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Refugiados ucranianos: Rusia les quitó su hogar, Japón les ofreció otro

De turista a refugiado. La transformación resulta abrupta, acaso comparable a la de una comunidad étnica que empieza a abrirse por imperativo socioeconómico. Por eso los japoneses tienen cada vez más vecinos extranjeros y por eso algunos de ellos son rubios de ojos azules, … estereotipo del refugiado ucraniano. Así, gente que ha perdido el futuro acude a una sociedad que lo busca; gente a quienes Japón ofrece aquello que Rusia les arrebató: un hogar.

En el barrio residencial de Nishikubo, a las afueras de Tokio, el café Kraiany se agazapa por calles impolutas de viviendas armónicas. Preside la fachada una bandera de la patria en lucha, y entre el amarillo del trigo y el azul del cielo, tan lejos ambos, se inscriben los lazos curvos de los silabarios nipones; una insólita mixtura que encuentra aquí sentido pues el Kraiany, «compatriotas» en ucraniano, representa su punto de encuentro en la megalópolis asiática que les guarece.

Arriba, Igor Ievtushuk, vicepresidente de la ONG Kraiany, que agrupa a la comunidad ucraniana en Japon. Abajo izquierda, vecinos japoneses del barrio residencial de Nishikubo toman algo en el Cafe Kraiany. A la derecha, la carta del Cafe Kraiany ofrece comida tipica ucraniana
FOTOS: JAIME SANTIRSO

Acceder al interior implica sumergirse a esa peculiar amalgama en la que incluso la resistencia puede seguir el principio de kawaii’, lo adorable. En la pared, un cartel manuscrito enseña las frases básicas y su transcripción fonética, toda una refriega en las laringes de los esforzados vecinos: desde «purivitto» –«pryvit» o «hola»–; hasta la exclamación ya universal: «Surava Ukuraini!».
Irina sirve la última comanda antes de tomar asiento. «Al principio no me podía creer lo que estaba sucediendo», rememora. Para entonces esta joven, oriunda de Zaporiyia, vivía en Kiev, donde trabajaba en una empresa de videojuegos. «Meses atrás había escuchado un discurso de Putin y me pareció que sonaba como alguien que iba a hacer una locura, así que me compré una gran mochila». Esos fueron todos sus preparativos, una gran mochila vacía. Hasta que, de pronto, hubo de llenarla a toda velocidad.
Apenas tres días después del comienzo de la invasión partía en un tren repleto de mujeres y niños hacia Leópolis, cerca de la frontera con Polonia, desde donde viajó a Varsovia. Allí pasó un mes, esperando no sabe muy bien qué. «Ahora suena iluso, pero pensé que todo se solucionaría pronto». Fue entonces cuando surgió la oportunidad de pedir asilo en Japón.
«Un amigo japonés que había conocido por internet supo por la prensa que su país estaba aceptando refugiados ucranianos y me avisó». Con esa noticia se plantó en la embajada nipona en Varsovia. «Les pregunté qué necesitaba y me dijeron que ellos tampoco lo tenían muy claro». El proceso, excepcional, acabó siendo sencillo: Irina presentó su pasaporte junto a un billete de avión y al cabo de un par de días recibió un visado.
«Fue mucho más fácil que cuando visité el país en 2017», apunta. Aquel fascinante viaje le había animado a estudiar el idioma, pero si antes lo hacía por diversión ahora le iba la vida en ello. Era abril de 2022 y tenía que empezar de cero al otro lado del mundo. «Me concedieron un apartamento y muchas ayudas, pero fue duro», reconoce.

Otra Ucrania

«Hacer amigos japoneses puede ser un poco complicado -confiesa Irina-, por lo que empecé a conectar con la comunidad ucraniana». Así llegó al Kraiany. La existencia de este café demuestra que el conflicto en Ucrania se remonta a mucho antes de la invasión. También el recorrido vital de Igor, cuya adaptación a la sociedad japonesa se percibe tanto en su impecable acento como en el modo en que peina sus mechones hacia adelante.
«En 2013 me involucré mucho en la revolución del Maidán», relata. Igor había estudiado japonés en la universidad, lo que le sirvió para ser contratado como traductor sobre el terreno para el ‘Mainichi Shimbun’, uno de los principales diarios del país.

La ONG Kraiany tiene 30 empleados, la mayoria ucranianos

En imagen, Irina y su compañera

«Acompañé a sus reporteros a Crimea a cubrir el referéndum y pude comprobar con mis propios ojos lo peligrosa que era la situación», dice. «Mi intención era empezar a enseñar japonés, pero uno de mis profesores me recomendó que tratara de mudarme allí», continúa. Eso hizo: consiguió una beca para cursar un posgrado y después se incorporó a una empresa tecnológica. Pero no podía dejar de mirar atrás.
«La revolución del Maidán había cambiado algo en mi interior, porque había descubierto lo que la democracia significaba para Ucrania. Cuando entrabas dentro de las manifestaciones toda la atmósfera era diferente, era la Ucrania del futuro, no tenía nada que ver con la Unión Soviética, era una Ucrania europea», señala. «Y esa sensación es muy adictiva. Por eso al llegar aquí quise mantener vivo ese espíritu de alguna manera, por remota que fuera».
Igor se involucró en la ONG que regenta y da nombre al café. Empezó disfrazándose de San Nicolás [el Papá Noel ucraniano] en la fiesta de Navidad y acabó, hoy, ostentando el cargo de vicepresidente. La organización surgió en 2009 como una escuela para que los niños ucranianos en Japón estudiaran la historia y la cultura de su país, pero con el advenimiento de la invasión comenzaron a desarrollar cada vez más labores humanitarias. «Al principio enviábamos generadores eléctricos a Donetsk o Lugansk, y ahora construimos refugios en escuelas», explica. Para ello, Kraiany cuenta con 200 voluntarios, 30 empleados y unos 60 niños asisten a sus programas educativos.

Contra la «inmigración descontrolada»

El número de personas que han huido de Ucrania y se han registrado como refugiados en otros países roza, según datos de Acnur (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados), los siete millones. 2.000 de ellas han ido a parar a Japón, cifra que duplica la cantidad de ucranianos afincados allí antes del conflicto.

2.000
refugiados ucranianos se han ido a Japón, el doble de los que había antes del conflicto.

«Me sorprendió mucho su reacción, porque en Japón normalmente es muy complicado hacer cambios, pero en este caso lograron ayudar mucho y muy rápido», comenta Igor.
«Creo que el Gobierno japonés entiende que la crisis en Ucrania forma parte de algo más grande que puede afectarles en el futuro. Japón es una nación pacifista, no pueden darnos armas, así que nos ayudan con asistencia humanitaria y acogiendo refugiados».
Esta iniciativa se produce cuando el país asiático ha tenido que relajar sus políticas de inmigración por el estancamiento demográfico, una cuestión polémica para una sociedad edificada sobre la unidad étnica y cohesionada por una cultura muy rígida. El número de extranjeros residentes en Japón alcanzó en 2025 su máximo histórico con casi 4 millones, apenas un 3,2% de la población total. En consecuencia, la inmigración se ha convertido en una cuestión política de primer orden, plasmada en la emergencia del partido de extrema derecha Sanseito, formación que llama a «no repetir los errores de Europa» con la «inmigración descontrolada».
La actual primera ministra, Sanae Takaichi, que procede del ala más conservadora del Partido Liberal Democrático, ha replicado parte de este discurso y ha prometido legislación más estricta. «Se ha generado una situación en la que los ciudadanos tienen una sensación de ansiedad e injusticia por los actos ilegales y el incumplimiento de las normas por parte de algunos extranjeros», denunció la jefa de Gobierno el pasado mes de noviembre.
La convocatoria de elecciones anticipadas para el próximo 8 de febrero podría reavivar el debate público. «La cuestión de los refugiados y los extranjeros se exagera mucho, para mí es puro populismo», defiende Igor. «La gente tiene que entender que venir a Japón es muy difícil. Tienes que estar muy motivado. Tienes que amar a este país».
Hay una realidad, más acogedora, personificada en la señora Murakami. Esta anciana de 85 años es la propietaria del local donde se erige el Kraiany, que sus hijos le habían regalado para que cumpliera su sueño de regentar una cafetería. «Cuando empezó la invasión de Ucrania pensé que era horrible. Mientras charlaba al respecto con mis amigos reflexioné que, a mi edad, no había hecho grandes contribuciones a la sociedad», expone.
«Además, simpatizaba con ellos porque recordaba episodios de mi infancia durante la II Guerra Mundial: la preocupación por si mi hermana no regresaba del colegio, los aviones estadounidenses que quebraban nuestras ventanas, los niños sin padres…». La señora Murakami, movida por el pasado y el presente, decidió ponerse en contacto con Kraiany y cederles el espacio, primero gratis, después a cambio de un alquiler reducido.
Los clientes se han ido, y acaba otro día sin que por ello el final de la guerra parezca más próximo. «Ya no pienso en el futuro, me limito a ir día a día», admite Irina. Igor, menos refugiado que inmigrante, hace poco contrajo matrimonio con una mujer nipona y no se plantea volver. Aunque a veces, no puede evitarlo, fantasea con esa Ucrania que vislumbró. «Me he esforzado mucho para acomodarme a esta cultura, pero todos los seres humanos sentimos esa nostalgia», concede. «En el Kraiany tenemos buen ‘borsch’ [sopa de remolacha] y buenos ‘varenyky’ [empanadillas]. Venir aquí es una forma de regresar».

ICE, el brazo armado de Trump contra los sin papeles

Las tres letras de una sigla dominan Mineápolis desde diciembre: ICE, la Policía de inmigración y aduanas, que tiene a miles de agentes desplegados en una operación migratoria descomunal, polémica y trágica. ‘Fuck ICE’ (‘Que le jodan al ICE’), dicen las … pintadas por toda la ciudad. ‘ICE out’ (‘ICE fuera’), gritan los manifestantes. «Han pasado dos coches del ICE por la avenida Portland con la calle 31, dirección sur», alerta en un grupo de Signal uno de los miles de voluntarios, armados con silbato y móvil, dedicados a detectar y documentar sus operativos. «No salgo de casa hasta que no se vaya el ICE», lamenta una indocumentada mexicana.
ICE, ICE, ICE… se escucha en una ciudad por lo general tranquila, somnolienta. Pero ahora sacudida por este despliegue masivo de agentes federales decretado por Trump, entre alegaciones de redadas indiscriminadas, detenciones de gente con papeles e incluso de ciudadanos, episodios de uso excesivo de fuerza y, también, acoso y resistencia a la labor de los agentes, en ocasiones de forma violenta. Y, por supuesto, la muerte de dos vecinos, ambos estadounidenses, ambos por disparos de agentes federales, en dos tragedias a todas luces innecesarias.
Los demócratas, que controlan Mineápolis y Minnesota, han combatido este despliegue, por ahora sin éxito. Una jueza federal decidió este sábado contra su exigencia de suspender las operaciones de los agentes federales. Y otro juez ordenó la liberación antes del martes del niño de cinco años Liam Conejo Ramos, cuya imagen se ha convertido en el símbolo de la crueldad de las redadas.

Mineápolis no ha sido la primera ciudad donde ha actuado el ICE. Antes vinieron Los Ángeles, Chicago o Nueva Orleans. Pero el despliegue en la principal ciudad de Minnesota puede haber sido una muestra de qué cara puede tener la mano dura de Trump: el desembarco de un pequeño ejército doméstico, fortalecido con inversiones multimillonarias y reclutamientos masivos, con tácticas agresivas y cuestionables y en confrontación con las autoridades locales.
«Mineápolis es un ensayo de lo que va a ocurrir en otros lugares de EE.UU.», advierte Madison, una entre varios cientos de manifestantes delante del edificio federal Whipple, un centro de operaciones cercano al aeropuerto. «Esto es la materialización de la deriva autoritaria de Trump, pero nosotros también estamos mostrando cómo hacerle frente».
Trump prometió en campaña la mayor deportación de inmigrantes indocumentados de la historia. Fue una promesa popular entre sus votantes, tras varios años bajo Joe Biden con la frontera desbordada, con cruces ilegales récord por parte de inmigrantes.

«Mineápolis es un ensayo de lo que va a ocurrir en otros lugares de EE.UU.»

Madison
Manifestante en una protesta ante el centro de operaciones del ICE

Nada más llegar a la Casa Blanca, Trump se puso manos a la obra. El primer requisito era fortalecer el brazo ejecutor de la política migratoria, la fuerza de seguridad encargada de detectar, detener y deportar inmigrantes indocumentados.

600.000 deportados

Con el apoyo de sus aliados republicanos, Trump ha llenado los bolsillos del ICE y del resto de agencias dedicadas al cumplimiento de la legislación migratoria. En la macroley de gasto aprobada en verano se incluyeron 170.000 millones de dólares (143.000 millones de euros) para ese objetivo. Tras el regreso del multimillonario neoyorquino al poder, el ICE ha visto triplicado su presupuesto operativo, además de fondos descomunales para el desarrollo de centros de detención. En total, 75.000 millones de dólares (63.000 millones de euros) solo para esta agencia.
Es conocido el gusto de Trump por los números redondos y simbólicos, que transmiten claridad en el mensaje. Por eso se puso como objetivo de política migratoria la deportación de un millón de indocumentados en un año. Es decir, unos 3.000 deportados por día. Se ha quedado muy lejos, en algo más de 600.000. Pero es un número muy importante si se tiene en cuenta que el presidente de EE.UU. ha logrado eliminar casi por completo las entradas ilegales en la frontera sur –uno de sus grandes logros–, donde es más sencillo ejecutar las deportaciones.
Para acercarse a ese objetivo, necesitaba multiplicar el número de efectivos: «boots on the ground», botas sobre el terreno. El cuerpo del ICE tenía unos 10.000 agentes hace un año. Ahora son más del doble, 22.000.
Para conseguirlo, se han tomado atajos. El periodo de entrenamiento en ICE era de cinco meses. Ahora dura ocho semanas, y no incluye clases de español, el idioma que hablan muchos de los objetivos de sus detenciones. Además, se han eliminado las limitaciones de edad. Antes se exigía que los candidatos fueran mayores de 21 años y menores de 40. También se han creado incentivos, como un bonus de entrada de 50.000 dólares (42.000 euros). Y se ha invertido en una campaña de publicidad multimillonaria por parte del Departamento de Seguridad Nacional (DHS), del que depende el ICE. Una campaña que ha sido polémica, por el contenido de algunos de los anuncios, que incluyen referencias de extrema derecha y supremacismo blanco.

La ley de la frontera

Por ejemplo, un anuncio en redes sociales del pasado agosto utilizaba la expresión ‘Which way, American man’ (‘¿Qué camino tomarás, hombre estadounidense?’), tomada del libro ‘Which way, Western man?’, una novela antisemita y racista de la década de 1970. En otro anuncio, se utilizaba la frase ‘We’ll have our home again’ (‘Recuperaremos nuestra casa’), un título de una canción de Pine Tree Riots, que es popular en círculos ultras.
Marla, una vecina de Mineápolis, levanta un cartel en una protesta cerca de donde murió Alex Pretti, el enfermero de 37 años al que dos agentes federales dispararon en medio de un altercado. ‘Incompetent Chaotic Executioners’ (Verdugos caóticos e incompetentes), se lee en el cartel, que utiliza las siglas del ICE para criticar la forma en la que los agentes federales han actuado en Mineápolis. «Su formación es cuestionable, no están preparados y operan fuera de la ley», critica.
Más allá de la formación apresurada de los nuevos agentes, el ICE opera con mano ancha desde el regreso de Trump. Su Gobierno ha relajado las regulaciones o las ignora. La Administración Trump eliminó la directiva de no realizar detenciones en lugares sensibles, como colegios, hospitales o iglesias. El DHS ha determinado que es legal entrar en los hogares de sospechosos sin órdenes judiciales, solo con órdenes administrativas, algo que está siendo combatido en tribunales. Y un juez federal reprendió esta semana a los responsables del ICE por violar casi cien órdenes judiciales en menos de un mes. «El ICE probablemente ha violado más órdenes judiciales en enero de 2026 que algunas agencias federales en toda su existencia», aseguró el magistrado Patrick Schiltz. «El ICE no es la ley en sí misma», criticó.

Marco Rubio, la mano que mueve los hilos en Iberoamérica

Marco Antonio Rubio, 54 años, entró el pasado miércoles 28 de enero en la pequeña y oscura sala de audiencias del Comité de Relaciones Exteriores del Senado con la naturalidad de quien regresa a un territorio que conoce de memoria. Había servido él mismo … años en esa comisión y ahora comparecía como secretario de Estado con una autoridad acumulada que iba mucho más allá del cargo. Washington seguía digiriendo la operación que había puesto fin al mandato de Nicolás Maduro exactamente 25 días antes y Rubio llegaba con una carpeta gruesa, cifras en la cabeza y una realidad difícil de ocultar: pocas veces un político estadounidense había concentrado tanto poder real sobre el destino inmediato de Venezuela y Cuba sin necesidad de grandes discursos. Para algunos en su entorno, podía ser incluso el hombre que acabara logrando lo que Washington persigue desde antes de la caída de la URSS: que Cuba, por fin, deje de ser una excepción histórica.

Su intervención fue sobria, técnica, casi administrativa, un trámite. Habló de fases, de estabilización, de transición, de control de flujos financieros, de petróleo. Evitó el lenguaje épico y las proclamas ideológicas de sus viejos días de senador. Pero el mensaje era claro. Estados Unidos no solo condicionaba el futuro político de Venezuela; administraba de facto su principal fuente de ingresos y decidía el ritmo de una transición que aún no tenía forma definitiva.
Algunos senadores lo miraban con incomodidad. Otros, con una mezcla de respeto y diríase que recelo. Rubio no estaba allí para pedir permiso, sino para explicar decisiones ya tomadas. La paradoja era evidente. En sus años de senador, al otro lado de esa misma mesa, habría estallado ante la idea de que el Ejecutivo actuara sin consultar, de que se administrara una crisis de ese calibre al margen del Congreso. Había hecho carrera denunciando opacidades, exigiendo dureza, reclamando coherencia moral en nombre de la democracia venezolana.

Arriba, en 2012: Rubio se reubicó con rapidez en torno a John McCain y se convirtió en uno de sus rostros útiles en Miami. Fotografía facilitada por la Oficina del senador John McCain de Marco Rubio, senador por Florida; el expresidente del Gobierno y presidente de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales FAES, José María Aznar; John McCain, senador por Arizona, y Saxby Chambliss, senador por Georgia, durante la visita del político español al Senado de Estados Unidos. Abajo, dos estampas del álbum más personal de Rubio
EFE

Ahora, en cambio, hablaba el lenguaje del poder de verdad: fases, estabilidad, control de ingresos, transición sin vacío de poder. En lugar de reclamar pureza democrática, pedía margen de maniobra. En vez de denunciar concesiones, las explicaba como necesarias. Era el mismo Rubio, con las mismas obsesiones, pero en el lado donde las decisiones no se someten a votación, sino que se ejecutan.

Hijo de inmigrantes cubanos

Para entender cómo alcanzó Rubio ese lugar hay que retroceder casi dos décadas, a una Florida distinta, cuando aún era un político estatal en ascenso y una biografía que empezaba a llamar la atención del Partido Republicano. Hijo de inmigrantes cubanos, nacido en Miami en 1971, Rubio creció en un entorno marcado por el exilio, el anticastrismo y la convicción de que la política estadounidense era el único terreno desde el que se podía influir en el destino de una isla tan cercana y tan apartada a la vez.
Sus padres habían abandonado Cuba antes de la llegada de Fidel Castro al poder, un detalle que con los años se convirtió en munición política. Para sus detractores, servía para cuestionar la épica del relato familiar; para sus defensores, no alteraba lo esencial: pertenecía a la comunidad cubanoamericana que construyó su identidad en torno a la pérdida de la isla y a la oposición frontal al castrismo. Rubio hizo de esa herencia un eje de su carrera, decisivo para entender su obsesión estratégica con Cuba y, más tarde, con Venezuela y Nicaragua.

La oposición utilizó el origen de sus padres como munición política; él, en cambio, hizo de esa herencia un eje de su carrera

En 2008 Florida seguía siendo un territorio abierto. Barack Obama acabaría ganándolo dos veces, en 2008 y en 2012, y los latinos tendían todavía a votar mayoritariamente con el Partido Demócrata. El trumpismo estaba lejos y el Partido Republicano buscaba figuras jóvenes capaces de hablarle a un electorado hispano que se le escapaba.

El trampolín

Rubio, entonces un joven presidente de la Cámara de Representantes de Florida, usó aquel ciclo electoral como trampolín nacional. En las primarias apoyó primero a Rudy Giuliani, que había apostado por Florida como pieza estratégica. Cuando Giuliani —que acabaría siendo el abogado de Donald Trump— se hundió, Rubio se reubicó con rapidez en torno a John McCain y se convirtió en uno de sus rostros útiles en Miami: disciplinado, bilingüe, con el perfil perfecto para una campaña que necesitaba contrapesos en el sur del Estado.
Aquella etapa le dio contactos, credibilidad interna y visibilidad ante donantes y estrategas nacionales. Era, en esencia, una promesa del conservadurismo hispano en un espacio que parecía marginal: el núcleo cubano del sur de Florida, la llamada despectivamente «gusanera», una anomalía republicana dentro del voto latino. La ironía es que esa excepción acabaría convirtiéndose en el centro dominante. Con el tiempo, serían precisamente esas redes —obsesionadas con Cuba, con Venezuela, con el lenguaje de la guerra fría— las que ascenderían al poder mayor dentro del Partido Republicano, sobre todo bajo un presidente sin frenos como Trump.
Dos años después, en 2010, dio Rubio el salto al Senado en una de las elecciones más simbólicas de la era del Tea Party. Se enfrentó al gobernador republicano Charlie Crist, que acabó compitiendo como independiente, y a un candidato demócrata relegado por la división del momento. Rubio ganó con un discurso de ortodoxia fiscal, rechazo al intervencionismo federal y defensa sin matices de una política dura frente a Cuba y Venezuela. Llegó a Washington como una de las estrellas emergentes de la nueva derecha y, desde el primer momento, buscó un asiento en las comisiones que realmente importaban.
El Comité de Exteriores se convirtió pronto en su plataforma principal. Allí empezó a construir una reputación de senador aplicado, especialmente en asuntos de América Latina. Mientras otros colegas delegaban la región en asesores, Rubio se implicaba en los detalles, mantenía contacto constante con opositores venezolanos y cubanos, y presionaba a las administraciones de turno para endurecer sanciones y aislar diplomáticamente a los regímenes que consideraba autoritarios. Durante los años de Obama fue uno de los críticos más constantes del deshielo con Cuba y Venezuela. Para Rubio, cualquier concesión sin un cambio político previo era una forma de apuntalar al régimen.
En sus años en el Senado, Rubio se labró una reputación bien distinta a la de muchos de sus colegas. No fue un legislador discreto que trabajara entre bambalinas: construyó una identidad política clara, dura, áspera, marcada por la defensa inflexible de posiciones ideológicas contra los gobiernos que él consideraba antidemocráticos y socialistas en América Latina.

El candidato a senador por Florida, en 2010

reuters

Durante más de una década en el Capitolio, Rubio llevó esas posiciones a audiencias, legislaciones y comisiones, insistiendo en sanciones más duras, rechazo a cualquier giro aperturista hacia La Habana y la necesidad de contrarrestar la presencia de aliados de gobiernos adversarios en la región, incluidos China, Rusia e Irán. En ese camino se consolidó como uno de los principales portavoces del anticomunismo y de una política exterior de enfrentamiento claro.
Ese estilo lo colocó durante años en las primeras filas del debate sobre Latinoamérica en Washington. Fueron años posteriores a la marea rosa, a los vaivenes de la izquierda latinoamericana, a un ciclo de gobiernos que avanzaron entre promesas de justicia social, pulsiones autoritarias y crisis económicas. El dominio de Chávez, de Lula, de Evo y Correa marcó una época, una América Latina inclinada hacia la izquierda, atravesada por el auge de las materias primas y el discurso de la soberanía. Rubio supo leer ese escenario como una oportunidad política.

Probó suerte para ser presidente

Su perfil lo llevó inevitablemente a probar suerte en la carrera presidencial de 2016. Durante meses fue presentado como la gran esperanza del ‘establishment’ republicano frente al ascenso de Trump. El enfrentamiento fue áspero. Trump lo ridiculizó con apodos —«pequeño Marco»—, cuestionó su temple y lo arrinconó en debates televisados. Rubio respondió tarde y mal, y su derrota en las primarias de Florida selló el final de su aspiración presidencial.
Aquel episodio podría haber marcado el declive. Sin embargo, con el tiempo se convirtió en uno de los momentos decisivos de su carrera. Tras la victoria de Trump, Rubio optó por una estrategia pragmática. No se sumó a la resistencia interna del partido. Mantuvo su escaño, apoyó las principales iniciativas de la Casa Blanca y fue ganando espacio como interlocutor en política exterior.
Durante el primer mandato de Trump, Rubio fue clave en el endurecimiento de la política hacia Venezuela. Presionó para reconocer a Juan Guaidó como presidente interino, impulsó sanciones financieras y trabajó estrechamente con el exilio venezolano en Florida. Con Cuba, su influencia fue aún más nítida: el desmantelamiento del acercamiento iniciado por Obama llevó su sello.
La relación con Trump evolucionó de la desconfianza a una alianza funcional. Hubo, sin embargo, un momento de zozobra. En abril de 2019 Rubio respaldó el pronunciamiento fallido contra Maduro, cuando Guaidó y Leopoldo López aparecieron con un pequeño grupo de militares en Caracas. Desde Washington se dio por hecho que altos mandos se sumarían. Fracasó en horas. Maduro resistió y Trump estalló de furia. Para Rubio fue una advertencia: lo que se ejecuta debe estar atado.
Cuando Trump regresó al poder y buscó secretario de Estado, las alternativas quedaron en dos. Entre los últimos nombres estaban Richard Grenell y Rubio. Trump se decantó por el senador de Florida. La confirmación llegó con un voto de 99 a 0, un resultado que al presidente le encantó por la unanimidad.
Grenell maniobró para quedarse con algo, viajó a Caracas, se vio con Maduro. Pero Trump le ordenó cortar contactos paralelos. Terminó relegado, dirigiendo espacios culturales en Washington como el Kennedy Center.
Rubio, en cambio, acumuló funciones con rapidez. Secretario de Estado, consejero interino de Seguridad Nacional —una combinación inédita desde Kissinger—, archivista nacional y, sobre todo, el papel más delicado: convertirse en el rostro y coordinador de facto de la política estadounidense para gestionar la transición venezolana. Bajo su mando Washington permitió ventas limitadas de crudo, canalizó ingresos mediante mecanismos supervisados y condicionó cada paso. En la práctica, era el gobernador de Venezuela desde su despacho en Washington.
Ese papel le valió comparaciones inevitables con Henry Kissinger, no por el estilo, sino por la centralidad estratégica. Kissinger fue el ancla de un presidente imprevisible como Nixon: el hombre que ordenaba el caos y mantenía la maquinaria del Estado en marcha cuando la Casa Blanca se movía por instinto.
Rubio cumple hoy, salvando las distancias, una función parecida. Concentra información, coordina agencias y habla directamente con el presidente, en un segundo mandato de Trump donde la política exterior se decide a menudo en ráfagas. En el caso venezolano, su firma es imprescindible. En el cubano, su influencia sigue siendo determinante.

Cuba, eje emocional de su carrera

Y ahí está la cuenta pendiente. Cuba ha sido siempre el eje emocional de su carrera. Ha defendido que cualquier transición debe pasar por una ruptura clara con el régimen y ha rechazado soluciones graduales. Desde el Departamento de Estado ha mantenido esa línea, reforzando sanciones y limitando cualquier margen de maniobra a La Habana.

El relevo en el trumpismo, después de Trump
En Washington le atribuyen ambiciones presidenciales de cara a 2028, con un rival interno, J. D. Vance, que no oculta las mismas aspiraciones

Foto familiar de un joven Marco Rubio

Hoy, desde el centro del poder ejecutivo, Rubio es una figura distinta a la de aquel joven senador de 2010. Ha perdido parte del aura de promesa, pero ha ganado una capacidad de decisión real que pocos alcanzan. Muchos en esta ciudad de eterna rumorología política le atribuyen ambiciones presidenciales de cara a 2028. Su principal rival interno es el vicepresidente, J. D. Vance, que no oculta las mismas aspiraciones.
Esa puede ser su nueva batalla, no ya Cuba o Venezuela, sino el futuro del trumpismo cuando Trump salga de la escena. Rubio ha pasado quince años escalando desde un rincón ideológico del exilio hasta el centro del poder imperial. Ahora, con expedientes históricos en sus manos y el continente americano como tablero, se enfrenta a otra transición de altura, la del relevo dentro de su propio partido.

Costa Rica se debate hoy entre el continuismo de derechas y la fragmentada oposición

Costa Rica, la que alguna vez fue llamada la Suiza de Centroamérica, se enfrenta a una de las elecciones más esperadas de las últimas décadas. El panorama político, según las últimas encuestas como la del Centro de Investigación y Estudios Políticos de la Universidad … de Costa Rica (CIEP-UCR), se divisa bastante claro para la candidata del oficialismo, Laura Fernández, del centrista Partido Pueblo Soberano, quien lidera la intención de voto con un 43% proyectado. Mucho más atrás, con poco margen de maniobra, se encuentra una muy debilitada oposición, que no logra ni siquiera un 10% de intención de voto.
Las migajas que ha dejado el oficialismo se las reparten entre tres candidatos de izquierda —Álvaro Ramos, del Partido Liberación Nacional, con un 9%; Claudia Dobles, de la Coalición Agenda Ciudadana, con un 8,6%; y Ariel Robles, del Frente Amplio, con un 3,8%—, y un carismático candidato conservador, José Aguilar Berrocal, del partido Avanza, que ha acaparado los focos mediáticos, pero quizás demasiado tarde, con apenas un 2,8% de intención de voto.
La clave del proceso electoral es, sin embargo, lo que no se ve. Un 25,9% del electorado que asegura que permanece indeciso y que se inclinará por algún candidato, instantes antes de votar. La mayoría de estos indecisos son jóvenes de entre 18 y 35 años. A ese público es al que los más de 20 candidatos que buscan la presidencia han intentado conquistar en las últimas horas. La oposición teme que, con los datos que arroja la última encuesta del CIEP-UCR, el oficialismo consiga ganar cómodamente en la primera vuelta. De acuerdo con la ley electoral costarricense, una candidatura debe obtener al menos el 40% de los votos válidos para ganar la presidencia en primera ronda. Si ninguna candidatura alcanza ese umbral, las dos personas con mayor cantidad de votos deben disputar una segunda ronda electoral, según establece el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE).

Así, el 43% de intención de voto para Fernández y el oficialismo le aseguraría la presidencia en primera vuelta, un hito histórico. Y es que en las tres últimas elecciones presidenciales —la de 2014, 2018 y 2022—, la definición de la presidencia se dio en una segunda ronda electoral. Fernández rompería así una especie de tradición electoral y se convertiría en la segunda mujer en presidir la nación.

Los retos de una nación encendida

La elección es clave también porque Costa Rica se enfrenta a problemas que creyó, algún tiempo atrás, que había resuelto y cuyos indicadores sociales así lo comprobaban. De ser el país más seguro de la región, ha pasado a ser uno de los más inseguros, superando a Guatemala, Nicaragua y al ahora «paradisiaco» El Salvador, con una tasa de homicidios de 17,5 por cada 100.000 habitantes. Las encuestas lo reflejan. El 42,4% del electorado asegura que la seguridad ciudadana es el tema prioritario a resolver, seguido del empleo y el crecimiento económico (13,3%) y la lucha contra la corrupción y la transparencia (7,5%).

De ser el país más seguro de la región, ha pasado a ser uno de los más inseguros, superando a Guatemala y El Salvador

El acercamiento del presidente saliente, Rodrigo Chaves, con el mandatario salvadoreño, Nayib Bukele, es el grito de auxilio del oficialismo para mejorar la cuestión de seguridad. Y parece que ha dado resultados. La cercanía de Chaves y Bukele, que han firmado múltiples acuerdos y se han visitado mutuamente en viajes oficiales en los que no han faltado los apretones de manos y abrazos, también ha repercutido en la preferencia electoral por la elegida por Chaves, Laura Fernández —su exministra de de la Presidencia— y su abrumador respaldo frente a sus 19 competidores.
El reto para Fernández, en caso de ganar las elecciones, será separarse de Rodrigo Chaves lo suficiente para no ser considerada un títere, pero tampoco tanto para no perder el respaldo del electorado del rodriguismo y sus fieles seguidores, que han hecho de la figura del presidente saliente una especie de ícono salvador. Puede que le sirva a Fernández tomar como referencia la gestión que ha hecho la actual mandataria de México, Claudia Sheinbaum, la ungida de otro presidente muy popular que salió del gobierno por todo lo alto, Andrés Manuel López Obrador.
El padrón electoral está conformado por 3,7 millones de ciudadanos, lo que representa un aumento del 4,3% en comparación con 2022, equivalente a casi 161.000 electores más. Todo está en juego este domingo; o se afianza el rodriguismo y se consolida como el poder del poder en Costa Rica, o revive, e milagro, una oposición que ha nacido moribunda y que parece estar destinada a una sepultura larga y dolorosa.

«Hasta que no se concrete la ley de amnistía a los presos políticos, no podemos cantar victoria en Venezuela»

«Fue realmente un éxtasis». «Sentimos una felicidad desbordante pero cautelosa». «Mucha emoción y alegría». Estas son algunas de las reacciones que los familiares de los presos políticos de Venezuela, tanto excarcelados como todavía detenidos, manifiestan ante la noticia de que viene una ley … de amnistía general anunciada el viernes por Delcy Rodríguez.
En la Plaza del Rectorado de la Universidad Central de Venezuela (UCV) se reúnen los familiares de los presos políticos todos los días desde el 8 de enero, fecha de las excarcelaciones anunciadas por los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez, presidenta encargada y presidente de la Asamblea Nacional.
Hasta el día el día de hoy se han liberado condicionalmente solo unos 303 de los mil detenidos según la ONG del Foro Penal. La Plaza del Rectorado de la UCV se ha convertido en un centro de acopio de víveres, alimentos y productos de primera necesidad, ayuda, encuentro y de intercambio entre familiares de los que han sido liberados y los que faltan por excarcelar. «Somos una gran familia muy unida», dice a ABC Adriana Briceño.

Adriana Briceño es esposa del preso político Ángel Godoy, un ingeniero de 52 años, que estuvo nueve meses detenido en El Helicoide y luego tres meses y seis días en Yare. En total estuvo un año y seis días por trabajar en la página informativa digital Punto de Corte. Le imputaron los cargos de terrorismo, instigación al odio y a la insurrección armada. Fue excarcelado el 14 de enero.
«Cuando escuchamos la noticia de la amnistía, estábamos reunidos la familia. Fue realmente un éxtasis, porque en el caso de mi esposo, que está en libertad bajo medidas cautelares, esperamos que su caso sea revisado y pueda tener libertad plena en toda su expresión«, confía Adriana. Tanto ella como su familia estallaron de felicidad: «Estamos empezando a ver la luz al final del túnel».
La detención arbitraria e injusta de Ángel Godoy le cambió la vida a Adriana. Además de privarla de su marido, la despidieron después de trabajar 21 años en una empresa del Estado. «Gracias a la ayuda económica de mi familia y mis amigos, pudimos sobrevivir un año sin ingresos», reconoce.

En la Plaza del Rectorado de la Universidad Central de Venezuela
En la primera imagen, Marha Cambero, esposa de Nicmer Evans, un reportero que fue liberado en la ronda del 14 de enero junto a los 19 periodistas detenidos. En la segunda, el liberado Ángel Godoy (a la derecha), junto a su mujer, Adriana Briceño (centro). La Plaza del Rectorado de la Universidad Central de Venezuela es el punto de reunión para reclamar la excarcelación de los presos políticos (última foto)
ABC

Angeli de la Cruz, esposa de Carlos Azuaje, quien fue puesto en libertad el 17 de enero tras siete meses en El Helicoide y luego en Yare, también se muestra satisfecha: «Bueno, realmente estoy muy contenta y feliz gracias a Dios, que escuchó nuestras plegarias. Vamos a salir de esta situación, pero quedan todavía muchos presos políticos y personas mayores».
La familia de Angeli creció en la Plaza del Rectorado. «Hacemos familia con todos y les tomamos cariño y afecto. Me parece una gran noticia la ley de amnistía, la estábamos esperando justo cuanto hay cientos y cientos de presos políticos. No lo veo como un favor que nos hace el régimen, sino algo que tienen que hacer, es su obligación. Todavía falta más de la mitad; ni siquiera llegamos al 50% de excarcelaciones».

Localizados 90 centros de tortura para la represión sistemática de disidentes
Organizaciones de derechos humanos han identificado más de 90 centros de tortura operados por cuerpos de seguridad del Estado venezolano, distribuidos en al menos 18 estados del país, como parte del plan sistemático de represión establecido por el régimen chavista contra la disidencia. Su estructura está organizada. Los centros señalados incluyen sedes del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin), la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM), la Policía Nacional Bolivariana (PNB), la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), comandos policiales regionales, retenes, anexos penitenciarios, hospitales militarizados y espacios clandestinos utilizados para interrogatorios y desapariciones temporales.

Diego Casanova es miembro de la ONG Comité por la libertad de Presos Políticos (Clipp). También es familiar de los detenidos por razones políticas. Su hermano, José Gregorio Pérez Maita, fue liberado hace un año en enero de 2025, pero debe presentarse al tribunal antiterrorista cada 30 días.
«En medio de esta lucha tan dura que vivimos, el anuncio de la ley de amnistía es un momento de alivio y de alegría. Sentimos que nuestra lucha y presión es tomada en cuenta, que le estamos torciendo el brazo al régimen, que tiene que ceder y mantener el compromiso de liberar a los presos políticos», añade Diego.
En su opinión, «tiene que darse un proceso de excarcelaciones masivas. Sentimos una felicidad cautelosa porque ellos (el régimen chavista) actúan desde la mentira, la crueldad y la arbitrariedad. Tenemos dudas de su sinceridad y hasta que no se concrete la ley de amnistía no podemos cantar victoria».

«No lo veo como un favor que nos hace el régimen, sino algo que tienen que hacer, es su obligación»

Angeli de la Cruz
Esposa de Carlos Azuaje, preso político liberado el 17 de enero

Para Diego Casanova, si los hermanos Rodríguez no han cumplido con sus promesas de excarcelar a los presos políticos el pasado 8 de enero, «es difícil creer que lo hagan ahora. Esto no es un perdón porque los presos políticos no han delinquido. Claro, es un hecho beneficioso pero debemos tener claro que lo hacen porque les han presionado».
Martha Cambero es la esposa de Nicmer Evans, un reportero que fue liberado en la ronda del 14 de enero junto a los 19 periodistas detenidos. Estuvo 51 días detenido entre El Helicoide y Yare.
En la Plaza del Rectorado, tanto Martha como Nicmer ayudan a organizar la ayuda solidaria con los familiares que hacen vigilia por la liberación de los presos políticos. «Estoy feliz, pero me tomo con recelo la noticia de la amnistía», señala Martha, quien desea ver en qué términos se redacta el texto de la ley.

«Esto no es un perdón porque los presos políticos no han delinquido. Lo hacen porque los han presionado»

Diego Casanova
Miembro de la ONG Comité por la Libertad de los Presos Políticos y hermano de un liberado

Martha está de acuerdo con el cierre de El Helicoide, el principal centro de tortura del país. Pero no está de acuerdo con convertirlo en un centro cultural, social, deportivo y comercial para la comunidad del gremio policial como propone la presidente interina.
En su opinión, la sociedad tiene la memoria muy corta y El Helicoide debe convertirse en un centro o en un museo para la humanidad para recordar el oprobio y la tortura de los miles de venezolanos que sufrieron la injusticia y nunca más se repita.

El secretario de Energía de Estados Unidos prevé elecciones en Venezuela en 18 o 24 meses

31/01/2026 a las 23:43h.

El secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, presuntamente ha informado a ejecutivos de algunas empresas de que podrían celebrarse elecciones en Venezuela dentro de 18 o 24 meses, según ha informado este sábado el diario ‘The Wall Street Journal’.
Algunos miembros … de la Administración Trump han intentado tranquilizar a legisladores, líderes extranjeros y empresarios, para lo que han afirmado que la cooperación de Washington con el Gobierno de la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, es temporal, según el diario estadounidense.

La Administración de Trump no ha detallado públicamente plazos para la transición democrática en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, el pasado 3 de enero durante un ataque de Estados Unidos en el país caribeño.

Las últimas elecciones presidenciales celebradas en el país sudamericano fueron las del 28 de julio de 2024, en las que Maduro fue reelegido, de acuerdo con las autoridades venezolanas y a pesar de las acusaciones de fraude de la oposición y de varios países, que reconocieron la victoria del candidato Edmundo Gonzñalez Urrutia.