A los miles de agentes federales desplegados en Mineápolis casi nunca se les ve la cara. La llevan siempre tapada, enmascarada con una braga térmica o un pasamontañas. No es solo por el frío polar que azota a la principal ciudad de Minnesota, … convertida en el gran foco de tensión política en Estados Unidos. También para evitar el llamado ‘doxxing’: que te identifiquen, publiquen tu nombre, tu dirección, tu teléfono, para que te hagan la vida imposible.
De vez en cuando, sin embargo, aparece alguien que va a cara descubierta. Es Gregory Bovino, el comandante del despliegue de cerca de 3.000 agentes federales en Mineápolis para detener a inmigrantes indocumentados. El líder de una «ocupación», de un castigo de Donald Trump contra una ciudad demócrata donde se protege a los inmigrantes, según muchos vecinos aquí. El líder de un «rescate» de una parte de EE.UU. donde no se cumple la ley, como lo ven muchos republicanos desde fuera.
Bovino, de 56 años, no oculta que le gusta el espectáculo y que no es hombre de despachos. Se persona en los operativos, como si fuera el líder de una patrulla fronteriza -así empezó-, supervisa las detenciones. También aparece en las protestas, desafiante. Con su uniforme verde oliva de la Patrulla Fronteriza, un abrigo que parece soviético, y el corte de pelo militar. No se protege de la ventisca con gorro ni orejeras y se pasea delante de la línea de manifestantes, mirándoles a los ojos, despreciando sus insultos.
El regreso de Trump al poder —hace hoy un año— y su mano dura migratoria han propulsado a Bovino como figura nacional. El presidente ha decretado redadas masivas en ciudades demócratas, un vehículo ideal para generar atención, meter miedo a la comunidad inmigrante, satisfacer a sus bases republicanas y engrosar los números de arrestados y deportados. En el primer gran despliegue federal, en Los Ángeles en junio, Bovino fue nombrado comandante táctico de las redadas. Después, en verano, asumió ese mismo papel en Chicago. Más tarde, con menos turbulencias, en Charlotte y Nueva Orleans. Y ahora es la figura que sobresale en Mineápolis, una ciudad agitada por las redadas y, todavía más, por la muerte de una activista a disparos de un agente federal.
Bovino manda entre el hielo y la nieve que cubren como cada invierno Minnesota. Pero su territorio es otro: el calor, el pedregal y el polvo del desierto del suroeste, de la frontera entre California y México. Pese a su elevación a la batalla migratoria nacional, Bovino es de forma oficial el jefe de la Patrulla Fronteriza del sector El Centro, una localidad a dos horas de San Diego.
Patrullando la frontera dos décadas
Llegó al cargo después de una carrera de más de dos décadas en esta fuerza de seguridad fronteriza. Nacido y criado en Carolina del Norte, de niño soñó con vestir ese uniforme tras ver la película ‘La frontera’. En ella, los malos son los agentes de la Patrulla Fronteriza, interpretados por Jack Nicholson y Harvey Keitel. Él quería hacer su trabajo, pero ser de los buenos.
En su cargo de ‘sheriff’ fronterizo ya mostró su inclinación por el espectáculo mediático. En una ocasión, cruzó a nado un canal de irrigación delante de los reporteros para demostrar el peligro de sus corrientes si lo cruzaban los inmigrantes indocumentados.
Ahora utiliza las redes sociales para compartir montajes épicos de las operaciones de sus agentes, con banda sonora ‘heavy metal’ y alusiones patrióticas. Y acude a las grandes cadenas de televisión para poner cara a la mano dura trumpista.
Con voz pausada, defiende que estas operaciones buscan proteger la ‘América de papá y mamá’, que quienes protestan en Mineápolis son «anarquistas» y que su misión aquí es «legal, ética, moral y pacífica». Por mucho que todo eso se cuestione aquí en Mineápolis, con sus líderes exigiendo que los agentes federales se vayan, Bovino lo tiene claro: «Nuestra operación va a continuar».