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Keiko Sofía Fujimori y el deber de limpiar el legado de su padre

El 19 de noviembre del 2000, Alberto Kenya Fujimori envió por fax su renuncia a la presidencia desde la capital japonesa, Tokio, y sorprendió a tirios y troyanos, incluida su hija Keiko Sofía Fujimori, primera dama y a los pocos días, se vio obligada a … dejar Palacio de gobierno acompañada de su equipo de confianza y sus mascotas.
La imagen de la joven Keiko Sofía saliendo de Palacio de gobierno dio la vuelta al mundo porque mostró hasta qué punto el pragmatismo del jefe del clan Fujimori está por encima del bienestar de su propia hija. Este hecho, según sus allegados, la marcó a fuego y la volvió desconfiada del cariño paterno.

Tras un escándalo de corrupción, papá Fujimori salió del país para participar en APEC (Foro Comercial Asia-Pacífico) en Brunei y desde ahí se fue a Japón porque temía que iba a ser detenido por los actos cometidos por su Gobierno junto a su brazo derecho y Jefe del Servicio de Inteligencia Nacional, Vladimiro Montesinos.

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Paola Ugaz

26 años después, Keiko Sofía Fujimori regresará como presidenta a Palacio de Gobierno y tiene sobre los hombros el deber de limpiar el legado de su padre y gobernar para todos los peruanos, incluidos los que no votaron por ella en el sur y centro del país porque temen que repita lo cometido por su padre en diez años de su Gobierno: un gobierno de mano dura, corrupción y con violaciones a los derechos humanos, lo que llevo a que sea condenado a 25 años de cárcel en el 2009.
Tras huir a Japón, Alberto Kenya Fujimori regresa en un avión privado en 2005 a Chile y, para su sorpresa, es detenido de inmediato y la entonces presidenta, Michelle Bachelet, le pide a Perú que inicie la extradición al país. Es en Chile, según diversos testimonios, que el patriarca se reúne con sus hijos y le pide a Keiko Sofía que se dedique a la política para que pueda lograr su libertad.
Ella le hace caso y en 2006 se convierte en la congresista más votada y revive al fujimorismo que estaba aletargado desde la renuncia a la presidencia de su padre. En 2011, en 2016 y en 2021 postula sin éxito a la presidencia y en el camino se pelea con su padre y bloquea las opciones de libertad a través del indulto que realizó su hermano menor, Kenji Gerardo, quien fue elegido congresista en 2016.

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El drama al estilo Shakespeare que vivieron los Fujimori fue visto ante los ojos de todos los peruanos: Keiko Sofía demostró que podía ser pragmática como su padre y por eso se opuso a su indulto en el Gobierno de Kuczynski al tiempo que ordenó que investiguen y graben a su hermano menor para probar que hubo contubernio con Kuczynski, quien terminó renunciando a la presidencia en marzo del 2018.
Fue investigada en el caso Odebrecht por recibir dinero de la empresa brasileña y supuestamente por haberlo puesto a nombre de aportantes fantasmas. Además de haber realizado actos encubiertos para recibir fondos en el caso «Cócteles» y encubrir a los empresarios que han colaborado con sus campañas. Por tal razón estuvo presa en dos períodos en entre 2018 y 2020.

La gobernabilidad

El politólogo Iván Lanegra explicó a ABC que el principal reto en la gobernabilidad que tiene la futura presidenta «descansa en dos pilares, la eficacia y la legitimidad», resaltando «la capacidad del Gobierno de atender las demandas públicas».
Lanegra señalo que «para ello es importante tener recursos, pero también contar con una capacidad estatal que pueda transformar dichos recursos en políticas públicas eficaces. Las proyecciones económicas parecen ser favorables, aunque el país sigue siendo vulnerable a situaciones como el Fenómeno El Niño o crisis internacionales».

«El problema más serio es la capacidad estatal, deteriorada progresivamente en la última década»

Iván Lanegra
Politólogo

«El problema más serio está en la capacidad estatal, la cual se ha ido deteriorando progresivamente en la última década, en particular durante los últimos años con el aumento de las prácticas patrimoniales y la persistencia de la corrupción», agregó.
Como política, según Lanegra, Keiko Sofía tiene «la experiencia de dirigir un partido político por varios años, algo poco común en país de organizaciones políticas muy precarias, es un activo. Desde ahí, ha podido aprovechar las debilidades del sistema político peruano para lograr influencia en múltiples áreas del Estado, sin necesidad de tener una presencia pública permanente».
«No ha dirigido nunca una entidad pública, y ahora tendrá a su cargo al Poder Ejecutivo, tarea que implicará lidiar no solo con una visibilidad constante, sino también con una responsabilidad directa sobre los logros y fracasos del gobierno», explicó.
Sobre el giro a la derecha en Sudamérica, Lanegra destaca que «En algunos países ha calado un discurso más duro y altisonante debido a la seguridad ciudadana. En América Latina, este tema —vinculado tradicionalmente al orden y a la mano dura de la derecha— le ha brindado a este sector político opciones adicionales».

Un país dividido

Para la historiadora, Natalia Sobrevilla, «el principal reto de gobernabilidad de Fujimori, es el país dividido al que se enfrenta y los que están en contra de ella. Debe encontrar una manera de gobernar más allá de Lima, la costa y la Amazonia que son sus áreas de influencia».
«Los peruanos no sabemos mucho de sus rasgos como política, solo la hemos visto ser candidata, nunca la hemos visto administrando nada, en el Congreso, tuvo muchas faltas por baja de maternidad. En los últimos años hemos visto que es una persona que no genera consensos, no tiene experiencia de gobierno, nunca ha sido ministra, no sabemos a que atenernos mas allá de su candidatura que es lo que conocemos», indicó la autora del libro ‘La nación subyacente’.
«Así como tuvimos una ola rosada hace 20 años, ahora estamos en la era de la derecha, es un cambio pendular el que vemos en Sudamérica, veremos cómo les va a los presidentes de derecha y que le darán a la población», finalizó Sobrevilla.
El próximo 28 de julio, Keiko Sofía Fujimori asumirá la presidencia acompañada de sus hijas Kyara y Kaori, producto del matrimonio con Mark Vito Villanella, de quien se divorció hace pocos años y que desde entonces se ha convertido en un «influencer» en redes sociales y protagonista de un reality show donde evitó hablar de los motivos de ruptura con la próxima jefa del país.

La venezolana de 69 años que fue rescatada tras tres días bajo los escombros y que pidió Coca-Cola al salir

Un golpe en la cabeza dejó a Marlene Santana atrapada bajo los escombros. Los dos terremotos en Venezuela del pasado miércoles desplomaron su casa de cuatro pisos, que había resistido al deslave de 1999, cuando hubo una serie de aludes que dejaron devastada, como también hoy, al estado La Guaira, entonces llamado Vargas. Luego de casi tres días fue rescatada y lo primero que pidió fue una Coca-Cola.»Yo pongo la cabecita en la pared y digo: Dios mío, aquí como que se perdió todo en la urbanización Playa Grande porque hay mucho silencio», recuerda haber pensado ya bajo los escombros, aunque reconoce en una entrevista a EFE que tiene «lagunas» mentales.Santana, de 69 años, recuerda haber oído a su hermana quejarse de la pierna, pero en algún momento no la escuchó más. En la casa también estaba su esposo y su hija.Ella cree que quedó atrapada en el área de la cocina, porque vio una taza donde tomaba café hacía decenas de años.»Cuando levantaba la mano y tocaba, era un espacio muy reducido. Tocaba, a los lados. No sé si era pared o madera. No descifraba porque no teníamos luz, no teníamos nada», recuerda.»Arrástrate»Santana cree haber escuchado a un perro, probablemente uno que identifica a cuerpos con vida, ampliamente usados en labores de rescate.»Yo sentí un perro. Me extraña porque yo no tenía un perro en mi casa. Ladró. Conseguí al personal de Bukele. Me dijeron que estaban apoyándome», comenta en referencia a los rescatistas de El Salvador, que llegaron a Venezuela como parte del apoyo internacional en el que también participan más de una decena de países.El grupo de salvadoreños le pidió que se arrastrara, pero su espalda estaba cortada y ella les dijo que no podía. Los rescatistas le dieron agua y la animaron a salir.»Les decía: no puedo más, porque estoy destrozada por debajo, mi espalda. No puedo. Me decían: ‘Señora Marlene, haga un sacrificio más'», señala.Santana pidió cinco minutos y los rescatistas le dieron dos. Respiró y se arrastró como pudo, hasta que los salvadoreños la sacaron.»Hubo momentos en que pensé que no iba a salir, porque sentía que el aire me faltaba. Yo he aprendido, gracias a mi neumonólogo, a manejar la respiración», subraya.Cuando salió, pidió una Coca-Cola, algo que el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, subrayó en X al informar sobre el rescate: «Al salir de entre los escombros, doña Marlene nos pidió una Coca-Cola. Nuestros médicos le explicaron que, por el momento, lo más importante era hidratarla por vía intravenosa para estabilizarla».La recuperaciónSantana se recupera en un hospital público al este de Caracas, pero le inquieta no saber sobre el paradero de las otras personas que estaban con ella.»Mi hija vivía en la segunda planta. No sé nada de ella. No sé nada de mi esposo. No sé nada de mi hermana», añade.Al menos 1.719 personas han muerto en Venezuela y 5.034 han resultado heridas, según el Gobierno, mientras las labores de búsqueda continúan luego de más de 120 horas del doble terremoto.

Natalia y Olga, identificadas entre las 17 víctimas españolas en los terremotos de Venezuela

El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha informado este lunes de que la cifra de españoles desaparecidos en el doble terremoto de Venezuela ha descendido a 138. Anteriormente, los datos oficiales que había comunicado el Ministerio elevaba a 150 los nacionales … de los que no se conocía su situación.
Además, el diplomático ha señalado que el número de compatriotas fallecidos se mantiene en 17, por lo que no se han reportado nuevas víctimas mortales desde la última actualización del domingo. Igualmente, ha comunicado que 12 españoles continúan atrapados entre las ruinas de los edificios, a la espera de que las fuerzas especiales de rescate puedan extraerlos de los escombros. Los servicios consulares de España en Venezuela siguen recibiendo comunicaciones y, desde que se produjeron los terremotos, ha registrado 635 llamadas de asistencia.

También avanzan las tareas de identificación de los españoles que han perdido la vida y se ha confirmado una segunda fallecida de origen canario. Se llamaba Olga Morales, una mujer de 57 años oriunda de la isla de La Gomera. Sus abuelos eran de origen canario y emigraron a Venezuela, donde ella nació y vivió toda su vida. Aun así, Olga mantenía una estrecha relación con sus familiares isleños, una de sus hermanas vivía allí, y les visitaba frecuentemente. Según indica el diario canario ‘La Provincia’, la víctima vivía en La Guaira, una de las zonas más afectadas por los seísmos, y trabajaba cuidando a personas mayores. Olga estaba alojada temporalmente junto a su prima, Isabel ‘Chavela’ Jara, la delegada del Gobierno de Canarias en Venezuela también fallecida en el terremoto. Ambas se encontraban en el edificio Costa Brava, en Los Corales (La Guaira), que quedó reducido a escombros.

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Ludmila Vinogradoff

Asimismo, se ha conocido la identidad de otra de las víctimas mortales, Natalia, una vecina de Torre de la Reina, una pedanía de Guillena (Sevilla). De 34 años, era de origen hispano-colombiano y había viajado a Venezuela junto a su marido y su hija, que salieron ilesos de los seísmos. La familia vivía desde hacía tres años en el municipio sevillano junto a la madre de ella, que decidió no viajar a Venezuela. El Ayuntamiento de Guillena ha emitido un comunicado este lunes confirmando la noticia: «Natalia, tras más de 72 horas desde los terremotos, no pudo ser encontrada con vida». Y ha decretado un día de luto oficial. Además, los representantes municipales se han reunido con la Federación Andaluza de Municipios y Provincias (FAMP) y a la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) para guardar un minuto de silencio en respeto a las víctimas y sus familiares.
Otros de los españoles afectados por los terremotos son los cuatro miembros de una misma familia de Marín (Pontevedra). Los dos niños, de ocho y nueve años, y sus padres, continúan desaparecidos desde el miércoles, aunque sus allegados han indicado el lugar exacto donde creen que estaban cuando se produjo la catástrofe. Se trata de un bloque ubicado en el boulevard de Naiguatá, sector El Caribe, en La Guaira. Este edificio ha quedado derruido y «es necesario que se levante con grúas y maquinaria pesada», ha señalado Lucía Guede, la directora del colegio La Inmaculada, donde estaban matriculados los pequeños en Marín.
Por el momento, no se conoce más información sobre el resto de ciudadanos españoles. El Gobierno ha activado los protocolos pertinentes y está tratando de recopilar más datos para determinar el número exacto, así como la identidad de los nacionales afectados. Estas tareas de identificación todavía se encuentran en la primera fase. El delegado del Gobierno de Castilla-La Mancha ha explicado este lunes que el Ejecutivo se está encargando de centralizar las nuevas informaciones y comunicarlas a través del Ministerio de Exteriores a las distintas comunidades autónomas y entidades locales.

«Aquí hay más fusiles que palas»

Domingo 28 de junio. Un hombre cubierto de polvo retira la mascarilla de su boca para increpar a un grupo de efectivos de la Guardia Nacional de Venezuela. El vídeo, tomado en la parroquia Caraballeda de La Guaira y difundido por DW Noticias, muestra … cómo un grupo de uniformados vigilan, sin ayudar, a quienes remueven los escombros intentando buscar supervivientes. Han transcurrido cuatro días de los dos terremotos de 7.1 y 7.5 grados. Hay cansancio y desesperación. Cada hora es decisiva para recuperar personas con vida. Son los vecinos, con ayuda de rescatistas internacionales, quienes se mantienen desde el primer día en labores de rescate. Uno de esos vecinos es quien protagoniza el reproche. «¿Por qué traen armamento? ¡Lo que tenían que traer era una pala!». Los efectivos no retiran la mascarilla de su rostro. Algo parecido a la vergüenza los paraliza y enmudece. «¿Por qué van armados? ¿Dónde está la guerra?». Hace una pausa. «La verdadera guerra está ahí», dice señalado los escombros con su dedo índice.
Misma fecha, mismo lugar. Otro hombre, también con mascarilla y guantes de trabajo, increpa a otro militar «Mi nombre es Julián Bordones, integrante del Grupo de Rescate…», se identifica. Rodeado de escombros y vigilado al milímetro por funcionarios militares, se dirige perplejo a los militares: «Aquí yo he visto más fusiles que palas y aquí no hay delincuentes», se queja, impotente e incrédulo, casi estupefacto ante la actitud del mando militar. Como ésa hay varias imágenes más de civiles que afean a las fuerzas armadas su inacción primero y su abuso después: un grupo de mujeres motorizadas rompiendo un cordón de la Guardia Nacional y de otros cuerpos de seguridad para entrar a las zonas afectadas y llevar ayuda; ciudadanos que abuchean y afean a efectivos de la Guardia Nacional buscando dólares entre los escombros de las casas colapsadas e incluso una mucho peor de varios funcionarios uniformados peleándose como rapiña por el botín que puedan hallar en los escombros. La guinda le corresponde al ministro de Interior, Diosdado Cabello, excapitán del Ejército venezolano, quien protagonizó en público una discusión con un rescatista extranjero que reclamaba acceso a La Guaira para participar en las labores de salvamento. En vídeos difundidos en redes sociales se observa al ministro golpear el capó de un vehículo durante el intercambio.

Desde el ascenso al poder de Hugo Chávez, y todavía más durante los años de Nicolás Maduro, los militares han sido un estamento de peso en el ordenamiento político y en las prebendas económicas de la Revolución Bolivariana. Desde hace casi tres décadas, sus miembros ejercen con igual ahínco el mando y la represión contra los civiles, así como contra sus propios compañeros de armas que impugnaron y criticaron la deriva autoritaria del proyecto chavista. Un veneno se derrama desde los altos cargos hasta la tropa y estas imágenes así lo demuestran. Revisar los cajones de casas derruidas es lo más parecido a revisar los bolsillos de un moribundo. La corrupción le es afín a este estamento. No hay tragedia que les impida ejercerla. Si Hugo Carvajal se declaró culpable en Estados Unidos de cargos relacionados con narcotráfico y crimen organizado y muchos otros mandos integran el llamado Cartel de los Soles, vinculados a alianzas criminales, por qué deberían de actuar de otra forma aquellos que fueron adiestrados para controlar, reprimir y perseguir y no para servir.

«No nos dejaron salir»: las 48 horas en que el Estado venezolano desapareció bajo los escombros

El sargento de la Guardia Nacional Bolivariana tiene los ojos enrojecidos y el uniforme impecable. Demasiado impecable para estar parado frente a la zona cero de Catia La Mar. A sus espaldas, lo que queda de la Misión Vivienda Luisa Cáceres de Arismendi es una … montaña de cemento triturado y varillas retorcidas. Se acerca despacio, mira a los lados, y habla con un hilo de voz que apenas supera el ruido de las sirenas lejanas.
«Estábamos encuartelados. No nos dejaron salir, hermano, hasta que los superiores dieran la orden». Traga saliva. «Perdí una hermana en la zona de Caraballeda».

Su testimonio arma el rompecabezas de la ausencia. El terremoto sacudió la costa venezolana el 24 de junio a las seis y cuatro minutos de la tarde. Cinco días después, el balance oficial reconoce 1.719 muertos y 5.034 heridos, según informó Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional. Decenas de miles siguen desaparecidos. Delcy Rodríguez decretó la emergencia esa misma noche. Pero durante las primeras cuarenta y ocho horas, el Estado simplemente no apareció. No hubo despliegue masivo. No hubo maquinaria pesada. No hubo cadena de mando visible. Solo vecinos removiendo escombros con las uñas en la oscuridad total de una costa sin electricidad.

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Jorge Benezra

La cronología es verificable. Mientras fuerzas de salvamento internacionales aterrizaban de madrugada, los tractores y camiones de carga de la Fuerza Armada Nacional seguían estacionados en Fuerte Tiuna, Caracas. A treinta kilómetros del desastre. El mayor complejo militar del país operaba bajo una lógica incomprensible para quienes morían aplastados del otro lado de la montaña.
Esa demora provocó un sismo político silencioso pero profundo. La Guaira es bastión chavista: todos sus gobernadores desde mil novecientos noventa y ocho han sido del oficialismo. Alfredo Laya, Antonio Rodríguez, García Carneiro, cada uno más rojo que el anterior. Veintiocho años sin un solo mandatario opositor. No es la oposición la que reclama. Son las bases. Son los que marcharon, votaron y creyeron. Cuando Delcy Rodríguez, la presidenta encargada, visitó la zona del desastre, los mismos vecinos que alguna vez la vitorearon la recibieron con gritos de «Fuera, fuera». Habló de campamentos transitorios y activó un Estado Mayor. Los sobrevivientes querían retroexcavadoras, no discursos.

El mayor complejo militar del país operaba bajo una lógica incomprensible para quienes morían aplastados del otro lado de la montaña

En Caraballeda, la frustración reventó de otra forma. Los vecinos rodearon físicamente a un contingente de soldados que custodiaba una estructura colapsada sin hacer nada. Fusiles cruzados sobre el pecho, mirando al vacío mientras a tres metros una mujer cavaba sola con un tubo de hierro. Los obligaron a deponer las armas, a tomar picos y palas, a cavar. Los militares obedecieron. No a sus superiores. A la gente que les gritaba en la cara. Fue la primera vez en cinco días que un uniforme se ensució de polvo en esa zona.

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Dani Machado pertenece al consejo comunal del urbanismo Hugo Chávez, parte de las 2.300 viviendas prometidas por el expresidente en 2011. El complejo, construido por una empresa turca, colapsó como un castillo de naipes. Machado camina entre los colchones tirados en la calle y no se guarda nada.
«Lo que está pasando no se puede tapar con un dedo», dice. «Queremos que salga todo a la luz. La realidad es lo que estamos viviendo aquí. No vemos a nadie que se preocupe». Lleva cinco noches durmiendo en el asfalto, junto a otros trescientos vecinos que perdieron todo. Machado se detiene. Mira las torres destripadas. Señala con el dedo. «Supuestamente ya se escucha que son más de mil«.

«Queremos que salga todo a la luz. La realidad es lo que estamos viviendo aquí. No vemos a nadie que se preocupe»

Dani Machado
Miembro del consejo comunal de urbanismo Hugo Chávez

En Catia La Mar, Evelyn Romero observa el ir y venir de motorizados civiles que bajan desde Caracas sorteando grietas para traer agua y comida. «Del Gobierno de verdad que no he visto ayuda», afirma. «Lo que yo he visto es la gente que viene en moto, bajan, nos dan comida, nos dan agua. Protección Civil sí vino, ayudó a una niñita que estaba tapiada. Pero del resto no».
La frustración escala a rabia abierta. Frente a otra estructura colapsada, un padre grita rodeado de vecinos exhaustos que llevan días sin dormir. «Dónde están los uniformes. Dónde», reclama apuntando a los escombros donde sospecha que están sus hijos. Arremete contra la jerarquía militar: «Qué general y qué nada. Vamos a trabajar».
En Playa Grande, el edificio Oasis Beach de trece pisos se vino abajo con Leonardo, de cuarenta y seis años, su esposa y su bebé de siete meses adentro. Estaban en el ático. Ciento veinte horas después del seísmo, un familiar observa el agujero que los propios vecinos lograron abrir en la estructura con picos y cabillas. «Esto se tardó muchísimo en atender. Solo se activaron cuando un líder de un cuerpo policial quedó atrapado y logró enviar un mensaje a sus superiores en Caracas», relata con la mirada perdida en el concreto.

Tomarse la foto

Mientras tanto, coroneles y generales llegan en camionetas Toyota del año, las que en Venezuela llaman ‘robocots’, para tomarse la foto con los equipos de rescate internacionales. Se bajan con chaleco antibalas y gorra limpia. Saludan. Posan. Un colega periodista observa a mi lado y murmura sin dejar de anotar: «Qué vergüenza. Solo para eso sirven». Detrás de ellos, los rescatistas extranjeros siguen cavando con las manos sucias de polvo y sangre ajena.
El Gobierno respondió a la crisis con control, no con auxilio. Ordenó restringir el ingreso a La Guaira únicamente a quienes posean un salvoconducto oficial. La medida dejó varados en Caracas a cientos de médicos voluntarios, estudiantes y rescatistas civiles que intentaban bajar a la costa. La población lo interpreta sin matices: centralizar políticamente la ayuda y ocultar el desastre.

Coroneles y generales llegan en camionetas Toyota para hacerse la foto; detrás de ellos, los rescatistas extranjeros siguen cavando con las manos sucias de polvo y sangre ajena

El saqueo

El saqueo agravó el desamparo. Una familia denunció que personas llegan anunciando falsas alertas de tsunami, hacen que la gente salga corriendo, abandone la zona, y entonces roban. «Nos dejaron sin nada. Se llevaron lo poco que teníamos de valor. Un televisor y una licuadora». El miedo obligó a los sobrevivientes a escribir en las puertas de sus casas: «Aquí ya saquearon».
En las fachadas de las casas que siguen en pie, la gente escribe con pintura negra sus nombres y teléfonos. Gísela Varela. Casa No. 247. Dos números de contacto. Las rejas están selladas con equis de cinta negra. Es la forma de decir: aquí vivía alguien que espera volver.
Me detengo frente a la pared de un consejo comunal. Una pinta vieja, anterior al terremoto, resiste en el muro agrietado. Dice: «Solo el pueblo salva al pueblo». La frase, atribuida a Antonio Machado, nunca fue tan literal en este país. Ni tan amarga. Porque aquí, en la costa donde el chavismo nació como promesa de redención para los más pobres, el pueblo efectivamente se salvó solo. Y el Estado llegó después. Para la foto.

La paz imposible de Trump

Donald Trump, alineado con los intereses estratégicos de Israel, entró en la guerra con Irán convencido de que un golpe militar contundente bastaría para asestar un golpe letal al régimen de los ayatolás. Creyó que la superioridad militar estadounidense permitiría doblegar a Teherán en pocos días y forzar una capitulación política. Ha ocurrido lo contrario y, lo peor, nunca imaginó una estrategia de salida.Lo que presentó como una demostración de fuerza ya se ha convertido en uno de los mayores errores geoestratégicos de este siglo. La guerra no ha estabilizado Oriente Próximo, no ha quebrado al régimen iraní y tampoco ha restaurado una disuasión duradera. En cambio, ha incrementado la tensión regional, ha encarecido la energía y ha introducido un nuevo factor de incertidumbre en la economía global.Trump se enfrenta además a un problema clásico de su liderazgo: confunde propaganda con realidad. Anuncia victorias inexistentes. Proclama acuerdos de paz antes de que existan garantías mínimas para sostenerlos. El memorándum de entendimiento firmado hace diez días encaja en ese patrón. Trump lo presentó como una conquista personal, prueba de su capacidad para imponer la paz mediante presión máxima. Pero los nuevos ataques iraníes contra intereses estadounidenses en el Golfo y la inmediata represalia de Washington demuestran que aquel acuerdo fue, en realidad, un cierre en falso.El memorándum evitó resolver las cuestiones esenciales: el alcance real del programa nuclear iraní, el papel de las milicias proiraníes y el control del estrecho de Ormuz. El texto era lo bastante ambiguo para que ambas partes proclamaran victoria. Y precisamente por eso contenía las semillas de su fracaso.Como ya señalé en una columna anterior, Irán no necesita ganar militarmente esta guerra para salir fortalecido. Le basta con resistir. Le basta con sobrevivir políticamente, mantener intacta su capacidad de desestabilización y demostrar que ni siquiera EEUU puede imponerle una derrota. Eso es exactamente lo que está ocurriendo.La operación concebida por Trump para proyectar liderazgo ha terminado en una demostración de impotencia. Esta guerra está arruinando su segunda presidencia. Su narcisismo político aparece ya completamente desatado, hasta el punto de recurrir a descalificaciones personales en sus encuentros con otros líderes occidentales. La opinión pública estadounidense observa con creciente rechazo un conflicto de objetivos difusos y costes cada vez más visibles.El presidente republicano volvió a vender una victoria que la realidad se ha encargado de desmentir. Lo que presentó como paz no fue más que una tregua. Y las treguas construidas sobre ego, propaganda y desconfianza suelen durar exactamente eso: hasta el próximo misil.