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No tiene energía, no duerme y está irascible, quizá tenga 'inflammaging'

La inflamación es una respuesta sabia de nuestro organismo ante lo que interpreta como una agresión. Es lo que ocurre cuando nos damos un golpe o nos resfriamos: se activa para enviar una señal de alarma al sistema inmune y desaparece cuando el peligro … ha pasado. La doctora Ingrid Baquero, inmunóloga clínica en el Hospital San Juan de Dios de Pamplona, lo explica con una imagen sencilla: «Es como un interruptor: se enciende y se apaga, se enciende y se apaga».
En algunos casos, sin embargo, «este mecanismo deja de funcionar y el sistema inmune no es capaz de desinflamarse del todo». La respuesta permanece encendida, de forma silenciosa y a una intensidad mucho menor, durante meses o incluso años. Es lo que conocemos como inflamación crónica de bajo grado, un fenómeno asociado al envejecimiento celular, pero también a trastornos cardiovasculares, enfermedades metabólicas, como la diabetes, y sistémicas como la fibromialgia.

«Es una especie de mal funcionamiento de la fisiología del ser humano que va deteriorando poco a poco el organismo», explica el doctor Javier Rivera, portavoz de Fibromialgia de la Sociedad Española de Reumatología y especialista en el Instituto Nacional del Dolor.

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Nuria Ramírez de Castro

No estamos, sin embargo, ante un nuevo «síndrome de inflamación corporal». «Sí existe la inflamación crónica de bajo grado como fenómeno biológico y existen varias enfermedades crónicas, especialmente ligadas al envejecimiento, en las que las respuestas inflamatorias juegan un papel importante», explica el doctor José Javier Fuster, director del Grupo de Fisiopatología Hematovascular del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC) y coordinador del Programa Científico de Nuevos Mecanismos de Aterosclerosis. Pero «no existe un único síndrome de inflamación corporal crónico aceptado como tal, que tenga unos síntomas específicos, una causa común o unos criterios diagnósticos».
Este proceso, conocido como ‘inflammaging’, de la unión de los términos ingleses ‘inflammation’ (inflamación) y ‘aging’ (envejecimiento), engloba mecanismos diferentes que pueden afectar de distinta manera a nuestros órganos. La investigación continúa desentrañando sus claves, pero aparece especialmente vinculado a tres grandes ámbitos: las enfermedades cardiovasculares, las metabólicas y las sistémicas.

Cuando el organismo no consigue ‘apagarse’

La inflamación de bajo grado no tiene una localización concreta porque, explica Baquero, «el sistema inmune no está en un único sitio. Hay sistema inmune en el cerebro, en el hígado, en el intestino… Estamos ante un proceso sistémico, capaz de involucrar diferentes órganos y tejidos».

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El propio envejecimiento lo favorece. Con los años aparecen células senescentes, cambios en el sistema inmunitario y alteraciones celulares que pueden facilitar respuestas inflamatorias persistentes. Pero la edad no actúa sola. La obesidad —especialmente la acumulación de grasa visceral—, la diabetes, el hígado graso, las alteraciones de la microbiota intestinal, el sedentarismo, una alimentación poco saludable, la falta de sueño, el tabaquismo o el estrés crónico pueden contribuir a mantener ese estado inflamatorio.
La relación está especialmente estudiada en la enfermedad cardiovascular. Durante años se habló del colesterol y de la inflamación casi como dos caminos independientes hacia la aterosclerosis. Hoy sabemos que están estrechamente relacionados.
«El colesterol LDL que circula en exceso por la sangre puede acumularse en la pared de las arterias. El organismo interpreta ese depósito como una anomalía y activa una respuesta inflamatoria para eliminarlo», explica Fuster.
Inicialmente esa inflamación es protectora. El problema aparece cuando la exposición a niveles elevados de LDL se prolonga durante años: «La respuesta se convierte en disfuncional, se exacerba, persiste en el tiempo y contribuye al desarrollo de la placa aterosclerótica». Un proceso que puede terminar desembocando en un infarto, un ictus o determinadas formas de enfermedad vascular periférica.
Una de las líneas más novedosas investigadas por el grupo de Fuster es la hematopoyesis clonal. Nuestro organismo fabrica continuamente células sanguíneas y, con los años, las células madre hematopoyéticas pueden acumular mutaciones. Algunas consiguen expandirse y modificar las respuestas inflamatorias de las células inmunitarias.
Según Fuster, estas mutaciones pueden estar presentes en entre un 5 y un 10% de las personas alrededor de los 50 años y entre un 15 y un 25% a los 60. Algunas se han relacionado con un mayor riesgo cardiovascular y con patologías inflamatorias de otros órganos.

Grasa visceral, diabetes y metabolismo

El segundo gran pilar del ‘inflammaging’ es metabólico. La grasa acumulada en el abdomen no es simplemente un almacén energético. «Actúa casi como un órgano endocrino», señala Fuster, capaz de liberar sustancias a la circulación que favorecen respuestas inflamatorias. Esto ayuda a entender por qué obesidad, diabetes, hígado graso, alteraciones del colesterol e inflamación aparecen tantas veces conectados.
«Son comorbilidades muy metabólicas», explica Baquero. Además, el sistema cardiovascular depende de parámetros como la tensión arterial, la glucemia o los niveles de colesterol, por lo que resulta difícil establecer fronteras entre unos procesos y otros.
También el intestino parece desempeñar un papel. La microbiota forma parte de la compleja relación entre metabolismo, sistema cardiovascular y sistema inmune. Una mala alimentación sostenida puede favorecer una disbiosis intestinal que, según Baquero, contribuye a mantener activado el sistema inmune. Al mismo tiempo, puede favorecer el aumento de peso, niveles elevados de colesterol LDL y aterosclerosis.

Cuando todo está bien, pero el paciente va mal

La tercera cara aparece en las enfermedades sistémicas. Rivera lo observa en pacientes con artritis reumatoide, lupus o espondilitis. «Ves que el tratamiento ha conseguido controlar la enfermedad: las articulaciones están bien y los análisis convencionales han vuelto a parámetros normales. Sin embargo, cuando preguntas al paciente cómo se encuentra, la respuesta es ‘Estoy mal’».
Muchos presentan dolor crónico, fatiga, alteraciones del sueño o una sensación general de malestar difícil de objetivar. «No tenemos aún una herramienta objetiva que nos dé un nivel X de dolor en tal paciente. Nos tenemos que guiar por lo que el paciente nos cuenta».

«El ‘inflammaging’ no tiene síntomas específicos. »La frase que resumen los pacientes es: ‘No puedo con mi vida’«

Javier Rivera
Portavoz de Fibromialgia de la Sociedad Española de Reumatología

Aquí aparece una de las dificultades del ‘inflammaging’: no tiene síntomas específicos. En reumatología puede destacar el dolor crónico; en otros pacientes, la fatiga, la falta de energía o las alteraciones del sueño; en el ámbito metabólico aparecerán alteraciones metabólicas y, en el cardiovascular, otros indicadores.
Baquero describe un perfil que llega con frecuencia a consulta: «No tengo energía, no duermo, estoy irascible», acompañado en ocasiones de niebla mental o alteraciones gastrointestinales. Y una frase que resume esa sensación general: «No puedo con mi vida».

La complejidad del diagnóstico

Tampoco existe una prueba única que permita diagnosticar la inflamación de bajo grado. La proteína C reactiva (PCR) convencional permite detectar inflamación fundamentalmente cuando es más evidente. La PCR ultrasensible, explica Fuster, puede identificar niveles menores, aunque tampoco permite saber por sí sola qué está ocurriendo ni dónde.
En función de la enfermedad y del paciente pueden estudiarse otros parámetros metabólicos, inmunológicos o cardiovasculares. La ausencia de un marcador universal es coherente con la naturaleza del fenómeno: bajo la etiqueta de inflamación crónica de bajo grado se incluyen mecanismos biológicos distintos, no un único proceso.

«No existe una prueba única para diagnosticar la inflamación de bajo grado. La proteína C reactiva solo lo detecta cuando es más evidente»

José Javier Fuster
Investigador del CNIC

Tampoco existe una pastilla. «No tenemos moléculas que dejen a cero esa inflamación crónica», señala Rivera. Y tampoco sería deseable anularla por completo, porque la inflamación es un mecanismo imprescindible para defendernos.
El abordaje pasa por identificar y tratar aquello que está favoreciéndola: controlar el colesterol, la obesidad, la diabetes o las enfermedades sistémicas; evitar el tabaco; cuidar la alimentación y el sueño; mantener una actividad física adecuada y reducir, en la medida de lo posible, el estrés crónico.
En enfermedad cardiovascular ya se investiga la posibilidad de actuar directamente sobre determinadas vías inflamatorias. La colchicina, un tratamiento utilizado para la gota, se emplea en pacientes cardiovasculares seleccionados. La investigación del equipo de Fuster apunta además hacia una medicina de precisión capaz de identificar a las personas que, por determinadas mutaciones, podrían beneficiarse especialmente de tratamientos antiinflamatorios. Pero estos tratamientos no pueden prescribirse a todos los pacientes y tienen efectos secundarios.
«No podemos impedir que nuestras células envejezcan. Pero sí actuar sobre una parte de los factores que determinan cómo envejecen», explica Fuster.
«La velocidad del envejecimiento depende de muchos factores que son modificables», recuerda Rivera. Ejercicio adaptado, alimentación saludable, prescindir de hábitos tóxicos y reducir la carga de estrés forman parte de ellos. La genética, en cambio, no podemos cambiarla.
El ‘inflammaging’ no es nuevo ni explica todos los males que aparecen con los años. Es una de las piezas de un proceso mucho más complejo: la forma en que nuestro organismo envejece y pierde progresivamente parte de su capacidad para recuperar el equilibrio después de cada agresión.

«Son enfermedades silenciosas»

A Cristina Chico le diagnosticaron osteoporosis con 24 años. Lleva 22 fracturas y, después del diagnóstico, continuaba presentando síntomas que la osteoporosis no explicaba. Tras años peregrinando por especialistas, hace dos décadas le diagnosticaron fibromialgia.
«Son enfermedades silenciosas, que por fuera no se ven, pero por dentro te van haciendo su pequeño destrozo», explica. Esa invisibilidad es una de las partes más difíciles de asumir: a los síntomas se suma la incomprensión de quienes ven a una persona aparentemente sana y no entienden que pueda sentirse agotada, dormir durante horas sin descansar o tener dolor permanente.
En sus últimas revisiones, su médico empezó a hablarle de inflamación de bajo grado. En su caso se manifiesta con dolor generalizado, fatiga, sueño no reparador y una sensación de agotamiento que condiciona su día a día.
Con los años ha aprendido que, tan importante como el tratamiento, es cómo organiza su vida. El ejercicio supervisado le ha permitido mejorar su movilidad y encontrarse mejor: «Aunque los síntomas no desaparecen, el cuerpo lo agradece».
Y resume su principal aprendizaje en una frase: «Necesito una vida ordenada porque, donde no hay orden, hay caos y el caos no es bueno para estas enfermedades». Mantener rutinas, hacer ejercicio adaptado, cuidar la alimentación, descansar y evitar en lo posible el estrés se ha convertido en parte de su manera de convivir con una enfermedad invisible. Porque hay días en los que desde fuera parece que no ocurre nada. Por dentro, el organismo cuenta una historia diferente.

Publicado: octubre 2, 2026, 10:15 pm

Fuente de la noticia : https://www.abc.es/salud/enfermedades/inflammaging-inflamacion-envejecimiento-apaga-nunca-20260910011701-nt.html

La inflamación es una respuesta sabia de nuestro organismo ante lo que interpreta como una agresión. Es lo que ocurre cuando nos damos un golpe o nos resfriamos: se activa para enviar una señal de alarma al sistema inmune y desaparece cuando el peligro … ha pasado. La doctora Ingrid Baquero, inmunóloga clínica en el Hospital San Juan de Dios de Pamplona, lo explica con una imagen sencilla: «Es como un interruptor: se enciende y se apaga, se enciende y se apaga».

En algunos casos, sin embargo, «este mecanismo deja de funcionar y el sistema inmune no es capaz de desinflamarse del todo». La respuesta permanece encendida, de forma silenciosa y a una intensidad mucho menor, durante meses o incluso años. Es lo que conocemos como inflamación crónica de bajo grado, un fenómeno asociado al envejecimiento celular, pero también a trastornos cardiovasculares, enfermedades metabólicas, como la diabetes, y sistémicas como la fibromialgia.

«Es una especie de mal funcionamiento de la fisiología del ser humano que va deteriorando poco a poco el organismo», explica el doctor Javier Rivera, portavoz de Fibromialgia de la Sociedad Española de Reumatología y especialista en el Instituto Nacional del Dolor.

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  • Nuria Ramírez de Castro

No estamos, sin embargo, ante un nuevo «síndrome de inflamación corporal». «Sí existe la inflamación crónica de bajo grado como fenómeno biológico y existen varias enfermedades crónicas, especialmente ligadas al envejecimiento, en las que las respuestas inflamatorias juegan un papel importante», explica el doctor José Javier Fuster, director del Grupo de Fisiopatología Hematovascular del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC) y coordinador del Programa Científico de Nuevos Mecanismos de Aterosclerosis. Pero «no existe un único síndrome de inflamación corporal crónico aceptado como tal, que tenga unos síntomas específicos, una causa común o unos criterios diagnósticos».

Este proceso, conocido como ‘inflammaging’, de la unión de los términos ingleses ‘inflammation’ (inflamación) y ‘aging’ (envejecimiento), engloba mecanismos diferentes que pueden afectar de distinta manera a nuestros órganos. La investigación continúa desentrañando sus claves, pero aparece especialmente vinculado a tres grandes ámbitos: las enfermedades cardiovasculares, las metabólicas y las sistémicas.

Cuando el organismo no consigue ‘apagarse’

La inflamación de bajo grado no tiene una localización concreta porque, explica Baquero, «el sistema inmune no está en un único sitio. Hay sistema inmune en el cerebro, en el hígado, en el intestino… Estamos ante un proceso sistémico, capaz de involucrar diferentes órganos y tejidos».

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El propio envejecimiento lo favorece. Con los años aparecen células senescentes, cambios en el sistema inmunitario y alteraciones celulares que pueden facilitar respuestas inflamatorias persistentes. Pero la edad no actúa sola. La obesidad —especialmente la acumulación de grasa visceral—, la diabetes, el hígado graso, las alteraciones de la microbiota intestinal, el sedentarismo, una alimentación poco saludable, la falta de sueño, el tabaquismo o el estrés crónico pueden contribuir a mantener ese estado inflamatorio.

La relación está especialmente estudiada en la enfermedad cardiovascular. Durante años se habló del colesterol y de la inflamación casi como dos caminos independientes hacia la aterosclerosis. Hoy sabemos que están estrechamente relacionados.

«El colesterol LDL que circula en exceso por la sangre puede acumularse en la pared de las arterias. El organismo interpreta ese depósito como una anomalía y activa una respuesta inflamatoria para eliminarlo», explica Fuster.

Inicialmente esa inflamación es protectora. El problema aparece cuando la exposición a niveles elevados de LDL se prolonga durante años: «La respuesta se convierte en disfuncional, se exacerba, persiste en el tiempo y contribuye al desarrollo de la placa aterosclerótica». Un proceso que puede terminar desembocando en un infarto, un ictus o determinadas formas de enfermedad vascular periférica.

Una de las líneas más novedosas investigadas por el grupo de Fuster es la hematopoyesis clonal. Nuestro organismo fabrica continuamente células sanguíneas y, con los años, las células madre hematopoyéticas pueden acumular mutaciones. Algunas consiguen expandirse y modificar las respuestas inflamatorias de las células inmunitarias.

Según Fuster, estas mutaciones pueden estar presentes en entre un 5 y un 10% de las personas alrededor de los 50 años y entre un 15 y un 25% a los 60. Algunas se han relacionado con un mayor riesgo cardiovascular y con patologías inflamatorias de otros órganos.

Grasa visceral, diabetes y metabolismo

El segundo gran pilar del ‘inflammaging’ es metabólico. La grasa acumulada en el abdomen no es simplemente un almacén energético. «Actúa casi como un órgano endocrino», señala Fuster, capaz de liberar sustancias a la circulación que favorecen respuestas inflamatorias. Esto ayuda a entender por qué obesidad, diabetes, hígado graso, alteraciones del colesterol e inflamación aparecen tantas veces conectados.

«Son comorbilidades muy metabólicas», explica Baquero. Además, el sistema cardiovascular depende de parámetros como la tensión arterial, la glucemia o los niveles de colesterol, por lo que resulta difícil establecer fronteras entre unos procesos y otros.

También el intestino parece desempeñar un papel. La microbiota forma parte de la compleja relación entre metabolismo, sistema cardiovascular y sistema inmune. Una mala alimentación sostenida puede favorecer una disbiosis intestinal que, según Baquero, contribuye a mantener activado el sistema inmune. Al mismo tiempo, puede favorecer el aumento de peso, niveles elevados de colesterol LDL y aterosclerosis.

Cuando todo está bien, pero el paciente va mal

La tercera cara aparece en las enfermedades sistémicas. Rivera lo observa en pacientes con artritis reumatoide, lupus o espondilitis. «Ves que el tratamiento ha conseguido controlar la enfermedad: las articulaciones están bien y los análisis convencionales han vuelto a parámetros normales. Sin embargo, cuando preguntas al paciente cómo se encuentra, la respuesta es ‘Estoy mal’».

Muchos presentan dolor crónico, fatiga, alteraciones del sueño o una sensación general de malestar difícil de objetivar. «No tenemos aún una herramienta objetiva que nos dé un nivel X de dolor en tal paciente. Nos tenemos que guiar por lo que el paciente nos cuenta».

«El ‘inflammaging’ no tiene síntomas específicos. »La frase que resumen los pacientes es: ‘No puedo con mi vida’«

Javier Rivera

Portavoz de Fibromialgia de la Sociedad Española de Reumatología

Aquí aparece una de las dificultades del ‘inflammaging’: no tiene síntomas específicos. En reumatología puede destacar el dolor crónico; en otros pacientes, la fatiga, la falta de energía o las alteraciones del sueño; en el ámbito metabólico aparecerán alteraciones metabólicas y, en el cardiovascular, otros indicadores.

Baquero describe un perfil que llega con frecuencia a consulta: «No tengo energía, no duermo, estoy irascible», acompañado en ocasiones de niebla mental o alteraciones gastrointestinales. Y una frase que resume esa sensación general: «No puedo con mi vida».

La complejidad del diagnóstico

Tampoco existe una prueba única que permita diagnosticar la inflamación de bajo grado. La proteína C reactiva (PCR) convencional permite detectar inflamación fundamentalmente cuando es más evidente. La PCR ultrasensible, explica Fuster, puede identificar niveles menores, aunque tampoco permite saber por sí sola qué está ocurriendo ni dónde.

En función de la enfermedad y del paciente pueden estudiarse otros parámetros metabólicos, inmunológicos o cardiovasculares. La ausencia de un marcador universal es coherente con la naturaleza del fenómeno: bajo la etiqueta de inflamación crónica de bajo grado se incluyen mecanismos biológicos distintos, no un único proceso.

«No existe una prueba única para diagnosticar la inflamación de bajo grado. La proteína C reactiva solo lo detecta cuando es más evidente»

José Javier Fuster

Investigador del CNIC

Tampoco existe una pastilla. «No tenemos moléculas que dejen a cero esa inflamación crónica», señala Rivera. Y tampoco sería deseable anularla por completo, porque la inflamación es un mecanismo imprescindible para defendernos.

El abordaje pasa por identificar y tratar aquello que está favoreciéndola: controlar el colesterol, la obesidad, la diabetes o las enfermedades sistémicas; evitar el tabaco; cuidar la alimentación y el sueño; mantener una actividad física adecuada y reducir, en la medida de lo posible, el estrés crónico.

En enfermedad cardiovascular ya se investiga la posibilidad de actuar directamente sobre determinadas vías inflamatorias. La colchicina, un tratamiento utilizado para la gota, se emplea en pacientes cardiovasculares seleccionados. La investigación del equipo de Fuster apunta además hacia una medicina de precisión capaz de identificar a las personas que, por determinadas mutaciones, podrían beneficiarse especialmente de tratamientos antiinflamatorios. Pero estos tratamientos no pueden prescribirse a todos los pacientes y tienen efectos secundarios.

«No podemos impedir que nuestras células envejezcan. Pero sí actuar sobre una parte de los factores que determinan cómo envejecen», explica Fuster.

«La velocidad del envejecimiento depende de muchos factores que son modificables», recuerda Rivera. Ejercicio adaptado, alimentación saludable, prescindir de hábitos tóxicos y reducir la carga de estrés forman parte de ellos. La genética, en cambio, no podemos cambiarla.

El ‘inflammaging’ no es nuevo ni explica todos los males que aparecen con los años. Es una de las piezas de un proceso mucho más complejo: la forma en que nuestro organismo envejece y pierde progresivamente parte de su capacidad para recuperar el equilibrio después de cada agresión.

«Son enfermedades silenciosas»

A Cristina Chico le diagnosticaron osteoporosis con 24 años. Lleva 22 fracturas y, después del diagnóstico, continuaba presentando síntomas que la osteoporosis no explicaba. Tras años peregrinando por especialistas, hace dos décadas le diagnosticaron fibromialgia.

«Son enfermedades silenciosas, que por fuera no se ven, pero por dentro te van haciendo su pequeño destrozo», explica. Esa invisibilidad es una de las partes más difíciles de asumir: a los síntomas se suma la incomprensión de quienes ven a una persona aparentemente sana y no entienden que pueda sentirse agotada, dormir durante horas sin descansar o tener dolor permanente.

En sus últimas revisiones, su médico empezó a hablarle de inflamación de bajo grado. En su caso se manifiesta con dolor generalizado, fatiga, sueño no reparador y una sensación de agotamiento que condiciona su día a día.

Con los años ha aprendido que, tan importante como el tratamiento, es cómo organiza su vida. El ejercicio supervisado le ha permitido mejorar su movilidad y encontrarse mejor: «Aunque los síntomas no desaparecen, el cuerpo lo agradece».

Y resume su principal aprendizaje en una frase: «Necesito una vida ordenada porque, donde no hay orden, hay caos y el caos no es bueno para estas enfermedades». Mantener rutinas, hacer ejercicio adaptado, cuidar la alimentación, descansar y evitar en lo posible el estrés se ha convertido en parte de su manera de convivir con una enfermedad invisible. Porque hay días en los que desde fuera parece que no ocurre nada. Por dentro, el organismo cuenta una historia diferente.

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