El juicio contra Nicolás Maduro comenzó este jueves en Nueva York con un mensaje claro desde la Casa Blanca: para Donald Trump, no es el final de un proceso, sino el principio. El presidente de Estados Unidos, en declaraciones desde la Casa Blanca en … una reunión del gabinete, aseguró que este debe ser «el primero de muchos» porque, a su juicio, al exdirigente venezolano «sólo lo están procesando por una fracción de los delitos que cometió».
En Estados Unidos, la Fiscalía depende del Departamento de Justicia, encabezado por la fiscal general, Pam Bondi, que tiene la capacidad de iniciar procesos penales y someterlos a un gran jurado para que decida si hay base suficiente para formular cargos. Aunque históricamente esa figura ha tratado de proyectar una cierta independencia respecto del poder político, en este caso el propio contexto y las declaraciones del presidente introducen dudas sobre hasta qué punto esa separación se mantendrá en la práctica en este caso.
En Manhattan, en el tribunal federal del distrito sur, se dirime ya una causa por narcoterrorismo y tráfico de drogas contra Maduro y su mujer, Cilia Flores. Fuera de la sala, a miles de kilómetros, Trump interviene con este discurso que va más allá del caso judicial ya abierto y apunta directamente a ampliar el alcance de la ofensiva contra Maduro.
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David Alandete
«Lo tienen. Pero esto es sólo una parte», insistió el presidente, que dejó entrever cierto malestar con la limitada extensión de los cargos. En un momento especialmente significativo, apuntó a lo que considera una omisión: «Vació sus cárceles en nuestro país», dijo, en referencia a la supuesta llegada de delincuentes desde Venezuela a Estados Unidos. «Espero que ese cargo también se presente», añadió, en lo que suena a una reclamación directa a su fiscal general para que amplíe la acusación.
Trump no se quedó ahí. Volvió a vincular a Maduro con el narcotráfico internacional, describiéndolo como «un gran proveedor de drogas hacia nuestro país». Esa acusación es, precisamente, el eje del caso que ahora se juzga, en el que la Fiscalía sostiene que el régimen venezolano operó durante años como una estructura destinada a facilitar la entrada de cocaína en territorio estadounidense.
Pese al tono duro, el presidente introdujo un matiz institucional al subrayar que, una vez detenido, Maduro «debe recibir un juicio justo». Es una línea que busca equilibrar la presión política con el respeto al proceso judicial, en un caso que tiene implicaciones más allá de lo penal.
En la práctica, el arranque del juicio se convierte así en una señal. Para la Casa Blanca, no se trata sólo de probar unos hechos concretos, sino de establecer un marco más amplio: el de un dirigente extranjero juzgado en Estados Unidos por delitos transnacionales, con la puerta abierta a nuevas causas por delitos migratorios, entre otros.
«Sólo una fracción», repitió Trump sobre los casos. «Y lo van a ver pronto». La frase resume la estrategia. El proceso que ahora comienza en Nueva York es, en su visión, apenas el primer paso de una cadena de juicios que podrían extenderse en el tiempo y ampliar el catálogo de acusaciones contra Maduro.
La captura de Maduro se produjo el 3 de enero de 2026, en una operación militar estadounidense ejecutada de madrugada en Caracas. Fuerzas especiales de Estados Unidos, con apoyo de inteligencia previa, irrumpieron en el complejo militar de Fuerte Tiuna, donde se encontraba el dirigente venezolano junto a su esposa, y lo capturaron en una acción rápida diseñada para evitar resistencia.
El operativo culminó con su traslado inmediato fuera del país bajo custodia estadounidense y su posterior llegada a Nueva York, donde quedó detenido para enfrentar cargos de narcoterrorismo y tráfico de drogas presentados años antes por la Fiscalía federal.