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¿Tiene razón el poderoso?

La toma de Venezuela por Donald Trump o su intención de quedarse con Groenlandia, un territorio de un país miembro de la OTAN, no deberían llevar a pensar que hay una estrategia clara detrás. Tampoco que responden a una visión para crear orden … en la nueva era geopolítica de rivalidades entre grandes potencias.
La profusión de análisis poco meditados de la definitiva repartición del mundo en tres esferas de influencia -estadounidense, china y rusa- es solo una señal de que el ser humano busca certidumbre y racionalidad. No acepta fácilmente el horror del caos y la improvisación del poderoso.
Trump, por supuesto, invoca los intereses de su país para explicarse, desde evitar la penetración de China y Rusia en Latinoamérica a aprovechar oportunidades en el mar Ártico relacionadas con la navegación comercial y la explotación de minerales críticos, y energías fósiles. En su equipo además hay una competencia feroz entre aislacionistas y halcones republicanos, dispuestos a proyectar el poder global estadounidense, en primer lugar, frente a China.

Pero la explicación del activismo internacional de Trump es más sencilla: busca triunfos fáciles en el exterior ante un panorama doméstico complicado. Basta con sumar sus bajos índices de popularidad, la fractura interna entre sus leales del movimiento MAGA por el caso Epstein y la probabilidad alta de que los demócratas recuperen el control de la Cámara Baja en noviembre.
Los dosieres complejos de la guerra en Ucrania o del post-conflicto en Gaza ya no le llaman la atención y no le interesa la difícil gestión diplomática de estas crisis. Trump además antepone los intereses de sus familiares y amigos por hacer negocios a cualquier otra consideración estratégica, del imperio de la ley a su propio imperio empresarial. Nadie alrededor suyo se atreve a llevarle la contraria, como ocurrió en su primer mandato.
Una de las leyes del poder es que el éxito del victorioso sirve de excusa de casi todo. El corolario es que además muchos se ocupan de racionalizar cualquier triunfo al margen de las normas y revestirlo con teorías que lo convierten en algo lógico y necesario.

Publicado: enero 10, 2026, 9:45 am

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/jose-m-de-areilza-razon-poderoso-20260110152939-nt.html

La toma de Venezuela por Donald Trump o su intención de quedarse con Groenlandia, un territorio de un país miembro de la OTAN, no deberían llevar a pensar que hay una estrategia clara detrás. Tampoco que responden a una visión para crear orden en la nueva era geopolítica de rivalidades entre grandes potencias.

La profusión de análisis poco meditados de la definitiva repartición del mundo en tres esferas de influencia -estadounidense, china y rusa- es solo una señal de que el ser humano busca certidumbre y racionalidad. No acepta fácilmente el horror del caos y la improvisación del poderoso.

Trump, por supuesto, invoca los intereses de su país para explicarse, desde evitar la penetración de China y Rusia en Latinoamérica a aprovechar oportunidades en el mar Ártico relacionadas con la navegación comercial y la explotación de minerales críticos, y energías fósiles. En su equipo además hay una competencia feroz entre aislacionistas y halcones republicanos, dispuestos a proyectar el poder global estadounidense, en primer lugar, frente a China.

Pero la explicación del activismo internacional de Trump es más sencilla: busca triunfos fáciles en el exterior ante un panorama doméstico complicado. Basta con sumar sus bajos índices de popularidad, la fractura interna entre sus leales del movimiento MAGA por el caso Epstein y la probabilidad alta de que los demócratas recuperen el control de la Cámara Baja en noviembre.

Los dosieres complejos de la guerra en Ucrania o del post-conflicto en Gaza ya no le llaman la atención y no le interesa la difícil gestión diplomática de estas crisis. Trump además antepone los intereses de sus familiares y amigos por hacer negocios a cualquier otra consideración estratégica, del imperio de la ley a su propio imperio empresarial. Nadie alrededor suyo se atreve a llevarle la contraria, como ocurrió en su primer mandato.

Una de las leyes del poder es que el éxito del victorioso sirve de excusa de casi todo. El corolario es que además muchos se ocupan de racionalizar cualquier triunfo al margen de las normas y revestirlo con teorías que lo convierten en algo lógico y necesario.

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