Ya lo sabemos. No fue un terremoto, fueron dos. Entre uno y otro pasaron 39 segundos. Para quienes lo vivieron fue tan largo que parecía no acabar. Desde los primeros minutos, en mi madrugada española, comencé a buscar información. Nada. Poco después empecé a buscar … en las redes sociales y fue allí donde empecé a darme cuenta de las dimensiones de la tragedia. Gritos, polvo, personas corriendo de un lado a otro pidiendo ayuda. Personas llorando ante el edificio desplomado que fue su casa, la de sus familiares o amigos, la de alguien conocido con quien no había logrado hablar; todo hacía pensar que ese ser estaba bajo los escombros de ese edificio de nueve pisos cuyas ruinas no alcanzaban, según las imágenes, más de ocho metros de altura.
Desde la distancia, y ante una pantalla, era imposible contener el llanto. Otros, ya de rodillas ante el edificio desplomado, quitaban pedazos de cemento, de pared, de lo que fueron las formas del resguardo de una vivienda para tratar de llegar a alguien con vida. Con las manos y una gran desesperación, muchos de los ciudadanos de Caracas luchaban por salvar vidas enterradas. De repente se escuchaba un grito: «Silencio», y en un segundo todo lo cercano callaba, y un rostro con la voz horadando el cemento y la tierra gritaba: «¿Hay alguien allí? ¿Me escuchan?» Y de ese silencio atronador se escuchaba una voz lejana que llegaba con la fuerza de la vida venciendo las placas y la mampostería de lo que fue casa, y lugar donde en familia o quizá en soledad, la vida se vivía.
En las primeras horas las noticias mostraban Caracas. Nada decían de La Guaira en el estado Vargas, el mismo que en 1999 sufrió un deslave de proporciones siempre inimaginables. Nada. En aquel entonces, el presidente de la Cruz Roja señaló que las víctimas de esa tragedia podían ascender a 50.000, y tal apreciación fue el resultado del vuelo en helicóptero sobre el desastre. Nunca se supo cuántos murieron. Nunca el presidente Hugo Chávez dio cifras del desastre. Nunca. En cambio, sí supo contabilizar los votos que ese mismo día obtuvo para llevar adelante el referéndum sobre el cambio de la Constitución que promulgaba. Eso fue hace 27 años. Los 27 años de la sostenida tragedia que ha vivido Venezuela: la del chavismo.
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Mariana Gómez
Las imágenes que en redes comenzamos a ver de Vargas fueron devastadoras. La desesperación clamaba por ayuda. «Nadie del Estado ha venido», repetían una y otra vez. Rogaban por el equipo adecuado para poder sacar con vida a las personas sepultadas con vida bajo los escombros. Un clamor desatendido. Un ruego al que el Estado no dio ninguna importancia. ¿Dónde están los militares? Esa ha sido una pregunta repetida. ¿Dónde han estado esos seres que están siempre listos para reprimir, torturar y golpear al ciudadano que expresa su desacuerdo con el Gobierno chavista y represor? Ellos salen a reprimir y matar. La vida no los mueve.
Ver las imágenes de tanta destrucción y sufrimiento me ha dejado casi sin voz. Es un dolor y una tristeza profunda. Los venezolanos están haciendo frente a esta catástrofe con sus manos y la solidaridad entre ellos. En la gravedad del colapso generalizado, desgraciadamente eso no es suficiente. No se cuenta con equipos especializados. No hay nada que ayude a afrontar este horror. No hay hospitales con un mínimo de insumos útiles. 71 toneladas de medicinas enviadas por EE.UU. en febrero desaparecieron ante la vista de todos. ¿Esas medicinas fueron el negocio de alguien? Nada. No hay nada. Todo se lo han robado. Todo lo han saqueado.
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La presidenta interina, Delcy Rodríguez, solo ha logrado decir que las clases están suspendidas hasta nuevo aviso. No pude reír, tampoco sentir rabia ante tanto cinismo. Los gobiernos de otros países han respondido enviando ayuda necesaria y especializada a Venezuela, que es un dolor profundo. Y es también un orgullo ver la humanidad y la ayuda que los venezolanos se dan ante el abandono del Estado. «La tierra giró para acercarnos, giró sobre sí misma y en nosotros…». Son palabras de Eugenio Montejo.
Marina Gasparini Lagrange
Escritora