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Streeting, el nieto de un atracador que hoy pretende sustituir a Starmer pero que podría haber comenzado a perder puntos

Llevaba meses aspirando sin disimulo a liderar a los laboristas del Reino Unido y finalmente ha dado el paso para intentarlo. Después de días de especulación, Wes Streeting renunció como ministro de Sanidad. Dice que ha perdido la confianza en Keir Starmer y pide convocar ya una elección interna para reemplazar al todavía primer ministro.»Donde necesitamos visión, tenemos un vacío. Donde necesitamos dirección, tenemos deriva», dice Streeting en una carta a Starmer. El ya exministro llama a una batalla de liderazgo que es «una batalla de ideas, no de personalidades o pequeño fraccionalismo». No nombra a Andy Burnham, pero, como señala BBC News, parece aceptar que el alcalde de Manchester estará en la pelea.Si bien Streeting cuenta con el apoyo del ala más centrista y derechista dentro del Partido Laborista, la decisión final en una contienda por el liderazgo recae en los miembros de base del partido que pagan cuotas y que no son parlamentarios. Las bases son más de izquierdas que el exministro, así que tendría alguna posibilidad frente a Starmer pero muy pocas frente a otro candidato «más laborista» como, por ejemplo, Burnham.Además, este mismo viernes Streeting ha hecho un movimiento que le resta puntos. Ha respaldado a su principal oponente, Andy Burnham, en su lucha por conseguir un asiento en el Parlamento que le permita presentarse a una eventual contienda contra Starmer. Streeting ha dicho en una publicación en X que «necesitamos a los mejores jugadores, y no hay duda de que Andy Burnham es uno de ellos». Sin embargo la lucha por reemplazar al primer ministro puede aún durar meses, y Burnham necesita aún ganar el puesto parlamentario en unas nuevas elecciones que, como muy tarde, pueden convocarse en septiembre.Ambicioso y poco izquierdistaConsiderado uno de los comunicadores más eficaces del Partido Laborista, Streeting tiene, desde hace meses, la no disimulada ambición de liderar al laborismo. No se lo ha ocultado a Starmer. Ya antes de la presente crisis, le dijo al primer ministro que estaba preparado para una contienda por el liderazgo si ésta tuviera lugar.A finales de 2025, fue acusado de conspirar contra Starmer y él calificó aquel señalamiento de «tonterías contraproducentes». Ese año expresó su preocupación por la posibilidad de perder su escaño en las próximas elecciones porque algunos votantes se habían alejado del Partido Laborista a causa de los acontecimientos en Oriente Próximo.De 43 años, Streeting es diputado por Ilford North desde mayo de 2015. Tras la victoria del Partido Laborista en 2024, Starmer le nombró ministro de Sanidad, el cargo que ahora ha dejado. Antes, ocupó los cargos de secretario en la sombra para la pobreza infantil, ministro en la sombra de Educación y secretario en la sombra del Tesoro.Los abuelos: el ladrón y el conservadorSe describe a sí mismo como «un político atípico». Streeting proviene de una familia de clase trabajadora. Hijo de padres adolescentes, se crió en una vivienda social en el East End de Londres, cuenta en su perfil en la web de los laboristas. Fue el primero de su familia en graduarse de la universidad y para lograrlo se tuvo que costear los estudios trabajando.En su libro de memorias, One Boy, Two Bills and a Fry Up, publicado en 2023, Streeting habló de la influencia de sus dos abuelos. Ambos se llamaban Bill, pero eran como la noche y el día. Su abuelo materno estuvo en prisión por robo a mano armada y su abuelo paterno era un conservador tradicional de clase trabajadora que sirvió en la Marina Real durante la Segunda Guerra Mundial.Fue el segundo abuelo, miembro del Partido Conservador, quien más le influyó. «Él era el abuelo al que me sentía más cercano», dijo al Financial Times en 2022. De hecho, Streeting es, en cierto modo, centrista. O de otro modo, representa al ala más derechista del Partido Laborista.Anglicano y gayStreeting es anglicano y gay. Salió del armario pronto, durante su época universitaria, cuenta The New York Times. En más de una ocasión ha hablado sobre las dificultades iniciales que tuvo para conciliar su religión y su sexualidad.La política le interesó desde muy joven. Se unió al Partido Laborista con sólo 15 años. Mientras estudiaba historia en el Selwyn College de Cambridge, fue líder del sindicato estudiantil de la universidad y, posteriormente, presidente del sindicato estudiantil nacional. Tras graduarse, trabajó en el sector sin ánimo de lucro, centrándose en temas como la desigualdad.Ya en la política, Streeting trabajó en el gobierno local del distrito londinense de Redbridge. En 2015 se convirtió en miembro del Parlamento, representando a Ilford North en el Gran Londres. Hizo campaña para que el país permaneciera en la Unión Europea, como recuerda The Guardian. Presume de ser un diputado franco: «No siempre estarán de acuerdo conmigo (nunca hay que confiar en los políticos que solo dicen lo que uno quiere oír), pero siempre sabrán cuál es mi postura».Un cáncer con 38 añosEn mayo de 2021, a Streeting le diagnosticaron un cáncer de riñón. Tenía 38 años. Hizo un parón para recibir el tratamiento. Le extirparon el riñón con éxito y regresó a Westminster en julio de ese mismo año.En 2024 los laboristas ganaron las elecciones de manera aplastante y el acabó siendo ministro, pero a punto estuvo de no ser ni diputado. Streeting ganó su escaño en Ilford North por un margen de sólo 528 votos respecto a un candidato independiente que basó su campaña en el genocidio israelí en Gaza.El caso es que ganó su asiento en el Parlamento y Starmer le nombró ministro de Sanidad. La experiencia de su cáncer, cuenta, ha influido en su labor ministerial. Ahora que deja el ministerio, ¿puede hacer un buen balance?¿Su amigo Mandelson?Por un lado, los datos oficiales muestran que los hospitales han reducido algunas de las listas de espera del Servicio Nacional de Salud y ha aceptado aumentos salariales para los médicos residentes. Del otro, pese a esas subidas de sueldo, ha tenido una relación difícil con la Asociación Médica Británica, a la que acusa de comportarse como un «cártel» y, además, ha recibido críticas de la izquierda laborista por sus inclinaciones hacia la privatización del sector.Esos críticos le recuerdan también sus vínculos con Peter Mandelson, figura influyente en el ala derecha del laborismo, que fue destituido como embajador británico en Washington por su amistad con el delincuente sexual Jeffrey Epstein.Este año, Streeting aseguró que nunca fue amigo íntimo de Mandelson: «Nos veíamos para cenar, en promedio, una vez al año, en reuniones de grupo. Me ofreció consejos». Según contó, «lo conocía, pero no bien, y ahora me preocupa que prosperara en nuestra cultura política».

Qué tiene que hacer Burnham, el político laborista más popular de Reino Unido, para desafiar el liderazgo de Starmer

La paciencia no está entre las virtudes de los partidos políticos británicos. Es lo que tiene el sistema electoral del Reino Unido, donde no hay listas como en España. Hay 650 circunscripciones y en cada una de ellas los votantes eligen a un único diputado de entre todos los que se presentan. El candidato que consigue la mayoría simple de los votos se lleva el escaño.Este sistema, que hace que el partido ganador sea el que más escaños consiga, no necesariamente el que más votos haya tenido, añade presión a los parlamentarios, que tienen menos garantías de renovar su escaño. Es lo que está pasando en el Partido Laborista tras su debacle en los comicios locales parciales en Inglaterra y los regionales en Escocia y Gales.El suelo se ha abierto a los pies de Keir Starmer, cuyo liderazgo ya venía estando en discusión por su falta de claridad y carisma. Pero también por la crisis causada con la aparición de Peter Mandelson, figura influyente en el ala derecha del laborismo, en el caso Epstein (fue destituido como embajador británico en Washington).Streeting ya está en la peleaDe momento, ya hay un opositor oficial al liderazgo de Starmer. Tras varios días de especulaciones, Wes Streeting renunció como ministro de Sanidad para poder desafiar al actual primer ministro. Pide convocar ya una elección interna para reemplazar al todavía primer ministro.Streeting cuenta con el apoyo del ala más centrista y derechista dentro del Partido Laborista. Pero la mayoría del partido está más a la izquierda. Su hombre es Andy Burnham, el alcalde de Mánchester, al que llaman el «rey del norte».Burnham ya dijo antes de la presente ocasión que estaría dispuesto a derrocar al actual líder laborista. En la reunión del partido del año pasado, pidió un «debate sobre nuestra dirección», y en noviembre, se negó a descartar una candidatura de liderazgo.Burnham necesita ser diputadoPero Burnham no es diputado. Esa suerte tiene Starmer. Porque según las reglas del partido, para ser votado como alternativa al primer ministro necesita conseguir un escaño parlamentario. Por ello, estos últimos días se venía hablando de renuncias.Tras mencionarse los casos de Clive Lewis, diputado por Norwich South, Paula Barker, diputada por Liverpool, o Marie Rimmer, diputada por St Helens South y Whiston, finalmente ha sido Josh Simons. Este diputado por Makerfield, región de Mánchester, es quien ha renunciado al escaño.Dice Simons que ha sido la decisión más difícil de su vida, pero que lo ha hecho «para que Andy Burnham pueda regresar a su hogar». Se refiere a que el alcalde de Mánchester fue diputado en el parlamento de Westminster entre 2001 y 2017. Con su renuncia ha abierto la puerta a que Burnham le dispute el liderazgo laborista a Starmer. Pero queda mucho.Ahora, Burnham debe abandonar la alcaldía de Manchester y ganar el escaño por Makerfield en unas elecciones parciales al parlamento de Westminster, cosa que no será exactamente mañana. El exministro Streeting ya ha dicho que apoya a Burnham para Makerfield porque tiene «la mejor oportunidad de ganar».Al alcalde de Mánchester le queda lo más difícil: ganarse al Comité Ejecutivo Nacional (NEC). Este órgano es el responsable de elegir a los candidatos del Partido Laborista. El NEC es el que decide si Burnham es el candidato del partido a ese escaño pendiente. De momento, el todavía alcalde ha pedido la autorización del comité.Starmer ya paró antes a BurnhamAquí el actual líder del partido puede hacer tapón. Ya lo hizo el pasado enero, cuando el NEC bloqueó a Burnham para ocupar el escaño de Gorton y Denton (había quedado vacante). Un grupo de diez miembros, incluido Starmer, votaron para negarle a Burnham el permiso para presentarse a las elecciones parciales del Gran Mánchester.¿Puede Starmer volver a hacer lo mismo? ¿Cómo justificar otro ‘no’ a Burnham, el político laborista más popular del país? Difícil. Y más cuando la posición del primer ministro es ahora de aún mayor debilidad que en enero. Recordemos: más de ochenta diputados laboristas han pedido su dimisión o un calendario específico para una transición en el poder.Los menos radicales del laborismo le han pedido a Starmer que establezca un calendario para su renuncia y de ese modo permitir que se encuentre a su sucesor. Esta opción pospondría su partida durante unos meses. Se dice que Ed Miliband, exlíder laborista, ya se lo ha sugerido al todavía jefe del Gobierno. Ese tiempo le serviría al partido para organizar bien la llegada de Burnham.Si Burnham deja Manchester, recibe el visto bueno del NEC y gana en las urnas, sería diputado. Entonces, le tocaría lo que parece más sencillo para él. Sería conseguir el apoyo de 81 diputados, que equivalen a la quinta parte del total del grupo parlamentario laborista (es lo que va a intentar Streeting, con pocas posibilidades).¿Y si los laboristas no ganan en Makerfield?Josh Simons renunció y se trata ahora de que Burnham sea el candidato laborista en Makerfield. Pero, ¿y si no gana el escaño? Las encuestas dicen que tendría que pelearlo mucho con Reform UK, el partido populista de Nigel Farage. En las elecciones de 2024, Simons ganó con 18.202 votos (45,2% de los votos) y Reform UK quedó detrás, con 12.803 votos (31,8%). El escaño de Makerfield ha sido ocupado por los laboristas durante décadas.¿Una oportunidad para Angela Rayner?Pero incluso cerrando a Burnham todas las vías, no tendría Starmer garantías de continuar. Si el alcalde de Mánchester no vuelve a ser parlamentario, es posible que quienes forman parte del ala izquierda del Labour empiecen a buscar otro candidato que actualmente sí sea diputado. En ese escenario es donde se apunta el nombre de Angela Rayner.Fue la mano derecha de Starmer antes de renunciar el año pasado como viceprimera ministra por un caso de impuestos poco o mal pagados. Rayner acaba de ser exonerada por Hacienda de mala conducta en ese asunto, de modo que se abre la puerta a su regreso a la política activa. Formalmente no ha anunciado su voluntad de ser candidata a liderar a los laboristas.

Reino Unido, el país donde los partidos derriban a sus propios líderes

La dimisión del responsable de Sanidad Wes Streeting, quien asegura haber perdido la confianza en el liderazgo del primer ministro británico Keir Starmer y tiene intención de presentarse a la carrera para sustituirlo, ha acelerado las conversaciones sobre la sucesión en el Partido Laborista británico. … También el diputado Josh Simons ha anunciado que abandonará su escaño para facilitarle el camino hacia la Cámara de los Comunes a Andy Burnham, considerado como potencial rival de Starmer, pero que necesita ganar un escaño de diputado para entrar en la contienda.
La situación dista mucho de ser excepcional. En la política británica existe una dinámica recurrente que, observada desde España, resulta difícil de entender: la de un primer ministro asediado no solo por la oposición, sino por sus propios diputados.

Le ocurrió a Margaret Thatcher después de once años en el poder y tres victorias electorales. También a John Major, atrapado durante años en la guerra civil que la cuestión europea abrió dentro del Partido Conservador y obligado, igual que hoy Keir Starmer, a gobernar pendiente tanto de la oposición como de sus propios diputados. Le ocurrió a Boris Johnson y también a Liz Truss, cuyo mandato no llegó a los 50 días. Estos casos normalizan la idea de que desafiar al líder es legítimo si se considera que estaba llevando al país o al partido en la dirección equivocada.

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Ivannia Salazar

En el caso de Major, desgastado por las conspiraciones internas, desafió públicamente a sus críticos con una frase que quedó grabada en la historia política británica: «Put up or shut up» («Preséntense o cállense»). Eso dijo al convocar una elección interna para que quienes cuestionaban su liderazgo tuvieran que enfrentarse a él abiertamente. Major ganó aquella batalla, pero salió políticamente debilitado, en una situación que muchos en Westminster comparan hoy con la de Starmer.
Pero esta dinámica es un fenómeno más profundo que simples luchas de poder. La cultura británica de «accountability», es decir, de vigilancia y rendición constante de cuentas del poder político, nace de siglos de desconfianza hacia el poder concentrado. Primero se limitó el poder de la Corona; después, al Gobierno; y finalmente se interiorizó dentro de los propios partidos. En Westminster, cuestionar al líder no se considera necesariamente deslealtad.
Esa «accountability» británica nace de la idea que el diputado pertenece antes a su circunscripción que al aparato del partido. Mientras en España el escaño suele percibirse como patrimonio político de la dirección y la disciplina interna constituye casi un valor estructural del sistema, en el Reino Unido la tradición parlamentaria concibe históricamente al diputado como alguien enviado por una comunidad concreta a Westminster para defender intereses locales, incluso frente a su propio líder. El diputado no es un delegado del partido ante los votantes; es un delegado de los votantes ante el partido, lo que convierte a la británica en una de las culturas más agresivas de vigilancia interna del poder.

En la política británica, el diputado pertenece antes a sus electores que al aparato de su partido

Desde la Magna Carta hasta la Guerra Civil y la posterior ‘Glorious Revolution’, el sistema político inglés fue desarrollando la obsesión constante de limitar el poder de quien gobierna. La ejecución de Carlos I en 1649 dejó una huella extraordinaria en la cultura constitucional, la de que incluso el rey podía ser controlado y castigado por el Parlamento, y terminó asentando una lógica institucional en la que el Gobierno existe mientras el Parlamento lo tolere. La propia Casa Real británica define al primer ministro como la persona «capaz de contar con la confianza de la Cámara de los Comunes». El liderazgo político nunca se considera completamente asegurado, y el diputado rebelde tiene legitimidad cultural.
El filósofo y político irlandés Edmund Burke formuló en 1774 una de las ideas fundamentales de la tradición parlamentaria británica, al afirmar en un discurso que «su representante les debe no solo su trabajo, sino también su juicio». El diputado no fue concebido como un simple ejecutor de órdenes del partido, sino como un delegado de sus votantes, con quienes mantiene un vínculo permanente y cercano. Muchos parlamentarios sienten que su supervivencia política depende antes de su reputación local que de la obediencia al líder nacional.

Diputados que desafían al líder

Esa diferencia cultural explica la importancia histórica del «backbencher», el parlamentario raso que desafía públicamente al Gobierno desde los bancos traseros de la Cámara de los Comunes, lo que en Westminster muchas veces se ve como integridad política. Numerosos diputados británicos han construido su prestigio precisamente enfrentándose a sus líderes.
También explica la naturaleza histórica de los partidos, que funcionan más como una coalición de sensibilidades internas que como una estructura monolítica. En el caso de los ‘tories’, por ejemplo, moderados, euroescépticos, thatcheristas, conservadores ‘one-nation’ o libertarios conviven dentro de la misma organización, obligando al líder a negociar continuamente con su propia bancada.
Margaret Thatcher cayó precisamente por eso, y su caída consolidó la idea de que ningún líder es irremplazable. Después, en 1993, un micrófono abierto captó una frase de John Major en la que llamó «bastardos» a los rebeldes que amenazaban continuamente su liderazgo, lo que terminaría describiendo el estado interno del Gobierno.

La primera ministra más ilustre tumbada por su propio partido fue Margaret Thatcher, tras once años en el poder y pese a ser un referente liberal

El patrón volvió a repetirse en otras ocasiones. La dimisión de Truss, en 2022, justo después de reiterar que no tenía intención de renunciar diciendo «Soy una luchadora, no una desertora», condensó perfectamente la lógica de Westminster. «No puedo cumplir el mandato para el que fui elegida por el Partido Conservador», afirmó frente al número 10, asumiendo que, una vez evaporada la confianza interna, el liderazgo queda destruido.
El periodista y teórico constitucional Walter Bagehot explicó en el siglo XIX que «el secreto eficiente de la Constitución inglesa» consistía en «la estrecha unión» entre los poderes ejecutivo y legislativo. El Gobierno nace del Parlamento, vive dentro del Parlamento y puede morir dentro del Parlamento. El conservador Quintin Hogg, Lord Hailsham, llegó a definir el sistema británico como una «dictadura electiva», para advertir del enorme poder que puede concentrar un gobierno con mayoría parlamentaria y de la necesidad de someterlo a vigilancia constante, incluso desde dentro de su propio partido.
La prensa británica también forma parte de esa tradición. Westminster convive con un ecosistema mediático agresivo, alimentado por filtraciones y diputados hablando «off the record» contra su propio Gobierno. Mientras en otros países las guerras internas suelen ocultarse, en el Reino Unido se libran abiertamente ante la opinión pública. En España, el líder suele resistir porque el partido se cierra para protegerle. En el Reino Unido, el partido puede cerrarse contra él.

El Partido Laborista permite al alcalde del Gran Mánchester presentarse a las elecciones y volver al Parlamento

El Comité Ejecutivo Nacional, el máximo órgano del Partido Laborista, ha dado este viernes su aprobación para que el alcalde del Gran Mánchester, Andy Burnham, pueda presentarse a las elecciones parciales de Makerfield, superando así un primer obstáculo en su intento por ganar un escaño en el Parlamento y, eventualmente, disputarle el liderazgo al primer ministro británico, Keir Starmer.»El órgano rector del Partido Laborista, el Comité Ejecutivo Nacional (NEC), ha autorizado hoy a Andy Burnham a presentarse como candidato en las próximas elecciones parciales por la circunscripción de Makerfield», ha confirmado un portavoz de la formación a The Guardian.De acuerdo a este diario, Burham habría recibido ‘luz verde’ incluso antes de presentar su solicitud al Comité, dado que sus miembros habrían acordado por correo electrónico aprobar cualquier exención por parte de este alcalde en ejercicio. «Independientemente de la opinión que se tenga sobre los recientes acontecimientos en el partido, tenemos esta elección parcial y él es nuestra mejor opción para ganarla, así que debemos apoyarlo», ha señalado al mismo medio uno de los integrantes del NEC.Una vez obtenido el escaño -tarea que se antoja difícil debido al empuje del ultranacionalista Reform UK en la circunscripción de Makerfield-, Burnham tendrá que contar con el apoyo de al menos 81 diputados laboristas para forzar una elección dentro del Partido Laborista.»Se necesita un cambio mucho mayor a nivel nacional si se quiere que la vida cotidiana vuelva a ser asequible. Por eso, busco el apoyo de la gente para regresar al Parlamento: para llevar el cambio que hemos traído al Gran Mánchester a todo Reino Unido y hacer que la política funcione correctamente para la gente», expresó el alcalde en redes sociales en un mensaje difundido en la víspera.La última crisis interna en Reino Unido llega después del desplome de los laboristas en los comicios locales el pasado 7 de mayo en los que ganó terreno la formación liderada por Nigel Farage, y se hicieron paso los Verdes en algunas circunscripciones en la capital, Londres.Por el momento, Starmer se resiste a sus detractores y ha descartado dimitir, alegando que ese paso solo ahondaría el «caos» político en el país, pese a que en la última semana han dimitido al menos cuatro miembros de su Gobierno para forzar un cambio de liderazgo.

Trump y Xi estabilizan los lazos entre EE.UU. y China, pero no cierran acuerdos comerciales

Donald Trump vuela ya de vuelta a Washington, habiendo concluido un viaje de escasos frutos prácticos y aun así extraordinario. No solo por suponer la primera visita a China de un presidente estadounidense en nueve años, sino por consolidar la estabilidad entre dos superpotencias … enfrentadas, sí, pero que albergan el deseo compartido de una tregua.
Una visita «histórica y emblemática». Por una vez los obsequiosos superlativos no estaban en boca de Trump, sino de Xi Jinping, quien no ha dudado en destacar la interrelación entre las grandes narrativas que sustentan sendos liderazgos. «El presidente Trump quiere hacer a América grande otra vez, y yo estoy comprometido a conducir al pueblo chino a la consecución del gran rejuvenecimiento del pueblo chino. Ambas partes podemos promover nuestro respectivo desarrollo y revitalización mediante una cooperación reforzada».

Unas nuevas circunstancias bilaterales que el régimen chino, muy dado a la retórica hueca, ya ha bautizado como «estabilidad constructiva estratégica». Esta nueva fórmula debería durar, según un comunicado emitido este viernes por el ministerio de Exteriores, «durante los próximos tres años y más allá», plazo que hace referencia a lo que resta del segundo –y último– mandato de Trump.

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John Müller

La ausencia de acuerdos inmediatos invita a conceptualizar esta cumbre, en efecto, como el comienzo de una nueva dinámica y, al mismo tiempo, la primera de varias rondas de negociación. Conviene tener presente los precedentes inmediatos. En 2025 la confianza marcaba mínimos tras el estallido de la guerra comercial y, pese a airear desde principios de año su voluntad de acudir a Pekín, Trump solo consiguió encontrarse brevemente con Xi en una base militar surcoreana de Busan a finales de octubre, con motivo del Foro APEC en la vecina ciudad de Gyeongju.

Visita al corazón del régimen comunista

Xi ha recibido a Trump en Zhongnanhai, el hermético corazón del régimen. En este complejo de pabellones de madera entre jardines, situado al oeste de la Ciudad Prohibida de Pekín, vivió el fundador de la República Popular China, Mao Zedong, como si fuera un emperador. «Este es el lugar donde trabajan y viven los dirigentes del Partido [Comunista] y del Gobierno central de China, incluido yo mismo», ha explicado el chino. Ambos han paseado por los jardines del recinto antes de sentarse a compartir un té. «Podría acostumbrarme a esto», ha bromeando el estadounidense, ante la pétrea mirada de su anfitrión, sin tan siquiera la concesión de una sonrisa. Este lance subraya la personalidad opuesta de ambos mandatarios, pese a la cual han logrado escenificar cierta cercanía, llegando incluso a mantener reiterados contactos físicos. «Creo que en realidad es una persona cálida, pero es todo negocios», contaba Trump sobre su interlocutor durante una entrevista con Fox News. «Con él no hay juegos, no hay conversaciones sobre lo agradable que está el tiempo. […] Es todo negocios, y eso me gusta».

El calendario permite hoy vislumbrar un acelerón. No en vano, este encuentro presencial podría suponer el primero de cuatro en apenas siete meses. Trump ha devuelto la cortesía y recibirá a Xi en EE.UU. el 24 de septiembre, desplazamiento que podría implicar su participación en la Asamblea General de Naciones Unidas, como ya hiciera en su visita de Estado de 2015. Ambos podrían volver a coincidir en noviembre en el Foro APEC, celebrado en esta ocasión en Shenzhen, y de nuevo en diciembre en el G20 de Miami.

Taiwán es silencio

Ahora bien, el chino ya ha fijado su exigencia fundamental con meridiana claridad. «La cuestión de Taiwán es el asunto más importante en las relaciones», el cual debe ser «manejado adecuadamente», de lo contrario «habrá choques o incluso conflictos», advirtió el jueves durante la reunión bilateral. A continuación, explicitó su pretensión última al asegurar, con una frase recurrente de la propaganda oficial, que «la independencia de Taiwán y la paz en el Estrecho son tan irreconciliables como el fuego y el agua». El régimen considera a la isla, democracia independiente ‘de facto’, una región rebelde a la que nunca ha renunciado a someter por la fuerza.

«La independencia de Taiwán y la paz en el Estrecho son tan irreconciliables como el fuego y el agua»

Xi Jinping
Presidente de China

A bordo del Air Force One, Trump ha rebajado estas amenazas. «Lo último que necesitamos ahora mismo es una guerra, las cosas están yendo muy bien. […] En Taiwán él [Xi] no quiere ver un movimiento de independencia». De acuerdo a su versión, «dijo que lo han tenido [el territorio] durante miles de años y que en algún momento determinado lo van a recuperar. […] Sobre Taiwán, él tiene una posición muy firme, yo no hice ningún compromiso en ningún sentido».

«Lo último que necesitamos ahora mismo es una guerra, las cosas están yendo muy bien. […] En Taiwán, él [Xi] no quiere ver un movimiento de independencia»

Donald Trump
Presidente de EE.UU.

Sobre este contencioso, Trump ha guardado un prudente silencio, que ha mantenido también del avión presidencial pese a las insistentes preguntas de los periodistas:
—¿Estados Unidos defendería a Taiwán si fuera necesario?
—No quiero decirlo, no lo voy a decir —ha zanjado el presidente—. Solo hay una persona que sabe eso, ¿sabes quién es? Yo. Esa pregunta me la hizo hoy el presidente Xi. Le dije: «Yo no hablo de eso».
—¿Le preguntó si mandaría tropas?
—Me preguntó si les defendería. Le dije: «Yo no hablo sobre eso».

Pendiente la venta de armas a Taiwán

La primera prueba llegará pronto: EE.UU. tiene pendiente la aprobación de un envío de armas a Taiwán por valor de 14.000 millones de dólares (12.000 millones de euros), la cual Trump ha retrasado para evitar que desvirtuara la visita. Durante una conversación telefónica el pasado mes de febrero, Xi ya le avisó que procediera con «extrema precaución». «Tomaré una decisión sobre esto bastante pronto», se ha limitado a señalar.
En respuestas posteriores, sin embargo, ha tensionado esta estabilidad recién estrenada con palabras tan contradictorias como insólitas. Primero ha asegurado no haber comentado con Xi el envío de armas, luego que lo han discutido «en gran detalle». Esto vulneraría las Seis Garantías ofrecidas en 1982 por el presidente Ronald Reagan. «1982 está muy lejos», ha desdeñado.
Acto seguido, ha dado a entender que departiría con William Lai Ching-te, presidente de Taiwán, antes de tomar una decisión. «Tengo que hablar con la persona que, ya sabéis quién es, dirige Taiwán». EE.UU. no mantiene intercambios oficiales con el Gobierno de Taiwán, y pasar a hacerlo implicaría una ruptura de calado con el orden establecido, además de traspasar una línea roja para China.

Treinta magnates y sin grandes acuerdos comerciales

Estas circunstancias contextualizan la anomalía de un viaje oficial sin acuerdos comerciales. Especialmente teniendo en cuenta que Trump llegaba flanqueado por una treintena de empresarios, entre ellos magnates de la tecnología como Elon Musk de Tesla, Jensen Huang de Nvidia o Tim Cook de Apple.
Además, las escasas transacciones completadas –200 aviones Boeing y 10.000 millones de dólares (8.600 millones de euros) en productos agrícolas– no se han anunciado mediante comunicados oficiales, sino con declaraciones vertidas en entrevistas que China no ha confirmado. «Los lazos económicos entre China y Estados Unidos son mutuamente beneficiosos», se ha limitado a señalar su ministerio de Exteriores. Por ahora, y mientras dure, la estabilidad es un logro en sí misma.

Estados Unidos anuncia que Líbano e Israel acuerdan extender el alto el fuego 45 días

Delegaciones de Líbano e Israel han acordado este viernes extender el alto el fuego alcanzado a mediados de abril durante 45 días tras dos jornadas de conversaciones auspiciadas por la Administración de Donald Trump para poner fin a los enfrentamientos entre el Ejército … israelí y el partido-milicia chií Hizbolá, reactivados desde el pasado 2 de marzo.
Así lo ha anunciado en sus redes sociales, el portavoz del Departamento de Estado, Tommy Pigott, que ha detallado que «el cese de hostilidades se prorrogará 45 días para permitir que se sigan realizando avances» entre las partes.

Asimismo, la cartera diplomática estadounidense ha convocado para los próximos 2 y 3 de junio una nueva ronda de «negociaciones», la cuarta entre Líbano e Israel desde que se reactivó el conflicto, si bien ha adelantado para el 29 de mayo las conversaciones «sobre seguridad en el Pentágono con delegaciones militares de ambos países».

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Juan Luis López Aranguren

«Esperamos que estas conversaciones promuevan una paz duradera entre ambos países, el pleno reconocimiento de su soberanía e integridad territorial y el establecimiento de una seguridad genuina a lo largo de su frontera común», ha agregado al término dos jornadas de «conversaciones muy productivas» entre las delegaciones libanesa e israelí.
Un portavoz del Departamento de Estado ha asegurado poco antes en declaraciones a Europa Press que «el ambiente de las conversaciones ha sido muy positivo e incluso ha superado las expectativas».
Las autoridades libanesas han cifrado este viernes en 2.951 los muertos y 8.988 los heridos a causa de ataques perpetrados por el Ejército israelí contra el país vecino desde el pasado 2 de marzo, una cifra que no ha dejado de aumentar pese al alto el fuego en vigor desde el 17 de abril. La tregua tampoco ha puesto fin al lanzamiento de proyectiles hacia territorio israelí por parte de Hizbolá.
Este balance, difundido por el Ministerio de Sanidad a través de la agencia de noticias estatal NNA, incluye 110 trabajadores sanitarios muertos y otros 259 heridos. Asimismo, alrededor de 1,2 millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares, esto es, cerca del 25% de la población total, de acuerdo a los datos del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).