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Abren las urnas en Honduras, en unas elecciones bajo la sombra del fraude y la presión de EE.UU.

Honduras llega este domingo a unas elecciones de alto voltaje con la oposición de derecha alertando de un posible fraude y con la injerencia directa de Donald Trump, que acusa al país de deslizarse hacia una deriva «castrochavista» y respalda públicamente a su candidato preferido, … Nasry Asfura, del Partido Nacional. En un clima marcado por errores logísticos en las primarias, tensiones institucionales y una desconfianza extendida, el país se enfrenta a una votación cuyo resultado difícilmente será aceptado sin disputa.
Estas elecciones importan porque Honduras es sede de Soto Cano, la base estratégica desde la que Estados Unidos proyecta operaciones militares y de seguridad en toda Centroamérica; porque el país es un nudo central del narcotráfico y de la cooperación bilateral en extradiciones y operaciones conjuntas, cuya continuidad depende de la estabilidad del poder; y porque Honduras se ha convertido en un escenario de competencia geopolítica entre Washington y Pekín, con decisiones recientes que afectan inversiones, infraestructura y alineamientos diplomáticos.
Honduras se juega este 30 de noviembre una elección general a una sola vuelta en la que más de seis millones de ciudadanos renovarán la presidencia, los 128 escaños del Congreso, las 298 alcaldías y los 20 representantes al Parlamento Centroamericano, en un proceso en que se prueba un nuevo sistema de telemetría y recuento. Tres candidaturas competitivas disputan el poder: la de la ex ministra de Defensa, Rixi Moncada; la de Salvador Nasralla, que es el favorito en las encuestas, y la de Nasry Asfura, líder del grupo conservador.

Se vota en un país bajo estado de excepción, una herramienta que el Gobierno sostiene como imprescindible para contener a las pandillas y al crimen organizado en zonas urbanas donde la violencia marca el ritmo de la vida diaria. La presidenta Xiomara Castro lo impuso para habilitar allanamientos, capturas y retenes sin los límites habituales y para ampliar el papel de la policía y del Ejército en barrios dominados por extorsiones, homicidios y control territorial. La medida replica el modelo salvadoreño y suspende garantías básicas como la libertad de circulación y la exigencia de orden judicial.
En estas elecciones, Estados Unidos es un factor clave, por la diáspora y porque una parte considerable del Producto Interior Bruto Hondureño, casi un 25%, proviene de las remesas, dinero enviado desde allí. De ahí el peso que tienen las palabras de Trump, que ha dicho abiertamente que «si [Asfura] no gana, Estados Unidos no malgastará más dinero, porque un líder equivocado solo puede traer resultados catastróficos a un país, sea cual sea».

El extranjero queda limitado a Estados Unidos, en 12 ciudades estadounidenses —entre ellas Houston, Miami, Washington, Los Ángeles y Nueva York— donde están registrados unos 430.000 hondureños. Esas son las únicas sedes donde la diáspora podrá participar. En cambio, España quedó excluida del proceso pese a que se propuso abrir centros en Madrid, Barcelona y Valencia. La autoridad electoral rechazó la iniciativa por mayoría, alegando dificultades técnicas, falta de reglamento y limitaciones de la red consular. La decisión deja sin voto a más de 67.000 hondureños que estaban previstos en esas tres ciudades y a una comunidad más amplia de unas 240.000 personas empadronadas en España.
Las primarias de marzo dejaron al descubierto graves fallos logísticos que afectaron a más de un millón de votantes y generaron choques entre el Consejo Nacional Electoral, el Tribunal de Justicia Electoral, las Fuerzas Armadas y la fiscalía. Desde entonces se acumularon retrasos adicionales: falta de conectividad via satélite en los colegios, retiro de un contratista logístico a pocas semanas de la elección y la necesidad de activar un procedimiento acelerado para sustituir funciones críticas del sistema. Estos elementos sostienen la preocupación de que el resultado no sea aceptado sin disputa, y que el poder aproveche para perpetuarse.

500 observadores

Los antecedentes recientes alimentan esa inquietud. El país ya vivió una crisis postelectoral en 2017, cuando el resultado fue cuestionado en medio de disturbios, denuncias de irregularidades y tensiones institucionales. Finalmente Juan Orlando Hernández, del Partido Nacional, se declaró ganador y revalidó el cargo. Tras haber sido condenado en Estados Unidos por narcotráfico, ha sido indultado esta semana por Trump.
La elección de este domingo se desarrolla, además, en un contexto donde el Gobierno ha ampliado el rol de los militares más allá de los límites habituales, en medio de estados de excepción sucesivos y una tasa de homicidios que sigue siendo la más alta de Centroamérica: 25,3 homicidios por cada 100 000 habitantes. Esta combinación refuerza el temor a escenarios de impugnación o conflicto tras el anuncio preliminar previsto para las 21:00, las 04.00 del lunes en Madrid.
La observación internacional será una pieza central del proceso. Ya están desplegados en el país alrededor de 500 observadores, incluyendo misiones de la OEA y de la Unión Europea, esta última con unos 120 delegados distribuidos en distintas regiones. A nivel interno, la repentina acreditación de más de nueve mil observadores locales en 48 horas, muchos de ellos vinculados al oficialismo, ha generado dudas sobre la transparencia del mecanismo. La UE tiene previsto emitir un informe dos días después de la elección, un documento que influirá en la lectura del proceso y en la posición de actores internacionales.
Una crisis postelectoral podría afectar la cooperación en seguridad con Estados Unidos, incluidas las extradiciones masivas que ha comenzado Trump y operaciones conjuntas, así como el funcionamiento de la base de Soto Cano, que es el principal centro operativo militar estadounidense en Centroamérica. También podría incidir en la competencia geopolítica abierta tras el giro de Xiomara Castro hacia China en 2023 y en la continuidad de acuerdos migratorios y comerciales clave.

Nicaragua excarcela a 60 presos políticos

El Gobierno de Nicaragua dio casa por cárcel este sábado a 60 presos políticos. La excarcelación se produce en un momento en que aumenta la presión de Estados Unidos en contral del régimen de Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo, y frente … a su principal aliado Venezuela, informó la prensa en el exilio y grupos de activistas.
Medios nicaragüenses que trabajan desde el exterior, sobre todo en Costa Rica, como ‘La Prensa’, ‘Confidencial’ y ‘100% Noticias’, señalaron que la cifra podría alcanzar las 40 personas. El Gobierno aún no se ha pronunciado.

Según el ‘Confidencial’, que dijo basarse en fuentes del sistema penitenciario, «entre los reos de conciencia hay varios con enfermedades crónicas, agravadas por las condiciones de cautiverio, y mayores de 60 años».

La Gran Confederación Opositora Nicaragüense, que opera en el exilio, advirtió en un comunicado que no se trata «de una liberación plena», sino de arresto domiciliario que «sigue manteniendo a los opositores bajo el yugo de la dictadura».

Al menos cuatro muertos y diez heridos en un tiroteo en un cumpleaños infantil en California

Al menos cuatro personas muerto y diez han resultado heridas este pasado sábado tras un tiroteo en la ciudad de Stockton, en el norte del estado norteamericano de California, en el que habrían sido alcanzados menores de edad.Los disparos se habrían producido en … torno a las 18.00 del sábado durante una reunión familiar —el teniente de alcalde de Stockton, Jason Lee, ha confirmado que se estaba celebrando un cumpleaños infantil— dentro de un establecimiento de comida rápida.

La investigación preliminar sugiere que el incidente fue un ataque selectivo, según la agente de información pública Heather Brent, al ‘Los Angeles Times’.

Las fuerzas policiales todavía no han identificado al autor de los hechos y el Fiscal de Distrito del Condado de San Joaquín, Jon Freitas, ha pedido a «cualquiera que tenga información sobre este individuo» que la haga llegar a las autoridades «inmediatamente», en declaraciones recogidas por la cadena de televisión CBS News.

Honduras vota bajo la injerencia de Trump, que condiciona su ayuda a la victoria de Asfura

Desde la distancia, Donald Trump ha sacudido el escenario político hondureño en vísperas de unas elecciones generales de alta tensión, en las que se juega un equilibrio de poder clave en Centroamérica. El interrogante central es si la izquierda de inspiración castrista y chavista logrará … mantenerse en el gobierno en un país convertido en foco de emigración regional y paso obligado de las rutas que avanzan hacia el norte desde Venezuela y Colombia.
Las elecciones presidenciales se celebran este domingo, con más de seis millones de votantes convocados a elegir presidente, Congreso y alcaldías. El promedio de encuestas sitúa al opositor Salvador Nasralla, del Partido Liberal, en primer lugar con 37% de intención de voto; seguido por Nasry Asfura, del conservador Partido Nacional, con 29%; y Rixi Moncada del oficialista Libre, con el 27%.
Y Trump ha salido abiertamente en redes sociales a defender a Asfura. Desde su residencia en Mar-a-Lago subrayó que será «muy solidario» con Honduras si gana el candidato que él respalda, y que, si no gana, Washington no volverá a invertir recursos «para apoyar a un mal líder». Vinculó a la candidata de izquierdas Rixi Moncada, que fue ministra de Finanzas y Defensa, al chavismo y el castrismo.

Además, anunció que concederá un indulto total al expresidente de este país, Juan Orlando Hernández, condenado en Estados Unidos a 45 años de prisión por cargos de tráfico de cocaína y armas. Se trata de la intervención de la mayor potencia continental en favor de un candidato y en defensa de un exmandatario declarado culpable por la justicia estadounidense.
Hernández, el ahora indultado, del mismo Partido Nacional, gobernó Honduras entre 2014 y 2022, y fue detenido en febrero de 2022 por la policía hondureña a petición de Washington. Menos de dos meses después fue extraditado en un operativo que incluyó a agentes de la DEA. Se le acusó de haber construido durante años un sistema de protección a grandes capos del narcotráfico, de haber recibido sobornos por millones de dólares —incluido, según los fiscales, un millón entregado por Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán— y de haber facilitado el envío de al menos 400 toneladas de cocaína hacia EE.UU.
Un jurado federal lo declaró culpable en marzo de 2024 y un juez le impuso una pena de 45 años, que ahora cumple. La investigación que lo derribó se desarrolló en gran medida durante el primer mandato de Trump, aunque su extradición y juicio ocurrieron bajo la Administración de Biden.
Trump justificó el indulto en términos personales y políticos. «Juan Orlando Hernández ha sido tratado de manera muy dura e injusta», afirmó en un mensaje en su red social. «Le otorgaré un perdón total y completo». En otro mensaje añadió: «¡Felicidades por tu próximo perdón!». Y añadió una versión modificada de su lema: «¡Make Honduras Great Again!», «¡Haced Honduras grande de nuevo!».
Las elecciones en Honduras suelen desarrollarse en un clima convulso. En 2009 el país sufrió un golpe de Estado que marcó toda la década siguiente. En 2017, la reelección de Juan Orlando Hernández estuvo rodeada de denuncias de manipulación del escrutinio y derivó en protestas masivas y en una crisis de legitimidad que dejó decenas de muertos. En 2021, Xiomara Castro ganó la presidencia con una amplia movilización social, pero también en medio de un sistema electoral cuestionado y de tensiones entre instituciones.

Fraude e irregularidades

Las primarias de marzo de este año, concebidas como una especie de primera vuelta, profundizaron las dudas. Estuvieron plagadas de denuncias de fraude e irregularidades después de que el ejército, encargado de la distribución del material electoral, fallara en la entrega de urnas y actas en numerosos centros de votación. Ese episodio deterioró aún más la confianza en el proceso y dejó abierta la posibilidad de nuevas disputas el día de las elecciones.

En periodo electoral, el Ejército queda bajo la autoridad del Consejo Nacional Electoral y asume la logística de la votación. Pero sectores opositores temen que la cúpula militar termine alineándose con el Gobierno, dado que la presidenta Xiomara Castro ejerce también como ministra de Defensa. En un mensaje difundido en vísperas de la votación, Castro afirmó: «Mi responsabilidad es garantizar tranquilidad, transparencia y respeto absoluto a la voluntad popular, para que continúe la refundación y el desarrollo de nuestra nación».
Trump abre ahora una situación inédita. Apoyo expreso a uno de los opositores y un condicionamiento abierto de cualquier ayuda a su victoria, aunque las encuestas no lo den como ganador. Es Honduras, un país de 10,6 millones de personas, una de las principales fuentes de emigración hacia EE.UU., en gran parte irregular. En los años de Biden, unos 200.000 hondureños al año trataban de ingresar en el país. Decenas de miles han sido deportados con Trump con la cooperación de Castro.
El miércoles Trump presentó a Asfura, de orígenes palestinos, como la única opción para impedir lo que llama «narcoterrorismo», en referencia a la izquierda hondureña y en especial al círculo de la presidenta Castro y del expresidente Manuel Zelaya,aliado de los Castro y de Hugo Chávez. «Tito y yo podemos trabajar juntos para combatir a los narcocomunistas y llevar ayuda a Honduras», escribió.
Asfura, que ha buscado activamente apoyo en Washington, celebró el gesto de Trump. La candidata oficialista, Moncada, denunció a quienes «desde el exterior buscan revivir criminales» y acusó a «élites financieras» de «mover hilos en Washington». La presidenta Castro simplemente animó a votar como gesto de «resistencia».

Salvados del incendio de Hong Kong por la rutina: «En las casas solo había ancianos y niños»

Chak Ming Yau se despertó el miércoles sin saber que ese día lo perdería todo. Aquella era una mañana normal, de modo que como tantas otras apagó el despertador, se vistió, desayunó un bocado rápido, se despidió de su mujer y su hijo y salió … a las calles de Tai Po camino de las oficinas de la Alianza Misionera Cristiana, una iglesia protestante en la que trabaja como pastor. Acababa de abandonar un hogar al que nunca podría regresar.
El instante en el que descubrió que su vida había cambiado permanece, perenne, en la pantalla de su teléfono móvil. «Estábamos empezando los preparativos de Navidad de la parroquia, así que había salido a comprar harina para hacer galletas cuando el director del colegio donde organizamos nuestros eventos me escribió», rememora mientras muestra el intercambio. «Hay un incendio en Wang Fuk, ¿estás bien?».
El mensaje data de las 15:19. El fuego había empezado apenas 28 minutos antes. «Al principio pensé que se trataba de un pequeño incidente». Por eso, avanzó con parsimonia por la avenida Kwong Fuk hasta que, a la altura del río, alcanzó a divisar su urbanización. Este hombre de fe se encontró entonces ante algo parecido al infierno.
El señor Yau recibe a ABC en esas mismas oficinas, al cabo de tres días en los que, en perverso ripio del Nuevo Testamento, caben una vida y muchas más muertes. Todo adquiere un significado nuevo, más solemne –empezando por el cartel que recuerda la prohibición de tomar el ascensor en caso de incendio– a la luz de las llamas que arrasaron el complejo residencial. Aunque su trágica magnitud todavía no se ha cuantificado con exactitud, esta es ya una de las catástrofes más devastadoras en la historia moderna de Hong Kong.
Las cifras oficiales recogen 128 fallecidos, un cómputo que podría seguir aumentando a medida que concluyan las labores de rescate. Quedan por resolver 150 «peticiones de auxilio» –la ambigua métrica que las autoridades han empezado a emplear en lugar de «desaparecidos»–. Fuentes policiales explicaban el viernes a ABC antes de iniciar la batida de reconocimiento que dentro de los bloques podría haber hasta «un centenar» de cuerpos.

Refugios y andamios de bambú
En la primera imagen, el pastor Chak Ming Yau junto a su hijo, con las donaciones almacenadas en las oficinas de su iglesia; en la segunda, andamios de bambú en el centro de Hong Kong; en la última un espacio de las oficinas de la iglesia reconvertido en refugio para las víctimas del incendio
J. Santirso

Cuando el señor Yau llegó, solo dos de los ocho bloques ardían –acabarían siendo siete–. Su vivienda familiar en la trigésima planta de Wang Tao, el cuarto edificio, permanecía intacta. «Sabía que mi mujer y mi hijo no estaban dentro, ella estaba impartiendo sus clases de pintura y él en el instituto. Así que mi primer impulso fue el de entrar para llevarme algunos objetos personales, pero los bomberos me cortaron el paso».
El juego fantasioso para identificar las posesiones más preciadas se vuelve en su caso un amargo lamento. «De haber podido, hubiera querido rescatar los pasaportes, el dinero, una memoria externa con fotos de la infancia de mi hijo y el álbum familiar».

79 criadas desaparecidas

«Para entonces ya tenía la certeza de que era una gran tragedia», prosigue. «Sentía un enorme pesar porque sabía que había muchas personas dentro». Así, salvaron la vida quienes tenían la obligación de ganársela, con la rutina por rescate. En el interior permanecían, en su mayoría, jubilados y niños pequeños con sus cuidadoras –79 asistentas de nacionalidad indonesia continúan en paradero desconocido, según informa su consulado–.
Retratos de unos y otros recubren la pared del centro comunitario Kwong Fuk, un espacio a la vuelta de la esquina donde acuden familiares de los desaparecidos, en busca de respuestas que hagan definitiva la ausencia.
«Estaba ahí plantado sin saber qué hacer, impotente, viendo cómo las chispas empezaban a saltar al tercer bloque». El señor Yau decidió que no tenía sentido quedarse a ver cómo su piso desaparecía. Se giró, dando la espalda a un hogar pronto reducido a cenizas, y desanduvo el camino hacia las oficinas. «Ni siquiera tenía miedo, solo sentía un vacío». La familia se congregó allí, y pasaron la noche juntos en casa de un miembro de su congregación.
El señor Yau está sin afeitar, viste un chándal prestado y el agotamiento se lee en su rostro. «He estado recorriendo sin parar los centros comunitarios en busca de información para los afectados». De momento ha recibido 30.000 dólares hongkoneses (3.300 euros) y las llaves de una vivienda de protección oficial en Ma On Shan. «Todavía no sé cuánto tengo que pagar ni cuánto tiempo podremos quedarnos», confiesa.
«Mi mujer lloró cuando nos entregaron el certificado de víctima, fue el momento en que aceptó la realidad». ¿Y él? «Es como si no fuera yo mismo. A veces al recordar lo sucedido, por ejemplo ahora, siento que necesito llorar, pero no me sale», apunta titubeante, antes de recuperar la entereza y zanjar: «No es el momento de llorar, hay muchas cosas que solucionar».
En este particular estado emocional, no obstante, sí hay espacio para un sentimiento. «Estoy muy enfadado, por supuesto. Nos habíamos mudado a este piso en septiembre de 2024. La renovación de la fachada había empezado unos meses antes, pero era evidente que no había suficiente supervisión». Dichas obras, y las malas prácticas de la empresa encargada –en particular la colocación de planchas de poliestireno sobre las ventanas y la desactivación de la alarma antiincendios– son el motivo por el que el fuego adquirió dimensiones tan destructivas.
Las autoridades ya han detenido a once personas relacionadas con el proyecto, entre ellas a tres responsables de la firma, Prestige Construction and Engineering, acusados de homicidio imprudente. Ahora bien: no son los únicos.

Detenido por quejarse

Las fuerzas de seguridad han invocado la Ley de Seguridad Nacional –la ley impuesta por el Partido Comunista de China para cercenar los derechos y libertades de Hong Kong– para arrestar al impulsor de una petición que reclamaba una investigación independiente de los hechos, según reveló ayer el diario local ‘South China Morning Post’. Se trata de una despótica maniobra para impedir que el descontento social adquiera dimensión política.
El señor Yau, por su parte, se centra en aquello que está en su mano, tanto en su infortunio personal como en el de los demás. «En un primer momento las necesidades de nuestra comunidad eran materiales, por eso alojamos a veinte personas en las oficinas», cuenta. «Ahora las necesidades son espirituales, varios fieles han perdido a seres queridos».
Tras la conversación, se despide, pues tiene que terminar de preparar el servicio dominical de hoy, el primero tras el incendio. Lo único que tiene claro es su temática: «La existencia de Dios en la tragedia».

Peter Heather: «Todo imperio crea fuerzas externas que acaban destruyéndolo»

El historiador británico Peter Heather (Belfast, 1960) se ha pasado la vida explorando cómo se construyen y desmoronan las civilizaciones. Profesor en el King’s College de Londres, formado en Oxford y con una breve etapa en el Tesoro británico, combina la precisión del … historiador con la mirada estructural del economista. Es autor, junto al politólogo John Rapley, del ensayo Por qué caen los imperios (Taurus), en el que analiza las causas del auge y declive de Roma para comprender las tensiones del mundo actual. Su tesis central es incómoda: los imperios más longevos no son derribados por enemigos externos ni por decadencia interna, sino por el éxito con el que transforman el mundo que los rodea. Heather vino a España para intervenir en un congreso internacional organizado por el Instituto Cultura y Sociedad (ICS) de la Universidad de Navarra.

Usted ha sostenido que el Imperio romano no se transformó, sino que colapsó. ¿Por qué es importante esa diferencia?
Porque la idea de ‘transformación’ suaviza algo que, en realidad, fue un derrumbe acelerado. Roma tenía tensiones internas, pero no las que pueden destruir un sistema tan sofisticado. Lo decisivo fue que el imperio había modificado profundamente a sus vecinos. La globalización romana creó estructuras políticas nuevas: grupos que antes no existían. Los visigodos, por ejemplo, no son una continuación de pueblos antiguos, sino un producto político del siglo V surgido dentro del territorio romano. Es decir: el colapso no vino de la disfunción interna, sino de la transformación del entorno que Roma había provocado. El imperio creó, sin quererlo, a quienes lo harían caer.
¿Entonces los imperios caen más por presiones externas que por debilidad interna?
Depende. Hay imperios, como el carolingio, que se desintegraron por pura debilidad del centro. Pero el romano, o los grandes imperios modernos, son otra cosa: estructuras muy poderosas y duraderas que transforman profundamente su entorno. Mi coautor y yo sostenemos que los imperios que perduran siglos —como Roma o el bloque occidental moderno— terminan generando su propia caída. No porque alguien los ataque desde fuera, sino porque su propio éxito crea nuevas potencias a su alrededor. Las presiones externas no surgen de la nada: son un producto del propio sistema imperial. Los imperios siempre creen que son distintos. Pero lo que la historia muestra es que, cuanto más se transforman sus vecinos, más difícil les resulta seguir siendo lo que eran. Ese es el momento en que descubren que ya no dominan el mundo, sino que el mundo los ha transformado a ellos.
¿Está ocurriendo eso hoy con Estados Unidos y China?
Sí, y no necesariamente en forma de hostilidad. Los imperios generan centros de poder alternativos. En el caso de Estados Unidos, China es uno de ellos. Pero esa relación no tiene por qué ser bélica: puede ser de competencia, de tensión o incluso de cooperación. La creación de nuevas potencias significa, simplemente, que el imperio ya no puede dominar su entorno como antes. Lo que vemos ahora es una renegociación del equilibrio global, no el fin de la globalización.
¿Cree en la ‘trampa de Tucídides’ entre Estados Unidos y China?
No, en absoluto. Los políticos pueden hacer cosas muy estúpidas, pero no hay una fatalidad que condene a las grandes potencias a enfrentarse. La cuestión de Taiwán es delicada, pero no implica que haya intereses vitales irreconciliables. Lo que sí es cierto es que los políticos tienden a pensar a corto plazo. Necesitan ganar las elecciones del año siguiente, no los próximos veinte. Eso ha sido así desde el Imperio romano: las decisiones inmediatas pesan más que las estratégicas. Esa miopía puede llevar a un conflicto, pero no es inevitable.

Sociedad envejecida
«Los sistemas de pensiones se pensaron hace 80 años. El modelo no se adapta a la realidad de que vivimos 20 años más. Este es el tipo de problemas que acaban con un imperio»

¿Qué episodio histórico le recuerda más al pulso entre Washington y Pekín?
El enfrentamiento entre Persia y el Imperio romano de Oriente en los siglos VI y VII. Durante más de un siglo ambas potencias cooperaron, evitaron guerras por puro pragmatismo. Luego, por razones políticas, decidieron hacer justo lo contrario: pelear por todo. Resultado: medio siglo de guerra total que destruyó a ambos. De ese desastre solo sobrevivió una cuarta parte del Imperio Bizantino. Es un ejemplo escalofriante de cómo las decisiones erróneas pueden convertir tensiones manejables en catástrofes. Por eso me preocupa que Estados Unidos y China opten algún día por hacer algo realmente estúpido.
¿Qué enseña la caída del imperio soviético?
Que los sistemas imperiales también se derrumban por la comparación con el exterior. La URSS cayó porque Gorbachov perdió la fe en la viabilidad del sistema al ver cómo Occidente prosperaba. Las sociedades satélite —Alemania Oriental, Hungría, Checoslovaquia— podían ver la diferencia con sus propios ojos. Era insostenible. Putin, en cambio, ha apostado por la fuerza bruta. Pero su guerra en Ucrania demuestra que ese modelo está agotado. La presión interna dentro de Rusia es enorme, aunque la propaganda diga lo contrario. Es el viejo reflejo imperial: negar la realidad hasta que te aplasta.
Usted insiste en la contingencia: que nada es inevitable hasta que ocurre. ¿Puede aplicarse eso a Estados Unidos?
Por supuesto. La historia no avanza por fatalidad, sino por decisiones. Lo más difícil de escribir historia es entender qué opciones reales existían. Siempre hay alternativas. Que algo haya pasado no significa que no pudiera haber sido de otra manera. En política ocurre igual: hay que distinguir entre lo deseable y lo posible. La historia no es destino. Los imperios no caen porque ‘tengan que caer’, sino porque sus líderes toman decisiones concretas que los llevan al colapso.
Trabajó en el Tesoro británico. ¿Estamos ante el fin de la globalización?
No, lo que estamos viendo es una recolocación. Las placas tectónicas de la economía mundial ya se movieron. No hay vuelta atrás. Lo que sí ha ocurrido es que la globalización benefició sobre todo a una parte de la sociedad —las élites urbanas y financieras— mientras la clase trabajadora industrial se empobrecía. Ese desequilibrio explica fenómenos como Trump o el Brexit. Los imperios económicos también se resquebrajan cuando una parte de su población deja de creer en las promesas del sistema. Todo sistema imperial acaba generando desigualdad entre su núcleo y su periferia. Y cuando la periferia se siente traicionada, el sistema se tambalea.
¿Necesitamos más economistas o más políticos?
Necesitamos economistas que entiendan de historia. No basta con mirar el PIB: hay que ver cómo se distribuye. Y necesitamos políticos capaces de pensar más allá del próximo ciclo electoral. En Europa, el gran problema será el envejecimiento de la población. Los sistemas de pensiones de nuestro estado del bienestar se concibieron en los años cuarenta, cuando la esperanza de vida apenas superaba la jubilación en tres o cuatro años. Hoy los ciudadanos viven veinte años más y requieren atención sanitaria durante todo ese tiempo. El modelo fiscal no se ha adaptado a esa realidad. Es un ejemplo claro de cómo los sistemas políticos pueden volverse prisioneros de sus propias conquistas: la longevidad, que es un éxito social, se convierte en un desafío fiscal. Nos estamos endeudando para mantener un sistema que ya no encaja con la demografía actual. Ningún político quiere decirlo, pero es la verdad incómoda de nuestras democracias maduras. Este es el tipo de problema que puede desestabilizar incluso a un imperio moderno.
¿Sigue habiendo un vínculo entre economía y poder imperial?
Por supuesto. Todo imperio es, en el fondo, un sistema de distribución de recursos: decide quién se beneficia del intercambio y quién queda fuera. Roma no era solo un aparato militar, sino un mecanismo de redistribución. Cuando esa redistribución se desequilibra —cuando demasiados pierden mientras unos pocos ganan—, el consenso se rompe. Lo mismo ocurre hoy con el capitalismo global. Los desequilibrios económicos son los nuevos ‘bárbaros’ que presionan las fronteras del sistema.
En tiempos de posverdad, ¿qué papel le queda a la historia?
La historia debe mantener el rigor de los hechos sin renunciar a la pluralidad de perspectivas. No todo es relativo: hay verdades verificables —el Tylenol no causa autismo, por ejemplo—, pero también hay verdades de experiencia. El mismo acontecimiento puede vivirse de formas opuestas por distintos grupos. La tarea del historiador es integrar esas voces en una narrativa común sin diluir la precisión factual. Defender la verdad no significa imponer una sola versión, sino reconocer la complejidad de la realidad.
Muchos analistas hablan hoy de un ‘siglo multipolar’. ¿Cree que los imperios pueden sobrevivir en un mundo donde el poder está cada vez más disperso?
Creo que el término ‘multipolaridad’ describe bien el momento actual, pero no creo que sea nuevo. Roma también vivió fases multipolares, igual que las potencias europeas del siglo XIX o la Guerra Fría en el XX. La cuestión no es si hay varios polos, sino si esos polos son capaces de aceptar que ya no pueden imponer unilateralmente sus reglas. Los imperios pueden sobrevivir en un mundo multipolar, pero solo si renuncian a la fantasía de control absoluto. La hegemonía del siglo XX no volverá. Lo que sí puede existir es una capacidad de liderazgo: coordinar, influir, marcar normas. Estados Unidos podría seguir siendo una potencia dominante, pero no será la única. La multipolaridad no destruye imperios por sí misma; lo que los destruye es su incapacidad para adaptarse a ella. En ese sentido, el mayor peligro para un imperio es seguir creyéndose imprescindible cuando el mundo ya ha cambiado a su alrededor.