12/02/2026 a las 05:52h.
El caso Jeffrey Epstein es el escándalo perfecto. Sus consecuencias y ramificaciones confirman la increíble habilidad de este hijo de clase trabajadora de Brooklyn, que nunca acabó sus estudios universitarios, para construir una trama internacional de siniestros vínculos entre las élites económicas, políticas y … sociales. A todos engatusaba con la idea de pertenecer a la aristocracia del privilegio. Y a todos era capaz de satisfacer, según conviniera, actuando como confidente, intermediario, patrocinador, banquero, prescriptor de sofisticación y traficante de menores.
La saga de pederastia de Epstein, muy lejos de agostarse con su detención y suicidio en 2019, encaja terriblemente bien en la era populista que literalmente abarca todo el mundo. Es muy fácil armar el discurso de las élites malas, muy malas, que conspiran en contra del pueblo bueno, muy bueno. De hecho, todos los agravios y frustraciones acumulados por las democracias liberales son el ecosistema ideal para la política de la posverdad con su sobredosis de mentiras, desinformación y teorías conspirativas.
Hace mucho tiempo que los seguidores de QAnon, parte fiel de la coalición trumpista, batallan contra una élite de pedófilos que supuestamente controlan el gobierno, las empresas y los medios de comunicación de Estados Unidos. Aunque en el maleable caso que nos ocupa, la conspiración no ha sido dirigida desde Davos, la ONU o el sótano de una pizzería en Washington, sino desde la mansión de Epstein en el Upper East Side y su hiperactiva cuenta de correo electrónico.
Epstein es con diferencia lo que más daño está haciendo a Trump. Donald, Melania y Mar-a-Lago aparecen mencionados 38.000 veces en los tres millones de documentos divulgados con extrema censura por el Departamento de Justicia. Sin embargo, para MAGA es perfecto porque valida su cosmovisión: el sistema está podrido y solo una demolición puede limpiarlo. Además, ayuda a poner nombres y apellidos a su conspiranoia. Como la foto del político británico Peter Mandelson en calzoncillos y con una jovencita en albornoz. Con el agravante de que cuando la banda del Jaguar estalla, al primer ministro Keir Starmer solo se le ocurre responder que él no sabía nada.
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