El auge del nieto de Raúl Castro remarca el mal americano de solo fiarse de la familia - Colombia
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El auge del nieto de Raúl Castro remarca el mal americano de solo fiarse de la familia

El surgimiento de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, como interlocutor de la Administración Trump y posible recambio del presidente Miguel Díaz-Canel para dirigir Cuba bajo el dictado de Washington remarca una cuestión casi atávica en toda Latinoamérica: los dirigentes, tanto en … las dictaduras como en los diversos grados de democracia que hay en la región, solo se fían de su propia familia. Esa actitud se enmarca en su sentido patrimonialista del poder –el rasgo fundamental para entender el pasado e incluso el presente de la política en esos países–, que conlleva un comportamiento clientelar cuyo primer anillo es la propia familia.
En un régimen autocrático, esto podría entenderse por el miedo del tirano a un competidor, aunque en ocasiones el usurpador viene del entorno consanguíneo; en las democracias, ese mal de la región no va más que en detrimento del fortalecimiento institucional. Ejemplos hay hoy en casi todos los países, de la Nicaragua de los Ortega-Murillo al Brasil del candidato Flávio Bolsonaro y la Argentina de la hermana de Milei como ‘número dos’ de la Casa Rosada.

Esa desconfianza casi congénita hacia los demás ocurre incluso en regímenes en los que supuestamente las instituciones políticas son férreas, como en una dictadura comunista, en la que el poder está en teoría en manos del Partido. Fidel Castro se apoyó siempre en su hermano Raúl, al que traspasó el poder; luego este puso a su hijo Alejandro Castro Espín al frente del Consejo de Seguridad y Defensa Nacional y a su nieto Rodríguez Castro, alias ‘el Cangrejo’, al frente de su propia seguridad personal. El padre de este y yerno de Raúl, Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, fue hasta su muerte en 2022 el presidente de Gaesa, la sociedad estatal que controla la mayor parte de los negocios en la isla.

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Camila Acosta

Cuando, según muchos, llega el momento de la verdad para Cuba, el régimen no activa ninguna discusión interna –en realidad, el Comité Central del PCC no cuenta–, sino que es el clan Castro el que se moviliza, solo fiándose de sí mismo. Las últimas informaciones dan por fracasadas las gestiones de la Administración Trump con ‘el Cangrejo’, pero ya se ha visto la disposición de La Habana de abordar la crisis como un asunto de familia. En regímenes así, donde la familia de quien tiene el poder formalmente o ‘de facto’ goza de todos los privilegios y riquezas, es normal que se opere así cuando la presión pone en peligro ese beneficio.

Centroamérica y Venezuela

El cubrirse las espaldas con familiares cercanos ha ocurrido incluso en países con un alto índice democrático y de institucionalidad, como en Costa Rica, donde el presidente Óscar Arias (Premio Nobel de la Paz en 1987) puso a su hermano como ministro de la Presidencia a lo largo de sus dos mandatos. Compartir el poder dentro del círculo familiar constituye un hábito muy común en Centroamérica: la presidenta hondureña Xiomara Castro tuvo a su marido, el expresidente Manuel Zelaya, como jefe del partido que supervisó la acción gubernamental y al hermano de este como operador del gobierno en la Asamblea Nacional. En El Salvador, sin ocupar cargos públicos, los tres hermanos de Nayib Bukele forman junto con él el núcleo de las decisiones estratégicas, con reuniones frecuentes en el palacio presidencial y con intereses en negocios facilitados por el gobierno. En Nicaragua, no solo la esposa de Daniel Ortega ha sido elevada a copresidenta, sino que los hijos del matrimonio dirigen acciones gubernamentales o se benefician de ellas como empresarios; además, uno de los vástagos, Laureano Ortega Murillo, se perfila como sucesor en la presidencia.
Esta endogamia familiar en torno al trono presidencial se da de un modo sumo en Venezuela, donde ha habido varios clanes familiares a la sombra del chavismo. Primero fueron los hermanos, hijas y yernos de Hugo Chávez; a ellos se añadieron los hijos, ahijados y sobrinos de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, así como los hermanos e hija de Diosdado Cabello (también estuvo el clan El Aissami, ahora defenestrado). Hoy el país se encuentra dirigido por los hermanos Rodríguez.

De Evita Perón a Karina Milei

Argentina cuenta con la historia de Evita e Isabelita Perón –quienes estuvieron en el gobierno por compartir la alcoba presidencial–, reeditada con Néstor y Cristina Kirchner, la cual ha amadrinado el ascenso de su hijo Máximo en la cúpula del Justicialismo. En el otro lado del espectro político, la ‘hermanísima’ Karina Milei es la secretaria general de la Presidencia y la presidenta del partido oficialista.
En México el expresidente López Obrador intenta controlar el partido (y por ende a su sucesora, Claudia Sheinbaum) a través de su hijo Andrés Manuel López Beltrán, secretario de organización de Morena. En Brasil, los Bolsonaro actúan como clan familiar, con Flávio Bolsonaro como candidato a la presidencia al no poder presentarse el expresidente, condenado por golpe de Estado, y con la esposa de este, Michelle, como posible recambio.
No solo es un asunto de que los hijos intentan hacer negocios utilizando el nombre de sus padres presidentes (es el caso del hijo de Lula da Silva en Brasil), accediendo a donantes para la campaña electoral (el hijo de Gustavo Petro en Colombia), intermediando ante inversores (Luis Marcelo Arce en Bolivia) o quedándose sobornos (Ricardo y Luis Enrique Martinelli en Panamá), algo que no es extraño en muchos países occidentales. La cuestión es que el dirigente latinoamericano solo se fía de su familia y desconfía de los demás (personas e instituciones); además, su sentido patrimonialista del poder y clientelar le lleva a repartir prebendas (de honores y de plata) entre los suyos.
Muy revelador de esta actitud fue el ejemplo de Pedro Castillo al ser elegido presidente de Perú en 2021. Procedente del mundo rural y sin experiencia política, al llegar a Lima se encontró con un entorno político y social muy hostil. Su reacción fue proceder como hacía en la sierra: invitar a su familia extendida a la casa presidencial y parapetarse en su clan. Otros políticos latinoamericanos capitalinos, que se creen mucho más sofisticados, en realidad actúan igual.

Publicado: septiembre 21, 2026, 6:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/auge-nieto-raul-castro-remarca-mal-americano-20260921012231-nt.html

El surgimiento de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, como interlocutor de la Administración Trump y posible recambio del presidente Miguel Díaz-Canel para dirigir Cuba bajo el dictado de Washington remarca una cuestión casi atávica en toda Latinoamérica: los dirigentes, tanto en las dictaduras como en los diversos grados de democracia que hay en la región, solo se fían de su propia familia. Esa actitud se enmarca en su sentido patrimonialista del poder –el rasgo fundamental para entender el pasado e incluso el presente de la política en esos países–, que conlleva un comportamiento clientelar cuyo primer anillo es la propia familia.

En un régimen autocrático, esto podría entenderse por el miedo del tirano a un competidor, aunque en ocasiones el usurpador viene del entorno consanguíneo; en las democracias, ese mal de la región no va más que en detrimento del fortalecimiento institucional. Ejemplos hay hoy en casi todos los países, de la Nicaragua de los Ortega-Murillo al Brasil del candidato Flávio Bolsonaro y la Argentina de la hermana de Milei como ‘número dos’ de la Casa Rosada.

Esa desconfianza casi congénita hacia los demás ocurre incluso en regímenes en los que supuestamente las instituciones políticas son férreas, como en una dictadura comunista, en la que el poder está en teoría en manos del Partido. Fidel Castro se apoyó siempre en su hermano Raúl, al que traspasó el poder; luego este puso a su hijo Alejandro Castro Espín al frente del Consejo de Seguridad y Defensa Nacional y a su nieto Rodríguez Castro, alias ‘el Cangrejo’, al frente de su propia seguridad personal. El padre de este y yerno de Raúl, Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, fue hasta su muerte en 2022 el presidente de Gaesa, la sociedad estatal que controla la mayor parte de los negocios en la isla.

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  • Camila Acosta

Cuando, según muchos, llega el momento de la verdad para Cuba, el régimen no activa ninguna discusión interna –en realidad, el Comité Central del PCC no cuenta–, sino que es el clan Castro el que se moviliza, solo fiándose de sí mismo. Las últimas informaciones dan por fracasadas las gestiones de la Administración Trump con ‘el Cangrejo’, pero ya se ha visto la disposición de La Habana de abordar la crisis como un asunto de familia. En regímenes así, donde la familia de quien tiene el poder formalmente o ‘de facto’ goza de todos los privilegios y riquezas, es normal que se opere así cuando la presión pone en peligro ese beneficio.

Centroamérica y Venezuela

El cubrirse las espaldas con familiares cercanos ha ocurrido incluso en países con un alto índice democrático y de institucionalidad, como en Costa Rica, donde el presidente Óscar Arias (Premio Nobel de la Paz en 1987) puso a su hermano como ministro de la Presidencia a lo largo de sus dos mandatos. Compartir el poder dentro del círculo familiar constituye un hábito muy común en Centroamérica: la presidenta hondureña Xiomara Castro tuvo a su marido, el expresidente Manuel Zelaya, como jefe del partido que supervisó la acción gubernamental y al hermano de este como operador del gobierno en la Asamblea Nacional. En El Salvador, sin ocupar cargos públicos, los tres hermanos de Nayib Bukele forman junto con él el núcleo de las decisiones estratégicas, con reuniones frecuentes en el palacio presidencial y con intereses en negocios facilitados por el gobierno. En Nicaragua, no solo la esposa de Daniel Ortega ha sido elevada a copresidenta, sino que los hijos del matrimonio dirigen acciones gubernamentales o se benefician de ellas como empresarios; además, uno de los vástagos, Laureano Ortega Murillo, se perfila como sucesor en la presidencia.

Esta endogamia familiar en torno al trono presidencial se da de un modo sumo en Venezuela, donde ha habido varios clanes familiares a la sombra del chavismo. Primero fueron los hermanos, hijas y yernos de Hugo Chávez; a ellos se añadieron los hijos, ahijados y sobrinos de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, así como los hermanos e hija de Diosdado Cabello (también estuvo el clan El Aissami, ahora defenestrado). Hoy el país se encuentra dirigido por los hermanos Rodríguez.

De Evita Perón a Karina Milei

Argentina cuenta con la historia de Evita e Isabelita Perón –quienes estuvieron en el gobierno por compartir la alcoba presidencial–, reeditada con Néstor y Cristina Kirchner, la cual ha amadrinado el ascenso de su hijo Máximo en la cúpula del Justicialismo. En el otro lado del espectro político, la ‘hermanísima’ Karina Milei es la secretaria general de la Presidencia y la presidenta del partido oficialista.

En México el expresidente López Obrador intenta controlar el partido (y por ende a su sucesora, Claudia Sheinbaum) a través de su hijo Andrés Manuel López Beltrán, secretario de organización de Morena. En Brasil, los Bolsonaro actúan como clan familiar, con Flávio Bolsonaro como candidato a la presidencia al no poder presentarse el expresidente, condenado por golpe de Estado, y con la esposa de este, Michelle, como posible recambio.

No solo es un asunto de que los hijos intentan hacer negocios utilizando el nombre de sus padres presidentes (es el caso del hijo de Lula da Silva en Brasil), accediendo a donantes para la campaña electoral (el hijo de Gustavo Petro en Colombia), intermediando ante inversores (Luis Marcelo Arce en Bolivia) o quedándose sobornos (Ricardo y Luis Enrique Martinelli en Panamá), algo que no es extraño en muchos países occidentales. La cuestión es que el dirigente latinoamericano solo se fía de su familia y desconfía de los demás (personas e instituciones); además, su sentido patrimonialista del poder y clientelar le lleva a repartir prebendas (de honores y de plata) entre los suyos.

Muy revelador de esta actitud fue el ejemplo de Pedro Castillo al ser elegido presidente de Perú en 2021. Procedente del mundo rural y sin experiencia política, al llegar a Lima se encontró con un entorno político y social muy hostil. Su reacción fue proceder como hacía en la sierra: invitar a su familia extendida a la casa presidencial y parapetarse en su clan. Otros políticos latinoamericanos capitalinos, que se creen mucho más sofisticados, en realidad actúan igual.

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