Lo que no se vio del intento de atentado a Trump, desde dentro del Hilton: caos y fallos de seguridad
El sonido, como diría después Donald Trump, y pude oír claramente, parecía el de una bandeja cayendo. Tal vez fue porque, tras que el aspirante a homicida entró pistola en mano, algún camarero dejó caer lo que llevaba. Yo supe exactamente que estábamos posiblemente … ante una masacre al ver los cuerpos de mis compañeros de la prensa y sus acompañantes, y no pocos políticos caer al suelo, como pesos muertos, miradas de angustia, manos sobre la cabeza.
Entonces, silencio. Un silencio extraño. Por coincidencias del destino, tenía el asiento al lado del escenario, en una mesa a unas decenas de metros de donde estaba el presidente, sentado con los galardonados de los premios de periodismo, reporteros intrépidos y respetados que habían descubierto cantidades titánicas de fraude en seguros públicos en Minnesota.
David Alandete cuenta desde la Casa Blanca cómo ha sido el intento de atentado.
Al darse cuenta de que estábamos, otra insidiosa vez, ante otro tiroteo —uno más, de los miles que se han producido ya en este país— se dejaron caer. Uno de ellos, con quien crucé la mirada, tenía cara de hastío. «Otra vez, no», dijo mientras levantaba el mantel de la mesa.
Uno no sabe cómo reaccionará en esos lances, y lo que yo hice fue agacharme un segundo, pero levantarme enseguida e ir inmediatamente hacia el escenario. Lo primero que vi: dos agentes del Servicio Secreto con chaleco antibalas encima de la mesa donde estaba Trump, con dos rifles enormes. A la izquierda, el presidente salía, tras tropezar, arropado por agentes, seguido de la presidenta de la Asociación de Corresponsales, Weijia Jiang, vestida con un traje de cóctel de mil piedras brillantes, que avanzaba sola y a gatas.
Me acerqué, cámara en mano, a la mesa principal, que estaba elevada, y por delante de mí pasó la directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard, con cara de haber visto a un espectro, su pelo negro con mechón blanco encrespado, protegida por dos agentes. Vi cómo evacuaban a los miembros del gabinete, una buena mayoría: Economía, Energía, Estado, todos por la vía rápida.
Más de 2.500 asistentes
Los demás, 2.500 almas, nos quedamos allí, en esa sala gigante a la que siempre hemos ido en esa gala, donde nunca imaginamos un intento de asesinato de un presidente, algo que nunca había ocurrido hasta que decidió acudir por primera vez Trump. Él nos dijo después que iba a darnos un buen repaso a los medios, que iba a ser «brutal». Intentó que la cosa se reanudara, pero acabó cancelándose por recomendación del FBI.
Es llamativo que nadie impidiera a los cinco o seis periodistas que no nos tiramos al suelo seguir grabando y movernos por la sala, pero lo cierto es que la prioridad eran el presidente y los miembros del Gobierno. A lo lejos, junto a la entrada, en la parte opuesta del salón, vi más caos, más desorden, periodistas saliendo. Corrí hacia allí, sobre todo porque no tenía cobertura dentro y quería llamar a mis editores.
Entré, sin saberlo, en el lugar por donde Cole Tomas Allen, de 31 años, residente en Torrance, California, había irrumpido corriendo hacia el salón donde estábamos. Iba armado con una escopeta, una pistola y varios cuchillos. El tiroteo ocurrió cerca del control de seguridad interior, poco después de las 20.30, cuando ya se había servido la ensalada.
Allí estaban los arcos de seguridad y decenas de fotógrafos. Agentes del Servicio Secreto me ordenaron avanzar, seguir moviéndome. El aspirante a asesino estaba retenido en una sala contigua. El presidente y su gabinete, en otra, aún sin saber si aquello era coordinado, si había más atacantes fuera.
Lo que sí había eran manifestantes, dos de ellos con pancartas en las que se leía «muerte al rey», gritando e insultando a quienes pasaban por allí, incluso después de lo ocurrido.
Fallos de seguridad
Pasé los detectores recordando que apenas una hora antes había estado literalmente al lado de los secretarios de Estado y Defensa sin haber pasado un segundo control en esa zona del hotel. El evento fue organizado bajo supervisión federal, pero la investigación apunta a fallos claros: una masacre de secretarios y periodistas se evitó porque Allen fue interceptado antes de alcanzar el salón, al que se dirigía corriendo.
Al salir al exterior, cerca de donde en 1981 tirotearon a Ronald Reagan, nos confirmaron que el presidente no regresaría. Un agente nos dijo que aquello era ya una escena del crimen.
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Finalmente, Trump decidió volver a la Casa Blanca y dar una rueda de prensa. Corrí como un poseso hasta la residencia presidencial, tomé asiento, esperé al presidente y pude hacerle una pregunta directa: si no le preocupaba toda esta violencia política, la incitación, los atentados, aquí y en otros lugares. Trump, siendo Trump, respondió que no, que son gajes del oficio. Y confirmó que espera repetir la gala en menos de un mes.

