Eduardo Aguirre, el hombre que reparó las relaciones entre EE.UU. y España
Eduardo Aguirre, que acaba de pasar el rubicón de los ochenta años, reconoce que ha tenido una vida «compleja y afortunada», en la que no han faltado las dificultades, los retos y un sinfín de anécdotas. Algunas de estas historias las ha vertido en … su libro de memorias ‘De niño refugiado cubano a embajador americano en el Reino de España’, publicado originalmente en inglés y traducido ahora por la Universidad de Alcalá de Henares en una edición revisada para los lectores españoles. Sí, un título «muy largo», como él mismo bromea, que recoge su rica y larga trayectoria vital y profesional: sus orígenes cubanos y su salida de la isla cuando era un adolescente gracias a la Operación Pedro Pan (insiste en no utilizar el nombre anglosajón de Peter Pan); las dificultades que pasó para adaptarse a su nueva vida estadounidense en un orfanato, en el que, según afirma, había curas pederastas; el encuentro con el amor de su vida, Tere, que le empujó a terminar sus estudios universitarios; y su relación con la familia Bush, determinante en el rumbo que tomaría su vida. «George H. W. Bush fue mi mentor», afirma con orgullo el exdiplomático, durante una entrevista con ABC.
Y es que Aguirre llegaría a ser el embajador de EE.UU. en España (2005-2009), es ahí donde más nos interesa su biografía, en uno de los periodos en el que las relaciones entre ambos países eran más tensas (todavía quedaban años para que Pedro Sánchez llegara a la Moncloa y entablara un pulso con la Administración Trump). La causa del desencuentro entre los Ejecutivos de Zapatero y de Bush hijo fue la salida exprés de las tropas españolas de Irak, ordenada por el entonces presidente español. «Aquello puso en peligro a los soldados estadounidenses», asevera, restando importancia al feo que meses antes hizo Zapatero al no levantarse ante el paso de la bandera estadounidense durante el desfile del 12 de octubre en Madrid.
Descendiente de vascos —uno de sus abuelos era de Muskiz (Vizcaya), por lo que presume de tener «ADN español»—, Aguirre es la prueba viviente de que el ‘sueño americano’ existe. «Todo lo bueno que me ha pasado proviene de la fortuna de haber continuado mi vida ya de adolescente en Estados Unidos, donde prácticamente cualquier cosa es posible», afirma. «El pueblo americano es muy acogedor. A mí me ha ayudado mucha gente. Algunos importantes, otros no tanto, que me han dado buenos consejos, que yo he sabido escuchar».
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Camila Acosta
Para el exdiplomático fue determinante conocer al patriarca de la familia Bush, George H. W. Bush, antes de que este se postulara a la Presidencia de EE.UU. «Fue un encuentro fortuito. Estábamos en el mismo banco [que después se convirtió en el Bank of America, una de las entidades financieras más importantes del mundo], él de director ejecutivo y yo de vicepresidente». La relación profesional se tornó en personal. La sintonía entre ambos fue excelente, hasta el punto de reconocer en el libro que más que simpatizante del partido republicano era un hombre leal a Bush. «A través de él he servido a EE.UU.», subraya.
Al postularse a la presidencia, Bush padre tuvo que dejar la entidad financiera. «Y me pidió que me convirtiera en su banquero personal». Su relación se extendería después a George W. Bush, cuando este fue gobernador de Texas —«me designó miembro de la junta de regentes del Sistema de Universidades de Houston»—, y más tarde cuando llegó a la Casa Blanca.
El ‘cuarenta y tres’, como llama afectuosamente a George W. Bush, refiriéndose al presidente 43 de EE.UU. -su padre es el ‘cuarenta y uno’-, le reclamaría más tarde para trabajar para el Departamento de Seguridad Nacional. Quería que liderara los Servicios de Ciudadanía e Inmigración del país en un momento muy delicado, pues tan solo habían pasado dos años desde los atentados del 11-S y la preocupación por la gestión de la entrada de inmigrantes, tras los fallos anteriores, era máxima. La tarea era ardua: «Tenía que revivir un caballo muerto. Estaban desmoralizados porque los sistemas eran anticuados y no eran eficaces», recuerda.
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Aguirre impuso orden y creó las citas, haciendo desaparecer las larguísimas colas. En su decálogo de gestión incluyó un punto especialmente importante para él, el respeto por la dignidad humana. «Para mí eso es innegociable«. El exembajador muestra su malestar ante algunas imágenes de la gestión actual en su país. «Nunca me ha gustado el maltrato de las personas en ningún caso. Lo que veo en televisión me indica que nos hemos olvidado de respetar a la humanidad. Es algo que me molesta no como exdirector de inmigración, sino como americano», subraya.
Trato cordial con Zapatero
Pero este no fue el único reto con el que tuvo que lidiar durante la Administración de George W. Bush. El ‘cuarenta y tres’ le envió a España para reparar las malas relaciones que existían con el nuevo presidente a raíz de dos incidentes: la decisión de Rodríguez Zapatero, cuando era líder de la oposición, de no levantarse ante el paso de la bandera de EE.UU. durante el tradicional desfile del 12 de octubre en 2003; y el anuncio posterior, nada más asumir la Presidencia de España, de retirar las tropas españolas de la guerra de Irak, como había prometido durante la campaña electoral.
Con estos antecedentes, Aguirre aterrizó en España pensando que se iba a encontrar «con un gobierno beligerante hacia mí», pero no fue así. En su primera reunión se encontró «con un presidente Zapatero sumamente cordial, que hizo ver rápidamente que él quería recomponer las relaciones. Los dos teníamos voluntad de mejorar la relación».
Si bien el embajador no veía con buenos ojos la inclinación del Gobierno de Zapatero hacia Cuba y Venezuela, esto no supuso un obstáculo para reconstruir el vínculo: «Problemas en una relación compleja siempre van a existir. Había temas que resolver indiscutiblemente, como Cuba o Venezuela, pero había otras cosas en la que teníamos buena sintonía». El trabajo del embajador estadounidense consistió en apuntalar estas últimas, y trabajar a largo plazo en limar las asperezas. «Y no dejar que estas dominaran la relación», argumenta.
El presidente George W. Bush con Rodríguez Zapatero y José Bono (al fondo),durante una reunión de la OTAN en Estambul en junio de 2004.
(EFE)
Sobrecostes en las ventas a Venezuela
A pesar de esta afirmación, en un momento del libro Aguirre deja caer un detalle revelador: la existencia de un «rumor» sobre el sobrecoste que el Gobierno de Venezuela había pagado «por la compra de aviones y fragatas militares a España», una transacción que el chavismo hizo con el entonces ministro de Defensa, José Bono. El exembajador reconoce en sus memorias que llegó a preguntarse si Bono u otras personas llegaron a beneficiarse de esa venta. «Esa era la sospecha», recuerda veinte años después. «Pero es una sospecha que yo no puedo aseverar. A lo mejor era una sospecha infundada o a lo mejor muy fundada, no sé…», añade.
El exembajador reconoce en sus memorias que llegó a preguntarse si José Bono u otras personas llegaron a beneficiarse de los sobrecostes en la venta de aviones y fragatas a Venezuela
Preguntado por el caso Zapatero, Aguirre admite que no está siguiendo al detalle la investigación sobre los negocios del expresidente. Pero cree que, como en EE.UU., «nadie es culpable hasta que se demuestre, y todavía queda por delante un proceso muy largo». Y desea que le vaya bien en el futuro, «pues además de resultar algo muy difícil para él y su entorno, también es muy incómodo tener a un expresidente en esa situación». Y menciona el caso del expresidente francés Nicolas Sarkozy, actualmente cumpliendo condena por asociación ilícita y financiación ilegal.
Aguirre abandonó el cargo de embajador cuando Barack Obama llegó a la Casa Blanca, a pesar de que el nuevo presidente quiso que continuara. Se fue de Madrid, tras haber recorrido toda la geografía española, con la satisfacción de «haber cumplido la misión» encomendada.
Preguntado sobre si se atrevería a mediar de nuevo para restablecer las maltrechas relaciones actuales entre la Administración Trump y la de Pedro Sánchez, echa balones fuera y esquiva cualquier tipo de comentario.
Operación Pedro Pan
Con ocho décadas a sus espaldas, Eduardo Aguirre afirma con orgullo que es «producto de todas y cada una de mis experiencias. Las buenas, las malas, las alegres, las tristes… Y mí me gusta quién soy», asevera. Nacido en 1946 en Cuba, con quince años —cuando se cumplían apenas dos años del triunfo de la revolución que llevó a Fidel Castro al poder—, tuvo que dejar la isla. Fue uno de los 14.000 menores enviados, sin el acompañamiento de sus padres, a Miami a través de la Operación Pedro Pan. La iniciativa, gestada por EE.UU. y organizaciones católicas, y con el apoyo de los progenitores, buscaba evitar que los niños fueran adoctrinados en el comunismo.
Víctima de WikiLeaks
En sus memorias, Eduardo Aguirre no olvida mencionar uno de los episodios más incómodos que vivió tras concluir su periodo al frente de la Embajada de EE.UU. en Madrid: la publicación por parte de WikiLeaks de los cables que envió a Washington durante los años de su misión en España. En ellos, informaba de sus avances con el gobierno español y retrataba a la clase política española, tanto del PSOE como de la oposición, liderada por Mariano Rajoy; y recogía sus conversaciones con el Rey. Observaciones, muy jugosas a veces, que no ha dudado en incluir en el libro. El exdiplomático reconoce que la filtración de aquellos cables, publicados por ‘El País’, «fue algo que me molestó mucho. Y me aterrorizaba haber dicho algo que no quisiera que se conociera. Me rompía la cabeza pensando qué podía haber dicho». La incertidumbre lo devoró durante varios días, pero no se publicó nada especialmente escandaloso. «Hasta que paró. Y al final me di cuenta que todo era bueno. Lo que se publicó demostró que yo era trabajador y astuto».
A pesar de haber transcurrido 65 años de aquel viaje, que le marcaría, Aguirre asegura no haber olvidado los años de su infancia en la isla. «Todos mis recuerdos de Cuba son vívidos, agradables, nostálgicos». Imágenes que ha atesorado durante décadas y que no quiere que sean empañados por la realidad que sufre el país caribeño actualmente. Es por eso que cuando se le pregunta si volverá cuando caiga el régimen, algo que parece más cercano que nunca, no muestre ningún entusiasmo: «No tengo vínculos familiares allí, casi toda mi familia ha muerto».
El exdiplomático, que asegura que sus raíces «están muy bien establecidas en Houston», es consciente de que si acaba la dictadura en Cuba, el país tardará «al menos cinco años en levantarse un poco. Y para entonces yo tendré 85 años. Y a esa edad no sé si podré viajar a algún lado», bromea. «Y si vuelvo, perdería los buenos recuerdos que tengo», concluye.

