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Tucker Carlson, del Despacho Oval a la sospecha de espionaje

Intriga, acusaciones de espionaje, sospechas de desinformación y una guerra civil dentro del trumpismo. Durante meses, Tucker Carlson se movió por la Casa Blanca con una soltura poco habitual para alguien sin cargo oficial. Vieja estrella de Fox News, hoy convertido en presentador de … uno de los podcasts políticos más influyentes de la derecha estadounidense, aparecía en la residencia presidencial o en el Ala Oeste cuando se discutían asuntos sensibles, desde el petróleo hasta Irán, y acudía incluso a almuerzos con el presidente. No era un funcionario, pero muchos lo veían actuar como si lo fuera.

Esa cercanía no era decorativa. Carlson llevaba tiempo defendiendo ante Trump una visión del mundo que chocaba con la del ala más dura de su Administración. En Rusia, se ha mostrado comprensivo con los argumentos del Kremlin y muy crítico con el apoyo de Estados Unidos a Ucrania. En Irán, rechazó desde el principio una guerra abierta y la idea de derribar al régimen de los ayatolás. En Venezuela, también ha mantenido una línea contraria a una intervención de Estados Unidos o a una operación para tumbar a Nicolás Maduro.

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David Alandete

El hilo común es nítido: Carlson se presenta hoy como un enemigo del intervencionismo exterior de Washington y del credo neoconservador que durante años dominó el Partido Republicano, incluso aunque él mismo formara parte de ese ecosistema en otra etapa de su carrera.
Su peso en la órbita presidencial se hizo especialmente visible antes del comienzo de la campaña militar contra Irán. Según informó ‘The New York Times’, Carlson acudió tres veces al Despacho Oval en las semanas previas al arranque de la ofensiva del 28 de febrero para pedir a Trump que no atacara. Su argumento era político y casi doctrinal, que abrir otra guerra en Oriente Próximo suponía traicionar la promesa antimilitarista con la que Trump había seducido a una parte de su base. Carlson no defendía solo una prudencia táctica. Estaba librando una batalla ideológica dentro del trumpismo.
Pero perdió. Una vez iniciada la operación, el comentarista endureció el tono y rompió con el lenguaje de la discrepancia privada. En declaraciones a ‘ABC News’, calificó la guerra de Trump contra Irán de «asquerosa y malvada». La respuesta del presidente fue una desautorización pública inusual incluso para los estándares de brutalidad política de Washington. Trump dijo que Carlson «se ha perdido», que «no es MAGA» (el lema trumpista de Hacer a EE.UU. Grande de Nuevo, Make America Great Again en inglés) y que «no es muy listo y no lo entiende».

La CIA en escena

A partir de ahí, la historia saltó de la pelea política a un terreno mucho más turbio. En un vídeo difundido el sábado en X, Carlson aseguró que la CIA estaba preparando una remisión penal contra él al Departamento de Justicia. Según su versión, la supuesta actuación estaría relacionada con sus contactos con personas en Irán antes de la guerra. Carlson apuntó a una posible base legal: la Foreign Agents Registration Act, conocida como FARA, la ley estadounidense que obliga a quienes actúan en nombre de intereses extranjeros y participan en actividades políticas o de influencia a registrarse ante el Departamento de Justicia y declarar sus vínculos, actividades e ingresos.
Carlson negó de forma tajante que hubiese actuado como agente extranjero. Dijo que nunca ha cobrado dinero de nadie, que no trabaja para ninguna potencia y que hablar con personas de todo el mundo forma parte exacta de su oficio. Añadió que le parecía un caso absurdo y que dudaba de que llegue a materializarse.
La gravedad de la acusación no está solo en la posible remisión penal, cuya existencia no ha sido probada públicamente, sino en el retrato del propio Carlson como figura bajo sospecha en pleno corazón del aparato de poder republicano. Porque Carlson no es ya un simple comentarista incendiario de estudio.
Desde que salió de Fox, se ha reinventado como comentarista global, con una mezcla de periodismo, activismo ideológico y provocación calculada. Ha entrevistado a Vladímir Putin, el presidente ruso; a Viktor Orbán, el primer ministro húngaro y referente de la derecha nacionalista europea; y también ha dado voz a figuras extremistas como Nick Fuentes, un agitador conocido por su antisemitismo, su supremacismo según numerosos críticos y medios, y sus ataques al propio Trump cuando considera que se aparta de la pureza ideológica del movimiento.
Este nuevo Carlson se ha convertido, además, en una referencia para una parte del trumpismo joven, aislacionista y hostil a las guerras exteriores. Dentro de esa corriente mantiene una relación estrecha con el vicepresidente, JD Vance, el senador reconvertido en número dos de Trump y principal representante del ala nacionalista y antiintervencionista del movimiento. Sus adversarios dentro del Gobierno lo consideran una de las influencias intelectuales de Vance.
En el extremo opuesto sitúan a Marco Rubio, secretario de Estado y uno de los rostros más identificables del ala dura de política exterior. Carlson ha sido muy crítico con Rubio, al que percibe como emblema del intervencionismo republicano clásico. La fractura quedó expuesta con la guerra de Irán, pero venía incubándose desde mucho antes.

Desinformación voluntaria

En Washington ha circulado incluso otra hipótesis, que Trump pudo haber alimentado a Carlson con información incorrecta o incompleta en aquellas conversaciones previas a la guerra. El objetivo habría sido doble: por un lado, mantener cerca a un crítico peligroso; por otro, proyectar hacia fuera una falsa imagen de contención mientras la operación seguía su curso, quizá incluso para confundir a Teherán sobre las verdaderas intenciones de la Casa Blanca. No hay pruebas públicas de esa maniobra. Pero el mero hecho de que se formule dentro del entorno presidencial da la medida de la ruptura.
La tensión, en realidad, venía de lejos. Carlson ya había criticado los ataques previos contra Irán de junio de 2025 y convirtió esa oposición en una bandera dentro del ecosistema conservador. Uno de los momentos más elocuentes fue su entrevista viral con Ted Cruz, el senador republicano por Texas, uno de los halcones más constantes del partido en política exterior. Carlson le reprochó entonces no saber lo suficiente sobre Irán para defender una línea tan agresiva. La escena se hizo viral porque condensaba la guerra interna del trumpismo: el viejo Partido Republicano del músculo militar frente a la nueva derecha que denuncia esas guerras como trampas del establishment.
Quien llevó esa acusación al terreno más brutal fue Mark Levin, otra gran voz conservadora, presentador de radio y de Fox News, amigo de Trump y defensor encendido de Israel. Levin cargó contra Carlson con una dureza extraordinaria. Lo llamó «traidor», le acusó de haber apuñalado por la espalda al presidente, de ser blando con los enemigos de Estados Unidos, de mentir, de filtrar información y de minar al movimiento MAGA desde dentro. Y formuló una pregunta que en Washington resonó como una alarma: «¿Por qué está Tucker Carlson en la Casa Blanca? ¿Por qué tiene amigos en la Casa Blanca?». Incluso insinuó que «parece una especie de agente extranjero».

Carlson ya había criticado los ataques previos contra Irán de junio de 2025 y convirtió esa oposición en una bandera dentro del ecosistema conservador

Trump no dejó dudas sobre qué bando elegía. En un mensaje en su red Truth Social, salió en defensa de Levin, al que definió como un «gran patriota americano», y retrató a sus críticos como personas con menos inteligencia, capacidad y amor por el país. El presidente no mencionó a Carlson por su nombre en ese mensaje, pero el sentido político era inequívoco. En la disputa entre el viejo amigo con acceso al Despacho Oval y el polemista que exigía disciplina ideológica en tiempos de guerra, Trump se alineó con Levin.
La historia dio un giro adicional con la entrada en escena de Glenn Greenwald, periodista y comentarista conocido por sus revelaciones sobre vigilancia masiva junto a Edward Snowden y hoy convertido en una voz ferozmente crítica con Israel y con el aparato de seguridad estadounidense.
Greenwald salió en defensa de Carlson y elevó el caso a una dimensión mayor. Contó que, antes de una entrevista, Carlson le había dicho que fuentes de alto nivel le habían advertido de esa posible imputación penal. Aseguró que le cree plenamente y sostuvo que el objetivo de la operación no sería solo Carlson, sino todos aquellos que critican a Israel y la guerra de Trump y Benjamin Netanyahu.
Greenwald fue más allá: insinuó que Carlson pudo haber sido espiado para obtener sus mensajes o llamadas, ya fuera por agencias estadounidenses o por servicios aliados. Su tesis es que existe una campaña de intimidación contra el periodismo crítico con la guerra y con Israel. Es una interpretación política, no una prueba judicial, pero añade otra capa explosiva a una crisis ya saturada de sospechas.

Publicado: marzo 16, 2026, 8:45 am

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/tucker-carlson-despacho-oval-sospecha-espionaje-20260316140218-nt.html

Intriga, acusaciones de espionaje, sospechas de desinformación y una guerra civil dentro del trumpismo.

Durante meses, Tucker Carlson se movió por la Casa Blanca con una soltura poco habitual para alguien sin cargo oficial. Vieja estrella de Fox News, hoy convertido en presentador de uno de los podcasts políticos más influyentes de la derecha estadounidense, aparecía en la residencia presidencial o en el Ala Oeste cuando se discutían asuntos sensibles, desde el petróleo hasta Irán, y acudía incluso a almuerzos con el presidente. No era un funcionario, pero muchos lo veían actuar como si lo fuera.

Esa cercanía no era decorativa. Carlson llevaba tiempo defendiendo ante Trump una visión del mundo que chocaba con la del ala más dura de su Administración. En Rusia, se ha mostrado comprensivo con los argumentos del Kremlin y muy crítico con el apoyo de Estados Unidos a Ucrania. En Irán, rechazó desde el principio una guerra abierta y la idea de derribar al régimen de los ayatolás. En Venezuela, también ha mantenido una línea contraria a una intervención de Estados Unidos o a una operación para tumbar a Nicolás Maduro.

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  • David Alandete

El hilo común es nítido: Carlson se presenta hoy como un enemigo del intervencionismo exterior de Washington y del credo neoconservador que durante años dominó el Partido Republicano, incluso aunque él mismo formara parte de ese ecosistema en otra etapa de su carrera.

Su peso en la órbita presidencial se hizo especialmente visible antes del comienzo de la campaña militar contra Irán. Según informó ‘The New York Times’, Carlson acudió tres veces al Despacho Oval en las semanas previas al arranque de la ofensiva del 28 de febrero para pedir a Trump que no atacara. Su argumento era político y casi doctrinal, que abrir otra guerra en Oriente Próximo suponía traicionar la promesa antimilitarista con la que Trump había seducido a una parte de su base. Carlson no defendía solo una prudencia táctica. Estaba librando una batalla ideológica dentro del trumpismo.

Pero perdió. Una vez iniciada la operación, el comentarista endureció el tono y rompió con el lenguaje de la discrepancia privada. En declaraciones a ‘ABC News’, calificó la guerra de Trump contra Irán de «asquerosa y malvada». La respuesta del presidente fue una desautorización pública inusual incluso para los estándares de brutalidad política de Washington. Trump dijo que Carlson «se ha perdido», que «no es MAGA» (el lema trumpista de Hacer a EE.UU. Grande de Nuevo, Make America Great Again en inglés) y que «no es muy listo y no lo entiende».

La CIA en escena

A partir de ahí, la historia saltó de la pelea política a un terreno mucho más turbio. En un vídeo difundido el sábado en X, Carlson aseguró que la CIA estaba preparando una remisión penal contra él al Departamento de Justicia. Según su versión, la supuesta actuación estaría relacionada con sus contactos con personas en Irán antes de la guerra. Carlson apuntó a una posible base legal: la Foreign Agents Registration Act, conocida como FARA, la ley estadounidense que obliga a quienes actúan en nombre de intereses extranjeros y participan en actividades políticas o de influencia a registrarse ante el Departamento de Justicia y declarar sus vínculos, actividades e ingresos.

Carlson negó de forma tajante que hubiese actuado como agente extranjero. Dijo que nunca ha cobrado dinero de nadie, que no trabaja para ninguna potencia y que hablar con personas de todo el mundo forma parte exacta de su oficio. Añadió que le parecía un caso absurdo y que dudaba de que llegue a materializarse.

La gravedad de la acusación no está solo en la posible remisión penal, cuya existencia no ha sido probada públicamente, sino en el retrato del propio Carlson como figura bajo sospecha en pleno corazón del aparato de poder republicano. Porque Carlson no es ya un simple comentarista incendiario de estudio.

Desde que salió de Fox, se ha reinventado como comentarista global, con una mezcla de periodismo, activismo ideológico y provocación calculada. Ha entrevistado a Vladímir Putin, el presidente ruso; a Viktor Orbán, el primer ministro húngaro y referente de la derecha nacionalista europea; y también ha dado voz a figuras extremistas como Nick Fuentes, un agitador conocido por su antisemitismo, su supremacismo según numerosos críticos y medios, y sus ataques al propio Trump cuando considera que se aparta de la pureza ideológica del movimiento.

Este nuevo Carlson se ha convertido, además, en una referencia para una parte del trumpismo joven, aislacionista y hostil a las guerras exteriores. Dentro de esa corriente mantiene una relación estrecha con el vicepresidente, JD Vance, el senador reconvertido en número dos de Trump y principal representante del ala nacionalista y antiintervencionista del movimiento. Sus adversarios dentro del Gobierno lo consideran una de las influencias intelectuales de Vance.

En el extremo opuesto sitúan a Marco Rubio, secretario de Estado y uno de los rostros más identificables del ala dura de política exterior. Carlson ha sido muy crítico con Rubio, al que percibe como emblema del intervencionismo republicano clásico. La fractura quedó expuesta con la guerra de Irán, pero venía incubándose desde mucho antes.

Desinformación voluntaria

En Washington ha circulado incluso otra hipótesis, que Trump pudo haber alimentado a Carlson con información incorrecta o incompleta en aquellas conversaciones previas a la guerra. El objetivo habría sido doble: por un lado, mantener cerca a un crítico peligroso; por otro, proyectar hacia fuera una falsa imagen de contención mientras la operación seguía su curso, quizá incluso para confundir a Teherán sobre las verdaderas intenciones de la Casa Blanca. No hay pruebas públicas de esa maniobra. Pero el mero hecho de que se formule dentro del entorno presidencial da la medida de la ruptura.

La tensión, en realidad, venía de lejos. Carlson ya había criticado los ataques previos contra Irán de junio de 2025 y convirtió esa oposición en una bandera dentro del ecosistema conservador. Uno de los momentos más elocuentes fue su entrevista viral con Ted Cruz, el senador republicano por Texas, uno de los halcones más constantes del partido en política exterior. Carlson le reprochó entonces no saber lo suficiente sobre Irán para defender una línea tan agresiva. La escena se hizo viral porque condensaba la guerra interna del trumpismo: el viejo Partido Republicano del músculo militar frente a la nueva derecha que denuncia esas guerras como trampas del establishment.

Quien llevó esa acusación al terreno más brutal fue Mark Levin, otra gran voz conservadora, presentador de radio y de Fox News, amigo de Trump y defensor encendido de Israel. Levin cargó contra Carlson con una dureza extraordinaria. Lo llamó «traidor», le acusó de haber apuñalado por la espalda al presidente, de ser blando con los enemigos de Estados Unidos, de mentir, de filtrar información y de minar al movimiento MAGA desde dentro. Y formuló una pregunta que en Washington resonó como una alarma: «¿Por qué está Tucker Carlson en la Casa Blanca? ¿Por qué tiene amigos en la Casa Blanca?». Incluso insinuó que «parece una especie de agente extranjero».

Carlson ya había criticado los ataques previos contra Irán de junio de 2025 y convirtió esa oposición en una bandera dentro del ecosistema conservador

Trump no dejó dudas sobre qué bando elegía. En un mensaje en su red Truth Social, salió en defensa de Levin, al que definió como un «gran patriota americano», y retrató a sus críticos como personas con menos inteligencia, capacidad y amor por el país. El presidente no mencionó a Carlson por su nombre en ese mensaje, pero el sentido político era inequívoco. En la disputa entre el viejo amigo con acceso al Despacho Oval y el polemista que exigía disciplina ideológica en tiempos de guerra, Trump se alineó con Levin.

La historia dio un giro adicional con la entrada en escena de Glenn Greenwald, periodista y comentarista conocido por sus revelaciones sobre vigilancia masiva junto a Edward Snowden y hoy convertido en una voz ferozmente crítica con Israel y con el aparato de seguridad estadounidense.

Greenwald salió en defensa de Carlson y elevó el caso a una dimensión mayor. Contó que, antes de una entrevista, Carlson le había dicho que fuentes de alto nivel le habían advertido de esa posible imputación penal. Aseguró que le cree plenamente y sostuvo que el objetivo de la operación no sería solo Carlson, sino todos aquellos que critican a Israel y la guerra de Trump y Benjamin Netanyahu.

Greenwald fue más allá: insinuó que Carlson pudo haber sido espiado para obtener sus mensajes o llamadas, ya fuera por agencias estadounidenses o por servicios aliados. Su tesis es que existe una campaña de intimidación contra el periodismo crítico con la guerra y con Israel. Es una interpretación política, no una prueba judicial, pero añade otra capa explosiva a una crisis ya saturada de sospechas.

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