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Trump se adentra en la Fase 2 del plan para la franja de Gaza

La Fase 2 del plan para Gaza es el próximo campo de batalla diplomático y político para Donald Trump en Oriente Próximo. Tras una primera etapa marcada por el alto el fuego, la liberación de rehenes vivos, la retirada parcial de tropas israelíes y el … aumento en el ingreso de la ayuda humanitaria, el esquema impulsado por Estados Unidos entra ahora en una fase mucho más compleja, con más desafíos, en la que confluyen seguridad, poder político y reconstrucción bajo condiciones estrictas.
El punto de partida es la creación de una nueva estructura de gobierno para Gaza. El plan prevé el establecimiento de un Consejo de Paz, un órgano político de supervisión presidido por el mismo presidente de EE.UU. e integrado por líderes regionales e internacionales. Este consejo actuaría como paraguas de todo el proceso, con autoridad sobre la seguridad, la administración civil y la transición política en la Franja. Del mismo dependería un comité ejecutivo con funciones de control directo y capacidad para intervenir cuando surjan bloqueos políticos o disputas entre facciones locales e intereses internacionales.
La gestión cotidiana de Gaza recaería sobre un comité palestino de perfil supuestamente tecnocrático, concebido como una administración no partidista encargada de los servicios básicos y la gobernanza diaria. El diseño excluye explícitamente al grupo terrorista Hamás de cualquier estructura de poder, una línea roja para Israel, EE.UU. y los países árabes que condicionan su implicación al desmantelamiento del aparato militar del grupo islamista.

El elemento central de esta Fase 2 es la seguridad. Para ello, el plan contempla el despliegue de una Fuerza Internacional de Estabilización, bajo supervisión estadounidense, con un mandato dividido en varias etapas. En primer lugar, según los documentos compartidos con la prensa, está estabilizar el territorio mediante despliegues amplios, control del orden público y prevención del colapso institucional. En paralelo, entrenar fuerzas policiales palestinas que asuman a medio plazo la seguridad interna. Y, como núcleo del dispositivo, liderar el desarme de Hamás y de otras milicias, con un mecanismo permanente de verificación que impida su rearme.
Esta desmilitarización es una condición explícita para avanzar en el resto del plan. Incluye el desmantelamiento de arsenales, la destrucción de redes de túneles y la eliminación de la capacidad operativa de las facciones armadas. Sin avances verificables en este terreno, no habrá reconstrucción a gran escala ni inversión internacional significativa. Arabia Saudí, Emiratos Árabes y otros países del Golfo han dejado claro que no financiarán la reconstrucción mientras Hamás conserve armas o infraestructura militar.
El calendario es uno de los puntos más sensibles y sobre el que mas se negocia. La Fase 2 puede activarse incluso sin que se hayan resuelto todos los flecos de la etapa anterior, como la devolución del cuerpo del último rehén israelí retenido en Gaza, Ran Gvili. Al mismo tiempo, Israel se reserva el derecho a mantener presencia militar en zonas clave, incluida la llamada «línea amarilla», una franja interior desde la que controla aproximadamente la mitad del territorio, hasta que el nuevo marco de seguridad esté plenamente operativo.
La transferencia de autoridad política sería gradual y condicionada. En una primera etapa, el poder efectivo recaería en el comité tecnocrático bajo tutela internacional. Solo más adelante, y siempre que se cumplan los requisitos de seguridad y reforma institucional, podría abrirse la puerta a una implicación mayor de la Autoridad Palestina a través de instituciones reformadas. El plan descarta cualquier acuerdo de reconciliación que otorgue legitimidad política a Hamás, una postura que ha generado tensiones con algunos mediadores regionales.
La reconstrucción, uno de los asuntos más urgentes para una población devastada tras meses de guerra, queda así supeditada a una secuencia estricta: seguridad, desarme, administración civil y, solo después, inversión masiva. Se contempla incluso un inicio parcial de la reconstrucción en zonas consideradas seguras, con controles estrictos sobre quién puede acceder a ellas para evitar la reimplantación de estructuras de Hamás.

Contexto delicado

Todo este entramado se desarrolla en un contexto regional delicado. Irán, principal respaldo de Hamás y Hizbolá, sigue siendo un factor de presión, al igual que el Líbano, donde el desarme de la milicia chií está lejos de completarse. En Siria, los ataques israelíes continúan mientras Washington intenta evitar una escalada directa. Y en el plano diplomático, la composición de la fuerza internacional y el papel de países como Turquía siguen siendo objeto de disputa.
Esta fase es, más bien, un intento de imponer un orden político y de seguridad en un territorio devastado, mediante una combinación de tutela internacional, presión militar indirecta y condicionalidad económica. Su éxito dependerá menos de los documentos firmados que de la capacidad real de ejecutar el desarme, sostener la seguridad y ofrecer a los palestinos una alternativa de gobierno creíble. Por ahora, el plan avanza entre líneas rojas, desconfianza mutua y la certeza compartida de que, sin un cambio estructural en Gaza, el alto el fuego difícilmente aguantará.

Publicado: diciembre 29, 2025, 3:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/trump-adentra-fase-plan-franja-gaza-20251229211538-nt.html

La Fase 2 del plan para Gaza es el próximo campo de batalla diplomático y político para Donald Trump en Oriente Próximo. Tras una primera etapa marcada por el alto el fuego, la liberación de rehenes vivos, la retirada parcial de tropas israelíes y el aumento en el ingreso de la ayuda humanitaria, el esquema impulsado por Estados Unidos entra ahora en una fase mucho más compleja, con más desafíos, en la que confluyen seguridad, poder político y reconstrucción bajo condiciones estrictas.

El punto de partida es la creación de una nueva estructura de gobierno para Gaza. El plan prevé el establecimiento de un Consejo de Paz, un órgano político de supervisión presidido por el mismo presidente de EE.UU. e integrado por líderes regionales e internacionales. Este consejo actuaría como paraguas de todo el proceso, con autoridad sobre la seguridad, la administración civil y la transición política en la Franja. Del mismo dependería un comité ejecutivo con funciones de control directo y capacidad para intervenir cuando surjan bloqueos políticos o disputas entre facciones locales e intereses internacionales.

La gestión cotidiana de Gaza recaería sobre un comité palestino de perfil supuestamente tecnocrático, concebido como una administración no partidista encargada de los servicios básicos y la gobernanza diaria. El diseño excluye explícitamente al grupo terrorista Hamás de cualquier estructura de poder, una línea roja para Israel, EE.UU. y los países árabes que condicionan su implicación al desmantelamiento del aparato militar del grupo islamista.

El elemento central de esta Fase 2 es la seguridad. Para ello, el plan contempla el despliegue de una Fuerza Internacional de Estabilización, bajo supervisión estadounidense, con un mandato dividido en varias etapas. En primer lugar, según los documentos compartidos con la prensa, está estabilizar el territorio mediante despliegues amplios, control del orden público y prevención del colapso institucional. En paralelo, entrenar fuerzas policiales palestinas que asuman a medio plazo la seguridad interna. Y, como núcleo del dispositivo, liderar el desarme de Hamás y de otras milicias, con un mecanismo permanente de verificación que impida su rearme.

Esta desmilitarización es una condición explícita para avanzar en el resto del plan. Incluye el desmantelamiento de arsenales, la destrucción de redes de túneles y la eliminación de la capacidad operativa de las facciones armadas. Sin avances verificables en este terreno, no habrá reconstrucción a gran escala ni inversión internacional significativa. Arabia Saudí, Emiratos Árabes y otros países del Golfo han dejado claro que no financiarán la reconstrucción mientras Hamás conserve armas o infraestructura militar.

El calendario es uno de los puntos más sensibles y sobre el que mas se negocia. La Fase 2 puede activarse incluso sin que se hayan resuelto todos los flecos de la etapa anterior, como la devolución del cuerpo del último rehén israelí retenido en Gaza, Ran Gvili. Al mismo tiempo, Israel se reserva el derecho a mantener presencia militar en zonas clave, incluida la llamada «línea amarilla», una franja interior desde la que controla aproximadamente la mitad del territorio, hasta que el nuevo marco de seguridad esté plenamente operativo.

La transferencia de autoridad política sería gradual y condicionada. En una primera etapa, el poder efectivo recaería en el comité tecnocrático bajo tutela internacional. Solo más adelante, y siempre que se cumplan los requisitos de seguridad y reforma institucional, podría abrirse la puerta a una implicación mayor de la Autoridad Palestina a través de instituciones reformadas. El plan descarta cualquier acuerdo de reconciliación que otorgue legitimidad política a Hamás, una postura que ha generado tensiones con algunos mediadores regionales.

La reconstrucción, uno de los asuntos más urgentes para una población devastada tras meses de guerra, queda así supeditada a una secuencia estricta: seguridad, desarme, administración civil y, solo después, inversión masiva. Se contempla incluso un inicio parcial de la reconstrucción en zonas consideradas seguras, con controles estrictos sobre quién puede acceder a ellas para evitar la reimplantación de estructuras de Hamás.

Contexto delicado

Todo este entramado se desarrolla en un contexto regional delicado. Irán, principal respaldo de Hamás y Hizbolá, sigue siendo un factor de presión, al igual que el Líbano, donde el desarme de la milicia chií está lejos de completarse. En Siria, los ataques israelíes continúan mientras Washington intenta evitar una escalada directa. Y en el plano diplomático, la composición de la fuerza internacional y el papel de países como Turquía siguen siendo objeto de disputa.

Esta fase es, más bien, un intento de imponer un orden político y de seguridad en un territorio devastado, mediante una combinación de tutela internacional, presión militar indirecta y condicionalidad económica. Su éxito dependerá menos de los documentos firmados que de la capacidad real de ejecutar el desarme, sostener la seguridad y ofrecer a los palestinos una alternativa de gobierno creíble. Por ahora, el plan avanza entre líneas rojas, desconfianza mutua y la certeza compartida de que, sin un cambio estructural en Gaza, el alto el fuego difícilmente aguantará.

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