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Abdul el Sayed se convierte en el primer senador musulmán de la historia de EE.UU.

La de este martes fue una noche de muchos primeros. El primer candidato abiertamente gay que gana un escaño al Senado: el demócrata Chris Pappas, de New Hampshire. La primera mujer negra que logra el cargo de gobernadora: la demócrata Keisha Lance Bottoms, en … Georgia. O el primer demócrata que gana al Senado por Kansas desde 1932: el pastor metodista Adam Hamilton.
Pero ningún primero había despertado tanta atención como Abdul el Sayed, el candidato demócrata al Senado por Míchigan: tras una campaña feroz contra el republicano Mike Rogers, El Sayed se convirtió en el primer senador musulmán de la historia de EE.UU.

El Sayed era visto como uno de los talones de Aquiles de los demócratas en estas ‘midterms’ cuando ganó las primarias del partido el pasado verano frente a Haley Stevens, la candidata ‘del establishment’. Era un candidato joven, izquierdista y musulmán, y que no dio ni un paso atrás en su posición dura contra el apoyo de EE.UU. al Gobierno de Benjamin Netanyahu en Israel; un perfil que podría incomodar a los sectores moderados del partido.

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El Sayed podía poner en riesgo el escaño demócrata al Senado por Míchigan, un estado donde las fuerzas entre los partidos suelen estar parejas, pero que en esta campaña contaba con el viento a favor de la impopularidad de Donald Trump. Pero también era visto por algunos como un lastre para los demócratas en el resto del país: era el objetivo perfecto para que Trump y sus aliados vincularan a los demócratas con el extremismo. El presidente le calificó de «yihadista» y Rogers le acusó de tener vínculos con Al Qaeda, Hamás o los Hermanos Musulmanes.
Ni eso, ni la oposición de un sector de los demócratas judías, ni la deserción de última hora de Stevens han acabado por evitar la victoria de El Sayed. Durante toda la campaña, se centró con disciplina en el mensaje económico -«sacar el dinero de la política, meter el dinero en tu bolsillo, sanidad pública para todos»- e insistió en que su nombre, su apariencia y su religión son la «distracción» que usan los republicanos para evitar hablar de lo que importa.

Peso político

Pero su nombre, su apariencia y su religión también tenían peso político. Míchigan es el más árabe de los estados del país, con cerca de un 3% de la población. Muchos de esos votantes -y, con ellos, algunos sectores izquierdistas- no apoyaron a los demócratas en 2024 por su apoyo a Israel en la guerra de Gaza. Ahora se han volcado en masa con El Sayed.

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«A todos los padres que han sufrido para explicar a sus hijos por qué el presidente se ríe abiertamente del nombre o de la religión de otro persona, decidles mañana que el malo perdió», dijo El Sayed en su discurso de celebración de la victoria en una sala de eventos del centro de Detroit.
«Para nosotros significa mucho tener esta representación en el Senado», aseguraba a este periódico Tom Arafat, un votante demócrata de origen palestino, como tantos otros en los suburbios de la principal ciudad de Míchigan. «Pero también es un mensaje para otras minorías en todo EE.UU., de que estamos juntos, de que estamos unidos, de que podemos dejar de lado la división, el racismo, la islamofobia, la xenofobia o el antisemitismo».
«Al final, su religión da igual», agregaba Brittney, también musulmana. «Porque él va a seguir la constitución. La pena es que se utilice su religión como arma de ataque».
Con su victoria, El Sayed se consolida como una de las estrellas ascendentes en el Partido Demócrata. Su presencia en el Congreso agitará las tensiones en su bancada sobre uno de los asuntos que ha dividido al partido: el apoyo a Israel. Su triunfo también será utilizado para definir la carrera que ahora se abre de cara a las presidenciales de 2028: su facción defenderá que si un izquierdista musulmán ha podido ganar en Míchigan, ese es el camino que debe seguir el partido en el resto del país.

Las elecciones de medio mandato en EE.UU. rompen barreras: victorias históricas para mujeres, comunidad LGTBI y minorías raciales

La … primera gobernador negra, el primer senador abiertamente gay y la primera gobernadora indígena han sido algunos de los resultados de las elecciones que dieron una victoria histórica para los demócratas.

En Georgia, la demócrata Keisha Lance Bottoms se convertirá en la primera gobernador negra en toda la historia de Estados Unidos. A este hecho también se le une Byron Donalds, el primer jefe de gobierno negro en Florida. La exalcaldesa de Atlanta derrotó al multimillonario ejecutivo de la salud, Rick Jackson, una victoria que devuelve este estado a los demócratas después de más de dos décadas de control republicano.

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Por otro lado, el representante demócrata Chris Pappas será el primer hombre abiertamente gay en el Senado tras ganar la elección en New Hampshire. Pappas fue electo a la Cámara de Representantes en 2018. «Nadie debería ser discriminado por ser quién es o por a quién ama», escribió en su portal En Nuevo México, la demócrata Deb Haaland venció al republicano Gregg Hull y conquistó la gobernación, la primera mujer indígena estadounidense en alcanzar un ejecutivo regional.
Integrante de la tribu laguna pueblo, fungió como la Secretaria del Interior en la administración del expresidente Joe Biden, en donde también marcó el hito de ser la primera indígena estadounidense en ocupar un cargo de secretaria en el gabinete de Estados Unidos. En Míchigan, Abdul El-Sayed se convertirá en el primer senador musulmán. El exadministrador médico atrajo a muchos electores durante la campaña, incluso en áreas conservadoras, con promesas por una salud médica gratuita.
La ola de rechazo a Trump en estas elecciones de medio mandato también incluyó otros hitos en Texas y en California. Gina Hinojosa desbancó al republicano Greg Abbott, quien buscaba la reelección, y será la primera mujer latina en gobernar el estado fronterizo. Mientras que en California, Xavier Becerra fue el primer latino en ganar la gobernación del estado de la costa oeste después de dejar en el camino al republicano Steve Hilton.

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De cara al futuro, si el actual líder de la minoría en la Cámara de Representantes, Hakeem Jeffries, gana la presidencia de la Cámara como se espera en el nuevo Congreso, se convertiría en el primer presidente afroamericano de este cuerpo legislativo en la historia de Estados Unidos. «Esta fue una elección histórica en la que la gente decidió creer en sí misma y aferrarse de verdad a la esperanza que representa la promesa de este país, rechazando cualquier intento de acallar sus voces», dijo Shiebler.

Trump sigue la jornada electoral desde la sala de la Casa Blanca donde no reconoció su derrota en 2020

Donald Trump es supersticioso y, aun así, vuelve esta noche al escenario de una de sus madrugadas más amargas. A partir de las siete de la tarde (una de la madrugada, hora peninsular española), recibirá en el Salón Este de la Casa Blanca a … invitados de todo el país para seguir los resultados electorales. El presidente aún confía en desafiar los pronósticos, dar un vuelco a las encuestas y que la fortuna vuelva a sonreírle. Pero fue en ese mismo espacio donde, en la madrugada posterior a las elecciones de 2020, con el resultado aún por decidir y Joe Biden todavía en condiciones de ganar, se proclamó vencedor, pidió detener el recuento y lanzó una ofensiva para presentar como fraude la derrota que acabarían confirmando las urnas.
Es el final de una maratón: siete mítines en seis días, unos 13.400 kilómetros entre destinos y una última jornada con nueve intervenciones telefónicas previstas para reuniones virtuales. A sus 80 años, Trump ha echado el resto. Después de los actos del domingo en Iowa y Kansas, entró en la Casa Blanca a la 01:55 de la madrugada del lunes (07:55 de la mañana, hora peninsular española del lunes). Apenas unas horas después volvía a la carga, decidido a exprimir hasta la última oportunidad de movilizar a los suyos. Ha estado en Alaska, ha estado en Florida, ha volado a California y a Ohio. Es el ritmo de una campaña presidencial.

El presidente ya había votado anticipadamente el sábado 24 de octubre en una biblioteca de West Palm Beach, Florida, donde está ahora su residencia permanente. Entonces aseguró haber optado por todos los candidatos republicanos. Lo hizo en persona, pese a haber reclamado anteriormente que se limitara también el voto anticipado por sus denuncias de fraude. Y, con su papeleta ya depositada, siguió recorriendo el país para pedir el voto de los demás: esa misma jornada tenía un mitin en Georgia, para ver si conseguía impulsar a unos candidatos republicanos desanimados ante las encuestas.

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David Alandete

En este largo periplo electoral, en que ha pedido a los estadounidenses que voten como si él estuviera en las papeletas, Trump ha perdido la paciencia. Le molesta un foco, le incomoda una pregunta indiscreta y le irrita que le digan que parece cansado. El 21 de octubre, de regreso de un mitin en Carolina del Sur, interrumpió una conversación con los periodistas en la base de Andrews para quejarse de la iluminación: «¿Por qué no me quitas esa luz de la cara?». La reportera se disculpó y las preguntas continuaron.
Ocho días después, una pregunta de un periodista de Reuters sobre cómo llevaba tantas semanas de viajes provocó una reacción mucho más áspera. «Estás enfermo por hacer esa pregunta», le espetó al reportero. Después se revolvió contra su aspecto físico: «Mirad a este tipo. Está completamente fuera de forma». El presidente acababa de anunciar que sustituiría su visita a Kansas por una intervención telefónica, aunque finalmente recuperó el mitin. Preguntarle por el desgaste de la campaña bastó para desatar ese ataque personal.
El esfuerzo, sin embargo, lo había reconocido él mismo. En un mitin en Misisipi, con la voz ronca, se quejó de que Dios no había hecho las cuerdas vocales para dar un discurso diario. A sus 80 años, reivindica una resistencia inagotable, pero recibe con creciente irritación las preguntas sobre sus límites. Está más lento, se le ven los tobillos más hinchados, las manos con más moratones por la aspirina que toma para prevenir problemas cardiovasculares. Aun así, ha mantenido un ritmo frenético hasta el último momento, sabedor de lo mucho que se juega.

Trump se juega la pérdida de autoridad

Y lo que se juega Trump este martes es el margen de poder con el que gobernará los dos últimos años de su mandato. Si los demócratas conquistan la Cámara de Representantes, podrán bloquear su agenda legislativa, investigar a su Gobierno y obligar a sus altos cargos a comparecer. Si también recuperan el Senado, tendrán capacidad para frenar sus nombramientos. Para un presidente que ha convertido estas elecciones en un plebiscito sobre su persona, una derrota supondría además una pérdida de autoridad dentro de su partido justo cuando empiece a abrirse la batalla por sucederlo.
Por si acaso, el presidente se guarda un recurso conocido: denunciar fraude cuando el resultado le es adverso. Lo ensayó ya en la primera (caucus) de Iowa de 2016, cuando perdió frente a Ted Cruz, lo acusó de haberle robado la victoria y pidió repetir la votación o anular el triunfo de su rival. Aquella derrota no se revirtió, pero Trump acabó conquistando la candidatura republicana.
Esta vez, además, su Gobierno ha anunciado el despliegue de cerca de mil supervisores y observadores electorales. Lo excepcional no es su presencia, ya que el Departamento de Justicia envía observadores desde 1965, sino que por primera vez abarcará todos los 50 estados. Su misión oficial es vigilar el cumplimiento de las leyes federales que protegen el voto; el despliegue, por sí mismo, no demuestra que exista fraude. Pero la imagen es la de darle argumentos a un presidente en apuros para poder volver a sus viejas denuncias de que le han robado lo que es suyo.

De Wever, el independentista flamenco que se transformó en el mayor defensor de Bélgica

El actual primer ministro de Bélgica, Bart de Wever, es en realidad el dirigente de un partido cuyo principal objetivo es la independencia de la región flamenca y la desaparición del país. Y, sin embargo, hasta ahora ha demostrado ser uno de los jefes … de Gobierno más sólidos en la defensa de los intereses comunes de todos los belgas. No se sabe si se trata de una conversión real o solamente temporal, pero nadie le puede acusar en estos momentos de ser un mal primer ministro, comprometido sinceramente con las reformas más urgentes que nadie se había atrevido a afrontar.
Su última operación, presentar su dimisión porque sus socios de coalición no tienen valor para apoyar su plan de recortes de 10.000 millones de euros, demuestra que no es un dirigente corriente dispuesto a renunciar a los objetivos que cree necesarios.

De Wever nació en 1970 en Mortsel, en la provincia de Amberes, en una familia vinculada al movimiento nacionalista flamenco. Desde su etapa en la universidad, donde estudió historia, ha estado vinculado a la política e interesado en la separación de la región de Flandes, que cuenta con aproximadamente el 60% de los habitantes del país, y de Valonia, donde se habla francés.

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Enrique Serbeto | Corresponsal en Bruselas

Aparte de la cuestión lingüística, la tesis de que los valones, que históricamente han votado al socialismo, se dedican a aprovecharse de los subsidios del Estado, ha sido muchas veces la gasolina del independentismo flamenco contemporáneo. Primero lo abanderó el sector más radical, racista y totalitario, el Vlaams Block, que acabó siendo ilegalizado y tuvo que cambiar su denominación. Pero, a comienzos de siglo, De Wever participó en la creación de la Nueva Alianza Flamenca (N-VA) y lo convirtió en un partido moderno y políticamente presentable, basado en el principio de la separación de Flandes, el conservadurismo cultural (De Wever ha acabado por escribir un libro contra el ‘wokismo’), el liberalismo económico, la disciplina presupuestaria y una política migratoria más restrictiva y condicionada a la integración.
Con ese programa se convirtió en la primera fuerza política en Flandes. En las elecciones de 2010, también fue el partido más votado de toda Bélgica, a pesar de que solo se pueden presentar en su propia región. De Wever llegó a la política de Bruselas defendiendo abiertamente la desaparición paulatina del poder federal y la monarquía, para lograr la escisión de la región. Y, por ello, a partir de entonces la política belga se centró en la búsqueda de mayorías que excluían sistemáticamente a la N-VA, lo que lo hizo aún más popular.
En 2024, su alianza volvió a ser la fuerza más votada en Bélgica, con aproximadamente el 16,7 % de los votos nacionales, seguido de los más radicales herederos del Vaams Block y también independentistas flamencos. Entre las dos fuerzas sumaban el 40% de los votos de todo el país y, si hubieran querido lanzar una operación rupturista, habría sido muy difícil detenerla. De Weber era entonces el popular alcalde de Amberes, la segunda ciudad del país y uno de los principales puertos de Europa.

Abandono de las ideas independentistas

Sin embargo, como partido más votado aceptó el encargo del rey Felipe para formar Gobierno y, para ello, anunció públicamente que aparcaba todo su equipaje independentista. Tras más de siete meses de negociaciones logró formar una coalición de cinco partidos, con el objetivo de someter a todo el país a la política económica y a las reformas que habría querido impulsar en una Flandes separada del resto. La única exclusión (que por otro lado es mutua) ha sido cooperar con los socialistas valones, a los que acusa de haber saqueado los recursos del país en ayudas sociales desproporcionadas.
El 3 de febrero de 2025 tomó posesión como primer ministro un dirigente nacionalista flamenco. El Parlamento le dió el mando del país a alguien que, hasta entonces, se había propuesto destruirlo. Desde ese momento, ha abandonado cualquier mención a lo que en Bélgica se denomina eufemísticamente «la reforma institucional del Estado» y se ha centrado en poner las cuentas en orden con el objetivo de reducir el déficit galopante (más del 5%) para evitar la bancarrota de unas cuentas públicas excesivamente endeudadas. Toda su actividad se ha dedicado a garantizar la supervivencia del país.

Amistad con el monarca

En las discusiones en el Consejo Europeo sobre el uso posible de los activos confiscados a Rusia y que están físicamente depositados en territorio belga, fue capaz de aguantar las presiones de los demás aliados y defender con uñas y dientes que si algo salía mal sería Bélgica el país que sufriría las consecuencias.
Los analistas belgas han descubierto incluso que este nacionalista conservador ha desarrollado estos años una amistad con el monarca, al que ha pedido varias veces que le ayudase a superar bloqueos políticos. Las primeras fotos del independentista entrando en el Palacio de Laeken se observaban como una rareza, pero ahora De Wever es visto con cierta frecuencia en conversaciones con el Rey.
La cuestión ahora es saber qué sucederá con el movimiento flamenco cuando De Wever deje definitivamente el cargo de jefe de Gobierno. Él no ha querido dimitir como alcalde de Amberes, sino que está en una especie de excedencia porque el cargo no es compatible con el de primer ministro. Eso indicaría que tiene intención de volver a la política regional, pero no está claro que todos sus votantes hayan sufrido la misma transformación que él en su relación sentimental con el Reino de Bélgica. O puede que sí, que este periodo haya servido para suavizar las proclamas independentistas flamencas.

Tsunami demócrata en las 'midterms': EE.UU. dice no a Trump

«Haced como si yo estuviera en las papeletas». Ese fue el mensaje que Donald Trump lanzó a EE.UU. sobre las decisivas elecciones legislativas de este martes. Y la respuesta de los votantes a esta invitación al referéndum ha sido contundente e histórica: pese … a que el recuento sigue abierto en muchas de las elecciones clave, EE.UU. ha dicho no a su presidente.
Las encuestas apuntaban a una ‘marea azul’, pero el recuento puede parecerse más a un tsunami. Los republicanos arrancaron la noche electoral con mayoría en las dos cámaras del Congreso. Poco después de comenzar el recuento, se confirmó la derrota en la Cámara de Representantes, que se renovaba en su totalidad. Pero lo más decisivo era el Senado, donde los republicanos contaban con mucha ventaja: se renovaba solo un tercio y los estados afectados favorecían a los conservadores. Los demócratas, sin embargo, lograron unos resultados descomunales, con victorias en bastiones republicanos de todo tipo, desde Texas a Carolina del Sur, pasando por la América rural. El Senado también estará en manos demócratas y solo falta por saber cómo será su mayoría. Fue la noche más amarga, llena de derrotas dolorosas, para Trump y los republicanos.

El castigo de EE.UU. a Trump y los republicanos es monumental y abre un nuevo periodo político para EE.UU.: un presidente cuya influencia para imponer su ley sobre el Partido Republicano quedará deteriorada; y un Partido Demócrata cuyas facciones –izquierdista y moderada– se pelearán para apuntarse el tanto de esta victoria asombrosa.

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Desde la Casa Blanca

David Alandete

El presidente llegaba a la cita electoral con su popularidad por los suelos, entre encuestas que solo le daban la aprobación de un 30% de los estadounidenses. El multimillonario neoyorquino recuperó en 2024 las llaves de la Casa Blanca en buena parte por el sufrimiento económico durante la presidencia de Joe Biden, con la inflación disparada. Dos años después, la economía es la principal preocupación para los estadounidenses y las urnas han dejado claro que achacan los problemas al presidente. Dos guerras –la de Irán y la arancelaria– que llevan la firma de Trump han impactado de forma directa en el bolsillo de los estadounidenses, que cada día se acuerdan del presidente cuando llenan el depósito de gasolina. Y esto ha puesto de acuerdo a votantes de todos los colores políticos.
Pocas cosas simbolizan el rechazo a Trump como lo ocurrido en Carolina del Sur, una plaza fuerte del presidente y de sus aliados republicanos. Los demócratas han ganado aquí la elección del escaño al Senado de forma inesperada. Lo han hecho dando la espalda a una candidata, Darline Graham, elegida a dedo por Trump. Graham es la hermana de Lindsey Graham, el senador republicano que falleció el pasado verano. Contra la voluntad de muchos republicanos del estado, el multimillonario impuso a su candidata. La respuesta de Carolina del Sur ha sido contundente.
Algo similar ocurrió en un estado con todavía más simbolismo político: los demócratas lograron, por fin, ganar en Texas. Imponerse en el estado sureño ha sido un sueño inalcanzable durante décadas allí para el Partido Demócrata. Lo hicieron, de forma increíble e histórica, por partida doble: se llevaron tanto el escaño al Senado, que no logran desde 1988, como el de gobernador. James Talarico, el candidato demócrata del que Trump se ha mofado en la campaña, se impuso a Ken Paxton, actual fiscal general, el candidato que Trump impuso en primarias.

Derrota republicana

En la carrera por el puesto de gobernador, todavía más historia: al frente del estado estará una mujer hispana, Gina Hinojosa, una candidata que no contaba para nadie hace meses.
Los resultados en Texas son también una bofetada para el gran financiador del Partido Republicano, que ha invertido casi 500 millones de dólares en las ‘midterms’, la mayor parte de ellos en este estado.
Pero el castigo a Trump ha venido por todos los costados. También se ha confirmado la derrota republicana en Ohio, que ha sido un bastión del trumpismo desde 2016. Allí, al igual que en Texas, doblete demócrata a senador –Sherrod Brown– y a gobernador, Amy Acton, que se impuso al polémico Vivek Ramaswamy, excandidato republicano a la presidencia.
La debacle republicana llegó hasta Kansas, un estado que no había elegido a un senador demócrata en casi un siglo, desde 1932. Lo logró Adam Hamilton, un pastor metodista moderado, impulsado por el descontento en la América rural con el precio del diésel. Y lo mismo ocurrió en otro de los estados rurales por antonomasia, Iowa, donde los demócratas hicieron doblete: se llevaron el escaño en el Senado y el puesto de gobernador.
El efecto negativo de Trump le costó el escaño incluso a los republicanos que han sido críticos con él. Fue el caso de Susan Collins, la veterana senadora por Maine, tres décadas en la Cámara Alta a sus espaldas, y una de las escasas voces republicanas con algo de indpendencia frente al presidente: el tsunami también se la llevó por delante y perdió su escaño ante el demócrata Troy Jackson.
Una de las carreras que más atención había despertado se hacía esperar: Míchigan, donde el candidato demócrata Abdul el Sayed buscaba convertirse en el primer senador musulmán de la historia. Pasada la medianoche en Detroit (seis de la mañana del miércoles en España), solo se había llegado a la mitad del escrutinio y el recuento iba muy igualado entre El Sayed y su rival republicano, Mike Rogers.

El rechazo a Trump une a EE.UU.

Fue una noche histórica que también cambia la tónica en EE.UU. Buena parte de la primera potencia mundial, en una era de gran polarización, se ha puesto de acuerdo en algo: mirar a Trump e inclinar el pulgar hacia abajo. Y lo hace después de una victoria contundente del multimillonario neoyorquino en 2024, que recibió un mandato claro del electorado para arreglar la economía y lo perdió con tiros al pie: los excesos de la mano dura migratoria que arruinaron el apoyo que ganó entre los hispanos; la guerra arancelaria, que no ha traído la lluvia de millones que prometió; los abusos del cargo de presidente, que incomodan hasta a los republicanos moderados; su enriquecimiento personal y el de su familia aprovechando la presidencia; y, sobre todo, la guerra de Irán y su impacto económico, que ha dejado frustrados hasta a sus propios votantes.
No se puede decir que Trump no trató de dar la vuelta a la situación. En las últimas semanas, recorrió todo el país en decenas de mítines, también en esos estados donde los republicanos nunca sufrían, hasta ahora. Y repitiendo aquello de que pensaran que él estaba en las papeletas.
Para su desgracia, muchos estadounidense han pensado en eso y han votado contra él. Es una derrota abultada, que recuerda a la de Barack Obama en 2010, un año después de su histórica victoria presidencial, cuando los demócratas perdieron 63 escaños en la Cámara Baja.
Pero, de inmediato, Trump trató de distanciarse de los resultados. «Yo no estaba en las papeletas. Si hubiera estado, ¡habríamos ganado por mucho!», aseguró en un mensaje en redes sociales.
Pero la realidad es la contraria: el resultado de las urnas es un veredicto cristalino contra su presidencia. Y anticipa dos años muy complicados para el multimillonario neoyorquino: con su capital político hecho añicos y con un Congreso dominado por los republicanos que van a torpedear los dos años que le quedan en la Casa Blanca con investigaciones.
«América ha vuelto», celebró el demócrata Hakeem Jeffries, que será a partir de enero el presidente de la Cámara de Representantes.

Trump sufre su peor humillación electoral pero culpa a los candidatos republicanos

Era noche cerrada, y las luces seguían encendidas en la residencia de la Casa Blanca cuando Donald Trump comenzó a recibir las noticias seguras de una derrota total que amenazaba con arruinar los dos últimos años de su presidencia. El presidente había pasado del … Despacho Oval a sus dependencias privadas para seguir el escrutinio con sus familiares y colaboradores más estrechos. No había convocado a la prensa ni preparado una comparecencia. Conforme avanzaba la noche y se sucedían las victorias demócratas, quedaba claro que no iba a aparecer ante las cámaras. Aquello no era ni de lejos una fiesta. El ambiente en el complejo presidencial era de honda preocupación. Los mensajes que llegaban de todo el país confirmaban una derrota de proporciones mucho mayores de las previstas.
Los resultados confirmaron al filo de la medianoche los peores temores de la Casa Blanca. Los demócratas recuperaron la Cámara de Representantes y el Senado, un vuelco que no se producía desde hacía veinte años. Pero lo más doloroso para Trump era que buena parte de las derrotas llevaban su firma. En Texas, James Talarico derrotó al fiscal general Ken Paxton, por quien el presidente había apostado personalmente. En Ohio cayó Vivek Ramaswamy, uno de sus aliados más estrechos, derrotado por la demócrata Amy Acton.

Y en Carolina del Sur, Annie Andrews se impuso a Darline Graham, otra candidata elegida y respaldada por Trump, y consiguió un escaño que los demócratas no ganaban desde 1998. Roy Cooper venció en Carolina del Norte y, en Kansas, los demócratas conquistaron un escaño del Senado por primera vez desde 1932. No era una derrota que Trump pudiera atribuir únicamente a candidatos desconocidos o campañas mal organizadas. Había intervenido directamente en aquellas elecciones, había elegido a sus favoritos y había pedido el voto para ellos. Eran sus apuestas, sus candidatos y, en buena medida, sus derrotas.

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El presidente no estaba dispuesto a asumir una derrota. No compareció ante la prensa, no hubo celebración en la Casa Blanca ni discurso para reconocer la magnitud del revés. Pero su reacción llegó a través de su red, Truth Social, donde escribió: «Yo no estaba en la papeleta y, si hubiera estado, habríamos ganado por una mayoría aplastante. Gracias por su atención a este asunto».
Era una explicación que chocaba frontalmente con lo que había pedido durante la campaña, cuando instó a los estadounidenses a votar como si su nombre figurara en las papeletas. Trump había querido convertir estas elecciones en un plebiscito sobre su liderazgo, pero, una vez conocidos los resultados, trataba de desvincularse de ellos. Para el presidente, la derrota no demostraba que hubiera perdido apoyo, sino que sus candidatos no habían sido capaces de movilizar a los votantes como él habría hecho. La culpa era de los demás.

Era un mapa difícil de imaginar apenas unos meses antes. Trump había ganado Texas por casi 14 puntos en 2024 y Carolina del Sur por cerca de 18. Ahora los demócratas se imponían en ambos estados. No se trataba únicamente de perder distritos disputados o de sufrir el desgaste habitual de unas elecciones de mitad de mandato. El voto de castigo había alcanzado territorios que los republicanos consideraban seguros.

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La derrota de Ohio tenía también un componente personal. Ramaswamy, un multimillonario de padres indios, había sido uno de los rostros más conocidos del movimiento que acompañó a Trump en 2024 y su campaña contra Amy Acton había estado marcada por una polémica muy desagradable. Un anuncio republicano utilizó a la madre de la candidata demócrata, de la que llevaba décadas distanciada, para atacarla públicamente. La mujer acusaba a su hija de mentir y pedía que no la votaran, pese a los antecedentes de abusos sexuales que Acton había sufrido durante su infancia a manos de su padrastro. El anuncio provocó críticas incluso entre republicanos. Finalmente, Acton se convirtió en la primera gobernadora demócrata de Ohio desde 2011.

Primer senador demócrata en Texas desde 1988

 
En Texas, la victoria de Talarico tenía una importancia todavía mayor. Los demócratas no conseguían elegir a un senador por ese estado desde 1988. Paxton, fiscal general y candidato respaldado por Trump, había llegado a las elecciones debilitado por una larga sucesión de controversias judiciales y personales. Ni siquiera la intervención del presidente y del vicepresidente JD Vance en la campaña consiguió evitar su derrota. Esa victoria de Talarico suponía un cambio histórico en uno de los grandes bastiones del Partido Republicano.
Entre los primeros destinatarios de los duros reproches de Trump estuvo Greg Abbott, gobernador perdedor de Texas y uno de los republicanos que con mayor fidelidad han seguido al presidente. Abbott había respaldado sus políticas migratorias, colaborado estrechamente con la Casa Blanca y convertido Texas en uno de los principales escenarios de toda su agenda política. Pero según denunció Trump en redes, en los «seis últimos meses de su vida política se convirtió en un republicano solo en nombre». Se acabó la unidad, los cuchillos para ajustar cuentas estaban ya fuera.
La recuperación de la Cámara de Representantes deja a los demócratas en condiciones de controlar las comisiones parlamentarios, reclamar documentos y convocar investigaciones sobre la Administración y sobre la familia del presidente. Y en el Senado pueden imposibilitar los nombramientos y las iniciativas legislativas del presidente. Sólo le salva que una inhabilitación sólo se consigue con dos tercios del Senado, algo que los demócratas no tienen. Él por si acaso amenazó con vetos presidenciales en otro mensaje en su red social.

Trump sí había querido que estas elecciones fueran un referéndum sobre su gestión. Durante la campaña se recorrió todo Estados Unidos, dio de media un mitin por día en un mes desde Alaska hasta Florida. Dos años después de su regreso triunfal a la Casa Blanca, el presidente pretendía demostrar que conservaba intacta su capacidad de movilización y que los estadounidenses seguían respaldando su programa político.

Coste de la vida

Sin embargo, la campaña había terminado girando alrededor de cuestiones muy distintas de las que el presidente quería plantear. Trump hablaba de una nueva edad de oro, de inversiones extraordinarias, de una economía en expansión y de un país que había recuperado su poder internacional. Pero buena parte de los votantes seguían preocupados por el precio de los alimentos, la vivienda, los combustibles y las facturas domésticas. Esto contrastaba con el oro, literal, del que ha bañado la Casa Blanca. La guerra contra Irán había agravado el malestar económico y añadido incertidumbre a una presidencia que había prometido acabar con los conflictos internacionales.
A esos problemas se sumaba el cansancio acumulado por casi dos años de polémicas, algunas muy intensas. Las deportaciones, los aranceles, los enfrentamientos con los aliados, los negocios de la familia presidencial, el secretismo en torno a los archivos del pederasta y violador Jeffrey Epstein y la guerra habían contribuido a una sensación de conflicto permanente. Trump conservaba el respaldo de su base más fiel, pero las elecciones mostraban que aquella lealtad no bastaba para garantizar la victoria de sus candidatos.

La guerra contra Irán había agravado el malestar económico y añadido incertidumbre a una presidencia que había prometido acabar con los conflictos internacionales

El presidente había dedicado los últimos días de campaña a atacar duramente a sus adversarios. Los presentó como los candidatos más peligrosos de la historia estadounidense, denunció la presencia de extremistas entre los demócratas y acusó a algunos de mantener posiciones próximas al yihadismo y a los Hermanos Musulmanes. En Michigan, dirigió sus ataques contra Abdul El Sayed. Era la estrategia de tensión absoluta que había utilizado durante años, pero esta vez no consiguió desplazar las preocupaciones económicas que dominaban el debate electoral.
La víspera de las elecciones, Trump había participado en Washington en un acto dedicado a las obras de renovación del estanque reflectante del monumento a Lincoln. Habló del nuevo revestimiento azul oscuro, de las mejoras urbanísticas y de la transformación de la capital que quería dejar como parte de su legado. También insistió en que Estados Unidos atravesaba una etapa de prosperidad extraordinaria. Apenas 24 horas después, los resultados electorales ofrecían una imagen muy distinta de la satisfacción que el presidente había expresado, los estadounidenses miraban a otro lado.
Mientras la Casa Blanca trataba de asimilar lo ocurrido, los demócratas comenzaban a preparar las consecuencias políticas de su victoria. Robert García, llamado a presidir el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes, anunció investigaciones sobre los negocios de la familia Trump, la corrupción empresarial, las actuaciones del Departamento de Seguridad Nacional y del ICE y el supuesto encubrimiento de documentos relacionados con Jeffrey Epstein. Su comunicado terminaba con una advertencia de dos palabras: «Búscate un abogado».

La agenda oficial difundida para este miércoles 4 de noviembre refleja el repliegue del presidente de la Casa Blanca. A las ocho de la mañana figura una sesión de trabajo privado. Después, cuatro reuniones sobre políticas de Gobierno, a las once, a la una y media, a las dos y a las tres y media. Todas ellas a puerta cerrada. No hay prevista ninguna comparecencia pública, ninguna rueda de prensa y ninguna oportunidad para que los periodistas pregunten al presidente por las derrotas.
El presidente llegó a esta residencia prometiendo una nueva edad de oro y había pedido a los estadounidenses que votaran como si él mismo se presentara. Las urnas le devolvieron Capitolio en manos de sus adversarios, una sucesión de derrotas en bastiones republicanos y la perspectiva de dos largos años de investigaciones parlamentarias.