Publicado: julio 12, 2026, 8:45 am
La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/europeos-deberian-aprender-apreciar-aire-acondicionado-20260712143819-nt.html
Los estadounidenses y los europeos discrepan abiertamente en muchos asuntos, desde la política sanitaria hasta la regulación sobre llevar armas. Sin embargo, cada verano aflora una diferencia más sutil cuando visitan sus respectivos continentes. Los europeos que viajan a Estados Unidos se quejan de que … las tiendas y los restaurantes mantienen el aire acondicionado tan fuerte que hay que llevar chaqueta; al salir a la calle, las gafas se empañan de inmediato. Los estadounidenses que pasan sus vacaciones en Europa esperan encontrar un ambiente fresco y cómodo, pero se irritan al descubrir que muchos edificios del Viejo Mundo los obligan a sudar y resignarse.
Esta diferencia tiene su origen tanto en el clima como en la cultura. Mucho antes de que General Electric comenzara a refrigerar edificios mediante la circulación de sustancias químicas, el sur de Europa ya estaba adaptado para soportar el calor. En las viviendas tradicionales, la pintura blanca y los patios con sombra ayudan a mantener el fresco. Por las mañanas se abren de par en par las ventanas para ventilar las habitaciones. Las persianas y contraventanas protegen del sol del mediodía y la siesta permite evitar las horas en las que, de todos modos, hace demasiado calor para hacer gran cosa. Los europeos del sur consideran que los estadounidenses, tan acostumbrados a las comodidades, no saben afrontar el calor de forma natural. El norte de Europa, por su parte, se libra en gran medida de este problema: los días de junio pueden ser lo bastante frescos como para justificar un jersey escandinavo de punto. Los protestantes del norte, de carácter austero, consideran que comprar un aparato de aire acondicionado para los pocos días de calor extremo del año constituye un costoso pecado medioambiental.
Hoy en día, el cambio climático está poniendo a prueba esas actitudes. Europa se prepara para un verano abrasador, en parte debido al fenómeno meteorológico de El Niño. En las circunstancias actuales, el calor contribuye a unas 175 000 muertes al año en el continente, según calcula la ONU. Sin embargo, muchos europeos, convencidos de que los estilos de vida propios del mundo desarrollado son en gran medida responsables del calentamiento global, pueden sentir remordimientos por las emisiones de carbono derivadas de instalar un sistema de aire acondicionado en sus hogares o sencillamente de utilizarlo, pero no tienen por qué sentirse culpables: el espectacular desarrollo de las energías renovables en las zonas más cálidas de Europa hace que bajar la temperatura con moderación apenas contribuya a derretir los glaciares.
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Tomemos como ejemplo España, donde la capacidad solar se ha multiplicado casi por diez durante la última década. Los lectores que estén sudando la gota gorda en Sevilla pueden visitar app.electricitymaps.com para quedarse tranquilos: el 10 de junio, un kilovatio-hora de electricidad española generó tan solo 86 gramos de CO₂ equivalente. En el estado estadounidense de Georgia, la cifra fue de 442 gramos. En un día soleado de verano, hacia el mediodía, solo alrededor del 10 % de la electricidad española procede de combustibles fósiles; aproximadamente la mitad proviene de la energía solar. Portugal presenta cifras similares y Francia incluso mejores gracias a sus numerosas centrales nucleares. Italia va a la zaga, ya que obtiene entre el 30 % y el 40 % de su electricidad del gas. Aun así, sus 224 gramos de CO₂ por kilovatio-hora siguen siendo una cifra muy favorable desde el punto de vista medioambiental en comparación con gran parte de Estados Unidos.
No toda Europa puede darse por satisfecha. Polonia sigue dependiendo en gran medida del carbón, lo que hace que su mix energético sea casi tan contaminante como el de Estados Unidos. La precipitada decisión de Alemania, en 2011, de abandonar la energía nuclear la dejó dependiente del carbón y del gas, lo que se traduce en unas emisiones de CO₂ por kilovatio-hora tres veces superiores a las de España. El Reino Unido, según las condiciones meteorológicas, se sitúa entre Italia y la Península Ibérica. También existen casos positivos inesperados, como Albania, que en ocasiones obtiene el 100 % de su electricidad de centrales hidroeléctricas. Letonia, por su parte, es el país más ecológico de los Estados bálticos, gracias a una producción de energía solar mayor de la que cabría esperar.
Las viviendas europeas son más pequeñas que las estadounidenses y consumen una tercera parte de la electricidad
Al margen de las consideraciones climáticas, muchos europeos se preocupan por el coste que supondrá un mayor uso del aire acondicionado. Los estadounidenses son, aproximadamente, un tercio más ricos que los europeos y, además, la electricidad doméstica les cuesta alrededor de la mitad. Incluso las familias europeas de clase media temen un repunte repentino de los precios de la energía provocado por una crisis geopolítica inesperada, como podría ser una guerra en Irán.
Sin embargo, las viviendas europeas son más pequeñas que las estadounidenses y consumen, de media, en torno a una tercera parte de la electricidad. Además, el auge de la energía solar hace que la electricidad no solo sea más limpia, sino también más barata durante las tardes calurosas y soleadas. Programar el lavavajillas para que funcione por la noche —cuando los precios suelen alcanzar su máximo en torno a las 21:00 horas— puede liberar parte del presupuesto para refrescar la vivienda antes de las horas de sueño. Los contadores inteligentes facilitan este tipo de desplazamiento del consumo. Además, los gobiernos más previsores ofrecen ayudas para mejorar la eficiencia energética de las viviendas antiguas, inversiones que pueden amortizarse por sí solas —siempre que no se repita el error del programa italiano «Superbonus»: no comprobar que las reformas llegan realmente a ejecutarse—.
La guerra en Irán ha disparado los precios de los combustibles fósiles, pero en algunas partes de Europa —especialmente, en Francia y España— las facturas de la electricidad han aumentado mucho menos, lo cual pone de manifiesto la eficacia de determinadas políticas. Tras la guerra de Ucrania, muchos países europeos no solo redujeron drásticamente su consumo de gas ruso, sino también su dependencia del gas en general. Los países que han avanzado más rápidamente en la descarbonización son los que han obtenido mayores beneficios. Quizá los votantes deberían plantearse el gesto revolucionario de recompensar a los políticos que tomaron las decisiones acertadas. Probablemente sean ellos quienes estén en mejores condiciones de impulsar la enorme expansión de la capacidad energética que Europa necesita de cara al futuro.
Una constatación escalofriante
Sin duda, Europa se enfrenta a una crisis energética y debe electrificar su industria para competir con China y ampliar sus centros de datos —que palidecen en comparación con los estadounidenses—, so pena de que la revolución de la inteligencia artificial la convierta en un vasallo tecnológico. Eso exige unos mercados eléctricos mejor interconectados, por lo que Francia debería permitir que sus reactores nucleares compitieran con los parques solares españoles. También exige acelerar el despliegue de sistemas de almacenamiento en baterías, modernizar las redes eléctricas e incorporar una cantidad mucho mayor de energía renovable. En esa ecuación, un ligero aumento del uso doméstico del aire acondicionado no es más que un error de redondeo.
Para los políticos ecologistas, cuyo apoyo electoral se ha resentido en los últimos años, un llamamiento a relajarse delante del aire acondicionado puede sonar a rendición. Sin embargo, ese es precisamente el planteamiento que convendría invertir: que la electricidad europea sea hoy menos perjudicial para el planeta y, además, más barata es porque los gobiernos comprometidos con la lucha contra el cambio climático han impulsado el abandono de los combustibles fósiles. A medida que el mundo se calienta, Europa ve sus termómetros elevarse más rápidamente que cualquier otra región. Tanto los europeos con menos recursos como los más acomodados utilizarán cada vez más el aire acondicionado, tanto para hacer su vida más cómoda como, en situaciones extremas, para salvarla. Quienes prefieran soportar el verano sin aire acondicionado son libres de hacerlo, pero el objetivo debería ser garantizar que un aire acondicionado limpio y asequible esté al alcance de todo el mundo.
