Publicado: enero 6, 2026, 9:45 pm
La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/dios-decide-respuesta-delcy-trump-caracas-convierte-20260107031558-nt.html
En Caracas, la duda se ha convertido en el aire que se respira. Han pasado cuatro días desde la captura de Nicolás Maduro, y la aparente calma inicial se ha resquebrajado, dando paso a un nerviosismo sordo, a la espera de algo, de una … nueva explosión. Los cielos de la capital son ahora un espacio de paranoia; el gobierno asegura haber repelido drones de espionaje, mientras el ministro de Comunicación, Freddy Ñáñez, se esfuerza en desmentir cualquier atisbo de desorden en las filas militares. Pero en la calle, la gente mira hacia arriba con recelo. La guerra, real o imaginaria, se ha instalado en la psique colectiva.
En este escenario de alta tensión, Delcy Rodríguez, la nueva presidenta encargada, ha asumido el papel de su vida. Ante la amenaza directa de Donald Trump, quien le advirtió que «pagará un precio más alto» que Maduro si no hace «lo correcto», Rodríguez ha respondido con una mezcla de misticismo y desafío. «Es Dios quien decide nuestro destino», declaró, una frase que busca apelar a la fibra más profunda de un pueblo creyente, pero que en el tablero geopolítico suena a una apuesta desesperada. Es un acto de teatro político diseñado para consumo interno, una forma de erigirse como la defensora de la soberanía frente al imperio, mientras en la práctica, su gobierno se atrinchera.
La verdadera respuesta de la ahora administración Rodríguez no ha sido retórica, sino legal y brutal. Se ha decretado un «estado de conmoción exterior», un instrumento jurídico que, en la práctica, convierte en traidor a cualquiera que apoye la intervención estadounidense. La ley es una red de arrastre que no distingue entre un comentario en redes sociales y una colaboración activa. «Con tantos colectivos con armas y el nuevo decreto, Venezuela se va a convertir en territorios armados por el poder», dice Roberto H., un comerciante del oeste de la ciudad, mientras baja la voz y mira a su alrededor. Su miedo es el de muchos: que la anarquía controlada por el Estado sea la nueva normalidad.
El cerco informativo se cierra con la misma rapidez que el legal. La prensa se ha convertido en un objetivo militar. Varios periodistas han sido detenidos en plena cobertura, otros que intentaban ingresar por la frontera con Colombia han sido arrestados, y los que llegan al aeropuerto de Maiquetía son deportados sin contemplaciones. «Varios fotógrafos se negaron a salir a la calle hoy por temor a ser arrestados», nos confiesa un periodista de una agencia internacional que pide el anonimato. «No tenemos garantías de nada». El miedo es el arma más eficaz para imponer el silencio.
En medio de este caos, la suerte de los casi mil presos políticos que, según las ONG de derechos humanos, pueblan las cárceles venezolanas, es más incierta que nunca. Circula el rumor de una posible nueva liberación, una moneda de cambio en una negociación que nadie conoce. Se habla de la promesa de Trump de eliminar El Helicoide, ese infame edificio de arquitectura brutalista en el corazón de Caracas, convertido en el símbolo de la tortura y la represión. Pero mientras tanto, la realidad es que el destino de esos hombres y mujeres, y el de sus familias, sigue estando en manos del mismo chavismo que los encerró. Caracas, hoy, es una ciudad que se debate entre el desafío mesiánico de su nueva líder y el miedo tangible al vecino, al colectivo, al decreto. Una ciudad en el limbo, esperando que el próximo capítulo no sea el más oscuro de todos.
