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Un banco regional francés sufre un ciberataque y queda expuesto a «operaciones fraudulentas»

El banco regional francés Crédit Mutuel Arkéa declaró este miércoles que un ataque informático del que fue víctima permitió realizar «operaciones fraudulentas», aunque no confirmó el monto de 133 millones de dólares avanzado por el diario Le Télégramme. El banco, la rama del gigante francés … de servicios financieros Crédit Mutuel en la región de Bretaña y otros lugares del oeste de Francia, afirmó que el ataque estaba ahora «bajo control» y que no habría «consecuencias financieras» para sus clientes.

A pesar de esto, Arkéa decidió suspender «temporalmente ciertas transacciones» para evitar «nuevos movimientos fraudulentos», pero aseguró que «la reanudación de estas operaciones tendrá lugar rápidamente, en condiciones de seguridad óptimas».

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Jaime Trujillo

Según el diario bretón Le Télégramme, el fraude fue hecho público por ZachXBT, investigador independiente especializado en el rastreo de fondos en las cadenas de bloques («blockchain»). Según el periodista especializado Grégory Raymond, cuyo mensaje en X es citado por el rotativo, ‘hackers’ habrían retirado las sumas robadas y las habrían transferido a múltiples cuentas abiertas en plataformas de intercambio de criptomonedas.
Arkéa no ha detallado el método utilizado por los piratas. Este ataque se produce menos de una semana después del pirateo del gigante de las criptomonedas Binance, que estima en 6.300 millones de dólares el volumen de los activos afectados por el ciberataque del que fue víctima.
Francia figura entre los países más atacados por piratas informáticos, debido al atractivo de sus datos pero también a ciertas debilidades en sus defensas, según varios informes y expertos. Las informaciones robadas se revenden a menudo en el mercado negro de datos y se utilizan para estafas.

La noche soñada para los demócratas lanza al partido hacia 2028

La noche del martes 3 de noviembre quedará para siempre señalada en la historia grande del Partido Demócrata. Las ‘midterms’, las elecciones legislativas de este martes, sacaron al partido de la depresión que supusieron las presidenciales de 2024, las del regreso al poder de … Donald Trump. Aquello fue un golpe formidable a los mensajes sobre el ‘fascismo’ que representaba el multimillonario neoyorquino, a sus excesos en la ideología ‘woke’, a sus decisiones desastrosas, como mantener al anciano Joe Biden para su reelección y la elección de Kamala Harris como sustituta.
Pero estas ‘midterms’ han sido una revancha a la altura de aquella derrota, o incluso van más allá. Los demócratas se impusieron en territorios donde ni los más viejos del lugar recordaban que podían ganar. En Kansas, un pastor metodista, Adam Hamilton, se llevó el escaño de senador, algo que los demócratas no lograban desde 1932. En Texas, el sueño húmedo y siempre frustrado de los demócratas, James Talarico se llevó otro escaño en la Cámara Alta, algo que allí no conseguía su partido desde 1988.Los demócratas más optimistas pronosticaban un doblete, con la recuperación de la mayoría en la Cámara de Representantes y quizá, por la mínima, el Senado. Pero todos los pronósticos se quedaron cortos.. Además de una victoria holgada en la Cámara de Representantes, los demócratas cerraban la noche con varios escaños de ventaja en el Senado.

Lo lograron porque consiguieron ganar en territorios conservadores de la América rural -como Iowa o el propio Kansas-, en otros que en su día fueron igualados y donde el trumpismo se ha hundido -Ohio-, en estados donde tienen poder los independientes -Maine-, en zonas donde aprovecharon la desbandada de los hispanos frente a Donald Trump -Texas- y en otras, como Carolina del Sur, donde su victoria solo se explica por el enfado de los propios republicanos con Trump.

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David Alandete

Incluso, en un recuento de locura, estaban cerca de llevarse el escaño al Senado de Misisipi, un bastión de los republicanos, que Donald Trump ganó por 22 puntos hace solo dos años.
El efecto inmediato, que se materializará cuando se forme el nuevo Congreso en enero, es la recuperación de poder. En los dos años que le quedan al presidente republicano en la Casa Blanca, tendrá enfrente a los demócratas del Congreso, que convertirán el final de su presidencia en un campo de minas. Y, al mismo tiempo, su influencia sobre los republicanos, tras este descalabro, quedará muy tocada.

Una monumental victoria que puede servir como lanzadera

Esta victoria monumental debería ser una lanzadera para los demócratas de cara a 2028. Habrá que ver, sin embargo, si no cumplen con su inclinación habitual a la división entre sus facciones. Cada una de ellas tratará de arrimar el ascua a su sardina: los izquierdistas defenderán que es la movilización del partido lo que les ha llevado a la gloria, y ese es el camino que hay que seguir en las próximas presidenciales. Los moderados dirán que victorias históricas en ‘territorio comanche’ -Texas, Kansas, Carolina del Sur- solo son posibles con candidatos centristas, que lleguen a los votantes moderados e independientes, no izquierdistas que entusiasman a los bastiones demócratas, pero que sufren en estados disputados.

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¿El partido debe mirar a la victoria de Abdul el Sayed, un candidato izquierdisa y musulmán en Míchigan, donde otros demócratas han ganado con más margen? ¿O a la de Talarico en Texas o la suficiencia de Jon Ossoff en Georgia, ambos moderados?
De lo que no hay duda es de que los demócratas han aprendido en este ciclo electoral alguna lección. La «locura woke», como ahora la definen quienes fueron sus propios protagonistas, ha quedado marginada, con las trincheras identitarias -la agenda LGBTQ, el racismo sistémico- en un segundo plano. Y con dos elementos de unidad: el mensaje económico y la oposición a Donald Trump.
Los demócratas han sido disciplinados en esos mensajes, que se retroalimentan: el coste de la vida, el precio del combustible, la creciente desigualdad, el impacto de los aranceles, la incomodidad con la inteligencia artificial o la corrupción política tienen relación directa con Trump.
Quizá eso es algo que deben entender los demócratas, ahora que muchas figuras empezarán a situarse en la carrera hacia 2028. Más que una victoria suya, ha sido una derrota de Trump. EE.UU. ha votado contra el presidente. Si de aquí a 2028 no desarrollan políticas que atiendan los intereses generales de los ciudadanos y no presentan candidatos que respondan a ellos, sufrirán mucho: ya no habrá un Trump contra el que votar.

El Partido Republicano descubre que no es Trump

Donald Trump ha ganado dos elecciones presidenciales, ha sobrevivido a dos procesos de destitución, tres atentados contra su vida, cuatro imputaciones penales y una derrota electoral que se negó a reconocer. Ha conseguido regresar a la Casa Blanca cuando buena parte de Washington lo daba … por acabado y ha transformado el Partido Republicano hasta hacerlo prácticamente irreconocible. Pero las elecciones de este martes han puesto de manifiesto una contradicción: Trump sabe ganar elecciones, pero eso no significa que los republicanos sepan ganarlas comportándose como él.
La derrota de estas elecciones parciales tiene una dimensión que va mucho más allá del desgaste habitual de un presidente en unas elecciones de mitad de mandato. Los demócratas han recuperado de golpe el Senado y la Cámara de Representantes. Han ganado en Texas, Carolina del Sur, Iowa y hasta en Kansas, estados que los republicanos consideraban parte de su patrimonio exclusivo. No se trata únicamente de haber perdido unos cuantos distritos indecisos. El voto de castigo ha penetrado en territorios donde Trump había conseguido mayorías contundentes, do dos dígitos, hace apenas dos años.

En Texas, James Talarico ha derrotado a Ken Paxton, un candidato por el que el presidente había apostado personalmente, muy intensamente. En Ohio ha caído Vivek Ramaswamy, uno de los rostros más conocidos del movimiento trumpista. En Carolina de Sur ha quedado noqueada Darline Graham, impuesta como candidata por la Casa Blanca. Son derrotas que afectan a una forma de entender el poder dentro del partido: la convicción de que la bendición de Trump bastaba para convertir a un aspirante en favorito y de que la fidelidad al presidente era una virtud electoral por encima de cualquier otra consideración.

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DESDE LA CASA BLANCA

David Alandete

Durante diez años, Trump ha ido desmantelando sin pausa el viejo Partido Republicano y sustituyéndolo por una organización articulada alrededor de su persona. Ha intervenido en las primarias, ha decidido quién merecía su respaldo, ha castigado a quienes se atrevían a contradecirlo y ha convertido la lealtad en el principal requisito para prosperar en este culto a su persona.
Muchos republicanos que en privado expresaban reservas sobre sus decisiones acababan respaldándolas públicamente. No necesariamente porque estuvieran convencidos, sino porque enfrentarse a Trump podía significar el final definitivo de sus carreras. El problema es que Trump no ha creado una generación de políticos capaces de reproducir su éxito. Ha creado una generación de políticos que intentan reproducirlo a él, a veces literalmente. Y eso, ha quedado ya claro, no es lo mismo.
El presidente posee una relación especial con una gran parte del electorado que difícilmente puede trasladarse a otro candidato. Ha conseguido movilizar a votantes que desconfiaban de ambos partidos, que apenas participaban en las elecciones y que encontraron en él una forma de expresar su rechazo a Washington. Pero esos votantes no sienten necesariamente la misma identificación con un senador o un gobernador que repite sus argumentos, adopta su lenguaje y exhibe su respaldo. El trumpismo funciona de manera distinta cuando Trump no figura en la papeleta.

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Eso no exime al presidente de responsabilidad. Durante la campaña pidió votar como si él mismo sí se presentara. Quiso convertir las elecciones en un referéndum sobre su persona y sobre la continuidad de su proyecto político. Una vez conocida la derrota, sostuvo que todo habría sido diferente de haber estado su nombre en las papeletas. La explicación tiene algo de revelador: el propio Trump reconoce, aunque sea involuntariamente, que su partido depende de una capacidad de movilización que no ha conseguido transmitir a sus candidatos.
Tampoco puede ignorarse que los electores han juzgado su presidencia. La inflación, el coste de la vivienda, los aranceles, la guerra a Irán y las sucesivas y eternas polémicas de la Administración han pesado sobre el resultado. No todos los candidatos republicanos han perdido por ser demasiado parecidos a Trump. Algunos han perdido también porque estaban demasiado vinculados a un presidente cuya popularidad no bastaba para compensar el malestar económico.
La consecuencia más profunda puede llegar ahora, dentro del propio partido. Hasta esta noche, la autoridad de Trump descansaba en dos pilares: el temor a sus represalias y la convicción de que era el único republicano capaz de ganar en las urnas. El primero permanece. El segundo ha sufrido un golpe considerable. Gobernadores, senadores y congresistas tendrán que preguntarse si la obediencia al presidente sigue siendo una garantía de supervivencia o si empieza a convertirse en un riesgo.
Y esa discusión desemboca inevitablemente en 2028. Trump no puede optar a un tercer mandato, pero aspiraba a decidir quién debía sucederlo y a dejar fijada la agenda republicana durante muchos años. El vicepresidente JD Vance y los demás aspirantes a la Casa Blanca tendrán que calcular ahora hasta qué punto les conviene presentarse como continuadores de un proyecto que acaba de sufrir una derrota de estas dimensiones. La batalla por la sucesión puede empezar mucho antes de lo previsto y en condiciones que el presidente ya no controla por completo.
Trump conserva la Casa Blanca, millones de seguidores y una influencia que sería absurdo dar por extinguida. Pero el resultado ha introducido una duda donde hasta ahora apenas había espacio para la discrepancia. El Partido Republicano lleva una década intentando parecerse cada vez más a Donald Trump. Estas elecciones sugieren que, al hacerlo, puede haber olvidado algo fundamental: Trump ha demostrado que sabe ganar por sí mismo, pero no que sepa construir un partido capaz de ganar sin él. Y eso puede arruinarle el legado.

Trump hunde Trump

El escenario político estadounidense ha entrado en una fase de recalibración tras las elecciones legislativas de medio término y abre un gran debate tanto en el Partido Republicano como en el Demócrata. El varapalo sufrido por las candidaturas respaldadas por Donald Trump y la … pérdida del control republicano en el Congreso no solo representan un frenazo a su agenda, sino que han desencadenado inmediatamente una encarnizada lucha ideológica interna en ambos espectros del bipartidismo estadounidense.

En el bando Republicano la gran cuestión ahora es: ¿pos-trumpismo o populismo radical?

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David Alandete

La derrota electoral ha abierto grietas profundas en el ‘Grand Old Party’. Con el mandato de Trump desgastado por la economía y el rechazo del electorado moderado, se disputan dos visiones de futuro:
De una parte, el sector moderado y tradicional sostiene que el populismo disruptivo de la marca MAGA margina permanentemente a los votantes independientes y del entorno suburbano. Su estrategia es retornar al conservadurismo fiscal, el pragmatismo institucional y la moderación retórica para reconstruir puentes con los estados decisivos.
De la otra, el sector radical y populista MAGA atribuye el descalabro a que la cúpula del partido no apoyó con suficiente agresividad la agenda de Trump o no «combatió» al ‘establisment’ con la firmeza requerida. Su estrategia es apostar por profundizar en el nacionalismo económico y la guerra cultural para movilizar al núcleo más duro de la base electoral.

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En el caso del bando Demócrata asistiremos a la eterna tensión entre pragmatismo y progresismo.
Pese a la victoria en las ‘midterms’, el Partido Demócrata se encamina a su propio dilema ideológico sobre cómo abordar la carrera hacia la Casa Blanca:
El sector moderado y centrista defiende que la victoria en las elecciones de medio término se logró atrayendo el voto descontento del centro, del electorado independiente y de republicanos desencantados. Su estrategia es impulsar una agenda centrada en el coste de la vida, la economía familiar y la estabilidad institucional, evitando propuestas percibidas como maximalistas o ideologizadas.

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Javier Ansorena

En el sector progresista y radical sostienen que la derrota republicana demuestra un mandato claro para cambios estructurales en el sistema de salud, el clima y los derechos sociales. Su estrategia es mantener movilizadas a las bases jóvenes y minorías con propuestas audaces, argumentando que las posturas tímidas o centristas apagan el entusiasmo del electorado clave.
En este panorama empieza la carrera hacia la Presidencia de EE.UU. Esta encrucijada deja a ambos partidos ante una paradoja estratégica: mientras los candidatos radicales ganan con frecuencia las primarias internas porque entusiasman a las bases más apasionadas, los candidatos moderados resultan más competitivos en las elecciones generales frente a la mayoría de la población norteamericana.
Quien logre resolver esa tensión articulando una coalición amplia sin fracturar la propia base partidista, parte con la mayor ventaja para liderar el próximo ciclo presidencial.

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Javier Ansorena

La fractura interna dentro de los dos partidos principales no solo altera las candidaturas presidenciales, sino que modifica drásticamente el día a día en el Capitolio.
Cuando los sectores de la extrema derecha y de la izquierda progresista ganan influencia sobre sus respectivos centros partidistas, el consenso bicameral se vuelve extremadamente frágil, provocando dinámicas muy concretas en la gobernabilidad y en la producción legislativa.
Con un Congreso fragmentado por líneas ideológicas internas, la capacidad de aprobar grandes reformas estructurales queda casi anulada.

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David Alandete

Fácilmente asistiremos a un bloqueo de las grandes agendas. Propuestas maximalistas en impuestos, reforma migratoria profunda o legislación de salud nacional quedarán estancadas.
Los sectores más radicales de cada bando suelen vetar los acuerdos interpartidistas que perciben como una «rendición». Probablemente se podrán aprobar solo los de paquetes mínimos.
Las pocas leyes que logren salir adelante serán proyectos de consenso forzado o de carácter estrictamente bipartidista y pragmático como la financiación de infraestructuras básicas o asignaciones para la defensa nacional.

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El peligro más grande y recurrente son los cierres de gobierno o ‘Government Shutdowns’. La tensión interna en el bando conservador entre los moderados fiscales y el sector radical, suele trasladarse a la negociación del presupuesto federal.
Las facciones más intransigentes utilizan las fechas límite del techo de deuda y la financiación del gobierno para exigir recortes drásticos o medidas ideológicas.
Esto deriva en aprobaciones de presupuestos temporales a última hora, aumentando la incertidumbre económica y la volatilidad en los mercados.
Probablemente, ante la dificultad para aprobar leyes mediante el proceso parlamentario tradicional, la gobernabilidad se desplazara de la vía legislativa al poder presidencial.

Dinamarca acelera las negociaciones para deportar a Ruanda a los solicitantes de asilo rechazados

A principios de este año, la Unión Europea aprobó la legislación implementada en junio que permite a los países miembros cooperar con otros gobiernos en la creación de centros de deportación en el exterior del territorio comunitario. Tras casi un año de contactos … discretos con varios países candidatos, el ministro de Asuntos Exteriores de Ruanda confirma que su gobierno está llevando a cabo conversaciones con Dinamarca para la instalación de un centro de deportación en suelo ruandés.
El anterior gobierno danés ya envió a Kigali al entonces ministro de Inmigración e Integración, Kaare Dybvad, pero todavía sin reconocer la negociación. Ahora por primera vez el ministro ruandés Olivier Nduhungirehe confirma los avances para que Ruanda se convierta en el primer país en acoger un «centro de retorno» para refugiados de Dinamarca cuya solicitud de asilo haya sido rechazada.

Según los planes iniciales, el centro acogería en el futuro a solicitantes rechazados por Dinamarca, Alemania, Austria, Grecia y los Países Bajos. A diferencia del sistema que Reino Unido comenzó a negociar con Ruanda, un proyecto que fue finalmente abandonado, la instalación propuesta ahora no tramitaría solicitudes de asilo, sino que se limitaría a acoger a personas que ya hayan recibido decisiones finales de devolución mientras los estados de la UE organizan su traslado a sus países de origen.

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Rosalía Sánchez

Dinamarca trabaja contra el reloj en esta negociación, con la esperanza de presentar resultados tangibles en la reunión especial sobre inmigración que tendrá lugar en Viena el 16 de noviembre. Sobre la mesa está la utilización del antiguo Hope Hostel en Kigali, financiado por Reino Unido en Ruanda y del que se habló también en la pasada negociación, pero este extremo no ha sido confirmado.
Nduhungirehe se ha limitado a decir que, «dado que las conversaciones siguen en curso, naturalmente no puedo entrar en detalles» y ha asegurado que «es una cuestión muy delicada para nosotros, porque queremos dar dignidad a los seres humanos, a los migrantes y a los refugiados». En comunicación con el diario ‘Berlingske’, ha reconocido que una delegación de los cinco países ya visitó Kigali el pasado mes de agosto para estudiar las posibilidades del proyecto.
Posteriormente, representantes ruandeses se han desplazado a Europa, incluida Bruselas, para continuar las conversaciones. Según lo hablado hasta ahora, en una negociación todavía por cerrar, la iniciativa comenzaría como un piloto con unas 100 personas, con cada estado participante enviando a unos 20 solicitantes de asilo rechazados, operativo para 2027.

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Las autoridades de Ruanda insisten en distinguir este modelo del de un centro de detención. Se contempla un modelo de puertas abiertas, en el que la responsabilidad de las personas trasladadas permanecería en los estados participantes de la UE. Nada se sabe, por otra parte, de los términos del acuerdo en materia de acceso a abogados, libertad de movimiento, atención sanitaria o supervisión independiente.

Se prevé un papel destacado de Frontex

El acuerdo, que excluye a los menores no acompañados, debe establecer los procedimientos de transferencia, las condiciones de estancia, las obligaciones de las partes y las consecuencias de los incumplimientos. Cuando se prevé el regreso posterior, se requerirá un seguimiento independiente. La Comisión Europea ha propuesto una ampliación adicional del mandato de Frontex que convertiría a la agencia fronteriza en un actor más central en las devoluciones y la creación de un Centro de Coordinación de Retornos dedicado para recopilar y analizar información operativa, apoyar la planificación y coordinar las operaciones de retorno a nivel de la UE.
Frontex podría proporcionar apoyo técnico y operativo a terceros países y ayudar a organizar y llevar a cabo operaciones de retorno de un país no perteneciente a otro, sujeto a un acuerdo con el país en cuestión y al cumplimiento de los derechos fundamentales y las normas internacionales. En la práctica, eso podría significar la implicación de Frontex en transferencias desde un centro de retorno en Ruanda al país de origen de la persona.
Se trata del segundo intento, por parte de Dinamarca, que ya aprobó en 2021 una legislación que permite trasladar a los solicitantes de asilo fuera de Europa mientras se evalúan sus reclamaciones. En aquel momento firmó un primer memorando de entendimiento con Ruanda, pero ningún solicitante de asilo fue transferido bajo ese esquema y el plan original fue posteriormente archivado.
Ruanda, por su parte, ya ha llevado a cabo un acuerdo con Israel, por el que entre 2013 y 2018 miles de solicitantes de asilo eritreos y sudaneses abandonaron el país rumbo a Ruanda y Uganda bajo acuerdos de «salida voluntaria», aunque ninguno de los estados africanos reconoció un acuerdo público formal. Amnistía Internacional y otras organizaciones de Derechos Humanos documentaron la llegada de personas sin estatus legal ni protección efectiva.

Abdul el Sayed se convierte en el primer senador musulmán de la historia de EE.UU.

La de este martes fue una noche de muchos primeros. El primer candidato abiertamente gay que gana un escaño al Senado: el demócrata Chris Pappas, de New Hampshire. La primera mujer negra que logra el cargo de gobernadora: la demócrata Keisha Lance Bottoms, en … Georgia. O el primer demócrata que gana al Senado por Kansas desde 1932: el pastor metodista Adam Hamilton.
Pero ningún primero había despertado tanta atención como Abdul el Sayed, el candidato demócrata al Senado por Míchigan: tras una campaña feroz contra el republicano Mike Rogers, El Sayed se convirtió en el primer senador musulmán de la historia de EE.UU.

El Sayed era visto como uno de los talones de Aquiles de los demócratas en estas ‘midterms’ cuando ganó las primarias del partido el pasado verano frente a Haley Stevens, la candidata ‘del establishment’. Era un candidato joven, izquierdista y musulmán, y que no dio ni un paso atrás en su posición dura contra el apoyo de EE.UU. al Gobierno de Benjamin Netanyahu en Israel; un perfil que podría incomodar a los sectores moderados del partido.

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Javier Ansorena

El Sayed podía poner en riesgo el escaño demócrata al Senado por Míchigan, un estado donde las fuerzas entre los partidos suelen estar parejas, pero que en esta campaña contaba con el viento a favor de la impopularidad de Donald Trump. Pero también era visto por algunos como un lastre para los demócratas en el resto del país: era el objetivo perfecto para que Trump y sus aliados vincularan a los demócratas con el extremismo. El presidente le calificó de «yihadista» y Rogers le acusó de tener vínculos con Al Qaeda, Hamás o los Hermanos Musulmanes.
Ni eso, ni la oposición de un sector de los demócratas judías, ni la deserción de última hora de Stevens han acabado por evitar la victoria de El Sayed. Durante toda la campaña, se centró con disciplina en el mensaje económico -«sacar el dinero de la política, meter el dinero en tu bolsillo, sanidad pública para todos»- e insistió en que su nombre, su apariencia y su religión son la «distracción» que usan los republicanos para evitar hablar de lo que importa.

Peso político

Pero su nombre, su apariencia y su religión también tenían peso político. Míchigan es el más árabe de los estados del país, con cerca de un 3% de la población. Muchos de esos votantes -y, con ellos, algunos sectores izquierdistas- no apoyaron a los demócratas en 2024 por su apoyo a Israel en la guerra de Gaza. Ahora se han volcado en masa con El Sayed.

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«A todos los padres que han sufrido para explicar a sus hijos por qué el presidente se ríe abiertamente del nombre o de la religión de otro persona, decidles mañana que el malo perdió», dijo El Sayed en su discurso de celebración de la victoria en una sala de eventos del centro de Detroit.
«Para nosotros significa mucho tener esta representación en el Senado», aseguraba a este periódico Tom Arafat, un votante demócrata de origen palestino, como tantos otros en los suburbios de la principal ciudad de Míchigan. «Pero también es un mensaje para otras minorías en todo EE.UU., de que estamos juntos, de que estamos unidos, de que podemos dejar de lado la división, el racismo, la islamofobia, la xenofobia o el antisemitismo».
«Al final, su religión da igual», agregaba Brittney, también musulmana. «Porque él va a seguir la constitución. La pena es que se utilice su religión como arma de ataque».
Con su victoria, El Sayed se consolida como una de las estrellas ascendentes en el Partido Demócrata. Su presencia en el Congreso agitará las tensiones en su bancada sobre uno de los asuntos que ha dividido al partido: el apoyo a Israel. Su triunfo también será utilizado para definir la carrera que ahora se abre de cara a las presidenciales de 2028: su facción defenderá que si un izquierdista musulmán ha podido ganar en Míchigan, ese es el camino que debe seguir el partido en el resto del país.