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Irán, el lado perverso de la historia

En 1979 se firmó el acuerdo de paz entre Egipto e Israel y triunfó la revolución islámica en Irán. El primer ministro conservador Menahen Beguin y el presidente moderado Anuar al Sadat dieron un paso histórico para estabilizar Oriente Próximo poniendo fin a dos décadas … de guerra. Ocurría el mismo año en que el ayatolá Jomeini se constituía como el líder supremo de una nueva república islámica que tenía como objetivo transformar el mundo musulmán desde el chiismo, con una visión integrista de la ley y las costumbres, enemiga de Occidente y rival de cualquier otra forma de gobierno, suní o laica, que no admitiera el liderazgo islamista iraní.
Para agitar el integrismo en la región, Jomeini situó a Israel y Estados Unidos en el foco de sus críticas, financió Hizbolá y propició otra guerra en el Líbano (1982); alentó el integrismo suní contra la monarquía saudí (1979) y el enfrentamiento interreligioso en La Meca (1987), así como a las minorías chiíes en Irak, lo cual derivó en una cruenta guerra entre ambos países en los años 80.

Al situarse en el lado perverso de la historia, el régimen construido por Jomeini se ha convertido durante 47 años en el principal agente de desestabilización de Oriente Próximo y en el responsable directo de centenares de miles de muertos en la región. En el principal propagador de un islamismo equivocado y anacrónico que ha perseguido y debilitado los derechos humanos y a las mujeres. Y cuya influencia y hostilidad ha derivado en la radicalización de líderes políticos y grupos terroristas, que van desde el GIA argelino y Hizbolá en el Líbano, hasta las milicias chiíes en Irak y Siria, Hamás en Gaza y los hutíes en Yemen. Además de estar detrás de la financiación de otras células a nivel global. Al Qaida y su red de grupos terroristas es, hasta cierto punto, una consecuencia de esa radicalización islamista y de esa pugna entre los integristas suníes y chiíes en la región.

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Dos personas han muerto

Marina Ortiz Cortés

Cuando Estados Unidos e Israel han bombardeado Irán para debilitar su régimen político-militar y para impulsar la movilización de una oposición duramente reprimida, resulta difícil calificar la decisión como un paso que sitúe a los gobiernos americano e israelí en el lado equivocado de la historia. Sino, más bien, al contrario. Los sitúa en el mismo lado de los gobiernos que han establecido sistemáticamente sanciones contra Irán como medida de presión para que no desarrolle armamento nuclear y no utilice y exporte armamento pesado (misiles) y ligero (drones) contra los intereses europeos, occidentales y de la comunidad internacional. En el mismo lado donde se han situado la mayoría de los líderes mundiales que denunciaron la masacre contra civiles israelíes y árabes perpetrada por Hamás en 2023, mientras Alí Jamenei felicitaba a los terroristas en un discurso público. En un lugar equiparable al que se situaron millones de sirios, que han condenado las matanzas del régimen de Al Assad en Siria, apoyado por Teherán. En el mismo lugar desde donde los servicios militares y de Inteligencia advierten, desde hace años, sobre la venta de armas iraníes a grupos radicales en el Magreb y el Sahel. En el lado en el que están las organizaciones no gubernamentales que denuncian los excesos policiales y judiciales (pena de muerte incluida) del régimen, y en el que está la sociedad civil y cultural internacional que premia incondicionalmente a los exiliados iraníes por su trabajo y su resistencia.

El régimen iraní ha sido el principal propagador de un islamismo equivocado y anacrónico que ha perseguido y debilitado los derechos humanos y a las mujeres

A pesar de toda esa presión, el petróleo y los recursos iraníes han permitido al régimen mantener su poder. Además de una extraordinaria habilidad política y diplomática para aprovechar las guerras civiles en Irak y en Siria, la Primavera Árabe y desde hace unos años el contexto mundial de competición entre potencias para tener un peso en el orden regional y en la política internacional. Todo ello no ha promovido ningún escenario, ni proceso de paz, ni negociación que tuviera ningún otro objetivo que la pervivencia de un sistema hostil y desestabilizador para el conjunto de Oriente Próximo. La respuesta iraní a los bombardeos con un ataque contra distintos países árabes suníes, contra Israel y contra bases norteamericanas y contra intereses europeos y occidentales, es un nuevo intento de escalar el conflicto a una guerra más compleja y prolongada cuyas consecuencias permitan que el caos y la violencia vuelvan a convertirse en los principales valedores de su estrategia de pervivencia.
Por ello, los próximos días serán vitales para valorar los efectos de la acción emprendida por Estados Unidos e Israel. Resulta muy probable que el régimen tenga que afrontar un cambio interno y una transición en el aparato de poder diezmado por los bombardeos, pero también muy improbable que la oposición pueda hacerse con el control político de manera inmediata. Lo decisivo, por tanto, será que la comunidad internacional habilite un proceso de estabilización que no desemboque en un enfrentamiento interno o regional. Y que propicie una transición ordenada hacia un sistema acorde con la aspiración del pueblo iraní de recuperar, sin equivocarse, el lugar que le corresponde en la historia.
José María Peredo Pombo es catedrático de Comunicación y Política Internacional en la Universidad Europea de Madrid (UEM)

Publicado: marzo 1, 2026, 11:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/iran-lado-perverso-historia-20260301040422-nt.html

En 1979 se firmó el acuerdo de paz entre Egipto e Israel y triunfó la revolución islámica en Irán. El primer ministro conservador Menahen Beguin y el presidente moderado Anuar al Sadat dieron un paso histórico para estabilizar Oriente Próximo poniendo fin a dos décadas de guerra. Ocurría el mismo año en que el ayatolá Jomeini se constituía como el líder supremo de una nueva república islámica que tenía como objetivo transformar el mundo musulmán desde el chiismo, con una visión integrista de la ley y las costumbres, enemiga de Occidente y rival de cualquier otra forma de gobierno, suní o laica, que no admitiera el liderazgo islamista iraní.

Para agitar el integrismo en la región, Jomeini situó a Israel y Estados Unidos en el foco de sus críticas, financió Hizbolá y propició otra guerra en el Líbano (1982); alentó el integrismo suní contra la monarquía saudí (1979) y el enfrentamiento interreligioso en La Meca (1987), así como a las minorías chiíes en Irak, lo cual derivó en una cruenta guerra entre ambos países en los años 80.

Al situarse en el lado perverso de la historia, el régimen construido por Jomeini se ha convertido durante 47 años en el principal agente de desestabilización de Oriente Próximo y en el responsable directo de centenares de miles de muertos en la región. En el principal propagador de un islamismo equivocado y anacrónico que ha perseguido y debilitado los derechos humanos y a las mujeres. Y cuya influencia y hostilidad ha derivado en la radicalización de líderes políticos y grupos terroristas, que van desde el GIA argelino y Hizbolá en el Líbano, hasta las milicias chiíes en Irak y Siria, Hamás en Gaza y los hutíes en Yemen. Además de estar detrás de la financiación de otras células a nivel global. Al Qaida y su red de grupos terroristas es, hasta cierto punto, una consecuencia de esa radicalización islamista y de esa pugna entre los integristas suníes y chiíes en la región.

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    Marina Ortiz Cortés

Cuando Estados Unidos e Israel han bombardeado Irán para debilitar su régimen político-militar y para impulsar la movilización de una oposición duramente reprimida, resulta difícil calificar la decisión como un paso que sitúe a los gobiernos americano e israelí en el lado equivocado de la historia. Sino, más bien, al contrario. Los sitúa en el mismo lado de los gobiernos que han establecido sistemáticamente sanciones contra Irán como medida de presión para que no desarrolle armamento nuclear y no utilice y exporte armamento pesado (misiles) y ligero (drones) contra los intereses europeos, occidentales y de la comunidad internacional. En el mismo lado donde se han situado la mayoría de los líderes mundiales que denunciaron la masacre contra civiles israelíes y árabes perpetrada por Hamás en 2023, mientras Alí Jamenei felicitaba a los terroristas en un discurso público. En un lugar equiparable al que se situaron millones de sirios, que han condenado las matanzas del régimen de Al Assad en Siria, apoyado por Teherán. En el mismo lugar desde donde los servicios militares y de Inteligencia advierten, desde hace años, sobre la venta de armas iraníes a grupos radicales en el Magreb y el Sahel. En el lado en el que están las organizaciones no gubernamentales que denuncian los excesos policiales y judiciales (pena de muerte incluida) del régimen, y en el que está la sociedad civil y cultural internacional que premia incondicionalmente a los exiliados iraníes por su trabajo y su resistencia.

El régimen iraní ha sido el principal propagador de un islamismo equivocado y anacrónico que ha perseguido y debilitado los derechos humanos y a las mujeres

A pesar de toda esa presión, el petróleo y los recursos iraníes han permitido al régimen mantener su poder. Además de una extraordinaria habilidad política y diplomática para aprovechar las guerras civiles en Irak y en Siria, la Primavera Árabe y desde hace unos años el contexto mundial de competición entre potencias para tener un peso en el orden regional y en la política internacional. Todo ello no ha promovido ningún escenario, ni proceso de paz, ni negociación que tuviera ningún otro objetivo que la pervivencia de un sistema hostil y desestabilizador para el conjunto de Oriente Próximo. La respuesta iraní a los bombardeos con un ataque contra distintos países árabes suníes, contra Israel y contra bases norteamericanas y contra intereses europeos y occidentales, es un nuevo intento de escalar el conflicto a una guerra más compleja y prolongada cuyas consecuencias permitan que el caos y la violencia vuelvan a convertirse en los principales valedores de su estrategia de pervivencia.

Por ello, los próximos días serán vitales para valorar los efectos de la acción emprendida por Estados Unidos e Israel. Resulta muy probable que el régimen tenga que afrontar un cambio interno y una transición en el aparato de poder diezmado por los bombardeos, pero también muy improbable que la oposición pueda hacerse con el control político de manera inmediata. Lo decisivo, por tanto, será que la comunidad internacional habilite un proceso de estabilización que no desemboque en un enfrentamiento interno o regional. Y que propicie una transición ordenada hacia un sistema acorde con la aspiración del pueblo iraní de recuperar, sin equivocarse, el lugar que le corresponde en la historia.

José María Peredo Pombo es catedrático de Comunicación y Política Internacional en la Universidad Europea de Madrid (UEM)

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