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«¿Esto es la transición?»: la foto y el bloqueo que desconcierta a los venezolanos

En el centro de Caracas, simpatizantes del chavismo movilizados con logística estatal gritaban ayer: «Delcy, avanza, tienes mi confianza». En los teléfonos circulaba otra imagen: Donald Trump junto a Delcy Rodríguez en Nueva York. La presidenta interina se afianzaba dentro y fuera del país mientras … María Corina Machado, dirigente opositora y premio Nobel de la Paz, seguía en Panamá después de varios intentos fallidos por regresar.
En Caracas, el bloqueo llegó primero como una versión en teléfonos y conversaciones. Tres intentos por mar y aire, siete en total en varias semanas, decía el recuento. Nadie enseñaba una orden ni podía señalar a una autoridad. La noticia se mezclaba con imágenes de Trump y Rodríguez: si Machado seguía fuera, alguien había decidido que no entrara. Era una certeza emocional antes que documental.

Un vigilante de sesenta y un años veía una «jugada» entre Washington y Rodríguez. No presentó pruebas; describía sospechas. Dijo que no le gustaba la política, pero que a su edad había visto cosas que nunca había visto. «Esto fue una suciedad», resumió. En su relato, el petróleo explicaba todo.

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David Alandete

Rolman Belceño, jefe de taller, había visto la fotografía y oído hablar de los siete intentos. «Ese es un sabotaje contra María Corina», dijo. Luego reconoció que no había leído mucho sobre el episodio. Su vacilación resumía el ambiente: la certeza de que algo se estaba impidiendo y la imposibilidad de nombrar a quien lo impedía. Marco Rubio había declarado el primero de septiembre que Machado, como ciudadana venezolana, tenía derecho a entrar en su país cuando quisiera. «No podemos impedirle viajar a ninguna parte», respondió el secretario de Estado. Washington había expresado preocupación por su seguridad, pero Rubio no prometió protección, escolta ni garantías operativas para el regreso.
Pablo Andrés Quintero, politólogo consultado por este diario, calificó el bloqueo de «inexplicable e incongruente» con esas palabras. Cree que los obstáculos pueden venir del Gobierno de Trump, que desde enero muestra incomodidad ante un regreso que desestabilice el acuerdo petrolero con Caracas. Es su análisis, no un hecho probado. Dice que parte de la oposición evita hablar de ello para no tensar relaciones.

Rabia e incertidumbre

En la calle, la incertidumbre se volvía rabia. Unos celebraron la captura de Maduro como el comienzo del cambio; ahora veían a su antigua vicepresidenta gobernar, posar con Trump y ser respaldada. La pregunta no era qué había ocurrido, sino para qué había servido.

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Voluntad Popular, el partido del opositor y expreso político Leopoldo López, pidió el «pronto y seguro regreso» de Machado. El partido sostuvo que, como ciudadana venezolana, tiene derecho a entrar, permanecer en el país y participar en la vida pública sin arriesgar su seguridad o libertad. Exigió garantías a las autoridades interinas y extendió la reclamación a todos los exiliados políticos. El texto tampoco identificó al responsable.
Hasta el cierre no se produjo una reacción de Henrique Capriles ni de Dinorah Figuera. Capriles sí había defendido en junio el derecho de Machado a volver. La Plataforma Unitaria emitió una posición institucional, pero Figuera, que representa a la oposición en la mesa de negociación con el chavismo actualmente, no hizo ninguna declaración. El silencio no demuestra respaldo al bloqueo; muestra las distintas velocidades de una oposición fragmentada.
Mientras Machado seguía en Panamá, la fotografía de Trump y Rodríguez daba la medida del nuevo poder. Quintero considera que fortalece la imagen de la presidenta interina, impulsa un Gobierno más identificado con el ‘delcismo’ que con el madurismo y puede provocar fricciones entre los sectores chavistas aferrados al relato antiimperialista. También la consagra, a su juicio, como la principal interlocutora de Washington.
En otras voces, el episodio se mezclaba con una decepción más amplia. Alfredo López Rosaine, administrador y contador, cree que desde la extracción de Nicolás Maduro, el 3 de enero, hubo pequeños avances, pero percibe estancamiento. «Estamos, de cierta forma, bajo la tutela del Gobierno americano», dijo. Esperaba una transición más contundente y la posibilidad de elegir.
Nelson Requena, de setenta y seis años, llama al interinato un «mal necesario». Cree que Machado debe regresar porque desde fuera no puede conducir la situación interna, pero teme por ella. «La seguridad es relativa», advirtió. En su opinión, los cambios avanzan con una lentitud que obliga a convivir con quienes gobernaban antes del 3 de enero.

El chavismo sale a las calles de Caracas a respaldar su pacto con Washington

Las banderas rojas volvieron al centro de Caracas para celebrar que Delcy Rodríguez se sentara con Trump. Meses antes, el Psuv llamaba enemigo a Washington. Cabello omitió la contradicción: «Teníamos mucho tiempo sin marchar y el pueblo lo extrañaba», dijo el ministro del Interior de Venezuela. El Psuv realizó la convocatoria ayer en apoyo a la presidente encargada en la ONU.

Dentro hubo desconcierto. Mario Silva, comunicador chavista crítico con la dirección del partido, dijo sentir «una vergüenza inmensa». Al ver la fotografía pensó que era inteligencia artificial: Rodríguez posaba, según él, con quien «nos bombardeó» y hacía la V de la victoria.

Agotados de protestar

Quintero considera poco probable que el caso provoque protestas políticas. «El venezolano está agotado de la protesta de calle», sostiene. Cree que hoy pesan más las expectativas sobre el diálogo, la renta petrolera y la inversión extranjera. Esa fatiga explica la escena simultánea de Caracas: el oficialismo movilizado para respaldar a Rodríguez y una oposición que no consigue devolver a su principal figura al país.
La sensación es la de un círculo conocido. Maduro ya no está en Miraflores, pero su antigua vicepresidenta gobierna, negocia con Washington y recibe el aparato de la calle. Machado permanece en Panamá después de siete intentos denunciados. Quien impide el viaje sigue sin nombre.
Requena describió el momento sin doctrina: «Es como un juego de cartas donde una mano gana y después gana la otra». En Caracas nadie sabe todavía si ha cambiado la mesa o solamente los jugadores.

Publicado: septiembre 23, 2026, 2:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/venezuela-reclama-maria-corina-machado-dejenla-entrar-20260923212749-nt.html

En el centro de Caracas, simpatizantes del chavismo movilizados con logística estatal gritaban ayer: «Delcy, avanza, tienes mi confianza». En los teléfonos circulaba otra imagen: Donald Trump junto a Delcy Rodríguez en Nueva York. La presidenta interina se afianzaba dentro y fuera del país mientras María Corina Machado, dirigente opositora y premio Nobel de la Paz, seguía en Panamá después de varios intentos fallidos por regresar.

En Caracas, el bloqueo llegó primero como una versión en teléfonos y conversaciones. Tres intentos por mar y aire, siete en total en varias semanas, decía el recuento. Nadie enseñaba una orden ni podía señalar a una autoridad. La noticia se mezclaba con imágenes de Trump y Rodríguez: si Machado seguía fuera, alguien había decidido que no entrara. Era una certeza emocional antes que documental.

Un vigilante de sesenta y un años veía una «jugada» entre Washington y Rodríguez. No presentó pruebas; describía sospechas. Dijo que no le gustaba la política, pero que a su edad había visto cosas que nunca había visto. «Esto fue una suciedad», resumió. En su relato, el petróleo explicaba todo.

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  • David Alandete

Rolman Belceño, jefe de taller, había visto la fotografía y oído hablar de los siete intentos. «Ese es un sabotaje contra María Corina», dijo. Luego reconoció que no había leído mucho sobre el episodio. Su vacilación resumía el ambiente: la certeza de que algo se estaba impidiendo y la imposibilidad de nombrar a quien lo impedía. Marco Rubio había declarado el primero de septiembre que Machado, como ciudadana venezolana, tenía derecho a entrar en su país cuando quisiera. «No podemos impedirle viajar a ninguna parte», respondió el secretario de Estado. Washington había expresado preocupación por su seguridad, pero Rubio no prometió protección, escolta ni garantías operativas para el regreso.

Pablo Andrés Quintero, politólogo consultado por este diario, calificó el bloqueo de «inexplicable e incongruente» con esas palabras. Cree que los obstáculos pueden venir del Gobierno de Trump, que desde enero muestra incomodidad ante un regreso que desestabilice el acuerdo petrolero con Caracas. Es su análisis, no un hecho probado. Dice que parte de la oposición evita hablar de ello para no tensar relaciones.

Rabia e incertidumbre

En la calle, la incertidumbre se volvía rabia. Unos celebraron la captura de Maduro como el comienzo del cambio; ahora veían a su antigua vicepresidenta gobernar, posar con Trump y ser respaldada. La pregunta no era qué había ocurrido, sino para qué había servido.

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Voluntad Popular, el partido del opositor y expreso político Leopoldo López, pidió el «pronto y seguro regreso» de Machado. El partido sostuvo que, como ciudadana venezolana, tiene derecho a entrar, permanecer en el país y participar en la vida pública sin arriesgar su seguridad o libertad. Exigió garantías a las autoridades interinas y extendió la reclamación a todos los exiliados políticos. El texto tampoco identificó al responsable.

Hasta el cierre no se produjo una reacción de Henrique Capriles ni de Dinorah Figuera. Capriles sí había defendido en junio el derecho de Machado a volver. La Plataforma Unitaria emitió una posición institucional, pero Figuera, que representa a la oposición en la mesa de negociación con el chavismo actualmente, no hizo ninguna declaración. El silencio no demuestra respaldo al bloqueo; muestra las distintas velocidades de una oposición fragmentada.

Mientras Machado seguía en Panamá, la fotografía de Trump y Rodríguez daba la medida del nuevo poder. Quintero considera que fortalece la imagen de la presidenta interina, impulsa un Gobierno más identificado con el ‘delcismo’ que con el madurismo y puede provocar fricciones entre los sectores chavistas aferrados al relato antiimperialista. También la consagra, a su juicio, como la principal interlocutora de Washington.

En otras voces, el episodio se mezclaba con una decepción más amplia. Alfredo López Rosaine, administrador y contador, cree que desde la extracción de Nicolás Maduro, el 3 de enero, hubo pequeños avances, pero percibe estancamiento. «Estamos, de cierta forma, bajo la tutela del Gobierno americano», dijo. Esperaba una transición más contundente y la posibilidad de elegir.

Nelson Requena, de setenta y seis años, llama al interinato un «mal necesario». Cree que Machado debe regresar porque desde fuera no puede conducir la situación interna, pero teme por ella. «La seguridad es relativa», advirtió. En su opinión, los cambios avanzan con una lentitud que obliga a convivir con quienes gobernaban antes del 3 de enero.

El chavismo sale a las calles de Caracas a respaldar su pacto con Washington

Las banderas rojas volvieron al centro de Caracas para celebrar que Delcy Rodríguez se sentara con Trump. Meses antes, el Psuv llamaba enemigo a Washington. Cabello omitió la contradicción: «Teníamos mucho tiempo sin marchar y el pueblo lo extrañaba», dijo el ministro del Interior de Venezuela. El Psuv realizó la convocatoria ayer en apoyo a la presidente encargada en la ONU.

Dentro hubo desconcierto. Mario Silva, comunicador chavista crítico con la dirección del partido, dijo sentir «una vergüenza inmensa». Al ver la fotografía pensó que era inteligencia artificial: Rodríguez posaba, según él, con quien «nos bombardeó» y hacía la V de la victoria.

Agotados de protestar

Quintero considera poco probable que el caso provoque protestas políticas. «El venezolano está agotado de la protesta de calle», sostiene. Cree que hoy pesan más las expectativas sobre el diálogo, la renta petrolera y la inversión extranjera. Esa fatiga explica la escena simultánea de Caracas: el oficialismo movilizado para respaldar a Rodríguez y una oposición que no consigue devolver a su principal figura al país.

La sensación es la de un círculo conocido. Maduro ya no está en Miraflores, pero su antigua vicepresidenta gobierna, negocia con Washington y recibe el aparato de la calle. Machado permanece en Panamá después de siete intentos denunciados. Quien impide el viaje sigue sin nombre.

Requena describió el momento sin doctrina: «Es como un juego de cartas donde una mano gana y después gana la otra». En Caracas nadie sabe todavía si ha cambiado la mesa o solamente los jugadores.

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