Publicado: octubre 23, 2026, 6:45 pm
La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/svetlana-alexevich-europa-perdido-tiempo-permanecer-unida-20261023012448-nt.html
La escritora y periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura en 2015, ha pasado por Zaragoza, donde ha dejado su testimonio sobre la amenaza directa que representa la Rusia de Putin para Europa. La alianza entre Rusia y China sería su peor pesadilla. Y, … por eso, aconseja a Europa que refuerce y modernice sus defensas.
—¿Qué tipo de literatura leía una joven soviética?
—Solo los buenos libros de la literatura clásica rusa eran accesibles. Pero lo mas importante es que yo vivía en una aldea donde mis padres eran maestros y estaba rodeada de esa vida real que me fascinaba. Solo había mujeres que tenían que trabajar muchísimo y por la tarde se vestían bien y empezaban a contar historias de la guerra, de sus maridos muertos. Eso me atraía más que la biblioteca. Mi madre era ucraniana y vívía así. Esas mujeres tenían que hacerse cargo de todo y era una impresión tan fuerte que se convirtió en la columna vertebral de mi vida porque, además, seguí los pasos de mi padre, que no pudo acabar los estudios de periodismo porque tuvo que ir a la guerra.
Noticia relacionada
-
Enrique Serbeto
—¿Fue Chernóbil, el escenario de uno de sus libros, un momento crucial en el derrumbe de la URSS?
—Vivía en Bielorrusia en aquella época y, como sabríamos después, el día del accidente el viento soplaba hacia Bielorrusia, que sufrió los peores efectos. Fui allí como periodista y pude ver muchos pájaros que chocaban contra el coche porque les estaba pasando algo debido a Chernóbil. Las esposas de los liquidadores tenían miedo de que, cuando volvieran sus maridos, no podrían tener hijos. No entendíamos por qué no nos lo estaban contando. Cuando entramos en una aldea, había soldados limpiando los tejados, la carretera por donde pensaban que irían los niños a la escuela. Es la primera vez que vi a niños que no reían porque estaban aterrados. Los niños no sabían lo que estaba pasando y los adultos no se lo podían explicar porque tampoco lo sabían. Había ristras de animales muertos. Recuerdo perfectamente a las personas que se iban de la zona afectada por la radiación. Había que ser muy valiente para ver a tanta gente saliendo de allí, mirando a los perros y a los gatos que tenían que abandonar y luego eran sacrificados por los soldados. Los animales debieron pensar que los humanos habían dejado de quererlos porque los mataban; hacía falta mucho coraje para verlo. Entonces fue la primera vez que vi a la gente tirar el carné del Partido Comunista en la puerta de su sede para mostrar su descontento.
«En Chernóbil, fue la primera vez que vi a niños que no reían porque estaban aterrados y los adultos no podían explicarles lo que estaba pasando porque tampoco lo sabían»
—También conoció la guerra de Afganistán.
—El libro de Afganistán empezó a gestarse cuando me dije a mí misma que no había vivido la II Guerra Mundial, pero que podía ir a Afganistán a ver algo que estaba pasando durante mi vida. Quería ver la guerra con mis propios ojos y tengo que reconocer que me impactó mucho. Por ejemplo, al llegar fuimos a una cantina porque había que evitar la comida callejera por si era venenosa. Allí me saludó un soldado que, al cabo de un rato, ya había muerto por una granada. Yo supe que había muerto antes que su madre. Es difícil acostumbrarse a la muerte. Incluso los que iniciaron la guerra del Dombás decían que los primeros que habían reclutado, los marginales, pasaban varios días sin poder disparar, no se acostumbraban a matar. Pero, cuando veían morir a un camarada, entonces la adrenalina ayudaba a la gente a disparar.
—¿Cómo explica que Putin tenga aún tanto apoyo en la Rusia de hoy?
—Para empezar, se pueden hacer muchas cosas con una sociedad si tienes la televisión y los medios de comunicación en tus manos. En Rusia, la televisión dice todos los días que Ucrania es una subnación creada por error por Lenin. Entiendo el fenómeno de Putin. Lo que no puedo entender es cómo tantos rusos normales y corrientes han querido ir a esta guerra. Un día le pregunté a uno que volvía de Ucrania por qué fue a combatir y me dijo que simplemente porque necesitaba dinero para arreglar su casa. Y le dije: ¿cómo puedes matar a ucranianos por un coche? Me contestó que eso lo hacen todos, que se llevan cosas de allí, roban lo que pueden. Otras personas prefirieron irse de Rusia porque se negaron a ir a matar a otros. Es como si ahora España decidiera ir a la guerra contra Portugal con ideas mesiánicas como las que tiene Putin, que quiere restablecer el imperio ruso, el imperio soviético. No hace tanto, ya vimos en qué consistía la idea de una gran Serbia. Cuando un país quiere ser más grande que otros, siempre es peligroso. Esta es la raíz del fascismo que conlleva pérdidas innumerables para su propio pueblo. Cuando escribía ‘El fin del homo sovieticus’, preguntaba a mis entrevistados si querían vivir en un país estable como Dinamarca o Suecia o bien en un país al que todo el mundo le teme como la URSS. Y un 80% me decían que no quieren vivir en un país pequeño, sino en uno grande que imponga respeto. Eso son residuos de la vida soviética que siguen en nuestra mentalidad.
«Un día le pregunté a uno que volvía de Ucrania por qué fue a combatir y me dijo que simplemente porque necesitaba dinero. Me contestó que eso lo hacen todos, que roban de allí lo que pueden»
—Ahora vive en Berlín, en una Europa amenazada por Putin, abandonada por estados Unidos y en el punto de mira de una superpotencia no democrática como China.
—Tenemos que reconocer que no vivimos en los mejores tiempos. Todo lo que han hecho los chinos es impresionante. En la época soviética viajé a China, después de Mao, y era un país extremadamente pobre. La traductora me pedía que le diera los calcetines rotos que iba a tirar. Ahora es completamente distinto. Es un país extremadamente rico y, como todos los países, acaba teniendo ideas de dominar el mundo cuando siente esa fulgurante dominación económica. Esa confrontación con Estados Unidos, aunque por ahora sea solamente verbal, también me da miedo. Pero lo que más me inquieta es que China está ayudando a Putin y, aún más, que se puede volver su aliado incondicional. Gracias a Dios, por ahora Pekín mantiene una posición ambigua y dice que están contra la guerra de Ucrania, aunque no sabemos qué puede pasar en el futuro. En cuanto a Europa, durante esos 70 años de posguerra no ha querido prepararse para la guerra. Ahora, Alemania apenas empieza a prepararse y ha comenzado a construir una industria militar. Pero, claro, eso tardará mucho tiempo, no se puede hacer de la noche a la mañana. Y ahora no se necesitan tanques, sino que hacen falta drones. La psicología de los militares también tiene que cambiar y eso lleva tiempo. Y, por ahora, parece que los mejores en esto y quienes mejor lo han entendido son los ucranianos. Hasta los rusos se tienen que poner al día para poder defenderse de los drones ucranianos. Lo que me aterroriza es que, precisamente, los rusos se pueden actualizar también y volver a ser una superpotencia militar. Nuevas armas, nuevas tecnologías, pero con viejas ideas, las ideas eternas de dominación. Europa tiene que ser fuerte y tiene que estar unida. Ha perdido mucho tiempo, tardó en empezar a ayudar realmente a Ucrania y creo que necesita nuevos líderes políticos fuertes. En todo caso, mi generación no estaba preparada para una catástrofe. Chernóbil fue una catástrofe que podíamos entender. Se trata del proceso de los humanos manipulando tecnologías que no conocíamos totalmente. Eso se puede entender. Pero la idea de que resurgirían estas guerras primitivas… Por ejemplo, en la televisión hemos visto muchas veces esa imagen terrorífica en la que cientos de tanques avanzan hacia Ucrania desde todas las direcciones, desde la región de Moscú, desde Vladivostok, de todas partes… Una masa que atraviesa Bielorrusia en dirección a Ucrania tan impactante que parecía que estábamos en el pasado. Cuando acabó la II Guerra Mundial, y esto lo cuento en mi libro, se habían agotado todos los proyectiles y todas las balas y entonces la gente pensó que ya no se necesitarían. Y aquí estamos, más de 70 años después y otra vez en una guerra. Algo le está pasando al ser humano que vuelve a pasar por el mismo punto en el que necesita la guerra.
Svetlana Alexiévich ha conversado en Zaragoza con el corresponsal de ABC en Bruselas, Enrique Seberto.
(ABC)
—Entonces, su misión ahora es preservar el testimonio
—La verdad es que en este momento de la historia, el testigo se vuelve el protagonista de cualquier literatura. Una vez que tenía que salir de viaje, me llamó una persona para decirme que quería hablar conmigo, que estaba en Chernóbil, donde había sobrevolado con un helicóptero la central accidentada cuando intentaban apagar el fuego con sacos de arena. Yo ya tenía los billetes de tren y todo, le dije que no podía. El respondió que sabía que le quedaban pocos meses de vida e insistió. Noté algo en su voz y al final accedí. Cuando nos vimos, esa persona era poco más que un esqueleto: eran los efectos de lo que se llamó el ‘cáncer de Chernóbil’. El me dijo entonces: «No sé qué ha pasado conmigo, pero tienes que contar mi historia. Usted tal vez tampoco lo entienda, pero a lo mejor las generaciones futuras lo entenderán». Esa idea me es muy cercana porque puede que ahora mismo no seamos capaces de entender todo lo que está pasando ni veamos la fotografía completa, pero hay que escribir y ponerlo sobre un papel para tener un testimonio. No podemos dejar caer la democracia o la paz. Aunque fallemos nosotros, tenemos que dejar la libertad y la paz a las generaciones futuras.
«No podemos dejar caer la democracia o la paz. Aunque fallemos nosotros, tenemos que dejar la libertad y la paz a las generaciones futuras»
—¿Y cual sería su propio testimonio?
—Yo quiero advertir de lo que perdemos cuando vuelve el fascismo. Ustedes aquí no conocen a Lukashenko [el máximo dirigente bielorruso] y saben poco de lo que pasa allí. Yo soy medio ucraniana, pero he vivido en Bielorrusia y viajaba normalmente a Rusia, que en cierto modo y en algunos momentos se han llegado a considerar un mismo Estado. Yo misma nunca pensé que esto pasaría, pero recuerdo una conversación con un viejo escritor que me dijo: «Lana, pronto nos van a volver a encarcelar y a fusilar». Yo respondía que eso es imposible, pero él insistía en que nosotros acabaríamos como exiliados políticos. Y pensaba que estaba diciendo barbaridades, pero ocurrió: tuvimos que irnos de nuestros países y muchos están en la cárcel. Así es como yo creo que el conocimiento histórico siempre ayuda a entender el futuro. Actualmente escribo sobre el hombre contemporáneo, sobre personas que, como yo, hemos sobrevivido a muchas cosas, que hemos sido testigos de la revolución en Bielorrusia, fallida porque Putin ayudó a Lukashenko. Vencer a Putin es muy difícil, como también vemos en la guerra de Ucrania. Sobre ese hombre contemporáneo estoy escribiendo.
