Publicado: mayo 24, 2026, 8:45 pm
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¿Puede ser que tres soldados ucranianos hayan derribado más drones Shahed que toda la OTAN? Es probable que sí y también es lógico. La invasión a gran escala recorre su quinto año al compás de una batalla aérea entre ciudades. Las bandadas de aparatos … concebidos por la ingeniería persa tienen una capacidad de vuelo que excede la geografía acotada de la guerra. Y no siempre respetan las fronteras. Algunos ya se han colado en los cielos aliados.
En mayo, Ucrania bregó contra más de 1.500 drones en 24 horas. Derribarlos es rutina. Buran, Polosiuk y Mashinist los bajan a mano, empuñando cañones. Ellos conforman uno de los grupos móviles de la 96ª Brigada de Misiles Antiaéreos de Kiev. Su trabajo diario consiste en hacer batidas escudriñando el horizonte. Con el pie sobre el acelerador y sin perder el control del camión, saltan para ponerse a punto de tiro. «En diez minutos estamos en pleno combate», apuntan. Esto ocurre entre las bambalinas de una capital que lucha por conciliar el sueño en casa o en algún refugio. La amenaza, sin embargo, se agudiza: hay drones rusos que rastrean a Buran y los suyos para darles caza.
La OTAN trata de arreglárselas cuando le toca enfrentarse a estas máquinas en sus dominios. Lo hace, pero a un coste mayor que el de Kiev. En septiembre de 2025, una veintena de drones irrumpieron en el radar de los socios a través de Polonia. La respuesta incluyó el despliegue de cazas y el disparo de proyectiles de miles de euros. Se precisó toda esta energía para frenar unos pocos drones baratos.
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Rosalía Sánchez
Los últimos sustos en los países bálticos son más recientes. El 19 de mayo, dos F-16 de la Fuerza Aérea Rumana abatieron un dron ucraniano sobre Estonia. El sistema no tripulado habría sido desviado por los GPS de Moscú, según el Gobierno de Tallin. El aparato terminó estrellándose en una zona pantanosa cerca de Kablaküla y Kiev se disculpó. Fue el primer objetivo real de la misión de la Policía aérea báltica en 22 años. Para liquidarlo, utilizaron un misil aire-aire que podría superar los 400.000 euros. Un vehículo no tripulado de este tipo, como mucho, sale a 50.000 euros la unidad.
Ucrania no puede permitirse esta disparidad en las cuentas. Realmente, casi ningún país podría en condiciones de guerra total. Los tres de la 96 manejan material más austero que la OTAN. Pero les sobra pericia e ingenio. Un doble cañón soviético antiaéreo ZU-23-2 de los 60, apoyado por una ametralladora M2 Browning estadounidense ideada antes de la Segunda Guerra Mundial, es una fórmula efectiva contra los drones del siglo XXI. Mejor economía para el mismo resultado.
¿Con una sola de estas balas de 12,7 milímetros podrías derribar un Shahed con la Browning? «Claro», sonríe Mashinist, de 24 años, con sus manos ocupadas en las asas. «Pero en la práctica hay que dar más impactos. Es un objetivo en movimiento. Primero sueltas el seguro y tomas la delantera cuando lo localizas. Después disparas».
«[El dron] es un objetivo en movimiento. Primero sueltas el seguro y tomas la delantera cuando lo localizas. Después disparas»
Mashinist
Soldado ucraniano
Los sentidos humanos imprescindibles se combinan con modernos radares y sensores. Buran explica que «la parte acústica» da muchas pistas sobre el Shahed. «Hay dos sonidos distintos: uno cuando va volando y otro en el momento del ataque».
Una red invisible
Para cubrir la superficie aproximada de 487.000 kilómetros cuadrados bajo control de Kiev —casi la misma extensión que España—, los ucranianos conjugan las piezas del puzle. No hay una receta mágica que lo resuelva todo, aclaran los militares. «Es un sistema multicapa».
Buran retrata sin mucho artificio el mecanismo que aspira a blindar el firmamento de su país. «Nosotros operamos una instalación antiaérea en algún lugar. Posiblemente cerca están otros chicos con los drones interceptores. Quizás un tercer grupo disponga de un Stinger para derribar cohetes. Cada equipo se cubre mutuamente en función de los objetivos; cada uno apunta a diferentes altitudes».
«Nosotros operamos una instalación antiaérea. Cerca están otros con drones interceptores. Quizás un tercer grupo disponga de un Stinger para derribar cohetes. Cada equipo apunta a diferentes altitudes»
Buran
Soldado ucraniano
La modernización a contra reloj se combina con la tradicional dicotomía de error y acierto. Así se cauterizan ataques con cientos de drones que merodean día y noche. La magnitud de los bombardeos enemigos todavía puede dilatarse. Pero tiene su techo.
Oleksandr, otro de los militares de la 96, calcula un rango máximo de más o menos 3.000 aparatos al día. «Hay un punto más allá del cual físicamente es imposible expandirlo. Las plataformas de despegue, los lanzadores, la preparación del aparato y la programación de ruta consumen muchos recursos». Es un horizonte posible. El reto urgente, sin embargo, son los misiles.
Ataque masivo contra Kiev
Durante la noche del pasado sábado, Kiev sufrió, precisamente, por la grieta de la balística. Rusia disparó 90 misiles, incluido el Oreshnik, un proyectil hipersónico con capacidad de portar ojivas nucleares. La defensa aérea pudo interceptar 55 cohetes. Diez días antes, otro misil ruso pulverizó un edificio residencial dejando 24 muertos en la capital.
Los Patriot son el mejor remedio para neutralizarlo. El problema es que en Ucrania escasean y además están sujetos a la voluntad de la Casa Blanca. Zelenski se conjura para cubrir esta brecha mortal apelando a la industria europea. El mandatario ucraniano está tejiendo una «coalición antibalística» junto a otros 13 Estados, dijo el pasado 12 de mayo. Emmanuel Macron, el presidente francés, dio un espaldarazo a la iniciativa ucraniana cuatro días después.
Polosiuk, artillero del cañón de la época soviética que usa contra los drones rusos.
(Miriam González)
El conocimiento práctico labrado en cuatro años de guerra ya traspasa fronteras. El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, dirigió a sus altos funcionarios directamente en Ucrania. «He aprobado el envío de personal adicional allí para aprender de estos combates de drones, tanto en defensa como en ataque», declaró hace dos semanas.
Los avances tecnológicos resuelven problemas si hay destreza manual, insisten los soldados de la Brigada 96. La lección básica es «estudiar el armamento del enemigo y entrenar», sintetiza Buran. «Somos efectivos porque tenemos formación práctica. No se trata de seguir una serie de instrucciones». Rusia, advierte el militar, es «el enemigo de toda Europa, no solo nuestro. Tarde o temprano irá más lejos. Mientras haya tiempo, simplemente hay que aprender».
La presión y la euforia
La cronología de un bombardeo masivo se ejecuta en tres actos. Primero, las alarmas corrosivas braman desfasadas. En ese instante entra la ristra de notificaciones en el móvil. «Un grupo de diez drones se dirige hacia esta dirección de Kiev». «Amenaza balística para todo el país»… y más avisos de este tipo. Ahí se decide entre el refugio o el hogar. El sonido de la defensa aérea trabajando cierra la segunda parte. Mucho antes de los acordes del bocinado inicial, estos tres soldados ya están en acción. Por último, las consecuencias, que se aclaran por la mañana.
Mashinist empuña su ametralladora Browning M2 estadounidense, que data de antes de la Segunda Guerra Mundial.
(Miriam González)
«Hay un cálculo frío y máxima precisión. Los esperamos y sabemos a qué distancia dispararles», afirma Polosiuk. Si el tiro es certero, explotan el dron y la euforia. Si el aparato logra escabullirse, crece la angustia. «Cuando los derriban sobre la ciudad, empiezas a preocuparte. Allí están tus familiares, el resto de la gente y los niños», agrega Buran.
Moscú no solo apunta a las ciudades. Sus drones tratan de cazar también a quienes las defienden. «En una ocasión estábamos trabajando en un dron, tras él llegó otro que intentó matarnos. Nos cubrimos de inmediato». La fortuna hizo que el aparato impactara a unos 500 metros.
