María Corina Machado, ante la última orilla - Colombia
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María Corina Machado, ante la última orilla

La tarde del 22 de septiembre, bajo el calor húmedo de Panamá, María Corina Machado observa la enorme extensión del océano Pacífico desde un piso a más de 50 alturas. El apartamento es enorme y está casi vacío. Las voces producen algo de eco. No … parece un hogar vivido, sino un lugar de paso, un piso franco. En un cuarto hay una pequeña isla de trabajo, con conexión a internet, una libreta abierta, un ordenador.
En la bahía, a lo lejos, hacia la derecha, se distingue el punto desde el que debía zarpar la pequeña embarcación que iba a llevarla de regreso a Venezuela, de hecho a esta hora debía estar ya rumbo a su país. Pero no salió. Tampoco los vuelos de después. Machado acaba de volver de otro intento frustrado. Había regresado con una maleta de cabina y un pequeño bolso impermeable. Viajaba sorprendentemente ligera para alguien con semejante bagaje, una premio Nobel de la Paz con casi todas sus pertenencias reducidas a lo que puede cargar consigo.

Una vez más, no había podido regresar. Y aun tras esa sucesión de planes, esperas y negativas, esta mujer repite, con convicción: «Yo no soy ninguna víctima». Esta es, al fin y al cabo, la lucha de su vida.

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Javier Ansorena

Lleva en Panamá desde junio, cuando intentó por primera vez abordar un vuelo de Copa Airlines con destino a Caracas y se quedó en el aeropuerto después de que el Gobierno de Delcy Rodríguez cerrara el espacio aéreo, señal de lo mucho que han decidido cerrarle el paso. Machado es muchas cosas, y casi todas se complementan, hay poca contradicción. Es puro nervio, rápida en hacer análisis y todavía más en la respuesta. Para su equipo es una figura maternal. A veces aparece terca, y se nota que le cuesta fingir. Varios de quienes la han acompañado en este periplo por el mundo han explicado a ABC que ésa pudo ser precisamente una de las razones por las que su paso por Washington no salió del todo como ellos esperaban.
Machado no sabe, o no quiere, jugar el juego de la capital americana, las apariencias, las deferencias, las pequeñas hipocresías cotidianas. Es educada, amable, afectuosa con los suyos, pero ante todo vive la causa de su país, la política, la urgencia de regresar y culminar una tarea que lleva años ocupándolo todo. Washington exige decir lo que no se piensa y hacer lo que no se quiere. Machado tiene poco de eso. Escucha, negocia y espera cuando considera que debe hacerlo, pero vuelve siempre al mismo punto. Venezuela, elecciones y legitimidad, lo que, a su juicio, sólo pueden dar las urnas.
Tras su periplo mundial, después de Oslo, de ver al Papa de Roma, pasar por el Despacho Oval en Washington, por Santiago de Chile y por Madrid, Panamá es para Machado una especie de limbo, un lugar irreal en el que está físicamente pero en el que, en realidad, no termina de vivir. Su atención sigue puesta en Venezuela, a pocos cientos de kilómetros, pero todavía fuera de su alcance.

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Desde esta atalaya casi vacía ante el mar vigila lo que ocurre dentro de su país y sigue también cada movimiento de los venezolanos que están fuera, por todo el mundo. No parece perder detalle. Esa misma tarde, aun con este periplo frustrado a sus espaldas, acaba de hablar con la madre de un venezolano de 28 años al que un agente de inmigración en Texas disparó por la espalda dos días antes: «Acabo de hablar con la madre del muchacho al que le dieron un tiro. Hay un dolor… No le han operado. ¿Cómo no le han operado? ¿Cómo?».
En su cabeza empieza inmediatamente a hacer cábalas, a quién llamar, qué se puede hacer, dónde presionar, cómo conseguir que alguien se ocupe de esto.

Una odisea en la clandestinidad

Machado parece conducirse así incluso cuando sus propios problemas son formidables. Ha vivido escondida, salió de Venezuela clandestinamente, ha sido antes inhabilitada, perseguida, detenida; algunos de sus colaboradores han acabado presos o en el exilio y sus propiedades han sido confiscadas.
Ahora lleva meses de un país a otro y acumula siete intentos frustrados de regresar. Sin embargo, cuando habla de todo ello procura desplazar el foco hacia los demás. Para ella, el regreso no puede reducirse a la suerte de una dirigente política, ni siquiera a la de un premio Nobel. Lo importante, asegura, no es una persona. Lo presenta como algo colectivo, los presos, los perseguidos, los exiliados, quienes se marcharon y quienes permanecen dentro. En su relato, volver sólo tiene sentido si es el regreso de todos, de los millones de exiliados.
Esta existencia transitoria no significa soledad. Machado casi nunca está sola. Siempre hay alguien a su alrededor, físicamente o al otro lado de un teléfono o una pantalla. Sus colaboradores más estrechos, ente los las llamadas «guacamayas», han compartido con ella escondites, salidas, viaje, y otros permanecen dispersos entre Venezuela y el exilio.

Machado no sabe, o no quiere, jugar el juego de la capital americana, las apariencias, las deferencias, las pequeñas hipocresías cotidianas

Es un enjambre que no parece detenerse: llamadas, mensajes en grupo, reuniones virtuales, planes que se descartan y vuelven a empezar. Todo gira alrededor de un objetivo que, insiste Machado, no consiste en alcanzar el poder, sino en conseguir unas elecciones libres y hacer valer el mandato que la oposición asegura haber obtenido ya en las urnas. De pronto llega al teléfono una crítica, el último insulto, alguna nueva descalificación de Jorge Rodríguez o Diosdado Cabello, los viejos jerarcas del chavismo que siguen en Caracas. Machado apenas se detiene. «Bueno, no le paren bola, gente. A centrarse». Y el enjambre continúa.
Esos planes nunca paran. Tampoco es nuevo que se hagan así, entre prisas, teléfonos y gente entrando y saliendo. Muchas de las personas que hoy rodean a Machado llevan años atravesando con ella algunos de los peores momentos de Vente Venezuela. La represión de las elecciones de 2024, el desmantelamiento de buena parte de la estructura de campaña, las acusaciones de golpismo, las inhabilitaciones, las órdenes de detención, la clandestinidad y el exilio. Unos acabaron presos, otros escondidos y otros tuvieron que salir del país.

Las ‘guacamayas’

Las ‘guacamayas, como acabaron llamándose los colaboradores de Machado refugiados en la residencia de la Embajada de Argentina en Caracas, pasaron allí 412 días para evitar su detención, rodeados y vigilados por las fuerzas del régimen. En mayo de 2025 fueron sacados clandestinamente del país en una operación de extracción anonadante.
Eso une a estas personas. Han pasado juntas por la persecución, la clandestinidad, la cárcel y el exilio. Pero no son las únicas. Machado, premio Nobel de la Paz y la dirigente que en 2024 demostró que su enorme caudal electoral podía, de forma excepcional, transferirse a otro candidato cuando pidió el voto para Edmundo González Urrutia, conserva tiempo y paciencia para hablar con casi todos. La llaman coordinadores de Vente Venezuela desde los rincones más inesperados del país y ella atiende. Pregunta, escucha problemas, da instrucciones y se interesa por cuestiones que pueden parecer menores desde fuera pero que allí importan.
Desde este limbo panameño parece mantener un mapa humano de Venezuela en la cabeza. Sabe dónde están los suyos, qué necesitan y qué les ha ocurrido. Recuerda nombres y apellidos, familias, conversaciones de meses atrás e incluso detalles mínimos: la ropa que llevaba alguien durante una visita a un pueblo remoto, aquella franela de Vente comprada por cuatro dólares, la bandera que una familia colgó en su casa para recibirla. En medio de una sucesión interminable de llamadas y reuniones, esa memoria explica también la estructura política que ha construido, una red que no funciona sólo desde arriba, sino a través de miles de vínculos personales que Machado se empeña en conservar incluso desde fuera del país.
Pero a la Nobel, a esta mujer de puro nervio y pura política, le falta algo. Le falta volver. El regreso lo ocupa todo y explica también este tránsito extraño por Panamá, los planes frustrados, las rutas ensayadas y las puertas que se han ido cerrando. Los últimos intentos han sido un golpe, y ahora toca detenerse brevemente, medir de nuevo las posibilidades y recomponer el plan. Machado se mantiene firme. Sabe que este limbo es sólo eso, un tránsito, y que volverá a intentarlo. Porque, después de todo el camino recorrido, para ella la travesía sólo termina en Venezuela.

Publicado: septiembre 24, 2026, 4:45 am

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/maria-corina-machado-ante-ultima-orilla-20260924103853-nt.html

La tarde del 22 de septiembre, bajo el calor húmedo de Panamá, María Corina Machado observa la enorme extensión del océano Pacífico desde un piso a más de 50 alturas. El apartamento es enorme y está casi vacío. Las voces producen algo de eco. No parece un hogar vivido, sino un lugar de paso, un piso franco. En un cuarto hay una pequeña isla de trabajo, con conexión a internet, una libreta abierta, un ordenador.

En la bahía, a lo lejos, hacia la derecha, se distingue el punto desde el que debía zarpar la pequeña embarcación que iba a llevarla de regreso a Venezuela, de hecho a esta hora debía estar ya rumbo a su país. Pero no salió. Tampoco los vuelos de después. Machado acaba de volver de otro intento frustrado. Había regresado con una maleta de cabina y un pequeño bolso impermeable. Viajaba sorprendentemente ligera para alguien con semejante bagaje, una premio Nobel de la Paz con casi todas sus pertenencias reducidas a lo que puede cargar consigo.

Una vez más, no había podido regresar. Y aun tras esa sucesión de planes, esperas y negativas, esta mujer repite, con convicción: «Yo no soy ninguna víctima». Esta es, al fin y al cabo, la lucha de su vida.

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  • Javier Ansorena

Lleva en Panamá desde junio, cuando intentó por primera vez abordar un vuelo de Copa Airlines con destino a Caracas y se quedó en el aeropuerto después de que el Gobierno de Delcy Rodríguez cerrara el espacio aéreo, señal de lo mucho que han decidido cerrarle el paso. Machado es muchas cosas, y casi todas se complementan, hay poca contradicción. Es puro nervio, rápida en hacer análisis y todavía más en la respuesta. Para su equipo es una figura maternal. A veces aparece terca, y se nota que le cuesta fingir. Varios de quienes la han acompañado en este periplo por el mundo han explicado a ABC que ésa pudo ser precisamente una de las razones por las que su paso por Washington no salió del todo como ellos esperaban.

Machado no sabe, o no quiere, jugar el juego de la capital americana, las apariencias, las deferencias, las pequeñas hipocresías cotidianas. Es educada, amable, afectuosa con los suyos, pero ante todo vive la causa de su país, la política, la urgencia de regresar y culminar una tarea que lleva años ocupándolo todo. Washington exige decir lo que no se piensa y hacer lo que no se quiere. Machado tiene poco de eso. Escucha, negocia y espera cuando considera que debe hacerlo, pero vuelve siempre al mismo punto. Venezuela, elecciones y legitimidad, lo que, a su juicio, sólo pueden dar las urnas.

Tras su periplo mundial, después de Oslo, de ver al Papa de Roma, pasar por el Despacho Oval en Washington, por Santiago de Chile y por Madrid, Panamá es para Machado una especie de limbo, un lugar irreal en el que está físicamente pero en el que, en realidad, no termina de vivir. Su atención sigue puesta en Venezuela, a pocos cientos de kilómetros, pero todavía fuera de su alcance.

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Desde esta atalaya casi vacía ante el mar vigila lo que ocurre dentro de su país y sigue también cada movimiento de los venezolanos que están fuera, por todo el mundo. No parece perder detalle. Esa misma tarde, aun con este periplo frustrado a sus espaldas, acaba de hablar con la madre de un venezolano de 28 años al que un agente de inmigración en Texas disparó por la espalda dos días antes: «Acabo de hablar con la madre del muchacho al que le dieron un tiro. Hay un dolor… No le han operado. ¿Cómo no le han operado? ¿Cómo?».

En su cabeza empieza inmediatamente a hacer cábalas, a quién llamar, qué se puede hacer, dónde presionar, cómo conseguir que alguien se ocupe de esto.

Una odisea en la clandestinidad

Machado parece conducirse así incluso cuando sus propios problemas son formidables. Ha vivido escondida, salió de Venezuela clandestinamente, ha sido antes inhabilitada, perseguida, detenida; algunos de sus colaboradores han acabado presos o en el exilio y sus propiedades han sido confiscadas.

Ahora lleva meses de un país a otro y acumula siete intentos frustrados de regresar. Sin embargo, cuando habla de todo ello procura desplazar el foco hacia los demás. Para ella, el regreso no puede reducirse a la suerte de una dirigente política, ni siquiera a la de un premio Nobel. Lo importante, asegura, no es una persona. Lo presenta como algo colectivo, los presos, los perseguidos, los exiliados, quienes se marcharon y quienes permanecen dentro. En su relato, volver sólo tiene sentido si es el regreso de todos, de los millones de exiliados.

Esta existencia transitoria no significa soledad. Machado casi nunca está sola. Siempre hay alguien a su alrededor, físicamente o al otro lado de un teléfono o una pantalla. Sus colaboradores más estrechos, ente los las llamadas «guacamayas», han compartido con ella escondites, salidas, viaje, y otros permanecen dispersos entre Venezuela y el exilio.

Machado no sabe, o no quiere, jugar el juego de la capital americana, las apariencias, las deferencias, las pequeñas hipocresías cotidianas

Es un enjambre que no parece detenerse: llamadas, mensajes en grupo, reuniones virtuales, planes que se descartan y vuelven a empezar. Todo gira alrededor de un objetivo que, insiste Machado, no consiste en alcanzar el poder, sino en conseguir unas elecciones libres y hacer valer el mandato que la oposición asegura haber obtenido ya en las urnas. De pronto llega al teléfono una crítica, el último insulto, alguna nueva descalificación de Jorge Rodríguez o Diosdado Cabello, los viejos jerarcas del chavismo que siguen en Caracas. Machado apenas se detiene. «Bueno, no le paren bola, gente. A centrarse». Y el enjambre continúa.

Esos planes nunca paran. Tampoco es nuevo que se hagan así, entre prisas, teléfonos y gente entrando y saliendo. Muchas de las personas que hoy rodean a Machado llevan años atravesando con ella algunos de los peores momentos de Vente Venezuela. La represión de las elecciones de 2024, el desmantelamiento de buena parte de la estructura de campaña, las acusaciones de golpismo, las inhabilitaciones, las órdenes de detención, la clandestinidad y el exilio. Unos acabaron presos, otros escondidos y otros tuvieron que salir del país.

Las ‘guacamayas’

Las ‘guacamayas, como acabaron llamándose los colaboradores de Machado refugiados en la residencia de la Embajada de Argentina en Caracas, pasaron allí 412 días para evitar su detención, rodeados y vigilados por las fuerzas del régimen. En mayo de 2025 fueron sacados clandestinamente del país en una operación de extracción anonadante.

Eso une a estas personas. Han pasado juntas por la persecución, la clandestinidad, la cárcel y el exilio. Pero no son las únicas. Machado, premio Nobel de la Paz y la dirigente que en 2024 demostró que su enorme caudal electoral podía, de forma excepcional, transferirse a otro candidato cuando pidió el voto para Edmundo González Urrutia, conserva tiempo y paciencia para hablar con casi todos. La llaman coordinadores de Vente Venezuela desde los rincones más inesperados del país y ella atiende. Pregunta, escucha problemas, da instrucciones y se interesa por cuestiones que pueden parecer menores desde fuera pero que allí importan.

Desde este limbo panameño parece mantener un mapa humano de Venezuela en la cabeza. Sabe dónde están los suyos, qué necesitan y qué les ha ocurrido. Recuerda nombres y apellidos, familias, conversaciones de meses atrás e incluso detalles mínimos: la ropa que llevaba alguien durante una visita a un pueblo remoto, aquella franela de Vente comprada por cuatro dólares, la bandera que una familia colgó en su casa para recibirla. En medio de una sucesión interminable de llamadas y reuniones, esa memoria explica también la estructura política que ha construido, una red que no funciona sólo desde arriba, sino a través de miles de vínculos personales que Machado se empeña en conservar incluso desde fuera del país.

Pero a la Nobel, a esta mujer de puro nervio y pura política, le falta algo. Le falta volver. El regreso lo ocupa todo y explica también este tránsito extraño por Panamá, los planes frustrados, las rutas ensayadas y las puertas que se han ido cerrando. Los últimos intentos han sido un golpe, y ahora toca detenerse brevemente, medir de nuevo las posibilidades y recomponer el plan. Machado se mantiene firme. Sabe que este limbo es sólo eso, un tránsito, y que volverá a intentarlo. Porque, después de todo el camino recorrido, para ella la travesía sólo termina en Venezuela.

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