Publicado: octubre 19, 2026, 6:45 pm
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Entre 2015 y 2018 viví en París. Ese poco tiempo me bastó para comprobar que aquello no tenía nada que ver con el encanto de «Medianoche en París», de Woody Allen, y sí mucho que ver con «El odio», de Mathieu Kassovitz. Mi barrio, Le … Kremlin-Bicêtre, tenía una densa población de origen marroquí y argelino. Queda al sur de París. Y la universidad donde estudiaba está en Villetaneuse, a una hora al norte, también con una densa población estudiantil de origen marroquí y argelino. Por supuesto, también había franceses e inmigrantes de otros países.
Lo cierto es que, en ambos lugares y más allá de nuestras respectivas diferencias, era evidente el perfil que compartíamos quienes estábamos allí. Junto al mito de París estaba el mito de La Sorbona. Los centros de estudio de verdad importantes, me explicaron, donde se formaba la élite del país, eran las Escuelas Normales Superiores, ubicadas, esas sí, dentro del caracol de la ciudad. Quizás el elemento aglutinador entre el ambiente general de desigualdad era esa sensación de hostilidad, de cansancio, de indiferencia, de agresividad, que se nos imponía a todos como un manto. No había que ser un adivino para saber que París, y Francia en general, era una bomba a punto de (volver a) estallar.
A este fracaso casi absoluto de la sociedad francesa en la integración de sus inmigrantes, principalmente de los provenientes de excolonias, se suma el fracaso de la integración de los franceses con su propia historia. Un desprecio visceral a lo que, a ojos del resto del mundo, constituye lo más destacado de su aporte al mundo y que, a falta de otro término mejor, podríamos resumir en la palabra «Ilustración». Un desprecio que ha encontrado en la llamada fascinación por Oriente su autodestructiva consecuencia.
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Rosalía Sánchez
Entiendo que este asunto se remonta en buena parte a las campañas de Napoleón en Egipto pero, si quieren ver un documento que resuma muy bien esta vocación incendiaria y suicida de Occidente, lean la conferencia que pronunció Louis Aragon el 18 de abril de 1925 en la Residencia de Estudiantes de Madrid como presentación del surrealismo en España. Allí, en su proclama final, está el programa de sumisión y castigo cuya aplicación seguramente haría las delicias nocturnas de Michel Foucault. Dice Aragon: «Levántate, mundo. Mirad cómo esta tierra está seca, y es propicia para cualquier incendio. Parece paja. Reíd a gusto. Somos aquellos que siempre tenderán la mano al enemigo».
En los sesenta, el terrorismo islamista aún no estaba tan de moda. Lo que se portaba era el maoísmo «à la Godard». Como lo recuerda Anne Wiazemsky en sus memorias, Godard se relamía imaginando el Sena desbordándose y acabando con el Louvre y el Grand Palais. Lo cual lo relacionaba con su fascinación por los Guardias Rojos: «La Revolución cultural china le parecía el perfecto antídoto a la vieja cultura europea». Este mismo espíritu es el que, en 2012, llevó a más de un millar de jóvenes franceses a unirse a los ejércitos yihadistas en Siria. Un aterrador reportaje sobre este tema lo escribió David Thomson bajo el título «Les revenants».
Lo que se ve hoy en Francia, esta ola de destrucción masiva que ha puesto en jaque a Macron, me parece la confluencia de estas dos grandes corrientes de resentimiento y rabia que los jóvenes franceses han heredado como un trauma cuyas causas y efectos quizás apenas comprendan. Por ahora, parece bastarles el haber tenido la oportunidad de ser verdugos, aunque sea de sí mismos. Y no pocos de ellos recordarán esta época de violencia como los mejores días de sus vidas.
