Adquirir Groenlandia, perder Ucrania
La iniciativa de Donald Trump para incorporar Groenlandia al territorio estadounidense no responde a una necesidad estratégica. Bastaría un acuerdo con Dinamarca, o una iniciativa en el seno de la OTAN, para que los intereses de Washington en la … isla ártica quedasen protegidos. Pero el deseo de Trump de emular a William McKinley y sumar un Estado asociado dificulta la negociación en marcha sobre un alto el fuego en Ucrania.
Mientras se produce el choque entre aliados occidentales, Rusia no parece que vaya a dar su brazo a torcer. Moscú continúa proyectando la imagen de una gran potencia que inevitablemente ganará la guerra, una estrategia política para tapar sus debilidades sobre el terreno.
Hay todavía algunos temas centrales sin resolver si se pretende poner fin a casi cuatro años de invasión rusa: la delimitación y el control de la nueva frontera que partiría el país, el futuro de la central nuclear de Zaporiyia, tomada por las tropas de Vladímir Putin, y las garantías de seguridad que necesita Ucrania para no convertirse en un país vasallo.
Para los dos primeros se han planteado soluciones pragmáticas: la desmilitarización del territorio del este ucraniano no controlado por Rusia y la cogestión por parte de Estados Unidos de la central nuclear más importante de Ucrania. El nudo gordiano sigue siendo si Washington se compromete o no con la libertad y la democracia de los ucranianos.
Es difícil imaginar que Donald Trump vaya a tratar mejor a los compatriotas de Zelenski que al resto de los europeos. Sabemos a estas alturas que no considera que la cláusula de defensa mutua de la OTAN tenga mucho valor. La única óptica que funcionaría para lograr un compromiso estadounidense es la de los negocios que se pueden hacer en una Ucrania pacificada.
Salga adelante o no el acuerdo de alto el fuego, los europeos tendrán que mantener su apoyo a Kiev en todos los órdenes, sabiendo además que no será suficiente para frenar de una vez al expansionismo ruso. Sobre Groenlandia, tendrán que negociar y acomodar sin renunciar al derecho y los principios que definen a las democracias occidentales.

