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Trump 2.0: un año del presidente-emperador

«Dios me salvó para hacer a Estados Unidos grande otra vez». Hace hoy un año, Donald Trump pronunció estas palabras desde el Capitolio de Washington. Era el día de su segunda investidura como presidente y el multimillonario se acordaba del intento de asesinato … que había sufrido en verano, en plena campaña, del que salió vivo de milagro. Trump cubría con un manto divino su programa político.
Era la primera señal de que Trump se comportaría como algo diferente a un presidente. En los doce meses que han pasado desde entonces, lo ha demostrado con creces. Dentro de EE.UU., sus críticos le acusan de actuar como un rey, como un dictador. Más allá de sus fronteras, le temen como a un presidente-emperador, con ambiciones territoriales desconocidas para EE.UU. en más de un siglo.

Antes de que jurara su cargo hace un año, ya había hablado de expandir la soberanía territorial de la primera potencia mundial. Recuperó su vieja idea de anexionar Groenlandia. Soliviantó a los vecinos del norte con su exigencia de que Canadá sea el 51º estado del país. Requirió a Panamá que devuelva a EE.UU. el canal, algo en lo que insistió en su propio discurso en el Capitolio.

Trump abría una nueva dirección para su lema político, MAGA (‘Make America Great Again’), ‘Hacer a América grande otra vez’. También, al parecer, más grande en lo territorial. Era algo que entonces no se tomaba demasiado en serio, no encajaba en la línea aislacionista propia de las bases MAGA de Trump: la clase media y trabajadora deteriorada por la globalización, harta de que sus fábricas se hayan ido a Asia, harta de que sus jóvenes murieran en guerras en desiertos lejanos, de Irak a Afganistán.

China confirma la invitación de Trump a integrar el «Consejo de Paz» para Gaza

Pekín ha confirmado este martes que China ha sido invitada a unirse a la «Junta de Paz» para Gaza del presidente estadounidense Donald Trump. «China ha recibido la invitación de Estados Unidos», declaró el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Guo Jiakun, … en una rueda de prensa regular, sin especificar si Pekín aceptaría la invitación.
La junta se concibió originalmente para supervisar la reconstrucción de Gaza, devastada por la guerra, pero la carta constitutiva no parece limitar su función al territorio palestino ocupado.

Washington ha solicitado a varios líderes que formen parte de la junta, presidida por Trump, entre ellos el presidente ruso, Vladímir Putin, el primer ministro húngaro, Viktor Orbán y su homólogo canadiense, Mark Carney, inculso el mandatario bielorruso, Alexandr Lukashenko, ha sido invitado por Trump.

Guo afirmó que las relaciones entre China y Estados Unidos habían alcanzado una estabilidad general durante el último año, a pesar de una guerra comercial que llevó a ambos países a imponerse aranceles recíprocos sobre sus productos.

Un año de Trump en la Casa Blanca convierte a Estados Unidos en el aliado más imprevisible de Ucrania

La mayoría de los ucranianos veían con optimismo el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. Era enero de 2025. La Administración Biden parecía agotada de estrategias para mejorar la posición de Ucrania en la guerra. Estaba claro que la diplomacia tomaría más … protagonismo. Las encuestas internas destilaban buenas expectativas para el país bajo el nuevo liderazgo estadounidense.
En su segundo día como presidente, Trump instaba a Putin a cerrar con celeridad un acuerdo de paz. El republicano endurecía el tono amenazando con «impuestos, aranceles y sanciones» a los productos rusos. Pero estas señales alentadoras no duraron mucho. Pronto se desató un torbellino de idas y venidas. Un balanceo sin fin en el que Trump, a veces, se sitúa más cerca de Rusia que del socio ucraniano.
A tan solo tres meses de la toma de posesión de Trump, el 73% de los ucranianos ya consideraban que su presidencia sería negativa para ellos. En ese lapso hubo varios acontecimientos clave que definieron esta percepción. El primero fue la sonada bronca televisada en el Despacho Oval. El país en guerra asistió con estupor al enfrentamiento público entre Zelenski y Trump en febrero.

El enfado del estadounidense fue de tal calado que la respuesta no se hizo esperar. Cuatro días después, Washington suspendía todo el suministro de armamento y el intercambio de inteligencia con Kiev. No sería la última vez.
Este episodio dejó, si cabe, todavía más clara una cuestión capital: Ucrania tiene una dependencia vital de Estados Unidos para su esfuerzo bélico. Y así lo manifestaron los ucranianos en una encuesta de abril del año pasado. Casi un 49% entendía que el socio americano seguía siendo estratégico a pesar de los desencuentros. A fin de cuentas, es también el único aliado con capacidad real de influir en Rusia.

Analistas internacionales, mandatarios europeos y la propia Ucrania coinciden en que es Putin el que no quiere frenar la guerra

Desde ese momento, la cúpula ucraniana del poder mide sus palabras y se conjura para mantener al vacilante aliado en su órbita. Kiev ya no responde públicamente a la retahíla de críticas. Las autoridades del país invadido son conscientes, además, de que la percepción de Trump sobre la realidad del conflicto cambia cuando habla directamente con Putin. El ejemplo más ilustrativo fue la negativa a entregar los misiles Tomahawk a Kiev un día después de conversar con el jefe del Kremlin. Con Trump, Ucrania vive en un ‘déjà vú’ constante.
La balanza se vuelve a inclinar hacia el invasor. Donald Trump dice ahora que es Zelenski el que no está preparado para la paz. Sin embargo, analistas internacionales, mandatarios europeos y la propia Ucrania coinciden en que es Putin quien no quiere frenar la guerra.

Dependencia y presión

La guerra que Trump pretendía parar en 24 horas se encamina hacia su cuarto aniversario. Los combates no cesan en el campo de batalla, así como la carrera ucraniana por frenar la dependencia extranjera. Las autoridades del país afirman que entre un 50 y un 60% de las armas que se utilizan en el frente son de fabricación nacional. Pero hay sistemas, como la defensa aérea, que solo puede proporcionar Estados Unidos. Otro de los motivos para tratar de mantener a Trump cerca.
En septiembre del año pasado se aprobó el primer envío de material bélico estadounidense. Previo pago, eso sí, por parte de los miembros de la OTAN. La noticia se conoció un mes después de la fallida cumbre de Alaska entre los líderes de Rusia y Estados Unidos. Al suministro de armamento siguieron las primeras sanciones contra el sector petrolero ruso. El republicano también pierde la paciencia con los rusos, a veces.
El encontronazo con el Kremlin no se prolongó demasiado. En noviembre, Trump volvía a poner en jaque a su socio. El país invadido se vio presionado para aceptar un plan de paz elaborado por Washington y Moscú. Para frenar la guerra, Ucrania debería entregar toda la región de Donetsk a Rusia. Es decir, cruzar una línea roja. Una capitulación total a ojos de los ucranianos. La propuesta de Washington dejó un sentimiento de decepción en todo el país. La «paz a través de la fuerza» se resumía en ceder a las demandas de Rusia.

La paz se resiste

El Gobierno ucraniano ha secundado todas las iniciativas de Estados Unidos. Desde el apoyo a la tregua de 30 días, propuesta en marzo, hasta la posibilidad de mantener un encuentro con Putin. La falta de resultados rápidos, provocados por las negativas rusas, llevó al mandatario a amenazar con su retirada del proceso diplomático. Sin embargo, abandonar a Ucrania de forma tajante tampoco se presenta como la mejor opción.
Kiev trata de mantener el optimismo y destaca el avance en las negociaciones de paz. Faltan por concretar, sin embargo, los detalles más importantes: las garantías de seguridad una vez cesen las hostilidades. Pero resulta en otra batalla diplomática complicada ante la nueva realidad geopolítica que sacude las viejas alianzas transatlánticas. Mientras tanto, Estados Unidos se vuelca hacia el hemisferio occidental.

El negociador jefe de Kiev quiere definir el papel de su país en el «nuevo mundo»
Si hay alguien en Ucrania con una visión clara de la situación interna del país y de la realidad internacional, ese es Kirilo Budánov. Ascendido por Zelenski a jefe de la Oficina Presidencial, es ya el encargado de entenderse con los americanos. Budánov afirma que el «viejo mundo se ha derrumbado». Y Trump ha ratificado esta tesis en su primer año de mandato. El exdirector de la Inteligencia militar de Kiev avanzó en octubre que su país –y probablemente todo el Viejo Continente– debe definir el papel que va a ocupar en la nueva realidad mundial. Un ajuste que dependerá, en gran medida, de las relaciones de unos Estados Unidos donde el poder se concentra cada vez más en la figura de Donald Trump.

Ucrania experimentó durante este año la misma política que Washington seguirá con los aliados occidentales: presionar al que considera «débil». Aquellas esperanzas de enero de 2025 se desvanecieron por la volatilidad de Trump.

La hija de Edmundo González denuncia extorsiones en una embajada y el Arzobispado para que su padre abandone la lucha política

… En una carta de denuncia compartida en sus redes sociales, González asegura que sufrió hasta tres episodios en los que hubo testigos. Éstos se habrían producido en una embajada, en espacios donde opera el Arzobispado, y en oficinas de organizaciones de derechos humanos.

«Denuncio que fui víctima de tres episodios de extorsión, provenientes tanto de personas vinculadas a autoridades de este país, como de personas relacionadas con la Iglesia y de individuos que afirmaban representar organismos importantes», indica González, sin ahondar en detalles.

«Eso configura un patrón de coacción y persecución indirecta contra una familia civil, utilizando la privación de libertad como mecanismo de presión política y personal, y valiéndose incluso de espacios institucionales y diplomáticos que deberían ser neutrales y protectores de derechos«, denuncia. »Ser el yerno de Edmundo González Urrutia no es un delito. Nada de esto que he sufrido es justicia. Todo esto es arbitrariedad«, añade.

Gregory Bovino, el 'sheriff' del ICE que caza inmigrantes ilegales en Mineápolis

A los miles de agentes federales desplegados en Mineápolis casi nunca se les ve la cara. La llevan siempre tapada, enmascarada con una braga térmica o un pasamontañas. No es solo por el frío polar que azota a la principal ciudad de Minnesota, … convertida en el gran foco de tensión política en Estados Unidos. También para evitar el llamado ‘doxxing’: que te identifiquen, publiquen tu nombre, tu dirección, tu teléfono, para que te hagan la vida imposible.
De vez en cuando, sin embargo, aparece alguien que va a cara descubierta. Es Gregory Bovino, el comandante del despliegue de cerca de 3.000 agentes federales en Mineápolis para detener a inmigrantes indocumentados. El líder de una «ocupación», de un castigo de Donald Trump contra una ciudad demócrata donde se protege a los inmigrantes, según muchos vecinos aquí. El líder de un «rescate» de una parte de EE.UU. donde no se cumple la ley, como lo ven muchos republicanos desde fuera.
Bovino, de 56 años, no oculta que le gusta el espectáculo y que no es hombre de despachos. Se persona en los operativos, como si fuera el líder de una patrulla fronteriza -así empezó-, supervisa las detenciones. También aparece en las protestas, desafiante. Con su uniforme verde oliva de la Patrulla Fronteriza, un abrigo que parece soviético, y el corte de pelo militar. No se protege de la ventisca con gorro ni orejeras y se pasea delante de la línea de manifestantes, mirándoles a los ojos, despreciando sus insultos.

El regreso de Trump al poder —hace hoy un año— y su mano dura migratoria han propulsado a Bovino como figura nacional. El presidente ha decretado redadas masivas en ciudades demócratas, un vehículo ideal para generar atención, meter miedo a la comunidad inmigrante, satisfacer a sus bases republicanas y engrosar los números de arrestados y deportados. En el primer gran despliegue federal, en Los Ángeles en junio, Bovino fue nombrado comandante táctico de las redadas. Después, en verano, asumió ese mismo papel en Chicago. Más tarde, con menos turbulencias, en Charlotte y Nueva Orleans. Y ahora es la figura que sobresale en Mineápolis, una ciudad agitada por las redadas y, todavía más, por la muerte de una activista a disparos de un agente federal.
Bovino manda entre el hielo y la nieve que cubren como cada invierno Minnesota. Pero su territorio es otro: el calor, el pedregal y el polvo del desierto del suroeste, de la frontera entre California y México. Pese a su elevación a la batalla migratoria nacional, Bovino es de forma oficial el jefe de la Patrulla Fronteriza del sector El Centro, una localidad a dos horas de San Diego.

Patrullando la frontera dos décadas

Llegó al cargo después de una carrera de más de dos décadas en esta fuerza de seguridad fronteriza. Nacido y criado en Carolina del Norte, de niño soñó con vestir ese uniforme tras ver la película ‘La frontera’. En ella, los malos son los agentes de la Patrulla Fronteriza, interpretados por Jack Nicholson y Harvey Keitel. Él quería hacer su trabajo, pero ser de los buenos.
En su cargo de ‘sheriff’ fronterizo ya mostró su inclinación por el espectáculo mediático. En una ocasión, cruzó a nado un canal de irrigación delante de los reporteros para demostrar el peligro de sus corrientes si lo cruzaban los inmigrantes indocumentados.
Ahora utiliza las redes sociales para compartir montajes épicos de las operaciones de sus agentes, con banda sonora ‘heavy metal’ y alusiones patrióticas. Y acude a las grandes cadenas de televisión para poner cara a la mano dura trumpista.
Con voz pausada, defiende que estas operaciones buscan proteger la ‘América de papá y mamá’, que quienes protestan en Mineápolis son «anarquistas» y que su misión aquí es «legal, ética, moral y pacífica». Por mucho que todo eso se cuestione aquí en Mineápolis, con sus líderes exigiendo que los agentes federales se vayan, Bovino lo tiene claro: «Nuestra operación va a continuar».