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Trump amplía la tregua con Irán y retrasa hasta el 6 de abril los ataques

Donald Trump volvió a mover este jueves el reloj de la guerra. Cuando todavía seguía en pie la pausa de cinco días que anunció el lunes sobre los ataques a infraestructuras energéticas iraníes, el presidente norteamericano decidió ampliarla diez días más, hasta el lunes … 6 de abril a las ocho de la tarde, hora de Washington (dos de la madrugada del 7 de abril en la España peninsular). Lo hizo con uno de esos mensajes breves y rotundos que ya forman parte de su manera de dirigir la crisis, pues aseguró que actuaba «a petición del Gobierno iraní» y sostuvo que las conversaciones siguen abiertas y «van muy bien», pese a lo que, según él, dicen erróneamente algunos medios.
La decisión confirma algo que la Casa Blanca lleva días deslizando sin terminar de aclarar, que, por debajo de los bombardeos, de los ultimátums y de los desmentidos públicos, Washington y Teherán siguen hablando con mediación de Pakistán. Trump ya había congelado el lunes durante cinco días los ataques que amenazó con lanzar contra las plantas energéticas iraníes si el régimen no reabría el estrecho de Ormuz. Ahora alarga esa pausa y convierte el plazo inicial en una nueva cuenta atrás. La amenaza no desaparece.

Para Trump, Irán pide tiempo, Estados Unidos se lo concede y la presión militar sigue intacta. Pero en la práctica también revela otra realidad. Si la negociación estuviera cerrada, no haría falta ampliar el margen. Y si la Casa Blanca creyera que ya no hay nada que hablar, tampoco tendría sentido retrasar uno de los golpes más sensibles que ha puesto sobre la mesa. La nueva fecha, el 6 de abril, indica que el conflicto ha entrado en una fase de espera que es tensa, con amenazas en público y contactos discretos en paralelo.

Noticia relacionada

Mikel Ayestaran

Trump había vinculado sus amenazas sobre las plantas energéticas iraníes a la exigencia de que Teherán reabriera por completo ese paso marítimo, clave para el petróleo mundial. En los últimos días, además, ha insistido en presentar ciertos movimientos de petroleros como pruebas de que Irán está cediendo y enviando señales de apertura. En su relato, todo apunta a que la presión está funcionando y los iraníes hasta le han regalado, dice, diez petroleros cargados de crudo con bandera pakistaní.
El problema para él es que Teherán no confirma esa versión y sigue negando públicamente que exista una negociación en los términos descritos por Washington.
La guerra con Irán ha puesto en tensión no sólo la seguridad regional, sino también la energía, los mercados y la estabilidad de los aliados árabes de Estados Unidos. Retrasar un ataque contra la red energética iraní no es un detalle menor, ya que implica congelar, al menos por unos días más, una escalada con consecuencias directas sobre el precio del crudo y sobre la seguridad de toda la región.
Lo que está por ver es si esos diez días sirven para algo más que para ganar tiempo. La Casa Blanca insiste en que los contactos avanzan y en que Irán quiere un acuerdo. Irán, por su parte, juega a otra cosa: niega, desmiente y evita aparecer como quien cede bajo presión.
Entre ambas versiones queda una evidencia política. Trump necesitaba demostrar que su estrategia de máxima presión produce resultados y ha encontrado en esta nueva prórroga una forma de sostener ese argumento. No anuncia la paz, pero tampoco ordena el ataque. Mantiene la guerra suspendida en el aire, con una nueva fecha sobre la mesa y con la idea, muy propia de su estilo, de que el reloj también puede ser un arma.

Publicado: marzo 26, 2026, 4:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/trump-amplia-tregua-iran-retrasa-abril-ataques-20260325214519-nt.html

Donald Trump volvió a mover este jueves el reloj de la guerra. Cuando todavía seguía en pie la pausa de cinco días que anunció el lunes sobre los ataques a infraestructuras energéticas iraníes, el presidente norteamericano decidió ampliarla diez días más, hasta el lunes 6 de abril a las ocho de la tarde, hora de Washington (dos de la madrugada del 7 de abril en la España peninsular). Lo hizo con uno de esos mensajes breves y rotundos que ya forman parte de su manera de dirigir la crisis, pues aseguró que actuaba «a petición del Gobierno iraní» y sostuvo que las conversaciones siguen abiertas y «van muy bien», pese a lo que, según él, dicen erróneamente algunos medios.

La decisión confirma algo que la Casa Blanca lleva días deslizando sin terminar de aclarar, que, por debajo de los bombardeos, de los ultimátums y de los desmentidos públicos, Washington y Teherán siguen hablando con mediación de Pakistán. Trump ya había congelado el lunes durante cinco días los ataques que amenazó con lanzar contra las plantas energéticas iraníes si el régimen no reabría el estrecho de Ormuz. Ahora alarga esa pausa y convierte el plazo inicial en una nueva cuenta atrás. La amenaza no desaparece.

Para Trump, Irán pide tiempo, Estados Unidos se lo concede y la presión militar sigue intacta. Pero en la práctica también revela otra realidad. Si la negociación estuviera cerrada, no haría falta ampliar el margen. Y si la Casa Blanca creyera que ya no hay nada que hablar, tampoco tendría sentido retrasar uno de los golpes más sensibles que ha puesto sobre la mesa. La nueva fecha, el 6 de abril, indica que el conflicto ha entrado en una fase de espera que es tensa, con amenazas en público y contactos discretos en paralelo.

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  • Mikel Ayestaran

Trump había vinculado sus amenazas sobre las plantas energéticas iraníes a la exigencia de que Teherán reabriera por completo ese paso marítimo, clave para el petróleo mundial. En los últimos días, además, ha insistido en presentar ciertos movimientos de petroleros como pruebas de que Irán está cediendo y enviando señales de apertura. En su relato, todo apunta a que la presión está funcionando y los iraníes hasta le han regalado, dice, diez petroleros cargados de crudo con bandera pakistaní.

El problema para él es que Teherán no confirma esa versión y sigue negando públicamente que exista una negociación en los términos descritos por Washington.

La guerra con Irán ha puesto en tensión no sólo la seguridad regional, sino también la energía, los mercados y la estabilidad de los aliados árabes de Estados Unidos. Retrasar un ataque contra la red energética iraní no es un detalle menor, ya que implica congelar, al menos por unos días más, una escalada con consecuencias directas sobre el precio del crudo y sobre la seguridad de toda la región.

Lo que está por ver es si esos diez días sirven para algo más que para ganar tiempo. La Casa Blanca insiste en que los contactos avanzan y en que Irán quiere un acuerdo. Irán, por su parte, juega a otra cosa: niega, desmiente y evita aparecer como quien cede bajo presión.

Entre ambas versiones queda una evidencia política. Trump necesitaba demostrar que su estrategia de máxima presión produce resultados y ha encontrado en esta nueva prórroga una forma de sostener ese argumento. No anuncia la paz, pero tampoco ordena el ataque. Mantiene la guerra suspendida en el aire, con una nueva fecha sobre la mesa y con la idea, muy propia de su estilo, de que el reloj también puede ser un arma.

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