Ricardo Hausmann (Caracas, 1956) es uno de los economistas más influyentes de las últimas décadas. Exministro de Planificación de Venezuela en el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez y actual director del Growth Lab de la Universidad de Harvard, ha dedicado gran parte de su … carrera a estudiar por qué algunos países crecen y otros quedan atrapados en el subdesarrollo. En esta conversación, mantenida tras una conferencia suya en la Fundación Rafael del Pino, aborda los dilemas de la transición venezolana tras años de crisis institucional y económica. Pero su mirada va más allá: analiza la rivalidad entre Estados Unidos y China, el estancamiento económico de Iberoamérica y el impacto potencial –y todavía incierto– de la inteligencia artificial en la economía global.
Se ha dicho que la presidencia de Trump representa una ruptura del orden global. ¿Es realmente una ruptura o una aceleración de tendencias existentes?
En muchas dimensiones creo que es un error y que varias de esas decisiones se van a revertir, porque parten de un diagnóstico equivocado. EE.UU. es la mayor potencia económica y militar del mundo, y eso genera una tentación natural: utilizar esa asimetría de poder para obtener ventajas en las negociaciones bilaterales. Eso es lo que hemos visto en muchas decisiones recientes.
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¿Por ejemplo en política comercial?
Exactamente. Si utilizas tu poder para imponer condiciones a otros países –en comercio, tecnología o seguridad– puedes obtener beneficios inmediatos. Pero eso tiene un costo estratégico. Los demás países empiezan a pensar que cualquier relación de interdependencia con EE.UU. puede ser utilizada como un arma. Y cuando ocurre eso, buscan reducir esa dependencia. Eso incentiva que se formen coaliciones sin EE.UU. y que muchas de esas coaliciones se acerquen a China.
¿En qué sentido eso perjudica a Washington?
Porque el gran desafío estratégico de EE.UU. es precisamente el ascenso de China. Si empujas a otros países a reorganizar sus relaciones económicas y tecnológicas para depender menos de ti, estás debilitando tu propia posición. Dicho de forma sencilla: abusar del poder en el corto plazo debilita a EE.UU. en el mediano plazo.
¿Dónde queda Iberoamérica en ese nuevo tablero?
América Latina va a tener que gestionar una dualidad inevitable. China ya es el principal socio comercial de Sudamérica. Lo es porque existen complementariedades muy claras: China necesita alimentos, minerales y materias primas, y eso es precisamente lo que produce la región. Al mismo tiempo, América Latina pertenece cultural, institucional y políticamente al mundo occidental. Por tanto, la región tendrá que convivir con ambas relaciones.
Innovación
«Si la innovación parece ser un agujero negro donde el dinero desaparece sin resultados, nadie quiere invertir allí»
Pero el gran problema de Iberoamérica, según usted, no es geopolítico sino tecnológico.
Exactamente. El principal problema de la región es su incapacidad para absorber, adaptar y desarrollar tecnología. América Latina tiene tasas de crecimiento mediocres desde hace décadas porque su estructura productiva no evoluciona tecnológicamente. Un ejemplo muy claro: en 1960 México era cuatro veces más rico que Corea del Sur. Hoy Corea es tres veces más rica que México. La diferencia fundamental es que Corea desarrolló su capacidad tecnológica.
¿Qué significa exactamente esa brecha tecnológica?
Significa que los países no desarrollan la capacidad de resolver problemas productivos mediante innovación. América Latina produce materias primas, pero no desarrolla las tecnologías asociadas a esas industrias. Tenemos las mayores reservas de litio del mundo, pero nadie en la región está desarrollando tecnologías avanzadas de extracción. Hablamos de crear una OPEP del litio, pero no de crear el MIT del litio.
Pero muchas veces el debate económico en la región gira más en torno a la redistribución que a la innovación.
Sí, y en parte porque falta un ecosistema de innovación. Si existiera una ‘caja negra’ donde pones dinero y salen innovaciones valiosas, todo el mundo invertiría en ella. Pero si parece un agujero negro donde el dinero desaparece sin resultados, nadie quiere invertir. Ese ecosistema requiere coordinación entre empresas, universidades y gobiernos. Y también liderazgo empresarial. En América Latina, muchas asociaciones empresariales se reúnen para discutir lo que debería hacer el gobierno, pero rara vez discuten lo que deberían hacer ellas mismas.
Geopolítica
«El abuso incentiva que se formen coaliciones sin EE.UU. y que muchas de esas coaliciones se acerquen a China»
¿Puede la inteligencia artificial ayudar a cerrar esa brecha?
Tiene un potencial enorme. La inteligencia artificial permite acceder a mucho más conocimiento y crear cosas que antes no eran posibles. No creo que su principal impacto sea la sustitución de empleos, sino la creación de nuevas posibilidades productivas. La cuestión clave es si los países tienen la capacidad de aprovecharla.
Usted ha advertido también sobre las enormes valoraciones de las empresas tecnológicas.
Sí. Si tomas en serio las valoraciones actuales de las grandes tecnológicas, estás asumiendo un mundo futuro muy particular. Las ocho mayores empresas tecnológicas estadounidenses valen alrededor de 23 billones de dólares. Para justificar esas valoraciones, sus exportaciones deberían crecer hasta niveles gigantescos. En términos simples: para 2035 esas empresas tendrían que aumentar sus exportaciones en una cantidad equivalente a todas las exportaciones actuales de EE.UU.. Eso plantea preguntas interesantes: ¿qué estará comprando el resto del mundo?, ¿cómo pagará por ello?, ¿quién capturará esas rentas?
Volvamos a Venezuela. Usted sostiene que sin democracia no habrá recuperación económica. Pero hay regímenes autoritarios con abundantes recursos que sobreviven décadas. ¿Por qué Venezuela sería diferente?
La economía necesita algo más que recursos naturales: necesita derechos. Sin un sistema de derechos, la gente no puede ser agente de su propia vida. En Venezuela faltan dos cosas fundamentales: capital y capital humano. El capital no llega porque no se siente protegido. Y el capital humano se ha ido: más de ocho millones de venezolanos han emigrado, empezando por los más cualificados. En ese contexto, intentar reconstruir la economía es extremadamente difícil. No tienes a la gente ni puedes atraerla de vuelta si no hay garantías jurídicas. Tanto el capital como el talento necesitan un sistema que proteja contratos, libertades y derechos. Hoy Venezuela tiene una legislación totalitaria, una fiscalía y un sistema judicial que sirven al poder político, y fuerzas de seguridad profundamente abusivas. Esa estructura ha evaporado los derechos. A veces se pone como ejemplo a países autoritarios como Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudí. Allí puede que no haya democracia, pero los contratos se respetan y las libertades individuales básicas están protegidas. Por eso la gente emigra hacia esos países. En cambio, la gente se está yendo de Venezuela.
Algunos argumentan que al menos se han dado pasos en el Parlamento para atraer inversión petrolera.
El problema es la legitimidad institucional. El parlamento que ha aprobado esas reformas es ilegítimo. Estados Unidos no lo reconoce, los venezolanos tampoco. Eso se traduce en un riesgo país altísimo. Las empresas serias lo saben y se mantienen al margen. Las que terminan operando en esos contextos suelen ser compañías menos transparentes, más cercanas a entornos cleptocráticos. Por eso creo que la recuperación petrolera sería mucho más sana si se produce después de una transición política. Entonces sí podrías atraer inversionistas de mayor calidad, que competirían entre sí por invertir en Venezuela.
Hausmann, en un momento de la entrevista.
(Ignacio Gil)
En Davos se habló de que usted había presentado una especie de estrategia para la recuperación venezolana. ¿Existe realmente ese plan?
No exactamente. Eisenhower decía que los planes son inútiles, pero que la planificación es esencial. Lo importante del ejercicio de planificar es que te obliga a pensar los problemas que tendrás que enfrentar. Yo participé en el diseño del Plan País durante el liderazgo de Juan Guaidó, y tengo muy buena opinión del plan Tierra de Gracia impulsado por María Corina Machado. Pero mi punto central ha sido siempre el mismo: la transición política tiene que ocurrir lo antes posible. Sin restablecer derechos, cualquier intento de recuperación económica se encontrará con cuellos de botella por todas partes.
Diáspora
«La diáspora puede convertir a Venezuela en una sociedad extremadamente conectada con el mundo»
¿Qué papel puede jugar la diáspora venezolana en esa reconstrucción?
Un papel enorme. La diáspora es uno de los activos más importantes que tiene el país. Es gente que ha vivido en otros países, que ha adquirido conocimientos, que ha construido redes profesionales internacionales. Algunos regresarán, otros no. Pero todos pueden mantener vínculos económicos y tecnológicos con Venezuela. Eso puede convertir al país en una sociedad extremadamente conectada con el mundo.
¿Qué condiciones políticas deberían existir para unas elecciones creíbles en Venezuela?
Primero hay que reconstruir el sistema electoral. El padrón está desactualizado porque millones de personas emigraron. Además, hay millones de jóvenes que nunca pudieron registrarse para votar. También hay que restituir los partidos políticos que fueron intervenidos judicialmente y garantizar que todos los candidatos puedan participar libremente. Sin esas condiciones, hablar de elecciones es simplemente una ficción.
Después de décadas estudiando el desarrollo económico y las políticas públicas, ¿cuál diría que es la lección más importante que ha aprendido?
Que las políticas económicas no funcionan si la sociedad no entiende la narrativa que las sustenta. Muchos gobiernos fracasan porque las políticas que el país necesita son incompatibles con la historia que sus líderes cuentan sobre el país.