Entre ruinas y miedo: el regreso imposible al sur del Líbano - Colombia
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Entre ruinas y miedo: el regreso imposible al sur del Líbano

Tan pronto como se anunció el alto el fuego entre Líbano e Israel, prolongado tres semanas, muchos de los desplazados del sur del país que habían huido a Beirut empezaron a regresar a casa. Desde la madrugada de aquel viernes 17 de abril, miles … de personas se lanzaron a las carreteras. El flujo de vehículos continuó durante las jornadas siguientes. Los maleteros y los techos de los coches estaban tan cargados que no cabía duda: volvían a sus hogares.
Aunque algunos se han quedado en sus casas, muchos han tenido que regresar a Beirut o a las ciudades donde se habían cobijado temporalmente, ya fuera con sus familias y amigos o en refugios.

Ashraf, un chií de Nabatiye, era uno de los que se alegraba de estar de vuelta en su casa. «Gracias a Dios, pudimos regresar. Gracias a Dios, solo hay daños menores, como algunas ventanas rotas, pero todo va bien. Espero que esta sea la última vez que pasemos por esta experiencia y que esta guerra sea la última», confía ilusionado.

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A orillas del Estrecho de Ormuz

Carlota Pérez

Leyla es, también, de Nabatiye y chií. «Doy gracias a Dios de que mi apartamento siga en pie. Tiene algunos daños, pero solo las ventanas tienen unos vidrios rotos», comenta con alegría. A pesar de eso, regresó a la capital libanesa. «Salí temprano por la mañana y volví sobre las ocho de la tarde. Pasé unas horas allí para comprobar que todo estaba bien. Y aproveché para recoger algunas cosas», relata. Como los combates continúan en los alrededores, Leyla ha preferido no quedarse, por si tenía que huir de nuevo. Con semblante serio, confiesa que «todavía se oyen explosiones». A continuación, añade desconsolada que «hay mucha destrucción en la ciudad. Solo en mi barrio, cinco edificios quedaron destruidos. Además, mucha gente que yo conocía ha muerto, en los combates o en los bombardeos». Leyla no deja de repetirse que «toda va a salir bien». No es la primera vez que ha pasado por una situación similar: «Fue duro, pero lo hice, volví y pienso volver otra vez. Toda va a salir bien. Reconstruiremos todo, como siempre hacemos».

«Salí temprano y volví por la tarde. Pasé unas horas allí para comprobar que todo estaba bien y recoger algunas cosas. Todavía se oyen explosiones»

Leyla
Chií de Nabatiye

 
Llamaremos a nuestro tercer entrevistado Alí, un nombre muy común entre los chiíes. Para evitar ponerlo en peligro, no mencionaremos tampoco el nombre de su pueblo, situado en el sur del Líbano. Alí nos muestra fotos, pero no quiere que se publiquen. Simplemente quiere que comprendamos la situación. Frente a dos fotos iniciales que muestran solo montones de piedras y hormigón, comenta: «Esta era la casa de mi padre, y allí, la de mi tío. Están completamente destruidas».
Nos enseña otras dos fotos: «Esta es mi casa. Los daños de los combates fueron mínimos, solo unas pocas ventanas rotas. Pero mi casa es inhabitable ahora mismo. Miren el estado en que se encuentra. Los milicianos de Hizbolá entraron rompiendo la puerta, se instalaron, dejaron todo el jaleo así antes de irse. Han buscado utilizar las casas de personas que no tienen ninguna relación con ellos. Destrozaron todo y se marcharon, dejando las puertas abiertas». Lo que no entiende Alí es cómo el Ejército israelí, «a tan sólo unos kilómetros, en el pueblo en frente de nosotros», no hizo nada. «Es increíble que no se dieran cuenta de que miembros de Hizbolá estaban ocupando mi casa. Si se hubieran percatado, la habrían arrasado como hicieron con las demás casas de la zona que estaban tomadas por la milicia», se lamenta.

Casas requisadas por Israel

Fátima, también chií, vive en el sur del Líbano, pero en una región diferente a la de Alí. Ella tampoco pudo regresar a su casa y tuvo que volver al refugio donde la acogen. En su caso, no fue la milicia libanesa quien requisó su casa, sino los israelíes.
Los drusos y cristianos que viven en el sur del Líbano se sienten completamente ajenos a esta guerra entre musulmanes y judíos, pero también son víctimas. Cerca de Khiam, que sufre frecuentes bombardeos, los vecino de la aldea mixta drusa-cristiana de Ebl el Saqi, han visto destruidas sus casas porque se encuentran atrapados en el fuego cruzado entre Hizbolá y las fuerzas israelíes. Como consecuencia, el municipio ha implementado un sistema de vigilancia. Un voluntario que controla el acceso a la aldea explica que «si una persona armada entra en nuestra aldea, pondrá en peligro a todos, ya que será detectada por los drones que sobrevuelan la zona».

Los drusos y cristianos que viven en el sur del Líbano se sienten completamente ajenos a esta guerra musulmanes y judíos, pero también son víctimas

Más al sur, en las aldeas cristianas fronterizas, la situación es aún más crítica. Y es que sus habitantes no pueden cruzar la línea amarilla impuesta por los israelíes, que prohíbe a cualquier persona entrar en la zona o salir de ella. Los habitantes de pueblos como Ain Ebel, Debl y Rmeich, por ejemplo, se encuentran ahora completamente aislados. Pero no quieren abandonar su tierra. Maroun, originario de Ain Ebel, está en Beirut por motivos laborales. Desesperado, se queja de que «ya no puedo ir a mi pueblo. ¡Y nadie puede irse de allí! Es insoportable… ¡pero no tenemos otra opción! Solo esperamos que esta pesadilla termine pronto».

Publicado: abril 26, 2026, 8:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/ruinas-miedo-regreso-imposible-sur-libano-20260423015048-nt.html

Tan pronto como se anunció el alto el fuego entre Líbano e Israel, prolongado tres semanas, muchos de los desplazados del sur del país que habían huido a Beirut empezaron a regresar a casa. Desde la madrugada de aquel viernes 17 de abril, miles de personas se lanzaron a las carreteras. El flujo de vehículos continuó durante las jornadas siguientes. Los maleteros y los techos de los coches estaban tan cargados que no cabía duda: volvían a sus hogares.

Aunque algunos se han quedado en sus casas, muchos han tenido que regresar a Beirut o a las ciudades donde se habían cobijado temporalmente, ya fuera con sus familias y amigos o en refugios.

Ashraf, un chií de Nabatiye, era uno de los que se alegraba de estar de vuelta en su casa. «Gracias a Dios, pudimos regresar. Gracias a Dios, solo hay daños menores, como algunas ventanas rotas, pero todo va bien. Espero que esta sea la última vez que pasemos por esta experiencia y que esta guerra sea la última», confía ilusionado.

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  • A orillas del Estrecho de Ormuz


    Carlota Pérez

Leyla es, también, de Nabatiye y chií. «Doy gracias a Dios de que mi apartamento siga en pie. Tiene algunos daños, pero solo las ventanas tienen unos vidrios rotos», comenta con alegría. A pesar de eso, regresó a la capital libanesa. «Salí temprano por la mañana y volví sobre las ocho de la tarde. Pasé unas horas allí para comprobar que todo estaba bien. Y aproveché para recoger algunas cosas», relata. Como los combates continúan en los alrededores, Leyla ha preferido no quedarse, por si tenía que huir de nuevo. Con semblante serio, confiesa que «todavía se oyen explosiones». A continuación, añade desconsolada que «hay mucha destrucción en la ciudad. Solo en mi barrio, cinco edificios quedaron destruidos. Además, mucha gente que yo conocía ha muerto, en los combates o en los bombardeos». Leyla no deja de repetirse que «toda va a salir bien». No es la primera vez que ha pasado por una situación similar: «Fue duro, pero lo hice, volví y pienso volver otra vez. Toda va a salir bien. Reconstruiremos todo, como siempre hacemos».

«Salí temprano y volví por la tarde. Pasé unas horas allí para comprobar que todo estaba bien y recoger algunas cosas. Todavía se oyen explosiones»

Leyla

Chií de Nabatiye

 

Llamaremos a nuestro tercer entrevistado Alí, un nombre muy común entre los chiíes. Para evitar ponerlo en peligro, no mencionaremos tampoco el nombre de su pueblo, situado en el sur del Líbano. Alí nos muestra fotos, pero no quiere que se publiquen. Simplemente quiere que comprendamos la situación. Frente a dos fotos iniciales que muestran solo montones de piedras y hormigón, comenta: «Esta era la casa de mi padre, y allí, la de mi tío. Están completamente destruidas».

Nos enseña otras dos fotos: «Esta es mi casa. Los daños de los combates fueron mínimos, solo unas pocas ventanas rotas. Pero mi casa es inhabitable ahora mismo. Miren el estado en que se encuentra. Los milicianos de Hizbolá entraron rompiendo la puerta, se instalaron, dejaron todo el jaleo así antes de irse. Han buscado utilizar las casas de personas que no tienen ninguna relación con ellos. Destrozaron todo y se marcharon, dejando las puertas abiertas». Lo que no entiende Alí es cómo el Ejército israelí, «a tan sólo unos kilómetros, en el pueblo en frente de nosotros», no hizo nada. «Es increíble que no se dieran cuenta de que miembros de Hizbolá estaban ocupando mi casa. Si se hubieran percatado, la habrían arrasado como hicieron con las demás casas de la zona que estaban tomadas por la milicia», se lamenta.

Casas requisadas por Israel

Fátima, también chií, vive en el sur del Líbano, pero en una región diferente a la de Alí. Ella tampoco pudo regresar a su casa y tuvo que volver al refugio donde la acogen. En su caso, no fue la milicia libanesa quien requisó su casa, sino los israelíes.

Los drusos y cristianos que viven en el sur del Líbano se sienten completamente ajenos a esta guerra entre musulmanes y judíos, pero también son víctimas. Cerca de Khiam, que sufre frecuentes bombardeos, los vecino de la aldea mixta drusa-cristiana de Ebl el Saqi, han visto destruidas sus casas porque se encuentran atrapados en el fuego cruzado entre Hizbolá y las fuerzas israelíes. Como consecuencia, el municipio ha implementado un sistema de vigilancia. Un voluntario que controla el acceso a la aldea explica que «si una persona armada entra en nuestra aldea, pondrá en peligro a todos, ya que será detectada por los drones que sobrevuelan la zona».

Los drusos y cristianos que viven en el sur del Líbano se sienten completamente ajenos a esta guerra musulmanes y judíos, pero también son víctimas

Más al sur, en las aldeas cristianas fronterizas, la situación es aún más crítica. Y es que sus habitantes no pueden cruzar la línea amarilla impuesta por los israelíes, que prohíbe a cualquier persona entrar en la zona o salir de ella. Los habitantes de pueblos como Ain Ebel, Debl y Rmeich, por ejemplo, se encuentran ahora completamente aislados. Pero no quieren abandonar su tierra. Maroun, originario de Ain Ebel, está en Beirut por motivos laborales. Desesperado, se queja de que «ya no puedo ir a mi pueblo. ¡Y nadie puede irse de allí! Es insoportable… ¡pero no tenemos otra opción! Solo esperamos que esta pesadilla termine pronto».

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