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De la Argentina de Videla a la Venezuela chavista: la historia de un argentino y una venezolana marcados por dictaduras y exilios

«Uno busca, lleno de esperanzas, el camino que los sueños prometieron a sus ansias…», dice la letra del mítico tango ‘Uno’. Antes de comenzar la conversación, Raúl Quiroga, un argentino con marcado acento venezolano, me pide escuchar la canción en su teléfono móvil. El … frío templado del final del invierno nos hiela los huesos en el barrio porteño de Recoleta, una de las zonas más elegantes de Buenos Aires.
Mercedes, su mujer, pide café a un mozo con buen sentido del humor. Impaciente, ella quiere que la canción termine pronto para empezar a hablar. Raúl, en cambio, permanece sereno. Va al pie de la letra, susurrando cada verso: «Sabe que la lucha es cruel y es mucha, pero uno lucha y se desangra por la fe que lo empecina…». Inmediatamente entiendo que la melodía es el preludio de una vida atravesada por persecuciones, torturas, represión y doble exilio.

Raúl me traslada a 1977. Con apenas 28 años, ya conocía de cerca el zarpazo cruento del terrorismo de Estado impuesto tras el golpe militar de 1976 comandado por Jorge Rafael Videla. Huyó del horror con la ayuda de un sacerdote. Su primera esposa lo siguió junto a su hija de tres años y un bebé en el vientre que nacería en el destierro. «Yo estaba feliz de salir de Argentina porque había mucho peligro. Tenía una orden de captura», cuenta hoy Raúl, a sus 76 años.

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David Alandete

Nació en San Juan, una ciudad al pie de la cordillera de los Andes. Allí, mientras estudiaba Medicina a comienzos de los años setenta, presenció las violentas revueltas estudiantiles y obreras que sacudían al país bajo la dictadura militar de entonces. «Tenía 22 años cuando caí preso sin causa, pero a la orden del Poder Ejecutivo». Ahí supo el significado de ser preso político, el aislamiento y los tormentos del calabozo.
Eran tiempos difíciles en los que el movimiento peronista y sus vertientes armadas convulsionaban el país. En medio de aquellos enfrentamientos, el hermano de Raúl fue asesinado, dejando huérfano a un hijo pequeño. Al intentar poner a salvo a su sobrino, Raúl fue descubierto y detenido por segunda vez, sumergiéndose de nuevo en las torturas. Su hermano militaba en Montoneros, la guerrilla de izquierda vinculada al peronismo.

Venezuela, el paraíso

Nuestra charla se interrumpe por una ráfaga de viento helado que corta la piel. Cubiertos de pies a cabeza, la edad le exige a Raúl y Mercedes resguardarse. Mercedes busca un rincón que nos dé cobijo dentro de la cafetería. Juraría que el viento intenta sofocar el relato, pero la memoria de este sanjuanino se resiste.

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La vida bajo la junta militar era insostenible. Con una familia a cuestas, Raúl buscó la manera de cruzar la frontera. Las estimaciones calculan que entre 250.000 y 500.000 personas huyeron de Argentina en aquellos años oscuros, la mayoría de forma irregular. Huir era, para muchos, la única garantía de supervivencia.
Escaparon por Brasil. Las cataratas del Iguazú fueron testigos de su travesía, pero el gigante sudamericano fue solo un trampolín para alcanzar Venezuela tres meses después. «Cuando toqué suelo venezolano en 1977 me sentí en libertad. Inmediatamente me dije: ‘Llegué al paraíso’».

Argentina 41 años después

«Pero Dios te trajo a mi destino sin pensar que ya es muy tarde y no sabré cómo quererte…».
En 2018, Raúl regresó a la Argentina después de haber vivido 41 años en Venezuela. Casi una vida entera. «Nunca pensé en salir de allá, pero supe que nada bueno se podía esperar de un militar cuando Hugo Chávez ganó en 1999», cuenta. El instinto no le falló. Presagió con lucidez el futuro del país caribeño que lo había acogido en plena bonanza petrolera y democrática.
Raúl confiesa que desea volver a Caracas. «Mi vida quedó allá», me dice. Y en mi mente vuelve a sonar el tango interpretado por Enrique Santos Discépolo. Siente que dejó la mitad de su corazón en el Caribe. La otra mitad la recuperó paradójicamente al exiliarse en su propia patria. Ahora, la Argentina democrática y libre que no existió a mediados de los setenta lo abrazaba a él y a su nueva familia. Huían esta vez de una dictadura de izquierda, golpeados por la catástrofe social, sanitaria y económica. Forman parte de los más de ocho millones de venezolanos que conforman la diáspora más grande de la región.

Mercedes y Raúl, cuando eran jóvenes.

(ABC)

En Venezuela, Raúl completó su formación médica, se divorció y volvió a enamorarse. La elegida fue Mercedes Sáez, una socióloga venezolana que desde que tiene uso de razón conoce las luchas políticas, las libertades republicanas y las dictaduras de mediados del siglo XX. Hoy llevan 37 años casados. Ella, de 66, junto a sus dos hijos de un anterior matrimonio con el médico pediatra, se exiliaron con él. Pero, para Mercedes, esto tampoco era nuevo.

Mercedes y una vida de exilio

«Uno va arrastrándose entre espinas y en su afán de dar su amor, sufre y se destroza hasta entender…».
Mercedes comprendió el drama de Raúl desde el primer momento. Se conocieron en la Universidad Central de Venezuela, en Caracas. «Nada de lo que me contaba me asustaba», recuerda. Su agudeza profesional y un conocimiento íntimo sobre las tiranías latinoamericanas le hacían comprender el contexto del Cono Sur. Cuando apenas lo conocía lo escuchaba hablar de la actualidad política venezolana con una naturalidad pasmosa. Raúl devoraba a diario las páginas de El Nacional y El Universal, los periódicos más influyentes de Venezuela en esa época. «Sabía lo que muchos ciudadanos ignoraban. Estaba enterado de todo», recuerda ella.
Mercedes proviene de una estirpe ligada a la historia política de Venezuela. Creció rodeada de intelectuales y líderes de renombre. «Por poco Rómulo Betancourt se convierte en mi padrino», evoca sobre el mandatario que asentó la democracia tras la caída de Marcos Pérez Jiménez en 1958. Su padre, Simón Sáez Mérida, fue historiador, diputado y preso político; su madre, Inés Castillo, docente entregada a las letras y al activismo. Aquello se tradujo en persecuciones y allanamientos. Con apenas cuatro años, Mercedes ya sabía lo que era pisar una celda. Los calabozos se convirtieron en su sala de juegos y hasta en el escenario para apagar las velas de su cumpleaños. De pronto, la nostalgia ensombrece su rostro y una lágrima cae con el peso de aquella infancia.
El primer exilio le llegó a los nueve años, en un largo viaje en barco hacia España. Su familia desembarcó en Barcelona, pero la policía del régimen franquista los vigilaba con espías. «Éramos sospechosos». Solo les permitieron permanecer tres meses. El exilio español acabó en Roma, escoltados hasta la salida. Regresaron a Venezuela años después gracias a un indulto presidencial.

La familia de Mercedes en Venezuela.

(ABC)

Entre 2002 y 2003, mientras trabajaba en la estatal PDVSA, Mercedes sufrió la embestida definitiva. Tras el paro nacional, pasó a integrar la lista de «apátridas» señalados públicamente por el régimen de Hugo Chávez. Su expulsión, junto a la de unos 20.000 profesionales y gerentes, resquebrajó para siempre el motor económico del país y marcó el inicio de la hecatombe venezolana.

Cerrar el círculo

«Si yo tuviera el corazón, el corazón que di… Si yo pudiera como ayer querer sin presentir…».
Tanto Raúl como Mercedes educaron a sus hijos en el respeto a la libertad y el conocimiento de la historia, pero intentaron resguardarlos de la amargura y del pasado. Mercedes siente que cerró un ciclo: «Estaba agotada. La cadena de desplazamientos forzados de mis padres y abuelos me marcó profundamente». Hoy, en Buenos Aires, él ejerce la medicina a domicilio y ella trabaja en una agencia inmobiliaria. Recién llegados a la capital argentina, ambos se ganaron la vida como conductores de aplicaciones, en medio de un duelo migratorio que los carcomía por dentro.
«No quiero vivir más en dictadura», zanja Raúl. Entre Argentina y Venezuela, admite que prefiere el calor del Caribe, aunque Buenos Aires le ofrece la paz que le negó en 1977. La vida está llena de ironías: mientras él piensa en lo difícil que es tejer en la vejez nuevos afectos en la ciudad porteña, Mercedes asume que no está dispuesta a inmolarse más por la política. Caracas es su pasión, pero Argentina le otorga una tranquilidad que sabe que es inalcanzable en su tierra natal.
Volverán, aseguran ambos, cuando existan garantías, cuando el aparato represivo sea desmontado y cuando unas elecciones verdaderamente libres abran las puertas de su casa.

Publicado: octubre 17, 2026, 8:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/argentina-videla-venezuela-chavista-historia-argentino-venezolana-20261001011928-nt.html

«Uno busca, lleno de esperanzas, el camino que los sueños prometieron a sus ansias…», dice la letra del mítico tango ‘Uno’. Antes de comenzar la conversación, Raúl Quiroga, un argentino con marcado acento venezolano, me pide escuchar la canción en su teléfono móvil. El … frío templado del final del invierno nos hiela los huesos en el barrio porteño de Recoleta, una de las zonas más elegantes de Buenos Aires.

Mercedes, su mujer, pide café a un mozo con buen sentido del humor. Impaciente, ella quiere que la canción termine pronto para empezar a hablar. Raúl, en cambio, permanece sereno. Va al pie de la letra, susurrando cada verso: «Sabe que la lucha es cruel y es mucha, pero uno lucha y se desangra por la fe que lo empecina…». Inmediatamente entiendo que la melodía es el preludio de una vida atravesada por persecuciones, torturas, represión y doble exilio.

Raúl me traslada a 1977. Con apenas 28 años, ya conocía de cerca el zarpazo cruento del terrorismo de Estado impuesto tras el golpe militar de 1976 comandado por Jorge Rafael Videla. Huyó del horror con la ayuda de un sacerdote. Su primera esposa lo siguió junto a su hija de tres años y un bebé en el vientre que nacería en el destierro. «Yo estaba feliz de salir de Argentina porque había mucho peligro. Tenía una orden de captura», cuenta hoy Raúl, a sus 76 años.

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  • David Alandete

Nació en San Juan, una ciudad al pie de la cordillera de los Andes. Allí, mientras estudiaba Medicina a comienzos de los años setenta, presenció las violentas revueltas estudiantiles y obreras que sacudían al país bajo la dictadura militar de entonces. «Tenía 22 años cuando caí preso sin causa, pero a la orden del Poder Ejecutivo». Ahí supo el significado de ser preso político, el aislamiento y los tormentos del calabozo.

Eran tiempos difíciles en los que el movimiento peronista y sus vertientes armadas convulsionaban el país. En medio de aquellos enfrentamientos, el hermano de Raúl fue asesinado, dejando huérfano a un hijo pequeño. Al intentar poner a salvo a su sobrino, Raúl fue descubierto y detenido por segunda vez, sumergiéndose de nuevo en las torturas. Su hermano militaba en Montoneros, la guerrilla de izquierda vinculada al peronismo.

Venezuela, el paraíso

Nuestra charla se interrumpe por una ráfaga de viento helado que corta la piel. Cubiertos de pies a cabeza, la edad le exige a Raúl y Mercedes resguardarse. Mercedes busca un rincón que nos dé cobijo dentro de la cafetería. Juraría que el viento intenta sofocar el relato, pero la memoria de este sanjuanino se resiste.

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La vida bajo la junta militar era insostenible. Con una familia a cuestas, Raúl buscó la manera de cruzar la frontera. Las estimaciones calculan que entre 250.000 y 500.000 personas huyeron de Argentina en aquellos años oscuros, la mayoría de forma irregular. Huir era, para muchos, la única garantía de supervivencia.

Escaparon por Brasil. Las cataratas del Iguazú fueron testigos de su travesía, pero el gigante sudamericano fue solo un trampolín para alcanzar Venezuela tres meses después. «Cuando toqué suelo venezolano en 1977 me sentí en libertad. Inmediatamente me dije: ‘Llegué al paraíso’».

Argentina 41 años después

«Pero Dios te trajo a mi destino sin pensar que ya es muy tarde y no sabré cómo quererte…».

En 2018, Raúl regresó a la Argentina después de haber vivido 41 años en Venezuela. Casi una vida entera. «Nunca pensé en salir de allá, pero supe que nada bueno se podía esperar de un militar cuando Hugo Chávez ganó en 1999», cuenta. El instinto no le falló. Presagió con lucidez el futuro del país caribeño que lo había acogido en plena bonanza petrolera y democrática.

Raúl confiesa que desea volver a Caracas. «Mi vida quedó allá», me dice. Y en mi mente vuelve a sonar el tango interpretado por Enrique Santos Discépolo. Siente que dejó la mitad de su corazón en el Caribe. La otra mitad la recuperó paradójicamente al exiliarse en su propia patria. Ahora, la Argentina democrática y libre que no existió a mediados de los setenta lo abrazaba a él y a su nueva familia. Huían esta vez de una dictadura de izquierda, golpeados por la catástrofe social, sanitaria y económica. Forman parte de los más de ocho millones de venezolanos que conforman la diáspora más grande de la región.


Mercedes y Raúl, cuando eran jóvenes.


(ABC)

En Venezuela, Raúl completó su formación médica, se divorció y volvió a enamorarse. La elegida fue Mercedes Sáez, una socióloga venezolana que desde que tiene uso de razón conoce las luchas políticas, las libertades republicanas y las dictaduras de mediados del siglo XX. Hoy llevan 37 años casados. Ella, de 66, junto a sus dos hijos de un anterior matrimonio con el médico pediatra, se exiliaron con él. Pero, para Mercedes, esto tampoco era nuevo.

Mercedes y una vida de exilio

«Uno va arrastrándose entre espinas y en su afán de dar su amor, sufre y se destroza hasta entender…».

Mercedes comprendió el drama de Raúl desde el primer momento. Se conocieron en la Universidad Central de Venezuela, en Caracas. «Nada de lo que me contaba me asustaba», recuerda. Su agudeza profesional y un conocimiento íntimo sobre las tiranías latinoamericanas le hacían comprender el contexto del Cono Sur. Cuando apenas lo conocía lo escuchaba hablar de la actualidad política venezolana con una naturalidad pasmosa. Raúl devoraba a diario las páginas de El Nacional y El Universal, los periódicos más influyentes de Venezuela en esa época. «Sabía lo que muchos ciudadanos ignoraban. Estaba enterado de todo», recuerda ella.

Mercedes proviene de una estirpe ligada a la historia política de Venezuela. Creció rodeada de intelectuales y líderes de renombre. «Por poco Rómulo Betancourt se convierte en mi padrino», evoca sobre el mandatario que asentó la democracia tras la caída de Marcos Pérez Jiménez en 1958. Su padre, Simón Sáez Mérida, fue historiador, diputado y preso político; su madre, Inés Castillo, docente entregada a las letras y al activismo. Aquello se tradujo en persecuciones y allanamientos. Con apenas cuatro años, Mercedes ya sabía lo que era pisar una celda. Los calabozos se convirtieron en su sala de juegos y hasta en el escenario para apagar las velas de su cumpleaños. De pronto, la nostalgia ensombrece su rostro y una lágrima cae con el peso de aquella infancia.

El primer exilio le llegó a los nueve años, en un largo viaje en barco hacia España. Su familia desembarcó en Barcelona, pero la policía del régimen franquista los vigilaba con espías. «Éramos sospechosos». Solo les permitieron permanecer tres meses. El exilio español acabó en Roma, escoltados hasta la salida. Regresaron a Venezuela años después gracias a un indulto presidencial.


La familia de Mercedes en Venezuela.


(ABC)

Entre 2002 y 2003, mientras trabajaba en la estatal PDVSA, Mercedes sufrió la embestida definitiva. Tras el paro nacional, pasó a integrar la lista de «apátridas» señalados públicamente por el régimen de Hugo Chávez. Su expulsión, junto a la de unos 20.000 profesionales y gerentes, resquebrajó para siempre el motor económico del país y marcó el inicio de la hecatombe venezolana.

Cerrar el círculo

«Si yo tuviera el corazón, el corazón que di… Si yo pudiera como ayer querer sin presentir…».

Tanto Raúl como Mercedes educaron a sus hijos en el respeto a la libertad y el conocimiento de la historia, pero intentaron resguardarlos de la amargura y del pasado. Mercedes siente que cerró un ciclo: «Estaba agotada. La cadena de desplazamientos forzados de mis padres y abuelos me marcó profundamente». Hoy, en Buenos Aires, él ejerce la medicina a domicilio y ella trabaja en una agencia inmobiliaria. Recién llegados a la capital argentina, ambos se ganaron la vida como conductores de aplicaciones, en medio de un duelo migratorio que los carcomía por dentro.

«No quiero vivir más en dictadura», zanja Raúl. Entre Argentina y Venezuela, admite que prefiere el calor del Caribe, aunque Buenos Aires le ofrece la paz que le negó en 1977. La vida está llena de ironías: mientras él piensa en lo difícil que es tejer en la vejez nuevos afectos en la ciudad porteña, Mercedes asume que no está dispuesta a inmolarse más por la política. Caracas es su pasión, pero Argentina le otorga una tranquilidad que sabe que es inalcanzable en su tierra natal.

Volverán, aseguran ambos, cuando existan garantías, cuando el aparato represivo sea desmontado y cuando unas elecciones verdaderamente libres abran las puertas de su casa.

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