Dos días después de cerrar un acuerdo con Putin para que las tropas rusas puedan seguir en sus bases en Siria, un tribunal de Damasco ha condenado a muerte ‘en ausencia’ al exdictador Bashar al Assad, que desde el final de la cruenta y … larga guerra civil (2011- 2024) se refugia en Moscú.
La proximidad de los dos eventos, el acuerdo y la sentencia, abre el interrogante sobre los próximos pasos para una eventual extradición del exdictador Siria, con vistas a su ejecución en Damasco. Ninguno de los dos Gobiernos ha dado pistas en ese sentido. Oficialmente, Al Assad sigue siendo un ‘huésped’ del Gobierno de Putin. Este solo le ha exigido desde su llegada a la capìtal rusa que se abstenga por completo de aparecer en público.
Un primo de Bashar al Assad, Atef Najib, que fue jefe de la provincia donde en 2011 se produjeron las primeras revueltas populares contra la dictadura, también fue condenado a muerte, junto a otros oficiales de menor rango. Najib era el responsable del aparato de seguridad en la región de Deraa cuando -en pleno estallido de la Primavera Árabe en todo Oriente Próximo- miles de civiles fueron masacrados por la Policía de Bashar al Assad en los albores de la guerra civil. Los trece años de conflicto entre el régimen de los Assad -que llevaba medio siglo en el poder- y los movimientos rebeldes obedecieron a causas políticas pero también religiosas: la dictadura procedía de la minoría musulmana chií (alauí), que había copado durante décadas todos los puestos del poder, discriminando y reprimiendo muchas veces a la mayoría suní.
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David Alandete
Alto riesgo
Aunque la sentencia a muerte ‘en ausencia’ de Bashar al Assad sería festejada por una mayoría de sirios suníes, supone un paso arriesgado para el nuevo presidente, Ahmed al Sharaa. El líder del movimiento rebelde triunfante, antiguo militante de Al Qaida, de 43 años, predica en sus salidas internacionales una doctrina de ‘reconciliación nacional’, que busca integrar a todas las minorías religiosas y centrar los esfuerzos en la reconstrucción de Siria. La eventual extradición y ejecución de Bashar al Assad enviaría, sin duda, un mensaje negativo a las capitales occidentales, que hasta ahora optan por dar un cheque en blanco al nuevo líder sirio.
La eventual extradición y ejecución de Al Assad enviaría un mensaje negativo a las capitales occidentales, que hasta ahora optan por dar un cheque en blanco al nuevo líder sirio
Al Sharaa se ha reunido dos veces con Vladímir Putin, y se ha entrevistado también con varios líderes occidentales, entre ellos el presidente Trump, que ‘compró’ su programa de reconciliación nacional. Desde el primer momento, el exyihadista –que luchó también contra los estadounidenses en Irak, y tenía un precio puesto a su cabeza– prometió un futuro de democracia y se esforzó por acercarse a Occidente. Trump recompensó sus intenciones con el levantamiento de las sanciones financieras contra Siria, que pesaban desde hace años. Washington no exigió en principio más garantías que la palabra de Al Sharaa.
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Algo similar ocurrió durante la visita de Macron a Siria el pasado mes de julio, en la que anunció la reanudación de las relaciones diplomáticas interrumpidas hace catorce años. No hubo mención a los aspectos más intrigantes del nuevo régimen político de Damasco. Se desconoce por ejemplo qué papel juegan en el régimen los antiguos yihadistas extranjeros de su movimiento rebelde –algunos fueron incorporados al principio a la jerarquía del nuevo ejército–. Ni tampoco qué papel jugó Damasco en los episodios de ataques vengativos del año pasado contra la minoría alauí, así como contra drusos y cristianos. La histórica comunidad cristiana siria ha sido y sigue siendo -en términos relativos- la principal víctima de la guerra civil y de la llegada de un islamista al poder: antes del conflicto los cristianos eran casi dos millones y ahora se calcula que han quedado unos 300.000.
Occidente es clave para Al Sharaa, pero el equilibrio más delicado se juega en las relaciones de la nueva Siria islamista y la Rusia de Vladimir Putin. Y uno de los momentos más interesantes llega ahora, cuando Damasco le obliga a retratarse y decidir si extradita, o no, a Bachar al Assad para que sea ahorcado.
Ahmed al Sharaa llegó al poder en diciembre de 2024 tras la caída del régimen de Bashar al Assad con una promesa clara: la expulsión del país de los iraníes y de los rusos, principales apoyos de su enemigo. Los asesores persas se fueron, pero Moscú retuvo dos bases navales y aéreas en Siria.
Acuerdo entre Rusia y Siria
Este es el contexto en que se produce la sentencia a muerte contra el exdictador y algunos de sus próximos. Hace solo dos tres días, el Gobierno sirio anunció un acuerdo con el ruso sobre el futuro de dos bases estratégicas de Moscú en la costa del Mediterráneo. El pacto da a Siria el control ‘civil’ de la base aérea de Hmeimim, cerca de Latakia, y del puerto comercial de Tartus. Pero las tropas rusas actualmente instaladas en esos lugares se quedarán, aunque -según el Ministerio de Exteriores sirio- pasarán a ser también «centros conjuntos de entrenamiento y capacitación» para las fuerzas sirias.
Venta de petróleo ruso a Damasco
Parte de la factura que debió pagar es económica. El pasado mes de mayo, la agencia británica Reuters desveló que, en los últimos meses, la llegada de barriles de crudo ruso a Siria creció exponencialmente, pese a que desde la caída de Bashar al Assad se había instalado un régimen enemigo de Moscú al menos en el plano oficial. La apuesta económica por Rusia de Al Sharaa contradice también las promesas de éste de acercamiento a EE.UU y alejamiento de Moscú. Washington mantiene un embargo al comercio de petróleo ruso por la guerra en Ucrania, para presionar a Vladímir Putin en favor de un acuerdo. Siria es por tanto una de las válvulas de escape del petróleo ruso.
Según la información obtenida por Reuters de fuentes oficiales sirias y del comercio naval, Damasco ha incrementado este año un 75 por ciento la compra de barriles de petróleo ruso, hasta los 60.000 diarios. Siria produce crudo, pero en cantidades insuficientes para su consumo, en especial debido a los planes de reconstrucción del país después de 14 años de guerra civil.
No ha sido óbice ni cortapisa que Rusia fuera, en su día, el principal aliado político y militar del derrocado y condenado Bashar al Assad. Las dos bases son puntos estratégicos clave para los intereses mediterráneos y en Oriente Próximo de Rusia, y al cabo de muchos meses de negociaciones el Kremlin ha impuesto sus intereses.