El triste epílogo de las Naciones Unidas - Colombia
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El triste epílogo de las Naciones Unidas

La humanidad no se merece lo que está ocurriendo estos días en Nueva York. Duele ver como en la Asamblea General de la ONU, el teórico templo de la paz, rugen los príncipes guerreros, como leones hambrientos de poder, prometiendo aniquilación y muerte. Duele casi lo mismo escuchar a políticos pusilánimes defendiendo la concordia… pero a la manera de las ovejas, sin querer pagar el precio económico ni el desgaste político de la única alternativa acorde con la realidad de nuestra naturaleza: enseñar los dientes para hacerse respetar.No es una buena mezcla, la de los leones y las ovejas. No se puede esperar nada bueno de ella y, aunque simpaticemos más con los que sueñan con la paz que con quienes nos amenazan con la guerra, unos y otros traicionan el espíritu de la carta que los pueblos de la Tierra, “resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestras vidas causaron a la humanidad sufrimientos indecibles”, recibieron con toda su ilusión hace ocho décadas.No se deje engañar el lector: la Carta de la ONU, que la mayoría solo conocemos de oídas, no se redactó para pedir la paz, sino para imponerla. Tenía un mecanismo, el Consejo de Seguridad, concebido expresamente para meter en cintura a los revoltosos. La única ingenuidad que cabe identificar en su texto es la de haber nombrado paladines de este Consejo a cinco rufianes, sin crear un mecanismo —que, por otra parte, nunca habría sido aceptado por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial— para equilibrar su derecho de veto. Esa ingenuidad, entonces insoslayable, es la que ha terminado derribando el edificio. Es triste, en verdad, y los historiadores del futuro nos pasarán factura, pero el problema no se resolverá cayendo en una ingenuidad todavía mayor: la de que en el patio de Monipodio de la comunidad internacional, donde medran los discípulos de Maquiavelo, basta con pedir las cosas por favor.No podemos exigir lealtad a quienes nos atrevemos a chantajear»Para la España de hoy, amenazada por los sueños del Gran Marruecos que alimenta el Gobierno de nuestro vecino del sur para tapar sus propios fracasos, la irrelevancia de la ONU es una pésima noticia. Naciones Unidas había fallado en nuestro favor en la reclamación de Ceuta y Melilla por el reino Alauí. Si desaparece su autoridad —o, más bien, porque ya ha desaparecido su autoridad— las ciudades autónomas españolas perderán el derecho de serlo y pertenecerán en el futuro al más fuerte o al más osado. Hoy, créame el lector, nosotros somos los más fuertes; pero habrá que cuidar de seguir siéndolo en el futuro, y eso exige inversiones en defensa —algún otro día hablaremos de ello— y, en un mundo interconectado, aliados en el exterior.¿He dicho aliados en el exterior? ¡Que ingenuidad la mía! Primero habrá que tener una política exterior, una política de Estado acorde con nuestro lugar en el mundo, que tendría que estar consensuada entre los partidos con vocación de gobernar. Una política exterior que tendría que entender mejor lo que significa el compromiso, siempre recíproco, con nuestros aliados: no podemos exigir lealtad a quienes nos atrevemos a chantajear. Una política exterior, en fin, que no se subordine a objetivos domésticos y que se mantenga libre de contradicciones. Porque… ¿hay algo, más allá de la defensa de un relato dirigido a los votantes españoles, que justifique que nuestro presidente afirme en la ONU que se siente atacado por fuerzas reaccionarias frente a las cuales tiene como leal aliado nada menos que al progresista reino de Marruecos?

Publicado: septiembre 26, 2026, 2:45 am

La fuente de la noticia es https://www.20minutos.es/internacional/triste-epilogo-las-naciones-unidas-opinion-juan-rodriguez-garat_7041391_3.html

La humanidad no se merece lo que está ocurriendo estos días en Nueva York. Duele ver como en la Asamblea General de la ONU, el teórico templo de la paz, rugen los príncipes guerreros, como leones hambrientos de poder, prometiendo aniquilación y muerte. Duele casi lo mismo escuchar a políticos pusilánimes defendiendo la concordia… pero a la manera de las ovejas, sin querer pagar el precio económico ni el desgaste político de la única alternativa acorde con la realidad de nuestra naturaleza: enseñar los dientes para hacerse respetar.

No es una buena mezcla, la de los leones y las ovejas. No se puede esperar nada bueno de ella y, aunque simpaticemos más con los que sueñan con la paz que con quienes nos amenazan con la guerra, unos y otros traicionan el espíritu de la carta que los pueblos de la Tierra, “resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestras vidas causaron a la humanidad sufrimientos indecibles”, recibieron con toda su ilusión hace ocho décadas.

No se deje engañar el lector: la Carta de la ONU, que la mayoría solo conocemos de oídas, no se redactó para pedir la paz, sino para imponerla. Tenía un mecanismo, el Consejo de Seguridad, concebido expresamente para meter en cintura a los revoltosos. La única ingenuidad que cabe identificar en su texto es la de haber nombrado paladines de este Consejo a cinco rufianes, sin crear un mecanismo —que, por otra parte, nunca habría sido aceptado por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial— para equilibrar su derecho de veto. Esa ingenuidad, entonces insoslayable, es la que ha terminado derribando el edificio. Es triste, en verdad, y los historiadores del futuro nos pasarán factura, pero el problema no se resolverá cayendo en una ingenuidad todavía mayor: la de que en el patio de Monipodio de la comunidad internacional, donde medran los discípulos de Maquiavelo, basta con pedir las cosas por favor.

No podemos exigir lealtad a quienes nos atrevemos a chantajear»

Para la España de hoy, amenazada por los sueños del Gran Marruecos que alimenta el Gobierno de nuestro vecino del sur para tapar sus propios fracasos, la irrelevancia de la ONU es una pésima noticia. Naciones Unidas había fallado en nuestro favor en la reclamación de Ceuta y Melilla por el reino Alauí. Si desaparece su autoridad —o, más bien, porque ya ha desaparecido su autoridad— las ciudades autónomas españolas perderán el derecho de serlo y pertenecerán en el futuro al más fuerte o al más osado. Hoy, créame el lector, nosotros somos los más fuertes; pero habrá que cuidar de seguir siéndolo en el futuro, y eso exige inversiones en defensa —algún otro día hablaremos de ello— y, en un mundo interconectado, aliados en el exterior.

¿He dicho aliados en el exterior? ¡Que ingenuidad la mía! Primero habrá que tener una política exterior, una política de Estado acorde con nuestro lugar en el mundo, que tendría que estar consensuada entre los partidos con vocación de gobernar. Una política exterior que tendría que entender mejor lo que significa el compromiso, siempre recíproco, con nuestros aliados: no podemos exigir lealtad a quienes nos atrevemos a chantajear. Una política exterior, en fin, que no se subordine a objetivos domésticos y que se mantenga libre de contradicciones. Porque… ¿hay algo, más allá de la defensa de un relato dirigido a los votantes españoles, que justifique que nuestro presidente afirme en la ONU que se siente atacado por fuerzas reaccionarias frente a las cuales tiene como leal aliado nada menos que al progresista reino de Marruecos?

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