El piso de un dormitorio, de nueva construcción, está muy bien decorado, con suelos de parqué, un acuario, una cabina de ducha y una cocina completa. El inconveniente es la ubicación: bajo tierra, en las trincheras cerca de Baihavka, un pueblo de la región ocupada … de Lugansk. El apartamento es el hogar del comandante de la unidad local del ejército ruso. Maxim, un desertor que ayudó a construirlo, dice que el comandante no gastó ni un kopek. No solo la mano de obra fue gratuita, sino que además los soldados pagaron los materiales, los electrodomésticos y la pintura.
Los soldados rusos también deben comprar alcohol a los oficiales. «Tienen cuatro korporativy [fiestas de trabajo] a la semana», dice Sergei, que sobornó a alguien para conseguir un puesto en la retaguardia como cocinero. Trabaja de cinco de la mañana a once de la noche, pagando más de la mitad de su sueldo a un comandante por ese privilegio.
Las entrevistas con una docena de soldados contratados en lugares como la región de Belgorod, Lugansk y Donetsk revelan un sistema de extorsión y castigo. Los oficiales ven a sus soldados no solo como peones, sino también como una fuente de enriquecimiento. La corrupción y el trabajo esclavo han sido durante mucho tiempo características de los ejércitos ruso y soviético: los oficiales profesionales controlan los medios de destrucción, mientras que los reclutas sirven como carne de cañón en la guerra o como mano de obra gratuita en tiempos de paz.
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La campaña de reclutamiento de Rusia para su guerra en Ucrania ha inyectado sangre y dinero en el sistema, dando lugar a una vasta economía de guerra. Los soldados describen el frente como un mercado donde todo tiene un precio: drones, medallas, permisos para visitar el hogar y la vida misma. Para respaldar sus afirmaciones, muestran capturas de pantalla de transferencias bancarias, denuncias ante la fiscalía militar, exigencias de dinero y órdenes de participar en asaltos.
Maxim, un joven de 26 años de la ciudad de Krasnodar, firmó su contrato en agosto de 2024 en Moscú, donde las bonificaciones eran más altas. Aduce varias razones: la propaganda del gobierno y la muerte de su padrastro en la guerra. «Algo se me rompió en la cabeza», sostiene. «Ni siquiera sabía que el contrato era indefinido».
Probablemente, influyó el hecho de que lo hubieran detenido con anfetaminas en el bolsillo y le hubieran dado la opción de alistarse para evitar ser procesado. Recibió una bonificación de 2,5 millones de rublos (30 000 dólares) y fue enviado sin entrenamiento a la región de Lugansk, donde le pagaban 200 000 rublos al mes hasta que desertó en enero de 2026. De los ocho millones de rublos que recibió en total, dice que seis millones se destinaron a equipamiento y sobornos.
El ejército ruso proporciona equipamiento a las unidades de élite aerotransportadas y de fuerzas especiales, pero la infantería debe comprarlo por su cuenta. Desde 2023, Wildberries y Ozon, las principales tiendas online rusas, están disponibles en las regiones ocupadas de Donetsk, Lugansk, Zaporizhia y Jersón. «Si no quieres gastarte dinero en un buen par de botas y un chaleco antibalas decente, vas al asalto con zapatillas deportivas», dice Maxim.
A los muertos se les declara desaparecidos, y los comandantes retiran el dinero que ganaron de sus cuentas bancarias
Las colectas comienzan con el pretexto de recaudar dinero para drones, equipamiento o comida, dice Anton, un soldado de asalto. Sin embargo, si pagas una vez, «pagarás para siempre, para que no te envíen a la trituradora de carne». El muro de drones de Ucrania ha creado una zona de muerte de al menos 20 km de profundidad, lo que convierte los asaltos masivos en un suicidio. También ha creado una economía de vida o muerte.
Labrando su propia suerte
Maxim cuenta que su comandante dio la bienvenida a los nuevos reclutas diciéndoles que había enterrado a 12 compañías y que ellos serían la decimotercera. «Dijo que éramos carne de cañón y que solo el cinco por ciento de los soldados sobrevivía a los asaltos». Al día siguiente, explicó que la supervivencia no era cuestión de suerte, sino de capacidad de pago. Maxim y Sergei, otro soldado, pagaron cada uno un millón de rublos para ser trasladados a la retaguardia, más otros 100.000-150.000 rublos al mes.
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Agustín Pery
Algunos comandantes confiscan las tarjetas bancarias y los códigos PIN de los soldados antes de enviarlos a un asalto. Ilya, otro desertor, dice que un oficial de estado mayor las recoge para guardarlas. A los muertos se les declara desaparecidos, y los comandantes retiran el dinero que ganaron de sus cuentas bancarias en cajeros automáticos de Donetsk y Lugansk. Existe un lucrativo comercio de documentos médicos que declaran a los soldados no aptos para el combate. Resultar herido tampoco es gratis. «Pagué 100.000 rublos para salir tras haber sido herido», dice Anton. «Para que te den de baja, piden un millón».
Los soldados que se niegan a pagar pueden ser arrojados a fosas excavadas para ser torturados. Andrey Bykov se negó a entregar los dos millones de rublos que recibió como indemnización por haber resultado herido a sus comandantes, que utilizaban los indicativos «Kemer» y «Dudka». Según su madre, primero lo esposaron y lo golpearon durante varios días. Más tarde, lo ataron a un árbol y le dispararon. «Poner a cero», así llaman los soldados a la orden de sus comandantes para que maten a sus propios compañeros.
Los soldados dicen que a los «rebeldes» se les puede «poner a cero» disparándoles, atándolos a árboles para que se congelen, negándoles atención médica tras las palizas o haciendo que los operadores de drones los maten en el campo de batalla. Verstka, un sitio web de noticias ruso independiente, confirmó la identidad de al menos 100 comandantes que ordenaron o llevaron a cabo tales asesinatos.
«¿Serán castigados alguna vez estos miserables?», pregunta Elena, una mujer de 39 años de la región de Altai, en el noreste de Rusia. En febrero de 2025, enterró a su hijo, que había servido en el regimiento de Kemer. Había pagado 100 000 rublos «para las necesidades del regimiento» y se informó de que había muerto en una misión de combate.El verano pasado, el marido de Elena, que servía en la misma unidad, desertó y grabó varios vídeos sobre las prácticas de extorsión. Presentó una denuncia ante la fiscalía militar alegando que Kemer le había quitado dos millones de rublos. Sin embargo, poco antes de año nuevo fue localizado por la policía militar y devuelto a la unidad de Kemer. El 11 de enero, según cuenta Elena, lo ataron a un árbol y lo mataron.
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