La banda sonora de Mineápolis este enero es el crujido de las calzadas congeladas al paso de los vehículos y el estruendo de los silbatos. El primero es la melodía triste de cada invierno en esta esquina gélida de Estados Unidos. El segundo … es el símbolo de las agitaciones que vive la principal ciudad de Minnesota, entre el despliegue masivo de agentes federales para ejecutar detenciones de inmigrantes indocumentados y la contestación de muchos vecinos. Una pugna entre la mano dura migratoria de Trump y los brazos abiertos a los inmigrantes y refugiados de una ciudad ‘progre’, dominada por los demócratas. Y una batalla que se ha cobrado sangre -la muerte de una activista por disparos de un agente federal-, entre operativos abusivos y alegaciones de detenciones indiscriminadas, con episodios de violencia y acoso hacia la policía y una tensión que se siente en cada esquina.
En especial, en las esquinas de los barrios con fuerte presencia de inmigrantes, que son muchos. En una de ellas está Trish Lundberg, una entre el ejército de voluntarios que trata de plantar a lo que los hispanos llaman ‘la migra’, la Policía de inmigración y aduanas (ICE, en sus siglas en inglés). Lleva un silbato al cuello, como tantos en Mineápolis estos días.
Como Tom, un artista que dice que él nunca iba a manifestaciones, y ahora hace guardia en otra esquina. Como George, un profesor universitario que recorre en bicicleta las calles de la ciudad -pese a los 20 grados bajo cero y las placas de hielo- con su silbato al cuello.
«Pito con el silbato si veo algo», dice Lundberg. Ese algo son las patrullas de agentes federales, que aparecen de improviso a la caza de inmigrantes indocumentados. El primer objetivo del pitido es dar alerta a cualquier inmigrante indocumentado en la zona para que busque refugio, Después, comparte la información con otros voluntarios, conectados a través del servicio de mensajería Signal. Detallan la localización de los vehículos, su dirección, el tipo de vehículo, la matrícula… Y los siguen en sus redadas. Un objetivo central es documentar los dispositivos a través de sus teléfonos móviles, entre acusaciones de detenciones arbitrarias o violentas.
El propio gobernador de Minnesota, el demócrata Tim Walz, ha pedido a los vecinos que graben con sus móviles estas actuaciones. La Administración Trump le acusa a él y al alcalde de la ciudad, Jacob Frey, de obstruccionismo.
«Hoy hay mucha actividad por aquí», dice sobre la presencia de ICE en su zona. Asegura que ha pasado por allí Gregory Bovino, el temido comandante de las fuerzas de seguridad federales (ese mismo día, un vídeo de un voluntario captó al propio Bovino lanzando gas pimienta contra protestantes durante un operativo cercano).
En otra esquina cercana está Ben, pertrechado con un pasamontañas para protegerse del frío y porque no quiere dar su identidad. Lleva el teléfono sujeto con la capucha y se escucha una conferencia colectiva de voluntarios, donde van informando de la detección de agentes. «El otro día presencié una detención violenta aquí mismo. Ha habido días donde la presencia de ICE y las redadas eran constantes. En una sola hora vi tres arrestos», dice.
«Ha habido días donde la presencia de ICE y las redadas eran constantes. En una sola hora vi tres arrestos»
Ben
Activista
«Estoy harto de que nos llamen manifestantes», protesta desde otro barrio Benjamin Miller, que acaba de participar en una protesta contra la utilización por parte de ICE de las instalaciones del servicio postal en la ciudad. «El verdadero trabajo es evitar que secuestren a nuestros vecinos, llevarles comida, ayudarles a pagar el alquiler», asegura en un momento en el que muchos indocumentados no salen de casa, ni van al trabajo, ni llevan a sus hijos al colegio. Además de las protestas y del seguimiento a las patrullas de ICE, hay vecinos que participan en la recogida y reparto de bienes de primera necesidad a los inmigrantes que llevan días escondidos. En estos esfuerzos también se han involucrado muchas iglesias de la ciudad.
Cuenta Miller que él patrulla en coche su barrio, en busca de operativos de ICE. «Si veo que hacen una redada, salgo del coche, me pongo delante de su cara y les grito», dice. «Me han lanzado gas pimienta y disparado pelotas de goma. Es asqueroso y descorazonador«, critica a muy pocos pasos de donde murió la activista Renee Nicole Good, a la que un policía disparó en un altercado durante un operativo.
Las autoridades federales -desde Bovino al propio Trump- acusan a esta guerrilla urbana de ser «agitadores», «anarquistas» y estar pagados para causar el caos y dificultar la labor de los agentes migratorios.
«El verdadero trabajo es evitar que secuestren a nuestros vecinos, llevarles comida, ayudarles a pagar el alquiler»
Benjamin Miller
Manifestante contra el ICE
Es cierto que ha habido episodios de violencia hacia la Policía. En especial, en los días siguientes a la muerte de Good, el pasado 7 de enero. Hubo enfrentamientos con los agentes, lanzamientos de piedras y bolas de nieve… Los voluntarios, sin embargo, hacen hincapié en que su movilización es «pacífica» y que la prioridad es que siga siendo así. «Porque cualquier conato de violencia lo usará Trump para desplegar el Ejército», dice Ben.
«Aquí no hay nadie pagado, eso no ha pasado nunca», rebate Lundberg frente a la posición de la Administración Trump.
La respuesta del Departamento de Seguridad Nacional de Trump a esta resistencia con pitidos: «Vuestros silbatos no pararán ni entorpecerán la labor de ICE».