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Daniel Ortega quita la careta a las dictaduras bolivarianas

La ventana democrática se ha cerrado en el mundo: el contexto internacional ya no obliga a adoptar la democracia liberal como sistema político. Tras la caída del Muro de Berlín, el orden mundial unipolar y el ‘fin de la historia’ hacían de las elecciones un … requisito ineludible para casi cualquier gobernante; con el tiempo, quienes querían perpetuarse en el poder de modo autoritario, guardando las formas, supieron cómo amañar las elecciones.
Con la China de Xi Jinping y la Rusia de Vladímir Putin como garantes de un nuevo orden, hoy ya ni siquiera hacen falta las urnas: el primero en darles del todo una patada ha sido Daniel Ortega en Nicaragua.

Hay que reconocer que Ortega, siguiendo sus intereses, sabe subirse al tren cuando este pasa. Tomó el último tren revolucionario que tuvo éxito en América (la revolución sandinista de 1979); luego supo apuntarse a la ola democrática que comenzaba en el mundo con el desmoronamiento de la URSS, anticipándose incluso al colapso de esta. En 1990 fue el primer líder marxista que aceptaba dejar el poder tras unas elecciones que en realidad había convocado porque las pensaba ganar. Más tarde tuvo la habilidad de regresar a la presidencia en 2007 y permanecer en ella haciendo uso de herramientas que después han caracterizado a los llamados regímenes ‘híbridos’.

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Emili J. Blasco

Ahora se convierte en otro adelantado al anunciar que ya no habrá más elecciones en el país, algo que probablemente provoca envidia entre otros dirigentes de la región.
Lejos de ser un excéntrico, aunque en su Gobierno hay muchas excentricidades –entre otras las que pone su mujer y copresidenta, Rosario Murillo–, Ortega sabe leer bien el espíritu de los tiempos. Ha sido el primero en cancelar la práctica electoral y posiblemente no vaya a ser el único en Latinoamérica y el Caribe, en un horizonte de una o dos décadas.
Estamos en una era de populismos cada vez más demagógicos y polarizadores que hoy cuentan con un hábitat internacional propicio: el mal ejemplo e incluso el aplauso de la Administración Trump –que con gusto sostiene la dictadura chavista– y, en su caso, la cobertura de Pekín y Moscú.

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Es verdad que Ortega puede actuar así en un país pequeño y pobre. Pero esto mismo podría haber ocurrido en un país más grande y rico como Venezuela. Después de los robos electorales de las dos últimas décadas, el último fue tan clamoroso y manifiesto para todos, que a Nicolás Maduro le hubiera resultado difícil hacer otras elecciones.
Con la oposición igualmente diezmada –encarcelada o exiliada– como en Nicaragua, a Maduro le quedaba seguir los pasos de Ortega. La oposición venezolana no pudo hacer valer su triunfo electoral de 2024 a pesar de tener las actas que demostraban su victoria, así que difícilmente hubiera tenido fuerza para impedir lo que ahora anuncia Ortega en Nicaragua.
En realidad, esta es la casilla final del bolivarianismo, cuyo principio fundamental es no dejar el poder, bajo ningún concepto. Se puede llegar lícitamente a la presidencia, pero luego para sostenerse en ella hay que hacer cada vez más trampas, hasta que estas son ya tan enormes que ni siquiera la mentira electoral tiene sentido.
Esa casilla final bolivariana viene a cerrar el círculo, regresando a la posición de salida de las dictaduras militares latinoamericanas de décadas atrás.

Publicado: julio 27, 2026, 8:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/nicaragua-casilla-final-bolivarianismo-20260727011820-nt.html

La ventana democrática se ha cerrado en el mundo: el contexto internacional ya no obliga a adoptar la democracia liberal como sistema político. Tras la caída del Muro de Berlín, el orden mundial unipolar y el ‘fin de la historia’ hacían de las elecciones un requisito ineludible para casi cualquier gobernante; con el tiempo, quienes querían perpetuarse en el poder de modo autoritario, guardando las formas, supieron cómo amañar las elecciones.

Con la China de Xi Jinping y la Rusia de Vladímir Putin como garantes de un nuevo orden, hoy ya ni siquiera hacen falta las urnas: el primero en darles del todo una patada ha sido Daniel Ortega en Nicaragua.

Hay que reconocer que Ortega, siguiendo sus intereses, sabe subirse al tren cuando este pasa. Tomó el último tren revolucionario que tuvo éxito en América (la revolución sandinista de 1979); luego supo apuntarse a la ola democrática que comenzaba en el mundo con el desmoronamiento de la URSS, anticipándose incluso al colapso de esta. En 1990 fue el primer líder marxista que aceptaba dejar el poder tras unas elecciones que en realidad había convocado porque las pensaba ganar. Más tarde tuvo la habilidad de regresar a la presidencia en 2007 y permanecer en ella haciendo uso de herramientas que después han caracterizado a los llamados regímenes ‘híbridos’.

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  • Emili J. Blasco

Ahora se convierte en otro adelantado al anunciar que ya no habrá más elecciones en el país, algo que probablemente provoca envidia entre otros dirigentes de la región.

Lejos de ser un excéntrico, aunque en su Gobierno hay muchas excentricidades –entre otras las que pone su mujer y copresidenta, Rosario Murillo–, Ortega sabe leer bien el espíritu de los tiempos. Ha sido el primero en cancelar la práctica electoral y posiblemente no vaya a ser el único en Latinoamérica y el Caribe, en un horizonte de una o dos décadas.

Estamos en una era de populismos cada vez más demagógicos y polarizadores que hoy cuentan con un hábitat internacional propicio: el mal ejemplo e incluso el aplauso de la Administración Trump –que con gusto sostiene la dictadura chavista– y, en su caso, la cobertura de Pekín y Moscú.

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Es verdad que Ortega puede actuar así en un país pequeño y pobre. Pero esto mismo podría haber ocurrido en un país más grande y rico como Venezuela. Después de los robos electorales de las dos últimas décadas, el último fue tan clamoroso y manifiesto para todos, que a Nicolás Maduro le hubiera resultado difícil hacer otras elecciones.

Con la oposición igualmente diezmada –encarcelada o exiliada– como en Nicaragua, a Maduro le quedaba seguir los pasos de Ortega. La oposición venezolana no pudo hacer valer su triunfo electoral de 2024 a pesar de tener las actas que demostraban su victoria, así que difícilmente hubiera tenido fuerza para impedir lo que ahora anuncia Ortega en Nicaragua.

En realidad, esta es la casilla final del bolivarianismo, cuyo principio fundamental es no dejar el poder, bajo ningún concepto. Se puede llegar lícitamente a la presidencia, pero luego para sostenerse en ella hay que hacer cada vez más trampas, hasta que estas son ya tan enormes que ni siquiera la mentira electoral tiene sentido.

Esa casilla final bolivariana viene a cerrar el círculo, regresando a la posición de salida de las dictaduras militares latinoamericanas de décadas atrás.

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