En la vida pública húngara de las últimas décadas, pocas figuras han encarnado con tanta coherencia la idea de la fuerza del derecho como András Baka. Su ascenso a la presidencia no tiene nada que ver con una carrera política, sino que … culmina una biografía marcada por la disciplina, la discreción y una fe casi obstinada en la estructura jurídica como fundamento de la convivencia democrática. Con 140 votos a favor y sólo 6 en contra, el Parlamento eleva a la Presidencia de Hungría al que fuera presidente del Supremo sustituido por Orbán en 2012.
Baka no es un político carismático ni un estratega partidista; es, ante todo, un jurista que ha sobrevivido a cambios de régimen, reformas judiciales y tensiones institucionales sin perder su reputación de seriedad. Y esa reputación, en la Hungría contemporánea, es en sí misma un gesto político.
«El Estado no es para sí mismo, sino para el pueblo», ha dicho en su discurso ante el Parlamento, «el cambio no es una oportunidad para restaurar un pasado perdido, sino la oportunidad de aprender de lo que ha ocurrido hasta ahora». Con su declaración de principios, ha comenzado a tejer la red de legimidad que Péter Magyar requiere para su reforma y ha advertido que «el Presidente de la República no es un poder constitucional, no es su tarea determinar el contenido de una nueva constitución, pero debe asegurarse de que la redacción de una nueva constitución no vuelva a ser al servicio de los intereses de un partido».
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Rosalía Sánchez
La precisión como virtud
Nacido en 1958 en Győr, una ciudad industrial que en la Hungría socialista era sinónimo de trabajo duro y disciplina obrera, Baka creció en un hogar donde se cultivaba la precisión como virtud. Su padre, ingeniero mecánico, solía decirle que «un tornillo mal ajustado puede arruinar una máquina entera». Su madre, profesora de literatura, le repetía que «una palabra mal elegida puede arruinar un argumento».
Aprendió a leer a los cuatro años, al tiempo que desmontaba aparatos de radio para volver a montarlas «mejor que antes», según sus familiares. Y así entiende el Estado, como un engranaje en el que cada componente debe desempeñar su función con precisión para que el conjunto funcione.
Cuando ingresó en la Universidad Eötvös Loránd (ELTE) de Budapest en 1976, en plena era Kádár, sus profesores lo recuerdan como un estudiante obsesivo: anotaba cada clase con un sistema de colores que él mismo había diseñado y que le permitía «ver la estructura del derecho como si fuera un plano arquitectónico», según su propia explicación.
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Una anécdota muy repetida en la facultad se refiere a un examen oral de Derecho Constitucional, en el que Baka corrigió al profesor sobre una interpretación de la norma de 1949. El profesor le pidió explicaciones y Baka sacó una copia anotada del texto constitucional con referencias cruzadas a jurisprudencia alemana y austríaca. El profesor concluyó: «este joven será juez antes de los 30» y no se equivocó.
Inició en 1982 una carrera judicial caracterizada por la absoluta falta de ambición política. En Győr, su primer distrito, se decía que «si Baka firma, no hay apelación posible». En Budapest, ya como juez regional, se ganó fama de independencia técnica en un sistema donde esta era una rareza y su llegada al Tribunal Supremo, en 1995, coincidió con la transición democrática húngara. Allí se consolidó como una figura de referencia en casos de libertad de expresión y derechos civiles.
Su llegada al Tribunal Supremo, en 1995, coincidió con la transición democrática húngara. Allí se consolidó como una figura de referencia en casos de libertad de expresión y derechos civiles
Una sentencia especialmente recordada absolvió a un periodista acusado de difamación por criticar a un funcionario local. Baka escribió en la sentencia que «la crítica a los poderes públicos es un elemento esencial de la democracia». Pero el episodio que definió su figura pública llegó en 2012, cuando fue destituido como presidente del Tribunal Supremo tras una reforma judicial impulsada por el Gobierno. La reforma cambió el nombre y la estructura del tribunal, lo que permitió cesarlo antes del final de su mandato. Baka no hizo declaraciones políticas, pero en círculos tranquilizó a los críticos, aseguró de que «el derecho es más fuerte que cualquier gobierno, porque sobrevive a todos». Desde entonces ha sido símbolo de resistencia silenciosa.
«La Justicia no es una victoria personal»
El caso llegó al Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que en 2016 dictaminó que Hungría había violado su derecho a la libertad de expresión. Baka nunca celebró la sentencia. Cuando un periodista le preguntó si se sentía reivindicado, respondió: «La Justicia no es una victoria personal; es una obligación del Estado».
Tras su destitución, lejos de retirarse, Baka se convirtió en una figura clave en el Consejo Nacional de la Judicatura, donde trabajó en reformas técnicas, digitalización de procesos y formación de jueces jóvenes. En 2023, durante una conferencia en Szeged, un estudiante le preguntó si alguna vez había pensado en entrar en política y respondió que «la política es ruido; el derecho es estructura. Yo prefiero la estructura». Su figura es profundamente política precisamente porque él no lo es.
Casado desde 1984 con Katalin Baka, profesora de matemáticas, tiene dos hijos: Ádám, ingeniero informático, y Eszter, pediatra. Es conocido por su afición a la jardinería: cultiva rosas antiguas en su casa de Buda. Escuchar a Bartók cada mañana, antes de trabajar, y no usa redes sociales porque «la vida ya es suficientemente pública sin necesidad de añadir más ventanas».
Con su nombramiento, Magyar pretende señalar el camino de la Hungría después de Orbán y de la estabilidad institucional
Con su nombramiento como presidente, el primer ministro Péter Magyar pretende ahora vestir su Gobierno de esa pulcritud intelectual, señalar el camino de la Hungría después de Orbán y de la estabilidad institucional. Tras sucesivas presidencias afines al Gobierno, Baka representa la independencia judicial y la reputación internacional, aportando credibilidad técnica en las previsibles tensiones con Bruselas y debates constitucionales internos de cara a la reforma de la Ley Fundamental húngara que en breve abordará el Gobierno del partido Tisza.