Mitra tiene que gritar para cubrir la voz del megáfono que chilla «Basta a la República Islámica!», «Irán libre!». Un coro de varios cientos de personas responde levantando los puños al cielo. Banderas iraníes, estadounidenses, con la estrella de Israel. «Tengo 50 años y vivo … en Estados Unidos desde hace 31. Desde que puse un pie aquí, como refugiada política, no he vuelto nunca más», dice la mujer. Grandes gafas negras y una bandera roja, blanca y verde atada al cuello, llevada como un chal o una capa de superhéroe, Mitra cuenta que huyó de Teherán en plena noche, después de que su padre fuera asesinado por el régimen: «No veo la hora de volver a su tumba. Y decirle que lo que siempre soñó ha sucedido. Que lo hemos logrado después de todos estos años», confía con la barbilla temblorosa y una lágrima que le recorre el rostro.
Estamos en el corazón de Westwood, un acomodado barrio universitario, de profesores, abogados y médicos en el oeste de Los Ángeles. Los bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre el Irán de los ayatolás arrasan a más de 12.000 kilómetros de distancia y a 11 horas y media de huso horario, pero su estruendo se siente con fuerza en la metrópolis californiana, que alberga la mayor comunidad de la diáspora iraní del mundo: entre las más de 500.000 personas de origen persa residentes en Estados Unidos, más de un tercio vive aquí.
En este barrio, encajado entre Beverly Hills y Santa Mónica, entre casitas, jardines cuidados y jacarandas en flor, los iraníes estadounidenses han construido una patria lejos de su país. La llaman amistosamente ‘Persian Square’, ‘Little Persia’ o ‘Tehrangeles’: una sucesión de restaurantes, bazares, tiendas de alimentación con carteles en caracteres persas. El farsi es la lengua de las mesas colocadas al sol.
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Desde aquí, los iraníes fuera de Irán han recibido la noticia de que el gobierno del que huyeron estaba siendo atacado por su país de adopción –y que el líder de larga data de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, había sido asesinado. Muchos de ellos pertenecen a minorías oprimidas en Irán –judíos, asirios, bahaíes, cristianos. Algunos huyeron tras la caída en 1979 del último sah de Irán, Mohamed Reza Pahlevi. Otros nacieron en el exilio y conocen el país de sus padres como se conocen los lugares en los cuentos. Una tierra prometida, un miraje.
Sam Beykzadeh, en su librería Pars Books, lamenta la guerra entre países.
(Lucía Magi)
Desde finales de febrero, cada sábado, cientos de personas se reúnen en un cruce, bajo el único rascacielos de la zona, que alberga oficinas federales, poniendo música iraní a todo volumen y vitoreando. Banderas ondean entre la multitud y a lo largo de las aceras cercanas. Los coches pitan como muestra de solidaridad. La gente baila, se abraza, sonríe. Parece una fiesta callejera. «Soy Adrian. Tengo 26 años. Nací en Alemania y luego me mudé aquí», dice un chico con barba y pelo color azabache. Conoce Irán por los relatos de su bisabuelo, que era cirujano del sah y tuvo que huir con toda la familia cuando estalló la revolución.
«Amo mi país –dice el joven refiriéndose al más lejano– Alemania y Estados Unidos son mi casa, pero mi tierra es Irán. Durante los últimos 47 años, mi familia, mis abuelos, toda mi generación hemos estado esperando esto. Estamos muy jubilosos y felices de deshacernos del islam terrorista, solo quiero volver allí, a un Irán completamente libre», dice sacudiendo carteles con las fotos de dos marines muertos en los primeros ataques y con la inscripción «Gracias, Trump»: «Es un buscador de libertad. Me gusta».
«Amo mi país, Alemania y EE.UU. son mi casa, pero mi tierra es Irán. Toda mi familia hemos estado esperando esto»
Adrian
26 años, nacido en Alemania, residente en Los Ángeles
«Esto no es una guerra. Esto es una misión de rescate», dice Masih, cabello rubio movido por el viento, gafas Ray-Ban de aviador y camiseta con el rostro del rey Reza Pahlevi: «Nuestro verdadero líder». «Aprecio la ayuda que el presidente Trump envió a Irán junto con Israel. Quiero decir, ¿quién querría que su país fuera golpeado así? Pero no hay otra manera. La violencia era mucho mayor antes. La gente que moría ya era mucha más», reflexiona, explicando que tiene «mucha familia allí bajo las bombas»: «Tienen miedo, pero también celebran cada vez que cae una porque la tortura y la presión eran insoportables. Yo viví allí y sé, como mujer, lo que significa no tener los derechos humanos más básicos».
Iraníes se reúnen en el centro de Los Ángeles, que alberga la mayor concentración de iraníes fuera de su país.
(Brian Cahn/ZUMA Press)
Una chica salta sin parar al ritmo de ‘YMCA’, el clásico de los Village People. Una gran bandera de Israel entre las manos abiertas como alas. Entre los cerca de 50.000 judíos iraníes que viven en la zona, muchos residen en Beverly Hills, como la alcaldesa del enclave, Sharona Nazarian, que huyó de Irán con su familia en 1979, cuando tenía 4 años, para escapar de la persecución religiosa. Una pancarta con las fotos tipo carné de cientos de jóvenes muertos en las protestas contra el régimen reposa a lo largo de la acera; cerca, otra con las de los 6 marines estadounidenses. Flores blancas, besos lanzados al aire y caricias para todos.
Dos mujeres están comprando una gorra de béisbol verde con la inscripción MIGA –’Make Iran Great Again’– y explican al unísono: «Amamos a nuestro presidente Trump –dice Noaz, melena de cabellos rizados color avellana y ojos almendrados–. Nací en Teherán y mi familia se refugió aquí cuando tenía 9 años. No vivo allí desde hace más de treinta, pero no veo la hora de volver», recita de un tirón. Añade que «la angustia de no poder hablar con tíos y primos debido al bloqueo de internet es dura». «Pero estamos aquí para rezar juntos y agradecer a Trump», concluye la amiga.
Las grietas
Sin embargo, la numerosa comunidad iraní, aunque está en el exilio y coincide en el desprecio hacia los ayatolás, muestra grietas a la hora de encontrar una solución para salir adelante.
«Hay una profunda división. La mayoría ruidosa es la que ves aquí», ensancha los brazos Niloofar Mansoori, que está preparando una conexión con Iran International, el canal de televisión con sede en Washington para el que es corresponsal. «Con las noticias de la represión de las protestas de los últimos meses, hasta las bombas parecen una liberación. Pero hay otros –baja la voz hasta un susurro– que no ven el ataque militar como una solución deseable. Además, fíjate: muchos han nacido aquí; incluso los padres ya son ciudadanos estadounidenses», explica, comparando la escalada militar con una pelea entre mamá y papá, que se observa impotente y lleno de ansiedad.
Mohamed Ghafari, en su tienda de alimentación en Los Ángeles.
(Lucía Magi)
Mansoori sugiere adentrarse en el barrio, a lo largo de la calle Westwood, donde los escaparates, los carteles de las tiendas y de los restaurantes están escritos más en farsi que en inglés.
Un neón arcoíris anuncia que la tienda de alimentación Shater Abbass Bakery & Market está abierta. Mohamed Ghafari está sentado en la caja. A su alrededor, estanterías llenas de té, especias, higos secos, sacos de arroz y harina. «Estoy mal. Muy mal», empieza. Baja el volumen de la televisión en la que sigue las noticias «las 24 horas del día».
En Westwood, entre Beverly Hills y Santa Mónica, los iraníes estadounidenses han construido su patria.
(Lucía Magi)
«La revolución me sorprendió cuando tenía 20 años y estaba en Alemania estudiando informática. Nunca volví, pero mi corazón está allí, donde mis tres hermanos y dos hermanas ni siquiera pueden ser avisados de los bombardeos porque las vías de comunicación están interrumpidas», se emociona.
Explica que sus hijos nacieron en EE.UU., estudiaron, se graduaron, ahora uno enseña en la universidad y el otro es abogado. Al principio fue difícil apreciar su cultura y sus raíces. «Les daba vergüenza porque yo tuve que empezar desde cero aquí. Ahora están orgullosos, han entendido que nosotros, los iraníes, somos mucho mejores que el régimen islámico que nos oprime. Es mi mayor logro. Pero precisamente porque amamos nuestro país ahora estoy destruido. ¿Cómo puedo alegrarme por las bombas?», pregunta agachando la cabeza. Una clienta entra a por pistachos y le salva de las lágrimas.
«Me opongo a la República Islámica. Me ha perseguido y forzado al exilio. Pero esto no significa que quiera ver a mi país bajo las bombas»
Sam Beykzadeh
Nacido en Rasht (Irán) y refugiado en EE.UU. tras la llegada al poder de los ayatolás
«Obviamente, me opongo a la República Islámica. Me ha perseguido y obligado al exilio. Esto no significa que quiera ver mi país bajo las bombas», reflexiona Sam Beykzadeh, nacido en 1948 en Rasht y llegado aquí justo después de la revolución de 1979, que llevó al poder a los ayatolás. «Soy un refugiado político. Estados Unidos me acogió, pero siempre seré iraní: sigo soñando en farsi», dice, reflexionando sobre el hecho de que el gobierno que lo acogió —del que ahora es ciudadano, junto con su esposa, sus tres hijos y sus nietos— esté atacando al que lo obligó a huir.
«Estamos en manos de criminales estúpidos, de ambos lados. ¿La guerra acabará con el régimen? Quizá. Pero antes morirá mucha gente inocente», musita en su librería Pars Books, repleta de libros en persa y fotos de escritores «disidentes, encarcelados o exiliados».