Publicado: diciembre 28, 2025, 11:45 pm
La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/proscrita-padre-oleksander-zaporiyia-ocupada-rusia-20251226053556-nt.html
El coche blanco del padre Oleksander Bohomaz arrastra el barro del frente. Aparca con destreza cerca de la pequeña capilla de San Volodímir. Los feligreses entran y salen con bolsas de ayuda humanitaria. La mañana es gris, fría y la electricidad dentro del templo se … desvanece a los pocos minutos.
Los apagones se reproducen a diario por toda Ucrania desde hace meses. La agenda del sacerdote es apretada. Tiene prevista una reunión con un grupo de soldados pronto. No es capellán militar, pero visita a los defensores ucranianos muy a menudo. Ahora vive en la ciudad de Zaporiyia. Antes pasó nueve meses bajo la ocupación rusa en Melitopol, a unos 130 kilómetros de su nuevo hogar.
Los ocupantes le obligaron a irse y prohibieron la Iglesia Greco-Católica Ucraniana (IGCU) en estos territorios arrancados de Kiev. La fe del padre Oleksander está proscrita por un país que hace estandarte de los valores cristianos.
Su historia no es común. Oleksander Bohomaz nació hace 36 años en el sur de Ucrania, en la provincia de Jersón. Allí, la mayoría profesa la fe ortodoxa. La Iglesia Greco-Católica, la tercera confesión más numerosa en Ucrania, tiene su presencia histórica concentrada en el oeste del país. Reconocen la autoridad del Papa de Roma, pero siguen el rito bizantino. La razón de su conversión es que en la ortodoxia «no logró encontrar a Dios», explica.
«Llegué a la Iglesia Greco-Católica como un enemigo. Digan lo que digan en Rusia, digan lo que digan los rusos en Europa lo cierto es que a todos los cristianos ortodoxos se les enseña que los católicos son malos. A todos. Desde pequeños», apunta el padre Oleksander.
«Digan lo que digan los rusos, a todos los cristianos ortodoxos se les enseña que los católicos son malos. A todos, desde pequeños»
El padre Oleksander Bohomaz
Cura de 36 años nacido en la provincia de Jersón
Según relata, vivió algo parecido al apóstol San Pablo cuando iba camino de Damasco: «Me sorprendió que mis supuestos ‘enemigos’ me recibiesen con tanta felicidad. Tenía 21 años cuando me convertí al catolicismo griego. Y antes de eso, no había oído jamás, dentro de mi iglesia, que Dios me amaba».
Comenzó su labor pastoral en la ciudad de Melitopol, ahora ocupada por Rusia. «Llevo diez años como sacerdote, y los primeros seis los pasé en Melitopol», recuerda el padre. A día de hoy lo que más extraña es la comunidad que logró crear: «Éramos como parientes. Además, la parroquia crecía constantemente. Y por eso nos seguimos comunicando».
La invasión a gran escala de Ucrania, que quebró a la comunidad greco-católica en los territorios ocupados, está a punto de cumplir su cuarto aniversario. Un conflicto bélico brutal que recibe la legitimación del Patriarca Kirill (Cirilo de Moscú), cabeza de la Iglesia Ortodoxa Rusa.
—¿Cómo se siente usted, siendo un sacerdote, al ver que la alta jerarquía religiosa rusa apoya la guerra contra su país?
—Siento pena por los ortodoxos rusos porque sus pastores les están enseñando mentiras. La Iglesia Ortodoxa en Rusia es parte del aparato estatal. No tiene como objetivo predicar la Palabra de Dios, sino predicar sobre el mundo ruso. Les enseñan falsedades. Y porque les enseñan falsedades, salen a matar.
Ocupación y destierro
El 7 de diciembre de 2023, la Iglesia Greco-Católica Ucraniana hizo un llamamiento a todas las comunidades internacionales para instar a las autoridades instaladas por Moscú en Zaporiyia a respetar la libertad religiosa. «En los territorios ocupados temporalmente por Rusia, la Iglesia Greco-Católica Ucraniana ha sido liquidada ‘de facto’, no hay allí un solo sacerdote griego o católico romano y el clero está siendo reprimido», denunció el Padre Sviatoslav Shevchuk, jefe de los católicos de Ucrania, en una entrevista con la agencia Ukrinform a mediados del año pasado.
La prohibición se hizo efectiva a finales de diciembre de 2022, semanas antes de que el padre Oleksander fuese obligado al destierro. El cura de Melitopol decidió seguir al lado de sus fieles durante los primeros meses de la ocupación rusa. Una época que recuerda nítidamente: «Fue muy triste que todo lo que habíamos creado, todo lo que amábamos, fue destruido. Vi el caos en la ciudad. Y en mi interior me rendí por completo en las manos de Dios».
Para las fuerzas de ocupación del Kremlin, los padres católicos eran considerados enemigos, explica el sacerdote. Durante el tiempo que se lo permitieron, él decidió seguir con sus labores litúrgicas mientras daba asistencia humanitaria a los vecinos que se habían quedado en la ciudad.
«Todo cambió cuando nuestro primer amigo, un pastor protestante, fue hecho prisionero. Había miedo. La expectativa de que me pusieran una bolsa en la cabeza y me llevaran al sótano se hacía muy real. Sin embargo, este miedo no me desmoralizaría por completo ni me obligaría a irme de Melitopol».
Los interrogatorios esporádicos, los controles y las visitas inesperadas de los militares rusos no surtieron efecto en la voluntad del cura de mantenerse en la ciudad. Hasta que el 1 de diciembre de 2022 varios hombres enmascarados entraron en la casa parroquial. «Se llevaron mi coche, las llaves de la iglesia, de la casa, mis pertenencias… Se llevaron lo que quisieron. Eran saqueadores», recuerda. «Después me metieron en un coche, me interrogaron, me trasladaron hasta las inmediaciones de la zona gris (un área en el frente cuyo control está disputado) y la crucé a pie. Así empezó mi historia en Zaporiyia».
«La gente busca a Dios»
A pesar de que no había servicio religioso, una vecina de Zaporiyia llamó a la puerta de la pequeña capilla de San Volodímir. Encendió una vela y se paró frente al altar. A los cinco minutos se fue tras despedirse con un susurro.
«Este año llegó tanta gente nueva que tuvimos que ampliar la iglesia. Los domingos todos los sitios se ocupan y muchas personas se quedan de pie en el pasillo. La gente busca a Dios», reflexiona el padre. «Sabes que hay personas a quienes Dios encontrará en la guerra. Muchos nunca pensaron que experimentarían un encuentro con Dios en la guerra. Y sucedió», añade.
Ahora hay tres iglesias greco-católicas en esta ciudad del sur de Ucrania y un convento. Pero la guerra sigue y con ella las preocupaciones sobre el futuro más inmediato. «He visto cómo arrebataban la vida a personas, como los despojaban de todas sus pertenencias. Lo he vivido en carne propia. He visto tanques rusos en la ciudad antes. Es un polvorín, el frente está a menos de 20 kilómetros y vemos que en Melitopol no hay libertad. Ni religiosa ni de palabra. Durante cuatro años no he podido dormir», destaca con pesar.
Navidad en guerra
El padre Oleksander pasará la Navidad con sus feligreses de Zaporiyia y visitando a los soldados. A pesar de la situación en Ucrania, el nacimiento de Jesús hace más de 2.000 años fue un triunfo de la luz sobre la oscuridad. «Dios no eligió Roma ni Atenas, sino Belén, y un lugar muy humilde. Esto nos dice que Dios también está aquí con nosotros», sostiene con alegría el cura.
«Sabes que hay personas a quienes Dios encontrará en la guerra. Muchos nunca pensaron que experimentarían un encuentro con Dios en la guerra. Y sucedió»
Ucrania se enfrenta al invierno más oscuro de la guerra a gran escala. Los bombardeos contra el sector energético no frenan y en las líneas de contacto miles de defensores tratan de parar a un enemigo más poderoso y con más recursos. El final no se vislumbra. Pero la ilusión se mantiene en esta pequeña capilla de Zaporiyia.
«Cuando viajamos a ver a los soldados tratamos de que se sientan en familia, que nuestra visita les recuerde a sus hogares. La Navidad es una misión para nosotros. Una oportunidad de tocar el corazón de aquellos que han perdido la esperanza», concluye el padre Oleksander Bohomaz.
