Publicado: septiembre 23, 2026, 6:45 pm
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Entre el gangsterismo de Trump y la hipocresía de Sánchez, Delcy Rodríguez se ha convertido en la deprimente estrella de las sesiones que la Asamblea General de la ONU celebra en ‘NuevaYoL’. Lo cual es todo un logro de transversalidad e impostura para la … autócrata reciclada de Venezuela, al frente de un impune régimen represivo y ladrón de elecciones. Una dictadura que se antoja eterna a pesar de haber arruinado a un país repleto de valiosos recursos naturales y haber expulsado a casi ocho millones de personas, según la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados.
Entre tanta carantoña, complicidad y putivuelta por el plenario neoyorquino, a pocos kilómetros de donde se encuentran Nicolás Maduro y señora tras su forzada mudanza de enero, Delcy se ha convertido en la ilustración perfecta de la concepción depredadora del poder que tiene Donald Trump. Como si se hubiera inspirado por un guion de los Soprano, el presidente ha recordado literalmente a todo el mundo que «al vencedor le corresponden los despojos», en referencia a su corrupta apropiación del petróleo de Venezuela. En lugar de ir al aeropuerto de Barajas, el botín del «maleteo chavista» ahora se remite directamente a Mar-a-Lago.
En contra de todo lo que representa la Organización de Naciones Unidas, Trump ha dejado clara su disposición a utilizar el poder militar del Pentágono no solo para asegurarse recursos críticos, sino también para hacer caja. Poco importa que los Estados Unidos de Trump se encuentren más aislados que nunca de todos sus aliados tradicionales y que una abrumadora mayoría de sus propios compatriotas rechace esta carroñera política exterior.
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David Alandete
Esta apoteosis de los intereses sobre los principios en la proyección internacional de Estados Unidos no es una sorpresa. Ya fue anticipada por el propio Trump en una entrevista concedida a principios de año al New York Times, en la que no tuvo reparo alguno en descartar el derecho internacional como limitación para sus aviesas ocurrencias. Según Trump, el único límite al ejercicio de su poder presidencial es «mi propia moral, mi propia mente».
