La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses el 3 de enero de 2026 sacudió los cimientos del régimen venezolano. En medio del desconcierto, Delcy Eloína Rodríguez Gómez –vicepresidenta ejecutiva y mano derecha del mandatario– se alzó como heredera de facto, indisputada, del poder chavista. … Amparada en la Constitución, Rodríguez asumió las riendas del Gobierno tras la detención de Maduro, exigiendo desafiante a Washington pruebas inmediatas de la vida del líder caído y de la primera dama, Cilia Flores.
Con Maduro ya en Guantánamo, con voz firme en la televisión estatal, denunció el «ataque ruin y cobarde» de Estados Unidos y prometió que, aunque «nos han atacado, no nos doblegarán». La escena sintetiza el momento histórico: la «tigresa» del chavismo –apodo que le dio el propio Maduro por su feroz defensa del sistema represivo que ahora dirige– queda como la figura civil más poderosa de Caracas, decidida a preservar el legado del régimen contra viento y marea.
Hija de Jorge Antonio Rodríguez, un líder guerrillero de izquierda torturado y asesinado en 1976, Delcy Rodríguez lleva el chavismo en la sangre. Junto a su hermano Jorge Rodríguez –actual presidente de la Asamblea Nacional– creció inmersa en la militancia de izquierda. Su ascenso político fue meteórico y siempre ligado al núcleo duro del poder bolivariano. Durante el gobierno de Hugo Chávez ocupó puestos clave: en 2003 dirigió la Coordinación General de la Vicepresidencia y luego asumió varios cargos vinculados a la industria petrolera, llegando a ministra del Despacho de la Presidencia en 2006. Estas responsabilidades tempranas en el sector energético la vincularon al principal bastión económico del país: el petróleo.
Con el ascenso de Nicolás Maduro en 2013, Rodríguez continuó acumulando poder
Fue ministra de Comunicación e Información (2013-2014) y en 2014 asumió la Cancillería (Relaciones Exteriores). Desde ese rol se destacó como figura clave del chavismo en el plano internacional, enfrentándose con vehemencia a cualquier foro u organismo que cuestionara al régimen. En una ocasión intentó incluso colarse en una cumbre del Mercosur en Buenos Aires tras la suspensión de Venezuela del bloque, protagonizando un incidente diplomático sonado y bochornoso. Episodios como aquel cimentaron su reputación de lealtad absoluta y combatividad plena: Maduro la elogió entonces como «una mujer valiente, curtida… probada en mil batallas».
En 2017 fue pieza clave en la polémica Asamblea Nacional Constituyente (ANC) progubernamental que usurpó las funciones del Parlamento opositor. Por su rol en el «socavamiento de la democracia, el Estado de derecho y los derechos humanos» durante la instalación de la ANC, la Unión Europea sancionó a Delcy Rodríguez en junio de 2018. Se le prohibió la entrada al territorio europeo y se congelaron sus activos, marca indeleble de su condición de halcón del régimen.
En 2018, tras las cuestionadas elecciones presidenciales, Maduro recompensó la lealtad de Rodríguez nombrándola Vicepresidenta Ejecutiva, convirtiéndola en la segunda al mando. Sustituyó a Tareck El Aissami –un poderoso chavista luego encarcelado por corrupción–, consolidando así a la familia Rodríguez en la cúspide del poder. Desde esa Vicepresidencia, Delcy se volvió omnipresente: es la única figura, aparte del ya preso Maduro, con control transversal del aparato estatal, y su influencia se extiende a sectores cruciales, críticos, como la economía y el petróleo. De hecho, Maduro le delegó también el Ministerio de Economía y Finanzas, y en agosto de 2024 le entregó la cartera de Hidrocarburos, acumulando un poder sin precedentes en manos civiles.
Estas funciones duales como zar económica y petrolera convirtieron a Rodríguez en la arquitecta de la frágil economía venezolana, con enorme influencia sobre el debilitado sector privado. A diferencia de otros guardianes de las esencias del chavismo, aplicó en parte políticas económicas ortodoxas para intentar frenar la hiperinflación galopante, restringiendo la emisión monetaria y permitiendo cierta apertura comercial. Al mismo tiempo, tuvo que ingeniárselas para sortear las severas sanciones internacionales que asfixiaban las finanzas estatales.
Rodríguez demostró su habilidad para moverse en las zonas grises financieras orquestando mecanismos opacos que mantuvieran a flote al régimen, como contactos con socios como Irán o Qatar. La inteligencia estadounidense la vincula a la extracción del oro de las reservas nacionales y acuerdos para venta de crudo sancionado a países adversarios de Estados Unidos. Acostumbrada a tratar con gigantes geopolíticos, llegó a conducirse con una temeridad que provocó un escándalo que sacudió al gobierno español de Pedro Sánchez.
Fue el sonado «Delcygate», en enero de 2020
Pese a la prohibición de pisar suelo europeo, la vicepresidenta realizó un viaje secreto a Madrid, para una reunión clandestina con el ministro español José Luis Ábalos en el aeropuerto de Barajas. En aquellos días, Delcy negoció la venta de 104 barras de oro venezolano por 68,5 millones de dólares. Según reveló un informe de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil, el contrato de la operación se firmó el 27 de diciembre de 2019, con entrega del oro prevista entre finales de diciembre y la primera semana de enero de 2020, coincidiendo con la llegada furtiva a España. La trama, impulsada a través del FONDEN y encubierta como un envío de material sanitario desde Zambia, fue gestionada por el empresario español Víctor de Aldama, que mantenía una relación directa y personal con Rodríguez, tal y como revelaron medios españoles.
Los mensajes recuperados por la UCO mostraron cómo Aldama y Rodríguez intercambiaban bromas sobre su cercanía –«ya estás en la familia», le dijo ella, según recoge laSexta–, en un tono que subraya el carácter de clan con que opera la élite chavista. El escándalo desató investigaciones en España y tensó las relaciones diplomáticas, al sacar a la luz cómo el régimen de Maduro buscaba liquidez inmediata mediante operaciones opacas de oro, con Delcy como operadora directa en la sombra.
Paralelamente, ya como ministra de Petróleo, Rodríguez se enfocó en mantener viva la industria petrolera a pesar del cerco internacional. Cuando a mediados de 2025 la Administración Trump endureció el embargo –cancelando las licencias que permitían a petroleras extranjeras operar en Venezuela–, Delcy anunció tener un «plan secreto» para impulsar la producción petrolera y sortear las sanciones. Convocó a la junta directiva de PDVSA y a viceministros del área para garantizar la «continuidad operativa en todos los procesos» de la industria, asegurando que el «motor de hidrocarburos» seguiría su marcha ininterrumpida y soberana.
Bajo su tutela, la petrolera estatal PDVSA declaró que las exportaciones de crudo y derivados «se desarrollan con normalidad» y que sus buques siguen navegando con garantías, desafiando el bloqueo naval con el que Trump intentaba aislar al país. «A Venezuela no la va a detener nadie… no necesitamos licencia para respirar», proclamó Maduro entonces, respaldado por Rodríguez.
La habilidad de Delcy Rodríguez no se limita al terreno administrativo
También ha operado en la diplomacia secreta. Con el país arrinconado, Rodríguez exploró salidas negociadas que garantizaran la supervivencia del chavismo sin el dictador. Según reveló una investigación de este diario, Delcy y su hermano Jorge promovieron en secreto un plan de «Madurismo sin Maduro» mediante mediadores de Qatar.
En al menos dos ocasiones –abril y septiembre de 2025– emisarios qataríes presentaron a Washington propuestas formales para una transición pactada en Venezuela: Maduro saldría del poder rumbo al exilio, se contempló hasta Madrid, y en su lugar un gobierno provisional encabezado por Delcy Rodríguez y un general disidente garantizaría la estabilidad institucional sin desmantelar el aparato chavista.
En esos escenarios, Delcy se veía a sí misma como figura de continuidad institucional del régimen, preservando el control del poder mientras se organizaban eventuales elecciones. El general propuesto era Miguel Rodríguez Torres, exministro de Interior chavista exiliado en España tras romper con Maduro, quien encarnaría un rostro «aceptable» para encabezar el gobierno de transición. Lo sacó de prisión en 2023 un amigo personal de Delcy: el expresidente del Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero.
Detrás de esta oferta subyacía el objetivo claro de los hermanos Rodríguez: preservar el núcleo del sistema chavista mediante un relevo que no alterara la estructura de poder, limitando las concesiones a la oposición. A cambio, el círculo pretoriano de Maduro pedía garantías: un indulto total para el dictador y su círculo (incluyendo el cese de procesos judiciales en EE.UU. y la suspensión de cargos en la Corte Penal Internacional), así como el levantamiento de sanciones económicas.
En diciembre de 2025, cuando la crisis militar escaló con buques de guerra estadounidenses rodeando Venezuela y explosiones sacudiendo Caracas, Maduro realizó una última maniobra desesperada. En una llamada telefónica de 15 minutos con Donald Trump –facilitada por intermediarios internacionales–, el acorralado dictador propuso oficialmente que Delcy Rodríguez encabezara un gobierno interino y convocara a elecciones libres en corto plazo. Ofreció su propia renuncia y exilio a Estambul o Madrid, a cambio de las garantías ya mencionadas para él y su familia. La Casa Blanca rechazó frontalmente la oferta.
El choque entre las aspiraciones de Rodríguez y las exigencias de Washington desembocó en el dramático operativo de captura de Maduro a inicios de este 2026. Con el líder chavista en paradero desconocido –tras ser trasladado bajo custodia a EE.UU.–, Delcy quedó al mando en Caracas por línea de sucesión constitucional. Paradójicamente, la figura que Trump se negaba a legitimar es ahora con quien debe lidiar para encauzar el futuro inmediato de Venezuela.