Son las 10.15 de la noche y, por unos segundos, nadie habla. El líder de uno de los grupos de rescatistas que trabaja entre los restos de un edificio colapsado en el barrio Cuarto de Legua, al sur de Cali, levanta los brazos y … cierra ambas manos en señal de puño. Pide silencio. A su alrededor, más de cincuenta personas detienen lo que están haciendo. Cesan las voces, el movimiento de los escombros y el ir y venir de quienes llevan agua, herramientas y medicamentos.
Entonces, el rescatista grita hacia las entrañas del edificio: si hay alguien con vida, que haga un ruido, que golpee algo, que grite. Todos esperan.
Lo que ocurre después es la celebración de la vida en su máxima y, quizás, también en su mínima expresión. Una voz de auxilio proveniente del fondo de los escombros se festeja como un gol en una final de la Copa del Mundo o como si alguien acabara de ganar la lotería. Hay gritos, manos que se levantan y rostros que, después de horas de trabajo, recuperan por un instante la esperanza. Pero la celebración dura poco. Hay alguien ahí abajo.
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UNA ESPAÑOLA EN CALI
Stephania Montero
Inmediatamente, las más de cincuenta personas que integran el grupo de rescate vuelven al trabajo y se organizan en una cadena humana para retirar bloques de concreto del perímetro donde se escuchó la voz. Cada pedazo pasa de unas manos a otras. La prioridad es avanzar sin provocar nuevos desprendimientos que puedan poner en peligro a quien espera debajo.
Escenas como esta se repiten en distintos puntos de la capital del Valle del Cauca y también en ciudades como Pereira y Manizales, golpeadas por el terremoto. Son múltiples cadenas humanas buscando supervivientes -las autoridades locales sitúan en 250 la cifra de muertos en todos los departamentos afectados, además de cientos de heridos y miles de edificios dañados-, mientras carpas y quioscos improvisados reciben medicamentos, alimentos, bebidas hidratantes, cascos, guantes, linternas y herramientas. En algunos puntos se solicita incluso maquinaria pesada. Nadie quiere perder tiempo. Las horas pasan y, con ellas, aumentan las dificultades para encontrar personas con vida.
72 horas: el umbral de la vida
Con temperaturas que durante el día han superado los 34 grados y el reloj corriendo sin descanso, la preocupación aumenta en las zonas afectadas. Rescatistas y familiares tienen presente una cifra que suele repetirse después de grandes terremotos: 72 horas.
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Las primeras 72 horas posteriores a un terremoto suelen considerarse una ventana crítica para las operaciones de búsqueda y rescate, aunque no representan una frontera absoluta entre la vida y la muerte. Existen casos documentados de personas rescatadas después de permanecer varios días bajo los escombros.
Su importancia radica en que, conforme transcurren las horas, las lesiones y las condiciones a las que está sometida una persona atrapada pueden reducir progresivamente sus posibilidades de supervivencia. La Organización Mundial de la Salud advierte de que las muertes asociadas a los terremotos pueden producirse de manera inmediata, en cuestión de minutos u horas, pero también varios días después. A los traumatismos, las hemorragias y la asfixia de los primeros momentos se suman posteriormente otros riesgos: deshidratación, infecciones, exposición a temperaturas extremas y síndrome de aplastamiento, entre otras complicaciones.
Un voluntario retira escombros en Cali.
(EP)
Por eso, las 72 horas no funcionan como un cronómetro que, al llegar a cero, obliga a abandonar una búsqueda. Representan, más bien, una carrera contra el deterioro físico de quienes permanecen atrapados.
Una persona debajo de un edificio derrumbado no lucha únicamente contra sus heridas. También lo hace contra la falta de agua, el polvo que dificulta respirar, el calor, la inmovilidad y la imposibilidad de recibir atención médica. Durante esos primeros días, búsqueda, rescate y asistencia sanitaria forman parte de una misma carrera: cada hora ganada puede evitar que una lesión tratable termine convirtiéndose en una complicación irreversible.
Y por eso, cada vez que se pide silencio entre los escombros, todos esperan escuchar algo. Un golpe. Un grito. Una voz. Cualquier señal que permita seguir buscando.
Primeros cuestionamentos a De la Espriella
La emergencia también se ha convertido en una primera prueba para el nuevo Gobierno nacional, que ha declarado desastre nacional y emergencia económica. Y los primeros cuestionamientos no se han hecho esperar. El Gobierno decidió no aceptar, inicialmente, el envío de rescatistas de otros países como El Salvador y México, al considerar que los equipos colombianos desplegados podían atender esas labores y que la prioridad de la cooperación internacional debía concentrarse en ayuda humanitaria.
Un rescatista colombiano, con su perra Tamy.
(Reuters)
La decisión contrasta con las escenas que se observan en algunos de los sectores más afectados, donde familiares, vecinos y voluntarios reclaman más manos, herramientas y recursos para acelerar las búsquedas. Esto habría llevado al nuevo Gobierno, que ha declarado la emergencia económica y tres días de luto, a recular y aceptar la llegada de equipos extranjeros.
Mientras las decisiones se toman desde los despachos, en Cuarto de Legua la noche continúa entre polvo, luces de emergencia y montañas de concreto. Allí las discusiones políticas parecen lejanas. La preocupación inmediata está varios metros debajo de los pies de los rescatistas.