La calle venezolana se divide entre dos memorias 30 días después de la captura de Maduro
En las calles, la gente camina con la mirada baja, como si temiera que levantar la vista pudiera romper el hechizo de esta calma precaria. Existe una sensación de que todo mejorará, pero aún nada es tangible. Un mes ha transcurrido desde que fuerzas estadounidenses … extrajeron a Nicolás Maduro y Cilia Flores de Venezuela. Treinta días en los cuales la capital ha vivido en un silencio que la propaganda oficial intenta llenar con rostros empapelando la ciudad.
Un mantra visual que repite «los queremos de vuelta», como si la repetición pudiera conjurar la realidad. Los murales están en todas partes. En las paredes de los barrios, en las vallas publicitarias, en los edificios públicos. Son un grito silencioso de negación. Porque en esos murales, en esas palabras pintadas con urgencia revolucionaria, late la incapacidad de aceptar lo que ya ocurrió. El chavismo, como movimiento político, vive en una negación profunda de la nueva realidad.
Pero mientras las paredes hablan, la calle se divide. Dos realidades paralelas compiten por la verdad en una ciudad que no sabe si está celebrando una liberación o llorando una ocupación.
La voz de los estudiantes
Este martes, mientras los seguidores del chavismo marchaban por el oeste de Caracas gritando consignas de resistencia antiimperialista, a apenas a varios kilómetros de distancia, en la Federación de Centros Universitarios de la Universidad Central de Venezuela, estudiantes, familiares de detenidos y activistas civiles se congregaban para exigir algo completamente distinto: la libertad de los presos políticos y una amnistía total sin condiciones.
En la FCU-UCV, la multitud levantaba sus voces con una urgencia que resonaba en los pasillos de la universidad. «No uno, ni dos, ni tres, libérenlos a todos», coreaban. «Justicia, democracia y libertad», repetían como una oración que buscaba traspasar las paredes de la institución.
Miguel Ángel Suárez, presidente de la Federación de Centros de Estudiantes, fue directo en su demanda: «Amnistía ya para todos y sin condiciones, con causas plenas cerradas». No estaba pidiendo la liberación de Maduro. Estaba pidiendo que la transición que Washington había impuesto se convirtiera en una oportunidad para cerrar las heridas de la represión política.
Lo que sucedía en la universidad era la manifestación de una sociedad civil que comprendía que el cambio de poder en Caracas no significaba automáticamente justicia para las víctimas del régimen anterior. Los estudiantes estaban diciendo algo que nadie en el Gobierno quería escuchar: que la transición debe incluir a todos los presos por razones políticas que permanecen encarcelados.
Las cifras del silencio
Los números revelan una realidad incómoda. El Foro Penal ha confirmado 344 excarcelaciones desde el 8 de enero. El Gobierno venezolano ha manejado cifras más altas pero con menos detalles verificables
Pero incluso con estas liberaciones, las ONG contabilizan aún 687 presos políticos activos en el país al 3 de febrero de 2026. Y lo más inquietante es lo que comenzaba a emerger en los testimonios de los familiares: personas que no habían sido denunciadas como presos políticos, sino que estaban desaparecidas por miedo. Familias que temían reportar las detenciones porque eso podría significar represalias. El número real de desaparecidos políticos podría ser significativamente mayor.
El Foro Penal ha confirmado 344 excarcelaciones desde el 8 de enero, pero todavía quedan 687 presos políticos
Fanny Lozada llevaba varios días acampando a las afueras de la Zona 7, un centro policial donde creía que su hija estaba detenida. Se había desplazado con el resto de familiares de presos para el acto de los estudiantes para hacer visible un caso que el sistema había tratado de mantener invisible. Su voz, cuando habló a los reporteros, contenía la desesperación de alguien que ha estado buscando a un fantasma: «Yo quiero que me digan dónde está porque me la secuestraron. ¿Por qué no la dejan ver?».
Estos testimonios son los que la máquina de propaganda de ambos lados intenta silenciar. Ni el chavismo quiere admitir que tiene más de 600 presos políticos, ni Washington quiere reconocer que su intervención militar no ha resuelto el problema fundamental: la justicia para las víctimas
La marcha del chavismo
Mientras tanto, en el oeste de Caracas, los seguidores del régimen marchaban con una consigna diferente. Desde el ataque militar estadounidense, el chavismo se había movilizado diariamente, con marchas, jornadas de escritura de cartas para enviar al mandatario y vigilias para pedir la liberación y retorno de Maduro y Flores a Venezuela.
Julvio Delgado Millán, un guerrillero urbano de los años sesenta que ahora lidera un movimiento de muralistas, había mantenido las paredes de Caracas cubiertas de consignas revolucionarias. «Secuestraron al presidente y a la primera combatiente, y esta es la forma que el pueblo tiene para protestar. Que las paredes hablen», decía, refiriéndose a sus murales como actos de resistencia.
Rafael Lacava, Gobernador del estado de Carabobo, montado en un camión en medio de la calle , expresaba su convicción de manera más directa:
«Los únicos que podemos gobernar este país somos los chavistas y este pueblo no se rinde«.
Lo que está sucediendo en Caracas después de la salida de Maduro es la cristalización de dos Venezuelas irreconciliables. Una que ve la intervención estadounidense como un acto de agresión imperialista, otra que la ve como una oportunidad para la Justicia.
La ironía es que ambas tienen razón en parte. Washington violó la soberanía venezolana. Pero la Administración de Maduro también violó los derechos de cientos de personas que permanecen encarceladas.
Mientras tanto, las paredes de Caracas hablan. Los estudiantes gritan. Las madres buscan a sus hijos. Y la ciudad permanece dividida, esperando una transición que aún no sabe hacia dónde va.

