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Muere en La Habana la hija del poeta español Rafael Alberti

La intelectual Aitana Alberti, hija de los escritores españoles Rafael Alberti y María Teresa León, ha muerto a los 84 años en La Habana, donde residía desde 1984, informaron este miércoles medios estatales.Aitana Alberti, nacida en 1941 en Argentina, donde se exiliaron sus padres durante la Guerra Civil Española, dedicó su labor en Cuba fundamentalmente de la poesía y las artes.Presidió la Cátedra Rafael Alberti de la Universidad de La Habana y durante más de quince años trabajó en el centro cultural Dulce María Loynaz donde dirigió el espacio «Fe de vida: Imagen y palabra» dedicado a divulgar la obra de los poetas de la «Generación del 27», a la que perteneció su padre.También fue miembro del Movimiento de Poetas del Mundo y presidió en Cuba el Proyecto Cultural Sur, que agrupa 30 ciudades de Europa y América, y Festival Internacional de Poesía de La Habana.Una nota publicada en portada del periódico Granma expresó que Aitana Alberti, fallecida el pasado martes, «deja un vacío inmenso en la cultura cubana» y será recordada como «una incansable defensora de la poesía, la memoria, la paz y el diálogo entre pueblos».Su obra poética incluye los títulos Poemas de Aitana Alberti (1955), Pupila al viento (1998), Y de nuevo nacer (1999), Amazona en la centella (2016) y los libros de narrativa Inquilinos de la soledad (2006) -un homenaje a los exiliados de la guerra civil española- y Cuentos persas (2018) que fueron traducidos a los idiomas alemán, polaco, ruso, rumano e italiano.

El cielo se tiñó de rojo y el puerto se llenó de ataúdes

Justo cuando se cumplió una semana de los dos terremotos que sacudieron Venezuela, el cielo se puso colorado, como si alguien le hubiese prendido fuego. Una nube de polvo rojo con aspecto de mortaja cubrió las nubes de un país que se desangra. Qué más … queda por ocurrir, se preguntaron los ciudadanos, exhaustos ya, tras jornadas de réplicas. Ha transcurrido una semana, siete días en total, y aún no existe en Venezuela una cifra oficial de fallecidos. El gobierno habla de dos mil. La ONU, en cambio, prepara un envío de 10.000 bolsas para cadáveres. La única verdad, además de la muerte y total devastación, es el abandono en el que viven los venezolanos desde hace décadas. Antes de esta tragedia, a la zona litoral de Venezuela, La Guaira, ya la azotó un deslave en diciembre de 1999. Veintiséis años después, los niños que sobrevivieron entonces son los adultos que esperan bajo los escombros a ser rescatados —ojalá los hubiera aún— o aquellos que fallecieron aplastados. Una generación completa sin pasado ni futuro.
La séptima entrega de esta serie titulada ‘Mi tierra tiembla’ —publicada a diario en las páginas de ABC desde el 24 de junio— despliega hoy, a manera de resumen, las hojas de un almanaque funesto. De aquel primer día del temblor, allí donde hubo edificios apenas quedaron solares abiertos, columnas partidas y paredes en el aire. Los vecinos salieron a la calle sin saber si buscar a los vivos o contar a los muertos. Algunos cavaron con las manos. La ayuda no llegaba. Los vecinos sí. Y con ellos familiares venidos desde Caracas y otras partes del país. Al segundo día, los escombros empezaron a devolver historias. Amir Infante resistió con medio cuerpo atrapado bajo una placa. Le dieron agua, un caramelo y palabras para mantenerlo alerta, pero igual murió a la espera de brigadas y equipos internacionales de rescate todavía en camino. Ni rastro de militares o policías, apenas Protección Civil, ya entonces desbordada por la situación.

De aquellas horas conservan los ciudadanos el recuerdo de un border collie con un ojo azulado y el otro castaño —Tsunami— que rescató decenas de personas con vida y, sobre todo, el amor propio de un pueblo abandonado por sus gobernantes. «Esta gente no tiene nada para trabajar, ni cables, ni palas», escuché decir a Jhorman Piñero, uno de los cientos de voluntarios que bajaron hasta La Guaira por sus propios medios a rescatar víctimas. Entre ellas, las de Misión Vivienda, construcciones sociales de bajo coste con el que Hugo Chávez dijo premiar al pueblo con casas cuando en realidad les había regalado una tumba. Todas se vinieron abajo como naipes. ¡Estaban hechas de cartón! 

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MI TIERRA TIEMBLA (VI)

Karina Sainz Borgo

Al tercer día del terremoto, el chavismo resucitó. Tras 48 horas de silencio e indolencia, la presidenta encargada Delcy Rodríguez, su hermano Jorge, presidente de la Asamblea Nacional, y el ministro del Interior Diosdado Cabello aparecieron ante la nación. No para auxiliar, sino para controlar. Se inventaron salvoconductos y levantaron alcabalas. Desplegaron militares no para remover escombros, sino para vigilar a quienes sí lo hacían. La tragedia empezó a tener perímetro, órdenes, castigos, vigilancia. Para entrar a la zona de desastre de La Guaira había que registrarse; para ayudar, esperar; para informar, tragar. A los corresponsales los identificaron y segregaron, para enseñarles solo una parte de lo ocurrido. La ayuda internacional comenzó a abrirse paso entre la burocracia y la urgencia. Rescatistas extranjeros, organizaciones humanitarias, médicos y voluntarios se volcaron en la búsqueda. La desesperación superó al miedo cuando los hermanos y hermanas; los padres y las madres, y los hijos e hijas de las víctimas increparon a los funcionarios que obstaculizaban los rescates o se abalanzaron para abroncar a la rapiña —casi toda militares uniformados y policías— que rebuscaba entre los escombros el dinero en efectivo, los electrodomésticos o cualquier cosa de valor que pudieran revender, mientras personas vivas pedían auxilio bajo los escombros. Una semana después de los terremotos que asolaron Caracas, La Guaira y la región costera, el cielo se tiñó de rojo y en el puerto, donde antes había barcos, ahora hay ataúdes. Esta es la cuenta atrás de una semana en la que Venezuela demostró ser más valiosa que quienes la gobiernan.

Así preparó EE.UU. la caída de Maduro: diez meses de despliegue militar frente a Venezuela

La captura de Nicolás Maduro y el regreso de la bandera estadounidense a Caracas han sido el punto culminante de una larga demostración de fuerza de Donald Trump en el Caribe. Durante meses, Washington ha mantenido en la región una fuerza capaz de desembarcar un … millar de marines en un solo día, interceptar petroleros sancionados, combatir bajo fuego en Haití y operar de forma permanente a escasa distancia de Venezuela. Todo ello formaba parte de una misma estrategia: recordar que Estados Unidos seguía siendo la potencia militar decisiva en su propio continente.
En el centro de todas esas operaciones ha estado la 22ª Unidad Expedicionaria de Marines, al mando del coronel Thomas «Banshee» Trimble, que acaba de finalizar su misión. Recientemente, el comandante recibió a un reducido grupo de periodistas en el Pentágono, en Washington, para explicar un despliegue que considera sin precedentes en el continente americano: casi diez meses de duración, una brusca reorientación estratégica hacia el Caribe y una sucesión de misiones que abarcaron desde la protección diplomática y la interdicción marítima, hasta la cooperación regional y la asistencia humanitaria.

La unidad había zarpado para otro despliegue, previsto en Europa y Oriente Próximo. Sin embargo, nada más abandonar la base de Norfolk recibió una orden inesperada. «Cuando nos dijeron que debíamos girar hacia el sur, tiramos por la borda ocho meses y medio de planificación», resumió Trimble. En cuestión de días, la Unidad Expedicionaria tuvo que reorganizar por completo su despliegue y construir desde cero una arquitectura logística y operativa no para Europa, sino para el Caribe, con un mensaje claro para los adversarios de Washington.

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David Alandete

«Esto era en defensa de la patria. Estábamos operando en el patio trasero de EE.UU.», afirmó el coronel. Su reflexión resume la singularidad de la operación: una fuerza anfibia concebida para responder a crisis en cualquier parte del mundo acabó convirtiéndose en la principal herramienta de proyección de poder de Washington en su propio continente, incluida una operación tan arriesgada y fulminantemente exitosa como la extracción de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores sin una sola baja estadounidense.
La operación también refleja los planes de Donald Trump para América Latina y el Caribe. Desde su regreso a la Casa Blanca, el presidente ha defendido que EE.UU. debe ser más asertivo y actuar con mayor firmeza para proteger sus intereses en el continente frente a regímenes enemigos o injerencias de China o Rusia. El despliegue de la Unidad Expedicionaria responde a esa idea, la de mantener una presencia militar constante en el Caribe y disponer de una fuerza preparada para actuar de inmediato ante cualquier crisis regional.
La Unidad Expedicionaria es una fuerza de reacción rápida del Marine Corps, que depende de la Armada. Está formada por unos 2.200 marines, con infantería, aeronaves y fuerzas especiales de apoyo, y está diseñada para desplegarse en cualquier punto del mundo y responder de forma casi inmediata a crisis, evacuaciones, operaciones de combate o misiones humanitarias, como sucedió en noviembre en su despliegue por el paso de un huracán en Jamaica. Eso ha servido también para preparar la ayuda tras el devastador terremoto en Venezuela del 24 de junio.

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Durante este despliegue americano, la unidad operó embarcada en el USS Iwo Jima, un buque de asalto anfibio de la Armada estadounidense de más de 250 metros de eslora que es una auténtica base militar flotante. El desvío del Iwo Jima y su grupo anfibio constituyó una de las mayores demostraciones de fuerza estadounidense en la región en décadas, y en Washington se interpretó como una advertencia muy clara a Maduro de que debía abandonar el poder.

Fuego cruzado en Haití

La primera misión llegó casi de inmediato. Recién zarpada de Norfolk, la Unidad recibió la orden de dirigirse a Haití para reforzar la embajada estadounidense en Puerto Príncipe, una ciudad prácticamente controlada por bandas armadas y donde el Gobierno apenas ejerce autoridad fuera de algunos enclaves. Los marines desplegaron puestos de observación, reforzaron el perímetro con blindaje y sacos terreros y permanecieron allí durante meses. La situación era tan peligrosa que, según reveló Trimble, se produjeron «múltiples incidentes violentos» en los que los marines «recibieron fuego y respondieron al fuego». Pese a los enfrentamientos, no hubo bajas estadounidenses, afirma.
La experiencia dejó una impresión profunda en el comandante, según cuenta. «Reforzamos nuestras posiciones y estábamos bien entrenados para entender exactamente cuáles eran las reglas de ese enfrentamiento», explicó. La misión en Haití demostró para el coronel hasta qué punto la Unidad estaba operando en escenarios de alto riesgo y no simplemente realizando una misión de presencia o disuasión. Era una fuerza desplegada en un entorno hostil, bajo amenaza constante y preparada para combatir si era necesario. Aquella primera misión marcaría el tono de los diez meses siguientes en el Caribe, con la mirada puesta en Caracas.

En agosto de 2025, el general de brigada Thomas Armas, subcomandante de Marine Forces Command, visita a la 22ª Unidad Expedicionaria de Marines a bordo del USS Iwo Jima, en la base naval de Norfolk. El coronel Thomas «Banshee» Trimble le presentó las capacidades de la unidad.

(Cpl. Sharon Errisuriz)

La principal exhibición de fuerza, y también un mensaje político muy claro de Washington, fue un ejercicio de desembarco anfibio en Puerto Rico. El coronel explicó que recibieron la orden de realizarlo para «demostrar la proyección de poder en tierra» y probar que podían desembarcar «600, 800 o incluso 1.000 marines en un solo día». La idea era dejar claro que EE.UU. podía concentrar rápidamente una fuerza de combate considerable en cualquier punto del Caribe.
La operación tenía una evidente lectura para Venezuela. Desde Puerto Rico, a unos 1.500 kilómetros de Caracas, la 22ª Unidad Expedicionaria disponía de buques anfibios, helicópteros y aeronaves capaces de desplazar tropas y sostener misiones de combate y apoyo logístico en toda la región. Sin mencionar expresamente a Maduro, el ejercicio mostraba que EE.UU. contaba con una fuerza ya desplegada en el teatro de operaciones, capaz de reaccionar en cuestión de horas y de proyectar poder militar muy cerca de las costas venezolanas.

La operación en Puerto Rico se llevó a cabo para «demostrar la proyección de poder en tierra» y probar que podían desembarcar «600, 800 o incluso 1.000 marines en un solo día»

Thomas «Banshee» Trimble
Coronel al mando de la 22º Unidad Expedicionaria de Marines

Además, la Unidad utilizó Puerto Rico como base avanzada de entrenamiento. Los marines realizaron operaciones sostenidas en tierra y dispararon «prácticamente todas las armas del arsenal» de su batallón de desembarco. También integraron drones, sistemas contra drones y nuevas tecnologías de combate, ensayando cómo establecer bases avanzadas y centros logísticos en territorios insulares.
La fuerza se mantuvo desde entonces dispersa por el Caribe, redistribuyendo helicópteros y aviones entre sus tres buques para poder ejecutar varias misiones simultáneamente. También llevó a cabo ejercicios anfibios y de fuego con Ecuador y entrenamientos con Trinidad y Tobago. Desde la costa suroeste de Trinidad hasta el noreste de Venezuela, hay unos 11 kilómetros en su punto más estrecho, a través del Golfo de Paria.

La fuerza en el patio trasero

«La soberanía de Estados Unidos existe en esos barcos, en aguas internacionales, desde donde podemos maniobrar», afirma Trimble. En la práctica, Washington demostraba que podía mover cientos de marines, aviones y helicópteros por el Caribe, desembarcar tropas en cuestión de horas y sostener operaciones complejas sin depender de bases permanentes ni del permiso de terceros países, y todo a las puertas mismas del chavismo.
Entre diciembre y enero, la Unidad Expedicionaria participó en otra misión prioritaria para Washington: la interdicción de petroleros sancionadosque transportaban crudo venezolano. Fueron cinco operaciones marítimas distintas, dirigidas por la Guardia Costera y apoyadas por los Marines, en las que la Unidad Expedicionaria aportó buques anfibios, helicópteros, convertiplanos V-22 y equipos de abordaje. Según explicó Trimble, la unidad redistribuyó personal y medios entre sus tres barcos para poder «proyectar fuerza desde cualquier plataforma» y utilizó sistemas de vigilancia y mando y control para conocer la situación a bordo antes de poner «botas sobre la cubierta». «No tuvimos heridos ni bajas y ejecutamos las misiones sin fallos», resumió el comandante.
Esos abordajes de petroleros formaban parte de la estrategia de la Administración Trump para aumentar la presión económica sobre Caracas, dificultar la exportación de crudo mediante buques sancionados y golpear las redes que permitían al régimen seguir obteniendo ingresos en divisas. El objetivo era también incrementar la presión sobre Cuba, uno de los principales apoyos políticos y de inteligencia del chavismo y dependiente en parte del petróleo venezolano.

La operación de la captura de Maduro

En ese contexto de creciente presión militar y económica llegó la operación más sensible de todo el despliegue, la captura de Nicolás Maduro. La Unidad Expedicionaria contribuyó a abrir el teatro de operaciones y a preparar la entrada de las fuerzas especiales estadounidenses, proporcionando capacidad de reacción inmediata y apoyo aéreo adicional. Trimble se limitó a señalar a los periodistas que las unidades expedicionarias de Marines están diseñadas para apoyar a las fuerzas de operaciones especiales y servir como plataformas desde el mar para proyectar poder en misiones especialmente sensibles como esta.
La caída de Maduro no puso fin a la misión. Con el regreso de la representación diplomática estadounidense a Caracas y la reapertura de la embajada en marzo, los marines pasaron a desempeñar un papel de protección y contingencia. El propio coronel reveló que efectivos de la misión fueron los encargados de asegurar la legación y establecer las condiciones para que el personal diplomático pudiera izar la bandera estadounidense y reabrir oficialmente la sede diplomática.
La misión continuó en los meses siguientes. El 23 de mayo, dos convertiplanos MV-22B Osprey del Escuadrón 263 de la Infantería de Marina, integrado en la Unidad Expedicionaria, sobrevolaron Caracas y aterrizaron junto a la embajada como parte de un ejercicio de respuesta rápida y rescate. La maniobra simuló una evacuación aérea de emergencia y constituyó la mayor demostración militar estadounidense en la capital venezolana desde la operación del 3 de enero.

Le presentamos a los nuevos artífices de la paz del mundo

Pakistán suele considerarse más una fuente de problemas geopolíticos que una solución para ellos. Sin embargo, en los últimos meses ha sido el actor que más ha trabajado para poner fin a la guerra entre Estados Unidos e Irán. No es el único mediador inesperado … que ha intervenido en conflictos recientes: solo en los últimos cinco años, Turquía ha mediado entre Rusia y Ucrania, Etiopía y Somalia, y Pakistán y Afganistán; China también está intentando reconciliar a Afganistán y Pakistán; y Catar ha hecho las veces de intermediario entre Hamás e Israel y entre Estados Unidos y los talibanes, además de haber desempeñado un papel en el acuerdo entre Estados Unidos e Irán.
En todo el mundo, la mediación para la paz por parte de regímenes autocráticos se está convirtiendo en la norma. En 2025, China, Catar, Arabia Saudí, Turquía y Emiratos Árabes Unidos, tanto de manera individual como conjunta, participaron como mediadores en al menos 20 de los 53 procesos de paz registrados en todo el mundo, según la Escuela de Cultura de Paz de la Universidad Autónoma de Barcelona. Al mismo tiempo, los mediadores tradicionales de la posguerra —las Naciones Unidas y democracias alejadas del campo de batalla, como Noruega, Suecia y Suiza— participan menos o de forma menos destacada (véase el gráfico 1). Este cambio no significa que se estén alcanzando más o menos acuerdos que antes. Al igual que sus homólogos democráticos, los autócratas suelen salir con las manos vacías la mayoría de las veces. Sin embargo, los acuerdos que logran alcanzar son diferentes, tanto en la forma como en el fondo.

En primer lugar, valoremos los incentivos. A los autócratas les atrae la mediación, al menos, por tres razones. El prestigio y la posición en el ámbito nacional son una de ellas. La cúpula militar pakistaní ha aprovechado su participación en las negociaciones entre Estados Unidos e Irán para presentar a Pakistán como un aliado indispensable. El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, ha utilizado el éxito de sus mediaciones en el extranjero para reforzar el apoyo en su país y presentarse como abanderado del sur global.

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Otra de las razones para implicarse es apaciguar a los países vecinos. Este siglo, Turquía ha tenido que hacer frente a crisis de refugiados, interrupciones en el suministro energético, recesiones económicas e incidentes terroristas como consecuencia de múltiples guerras en sus fronteras. «Turquía no puede alcanzar la seguridad ni la prosperidad plenas a menos que se estabilice nuestra región», afirma Timur Soylemez, exjefe de mediación internacional del ministerio de asuntos exteriores turco, y añade: «gestionar estos conflictos y evitar que estallen es una estrategia mucho más rentable».

Vuestros conflictos me interesan

Los objetivos comerciales o geopolíticos constituyen un tercer factor. China ha mediado en la guerra civil de Myanmar principalmente para salvaguardar sus inversiones. Turquía también ha recurrido a la mediación para proteger sus intereses económicos en lugares como Irak o Libia, y para buscar otros nuevos, como en Somalia. La abrumadora dependencia de Pakistán de las importaciones energéticas del Golfo ayuda a explicar su papel destacado en Irán, al igual que su deseo de ganarse el favor de Estados Unidos, cuyos lazos con el archienemigo de Pakistán, la India, se han estrechado en los últimos años.
Los nuevos mediadores cuentan con ciertas ventajas frente a la vieja guardia: según Pinar Tank, investigadora del Instituto de Investigación para la Paz de Oslo, Turquía aprovecha su identidad islámica para posicionarse como un interlocutor más fiable ante los países musulmanes que las potencias occidentales; y Catar está dispuesto a dialogar con Hamás, Irán y los talibanes, grupos con los que muchos gobiernos occidentales no quieren hablar directamente —o con los que los regímenes de sanciones y las consideraciones políticas pueden complicar las negociaciones directas—.
Los acuerdos resultantes también son diferentes. Cuando las potencias democráticas occidentales negociaban pactos en el pasado, solían hacer hincapié sobre todo en cuestiones como los derechos humanos, el reparto del poder y las reformas democráticas, afirma Allard Duursma, investigador de la ETH de Zúrich. Las autocracias han sustituido ese modelo liberal por un enfoque centrado en la estabilidad, las oportunidades empresariales y el comercio.

El papel de la ONU

Uno de los signos más visibles —y quizás uno de los aceleradores— de esta transformación es la menguante influencia de la ONU: la proporción de conflictos en los que ha ejercido labores de mediación se ha mantenido estable durante la última década, pero, su influencia, atendiendo al número de casos en los que ha liderado la mediación, está cayendo rápidamente. La última vez que la ONU desempeñó un papel destacado fue en 2022, cuando participó en la negociación de un acuerdo destinado a permitir las exportaciones de cereales ucranianos a través del mar Negro.
Desde hace tiempo, algunos países —en particular, Estados Unidos, Rusia e Israel— pasan por alto a la ONU y siguen vías de mediación independientes cuando están en juego sus intereses, como ocurre ahora en las guerras de Gaza, Irán, Líbano y Ucrania. Sin embargo, la ONU también ha adquirido la costumbre de marginarse a sí misma. Su secretario general, António Guterres, no nombró a un enviado especial para Irán hasta el 25 de marzo, cuando la guerra ya llevaba casi un mes en pleno apogeo y los diplomáticos de la región llevaban semanas inmersos en una intensa actividad telefónica.
Dado que los dirigentes de la ONU temen gastar su limitado capital político en conflictos que aparentemente no tienen salida, a menudo ni siquiera intentan mediar, reconoce un alto funcionario de la organización. «Estamos pasando por un momento bastante bajo, sobre todo debido a un exceso de cautela durante la última década», se lamenta. «No pasa nada por fracasar, pero intentar lograr una solución es mucho más importante».

Estados Unidos es el único mediador convencional que sigue tan activo como antes

La ONU también dispone de una menor capacidad para preservar la paz: el número de cascos azules desplegados sobre el terreno se ha desplomado, pasando de los 107 000 de 2016 a los 47 000 actuales, mientras que las operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU también han disminuido durante el mismo periodo, de 16 a 11 (véase el gráfico 2). Este tipo de misiones se están convirtiendo en cosa del pasado. La última vez que la ONU creó una, para una guerra civil en la República Centroafricana, fue en 2014. Tampoco ayuda que se haya recortado la financiación destinada a estas operaciones, a instancias de Estados Unidos.
Estados Unidos es el único mediador convencional que sigue tan activo como antes, interviniendo en conflictos que van desde Camboya hasta Siria. Donald Trump suele afirmar, con su hipérbole habitual, que en los primeros ocho meses de su segundo mandato puso fin a ocho guerras. Sin embargo, su estilo transaccional de establecimiento de la paz se asemeja mucho más al de los intermediarios autocráticos que al de sus predecesores, lo que contribuye a desmantelar el antiguo modelo de mediación. A menudo, exige ventajas comerciales para Estados Unidos, como concesiones mineras, pero sin mostrar ningún interés por los derechos humanos, la democracia o el Estado de derecho.
El resultado es una forma diferente de establecer la paz. Para empezar, los recién llegados se han hecho cargo con regularidad de la mediación y han dejado de lado a otros en guerras en las que participan o apoyan firmemente a una de las partes, según observaron Sara Hellmüller y Bilal Salaymeh en un artículo publicado el pasado año: Arabia Saudí ha eludido en gran medida a la ONU en Yemen; Irán, Rusia y Turquía negociaron varios altos el fuego durante la larga guerra civil de Siria, sin ninguna participación externa, para evitar entrometerse en las respectivas zonas de influencia de cada uno; Turquía ha descartado la mediación de la ONU en sus conversaciones de paz con los insurgentes kurdos; y, en Myanmar, China alterna entre apoyar a los rebeldes y coaccionarlos para que acepten altos el fuego, aumentando así su propia influencia.

Tenemos formas de hacer que habléis

Por muy cínico que pueda parecer todo esto, la diplomacia coercitiva no carece de ventajas —tampoco es algo nuevo; en Bosnia, por ejemplo, una campaña de bombardeos de la OTAN allanó el camino para el Acuerdo de Dayton de 1995—. Diversos estudios han demostrado que este tipo de mediación puede ayudar a lograr altos el fuego más rápidamente que la basada en principios. En algunos casos, la única parte verdaderamente interesada en alcanzar la paz es un régimen autocrático con intereses económicos o geopolíticos en juego. China, por ejemplo, ha sido un mediador enérgico en el conflicto entre Afganistán y Pakistán: en marzo, el ministerio de asuntos exteriores chino instó a la moderación tras el bombardeo pakistaní de un hospital en Kabul para después obligar a ambas partes a asistir a unas conversaciones de paz en China en abril. También ha intentado utilizar su influencia económica para forzarlas a hacer concesiones, aunque hasta ahora sin resultados.
La escuela de la diplomacia pragmática y de obligar a las partes a entrar en razón ha logrado algunos éxitos notables. El temor a incomodar a Trump parece haber contribuido a alcanzar altos el fuego en los conflictos entre Armenia y Azerbaiyán, Camboya y Tailandia, y el Congo y Ruanda. Aunque la India se mostró consternada por la intervención de Trump, este también parece haber ayudado a sofocar un recrudecimiento de las hostilidades entre la India y Pakistán el pasado año.
El problema es que toda esa preocupación por la justicia y los derechos humanos, de la que los autócratas y Trump han prescindido en gran medida, puede que, en realidad, haya contribuido a que los altos el fuego sean más largos. Los acuerdos de paz duraderos siempre han sido escasos y cada vez lo son más: según Duursma, entre 1989 y 2013, el porcentaje de negociaciones que concluyeron en acuerdos definitivos —en contraposición a altos el fuego u otras medidas provisionales— se situó en el 3,9 %; entre 2014 y 2023, esa cifra descendió al 2,1 %.
Los acuerdos a medias están sustituyendo al trabajo más largo y tedioso de consolidación de la paz. «La era de estos grandes acuerdos de paz parece haber llegado a su fin», afirma Duursma. En otras palabras, es posible que pronto se vuelvan a necesitar los servicios de Pakistán.

¿Por qué EE.UU. es incapaz de celebrar como se merece sus 250 años de historia?

El próximo 4 de julio se cumplirán 250 años de la Declaración de Independencia de EE.U.U, proclamada en 1776. Un cuarto de milenio como sistema político de referencia para el resto del mundo debería generar no solamente satisfacción sino también grandes … celebraciones. Sin embargo, el trumpismo en su decadencia más corrupta y sectaria está aprovechando la ocasión para dividir y cuestionar todavía más a una nación que empieza a pensar que sus mejores días ya han pasado.
La nube tóxica que envuelve a todo lo que debería celebrarse este sábado en EE.UU. contrasta con el ambiente en 1976 durante los festejos del bicentenario de la misma Declaración de Independencia. Un presidente accidental pero necesario como Gerald Ford afirmó: «Lo emocionante de esta ocasión es que [los principios de la Declaración] siguen funcionando». Por supuesto, Ford se refería a la capacidad de las instituciones para frenar el expansivo poder ejecutivo de su jefe, Richard Nixon, obligado a dimitir dos años antes para evitar un proceso de destitución por el escándalo Watergate.

Cincuenta años después, JD Vance, actual vicepresidente, no ha tenido reparos en describir la saga de Nixon como una terrible injusticia, forzada por el mismo «Estado profundo» que también tiene en el punto de mira a Trump. La apología nixoniana de Vance coincide con una ingeniosa campaña en redes sociales que ha convertido a ‘Tricky Dick’ un fenómeno viral en redes sociales, combinando imágenes de archivo con rap para convertir al presidente número 37 en una especie de antihéroe a lo Tarantino, por los que la chavalada de la Generación Z siente un apetito insaciable.
Con todo, hay una cosa en la que Vance tiene razón: hoy en día, Watergate no duraría ni medio día en el ciclo informativo. Seguramente sería eclipsado por la sucesión de escándalos que protagoniza Trump, con una debilidad por los hidrocarburos, el oro, el ‘pastuqui’ y privilegiar a los hijos que rivaliza con la mafia de las dos aceras de Ferraz. Al menos, Nixon se molestaba en disimular un poco.

La OMS alerta de un repunte mundial de cólera y diarrea acuosa tras aumentar un 43% los casos en mayo

La Organización Mundial de la Salud (OMS) alertó este miércoles de «un repunte mundial del cólera», después de que en mayo se notificaran 29.610 nuevos casos de cólera y diarrea acuosa aguda en 16 países, territorios y áreas de cuatro regiones del mundo, lo que supone un aumento del 43% respecto al mes anterior.Según la última actualización epidemiológica publicada por la OMS, correspondiente a datos hasta este martes, el organismo registró también 271 muertes relacionadas con el cólera durante ese mes, un 30% más que en abril. La región del Mediterráneo oriental concentró el mayor número de casos, seguida de África, Asia sudoriental y las Américas.No se notificaron casos en la región europea ni en el Pacífico occidental durante el periodo analizado. Pese al repunte mensual, la OMS precisó que los casos y muertes registrados en mayo fueron un 59% y un 61% inferiores, respectivamente, a los del mismo mes del año pasado, cuando se contabilizaron 72.914 casos y 687 fallecimientos en 21 países.En lo que va de año, entre el 1 de enero y el 31 de mayo de 2026, la OMS contabilizó 114.829 casos de cólera y diarrea acuosa aguda, además de 1.318 muertes, en 23 países de cuatro regiones. En este acumulado anual, África registró el mayor número de casos, por delante del Mediterráneo Oriental, las Américas y Asia Sudoriental.Desplazamientos masivos y desastresLa OMS advirtió de que, en los últimos años, «los conflictos, los desplazamientos masivos, los desastres asociados a amenazas naturales y los fenómenos vinculados al clima han contribuido a generar condiciones que facilitan la transmisión del cólera, especialmente en zonas rurales y áreas afectadas por inundaciones».El organismo subrayó que la falta de infraestructuras adecuadas y «el acceso limitado a la atención sanitaria pueden retrasar el tratamiento, lo que agrava el riesgo para las poblaciones más vulnerables». Además, señaló que estos factores transfronterizos están provocando que los brotes de cólera sean «cada vez más complejos y difíciles de controlar».A partir del próximo mes de julio, la actualización epidemiológica sobre el cólera se incorporará mensualmente al Weekly Epidemiological Record, la publicación epidemiológica semanal de la OMS, con el objetivo de ofrecer información consolidada sobre la situación mundial y las principales tendencias.