Publicado: septiembre 7, 2026, 6:45 am
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La tarde del 4 de agosto, el aeropuerto de Leipzig-Halle, en Alemania, estuvo a punto de sufrir una catástrofe. Un dron con 800 gramos de explosivos plásticos se estrelló contra el ala de un Antonov An-124 ucraniano con los depósitos llenos de combustible. … La bomba, de calidad militar, se desprendió del dron en lugar de detonar. De haberlo hecho, el gigantesco avión de transporte, utilizado por Ucrania y la OTAN para transportar suministros bélicos, habría estallado en una bola de fuego, al igual que un segundo y próximo Antonov.
El ataque de agosto, milagrosamente frustrado, sobrepasó toda clase de líneas rojas en la cada vez más peligrosa guerra híbrida librada por Rusia contra sus vecinos europeos. Fue mucho más allá de la creciente oleada de drones de reconocimiento y sabotajes sufridos el año pasado. De hecho, el Gobierno de Alemania se ha tomado un mes para investigar lo ocurrido y, finalmente, identificar y responsabilizar directamente a «entidades estatales rusas».
La decisión de señalar al Kremlin no ha sido fácil, sobre todo en una Alemania con un Gobierno precario, la extrema derecha rampante y su propia tradición diplomática de apaciguamiento hacia Moscú, reflejada desde los años sesenta en la llamada ‘Ostpolitik’. Pero, desde la invasión de Ucrania, Putin ha demostrado que los incentivos para su moderación han dejado de funcionar. Por eso, Berlín ha optado por denunciar, sancionar, reforzarse y recabar de sus aliados de la OTAN y de sus socios de la UE respaldo punitivo contra Rusia.
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Rosalía Sánchez
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