Lo impensable hace apenas un par de décadas ha ocurrido. El socialismo ha llegado, finalmente, a la política de los Estados Unidos de América. No ya como una fuerza marginal confinada a debates intelectuales en campus universitarios o a algún distrito de la izquierda … caviar en Portland (Oregón) o San Francisco, sino como una corriente con capacidad para ganar primarias, derrotar a candidatos respaldados con mucho dinero por el aparato demócrata, competir por el poder en estados decisivos y hasta gobernar la mayor ciudad del país, Nueva York.
La victoria de Abdul El-Sayed en las primarias de Michigan, el ascenso de figuras como Zohran Mamdani y la creciente influencia del grupo de los Demócratas Socialistas de América (DSA) han abierto una tensión dentro del Partido que su propio sector moderado ya describe como una «guerra» abierta. El mas preocupado por este ascenso no es el establishment republicano, sino los propios demócratas. Tercera Vía, uno de los principales grupos demócratas centristas, acaba de anunciar una campaña de 15 millones de dólares para combatir una corriente que considera un «peligro mortal» para el partido, pues teme que esos candidatos ganen en primarias pero pierdan en las elecciones.
La DSA nació en 1982 de la fusión de dos organizaciones de izquierda y hoy es la mayor organización abiertamente socialista de EE.UU. Defiende, con la inspiración del socialismo europeo clásico, ideas que hasta hace poco eran casi anatema en la política estadounidense: una ampliación profunda del papel del Estado en la economía, sanidad universal financiada públicamente, expansión de la vivienda pública, fortalecimiento de los sindicatos, fuertes impuestos sobre las grandes fortunas y titularidad pública de grandes empresas y sectores considerados estratégicos.
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David Alandete
Pero su programa va bastante más allá de lo que hoy defienden los principales partidos socialdemócratas de Europa occidental. Propone también una garantía federal de empleo, una semana laboral de 32 horas con salario completo y un mayor control público sobre la economía. Y, dentro del contexto político estadounidense, incorpora medidas especialmente rupturistas y llamativas, como la abolición de las prisiones y hasta de la policía.
También presenta esa transformación institucional como una ampliación de la representación popular, según sus documentos, programas y panfletos. Por ejemplo propone sustituir el colegio electoral por el voto popular para elegir al presidente, abolir el Senado, ampliar la Cámara de Representantes e introducir un sistema multipartidista con representación proporcional. El argumento conecta con una realidad electoral, pues los demócratas han ganado el voto popular presidencial en siete de las ocho elecciones entre 1992 y 2020, aunque esa tendencia se rompió en 2024, cuando Donald Trump obtuvo 77,3 millones de votos frente a 75 millones de Kamala Harris.
El giro antiimperialista
A esa agenda económica e institucional se suma una política exterior de marcado tono anti imperialista, más cercana a posicionamientos de la nueva extrema izquierda europea como Podemos, la Francia Insumisa o el Bloco de Esquerra portugués. La DSA por ejemplo defiende el levantamiento de sanciones contra Cuba, Venezuela e Irán, mantiene una posición muy crítica con Israel y con la ayuda militar estadounidense y, en sus documentos oficiales, utiliza un lenguaje de descolonización que aplica también a territorios y conflictos fuera de EE.UU. En una declaración aprobada por su dirección nacional en 2019, la organización proclamó que aspira a la «disolución total del imperio de EE.UU.» y defendió la autodeterminación, la desmilitarización y las reparaciones para territorios que considera sometidos a dominación colonial como Puerto Rico.
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Esa visión también ha tocado asuntos especialmente sensibles para España. En 2018, una convocatoria de la sección internacional de DSA invitó expresamente a sus miembros a debatir sobre movimientos secesionistas y citó como ejemplos la «independencia del Sáhara Occidental» y la «secesión de Cataluña de España».
La posición sobre Venezuela es todavía más controvertida. En marzo de 2026, DSA exigió la retirada de los cargos contra Nicolás Maduro y describió la operación estadounidense que terminó con su captura como una «invasión» en la que Washington «secuestró» al presidente venezolano y a Cilia Flores. La organización sostiene que ambos permanecen «detenidos ilegalmente», califica las sanciones contra Venezuela de «asfixiantes» y exige la «desestimación inmediata» del proceso judicial. En otro comunicado reciente acusó a la Administración Trump de utilizar contra Cuba una política de «cambio de régimen imperialista» y presentó las medidas estadounidenses contra La Habana como parte de más de seis décadas de bloqueo total.
Lógicamente, estos posicionamientos han dado munición política a los republicanos y a la Casa Blanca. Trump ya ha dejado claro que pretende convertir el supuesto avance del comunismo en EE.UU. en uno de los ejes de la campaña para las elecciones legislativas del 3 de noviembre. Desde hace semanas sostiene que, bajo la etiqueta de demócratas progresistas, están emergiendo candidatos con un proyecto político que identifica directamente con el comunismo. «Los comunistas por fin están moviendo ficha. Llevo mucho tiempo esperando esto y preparándome para ello», escribió recientemente en su red social, Truth Social.
Para los detractores de estas corrientes en institutos conservadores o libertarios, resulta especialmente llamativo el origen de algunas de sus figuras emergentes. Nithya Raman, concejal de Los Ángeles y candidata a la alcaldía, nació en India y llegó a EE.UU. con seis años; Melat Kiros, vencedora de unas primarias demócratas al Congreso en Colorado, nació en Etiopía y emigró siendo un bebé; Gustavo Gordillo, copresidente de la poderosa sección de DSA en Nueva York, nació en Perú y llegó también de niño; y Zohran Mamdani nació en Uganda, hijo de padres de origen indio. Sus críticos presentan estos casos como una paradoja: una nueva generación de dirigentes con raíces familiares en países marcados por experiencias de socialismo de Estado, economías fuertemente intervenidas o movimientos comunistas reivindica ahora abiertamente el socialismo en Estados Unidos.
La rehabilitación del marxismo
En la Fundación Heritage, Mike Gonzalez interpreta este fenómeno como parte de una ruptura generacional y cultural más amplia y sostiene que EE.UU. asiste a una «rehabilitación del marxismo». Como ejemplo cita el viaje de unos 40 cargos electos y militantes de DSA a La Habana en octubre de 2025. Después de visitar una Cuba afectada por apagones y escasez, la organización atribuyó esas dificultades al «bloqueo estadounidense» y aseguró que regresaba «más decidida que nunca a poner fin al cruel bloqueo estadounidense y apoyar al pueblo cubano». Para Gonzalez, resulta significativo que DSA mantuviera esa interpretación después de comprobar directamente las condiciones económicas de la isla.
El investigador vincula además el crecimiento de estas ideas con el peso de las generaciones jóvenes y de los votantes nacidos en el extranjero. Sobre Mamdani, destaca una encuesta según la cual obtenía un 62% de apoyo entre los neoyorquinos nacidos fuera de EE.UU., frente a un 32% entre los nacidos en el país. Gonzalez atribuye parte de esa diferencia a un cambio en la educación y la cultura política: «Si eres joven o un estadounidense nacido en el extranjero que emigró después de los años setenta, lo más probable es que no te beneficiaras del énfasis en la educación cívica y del espíritu asimilacionista que fueron característicos de EE.UU. hasta entonces». Según él, esas generaciones tampoco adquirieron «una desconfianza aprendida hacia el marxismo en cualquiera de sus formas».
Gonzalez resume su diagnóstico afirmando que EE.UU. atraviesa «una crisis de alfabetización sobre educación cívica, las virtudes y la realidad del marxismo, y está afectando a la política estadounidense». Desde esa perspectiva, el ascenso de DSA no respondería únicamente al malestar con el establishment demócrata o a determinadas propuestas económicas, sino también al debilitamiento de una memoria política vinculada a la Guerra Fría y al enfrentamiento con la Unión Soviética, una época en la que es socialismo como tal era algo ideológicamente proscrito en la primera potencia.
En noviembre se renueva toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Los líderes del Partido Demócrata en el Capitolio advierten de que el giro izquierdista en algunas primarias puede privar al partido de recuperar el poder del legislativo, parcial o totalmente, en un año que en principio les debería ser favorable por la creciente impopularidad del presidente Trump por la guerra en Irán.