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Trump, a ABC: «Nadie me dijo que este trabajo fuera tan peligroso»

Minutos después de ser evacuado del hotel Hilton, aún con el eco de los disparos reciente, Donald Trump respondió a una pregunta de ABC sobre la violencia política con una frase que condensó su lectura del momento: «Es una profesión de riesgo». Y añadió: « … Eso sí, nadie me dijo que esto fuera tan peligroso».
El episodio —un tiroteo en el perímetro de seguridad de la cena de corresponsales que obligó a evacuar al presidente y a cientos de asistentes, el tercer intento contra él desde 2024— no lo interpretó como un hecho aislado. Trump lo enmarcó en una secuencia que, a su juicio, acompaña al ejercicio del poder en Estados Unidos en el actual contexto.

No rehuyó esa idea. Al ser preguntado por este diario, la asumió como parte estructural del cargo. «Estoy aquí para hacer un trabajo. Es parte del trabajo. Es peligroso», dijo. No lo planteó como una anomalía, sino como una consecuencia directa de la relevancia política. «Cuando eres influyente, van a por ti. Cuando no lo eres, no».

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David Alandete

En las primeras horas evitó atribuir una motivación concreta al atacante. Habló de un «lobo solitario», de «una persona enferma», y dejó la investigación en manos del FBI. Tampoco vinculó el tiroteo con la guerra en Irán. «No lo creo», respondió cuando se le planteó esa posibilidad.
Su reflexión fue más allá del incidente inmediato. Comparó la política con profesiones de alto riesgo, incluso el toreo, y apuntó a una normalización de ese peligro. «No puedo imaginar muchas profesiones más peligrosas», afirmó. «Es parte de lo que hacemos».
Trump dejó claro que no modificará su agenda. Rechazó reducir su exposición pública pese a los antecedentes recientes. «No puedo dejar de hacer lo que hago», dijo, en una declaración que combina decisión política y mensaje institucional: la violencia no debe alterar el funcionamiento del poder.
Aun así, su tono dejó ver una tensión de fondo. No habló de retirada, pero sí de que el riesgo del cargo debe ser asumido. «Si me lo hubieran dicho, quizá no me habría presentado», admitió, sin matizarlo como una rectificación, sino como una constatación.
El contexto inmediato, previo, refuerza esa percepción. Charlie Kirk, aliado político de Trump y fundador de Turning Point USA, murió asesinado el año pasado durante un acto público tras recibir un disparo de larga distancia. El ataque tuvo un fuerte impacto político por tratarse de una figura relevante en su entorno. Su viuda, Erika Kirk, se encontraba entre los asistentes en la cena de corresponsales.

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Javier Ansorena

Un año antes, en julio de 2024, Trump ya había sobrevivido a otro intento de asesinato en Butler, Pensilvania. Un tirador abrió fuego desde una posición elevada fuera del perímetro de seguridad y una bala le rozó la oreja derecha. Salvó la vida por centímetros, tras un leve giro de cabeza en el momento del disparo y por la rápida actuación del Servicio Secreto, que lo cubrió y lo evacuó. Aquel ataque dejó un asistente muerto y varios heridos.
La escena en el Hilton se resolvió en segundos. La lectura que hace el presidente apunta a algo más duradero: una presidencia que opera en un entorno donde la violencia política ha pasado de ser excepcional a un riesgo normalizado.

Trump comparte las imágenes del sospechoso del intento de atentado en Washington

26/04/2026

Actualizado a las 05:02h.

Donald Trump compartió las primeras imágenes del sospechoso de protagonizar un tiroteo en el hotel Hilton de Washington, donde el presidente de EE.UU. protagonizaba la cena anual de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca.
El multimillonario neoyorquino las colgó en su … red social, poco antes de dirigirse a la prensa desde la Casa Blanca, todavía con el esmoquin puesto de la ceremonia. En las dos imágenes se ve a un hombre con el torso desnudo esposado, tumbado contra el suelo, rodeado de agentes.

El propio Trump detalló que el sospechoso es de California, algo que ya habían apuntado algunos medios estadounidenses. Karol Markowicz, columnista de Fox News y de ‘The New York Post’, dos medios cercanos al presidente de EE.UU., identificó al atacante como Cole Tomas Allen. Según esta periodista, tiene 31 años y es vecino de Torrance, una localidad al sur de Los Ángeles.

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Javier Ansorena

«Es una persona enferma, muy enferma», dijo el presidente de EE.UU. en la rueda de prensa en la Casa Blanca. «Probablemente se trató de un atacante solitario».
A su lado estaban el fiscal general interino, Todd Blanche, y el director del FBI, Kash Patel, que también estaban entre los invitados a la cena de corresponsales. Ambos aseguraron que la investigación «está en marcha» y se hará justicia.

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Trump, ante los disparos: «Pensé que era una bandeja cayendo»

Los disparos sorprendieron a Donald Trump pasadas las 20:30 sentado junto a la primera dama en una de las mesas principales del salón del hotel Hilton de Washington, la noche de este sábado. Era el inicio de la velada, todavía antes de los discursos, … cuando un ruido seco, un estruendo, interrumpió la escena. «Pensé que era una bandeja cayendo, un ruido metálico», explicó después. Solo unos segundos más tarde entendió que no lo era: un atacante avanzaba disparando desde unos 40 metros, arma en mano.
El presidente no reaccionó de inmediato con un gesto instintivo de protección. Miró alrededor, tratando de interpretar lo que ocurría. «Algunas personas lo entendieron enseguida. Otras no». A su lado, Melania Trump sí percibió antes la gravedad. «Es un mal ruido», le dijo, según su propio relato posterior, ante la prensa reunida de urgencia. Ese momento, breve y contenido, marcó la transición entre una cena protocolaria y una evacuación de emergencia, entre el caos y la tensión.

Los agentes del Servicio Secreto no esperaron confirmaciones. Irrumpieron armados en la sala con órdenes directas, sin margen para dudas. Trump describe ese instante como automático: «Fue cuestión de segundos». No hubo deliberación política ni cálculo. Se impuso el protocolo de seguridad y el presidente fue evacuado de inmediato. Fueron «retirados rápidamente»: primero él y la primera dama; después, el resto de asistentes.

En ese trayecto, el presidente cuenta que apenas tuvo tiempo para procesar lo ocurrido. «No había tiempo para pensar», dijo. La escena se redujo a movimientos rápidos, pasillos asegurados y puertas cerrándose tras ellos. El gabinete fue extraído de la sala y escondido cerca de una hora. Trump no cayó al suelo ni se protegió bajo la mesa como otros asistentes. Permaneció atento, observando, mientras los agentes ejecutaban el desalojo.
Una vez fuera de la sala, su reacción fue distinta a la de los equipos de seguridad. Trump quería continuar con el acto, aparentar normalidad. «No me gusta que esta gente, estos enfermos, cambien nuestra forma de vida», afirmó. Su impulso inicial fue seguir adelante, terminar el evento. Pero el dispositivo de seguridad lo descartó de inmediato. «No quisieron correr el riesgo. Y lo entiendo».

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Javier Ansorena

Ya a salvo, el presidente reconstruyó mentalmente lo ocurrido con una mezcla de distancia y afirmación personal. Insistió en que el atacante estaba lejos y en que nunca llegó a representar una amenaza directa dentro del salón. También subrayó la rapidez de la respuesta policial: «Actuaron de forma impresionante».
No quiso criticar al Servicio Secreto ni a la organización del evento, a pesar de que el atacante pudo armar su pistola en una zona que no había sido asegurada en el complejo del hotel Hilton, dentro del perímetro supuestamente aislado por el Servicio Secreto.
En su relato posterior en la sala de prensa de la Casa Blanca, Trump encuadró el ataque dentro de una lógica que ha repetido en otras ocasiones. «Las personas más influyentes son las que atacan», dijo, citando precedentes históricos como Abraham Lincoln. «Cuando haces cosas importantes, te conviertes en objetivo». No lo planteó como una sorpresa, sino como una consecuencia.

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Javier Ansorena

Aun así, reconoció el impacto inmediato. «Es algo totalmente impactante, nunca te acostumbras», admitió. Era el tercer episodio de este tipo desde su regreso a la primera línea política. Y, pese a ello, rechazó cambiar su agenda o su exposición pública. «No puedo dejar de hacer mi trabajo», sostuvo.
El presidente también descartó, al menos en ese momento, una motivación clara detrás del ataque. Habló de un «lobo solitario», un individuo aislado, «un enfermo». Evitó vincularlo a la guerra en Irán o a cualquier otro conflicto internacional. «Lo sabremos pronto», dijo, dejando la investigación en manos del FBI.
En las horas posteriores, Trump quiso proyectar control. Agradeció a las fuerzas de seguridad, aseguró que «la justicia será servida» y trató de reconducir el episodio hacia un relato de fortaleza institucional. Pero en su reconstrucción de los hechos quedó un detalle constante: la rapidez. «Todo ocurrió muy rápido», repitió varias veces.

Palestina celebra elecciones locales sin incidentes: las urnas vuelven a Gaza 20 años después en unos comicios sin Hamás

La participación en las elecciones locales celebradas este sábado en Cisjordania y en una localidad de la Franja de Gaza alcanzó el 53,4 %, en una jornada que se desarrolló sin incidentes graves aunque en un entorno de tensión por la presunta violencia de colonos que dicen sufrir los pueblos palestinos.Si bien los locales temían que los colonos pudieran boicotear los comicios, finalmente solo se reportaron algunos incidentes en las gobernaciones de Toubas y de Nablus, según informó la organización Al Marsad, que desplegó más de 500 observadores para verificar su buen funcionamiento.La participación publicada por la Comisión Electoral Central (CEC) palestina fue así igual a la registrada en la segunda fase de las últimas elecciones locales, celebrada en marzo de 2022, e inferior al 64,7% de la primera fase de esos comicios, que tuvo lugar en diciembre de 2021.A los comicios locales de 2021 y 2022 no se presentó el grupo terrorista islamista Hamás, en protesta por la cancelación de las elecciones parlamentarias palestinas que estaban previstas para mayo de 2021.Este sábado, Hamás tampoco iba en las listas electorales al no suscribir una condición impuesta a los candidatos: su compromiso con la solución de los dos Estados, uno palestino y otro israelí, reconociendo así al Estado de Israel.El boicot de Hamás se extendió en 2021 a la Franja de Gaza, donde gobierna de facto desde 2007, pero este sábado el grupo terrorista permitió a la Autoridad Nacional Palestina (ANP), que gobierna Cisjordania, organizar unos comicios locales en la localidad gazatí de Deir al Balah.En 20 años los palestinos de Cisjordania solo han podido votar en las elecciones municipales, ya que las últimas presidenciales se celebraron en 2005 y las últimas legislativas en 2006.En el caso de Gaza, los habitantes de Deir al Balah son los primeros en votar desde 2006, ya que Hamás no autorizó la celebración de elecciones locales en todo este tiempo, en medio de los enfrentamientos con Fatah —partido que lidera la ANP—, al que echó de la Franja en 2007.La participación en de Deir al Balah (centro) alcanzó el 22,6%, menos de la mitad de la media general registrada contando con Cisjordania.Las votaciones en la ciudad menos afectada por la ofensiva israelí se desarrollaron en su mayoría en carpas con urnas de madera y papeletas impresas localmente, debido a la prohibición israelí a la entrada de los materiales electorales.Gaza, donde más de 72.000 personas habrían muerto por supuesto fuego israelí desde octubre de 2023, según Hamás, vive un alto el fuego desde hace más de seis meses interrumpido por intervenciones israelíes diarias conta objetivos terroristas, aunque este sábado no se reportó ninguna.El Comité Electoral anunciará el domingo los resultados de las elecciones.

El chavismo detiene y tortura a menores para cazar a sus padres: «Yo gritaba, pero nunca les lloré»

La oscuridad de la celda en la prisión de El Rodeo no era lo que más aterraba a Moisés David Guerra Araujo. A sus quince años, lo que le helaba la sangre era el silencio que seguía a los gritos. Lo habían llevado hasta … allí encapuchado, tras separarlo de su abuela. Lo despojaron de su ropa y lo pusieron en un patio bajo el sol inclemente, rodeado por treinta funcionarios con los rostros cubiertos. Formaban una rueda a su alrededor. Le hacían preguntas que él no sabía responder. Cuando uno de ellos vio el tatuaje de una corona en su piel, le cruzó la espalda de una patada, acusándolo de pertenecer al Tren de Aragua, la megabanda criminal más temida del país.
Pero el verdadero terror llegó después, cuando un hombre joven se le acercó con una pregunta absurda: «¿Tú juegas Free Fire?». Moisés, desconcertado, asintió. Le dijo que estaba en el nivel 70 del popular videojuego de supervivencia. «Bueno, aquí estamos en el nivel 100», le respondió el funcionario. Acto seguido, lo colgaron como a un animal de matadero, suspendido de una estructura metálica en forma de C. Le amarraron un colchón al cuerpo para amortiguar los seis tubazos que le doblaron las costillas. «Que hablara, si no me iban a matar», recuerda Moisés, sentado hoy en su apartamento. «Yo gritaba, pero nunca les lloré. No les tenía miedo. Lo que quería era saber de mi familia».

Moisés no era un disidente. Era un estudiante de instituto que trabajaba en sus tiempos libres en una zapatería para ayudar en su casa. Su único delito, a los ojos de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM), era ser el hijo mayor de Aliannis Araujo Lozada, una exdirigente comunitaria a la que el Gobierno acusa de planear un atentado con explosivos en Plaza Venezuela, en el corazón de Caracas. Para encontrarla, el Estado venezolano no desplegó una investigación convencional. Secuestró a su familia entera.

Fanny Lozada, abuela de Moisés y madre de Aliannis, denuncia angustiada sus detenciones.

(Jorge Benezra)

La tragedia de la familia Araujo Lozada no es una anomalía en la Venezuela contemporánea. Es la aplicación quirúrgica de una política de Estado que las organizaciones de derechos humanos han bautizado como el ‘Sippenhaft tropical’, tomando prestado el término germánico que describe el castigo colectivo a una familia por los actos de uno de sus miembros. Cuando el aparato de seguridad no logra capturar a su objetivo principal, toma rehenes. Y en la escalada represiva que siguió a las elecciones de julio de 2024, esos rehenes fueron, cada vez con mayor frecuencia, niños y adolescentes.

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Venezuela

Ludmila Vinogradoff

Las cifras trazan la anatomía de una maquinaria punitiva que perdió cualquier límite moral. La Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos de la ONU documentó que al menos 220 menores, con edades entre los trece y los diecisiete años, fueron detenidos en el contexto postelectoral.

La ONU documentó que al menos 220 menores, con edades entre los 13 y los 17 años, fueron detenidos en el contexto postelectoral en 2024

La brutalidad de estos métodos encendió las alarmas internacionales. En marzo, el Alto Comisionado de la ONU, Volker Türk, denunció «la persistencia de torturas y malos tratos» en recintos carcelarios venezolanos. Al día siguiente, Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, calificó a Türk de «enemigo de Venezuela». El exfiscal general Tarek William Saab, por su parte, siempre negó que existan niños presos políticos: son, según él, «adolescentes judicializados con garantías».
Pero la experiencia de Moisés desmiente cualquier noción de garantías procesales. Antes de llegar a El Rodeo I, el adolescente conoció el infierno en la sede del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC) en la avenida Urdaneta. Allí, siete funcionarios lo acostaron sobre una colchoneta. Le pusieron cartones en las muñecas y en la nariz para no dejar marcas. Uno se montó sobre sus pies; otro sobre su espalda, inmovilizándole las manos. Un tercero preparó los cables para pasarle corriente. De pronto, uno de ellos detuvo la escena: «Ya va, todavía no le hagan nada, que esto yo lo tengo que grabar». Salió de la habitación, buscó una cámara y volvió. Solo entonces comenzó la tortura eléctrica.

«Ya va, todavía no le hagan nada, que esto yo lo tengo que grabar», dijo un funcionario antes de someter a Moisés a torturas eléctricas

Le pusieron una bolsa de plástico en la cabeza. «Tenía como un gas, porque olía demasiado feo», relata Moisés. Al intentar respirar, el plástico impregnado de insecticida o gas lacrimógeno se le metía en la boca, asfixiándolo hasta el borde del desmayo. Moisés está convencido de que grabaron su agonía para enviársela a su madre y obligarla a entregarse.

Perversión del sistema

Para Miguel Ángel Forero, abogado litigante del Foro Penal, el caso de Moisés ilustra la perversión absoluta del sistema de justicia. «Los procesos no pueden patentar la violación de derechos humanos», advierte Forero. «Yo no puedo permitir que en nombre de lograr determinar una investigación, se detenga a otras personas como una forma de presión».
Esa cacería había comenzado semanas antes. La noche del 4 de agosto de 2025, 38 patrullas y dos tanquetas llenaron los estacionamientos de la Misión Vivienda en Santa Lucía, a las afueras de la capital. Catorce parientes, incluyendo seis menores, fueron arrancados de sus camas.
Fanny Lozada, abuela de Moisés y madre de Aliannis, es una mujer de 63 años que lleva los días de cautiverio grabados en el rostro. En su urbanismo, marcado por el deterioro de un proyecto chavista en el que nunca creyó, habla sin detenerse, como si las palabras le dolieran menos que el silencio.

Moisés tiene pánico a salir de casa después de pasar semanas en centros de detención del chavismo.

(G. Delgado)

El Rodeo I es un ecosistema del terror. Moisés fue confinado en el piso cuatro, destinado a los implicados en el caso de su madre. Allí, los presos adultos permanecían completamente desnudos, durmiendo sobre camas de cemento. A él, por ser menor, le permitieron conservar un uniforme azul y un colchón. En el piso uno languidecían los presos políticos; en el dos, los extranjeros, incluyendo españoles, capturados bajo acusaciones de espionaje; en el tres, los reos comunes. Un cubano y un alemán, castigados en el nivel cuatro, le daban ánimos a través de las rejas y le explicaban dónde estaba. Le decían que lo tenían allí solo para coaccionar a sus parientes.
Durante seis meses, Fanny no supo si su hija estaba viva o muerta. Aliannis había sido capturada en el oriente del país y exhibida en la televisión nacional por el ministro del Interior, Diosdado Cabello, como operadora de un complot terrorista. Después de eso, el silencio absoluto. «Pararme en la ventana, mostrarle una sonrisa a las personas y estar destruida por dentro», confiesa.

Durante seis meses, Fanny no supo si su hija estaba viva o muerta. Aliannis había sido capturada en el oriente del país y exhibida en la televisión

La desesperación empujó a Fanny a cruzar una línea que pocos se atreven a pisar en un país donde el miedo es la moneda de cambio habitual. A principios de febrero, impulsada por los rumores de una posible ley de amnistía tras la sorprendente captura de Nicolás Maduro un mes antes, se unió a las protestas de familiares de presos políticos. Días después, en la Universidad Central de Venezuela, tomó un micrófono. «O es este o no tengo más oportunidad», pensó antes de subir a la tarima.

El grito desesperado de la abuela

Frente a las cámaras y a una multitud expectante, Fanny desnudó la brutalidad del Estado. Habló de los tubazos a su nieto, de los registros, de la desaparición de su hija. Habló hasta que el cuerpo le falló. Se desplomó en pleno discurso, golpeándose la cabeza contra el suelo. Tuvo que desmayarse frente al mundo para que el engranaje carcelario cediera. Apenas una hora y media después de ser atendida en el Hospital Clínico Universitario, recibió la llamada que había esperado medio año: Aliannis estaba viva, recluida en la cárcel de mujeres.

Fanny reclama desesperada información sobre el paradero de su hija Aliannis.

(J. Benezra)

Después de casi quince días de su encierro en El Rodeo, a Moisés lo bajaron encapuchado. Un funcionario se le acercó, le roció colonia en el cuerpo y le susurró al oído: «Huele a la libertad». A través de la tela oscura que le cubría el rostro, Moisés reconoció los zapatos de su abuela y de su tía. Les leyeron un «testamento»: si hablaban de lo que habían vivido, volverían a ser detenidos y se enfrentarían diez años de cárcel. Los obligaron a grabar un video afirmando que no habían sido maltratados, y los abandonaron en la terminal de autobuses.

Les leyeron un «testamento»: si hablaban de lo que habían vivido, volverían a ser detenidos y se enfrentarían diez años de cárcel

Hoy, la prisión de Moisés es invisible, pero igualmente asfixiante. Abandonó los estudios. Rara vez sale de su habitación. No duerme; al cerrar los ojos, el reflejo de la celda lo asalta de nuevo. Sus muñecas perdieron la sensibilidad por la presión de los cartones y las esposas. No puede jugar más de tres partidos de fútbol sin que las costillas se le aprieten, dejándolo sin aire. La visión de un uniforme policial en la calle le provoca ataques de pánico. Su hermano menor, de diez años, se volvió agresivo y llora cada vez que Fanny sale a comprar comida. Son los daños colaterales de un sistema que decidió que la infancia no era un límite, sino una vulnerabilidad explotable.
Carlos Trapani, coordinador general de Cecodap, la principal organización de defensa de la infancia en el país, lo resume con la frialdad que exige el derecho internacional: «El Estado tiene la obligación de prevenir estas situaciones, proteger a las víctimas, investigar los hechos y sancionar a los responsables. La ausencia de estas acciones no solo perpetúa el daño individual, sino que compromete la cohesión social y la confianza en las instituciones». Para Moisés, esa ausencia no es una abstracción jurídica; es el aire que le falta cada vez que intenta correr.

Evacúan a Trump de una cena con periodistas tras escucharse unos disparos

El presidente Donald Trump, junto con la primera dama y el grueso de su Gabinete, han tenido que ser evacuados de la cena de corresponsales que se estaba celebrando en el Hotel Hilton de Washington. Al menos tres disparos se escucharon cuando comenzó el … evento, después de un breve discurso de la presidenta de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, Weijia Jiang. El atacante, según el presidente, ha sido detenido.
El caos se adueñó del recinto, en el que había miles de personas esperando un discurso de Trump ante los periodistas más destacados de Estados Unidos y sus invitados. También estaban sentados en mesas cerca del escenario en el que estaba el presidente figuras muy destacadas de su Gobierno, como el secretario de Estado, Marco Rubio, el de la Guerra, Pete Hegseth, y el de Sanidad, Robert Kennedy, que fue visto saliendo de la sala cojeando.

El servicio secreto inmediatamente evacuó el hotel, el mismo lugar en el que Ronald Reagan fue disparado en 1981. Las escenas alrededor del Hotel Hilton eran de absoluto caos y los soldados de la Guardia Nacional que están desplegados en Washington acordonaron el recinto. Los invitados fueron saliendo en un estado de confusión y nervios.
El presidente no resultó herido. Tampoco la primera dama. Esa confirmación empezó a circular mientras la situación se estabilizaba. Aun así, la seguridad no relajó el dispositivo.
A las 20.56, hora local (2:56, hora española), el presidente seguía en el recinto y aún no había partido. Eso indicaba que el operativo continuaba activo y que las autoridades no daban por cerrado el episodio. Poco después, Trump aseguró que el atacante «ha sido detenido», elogió «la rápida y valiente actuación» del Servicio Secreto y de las fuerzas de seguridad, y señaló que quiere que «el espectáculo continúe», aunque la decisión final queda en manos de las autoridades. Añadió que, en cualquier caso, la velada «ya no será como estaba prevista» y que «habrá que repetirla».

La secuencia de los hechos

Los tres disparos se oyeron secos, breves, como golpes metálicos que rompieron de golpe el murmullo de la sala. ABC estaba dentro del recinto. Hasta ese momento, la escena era la habitual de una noche de corresponsales: conversaciones cruzadas, camareros moviéndose entre mesas, teléfonos en la mano. En cuestión de segundos, todo cambió.
Primero llegaron los estallidos. Fueron claros, seguidos, lo bastante nítidos como para que muchos entendieran de inmediato que eran disparos. Algunas bandejas cayeron al suelo. Parte del público se agachó o se tiró directamente bajo las mesas, con las manos en la cabeza.
La primera reacción del Servicio Secreto fue sacar al presidente y a la primera dama Donald y Melania Trump fueron evacuados de inmediato, antes de que el resto de la sala terminara de entender qué estaba ocurriendo. Después llegó la orden para los demás: había que abandonar el salón.
Los agentes irrumpieron con las armas desenfundadas y empujaron a los presentes hacia la salida. No hubo margen para preguntas. Gritaban «disparos, disparos» y «vayan saliendo», con órdenes cortas y firmes. El perímetro se cerró en segundos y los accesos quedaron bloqueados.
Tras Trump fueron evacuados los miembros del gabinete. La secuencia fue clara: primero el presidente y la primera dama, después los altos cargos, y finalmente el resto de asistentes y periodistas, bajo control directo del Servicio Secreto.
En medio de la evacuación, la información llegaba fragmentada. Una empleada del hotel dijo a ABC que se habían llevado a una persona y que había detenidos. Nada estaba confirmado oficialmente en ese momento, pero la respuesta de seguridad indicaba que no era una falsa alarma.
Minutos después, ya fuera de la sala principal, la escena era de control tenso. No había carreras, pero sí silencio, agentes en alerta y movimientos restringidos. El Servicio Secreto revisaba accesos y mantenía a la prensa apartada mientras continuaba el operativo.