«Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa», escribió Karl Marx al comienzo de ‘El 18 … de brumario de Luis Bonaparte’. Pero Marx a su vez se olvidó de agregar otra posibilidad, quizás menos ingeniosa aunque más real: que los hechos podían producirse una vez como tragedia y una segunda vez como una tragedia aún mayor.
En el caso de Venezuela, lo ocurrido con los dos terremotos que comenzaron a las 18.04 (hora local) de este miércoles, de 7,2 y 7,5 grados respectivamente, constituye un ejemplo dolorosamente claro. El Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS) ha informado de que se trata de los terremotos más fuertes que se han dado en el país desde hace 126 años. El USGS también estima, basado en modelos automáticos, que el número de muertos podría oscilar los 10.000 y los 100.000. Según los vídeos y noticias que ya comienzan a viralizarse, la región más afectada es, de nuevo, el estado Vargas, en la zona centro-norte del país, frente al litoral central.
Y digo «de nuevo» porque fue en ese estado donde ocurrió el que hasta ese momento había sido el mayor desastre natural en la historia de Venezuela: el deslave de Vargas, donde murieron decenas de miles de personas, desaparecidas entre los caudales de agua y barro. El deslave se desató el 15 de diciembre de 1999, el mismo día que los venezolanos aprobaron con su voto el referéndum constitucional con el que Chávez dio inicio a su funesta revolución, que hoy se encuentra en fase terminal. De modo que los dos desastres naturales más grandes de Venezuela han enmarcado el mayor desastre humano, social, económico y político del país: el chavismo.
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Andrés Gerlotti Slusnys
Esta interpretación no es un ejemplo de ese pensamiento mágico al que seríamos proclives los latinoamericanos. Si bien es cierto que un deslave o un terremoto son fenómenos de la naturaleza, en gran medida imprevisibles, también es cierto que los daños que provocan estos acontecimientos son mucho menores en sociedades organizadas, donde el Estado cumple su función de salvaguardar los intereses de la nación y de sus habitantes. Los niveles de pobreza y precariedad en Venezuela para el año 1999 los heredó Chávez de la corrupción y la indolencia de los gobiernos anteriores. No obstante, en lugar de cumplir su promesa de eliminar estos problemas, lo que hizo Chávez fue agudizarlos.
Los dos desastres naturales de más grandes de Venezuela, el deslave de Vargas en 1999 y estos dos terremotos, han enmarcado el mayor desastre humano, social, económico y político del país: el chavismo
El criminal manejo del deslave ya anunciaba su disposición a sacrificar vidas humanas por puro cálculo político. En medio de la emergencia, Chávez rechazó los dos buques con ayuda humanitaria que en aquel momento envió el Gobierno de EE.UU., lo que contribuyó a agravar la situación: miles de personas que quizás se hubieran podido salvar, murieron. Miles de desaparecidos cuyos restos quizás se hubieran podido recuperar, se perdieron para siempre. Muchos cadáveres fueron profanados. Vargas quedó convertido en un sumidero de despojos y muerte por muchos años. Y todo por una razón: porque la nueva revolución socialista del tercer mundo no podía permitirse ser salvada –o invadida, según la mentalidad paranoica de Chávez– por su enemigo histórico, el gigante del norte.
Deuda del chavismo
Casi 27 años después, la historia se repite. Esta vez la ocupación militar de EE.UU. ha sido anterior a la catástrofe y realizada con la cooperación entusiasta de los propios jerarcas del chavismo. Lo cual, según el Marx que ni los chavistas ni yo hemos leído, tendría su toque de farsa. Pero esta pierde todo asomo risible cuando, a la situación ya de por sí dramática que presentaba Venezuela en 1999, le echamos encima el fardo del hundimiento del país provocado por Chávez y sus aliados, tanto nacionales como internacionales: un Estado fallido, una crisis humanitaria que ha expulsado del territorio nacional a más de nueve millones de venezolanos y una deuda acumulada por la revolución chavista de más de 240.000 millones de dólares (211.710 millones de euros).
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El reconocimiento de esta deuda, según informó el ‘Financial Times’ horas antes del primer terremoto, sería uno de los primeros pasos que anunciaría Delcy Rodríguez, como encargada del Gobierno tutelado por el país norteamericano, para lo que sería la «mayor reestructuración fiscal de la historia de Venezuela». Una deuda que es exclusiva responsabilidad de Chávez y de sus secuaces, que aprovecharon los mayores ingresos petroleros que haya tenido Venezuela para apropiarse de miles de millones de dólares a través de un esquema de corrupción, robo y tráfico de influencias que iría desde el régimen iraní, pasando por la Revolución cubana hasta alcanzar al expresidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, que actualmente se encuentra investigado por su posible participación en este entramado.
El resultado de décadas de rapiña, de la cual se han lucrado no solo los funcionarios chavistas sino muchos otros de sus regímenes aliados, es un país a la intemperie, con hospitales que ya antes del terremoto estaban cayéndose. Un país donde la comida, las medicinas, la salud, el agua potable y la luz eléctrica solo están garantizados para una minoría cada vez más selecta. Un país sin médicos ni bomberos ni policías ni soldados suficientes, sin equipos ni personal capacitado para atender emergencias de esta magnitud. Un país para el que aspirar a unas elecciones libres y vivir en democracia se ha convertido, otra vez, en un lujo inalcanzable, pues ahora debe rebuscar a sus familiares y sus seres queridos entre los escombros de la naturaleza y la utopía.