuelto a aprovechar la baza de la mediación diplomática, en este caso en torno al conflicto abierto en Irán, para reivindicar su papel como actor clave en el presente y futuro de la arquitectura geopolítica de Oriente Medio. Como en el caso de Pakistán —principal mediador en el actual conflicto bélico, ahora en fase de tregua indefinida—, Ankara goza de una posición de equilibrio al mantener tanto estrechas relaciones con EEUU —Turquía es el segundo ejército de la OTAN— como con la República Islámica, también con los vecinos árabes del Golfo.Turquía asume, así, un rol complejo, ambiguo y calculado: el de actor regional que intenta evitar una guerra total mientras, al mismo tiempo, protege sus propios intereses estratégicos y mantiene abiertas todas sus opciones diplomáticas. Erdogan entiende que una derrota completa de Irán o una escalada descontrolada del conflicto podría alterar de forma dramática el equilibrio de poder en Oriente Medio y afectar directamente a su propia seguridad nacional.Lo cierto es que, desde el inicio el pasado 28 de febrero de la ofensiva de EEUU e Israel contra la República Islámica, Ankara ha tratado de jugar sus posibilidades como país mediador. El mandatario turco ofreció su país como “facilitador” en unas posibles negociaciones, mientras su ministro de Exteriores, Hakan Fidan, mantuvo contactos intensos con responsables iraníes y estadounidenses a fin de frenar una escalada militar mayor. A pesar de las cuatro interceptaciones confirmadas por Ankara de proyectiles iraníes que entraron en espacio aéreo turco durante el pasado mes de marzo, Turquía ha evitado siempre responder y verse arrastrada a la guerra.Con todo, la voluntad mediadora no debe interpretarse como neutralidad. Turquía juega una partida de equilibrio muy delicada. Por un lado, es miembro de la OTAN, mantiene relaciones estratégicas con Estados Unidos, y, por otro, necesita evitar el colapso de Irán porque eso significaría una enorme desestabilización en su frontera oriental, una nueva oleada masiva de refugiados, el fortalecimiento de actores kurdos armados —su gran y permanente obsesión— y una mayor penetración israelí y estadounidense en la región.Dicho de otro modo: Ankara no busca salvar a Irán como aliado ideológico —ambos han rivalizado durante décadas no solo geopolítica o económicamente, sino también como representantes del islam suní y chií—, sino impedir que Irán desaparezca como contrapeso geopolítico. En la lógica estratégica turca, un Irán debilitado pero existente es preferible a un Irán destruido y sustituido por un vacío de poder o por la hegemonía israelí-estadounidense.Un Irán fragmentado no le interesa. Sin embargo, Ankara se alegra de ver a un Irán débil y a unos EEUU recibiendo una cura de humildad“Como el Reino Unido, Turquía desea que las líneas de Sykes-Picott no se deshagan. Un Irán fragmentado no le interesa. Sin embargo, Ankara se alegra de ver a un Irán débil y a unos EEUU recibiendo una cura de humildad”, afirma a 20minutos la diputada del Partido por la Igualdad y la Democracia de los Pueblos (DEM) y miembro del comité de Política Exterior del Parlamento turco Ceylan Akça.Además, Turquía teme profundamente las consecuencias internas de la guerra. La frontera turco-iraní ya ha comenzado a recibir miles de desplazados. También existe una dimensión energética y comercial. Turquía depende en parte de la estabilidad del Golfo y de los flujos comerciales que atraviesan la región. Una guerra prolongada que cierre el estrecho de Ormuz o dispare los precios energéticos dañaría seriamente la economía turca, ya afectada por inflación y fragilidad monetaria.Con todo, el cálculo más profundo es geopolítico. Erdogan entiende que si el régimen de los ayatolás cayera, Turquía podría convertirse en el siguiente gran objetivo de presión regional. La desaparición de Teherán como potencia autónoma dejaría a Ankara más expuesta frente a Israel, frente a las presiones estadounidenses y frente a los proyectos de reconfiguración regional impulsados desde fuera.Por otra parte, cabe recordar que la política exterior de Turquía en esta guerra con Irán no se basa solo en el oportunismo de Erdogan, sino en una combinación de varias doctrinas históricas e ideológicas que se superponen. Las más importantes son cuatro: el kemalismo clásico (“paz en casa, paz en el mundo”), la doctrina de la profundidad estratégica de quien fuera ministro de Exteriores turco Ahmet Davutoglu —plasmada en el sintagma “cero problemas con los vecinos”—, el llamado neo-otomanismo, y una lógica más reciente de autonomía estratégica o “siglo de Turquía”.Por tanto, el “doble juego” turco no es simple hipocresía, sino una política de supervivencia en una región extremadamente volátil. Sólo Turquía es capaz de ser miembro clave de la OTAN y seguir adquiriendo misiles rusos S-400, negociar con el presidente ruso Vladimir Putin pero vender drones a Ucrania; ser un duro crítico de las autoridades israelíes y apoyo —al menos verbal— de la causa palestina pero mantener abiertos ciertos canales económicos y condenar tanto los ataques a Irán como los que, a su vez, la República Islámica lleva a cabo contra los países árabes del Golfo.Un país al alza en la nueva arquitectura regionalAsí las cosas, Ankara no ha dejado de tratar de aprovechar la crisis sucesivas en la región para reforzar su prestigio y posición internacional. Erdogan lleva años intentando presentar a Turquía como potencia indispensable, ni plenamente occidental ni plenamente oriental, sino una bisagra capaz de hablar con todos. Ya lo hizo con la guerra de Ucrania, presentándose como mediador entre Rusia y Occidente, y ahora busca repetir esa imagen con Irán. Gracias a su apoyo militar decisivo a los triunfantes insurgentes comandados por Ahmed al Sharaa, Turquía es quizás la potencia internacional más influyente en la Siria post-Assad.La actual guerra está además incrementando el ascendiente turco en un Golfo árabe y suní —después de años de tensión— que ha sido testigo de su fragilidad en las últimas semanas. Arabia Saudí y Emiratos no reemplazarán a EEUU, pero son cada vez más conscientes de la necesidad de diversificar alianzas militares. Gracias a su avanzada industria de defensa, Ankara puede ser un actor clave en la nueva arquitectura de defensa regional en los próximos años y ya se plantea la creación de una estructura para la cooperación en materia de seguridad con Arabia Saudí, Egipto y Pakistán Lo dijo el ministro de Exteriores turco: “O los países de la región se unen y aprenden a resolver sus problemas, o una fuerza externa impondrá soluciones que servirán a sus propios intereses”. Turquía ya está estableciendo varios mecanismos de defensa con países importantes en la regiónEn este sentido, la diputada del DEM y responsable de política exterior de su partido en el Parlamento turco Ceylan Akça explica cómo “Turquía ya está estableciendo varios mecanismos de defensa con países importantes en la región”. “Sin embargo, los pactos de defensa están apoyados por motivaciones políticas primitivas. La región MENA necesita democracias más sanas y menos armas”, abunda. Además, el hecho de que Turquía observe la guerra de Irán con sus anteojos antikurdos es una tendencia repetida que aburre”, confiesa a este medio.Por su parte, el investigador doctoral en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid Pol Mauri recuerda a 20minutos que “aunque su propuesta diplomática ha tenido menos fuerza que la pakistaní, Turquía ha sido ya un ganador del conflicto”. “Dos rutas alternativas para el petróleo muy importantes se han abierto con fuerza. En primer lugar, Ceyhan, conectando Irak con el Mediterráneo y Europa. En segundo lugar, la vía terrestre a través de Siria e Irak, como ya hemos visto en los primeros transportes de gas licuado”, explica el especialista en el movimiento nacionalista kurdo y miembro del Grupo de Estudios sobre Pueblos Iranios de la Universidad Autónoma de Madrid.En este aspecto clave de la política turca, el investigador español recuerda cómo “en relación a los partidos kurdos iraníes Turquía está sumergida en un proceso de paz y los mensajes cruzados entre apoyo y desánimo estadounidense solo han contribuido a difuminar cualquier idea de insurrección kurda en el noroeste. Además, los partidos kurdos han desmentido haber recibido apoyo armamentístico de cualquier tipo”.En el capítulo económico, Turquía ha aprovechado su posición geográfica y relativa estabilidad para atraer capital que tradicionalmente se concentraba en centros financieros como los emiratíes. Ante la amenaza de represalias iraníes contra las infraestructuras de los países del Golfo, Ankara ha lanzado una ofensiva fiscal agresiva para incentivar la reubicación de sedes regionales de multinacionales hacia el Centro Financiero de Estambul (IFC). Al presentarse como un refugio seguro frente al riesgo de ataques a desalinizadoras o instalaciones energéticas en el Golfo, Turquía está captando flujos de inversión de empresas de servicios financieros, tecnología e inteligencia artificial que buscan diversificar su exposición al riesgo regional.  Además, el bloqueo del estrecho de Ormuz y la vulnerabilidad de las rutas marítimas han permitido a Turquía promocionar con éxito el proyecto de la Ruta de Desarrollo de Irak como la alternativa logística principal para conectar el sur de la región con Europa por tierra. Este corredor, que evita los cuellos de botella marítimos bajo fuego, ha despertado un interés renovado de los fondos soberanos del Golfo, quienes, ante la necesidad de proteger sus economías y suministros, están viendo en las infraestructuras turcas un activo estratégico. Una prometedora pero incierta mediación en IránEn las próximas semanas Turquía seguirá siendo un actor clave en la desescalada en Irán. “Como miembro de la OTAN con legitimidad regional, Turquía tendrá un papel a la hora de facilitar un acuerdo potencial entre EEUU e Irán. Un papel que puede entenderse a través del históricamente pragmático y multidimensional compromiso de Turquía con Teherán”, asegura en conversación con este medio la socióloga turca y especialista en política exterior turca Nilüfer Narli.De manera consistente Turquía ha mantenido canales de diálogo con Irán incluso durante períodos de tensión con Occidente“De manera consistente Turquía ha mantenido canales de diálogo con Irán incluso durante períodos de tensión con Occidente: ha habido cooperación funcional entre Turquía e Irán a pesar de la rivalidad geopolítica”, asegura la directora del Departamento de Sociología de la Universidad de Bahçeşehir. Finalmente, Narli afirma que Ankara “ha ofrecido muchos ejemplos de aislamiento de los desacuerdos y de apoyo a los procesos diplomáticos y tiene una larga experiencia en la mediación regional”. Con todo, a pesar de su alianza estratégica con Estados Unidos —uno de sus últimos ejemplos es la presencia en la Junta de Paz de Trump para Gaza— Trump ha favorecido a la mediación pakistaní sobre la turca y no parece acabar de fiarse de Erdogan, e Israel ve a Turquía con enorme desconfianza debido al deterioro de las relaciones bilaterales en los últimos años. La tregua indefinida anunciada esta semana por el presidente estadounidense, sin embargo, evidencia la voluntad de la Administración Trump de alcanzar un acuerdo duradero que permita poner fin definitivo a la guerra y dar una salida honrosa a un régimen muy castigado pero ha salido vivo del envite.En definitiva, con el actual conflicto abierto entre Washington y Teherán, la Turquía de Erdogan quiere evitar tres escenarios: una victoria total de Israel y Estados Unidos que destruya a Irán, una guerra regional incontrolable que arrastre a toda la zona, y una expansión del conflicto que golpee directamente su territorio y su economía. Para ello, se presenta como mediador, pero también como actor defensivo, oportunista y profundamente pragmático.Erdogan no aspira a otra cosa a que cualquier nuevo equilibrio regional pase por Ankara y no se diseñe exclusivamente en Washington, Tel Aviv o Riad. Esa es la verdadera clave de su posición. Sería una simplificación resumir que Turquía se limita a practicar un juego a dos bandas, puesto que lo que trata de asegurarse es seguir siendo una potencia imprescindible. Ese es su verdadero objetivo.

De Butler a Washington: un presidente marcado por los intentos de asesinato

La segunda vida política de Donald Trump ha estado marcada por la violencia. En el verano de 2024, en medio de la campaña presidencial para recuperar las llaves de la Casa Blanca, sobrevivió de milagro a un intento de asesinato.Ocurrió en Butler, una … localidad en la Pensilvania rural, en un mitin al aire libre, el 13 de julio de aquel año. En medio de una cascada de fallos en el perímetro de seguridad, un joven se encaramó a un edificio cercano al escenario y pudo apuntar con tranquilidad al entonces candidato. Llevaba un arma de precisión y el tiro no era complicado.

Pero el atacante, Thomas Crooks, de 20 años, erró. Solo una de sus balas tocó al multimillonario neoyorquino. Le rozó su oreja derecha. Se quedó a milímetros de ser fatal. Una de las balas sí encontró a una víctima: un bombero local que asistía como público y perdió la vida.

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Javier Ansorena

La reacción de Trump a ese momento será la imagen que quedará para siempre de su carrera política. Rodeado de miembros de agentes del Servicio Secreto, se levantó y, mirando a las decenas de miles de personas que estaban en las campas de Butler, levantó el puño. Con el rostro manchado de sangre, gritó ‘fight, fight, fight’. ‘Luchar, luchar, luchar’, lo que se convirtió en ese instante en uno de sus lemas de campaña, que corean en cada mitin sus seguidores.
La demostración espontánea de coraje de Trump, su capacidad de convertir un momento de riesgo máximo en una demostración de fortaleza fueron formidables. Para muchos, ese día ganó la elección, por mucho que los demócratas trataran de levantar el rumbo con su cambio de candidato, del deteriorado Joe Biden a Kamala Harris.
El episodio también disparó el mesianismo que Trump tiene para parte del electorado conservador, algo que él mismo ha cultivado desde entonces. «Mucha gente me ha dicho que Dios me salvó la vida por una razón, para salvar a este país y devolver a EE.UU. su grandeza», dijo en Florida la noche que celebró su victoria electoral en 2024.
Ese no fue el último intento de acabar con su vida. Dos meses después del de Butler, el 15 de septiembre de 2024, un atacante trató de asesinar a Trump cuando disfrutaba de su gran afición, el golf. Fue Ryan Wesley Routh, un hombre de 58 años, que fue sorprendido por la seguridad del candidato cuando estaba apostado en una verja en el campo de golf propiedad de Trump en West Palm Beach, donde tiene su residencia.

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Javier Ansorena

Estaba apuntando un rifle a 370 metros de Trump cuando fue descubierto. Le dispararon, huyó y fue detenido poco después.
Pudo haber habido más intentos. La fiscalía de Nueva York aseguró que el Gobierno de Irán encargó a un grupo de iraníes el asesinato de Trump antes de la elección con la que volvió a la Casa Blanca.
Los disparos de este sábado, durante la cena de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, no ocurrieron en la sala en la que estaba el presidente de EE.UU. El atacante no llegó a entrar en el lugar donde Trump iba a ofrecer el habitual discurso divertido, lleno de chistes, tradicional de este evento, el primero en el que el multimillonario republicano iba a participar como presidente.
Pero ha sido un nuevo episodio de violencia política en una era turbulenta. Entre quienes estaban en la ceremonia estaba Erika Kirk, la viuda de Charlie Kirk, el activista conservador que murió asesinado durante una conferencia en un campus de Utah el pasado otoño. Su muerte sacudió a EE.UU.: Kirk era un aliado férreo de Trump y una de las figuras políticas más populares en el conservadurismo estadounidense, que había sido capaz de conectar al actual presidente con una nueva generación de votantes jóvenes. Una cámara captó a Erika Kirk abandonando la sala, entre lágrimas, en medio de otro episodio de violencia política.

Trump, a ABC: «Nadie me dijo que este trabajo fuera tan peligroso»

Minutos después de ser evacuado del hotel Hilton, aún con el eco de los disparos reciente, Donald Trump respondió a una pregunta de ABC sobre la violencia política con una frase que condensó su lectura del momento: «Es una profesión de riesgo». Y añadió: « … Eso sí, nadie me dijo que esto fuera tan peligroso».
El episodio —un tiroteo en el perímetro de seguridad de la cena de corresponsales que obligó a evacuar al presidente y a cientos de asistentes, el tercer intento contra él desde 2024— no lo interpretó como un hecho aislado. Trump lo enmarcó en una secuencia que, a su juicio, acompaña al ejercicio del poder en Estados Unidos en el actual contexto.

No rehuyó esa idea. Al ser preguntado por este diario, la asumió como parte estructural del cargo. «Estoy aquí para hacer un trabajo. Es parte del trabajo. Es peligroso», dijo. No lo planteó como una anomalía, sino como una consecuencia directa de la relevancia política. «Cuando eres influyente, van a por ti. Cuando no lo eres, no».

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David Alandete

En las primeras horas evitó atribuir una motivación concreta al atacante. Habló de un «lobo solitario», de «una persona enferma», y dejó la investigación en manos del FBI. Tampoco vinculó el tiroteo con la guerra en Irán. «No lo creo», respondió cuando se le planteó esa posibilidad.
Su reflexión fue más allá del incidente inmediato. Comparó la política con profesiones de alto riesgo, incluso el toreo, y apuntó a una normalización de ese peligro. «No puedo imaginar muchas profesiones más peligrosas», afirmó. «Es parte de lo que hacemos».
Trump dejó claro que no modificará su agenda. Rechazó reducir su exposición pública pese a los antecedentes recientes. «No puedo dejar de hacer lo que hago», dijo, en una declaración que combina decisión política y mensaje institucional: la violencia no debe alterar el funcionamiento del poder.
Aun así, su tono dejó ver una tensión de fondo. No habló de retirada, pero sí de que el riesgo del cargo debe ser asumido. «Si me lo hubieran dicho, quizá no me habría presentado», admitió, sin matizarlo como una rectificación, sino como una constatación.
El contexto inmediato, previo, refuerza esa percepción. Charlie Kirk, aliado político de Trump y fundador de Turning Point USA, murió asesinado el año pasado durante un acto público tras recibir un disparo de larga distancia. El ataque tuvo un fuerte impacto político por tratarse de una figura relevante en su entorno. Su viuda, Erika Kirk, se encontraba entre los asistentes en la cena de corresponsales.

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Javier Ansorena

Un año antes, en julio de 2024, Trump ya había sobrevivido a otro intento de asesinato en Butler, Pensilvania. Un tirador abrió fuego desde una posición elevada fuera del perímetro de seguridad y una bala le rozó la oreja derecha. Salvó la vida por centímetros, tras un leve giro de cabeza en el momento del disparo y por la rápida actuación del Servicio Secreto, que lo cubrió y lo evacuó. Aquel ataque dejó un asistente muerto y varios heridos.
La escena en el Hilton se resolvió en segundos. La lectura que hace el presidente apunta a algo más duradero: una presidencia que opera en un entorno donde la violencia política ha pasado de ser excepcional a un riesgo normalizado.

Trump comparte las imágenes del sospechoso del intento de atentado en Washington

26/04/2026

Actualizado a las 05:02h.

Donald Trump compartió las primeras imágenes del sospechoso de protagonizar un tiroteo en el hotel Hilton de Washington, donde el presidente de EE.UU. protagonizaba la cena anual de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca.
El multimillonario neoyorquino las colgó en su … red social, poco antes de dirigirse a la prensa desde la Casa Blanca, todavía con el esmoquin puesto de la ceremonia. En las dos imágenes se ve a un hombre con el torso desnudo esposado, tumbado contra el suelo, rodeado de agentes.

El propio Trump detalló que el sospechoso es de California, algo que ya habían apuntado algunos medios estadounidenses. Karol Markowicz, columnista de Fox News y de ‘The New York Post’, dos medios cercanos al presidente de EE.UU., identificó al atacante como Cole Tomas Allen. Según esta periodista, tiene 31 años y es vecino de Torrance, una localidad al sur de Los Ángeles.

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Javier Ansorena

«Es una persona enferma, muy enferma», dijo el presidente de EE.UU. en la rueda de prensa en la Casa Blanca. «Probablemente se trató de un atacante solitario».
A su lado estaban el fiscal general interino, Todd Blanche, y el director del FBI, Kash Patel, que también estaban entre los invitados a la cena de corresponsales. Ambos aseguraron que la investigación «está en marcha» y se hará justicia.

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Trump, ante los disparos: «Pensé que era una bandeja cayendo»

Los disparos sorprendieron a Donald Trump pasadas las 20:30 sentado junto a la primera dama en una de las mesas principales del salón del hotel Hilton de Washington, la noche de este sábado. Era el inicio de la velada, todavía antes de los discursos, … cuando un ruido seco, un estruendo, interrumpió la escena. «Pensé que era una bandeja cayendo, un ruido metálico», explicó después. Solo unos segundos más tarde entendió que no lo era: un atacante avanzaba disparando desde unos 40 metros, arma en mano.
El presidente no reaccionó de inmediato con un gesto instintivo de protección. Miró alrededor, tratando de interpretar lo que ocurría. «Algunas personas lo entendieron enseguida. Otras no». A su lado, Melania Trump sí percibió antes la gravedad. «Es un mal ruido», le dijo, según su propio relato posterior, ante la prensa reunida de urgencia. Ese momento, breve y contenido, marcó la transición entre una cena protocolaria y una evacuación de emergencia, entre el caos y la tensión.

Los agentes del Servicio Secreto no esperaron confirmaciones. Irrumpieron armados en la sala con órdenes directas, sin margen para dudas. Trump describe ese instante como automático: «Fue cuestión de segundos». No hubo deliberación política ni cálculo. Se impuso el protocolo de seguridad y el presidente fue evacuado de inmediato. Fueron «retirados rápidamente»: primero él y la primera dama; después, el resto de asistentes.

En ese trayecto, el presidente cuenta que apenas tuvo tiempo para procesar lo ocurrido. «No había tiempo para pensar», dijo. La escena se redujo a movimientos rápidos, pasillos asegurados y puertas cerrándose tras ellos. El gabinete fue extraído de la sala y escondido cerca de una hora. Trump no cayó al suelo ni se protegió bajo la mesa como otros asistentes. Permaneció atento, observando, mientras los agentes ejecutaban el desalojo.
Una vez fuera de la sala, su reacción fue distinta a la de los equipos de seguridad. Trump quería continuar con el acto, aparentar normalidad. «No me gusta que esta gente, estos enfermos, cambien nuestra forma de vida», afirmó. Su impulso inicial fue seguir adelante, terminar el evento. Pero el dispositivo de seguridad lo descartó de inmediato. «No quisieron correr el riesgo. Y lo entiendo».

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Ya a salvo, el presidente reconstruyó mentalmente lo ocurrido con una mezcla de distancia y afirmación personal. Insistió en que el atacante estaba lejos y en que nunca llegó a representar una amenaza directa dentro del salón. También subrayó la rapidez de la respuesta policial: «Actuaron de forma impresionante».
No quiso criticar al Servicio Secreto ni a la organización del evento, a pesar de que el atacante pudo armar su pistola en una zona que no había sido asegurada en el complejo del hotel Hilton, dentro del perímetro supuestamente aislado por el Servicio Secreto.
En su relato posterior en la sala de prensa de la Casa Blanca, Trump encuadró el ataque dentro de una lógica que ha repetido en otras ocasiones. «Las personas más influyentes son las que atacan», dijo, citando precedentes históricos como Abraham Lincoln. «Cuando haces cosas importantes, te conviertes en objetivo». No lo planteó como una sorpresa, sino como una consecuencia.

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Aun así, reconoció el impacto inmediato. «Es algo totalmente impactante, nunca te acostumbras», admitió. Era el tercer episodio de este tipo desde su regreso a la primera línea política. Y, pese a ello, rechazó cambiar su agenda o su exposición pública. «No puedo dejar de hacer mi trabajo», sostuvo.
El presidente también descartó, al menos en ese momento, una motivación clara detrás del ataque. Habló de un «lobo solitario», un individuo aislado, «un enfermo». Evitó vincularlo a la guerra en Irán o a cualquier otro conflicto internacional. «Lo sabremos pronto», dijo, dejando la investigación en manos del FBI.
En las horas posteriores, Trump quiso proyectar control. Agradeció a las fuerzas de seguridad, aseguró que «la justicia será servida» y trató de reconducir el episodio hacia un relato de fortaleza institucional. Pero en su reconstrucción de los hechos quedó un detalle constante: la rapidez. «Todo ocurrió muy rápido», repitió varias veces.