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La Junta de Paz prepara las primeras zonas libres de Hamás en Gaza

Nueve meses después de la firma de un acuerdo de 20 puntos propuesto por Donald Trump para poner fin a la guerra en Gaza, la violencia no cesa e Israel y Hamás se acusan mutuamente de violar los términos pactados. Los islamistas no han atacado … al ejército en este tiempo, pero no se desarman, y los israelíes han matado a más de mil personas, entre ellas 265 niños, según Unicef, y adelantado la ‘línea amarilla’ hasta ocupar más del 60 por ciento de la Franja.
Mientras los medios israelíes alertan de la alta probabilidad de una nueva operación militar a gran escala para acabar con Hamás antes de las elecciones de octubre, la Junta de Paz, órgano creado por Trump para gestionar la posguerra gazatí, realiza los primeros movimientos y, según el diario ‘Israel Hayom’, pondrá en marcha en las próximas semanas un programa piloto para gestionar «refugios humanitarios» en zonas de la Franja fuera del control del grupo islamista.

El diario conservador adelantó que la primera zona a la que se dirigirá a los civiles desarmados es Tel Sultan, cerca de Rafah. Allí se enviarán ayuda médica y alimentos para unos gazatíes que vivirán en caravanas porque no se permitirá la construcción con hormigón. «El plan consiste en aislar a Hamás en zonas sin población, ni recursos, y que esta sea la vía para su eliminación», en palabras de altos funcionarios próximos a la Junta. Ante el riesgo de que estas zonas sean comparadas con «campos de concentración», estas mismas fuentes indicaron a Israel Hayom que los gazatíes que se asienten allí serán libres para volver a áreas bajo control de Hamás.

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Elena Calvo

A punto de cumplirse los 1.000 días desde el ataque del grupo islamista del 7 de octubre, la respuesta militar ordenada por Benjamín Netanyahu ha costado la vida a más de 73.000 personas, entre ellas 21.000 niños y menores, y herido a más de 173.000, según el ministerio de Salud gazatí, cuyas cifras son consideradas fiables por la ONU. El organismo internacional señala además que la operación israelí ha causado una destrucción extensa que afecta al 90 por ciento de la infraestructura civil de Gaza. La justicia internacional investiga a Israel por el delito de genocidio y los líderes del Estado judío no ocultan que su agenda pasa por «conquistar toda Gaza y construir tres asentamientos de inmediato», en palabras del ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich. En una entrevista con el programa ‘Los Patriotas’ del Canal 14, Netanyahu respaldó este plan colonial e indicó que la «migración voluntaria» de los gazatíes es un tema prioritario.

Un acuerdo estancado

Trump estableció un acuerdo por fases, pero se ha estancado. La primera fase incluía una tregua y un intercambio de rehenes y prisioneros entre Israel y las facciones palestinas, un alto el fuego permanente y una retirada gradual israelí del enclave. En la segunda fase, está previsto que Israel lleve a cabo nuevas retiradas, mientras una fuerza internacional de estabilización asumiría responsabilidades de seguridad, incluida la facilitación de la entrada de ayuda humanitaria y materiales de reconstrucción.
Los expertos de la Junta de Paz se han reunido esta semana en Chipre al tiempo que siguen adelante con la preparación de un comité de tecnócratas palestinos para sustituir a Hamás como gobernantes de la Franja, conocido como el Comité Nacional para la Administración de Gaza (NCAG, por sus siglas en inglés). Este comité lleva desde enero en El Cairo a la espera de tener el permiso israelí para entrar en Gaza, pero este no llega porque el Ejército exige primero el desarme de Hamás. Israel no quiere que se repita el modelo de Líbano, donde el Gobierno de Beirut tiene las manos atadas por el arsenal de Hizbolá.

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Egipto se ha convertido en el hogar temporal de los futuros gobernantes que la Junta prepara para Gaza y también de sus fuerzas de seguridad, ya que aquí entrenan desde hace meses los nuevos policías palestinos. El órgano creado por Trump planea además el despliegue de una Fuerza Internacional de Estabilización (ISF), que será responsable de mantener la ley y el orden, además de asegurar las fronteras. Cinco países han aceptado aportar tropas a la ISF (Indonesia, Marruecos, Kazajistán, Kosovo y Albania), pero se necesita la aprobación israelí y no ha llegado, confirmaron dos fuentes diplomáticas árabes a ‘The Times of Israel’.

Egipto se ha convertido en el hogar temporal de los futuros gobernantes que la Junta prepara para Gaza y también de sus fuerzas de seguridad

La ISF, cuya base principal se sitúa cerca del paso de Kerem Shalom, en el sur de la Franja, anunció que el martes recibió los primeros «vehículos tácticos» y difundió varias imágenes de los blindados en redes sociales. Hazem Qassem, uno de los portavoces de Hamás, escribió en Facebook que el grupo espera que este movimiento de la junta marque «el comienzo de la aplicación de las tareas que se les han asignado», es decir, «separar a los palestinos de Gaza de las fuerzas israelíes y trabajar para detener las violaciones israelíes».

Rearme de Hamás

Los islamistas se han reunido esta semana en El Cairo con los responsables de inteligencia de Egipto y Turquía, dos de los países mediadores. El brazo armado del movimiento no ha realizado ataque alguno desde la firma de la tregua, pero los israelíes desconfían. La televisión pública Kan informó durante el fin de semana de la advertencia de altos responsables de la división de inteligencia y del mando sur al jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, sobre la preparación de las Brigadas Al Qassam para volver a la guerra. Según lo emitido por el canal público, Hamás produce cada mes cientos de artefactos explosivos y misiles antitanque, está reclutando a miembros de entre 18 y 22 años e intenta introducir drones y equipos de comunicación desde el Sinaí.
Los responsables militares de inteligencia citados por Kan piensan que el grupo islamista «es fuerte sobre el terreno, nadie lo amenaza y no está dispuesto a renunciar a su control sobre Gaza» y por eso recomendaron a Zamir «reanudar los combates, pero Washington se opone a ello y prefiere mantener el statu quo creado por el acuerdo, al tiempo que busca seguir avanzando en la visión del presidente Trump y de la Junta de Paz».

Un fotoperiodista gazatí desde la Franja: «Todo va a peor. No hay comida fresca»

En septiembre de 2025 entró en vigor el plan de paz entre Hamás e Israel. El acuerdo, articulado en diez puntos e impulsado por la Administración de Donald Trump con la mediación de Qatar, Egipto y Turquía, arrancó con un alto el … fuego que nunca llegó a respetarse plenamente. La segunda fase contemplaba el intercambio de rehenes israelíes por presos palestinos, uno de los pocos compromisos que sí llegó a materializarse. Después, casi el silencio.
Nueve meses después de la firma del plan de paz, apenas se sabe qué ocurre dentro de la Franja. Israel mantiene prohibida la entrada de la prensa extranjera desde octubre de 2023, por lo que la información llega, en gran medida, a través de los periodistas gazatíes que siguen trabajando sobre el terreno.

«Todo aquí está mal», resume en un escueto mensaje Rizek, periodista residente en Ciudad de Gaza. Mientras que Hashem, fotoperiodista, describe una realidad aún más dura: «La situación es muy difícil. Los ataques son constantes e intensos. He sido herido en tres ocasiones desde que comenzó este conflicto y la situación empeora cada día».

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Los testimonios recabados por ABC coinciden en una misma idea: la tregua existe sobre el papel, pero no en la vida cotidiana. Israel continúa llevando a cabo ataques selectivos contra personas a las que identifica como miembros de grupos armados y mantiene operaciones militares en las proximidades de la denominada ‘línea amarilla’, la línea de despliegue acordada tras el alto el fuego.
Según el Ministerio de Salud de Gaza, controlado por Hamás -cuyas cifras son consideradas generalmente fiables por las agencias de Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales, aunque Israel las cuestiona-, desde la entrada en vigor del acuerdo han muerto cerca de un millar de personas, entre ellas 182 niños, 110 mujeres y 54 mayores de 60 años. Más de 3.100 han resultado heridas. La media es de unas 125 muertes al mes pese al alto el fuego.
«Más del 70 % del territorio de Gaza está bajo control israelí. Además del desplazamiento de la población, Israel y Estados Unidos pretenden reducir la población de la Franja a menos de un millón y medio de personas, favoreciendo que el resto abandone Gaza de forma permanente», sostiene Rizek.

7.000 cuerpos sepultados

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Los bombardeos, lejos de remitir, se han intensificado en las últimas semanas. Solo desde principios de junio han muerto 52 personas. Con estas nuevas víctimas, el balance total desde el inicio de la guerra asciende, según las autoridades gazatíes, a más de 73.000 muertos y 173.000 heridos. Se estima, además, que más de 7.000 cuerpos continúan sepultados bajo los escombros. La falta de maquinaria pesada -destruida durante la guerra o cuya entrada sigue restringida por Israel- impide recuperar muchos de ellos. En las redes sociales son frecuentes las imágenes de familias excavando con las manos entre la arena y el hormigón en busca de los restos de sus seres queridos.
Al control territorial y a la persistencia de los ataques se suma el férreo control israelí sobre la entrada de ayuda humanitaria. «Hay una enorme escasez de alimentos y agua. Las organizaciones internacionales apenas pueden operar en la Franja. Llevamos meses sin ver comida fresca», explica Rizek, preocupado especialmente por la situación de sus hijos.

«Las organizaciones internacionales apenas pueden operar en la Franja. Llevamos meses sin ver comida fresca»

Rizek
Fotoperiodista gazatí

Conseguir agua potable se ha convertido en una tarea casi imposible. También acceder a medicamentos. En su informe del 3 de junio sobre la situación en los territorios palestinos ocupados, Naciones Unidas denunció «el fracaso sistemático de Israel a la hora de proteger a los civiles y los bienes civiles en su conducción de las hostilidades en Gaza». La Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) sigue calificando la situación humanitaria de «catastrófica», especialmente en la ciudad de Gaza y sus alrededores, donde la intensidad de los ataques ha terminado por colapsar un sistema sanitario ya exhausto. El 84 % de los centros de salud están destruidos o dañados.
Los niños continúan siendo las principales víctimas. Según los últimos datos de Unicef, pese al alto el fuego un menor sigue muriendo cada día en Gaza y más de 400 han resultado heridos, muchos de ellos con lesiones gravísimas. Una realidad que el portavoz de la agencia, James Elder, resumía hace unos días con una frase tan sencilla como demoledora: «Debemos dejar de aceptar niveles de mortalidad infantil que provocarían indignación internacional en cualquier otra parte del mundo».
Una situación que no parece que vaya a mejorar ni a corto ni a largo plazo.

Muere en La Habana la hija del poeta español Rafael Alberti

La intelectual Aitana Alberti, hija de los escritores españoles Rafael Alberti y María Teresa León, ha muerto a los 84 años en La Habana, donde residía desde 1984, informaron este miércoles medios estatales.Aitana Alberti, nacida en 1941 en Argentina, donde se exiliaron sus padres durante la Guerra Civil Española, dedicó su labor en Cuba fundamentalmente de la poesía y las artes.Presidió la Cátedra Rafael Alberti de la Universidad de La Habana y durante más de quince años trabajó en el centro cultural Dulce María Loynaz donde dirigió el espacio «Fe de vida: Imagen y palabra» dedicado a divulgar la obra de los poetas de la «Generación del 27», a la que perteneció su padre.También fue miembro del Movimiento de Poetas del Mundo y presidió en Cuba el Proyecto Cultural Sur, que agrupa 30 ciudades de Europa y América, y Festival Internacional de Poesía de La Habana.Una nota publicada en portada del periódico Granma expresó que Aitana Alberti, fallecida el pasado martes, «deja un vacío inmenso en la cultura cubana» y será recordada como «una incansable defensora de la poesía, la memoria, la paz y el diálogo entre pueblos».Su obra poética incluye los títulos Poemas de Aitana Alberti (1955), Pupila al viento (1998), Y de nuevo nacer (1999), Amazona en la centella (2016) y los libros de narrativa Inquilinos de la soledad (2006) -un homenaje a los exiliados de la guerra civil española- y Cuentos persas (2018) que fueron traducidos a los idiomas alemán, polaco, ruso, rumano e italiano.

El cielo se tiñó de rojo y el puerto se llenó de ataúdes

Justo cuando se cumplió una semana de los dos terremotos que sacudieron Venezuela, el cielo se puso colorado, como si alguien le hubiese prendido fuego. Una nube de polvo rojo con aspecto de mortaja cubrió las nubes de un país que se desangra. Qué más … queda por ocurrir, se preguntaron los ciudadanos, exhaustos ya, tras jornadas de réplicas. Ha transcurrido una semana, siete días en total, y aún no existe en Venezuela una cifra oficial de fallecidos. El gobierno habla de dos mil. La ONU, en cambio, prepara un envío de 10.000 bolsas para cadáveres. La única verdad, además de la muerte y total devastación, es el abandono en el que viven los venezolanos desde hace décadas. Antes de esta tragedia, a la zona litoral de Venezuela, La Guaira, ya la azotó un deslave en diciembre de 1999. Veintiséis años después, los niños que sobrevivieron entonces son los adultos que esperan bajo los escombros a ser rescatados —ojalá los hubiera aún— o aquellos que fallecieron aplastados. Una generación completa sin pasado ni futuro.
La séptima entrega de esta serie titulada ‘Mi tierra tiembla’ —publicada a diario en las páginas de ABC desde el 24 de junio— despliega hoy, a manera de resumen, las hojas de un almanaque funesto. De aquel primer día del temblor, allí donde hubo edificios apenas quedaron solares abiertos, columnas partidas y paredes en el aire. Los vecinos salieron a la calle sin saber si buscar a los vivos o contar a los muertos. Algunos cavaron con las manos. La ayuda no llegaba. Los vecinos sí. Y con ellos familiares venidos desde Caracas y otras partes del país. Al segundo día, los escombros empezaron a devolver historias. Amir Infante resistió con medio cuerpo atrapado bajo una placa. Le dieron agua, un caramelo y palabras para mantenerlo alerta, pero igual murió a la espera de brigadas y equipos internacionales de rescate todavía en camino. Ni rastro de militares o policías, apenas Protección Civil, ya entonces desbordada por la situación.

De aquellas horas conservan los ciudadanos el recuerdo de un border collie con un ojo azulado y el otro castaño —Tsunami— que rescató decenas de personas con vida y, sobre todo, el amor propio de un pueblo abandonado por sus gobernantes. «Esta gente no tiene nada para trabajar, ni cables, ni palas», escuché decir a Jhorman Piñero, uno de los cientos de voluntarios que bajaron hasta La Guaira por sus propios medios a rescatar víctimas. Entre ellas, las de Misión Vivienda, construcciones sociales de bajo coste con el que Hugo Chávez dijo premiar al pueblo con casas cuando en realidad les había regalado una tumba. Todas se vinieron abajo como naipes. ¡Estaban hechas de cartón! 

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MI TIERRA TIEMBLA (VI)

Karina Sainz Borgo

Al tercer día del terremoto, el chavismo resucitó. Tras 48 horas de silencio e indolencia, la presidenta encargada Delcy Rodríguez, su hermano Jorge, presidente de la Asamblea Nacional, y el ministro del Interior Diosdado Cabello aparecieron ante la nación. No para auxiliar, sino para controlar. Se inventaron salvoconductos y levantaron alcabalas. Desplegaron militares no para remover escombros, sino para vigilar a quienes sí lo hacían. La tragedia empezó a tener perímetro, órdenes, castigos, vigilancia. Para entrar a la zona de desastre de La Guaira había que registrarse; para ayudar, esperar; para informar, tragar. A los corresponsales los identificaron y segregaron, para enseñarles solo una parte de lo ocurrido. La ayuda internacional comenzó a abrirse paso entre la burocracia y la urgencia. Rescatistas extranjeros, organizaciones humanitarias, médicos y voluntarios se volcaron en la búsqueda. La desesperación superó al miedo cuando los hermanos y hermanas; los padres y las madres, y los hijos e hijas de las víctimas increparon a los funcionarios que obstaculizaban los rescates o se abalanzaron para abroncar a la rapiña —casi toda militares uniformados y policías— que rebuscaba entre los escombros el dinero en efectivo, los electrodomésticos o cualquier cosa de valor que pudieran revender, mientras personas vivas pedían auxilio bajo los escombros. Una semana después de los terremotos que asolaron Caracas, La Guaira y la región costera, el cielo se tiñó de rojo y en el puerto, donde antes había barcos, ahora hay ataúdes. Esta es la cuenta atrás de una semana en la que Venezuela demostró ser más valiosa que quienes la gobiernan.

Así preparó EE.UU. la caída de Maduro: diez meses de despliegue militar frente a Venezuela

La captura de Nicolás Maduro y el regreso de la bandera estadounidense a Caracas han sido el punto culminante de una larga demostración de fuerza de Donald Trump en el Caribe. Durante meses, Washington ha mantenido en la región una fuerza capaz de desembarcar un … millar de marines en un solo día, interceptar petroleros sancionados, combatir bajo fuego en Haití y operar de forma permanente a escasa distancia de Venezuela. Todo ello formaba parte de una misma estrategia: recordar que Estados Unidos seguía siendo la potencia militar decisiva en su propio continente.
En el centro de todas esas operaciones ha estado la 22ª Unidad Expedicionaria de Marines, al mando del coronel Thomas «Banshee» Trimble, que acaba de finalizar su misión. Recientemente, el comandante recibió a un reducido grupo de periodistas en el Pentágono, en Washington, para explicar un despliegue que considera sin precedentes en el continente americano: casi diez meses de duración, una brusca reorientación estratégica hacia el Caribe y una sucesión de misiones que abarcaron desde la protección diplomática y la interdicción marítima, hasta la cooperación regional y la asistencia humanitaria.

La unidad había zarpado para otro despliegue, previsto en Europa y Oriente Próximo. Sin embargo, nada más abandonar la base de Norfolk recibió una orden inesperada. «Cuando nos dijeron que debíamos girar hacia el sur, tiramos por la borda ocho meses y medio de planificación», resumió Trimble. En cuestión de días, la Unidad Expedicionaria tuvo que reorganizar por completo su despliegue y construir desde cero una arquitectura logística y operativa no para Europa, sino para el Caribe, con un mensaje claro para los adversarios de Washington.

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David Alandete

«Esto era en defensa de la patria. Estábamos operando en el patio trasero de EE.UU.», afirmó el coronel. Su reflexión resume la singularidad de la operación: una fuerza anfibia concebida para responder a crisis en cualquier parte del mundo acabó convirtiéndose en la principal herramienta de proyección de poder de Washington en su propio continente, incluida una operación tan arriesgada y fulminantemente exitosa como la extracción de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores sin una sola baja estadounidense.
La operación también refleja los planes de Donald Trump para América Latina y el Caribe. Desde su regreso a la Casa Blanca, el presidente ha defendido que EE.UU. debe ser más asertivo y actuar con mayor firmeza para proteger sus intereses en el continente frente a regímenes enemigos o injerencias de China o Rusia. El despliegue de la Unidad Expedicionaria responde a esa idea, la de mantener una presencia militar constante en el Caribe y disponer de una fuerza preparada para actuar de inmediato ante cualquier crisis regional.
La Unidad Expedicionaria es una fuerza de reacción rápida del Marine Corps, que depende de la Armada. Está formada por unos 2.200 marines, con infantería, aeronaves y fuerzas especiales de apoyo, y está diseñada para desplegarse en cualquier punto del mundo y responder de forma casi inmediata a crisis, evacuaciones, operaciones de combate o misiones humanitarias, como sucedió en noviembre en su despliegue por el paso de un huracán en Jamaica. Eso ha servido también para preparar la ayuda tras el devastador terremoto en Venezuela del 24 de junio.

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Durante este despliegue americano, la unidad operó embarcada en el USS Iwo Jima, un buque de asalto anfibio de la Armada estadounidense de más de 250 metros de eslora que es una auténtica base militar flotante. El desvío del Iwo Jima y su grupo anfibio constituyó una de las mayores demostraciones de fuerza estadounidense en la región en décadas, y en Washington se interpretó como una advertencia muy clara a Maduro de que debía abandonar el poder.

Fuego cruzado en Haití

La primera misión llegó casi de inmediato. Recién zarpada de Norfolk, la Unidad recibió la orden de dirigirse a Haití para reforzar la embajada estadounidense en Puerto Príncipe, una ciudad prácticamente controlada por bandas armadas y donde el Gobierno apenas ejerce autoridad fuera de algunos enclaves. Los marines desplegaron puestos de observación, reforzaron el perímetro con blindaje y sacos terreros y permanecieron allí durante meses. La situación era tan peligrosa que, según reveló Trimble, se produjeron «múltiples incidentes violentos» en los que los marines «recibieron fuego y respondieron al fuego». Pese a los enfrentamientos, no hubo bajas estadounidenses, afirma.
La experiencia dejó una impresión profunda en el comandante, según cuenta. «Reforzamos nuestras posiciones y estábamos bien entrenados para entender exactamente cuáles eran las reglas de ese enfrentamiento», explicó. La misión en Haití demostró para el coronel hasta qué punto la Unidad estaba operando en escenarios de alto riesgo y no simplemente realizando una misión de presencia o disuasión. Era una fuerza desplegada en un entorno hostil, bajo amenaza constante y preparada para combatir si era necesario. Aquella primera misión marcaría el tono de los diez meses siguientes en el Caribe, con la mirada puesta en Caracas.

En agosto de 2025, el general de brigada Thomas Armas, subcomandante de Marine Forces Command, visita a la 22ª Unidad Expedicionaria de Marines a bordo del USS Iwo Jima, en la base naval de Norfolk. El coronel Thomas «Banshee» Trimble le presentó las capacidades de la unidad.

(Cpl. Sharon Errisuriz)

La principal exhibición de fuerza, y también un mensaje político muy claro de Washington, fue un ejercicio de desembarco anfibio en Puerto Rico. El coronel explicó que recibieron la orden de realizarlo para «demostrar la proyección de poder en tierra» y probar que podían desembarcar «600, 800 o incluso 1.000 marines en un solo día». La idea era dejar claro que EE.UU. podía concentrar rápidamente una fuerza de combate considerable en cualquier punto del Caribe.
La operación tenía una evidente lectura para Venezuela. Desde Puerto Rico, a unos 1.500 kilómetros de Caracas, la 22ª Unidad Expedicionaria disponía de buques anfibios, helicópteros y aeronaves capaces de desplazar tropas y sostener misiones de combate y apoyo logístico en toda la región. Sin mencionar expresamente a Maduro, el ejercicio mostraba que EE.UU. contaba con una fuerza ya desplegada en el teatro de operaciones, capaz de reaccionar en cuestión de horas y de proyectar poder militar muy cerca de las costas venezolanas.

La operación en Puerto Rico se llevó a cabo para «demostrar la proyección de poder en tierra» y probar que podían desembarcar «600, 800 o incluso 1.000 marines en un solo día»

Thomas «Banshee» Trimble
Coronel al mando de la 22º Unidad Expedicionaria de Marines

Además, la Unidad utilizó Puerto Rico como base avanzada de entrenamiento. Los marines realizaron operaciones sostenidas en tierra y dispararon «prácticamente todas las armas del arsenal» de su batallón de desembarco. También integraron drones, sistemas contra drones y nuevas tecnologías de combate, ensayando cómo establecer bases avanzadas y centros logísticos en territorios insulares.
La fuerza se mantuvo desde entonces dispersa por el Caribe, redistribuyendo helicópteros y aviones entre sus tres buques para poder ejecutar varias misiones simultáneamente. También llevó a cabo ejercicios anfibios y de fuego con Ecuador y entrenamientos con Trinidad y Tobago. Desde la costa suroeste de Trinidad hasta el noreste de Venezuela, hay unos 11 kilómetros en su punto más estrecho, a través del Golfo de Paria.

La fuerza en el patio trasero

«La soberanía de Estados Unidos existe en esos barcos, en aguas internacionales, desde donde podemos maniobrar», afirma Trimble. En la práctica, Washington demostraba que podía mover cientos de marines, aviones y helicópteros por el Caribe, desembarcar tropas en cuestión de horas y sostener operaciones complejas sin depender de bases permanentes ni del permiso de terceros países, y todo a las puertas mismas del chavismo.
Entre diciembre y enero, la Unidad Expedicionaria participó en otra misión prioritaria para Washington: la interdicción de petroleros sancionadosque transportaban crudo venezolano. Fueron cinco operaciones marítimas distintas, dirigidas por la Guardia Costera y apoyadas por los Marines, en las que la Unidad Expedicionaria aportó buques anfibios, helicópteros, convertiplanos V-22 y equipos de abordaje. Según explicó Trimble, la unidad redistribuyó personal y medios entre sus tres barcos para poder «proyectar fuerza desde cualquier plataforma» y utilizó sistemas de vigilancia y mando y control para conocer la situación a bordo antes de poner «botas sobre la cubierta». «No tuvimos heridos ni bajas y ejecutamos las misiones sin fallos», resumió el comandante.
Esos abordajes de petroleros formaban parte de la estrategia de la Administración Trump para aumentar la presión económica sobre Caracas, dificultar la exportación de crudo mediante buques sancionados y golpear las redes que permitían al régimen seguir obteniendo ingresos en divisas. El objetivo era también incrementar la presión sobre Cuba, uno de los principales apoyos políticos y de inteligencia del chavismo y dependiente en parte del petróleo venezolano.

La operación de la captura de Maduro

En ese contexto de creciente presión militar y económica llegó la operación más sensible de todo el despliegue, la captura de Nicolás Maduro. La Unidad Expedicionaria contribuyó a abrir el teatro de operaciones y a preparar la entrada de las fuerzas especiales estadounidenses, proporcionando capacidad de reacción inmediata y apoyo aéreo adicional. Trimble se limitó a señalar a los periodistas que las unidades expedicionarias de Marines están diseñadas para apoyar a las fuerzas de operaciones especiales y servir como plataformas desde el mar para proyectar poder en misiones especialmente sensibles como esta.
La caída de Maduro no puso fin a la misión. Con el regreso de la representación diplomática estadounidense a Caracas y la reapertura de la embajada en marzo, los marines pasaron a desempeñar un papel de protección y contingencia. El propio coronel reveló que efectivos de la misión fueron los encargados de asegurar la legación y establecer las condiciones para que el personal diplomático pudiera izar la bandera estadounidense y reabrir oficialmente la sede diplomática.
La misión continuó en los meses siguientes. El 23 de mayo, dos convertiplanos MV-22B Osprey del Escuadrón 263 de la Infantería de Marina, integrado en la Unidad Expedicionaria, sobrevolaron Caracas y aterrizaron junto a la embajada como parte de un ejercicio de respuesta rápida y rescate. La maniobra simuló una evacuación aérea de emergencia y constituyó la mayor demostración militar estadounidense en la capital venezolana desde la operación del 3 de enero.

Le presentamos a los nuevos artífices de la paz del mundo

Pakistán suele considerarse más una fuente de problemas geopolíticos que una solución para ellos. Sin embargo, en los últimos meses ha sido el actor que más ha trabajado para poner fin a la guerra entre Estados Unidos e Irán. No es el único mediador inesperado … que ha intervenido en conflictos recientes: solo en los últimos cinco años, Turquía ha mediado entre Rusia y Ucrania, Etiopía y Somalia, y Pakistán y Afganistán; China también está intentando reconciliar a Afganistán y Pakistán; y Catar ha hecho las veces de intermediario entre Hamás e Israel y entre Estados Unidos y los talibanes, además de haber desempeñado un papel en el acuerdo entre Estados Unidos e Irán.
En todo el mundo, la mediación para la paz por parte de regímenes autocráticos se está convirtiendo en la norma. En 2025, China, Catar, Arabia Saudí, Turquía y Emiratos Árabes Unidos, tanto de manera individual como conjunta, participaron como mediadores en al menos 20 de los 53 procesos de paz registrados en todo el mundo, según la Escuela de Cultura de Paz de la Universidad Autónoma de Barcelona. Al mismo tiempo, los mediadores tradicionales de la posguerra —las Naciones Unidas y democracias alejadas del campo de batalla, como Noruega, Suecia y Suiza— participan menos o de forma menos destacada (véase el gráfico 1). Este cambio no significa que se estén alcanzando más o menos acuerdos que antes. Al igual que sus homólogos democráticos, los autócratas suelen salir con las manos vacías la mayoría de las veces. Sin embargo, los acuerdos que logran alcanzar son diferentes, tanto en la forma como en el fondo.

En primer lugar, valoremos los incentivos. A los autócratas les atrae la mediación, al menos, por tres razones. El prestigio y la posición en el ámbito nacional son una de ellas. La cúpula militar pakistaní ha aprovechado su participación en las negociaciones entre Estados Unidos e Irán para presentar a Pakistán como un aliado indispensable. El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, ha utilizado el éxito de sus mediaciones en el extranjero para reforzar el apoyo en su país y presentarse como abanderado del sur global.

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Otra de las razones para implicarse es apaciguar a los países vecinos. Este siglo, Turquía ha tenido que hacer frente a crisis de refugiados, interrupciones en el suministro energético, recesiones económicas e incidentes terroristas como consecuencia de múltiples guerras en sus fronteras. «Turquía no puede alcanzar la seguridad ni la prosperidad plenas a menos que se estabilice nuestra región», afirma Timur Soylemez, exjefe de mediación internacional del ministerio de asuntos exteriores turco, y añade: «gestionar estos conflictos y evitar que estallen es una estrategia mucho más rentable».

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Los objetivos comerciales o geopolíticos constituyen un tercer factor. China ha mediado en la guerra civil de Myanmar principalmente para salvaguardar sus inversiones. Turquía también ha recurrido a la mediación para proteger sus intereses económicos en lugares como Irak o Libia, y para buscar otros nuevos, como en Somalia. La abrumadora dependencia de Pakistán de las importaciones energéticas del Golfo ayuda a explicar su papel destacado en Irán, al igual que su deseo de ganarse el favor de Estados Unidos, cuyos lazos con el archienemigo de Pakistán, la India, se han estrechado en los últimos años.
Los nuevos mediadores cuentan con ciertas ventajas frente a la vieja guardia: según Pinar Tank, investigadora del Instituto de Investigación para la Paz de Oslo, Turquía aprovecha su identidad islámica para posicionarse como un interlocutor más fiable ante los países musulmanes que las potencias occidentales; y Catar está dispuesto a dialogar con Hamás, Irán y los talibanes, grupos con los que muchos gobiernos occidentales no quieren hablar directamente —o con los que los regímenes de sanciones y las consideraciones políticas pueden complicar las negociaciones directas—.
Los acuerdos resultantes también son diferentes. Cuando las potencias democráticas occidentales negociaban pactos en el pasado, solían hacer hincapié sobre todo en cuestiones como los derechos humanos, el reparto del poder y las reformas democráticas, afirma Allard Duursma, investigador de la ETH de Zúrich. Las autocracias han sustituido ese modelo liberal por un enfoque centrado en la estabilidad, las oportunidades empresariales y el comercio.

El papel de la ONU

Uno de los signos más visibles —y quizás uno de los aceleradores— de esta transformación es la menguante influencia de la ONU: la proporción de conflictos en los que ha ejercido labores de mediación se ha mantenido estable durante la última década, pero, su influencia, atendiendo al número de casos en los que ha liderado la mediación, está cayendo rápidamente. La última vez que la ONU desempeñó un papel destacado fue en 2022, cuando participó en la negociación de un acuerdo destinado a permitir las exportaciones de cereales ucranianos a través del mar Negro.
Desde hace tiempo, algunos países —en particular, Estados Unidos, Rusia e Israel— pasan por alto a la ONU y siguen vías de mediación independientes cuando están en juego sus intereses, como ocurre ahora en las guerras de Gaza, Irán, Líbano y Ucrania. Sin embargo, la ONU también ha adquirido la costumbre de marginarse a sí misma. Su secretario general, António Guterres, no nombró a un enviado especial para Irán hasta el 25 de marzo, cuando la guerra ya llevaba casi un mes en pleno apogeo y los diplomáticos de la región llevaban semanas inmersos en una intensa actividad telefónica.
Dado que los dirigentes de la ONU temen gastar su limitado capital político en conflictos que aparentemente no tienen salida, a menudo ni siquiera intentan mediar, reconoce un alto funcionario de la organización. «Estamos pasando por un momento bastante bajo, sobre todo debido a un exceso de cautela durante la última década», se lamenta. «No pasa nada por fracasar, pero intentar lograr una solución es mucho más importante».

Estados Unidos es el único mediador convencional que sigue tan activo como antes

La ONU también dispone de una menor capacidad para preservar la paz: el número de cascos azules desplegados sobre el terreno se ha desplomado, pasando de los 107 000 de 2016 a los 47 000 actuales, mientras que las operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU también han disminuido durante el mismo periodo, de 16 a 11 (véase el gráfico 2). Este tipo de misiones se están convirtiendo en cosa del pasado. La última vez que la ONU creó una, para una guerra civil en la República Centroafricana, fue en 2014. Tampoco ayuda que se haya recortado la financiación destinada a estas operaciones, a instancias de Estados Unidos.
Estados Unidos es el único mediador convencional que sigue tan activo como antes, interviniendo en conflictos que van desde Camboya hasta Siria. Donald Trump suele afirmar, con su hipérbole habitual, que en los primeros ocho meses de su segundo mandato puso fin a ocho guerras. Sin embargo, su estilo transaccional de establecimiento de la paz se asemeja mucho más al de los intermediarios autocráticos que al de sus predecesores, lo que contribuye a desmantelar el antiguo modelo de mediación. A menudo, exige ventajas comerciales para Estados Unidos, como concesiones mineras, pero sin mostrar ningún interés por los derechos humanos, la democracia o el Estado de derecho.
El resultado es una forma diferente de establecer la paz. Para empezar, los recién llegados se han hecho cargo con regularidad de la mediación y han dejado de lado a otros en guerras en las que participan o apoyan firmemente a una de las partes, según observaron Sara Hellmüller y Bilal Salaymeh en un artículo publicado el pasado año: Arabia Saudí ha eludido en gran medida a la ONU en Yemen; Irán, Rusia y Turquía negociaron varios altos el fuego durante la larga guerra civil de Siria, sin ninguna participación externa, para evitar entrometerse en las respectivas zonas de influencia de cada uno; Turquía ha descartado la mediación de la ONU en sus conversaciones de paz con los insurgentes kurdos; y, en Myanmar, China alterna entre apoyar a los rebeldes y coaccionarlos para que acepten altos el fuego, aumentando así su propia influencia.

Tenemos formas de hacer que habléis

Por muy cínico que pueda parecer todo esto, la diplomacia coercitiva no carece de ventajas —tampoco es algo nuevo; en Bosnia, por ejemplo, una campaña de bombardeos de la OTAN allanó el camino para el Acuerdo de Dayton de 1995—. Diversos estudios han demostrado que este tipo de mediación puede ayudar a lograr altos el fuego más rápidamente que la basada en principios. En algunos casos, la única parte verdaderamente interesada en alcanzar la paz es un régimen autocrático con intereses económicos o geopolíticos en juego. China, por ejemplo, ha sido un mediador enérgico en el conflicto entre Afganistán y Pakistán: en marzo, el ministerio de asuntos exteriores chino instó a la moderación tras el bombardeo pakistaní de un hospital en Kabul para después obligar a ambas partes a asistir a unas conversaciones de paz en China en abril. También ha intentado utilizar su influencia económica para forzarlas a hacer concesiones, aunque hasta ahora sin resultados.
La escuela de la diplomacia pragmática y de obligar a las partes a entrar en razón ha logrado algunos éxitos notables. El temor a incomodar a Trump parece haber contribuido a alcanzar altos el fuego en los conflictos entre Armenia y Azerbaiyán, Camboya y Tailandia, y el Congo y Ruanda. Aunque la India se mostró consternada por la intervención de Trump, este también parece haber ayudado a sofocar un recrudecimiento de las hostilidades entre la India y Pakistán el pasado año.
El problema es que toda esa preocupación por la justicia y los derechos humanos, de la que los autócratas y Trump han prescindido en gran medida, puede que, en realidad, haya contribuido a que los altos el fuego sean más largos. Los acuerdos de paz duraderos siempre han sido escasos y cada vez lo son más: según Duursma, entre 1989 y 2013, el porcentaje de negociaciones que concluyeron en acuerdos definitivos —en contraposición a altos el fuego u otras medidas provisionales— se situó en el 3,9 %; entre 2014 y 2023, esa cifra descendió al 2,1 %.
Los acuerdos a medias están sustituyendo al trabajo más largo y tedioso de consolidación de la paz. «La era de estos grandes acuerdos de paz parece haber llegado a su fin», afirma Duursma. En otras palabras, es posible que pronto se vuelvan a necesitar los servicios de Pakistán.