Boric se va: el balance de un gobierno que prometió cambiar Chile
Entre grandes expectativas generacionales y resultados más modestos de lo prometido, el mandato del presidente chileno deja una lección clásica de la política: gobernar es siempre más difícil que entusiasmar.Hay algo que suele ocurrir con los liderazgos políticos cuando están rodeados de elogios constantes: … comienzan a creer que su voz tiene una resonancia mayor de la que realmente posee. En ocasiones, incluso, se instala la idea de que el país vuelve a ocupar un lugar central en el debate internacional.
Algo de esa percepción quedó reflejado en una frase reveladora. La entonces primera canciller del presidente saliente Gabriel Boric contó que en ocasiones le decía: «A veces le digo al presidente: ¿Tienes noción del impacto que causa tu liderazgo en el exterior?». La frase, más allá de su intención, ilustra bien el clima político que acompañó los inicios de este gobierno: la sensación de que Chile volvía a proyectar una voz moral en el escenario global. El problema es que la política internacional no se mide por percepciones sino por resultados.
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María J. Errázuriz
Durante estos años, el país quedó expuesto a tensiones diplomáticas que mostraron los límites de esa aspiración. La controversia en torno al proyecto del cable submarino transpacífico, por ejemplo, terminó situando a Chile en medio de la competencia estratégica entre China y Estados Unidos, una disputa en la que las decisiones tecnológicas adquieren inevitablemente un significado geopolítico.
A eso se sumaron episodios de fricción con Washington, incluidas señales de incomodidad diplomática como el retiro de visas a funcionarios chilenos. Son hechos que, aunque puntuales, evidencian que la política exterior exige prudencia estratégica más que retórica.
Pero el verdadero balance de un gobierno nunca se decide fuera del país. Cuando Gabriel Boric llegó al poder en 2022 lo hizo representando algo más que una alternancia política. Encarnaba el ascenso de una generación que prometía transformar el modelo chileno y abrir un nuevo ciclo histórico. La expectativa de cambio fue enorme, dentro y fuera de Chile.
Con el paso del tiempo, sin embargo, esa expectativa comenzó a encontrarse con la realidad de gobernar. Reformas ambiciosas se enfrentaron a un Congreso fragmentado, resistencias políticas y las propias limitaciones técnicas del Estado. Algunas iniciativas avanzaron parcialmente, otras se moderaron y varias quedaron muy lejos de las promesas iniciales.
El mandato de Gabriel Boric será recordado como una demostración de que las expectativas políticas pueden chocar con la complejidad de gobernar una sociedad institucionalmente exigente y profundamente plural
Nada de esto es excepcional en democracia. Gobernar siempre implica negociar, retroceder y adaptar proyectos a la realidad institucional. Pero esa distancia entre la épica del cambio y la práctica del gobierno terminó definiendo buena parte del mandato.
Mientras tanto, las preocupaciones más inmediatas de los ciudadanos –seguridad, inmigración irregular, crecimiento económico– fueron desplazando del debate público a las grandes narrativas transformadoras que marcaron el inicio del ciclo político. El resultado es un gobierno que empezó con ambiciones históricas y terminó gestionando urgencias cotidianas.
Probablemente, el mandato de Gabriel Boric será recordado como el intento de una nueva generación con afán de refundación y redefinir el rumbo del país. Pero también como una demostración de que las expectativas políticas pueden chocar con la complejidad de gobernar una sociedad institucionalmente exigente y profundamente plural.
Al final, los gobiernos no se miden por la intensidad de sus promesas ni por la amplitud de su discurso internacional. Se miden por sus resultados. Y ese juicio –inevitablemente– empieza ahora.
Carlos Escaffi R.
Es director de Relaxiona Internacional, profesor de la Pontificia Universidad Católica del Perú y analista internacional.

