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Por qué los populistas europeos no critican a China

Imagine que intenta crear el enemigo perfecto para atormentar la imaginación europea. Este enemigo inventado sería un país muy grande, tal vez adherido a la misma ideología comunista que durante décadas encadenó a Europa oriental. Una némesis imaginaria así habría aprovechado el peso de su … economía planificada para exportar exactamente los mismos productos que en su día enriquecieron a Europa, como los coches, pero haciéndolos mejores y más baratos. Para ser una amenaza geopolítica convincente, este antagonista habría apoyado a Rusia en su ataque a Ucrania, por lo que podría considerarse indirectamente responsable de la crisis de seguridad que aflige al continente. Por si fuera poco, se le podría culpar de haber generado, en circunstancias aún poco claras, un virus que hace tan solo unos años mantuvo a los europeos encerrados en casa durante meses y meses.
Para un político populista, la retórica con la que arremeter contra un enemigo así —y contra los inútiles políticos globalistas que les permiten salirse con la suya— debería surgir por sí sola. Pero no. Los populistas, expertos en encontrar un culpable extranjero (o inmigrante) detrás de casi todas las quejas, han desarrollado de alguna manera un punto ciego del tamaño de China. Ya sea en la izquierda o en la derecha, los agitadores europeos se muestran extrañamente reacios a presentar a Pekín como el villano de la historia. Alternativa para Alemania (AfD) considera que China es tan fantástica que quiere que Alemania participe en su iniciativa de infraestructuras «La Franja y la Ruta». En Hungría, el partido Fidesz de Viktor Orbán, que comenzó su andadura atacando a los comunistas de corte soviético, se ha convertido en animador de sus camaradas chinos. En la izquierda, la Francia Insumisa ha advertido contra la «injerencia» europea, para el caso de que China invadiera algún día Taiwán.

Tal complacencia resulta aún más sorprendente si se tiene en cuenta que vilipendiar a Pekín ya le reportó en su día grandes beneficios políticos a otro demagogo. Durante su primer mandato como presidente, Donald Trump no paraba de repetir que China «estafaba» a Estados Unidos, antes de culparla del virus de la «gripe Kung», en referencia a la Covid-19. Las mismas fuerzas económicas con las que jugó Trump —los grandes desequilibrios comerciales causados por las exportaciones chinas baratas y la consiguiente pérdida de puestos de trabajo estadounidenses— están ahora azotando a Europa. Las ingentes subvenciones a los gigantes industriales chinos han provocado un abismal déficit comercial de bienes de 1000 millones de euros (1150 millones de dólares) al día a favor de China, y se les ha culpado del cierre de fábricas en los núcleos industriales de Europa, especialmente en Alemania. China, en su día cliente de productos europeos —coches y productos químicos—, se ha convertido en proveedor de los mismos productos, incluso para la propia Europa. También ha llegado a amenazar con cortar el suministro de minerales críticos o microchips vitales para mantener en marcha las fábricas europeas.

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Como resultado, tanto los sindicatos como los empresarios en Europa están preocupados por una nueva «perturbación china». La mayoría de los votantes de todo el continente tienen una opinión desfavorable del país. Esto debería ser oro puro para la demagogia. Es cierto que, para un populista en busca de indignación artificial, un trabajador de fábrica de Shenzhen que «nos roba los puestos de trabajo» resulta menos tangible que un inmigrante local que supuestamente se está quedando con nuestra seguridad social. De hecho, un puñado de partidos nacionalistas han lanzado algún que otro dardo contra China. Giorgia Meloni, primera ministra de Italia, se retiró de la iniciativa de la Franja y la Ruta. Un diputado neerlandés de extrema derecha advirtió en una ocasión de un «dragón de Troya» que se cernía sobre Europa. En los países nórdicos, los sectores de extrema derecha acusan a China de espionaje, coacción económica y demás artimañas. Sin embargo, aquí hay mucho más a lo que pueden aferrarse los agitadores ambiciosos. Los mercaderes del resentimiento han ignorado inexplicablemente una rica veta de angustia potencial.
¿Qué se esconde detrás de esta brecha populista con respecto a China? En Alemania puede ser una cuestión de personal. La líder de AfD, Alice Weidel, es una sinófila de toda la vida; se dice que habla un mandarín aceptable tras años trabajando allí y haber escrito su tesis doctoral sobre el sistema de pensiones del país —por qué es tan indulgente con Rusia es otra cuestión—. Y en países con gobiernos populistas, las enormes inversiones de las empresas chinas han reportado cuantiosos beneficios a sus miembros. A las pocas semanas de ser destituido de su cargo, el veterano ministro de asuntos exteriores de Orbán reapareció como lobista de BYD, el fabricante de automóviles chino.

La líder de AfD, Alice Weidel, es una sinófila de toda la vida; se dice que habla un mandarín aceptable tras años trabajando allí y haber escrito su tesis doctoral sobre el sistema de pensiones del país —por qué es tan indulgente con Rusia es otra cuestión—

Además, para muchos populistas, China es menos una bestia negra que un modelo a seguir. El autoritarismo al estilo de Pekín ejerce un cierto atractivo sobre los aspirantes a hombres fuertes en Europa. La forma manifiesta de nacionalismo que allí se practica contrasta con el globalismo insustancial que caracteriza a la Unión Europea. En la imaginación demagógica, Europa se está lastrando a sí misma al seguir normas internacionales —ya sean en materia medioambiental, comercial o de derechos humanos— a las que China apenas presta atención de boquilla. Esta visión del mundo presenta a los europeos como las víctimas de un orden internacional que China —y quizás también Estados Unidos en la actualidad— ha sabido cómo explotar. Si no puedes vencer a China, podrían pensar los traficantes de indignación, al menos intenta imitarla.

¡Es un «panda-monio»!

Sin embargo, el principal problema para quienes en Europa aspiran a enfrentarse a China es que entrar en conflicto con Pekín requeriría precisamente aquello que los populistas dicen odiar más: más Europa. Porque los europeos solo podrán esperar influir en la política de Pekín si actúan de forma colectiva a través de Bruselas. La UE ya ha impuesto aranceles a los vehículos eléctricos chinos, aunque las importaciones siguen aumentando. El 16 de septiembre, Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, describió el déficit con China como algo que había alcanzado «un punto de inflexión» e insinuó que se adoptarían nuevas medidas comerciales si persistía.
Los populistas recelosos del comercio deberían estar celebrándolo. Por ahora guardan silencio, cuidándose de no dar a entender que la UE está haciendo algo bien. Pronto quizá no les quede más remedio que mostrar sus cartas, plantea Janka Oertel, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, un centro de estudios. En su día, China fue una cuestión de política exterior a la que los votantes no prestaban mucha atención. Si se desata una guerra comercial que enfrente a China con Europa, como parece cada vez más probable, a los demagogos les resultará mucho más difícil mantenerse al margen, y mucho menos animar a la oposición. Pronto, los populistas europeos tendrán que decidir si China es un modelo del que aprender o una amenaza contra la que luchar.

Publicado: septiembre 30, 2026, 6:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/populistas-europeos-critican-china-20261001011639-nt.html

Imagine que intenta crear el enemigo perfecto para atormentar la imaginación europea. Este enemigo inventado sería un país muy grande, tal vez adherido a la misma ideología comunista que durante décadas encadenó a Europa oriental. Una némesis imaginaria así habría aprovechado el peso de su … economía planificada para exportar exactamente los mismos productos que en su día enriquecieron a Europa, como los coches, pero haciéndolos mejores y más baratos. Para ser una amenaza geopolítica convincente, este antagonista habría apoyado a Rusia en su ataque a Ucrania, por lo que podría considerarse indirectamente responsable de la crisis de seguridad que aflige al continente. Por si fuera poco, se le podría culpar de haber generado, en circunstancias aún poco claras, un virus que hace tan solo unos años mantuvo a los europeos encerrados en casa durante meses y meses.

Para un político populista, la retórica con la que arremeter contra un enemigo así —y contra los inútiles políticos globalistas que les permiten salirse con la suya— debería surgir por sí sola. Pero no. Los populistas, expertos en encontrar un culpable extranjero (o inmigrante) detrás de casi todas las quejas, han desarrollado de alguna manera un punto ciego del tamaño de China. Ya sea en la izquierda o en la derecha, los agitadores europeos se muestran extrañamente reacios a presentar a Pekín como el villano de la historia. Alternativa para Alemania (AfD) considera que China es tan fantástica que quiere que Alemania participe en su iniciativa de infraestructuras «La Franja y la Ruta». En Hungría, el partido Fidesz de Viktor Orbán, que comenzó su andadura atacando a los comunistas de corte soviético, se ha convertido en animador de sus camaradas chinos. En la izquierda, la Francia Insumisa ha advertido contra la «injerencia» europea, para el caso de que China invadiera algún día Taiwán.

Tal complacencia resulta aún más sorprendente si se tiene en cuenta que vilipendiar a Pekín ya le reportó en su día grandes beneficios políticos a otro demagogo. Durante su primer mandato como presidente, Donald Trump no paraba de repetir que China «estafaba» a Estados Unidos, antes de culparla del virus de la «gripe Kung», en referencia a la Covid-19. Las mismas fuerzas económicas con las que jugó Trump —los grandes desequilibrios comerciales causados por las exportaciones chinas baratas y la consiguiente pérdida de puestos de trabajo estadounidenses— están ahora azotando a Europa. Las ingentes subvenciones a los gigantes industriales chinos han provocado un abismal déficit comercial de bienes de 1000 millones de euros (1150 millones de dólares) al día a favor de China, y se les ha culpado del cierre de fábricas en los núcleos industriales de Europa, especialmente en Alemania. China, en su día cliente de productos europeos —coches y productos químicos—, se ha convertido en proveedor de los mismos productos, incluso para la propia Europa. También ha llegado a amenazar con cortar el suministro de minerales críticos o microchips vitales para mantener en marcha las fábricas europeas.

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Como resultado, tanto los sindicatos como los empresarios en Europa están preocupados por una nueva «perturbación china». La mayoría de los votantes de todo el continente tienen una opinión desfavorable del país. Esto debería ser oro puro para la demagogia. Es cierto que, para un populista en busca de indignación artificial, un trabajador de fábrica de Shenzhen que «nos roba los puestos de trabajo» resulta menos tangible que un inmigrante local que supuestamente se está quedando con nuestra seguridad social. De hecho, un puñado de partidos nacionalistas han lanzado algún que otro dardo contra China. Giorgia Meloni, primera ministra de Italia, se retiró de la iniciativa de la Franja y la Ruta. Un diputado neerlandés de extrema derecha advirtió en una ocasión de un «dragón de Troya» que se cernía sobre Europa. En los países nórdicos, los sectores de extrema derecha acusan a China de espionaje, coacción económica y demás artimañas. Sin embargo, aquí hay mucho más a lo que pueden aferrarse los agitadores ambiciosos. Los mercaderes del resentimiento han ignorado inexplicablemente una rica veta de angustia potencial.

¿Qué se esconde detrás de esta brecha populista con respecto a China? En Alemania puede ser una cuestión de personal. La líder de AfD, Alice Weidel, es una sinófila de toda la vida; se dice que habla un mandarín aceptable tras años trabajando allí y haber escrito su tesis doctoral sobre el sistema de pensiones del país —por qué es tan indulgente con Rusia es otra cuestión—. Y en países con gobiernos populistas, las enormes inversiones de las empresas chinas han reportado cuantiosos beneficios a sus miembros. A las pocas semanas de ser destituido de su cargo, el veterano ministro de asuntos exteriores de Orbán reapareció como lobista de BYD, el fabricante de automóviles chino.

La líder de AfD, Alice Weidel, es una sinófila de toda la vida; se dice que habla un mandarín aceptable tras años trabajando allí y haber escrito su tesis doctoral sobre el sistema de pensiones del país —por qué es tan indulgente con Rusia es otra cuestión—

Además, para muchos populistas, China es menos una bestia negra que un modelo a seguir. El autoritarismo al estilo de Pekín ejerce un cierto atractivo sobre los aspirantes a hombres fuertes en Europa. La forma manifiesta de nacionalismo que allí se practica contrasta con el globalismo insustancial que caracteriza a la Unión Europea. En la imaginación demagógica, Europa se está lastrando a sí misma al seguir normas internacionales —ya sean en materia medioambiental, comercial o de derechos humanos— a las que China apenas presta atención de boquilla. Esta visión del mundo presenta a los europeos como las víctimas de un orden internacional que China —y quizás también Estados Unidos en la actualidad— ha sabido cómo explotar. Si no puedes vencer a China, podrían pensar los traficantes de indignación, al menos intenta imitarla.

¡Es un «panda-monio»!

Sin embargo, el principal problema para quienes en Europa aspiran a enfrentarse a China es que entrar en conflicto con Pekín requeriría precisamente aquello que los populistas dicen odiar más: más Europa. Porque los europeos solo podrán esperar influir en la política de Pekín si actúan de forma colectiva a través de Bruselas. La UE ya ha impuesto aranceles a los vehículos eléctricos chinos, aunque las importaciones siguen aumentando. El 16 de septiembre, Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, describió el déficit con China como algo que había alcanzado «un punto de inflexión» e insinuó que se adoptarían nuevas medidas comerciales si persistía.

Los populistas recelosos del comercio deberían estar celebrándolo. Por ahora guardan silencio, cuidándose de no dar a entender que la UE está haciendo algo bien. Pronto quizá no les quede más remedio que mostrar sus cartas, plantea Janka Oertel, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, un centro de estudios. En su día, China fue una cuestión de política exterior a la que los votantes no prestaban mucha atención. Si se desata una guerra comercial que enfrente a China con Europa, como parece cada vez más probable, a los demagogos les resultará mucho más difícil mantenerse al margen, y mucho menos animar a la oposición. Pronto, los populistas europeos tendrán que decidir si China es un modelo del que aprender o una amenaza contra la que luchar.

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