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Dentro del búnker de la Casa Blanca: así se gestó la derrota electoral de Trump

El lugar elegido para cerrar la campaña electoral resultaba cuanto menos llamativo. Donald Trump apareció el lunes, víspera de las elecciones legislativas, junto al estanque reflectante del monumento a Lincoln, en Washington. No estaba allí para hablar de candidatos republicanos, ni del precio de … la gasolina, ni de la inflación que seguía castigando a los hogares estadounidenses. Quería enseñar las obras de restauración del estanque, explicar las mejoras introducidas y bromear con la posibilidad de ponerle su propio nombre. Era una escena que resumía algunas de las contradicciones que habían plagado su segundo mandato. Mientras millones de estadounidenses se quejaban del coste de la vida, el presidente llevaba meses hablando de decoraciones doradas, reformas de la Casa Blanca y la construcción de su gigantesco salón de baile.
La disonancia era evidente. Trump había regresado al poder prometiendo prosperidad, precios bajos, el fin de las guerras interminables. Ahora llegaba a las elecciones con la gasolina disparada de precio, una guerra contra Irán que se había prolongado mucho más de lo previsto y una popularidad que había caído hasta niveles alarmantes. Aquella última aparición ante el monumento a Lincoln no fue la causa de la derrota, pero sí una representación de la distancia que se había abierto entre las prioridades del presidente y los problemas de los electores.

Al día siguiente, los republicanos perdieron el control de ambas Cámaras del Congreso. Los demócratas conquistaron escaños en estados que llevaban décadas sin elegir senadores de ese partido. En el haber de Trump está que los demócratas hayan ganado, algo insólito, en Kansas, Iowa, Carolina del Norte y Carolina del Sur. Ni los cientos de millones de dólares invertidos en publicidad ni la movilización personal del presidente consiguieron detener el avance de la oposición. La magnitud del resultado superó incluso las previsiones más pesimistas.

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Javier Ansorena

La verdad es que el desastre llevaba meses anunciándose dentro de la propia Casa Blanca. A finales del año pasado, J. D. Vance, vicepresidente, y Susie Wiles, jefa de gabinete, habían organizado reuniones con encuestadores y asesores externos para estudiar el deterioro de la popularidad presidencial. Los análisis detectaban una pérdida de apoyo entre algunos de los grupos que habían resultado decisivos para la victoria de 2024, especialmente jóvenes, trabajadores e hispanos. Durante aquel almuerzo, el presidente pareció más interesado en hablar de golf que de cómo recuperar a los votantes de clase trabajadora. Trump volaba alto, estaba a punto de detener a Maduro, y aquello eran problemas en apariencia menores.

A finales del año pasado, los analistas detectaron el deterioro de la popularidad presidencial entre grupos antes fieles como jóvenes, trabajadores e hispanos

Pero el problema estaba creciendo ya. Los aranceles impuestos el año pasado habían encarecido productos y perjudicado a agricultores y empresas de estados republicanos. Trump defendía aquella política tan suya como una herramienta para reconstruir la industria estadounidense, pero sus explicaciones no siempre ayudaban. En una reunión de gabinete, ante las cámaras, llegó a sugerir que los niños podían conformarse con dos muñecas de regalo o dos bolígrafos en la escuela en lugar de treinta. Sus adversarios aprovecharon esas declaraciones para presentar a un presidente poco sensible ante las dificultades de las familias.

El golpe decisivo

La política migratoria abrió otra grieta. Las operaciones de deportación masiva, impulsadas por su asesor Stephen Miller, provocaron una creciente ira después de que agentes federales mataran a dos estadounidenses en Mineápolis en enero. Wiles había intentado moderar algunas de las medidas más duras. Las encuestas internas comenzaron a mostrar un deterioro del respaldo a una política que hasta entonces había sido uno de los principales activos electorales de Trump. En septiembre, el presidente llegó a ver un anuncio de la congresista republicana María Elvira Salazar en el que advertía de que los hispanos que lo habían apoyado se sentían traicionados. Le recomendaron que no respondiera. Aguantó unos días, pero terminó atacándola públicamente.

La política migratoria abrió otra grieta por la crueldad de las deportaciones y, sobre todo, después de que agentes federales mataran a dos activistas en Mineápolis en enero

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El golpe decisivo llegó el 28 de febrero, cuando Trump ordenó iniciar los ataques contra Irán junto a Israel. La operación, presentada inicialmente como una campaña de duración limitada, desencadenó un conflicto colosal que se extendió durante meses. El cierre del estrecho de Ormuz disparó los precios del petróleo, la gasolina y los fertilizantes. Los estadounidenses que habían votado por un presidente contrario a nuevas intervenciones militares se encontraron con otra guerra en Oriente Próximo y con facturas más elevadas.
Los asesores políticos conocían el problema y se veían incapaces de que este hiciera reaccionar a Trump. James Blair, responsable de la estrategia electoral republicana, distribuyó durante el verano gráficos que relacionaban directamente la evolución de la guerra con las expectativas del partido. Los sondeos mejoraban durante las negociaciones de paz y empeoraban cuando se reanudaban los combates. Un informe advertía de que conservar la Cámara de Representantes exigía un alto el fuego prolongado, la reapertura de Ormuz y una reducción de los precios de la gasolina.

El golpe decisivo llegó el 28 de febrero, cuando Trump ordenó iniciar los ataques contra Irán junto a Israel, una guerra que se ha prolongado hasta hoy y disparado el precio de los combustibles

En julio, los demócratas ya disfrutaban de una ventaja de diez puntos en intención de voto legislativo. Trump fue informado, pero no dio su brazo a torcer. Su preocupación era construir un helipuerto en la Casa Blanca y acabar de pintar de azul el estanque reflectante.

Apoyo a los candidatos erróneos

A los errores de gobierno se sumaron las decisiones electorales del propio presidente. Iba deshaciéndose de candidatos republicanos a los que percibía como poco entusiastas con él. En Texas, los dirigentes republicanos habían intentado convencerlo de que respaldara al veterano senador John Cornyn frente al fiscal general Ken Paxton. Consideraban que Cornyn ofrecía mayores garantías para conservar un escaño que parecía seguro. Trump desoyó sus recomendaciones y terminó apoyando a Paxton, un candidato hundido en mil controversias. Los republicanos tuvieron que invertir cerca de 300 millones de dólares (267 millones de euros) en defender a Paxton, quien acabó perdiendo frente al demócrata James Talarico por doce puntos.
No fue un caso aislado. En Carolina del Norte, Trump impulsó a Michael Whatley, quien perdió frente al exgobernador Roy Cooper. En Carolina del Sur respaldó a Darline Graham, hermana del fallecido senador Lindsey Graham, pese a las dudas sobre su experiencia y capacidad para recaudar fondos. También había contribuido a la retirada de senadores republicanos como Joni Ernst y Thom Tillis, cuyos escaños quedaron expuestos a la ofensiva demócrata.
Conscientes de lo que le gustaban a Trump los mítines, sus asesores le organizaron una convención extraordinaria en Dallas, celebraron treinta visitas a veinte estados durante las últimas semanas de la campaña y destinaron cientos de millones de dólares a movilizar a sus seguidores. Trump llegó a anunciar, sin consultar previamente con algunos de sus principales asesores, una propuesta de entregar 5.000 dólares (4.450 euros) a cada adulto estadounidense si los republicanos ganaban. Los sondeos posteriores no mostraron que aquella promesa alterara sustancialmente las preferencias electorales. Es más creaba recelos de un intento descarado de compra de votos.

Pesimismo entre los estrategas

Seis días antes de las elecciones, más de veinte estrategas republicanos participaron en una videoconferencia privada cuyo ambiente reflejaba el pesimismo que se había instalado en la campaña. Según ha revelado el diario ‘The New York Times’, los participantes hablaron irónicamente de pedir indultos presidenciales o buscar asilo en Israel, ante lo que se antojaba una derrota colosal.
El propio Trump parecía consciente del riesgo. Antes de que cerraran las urnas llegó a preguntar qué habría ocurrido electoralmente si Estados Unidos no hubiera entrado en guerra con Irán. Sin embargo, en público insistió hasta el final en que los ciudadanos debían comportarse como si él mismo figurara en las papeletas: era un referendo. Después de la derrota, recurrió al argumento contrario: él no era candidato y los republicanos no habían conseguido movilizar a sus votantes.
La paradoja es que toda la campaña se había construido alrededor de él y su figura. Los dirigentes republicanos confiaron en que el entusiasmo que Trump despertaba entre sus seguidores bastaría para superar el desgaste del Gobierno. Pero los electores terminaron juzgando precisamente aquello que el presidente había colocado en el centro: su gestión económica, la guerra, las deportaciones y, sobre todo, sus decisiones personales.

Publicado: noviembre 5, 2026, 1:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/dentro-bunker-casa-blanca-gesto-derrota-electoral-20261104192408-nt.html

El lugar elegido para cerrar la campaña electoral resultaba cuanto menos llamativo. Donald Trump apareció el lunes, víspera de las elecciones legislativas, junto al estanque reflectante del monumento a Lincoln, en Washington. No estaba allí para hablar de candidatos republicanos, ni del precio de … la gasolina, ni de la inflación que seguía castigando a los hogares estadounidenses. Quería enseñar las obras de restauración del estanque, explicar las mejoras introducidas y bromear con la posibilidad de ponerle su propio nombre. Era una escena que resumía algunas de las contradicciones que habían plagado su segundo mandato. Mientras millones de estadounidenses se quejaban del coste de la vida, el presidente llevaba meses hablando de decoraciones doradas, reformas de la Casa Blanca y la construcción de su gigantesco salón de baile.

La disonancia era evidente. Trump había regresado al poder prometiendo prosperidad, precios bajos, el fin de las guerras interminables. Ahora llegaba a las elecciones con la gasolina disparada de precio, una guerra contra Irán que se había prolongado mucho más de lo previsto y una popularidad que había caído hasta niveles alarmantes. Aquella última aparición ante el monumento a Lincoln no fue la causa de la derrota, pero sí una representación de la distancia que se había abierto entre las prioridades del presidente y los problemas de los electores.

Al día siguiente, los republicanos perdieron el control de ambas Cámaras del Congreso. Los demócratas conquistaron escaños en estados que llevaban décadas sin elegir senadores de ese partido. En el haber de Trump está que los demócratas hayan ganado, algo insólito, en Kansas, Iowa, Carolina del Norte y Carolina del Sur. Ni los cientos de millones de dólares invertidos en publicidad ni la movilización personal del presidente consiguieron detener el avance de la oposición. La magnitud del resultado superó incluso las previsiones más pesimistas.

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  • Javier Ansorena

La verdad es que el desastre llevaba meses anunciándose dentro de la propia Casa Blanca. A finales del año pasado, J. D. Vance, vicepresidente, y Susie Wiles, jefa de gabinete, habían organizado reuniones con encuestadores y asesores externos para estudiar el deterioro de la popularidad presidencial. Los análisis detectaban una pérdida de apoyo entre algunos de los grupos que habían resultado decisivos para la victoria de 2024, especialmente jóvenes, trabajadores e hispanos. Durante aquel almuerzo, el presidente pareció más interesado en hablar de golf que de cómo recuperar a los votantes de clase trabajadora. Trump volaba alto, estaba a punto de detener a Maduro, y aquello eran problemas en apariencia menores.

A finales del año pasado, los analistas detectaron el deterioro de la popularidad presidencial entre grupos antes fieles como jóvenes, trabajadores e hispanos

Pero el problema estaba creciendo ya. Los aranceles impuestos el año pasado habían encarecido productos y perjudicado a agricultores y empresas de estados republicanos. Trump defendía aquella política tan suya como una herramienta para reconstruir la industria estadounidense, pero sus explicaciones no siempre ayudaban. En una reunión de gabinete, ante las cámaras, llegó a sugerir que los niños podían conformarse con dos muñecas de regalo o dos bolígrafos en la escuela en lugar de treinta. Sus adversarios aprovecharon esas declaraciones para presentar a un presidente poco sensible ante las dificultades de las familias.

El golpe decisivo

La política migratoria abrió otra grieta. Las operaciones de deportación masiva, impulsadas por su asesor Stephen Miller, provocaron una creciente ira después de que agentes federales mataran a dos estadounidenses en Mineápolis en enero. Wiles había intentado moderar algunas de las medidas más duras. Las encuestas internas comenzaron a mostrar un deterioro del respaldo a una política que hasta entonces había sido uno de los principales activos electorales de Trump. En septiembre, el presidente llegó a ver un anuncio de la congresista republicana María Elvira Salazar en el que advertía de que los hispanos que lo habían apoyado se sentían traicionados. Le recomendaron que no respondiera. Aguantó unos días, pero terminó atacándola públicamente.

La política migratoria abrió otra grieta por la crueldad de las deportaciones y, sobre todo, después de que agentes federales mataran a dos activistas en Mineápolis en enero

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El golpe decisivo llegó el 28 de febrero, cuando Trump ordenó iniciar los ataques contra Irán junto a Israel. La operación, presentada inicialmente como una campaña de duración limitada, desencadenó un conflicto colosal que se extendió durante meses. El cierre del estrecho de Ormuz disparó los precios del petróleo, la gasolina y los fertilizantes. Los estadounidenses que habían votado por un presidente contrario a nuevas intervenciones militares se encontraron con otra guerra en Oriente Próximo y con facturas más elevadas.

Los asesores políticos conocían el problema y se veían incapaces de que este hiciera reaccionar a Trump. James Blair, responsable de la estrategia electoral republicana, distribuyó durante el verano gráficos que relacionaban directamente la evolución de la guerra con las expectativas del partido. Los sondeos mejoraban durante las negociaciones de paz y empeoraban cuando se reanudaban los combates. Un informe advertía de que conservar la Cámara de Representantes exigía un alto el fuego prolongado, la reapertura de Ormuz y una reducción de los precios de la gasolina.

El golpe decisivo llegó el 28 de febrero, cuando Trump ordenó iniciar los ataques contra Irán junto a Israel, una guerra que se ha prolongado hasta hoy y disparado el precio de los combustibles

En julio, los demócratas ya disfrutaban de una ventaja de diez puntos en intención de voto legislativo. Trump fue informado, pero no dio su brazo a torcer. Su preocupación era construir un helipuerto en la Casa Blanca y acabar de pintar de azul el estanque reflectante.

Apoyo a los candidatos erróneos

A los errores de gobierno se sumaron las decisiones electorales del propio presidente. Iba deshaciéndose de candidatos republicanos a los que percibía como poco entusiastas con él. En Texas, los dirigentes republicanos habían intentado convencerlo de que respaldara al veterano senador John Cornyn frente al fiscal general Ken Paxton. Consideraban que Cornyn ofrecía mayores garantías para conservar un escaño que parecía seguro. Trump desoyó sus recomendaciones y terminó apoyando a Paxton, un candidato hundido en mil controversias. Los republicanos tuvieron que invertir cerca de 300 millones de dólares (267 millones de euros) en defender a Paxton, quien acabó perdiendo frente al demócrata James Talarico por doce puntos.

No fue un caso aislado. En Carolina del Norte, Trump impulsó a Michael Whatley, quien perdió frente al exgobernador Roy Cooper. En Carolina del Sur respaldó a Darline Graham, hermana del fallecido senador Lindsey Graham, pese a las dudas sobre su experiencia y capacidad para recaudar fondos. También había contribuido a la retirada de senadores republicanos como Joni Ernst y Thom Tillis, cuyos escaños quedaron expuestos a la ofensiva demócrata.

Conscientes de lo que le gustaban a Trump los mítines, sus asesores le organizaron una convención extraordinaria en Dallas, celebraron treinta visitas a veinte estados durante las últimas semanas de la campaña y destinaron cientos de millones de dólares a movilizar a sus seguidores. Trump llegó a anunciar, sin consultar previamente con algunos de sus principales asesores, una propuesta de entregar 5.000 dólares (4.450 euros) a cada adulto estadounidense si los republicanos ganaban. Los sondeos posteriores no mostraron que aquella promesa alterara sustancialmente las preferencias electorales. Es más creaba recelos de un intento descarado de compra de votos.

Pesimismo entre los estrategas

Seis días antes de las elecciones, más de veinte estrategas republicanos participaron en una videoconferencia privada cuyo ambiente reflejaba el pesimismo que se había instalado en la campaña. Según ha revelado el diario ‘The New York Times’, los participantes hablaron irónicamente de pedir indultos presidenciales o buscar asilo en Israel, ante lo que se antojaba una derrota colosal.

El propio Trump parecía consciente del riesgo. Antes de que cerraran las urnas llegó a preguntar qué habría ocurrido electoralmente si Estados Unidos no hubiera entrado en guerra con Irán. Sin embargo, en público insistió hasta el final en que los ciudadanos debían comportarse como si él mismo figurara en las papeletas: era un referendo. Después de la derrota, recurrió al argumento contrario: él no era candidato y los republicanos no habían conseguido movilizar a sus votantes.

La paradoja es que toda la campaña se había construido alrededor de él y su figura. Los dirigentes republicanos confiaron en que el entusiasmo que Trump despertaba entre sus seguidores bastaría para superar el desgaste del Gobierno. Pero los electores terminaron juzgando precisamente aquello que el presidente había colocado en el centro: su gestión económica, la guerra, las deportaciones y, sobre todo, sus decisiones personales.

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