Publicado: enero 6, 2026, 11:45 pm
La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/apagon-ataque-terrorista-izquierdas-denuncia-alcalde-berlin-20260106045225-nt.html
La gran nevada sobre Berlín se presentaba como la blanca culminación a las vacaciones de Navidad. Helga salió el sábado con sus tres hijos pequeños a cumplir con la tradición y disfrutar deslizándose en trineo en las colinas de Wannssee. Volvieron ya atardeciendo, cansados, … con los dedos rojos y las naricillas a punto de amoratarse, nada que no se arregle con una ducha caliente y un buen chocolate. Pero la falta de electricidad en el edificio impedía utilizar la puerta del garaje y el ascensor, así como la rutina necesaria para volver a entrar en calor.
«Encendimos velas, nos secamos con toallas y les puse a los niños tanta ropa seca como había en los armarios. Varias camisetas, varios pantalones, sudaderas y abrigos… apenas podían moverse», relata a ABC la madre de familia. Una vecina se hizo cargo de los niños mientras ella bajó a la plaza en la que el Ejército alemán repartía bebidas calientes y permitía cargar los teléfonos móviles gracias a generadores. 35 de ellos no han dejado de funcionar desde el sábado.
Con la batería cargada, supo por los medios locales que un grupo violento de extrema izquierda había destruido con un artefacto incendiario un nudo de conexiones de electricidad que concentraba diez líneas de alta tensión. También que las obras durarían hasta el jueves: «Pensé en ese momento que se hacían realidad las pesadillas de todo este tiempo, en que se nos ha pedido prepararnos para grandes crisis. Comencé a pensar en modo supervivencia, en llegar a casa con la sopa, dormir esa noche allí y buscar la forma de irnos con mi madre la mañana siguiente».
Pero, antes de amanecer, todo su edificio fue evacuado por peligro de inundación. La falta de calefacción a nueve grados bajo cero había hecho estallar las tuberías en el sótano y dos técnicos avisaron puerta por puerta de la necesidad de irse lo antes posible.
El apagón, que ha dejado a más de 90.000 personas sin electricidad en los barrios de Steglitz, Zehlendorf, Lichterfelde, Nikolassee y Wannsee, ha puesto a prueba no solo la infraestructura de la capital alemana, sino también la resistencia emocional de sus habitantes. Aún hoy, siguen sin suministro eléctrico 5.500 hogares, 1.200 empresas, varios hospitales y decenas de residencias de ancianos, mientras las temperaturas superan los diez grados bajo cero.
«Estamos tan acostumbrados a la previsibilidad y de pronto nos encontramos con esto, que es como ‘El día de mañana’ (película de catástrofes), pero sin efectos especiales», dice entre risas tensas Miriam, vecina de Lichterfelde, envuelta en tres mantas y hablando por teléfono desde su salón helado. «He encendido muchas velas y he colocado todos los colchones que había sobre las paredes, así al menos caliento un poco esta habitación», describía su táctica de supervivencia. «Espero que los causantes de todo esto lleguen a entender el daño que han hecho y que lo paguen», protestaba indignada, nos sin dejar de advertir que «debe haber gente muriendo ahí fuera».
El Grupo Vulkan
«Hemos sufrido un ataque terrorista de izquierdas», denunciaba este lunes el alcalde de Berlín, Kai Wegner. «Quiero repetir esto: no fue un pequeño ataque incendiario, tampoco fue sabotaje. Esto fue un acto terrorista y la Oficina Federal de Policía Criminal, la Fiscalía Federal, deben asumirlo», insistía en la gravedad de la situación.
Se refería al Grupo Vulkan, una formación clasificada por la Inteligencia alemana como «peligrosa de extrema izquierda» y que, desde 2011, ha llevado a cabo once ataques de diversa consideración. El más sonado fue el que perpetró contra la fábrica de Tesla en Brandemburgo, propiedad de Elon Musk. Las llamadas de testigos han aportado pistas en el «rango medio de dos dígitos», según el vicepresidente de la Policía, Marco Langner, y ocho de ellas son prometedoras.
Los investigadores analizan actualmente varios cientos de horas de material de cámaras de videlovigilancia. «Apretaremos todo lo que haga falta porque tenemos el objetivo común de atrapar a estos criminales militantes, a estos terroristas de izquierdas, que recibirán un castigo adecuado porque han amenazado y puesto en peligro deliberadamente la vida de personas», ha prometido el alcalde.
«Ya no podemos aceptar más clientes porque estamos al borde de nuestra capacidad»
Securitas
Empresa de seguridad
El Ejército alemán está jugando un papel crucial en el mantenimiento del orden y el suministro de primeros auxilios. Los hospitales contaban con sus propios equipos autónomos, pero los militares hubieron de instalar generadores en las residencias de ancianos y siguen alimentándolos día y noche, con un camión cisterna con capacidad de 9.000 litros que suministra a otros más pequeños. También ofrecen durante la noche bebidas calientes y energía en las plazas más céntricas de los barrios afectados.
«Es como un ensayo general de lo que puede venir, aprendamos para estar preparados», dice Luzius en uno de los llamados «centros de calentamiento». Sus generadores mantienen también relativamente calientes gimnasios de colegios en los que se han instalado camas de campaña. Se trata del equipo adquirido por la ciudad durante la crisis de los refugiados, en 2015, y que vuelve ahora a ser utilizado. «Ahora somos nosotros los refugiados», hace el paralelismo Helena, una estudiante de ingeniería que estos días ejerce como voluntaria en un albergue.
Solidaridad vecinal
La situación extrema despierta la solidaridad de los vecinos, que comparten coche hasta agotar el carburante. «Cuando no sabes cómo vas a sobrevivir los próximos días, te das cuenta de lo mucho que dependemos de la electricidad. Mi coche es eléctrico, el transporte público no funciona en kilómetros a la redonda y con este frío no puedo moverme a pie», lamenta Hans-Peter, jubilado de 72 años.
«Me desperté a las tres de la mañana con un ruido seco, como un disparo. Era la tubería. El agua empezó a salir a chorros. No sabía si llorar o reír. ¿Cómo se supone que llamas a un fontanero cuando ni siquiera puedes cargar el móvil?», cuenta su aventura nocturna. Sus nietos se encuentran entre los pocos berlineses que sobrellevan con alegría el apagón: las vacaciones navideñas debían haber concluido el lunes pero, a causa de la falta de suministro eléctrico y calefacción, 19 colegios de los barrios afectados han decretado una semana más sin clases.
En un pequeño café junto al Schlachtensee, su propietario ha perdido unos 10.000 euros por el apagón, pero ha abierto el local gratuitamente para ofrecer un espacio caliente a los vecinos. «No podía dejar a la gente tirada. El negocio puede recuperarse. Las personas, no siempre». Varios negocios vecinos, en cambio, han cerrado y contratado los servicios de empresas privadas de seguridad, por temor a saqueos, al precio de entre 30 y 45 euros por hora.
«Ya no podemos aceptar más clientes porque estamos al borde de nuestra capacidad», informa un portavoz de Securitas, la mayor empresa de seguridad de Alemania, que ha estado desplegando escuadrones de guardia adicionales y puestos permanentes en las zonas afectadas desde el sábado. «No es que tengamos miedo de saqueos masivos pero, cuando todo está oscuro y silencioso, la imaginación vuela», admite Thomas R., dueño de una tienda de bicicletas.
«Yo vivo en Tiergarten, pero he venido hasta aquí para acompañar a mi abuela, que no puede moverse de su casa. Y lo estamos pasando muy mal, espero que termine pronto», expresaba su impotencia Rafael, quien aprovechaba para calentarse en uno de los autobuses estáticos habilitados por la empresa de transporte público BVG. Sus vehículos mantienen los motores encendidos, estacionados en lugares céntricos, para ofrecer calor y carga para dispositivos electrónicos. «Hemos podido habilitar tres estaciones de metro, el resto siguen sin suministro», informaba el lunes la senadora de Transporte Ute Bonde, que todavía no puede hacer un balance de daños.
Pero, más allá de las pérdidas materiales, el apagón está teniendo un efecto psicológico profundo. La falta de información, agravada por la caída de antenas de telefonía móvil y la imposibilidad de cargar dispositivos, ha generado ansiedad y sensación de aislamiento. «Lo peor no es la oscuridad, es no saber cuándo acabará», dice la profesora Julia F., profesora, quien espera que «todos aprendamos lo frágil que es en realidad todo esto que damos por sentado».
