Publicado: enero 5, 2026, 3:45 pm
La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/escribir-cronica-clavetea-ataud-propia-esperanza-20260105212545-nt.html
Siete de la mañana del sábado 3 de enero de 2026, suena un mensaje en mi teléfono móvil. Es mi madre. «Bombardean Caracas». Por si queda alguna duda, añade: «Los gringos». En Madrid reina el silencio, en Venezuela las comunicaciones están saturadas. Confirmo lo … elemental: la familia que aún vive allí está bien. Asustados y confundidos, pero bien. No hay luz en algunos puntos de la capital a causa de los impactos. Varios helicópteros sobrevuelan el valle. Arde la base aérea La Carlota. También los cuarteles de Fuerte Tiuna. Y el Puerto de la Guaira.
La información aparece a cuenta gotas. Primero en Twitter. Luego en mensajes de texto. Y audios, muchos audios. Chapu Apaolaza y Pep Gorgori son los primeros en solidarizarse conmigo. José Peláez y Alberto Conejero también. Pase lo que pase, desean lo mejor para los míos. Yo intento averiguar qué está ocurriendo. Son las siete de la mañana más fría que recuerdo jamás. «Está muriendo más gente, otra vez». Maldita sea.
Enciendo la televisión, abro el portátil y preparo un café que no consigo beber. Donald Trump publica un mensaje en redes sociales. El «presidente» Nicolás Maduro y su mujer, Cilia Flores, han sido capturados y sacados del país por un comando especial de las fuerzas de Estados Unidos. Me revuelvo, rebufo. Hablo sola. Se equivoca el señor Trump. Maduro no es el presidente. Es un dictador. «¿Era necesario llegar hasta este punto?», me pregunto con el teléfono aún en la mano. En la pantalla de la tele, la CNN muestra secuencias de una ciudad en llamas. «¿Cuándo el país no ha sido una hoguera?», pienso. Esta vez, sin embargo, es mucho peor.
«Esto es lo que estábamos esperando». «¡Al fin!». Quién soy yo para juzgar la euforia de quienes ansían un cambio. Nunca deseé la huida del asesino, tampoco que su suerte la decidiera el presidente de otro país. Yo quería justicia, no esto. «¡Qué dices, al fin vamos a recuperar la libertad!», leo. «Es terrible, pero es la única manera», me dicen. Acuden a mi mente los mil presos políticos recluidos y torturados en las cárceles venezolanas. Intento contactar con las organizaciones de derechos humanos que hacen seguimiento a sus casos. Aquellos a quienes consigo contactar no tienen información suficiente. Reina la confusión. Los responsables fuera de Venezuela tampoco me dan mayores detalles. Escribo a mi amiga Margaryta. Al fin entiendo su desazón con la avanzada rusa sobre Ucrania.
-Si EE.UU. está atacando Venezuela, es que Putin se va a quedar con Ucrania- leo.
Guardo silencio.
-Las imágenes son terribles -insiste mi amiga-. Dile a los familiares que tienes ahí que se muevan a ciudades más pequeñas, seguro que en Caracas no hay refugios.
-Todo esto me resulta inverosímil y a la vez terrible- murmuro, sin tener muy claro si eso me lo digo a Margaryta o mí misma.
El recuerdo de Noriega
Cuando George Bush padre ordenó una operación para sacar a Noriega del poder en Panamá yo tenía siete años. Recuerdo a mis padres -abogados- llevándose las manos a la cabeza, indignados. Incluso hasta recortaron las fotografías de las tropas en suelo panameño y las pegaron al refrigerador tras escribir sobre ellas «¡No a la invasión!». Ahora que tengo 43 asisto, boquiabierta, a la más grande y dolorosa injerencia que haya vivido jamás el país en el que nací. El de Nicolás Maduro y sus adláteres es un régimen ilegítimo, dictatorial y asesino, pero no debía llegar a su fin de esta forma. «Así no». Me falta justicia.
Trump se refiere a Venezuela como un fundo, una extensión de sus intereses o, lo que es peor, un teatro de operaciones de su amor propio
Tiene que ser en Venezuela, donde han matado a más de 20.0000 personas y torturado a otras dos mil, donde rinda sus cuentas. Pienso en las cenizas de mi padre, las imagino esparcidas en la tierra que tanto amó. Sacudo la cabeza, intento despejarme. Imposible. Contesto al teléfono. Suena una, dos, tres, cuatro, cinco veces. No hay nada que celebrar, insisto, pero quienes me escuchan parecen convencidos de que este será el primer gran paso de Venezuela hacia la democracia, una palabra que de pronto se me ofrece remota, inalcanzable, casi alambrada. Avanza el día, la prensa extranjera reporta que muchos venezolanos en el exilio celebran con alegría, banderas y cánticos en ciudades como Doral, en Florida, Madrid o Santiago. Los vídeos compartidos en redes por quienes permanecen en Caracas muestran un cielo en llamas, explosiones y detonaciones y el asombro de quienes, incluso estupefactos, se atreven a celebrar que han llegado, al fin, a liberarlos de Nicolas Maduro. «Somos libres, ¡marico!». Las imágenes son terribles, pero los deseos que sepultan me resultan todavía peores.
La rueda de prensa de Donald Trump se retrasa una hora. Entretanto, la líder de la oposición y premio Nobel de la Paz María Corina Machado celebra el fin de Nicolás Maduro en el poder y asegura que llegó la hora de la libertad. Pasadas las cinco de la tarde, hora española, Donald Trump comparece en una rueda de prensa de la que espero los detalles más importantes. O al menos los esenciales. El resultado es una colección de frases, a cuál más desconcertante.
El presidente de Estados Unidos se refiere a Venezuela como un fundo, una extensión de sus intereses o, lo que es peor, un teatro de operaciones de su amor propio. «Ya hemos llegado, pero nos quedaremos hasta que se produzca la transición adecuada»; «Vamos a dirigir Venezuela hasta que la libertad esté asegurada»; «Ha sido una operación lograda con rapidez y precisión; ni un solo soldado ha muerto»; «Las compañías petroleras de Estados Unidos arreglarán la infraestructura petrolera dañada»; «Estamos listos para hacer un segundo ataque si es necesario»; «Maduro y su esposa se enfrentarán a un juicio en suelo de Estados Unidos»; «El dictador ilegítimo Maduro dirigía una red criminal»; «No vamos a permitir que personas malas sigan en el poder».
Petróleo
Menciona al menos veinte veces la palabra petróleo. La democracia, la paz o la liberación de presos políticos brilla por su ausencia. A las preguntas de la prensa sobre una transición a la democracia y el papel del presidente elegido Edmundo González y de la premio Nobel María Corina Machado, Trump pronuncia, con desdén: «Es una mujer muy agradable, pero no tiene ni el apoyo ni el respeto dentro del país».
Queda claro que será su gobierno, a través del secretario Marco Rubio, el que controlará Venezuela y sus recursos petroleros. Aturdida, doy vueltas por el salón de mi casa. Llamo por teléfono a Caracas, a los contactos de la oposición, pero nadie contesta. La imagen de Nicolás Maduro, en ropa deportiva, esposado y con los ojos cubiertos, primero, y posteriormente en chanclas y llevado en volandas por agentes de la DEA para ser juzgado junto a su mujer hace saltar la certeza que me taladra desde el comienzo del día. Esto no pinta bien. Si hay una restitución democrática no puede ocurrir sin una parte del régimen, pero mucho menos lo es con el ala medular del régimen -Delcy Rodríguez- y resulta inimaginable conseguirlo dejando a un lado a la oposición democrática.
Después de tres días hablando en presente -masticando y rumiando estas palabras- no renuncio a la obligación de asumir este desgarro y explicarlo. Si escribir cada línea de esta crónica clavetea el ataúd de mi propia esperanza, también me obliga a que usted, lector, no pierda de vista una verdad atroz: en Venezuela 30 millones de personas continúan bajo un régimen autoritario, cerca de mil presos políticos corren peligro y ocho millones más siguen privados de su derecho a volver. Si Trump exige a los jerarcas del régimen el acceso total al petróleo como condición para un cambio político, los demócratas debemos clamar, con tanta o más fuerza que el presidente de Estados Unidos, la amnistía y liberación de todos los hombres y mujeres encarcelados y torturados, incluidos los veinte ciudadanos españoles que continúan privados de libertad. El primer paso hacia ella es reclamarla, exigirla y construirla.
