Publicado: octubre 28, 2026, 8:45 pm
La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/soborno-revuelta-popular-eeuu-centros-datos-dentro-20261028012358-nt.html
«Es un soborno». Nate Eachus habla de los 10.000 dólares (8.975 euros) que le han ofrecido a él y al resto de los vecinos de Hazle Township, una pequeña localidad del noreste de Pensilvania, para doblegar su voluntad. El pueblo se puso … en pie de guerra el año pasado cuando descubrió que una compañía planeaba levantar en su término municipal un centro de datos descomunal para Amazon.
La presión popular forzó el rechazo de las autoridades al proyecto, que prevé la construcción de quince plantas de procesamiento de datos, encajadas entre zonas residenciales. Pero la compañía, NorthPoint, trató de convencer a los vecinos con una lluvia de dinero: 10.000 dólares por domicilio y 165 millones de dólares (148 millones de euros) para proyectos y becas en el pueblo, de apenas 10.000 habitantes.
«La comunidad se ha opuesto», dice a ABC con orgullo este vecino, una pequeña gloria local, que llegó a jugar en los Kansas City Chiefs de la liga nacional de rugby (NFL). «Aquí ese intento de soborno no ha sentado bien a nadie. La gente es más lista de lo que ellos creían. No vamos a permitir que nos hagan tragar con un centro de datos».
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Camila Acosta
La batalla de Hazle Township ilustra algo mucho más grande: una revuelta popular en Estados Unidos contra estas infraestructuras, que son la hormigonera con la que se levanta la industria tecnológica. Y de la que depende la inteligencia artificial, el gran ‘boom’ económico de nuestra época.
«Aquí ese intento de soborno no ha sentado bien a nadie. La gente es más lista de lo que ellos creían. No vamos a permitir que nos hagan tragar con un centro de datos»
Nate Eachus
Vecino y antigua estrella de los Kansas City Chiefs
La voracidad de la IA requiere más y más centros de datos. Su desarrollo, sin embargo, está despertando fricciones en comunidades de todo el país. En localidades de Arizona, Virginia, Ohio o Míchigan hay revueltas contra el nuevo símbolo del desarrollo tecnológico. Y esa guerra tiene gran importancia política. En una sociedad cada vez más polarizada, es uno de los pocos asuntos que pone de acuerdo a votantes republicanos y demócratas y, a pocos días de las elecciones de medio mandato, podría estallar en las manos del gran abogado de la IA y de los centros de datos en EE.UU.: su presidente, Donald Trump.
Razones para la oposición
Los vecinos de Hazle Township repiten como una letanía las razones para oponerse a Project Hazelnut, el complejo de centros de datos que la compañía quiere colocar en un paraje natural del pueblo. El ruido de los procesadores, un consumo tremendo de agua en una zona que sufre de abastecimiento, presión sobre el suministro eléctrico, impacto medioambiental y pérdida de valor de sus propiedades: no es lo mismo tener una casa rodeada de bosque que en la trasera de un centro de datos.
NorthPoint niega esos impactos, asegura que cumplirá con toda la regulación medioambiental y promete cientos de empleos para los vecinos, promete que el ruido que generarán los procesadores será a lo sumo «como el de un lavavajillas en la habitación de al lado». Además, afirma que está «construyendo el futuro digital de forma responsable» y que pone «primero» a la comunidad de Hazle Township.
«No generará más ruido que un lavavajillas. Lo primero es la comunidad de Hazle Township»
Compañía Northpoint
Shawn Yearick, otro vecino, se ríe por no llorar. «Mira, esto ya lo hemos visto por aquí», dice en referencia al pasado minero del pueblo, una industria que desapareció hace décadas, pero de la que todavía quedan heridas. «Prometieron la luna: muy buenos empleos, todo iría fenomenal. Pero no fue así. No había seguridad, mucha gente murió o enfermó trabajando y las minas acabaron por cerrar», cuenta. «Así que somos muy escépticos cuando viene gente con una nueva industria y te dicen: Mirad, vuestras vidas van a ser mejores, no hay nada de lo que preocuparse».
«Nada de lo que dicen es verdad», afirma sobre la compañía. «Y lo de los 10.000 dólares es un insulto».
Yearick habla en un descanso de una sesión pública del Consejo de Supervisores, el órgano ejecutivo municipal. La sala se ha llenado de vecinos y hay gente que se ha quedado fuera; no entran. Se discute otro asunto: un cambio regulatorio de una parcela enorme para poder levantar almacenes. Pero la desconfianza de los vecinos es total. Creen que acabarán siendo centros de datos. «Yo tengo ya 77 años, esto a mí me afectará poco», dice un vecino desde el podio. «Pero les afectará a mis nietos».
Los tres supervisores votan en contra del cambio regulatorio y los vecinos responden con una ovación. Otra pequeña victoria para ellos. Pero queda mucha guerra por delante. NorthPoint ha llevado su rechazo a los tribunales y está bajo recurso.
Otro de los vecinos que protesta es John Zola, que desconoce su posible parentesco con alguna figura mundial de la literatura o del fútbol. Al día siguiente, recibe a este periódico en su propiedad, a unos pocos kilómetros de donde se planea el centro de datos. La carretera es un espectáculo otoñal, con el bosque estallado en naranjas y rojos, entre granjas que parecen salidas de un cuento y pequeñas mansiones con los jardines cuidados.
Desde su casa, este vecino mira con preocupación su pequeña explotación de manzanas, apenas tres centenares de árboles, y una colina de bosque. Por ahí está proyectado que pase la línea de alta tensión para alimentar Project Hazelnut. Su terreno será expropiado si sale adelante.
«Lo de los 10.000 dólares ha sido una estrategia a la desesperada. No lo ofrecieron hasta que se les denegó el permiso», dice. «Pero ni siquiera lo pagan ellos, es dinero reciclado, se llevan diez años de exenciones fiscales».
El factor electoral
Zola también insiste en que en esto no hay división política. «En esta zona, el 90% de los vecinos son republicanos. Pero van a votar a quien sea que esté en contra del centro de datos», cuenta en una advertencia a los candidatos del partido y al propio Trump. El martes que viene, los republicanos se juegan en las mayorías sus mayorías en el Congreso. Si pierden poder, como pronostican las encuestas, los demócratas entorpecerán al máximo los dos años que le quedan al presidente en la Casa Blanca. En algunos estados clave, batallas como la de Hazle Township tendrán peso político.
«En esta zona, el 90% de los vecinos son republicanos. Pero van a votar a quien sea que esté en contra del centro de datos»
John Zola
Vecino de Hazle Township
«La oposición a los centros de datos sigue ganando peso en todo el país, y en especial en territorios como este», explica por teléfono Christopher Borick, profesor de Ciencias Políticas del cercano Muhlenberg College. «Y quienes van a sufrir más son los republicanos. Porque el dedo apunta ahora al partido que está en el poder. Es algo que va a irritar a votantes republicanos y movilizar a demócratas».
Hace un año, una encuesta de Heatmap dividía casi a partes iguales a los estadounidenses en su apoyo a la construcción de centros de datos: el 44% estaba a favor y el 42% en contra. Tras un año de revueltas por todo el país, un sondeo reciente de ABC News/Washington Post/Ipsos muestra que quienes se oponen son ahora el 66%, y sube al 72% si el centro de datos se construye en su propia comunidad.
El presidente –que está haciendo fortuna en el sector tecnológico con negocios paralelos desde que llegó a la Casa Blanca– ha insistido en que la IA es una cuestión de seguridad nacional y que hay que ganar esa carrera contra China. «Quien gane en IA, ganará», ha advertido. Pero también, ante la cascada de revueltas contra los centros de datos, ha recomendado que los perjudicados se lleven «dividendos» en esos proyectos.
Desconfianza hacia la IA y desigualdad
En un esfuerzo por tratar de convencer a los vecinos, NorthPoint organiza un encuentro informativo en una escuela local para explicarles de forma directa las bondades de su proyecto. Dos asistentes, Jo Gulvas y Doriana Delorbe, confiesan que a ellas sí les convencen las contrapartidas. «Creo que están haciendo un gran trabajo para hacer todo de forma responsable», dice Gulvas, que celebra el gesto de los 10.000 dólares. Pero tanto Gulvas como Delorbe reconocen que ni siquiera viven en el propio Hazle Township –el pueblo está pegado a una pequeña ciudad, Hazleton– y que quizá su opinión sería diferente si el proyecto se levantara delante de sus casas.
La mayoría de los vecinos pasean con gesto escéptico entre los paneles informativos que ha colocado la compañía en el polideportivo del centro escolar. Algunos cuestionan los datos que ofrece la compañía, recriminan a sus representantes, les afean que hayan actuado con secretismo hasta ahora y defienden que ese tipo de proyectos apenas crean puestos de trabajo a largo plazo.
La tensión que se siente recuerda que esta revuelta contra los centros de datos no ocurre en el vacío. El mar de fondo es una desconfianza creciente hacia la IA, en medio de alertas apocalípticas sobre el futuro que traerá. Y también ante una desigualdad al alza en EE.UU., con una fiebre del oro tecnológica en la que llueven los millones solo para unos pocos. El megacentro de datos en Hazle Township seguirá alimentando el ‘boom’ de la IA. Y los vecinos, que soportarán sus efectos negativos, se preguntan: ‘¿Qué ganamos nosotros con esto?’.
