Publicado: enero 4, 2026, 1:45 am
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Hace justo cinco años, Donald Trump alentaba a que sus seguidores más exaltados asaltaran al Capitolio en Washington al no aceptar el resultado de unas elecciones presidenciales que claramente había perdido. Aquel golpe frustrado, pero electoralmente respaldado con un segundo mandato, ha terminado por hacer … irreconocible a la democracia de Estados Unidos. Un año después de que Trump plantease una democracia sin reglas, Vladímir Putin procedió a la invasión de Ucrania.
En este lustro dominado por la incertidumbre y el resentimiento hemos asistido a la vertiginosa transformación del sistema internacional construido a partir de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. Un sistema imperfecto basado en el multilateralismo, las reglas, la diplomacia y la cooperación. Un sistema que ha permitido un periodo de paz y prosperidad sin precedentes pero que no ha sido capaz de superar ni la contagiosa crisis que sufren las democracias occidentales ni tampoco el auge de las autocracias que se creen civilizaciones con toda clase de cuentas históricas que saldar.
Esta peligrosa transformación del sistema internacional habría llegado a su punto culminante durante este fin de semana con el asalto al régimen de Venezuela. Entre Kiev y Caracas, con Taiwán en el horizonte, emerge un nuevo orden donde solamente impera la ley del más fuerte. El mundo ha terminado por convertirse en un pastel a repartir entre grandes potencias más que dispuestas a hacer todo lo que les da la gana en sus respectivas zonas de influencia.
La terrible ironía es que las reglas existen: la Carta de Naciones Unidas, la Declaración Universal de Derechos Humanos, la Convención para la prevención y sanción del genocidio y los Convenios de Ginebra para proteger a las víctimas de los conflictos armados. El gran problema es que cuando esas reglas solamente se aplican a los pequeños y no son respetadas por los grandes, es como si no existieran.
Sistema internacional
Entre Kiev y Caracas emerge un nuevo orden solamente donde impera la ley del más fuerte
Pese a presumir tanto del ensimismamiento del America First, la Administración Trump está demostrando un intervencionismo como no se había visto en Washington desde hace muchas décadas. Una cosa es no querer seguir leyendo la cartilla a los sátrapas del mundo, y de paso aceptar sus regalitos. Y otra cosa es perder por completo el respeto a las fronteras y soberanía de sus vecinos. Los primeros doce meses del segundo mandato de Trump están siendo un constante y creciente troleo internacional, sobre todo en el continente americano. Desde Groenlandia hasta Argentina y Brasil, pasando por Canadá, Panamá, México, Honduras, El Salvador, Colombia y, por supuesto, Venezuela.
En esta sobredosis de injerencia, el presidente Trump ha encontrado un enemigo especialmente útil en el régimen de Maduro. A la dictadura de Caracas se le puede acusar de todo. Hasta de instigar las «zonas de guerra» urbanas de Estados Unidos, que sirven de excusa a más que cuestionables despliegues militares ordenados por la Casa Blanca desde Los Ángeles a Chicago. En su búsqueda de una «guerrita esplendida» y de materializar las acciones temerarias que definen a los hombres fuertes, Trump ha encontrado en el Caribe el escenario perfecto. No importa que ni un gramo de fentanilo venga de Venezuela.
Democracias en peligro
Las autocracias, cada vez más fuertes y unidas, se presentan como el futuro
Dentro de esta sintonía de mentiras, abusos del derecho internacional y complicidades entre la Casa Blanca y el Kremlin, Putin apunta a Europa, que es la parte que le corresponde en el reparto en curso de Occidente entre Estados Unidos y Rusia. El Kremlin sabe muy bien quiénes son los únicos dispuestos a respaldar a Ucrania en una guerra que si fuera por el presidente Trump hubiera terminado hace mucho tiempo de la manera más vergonzosa y peligrosa posible.
Rusia, a su vez, mantiene una alianza «sin límites» con China. La exhibición diplomática, económica y militar realizada por Xi Jinping el pasado septiembre con su desfile de la victoria en Pekín también sirve como ilustración de ese nuevo orden internacional marcado por extrañas complicidades. Un orden en el que las autocracias, cada vez más fuertes y unidas, se presentan como el futuro y las democracias, con todos sus valores y libertades, quedan encasilladas como parte de un pasado tan decadente como caduco. El propio Donald Trump, en su cruzada contra la democracia de Estados Unidos, ha coreado este mensaje preguntándose si sus votantes lo que realmente quieren es sumarse a la moda de las dictaduras imperialistas.
Aunque lideran naciones muy diferentes, Donald Trump, Xi Jinping y Vladímir Putin tienen algo tan inquietante como trascendental en común: amoldar sus respectivos sistemas políticos y económicos a su voluntad. El resultado no es otro que un mundo mucho más peligroso.
